Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 146 online gratis en español
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Capítulo 146: El Juramento de un Hermano, la Amenaza del Dios Antiguo y la Sombría Verdad de Karen
Punto de vista: Carlos, Hina y Karen
—¡Mamá, por favor tranquilízate! —exclamé sujetándola firmemente por los hombros para que me mirara a los ojos—. Oye, escúchame bien. Ella estará bien. Shiro no va a morir por esto, te lo garantizo. Yo mismo me voy a asegurar de que nada le pase. ¡No creo que ella vaya a perder bajo ninguna circunstancia!
Mi voz salió limpia y firme, sonando con una seguridad absoluta, aunque por dentro el miedo más visceral me arañaba el pecho al escuchar el nombre de esa entidad.
—¡¿Y tú qué vas a saber realmente de ella, Carlos?! —respondió Hina con la voz quebrada y los ojos anegados en lágrimas—. ¡Yo la he visto sufrir! ¡Yo...!
—En realidad, madre... yo la conozco mejor que nadie en este mundo —la interrumpí suavemente antes de que su desesperación pudiera seguir aumentando—. Ella jamás perdería ante nadie en un combate, y mucho menos contra él. Confía en ella y confía en mí. Si en verdad ese sujeto regresó a la vida, debe estar escondiéndose en las sombras, esperando meticulosamente el momento perfecto para atacar. Tal vez su verdadero objetivo principal en este instante no sea Shiro, sino su hermano Shirou... y eso es exactamente lo que más me preocupa ahora mismo. Aún no sabemos qué tan increíblemente fuerte se ha vuelto.
El silencio entre los dos se volvió denso y pesado, cubriendo la zona destruida del coliseo.
—La última vez que me enfrenté cara a cara a él fue en la academia solamente —continué bajando levemente el tono—. Perdóname, madre, por haberte mentido sobre la escala de las cosas. En mi vida anterior sé perfectamente lo aterradoramente fuerte que es ese sujeto. Tras su muerte en aquel entonces, aún conservo intactos los recuerdos de ese fatídico día. Él es el mayor terror que un ser vivo jamás desearía experimentar en carne propia. Shirou fue ridículamente claro y firme cuando me habló de esto desde entonces, aunque en aquel momento yo no logré comprender la gravedad de sus palabras del todo.
Aquellas palabras del pasado regresaron de golpe a mi mente, dolientes como una herida antigua que nunca terminó de cerrar. Recordé la mirada de Shirou cuando me habló a solas. Sus palabras habían sido desinteresadas y totalmente honestas:
"Carlos, escúchame con atención. No es tan sencillo como parece, lo sabes, ¿verdad? En esta jerarquía, yo soy el número uno, mi hermana es el número dos y tú eres el número tres. ¿Sabes realmente lo que significa esa posición? Significa que si alguno de nosotros llega a caer en el camino, no quiero por nada del mundo que te culpes a ti mismo pensando que no fuiste lo suficientemente fuerte.
Porque yo sé muy bien que eres el guerrero más fuerte que conozco. Y si algún día nosotros llegamos a desaparecer por completo de tu vida... al menos intenta ser un poco feliz por ti mismo."
La sonrisa que Shirou me dedicó aquella vez fue la más transparente y honesta que uno podría desear ver en un amigo. Su mirada denotaba una decisión absoluta, demasiado madura para su edad. Aun así, desde aquel instante tuve el amargo presentimiento de que me estaba ocultando algo crucial. Lo hacía únicamente para protegerme, para evitar que yo sufriera por su causa.
Y ahora que estoy aquí, en esta nueva oportunidad, tengo la posibilidad real de salvarlo, me repetí con determinación. No solo a él, sino a todos los demás.
Sintiendo cómo mi propio cuerpo temblaba sin que pudiera detener la vibración de mis manos, miré una vez más el rostro afligido de mi madre. Con sumo cuidado, usé mis dedos para secar las lágrimas amargas que resbalaban por sus mejillas y forcé una sonrisa en su rostro para transmitirle paz. La mía apareció inmediatamente después: una sonrisa débil en apariencia, pero cargada de una convicción inquebrantable.
No era una simple promesa para tranquilizarla. Era un juramento sagrado grabado en mi alma.
Iba a protegerlos a todos, sin importar el sacrificio. Lo sé porque, de una forma u otra, mi destino está entrelazado irreversiblemente con el de ellos. Aun así, no eran meros peones del destino; son mis mejores amigos. Son mi verdadera familia.
Ustedes han cuidado de mi padre y de mi madre con tanto esmero todo este tiempo... Y es gracias a ustedes que ellos siguen a salvo... ¿o me equivoco? pensó mi mente buscando fuerza en el aire. Sara Yamamoto, heroína de la esperanza... sé perfectamente que me estás viendo desde donde te encuentres. Por favor, cuida bien de mi madre.
—Mamá, es hora de irnos de aquí —dije tendiéndole la mano.
Ella me miró unos segundos, respiró hondo y asintió con una leve y cálida sonrisa de resignación.
—Sí, mi hijo... vámonos.
Pasaron algunas horas desde que dejamos las ruinas. Durante el trayecto, comencé a notar algo sumamente extraño dentro de mi conciencia, como si una presencia ajena estuviera intentando hablarme desde lo más profundo de mi mente. Una sensación visceral de incomodidad y peligro recorrió cada fibra de mi cuerpo. Como no sabía qué demonios estaba ocurriendo, cerré los ojos e intenté relajarme para descansar en el asiento del transporte aéreo. Mío había contactado previamente a Yui para que viniera a recogernos y nos llevara de vuelta a la residencia volando.
Estaba verdaderamente agotado en todos los sentidos posibles. No solo por el esfuerzo físico sobrehumano que exigía la energía abismal, sino porque los problemas no hacían más que multiplicarse a mi alrededor. El mundo entero estaba roto y necesitaba ser arreglado desde sus cimientos. Para lograr semejante hazaña, primero debía encargarme de cambiar ese nefasto hábito de las personas de depender del sacrificio ajeno... y tal vez debía empezar por cambiar mi propio mal hábito de cargarlo todo solo.
Fue en ese preciso instante de letargo cuando una voz resonó en el vacío de mi mente, áspera y pesada como el chocar de continentes.
—¡Cuánto tiempo sin escucharte, niño desconocido! —retumbó la voz en la oscuridad de mi conciencia—. No deberías estar tan tranquilo ni descansando plácidamente. Deberías estar sintiendo un miedo visceral y un terror absoluto en este mismo instante. Créeme cuando te digo que pronto solo verás al mundo entero arder en llamas. Todo lo que llegues a conocer y amar será envuelto en cenizas y polvo. ¿De verdad crees que alguien tan insignificante como tú puede hacer algo para evitarlo?
—¡¿Q-qué?! ¡¿Quién demonios eres tú?! —exclamé internamente dentro de la dimensión mental—. ¡Muéstrate de una vez... o acaso tienes miedo de dar la cara!
Una carcajada seca y retorcida resonó en el espacio de mi mente. Esa risa denotaba exactamente lo contrario al temor: era pura condescendencia y antigüedad. Por un segundo me pasó por la cabeza que pudiera tratarse de la conciencia residual de Lucifer o del arcángel Gabriel, pero me equivoqué rotundamente. Aquella presencia emanaba un aura que resultaba imposible de explicar con términos lógicos.
—Oh vaya, así que de verdad no tienes ni la menor idea de quién soy... —se mofó la voz—. Qué raro. Tu propia estirpe te lo había advertido con anterioridad. Soy el Dios Antiguo.
—¡¿Qué demonios estás diciendo?! ¡Aparece! —exigí encarando la oscuridad.
La presencia no se materializó visualmente. Solo pude seguir escuchando su tono profundo, arcano y aplastante retumbando en mi cráneo.
—Oh, vamos, niño. Ya te lo dijeron en su momento. No me hagas repetirlo dos veces. Por ahora no puedo revelar mi nombre divino ante ti. Solo he venido a dejarte una advertencia muy clara: ni el Dios Nocturno ni ninguna otra entidad pondrá un solo dedo encima de ti antes de tiempo.
El aire dentro de mi mente se volvió sofocante y pesado.
—Limítate a sobrevivir a este caos absurdo mientras esperas pacientemente mi llegada al mundo terrenal, humano.
—Ah, sí... ¡¿y por qué demonios debería hacerte caso?! —respondí sintiendo cómo la ira desplazaba a la confusión—. ¡¿Acaso tú tienes algún tipo de autoridad sobre mí para darme órdenes?! ¡Deja de esconderte entre las sombras y muéstrate de una vez, maldita rata cobarde! ¡¿Por qué todos ustedes quieren matarme?! ¡¿Qué demonios les hice yo para que toda la existencia estuviera en mi contra?!
Mi voz en el plano mental temblaba violentamente; no por miedo, sino por una rabia contenida que amenazaba con desbordarse. El vacío a mi alrededor parecía temblar con cada una de mis palabras.
—Eso es algo que una criatura como tú jamás podría llegar a comprender —respondió la voz con frialdad—. Solo mírate, eres patético. ¿Realmente crees que por ti mismo puedes llegar a enfrentarte contra Lucifer, contra el Dios Nocturno o tal vez contra los clanes desterrados que operan en lo oculto? Ni siquiera tienes la menor noción de lo que está por ocurrir. Todo lo que sabes, todo lo que has construido con tanto esfuerzo en este tiempo, lo perderás irremisiblemente. Grábate bien estas palabras en la cabeza: no vales absolutamente nada como ser humano. Deberías haberte hecho infinitamente más fuerte si de verdad pretendías salvarlos a todos.
Cada frase pronunciada por la entidad caía sobre mi psique como un martillazo demoledor. Sentí cómo algo en lo más profundo de mi determinación se resquebrajaba lentamente.
—Pero mira nada más lo que hiciste... —prosiguió la voz con tono burlón—. Tu mayor y más estúpido error fue elegir ser el más amable de todos. Dejaste que la compasión te cegara por completo. Eres tan dolorosamente inocente que solo me das lástima. Debiste haber matado a tu oponente cuando tuviste la oportunidad dorada en tus manos. Hay algo profundamente grotesco entre tú y el destino: humanos y razas superiores conviviendo juntos... Es la aberración más patética que he presenciado en toda mi existencia.
Su risa desquiciada rebotó una y otra vez en las paredes de mi cerebro. En el plano físico, apreté las mandíbulas con tanta fuerza que sentí que los dientes se romperían, conteniendo las ganas de gritar en medio del viaje.
—Ni te molestes en intentar soportar todo este peso sobre tus hombros —sentenció el Dios Antiguo—. Mírate. Eres un miserable e ingenuo estúpido que cree que los grandes conflictos del universo se pueden solucionar de una vez con buenas intenciones. Debes empezar a ser consciente de la aplastante realidad.
En el plano de mi conciencia, mis piernas cedieron por completo. Caí de rodillas contra el suelo invisible, sin fuerzas para sostenerme. Un dolor punzante y agudo me atravesó el pecho, tan denso que me robó el aire de los pulmones. Quise despertar del trance, quise huir de esa voz, pero mi cuerpo físico no respondía a mis órdenes.
—Antes de que corte definitivamente nuestra conexión por hoy, no olvides una sola palabra de lo que hemos hablado —dijo la voz volviéndose distante—. Cuando llegue el momento exacto, cuando todo este conflicto inicial termine, seré yo el siguiente en descender aquí.
—Puedes llorar todo lo que quieras, cobarde, estúpido y arrogante... No eres más que un simple humano que no tiene la menor idea de qué hacer con su propia vida.
El silencio volvió de golpe a mi mente, tan repentino que me dejó mareado. Inspiré profundamente, sintiendo el aire real entrar a mis pulmones. Aunque mis manos temblaban visiblemente, me obligué a levantar la cabeza dentro del trance y forjé una mirada inquebrantable hacia la nada.
—No me importan un carajo tus insignificantes palabras —dije en un susurro cargado de veneno—. Eres muy bueno hablando y amenazando cuando no muestras la cara. Te escondes cobardemente porque sabes perfectamente que, si nos miráramos de frente en este instante, tendrías que matarme para no ser destruido. Lo entiendo perfectamente. Entiendo tu punto... Te estaré esperando aquí mismo para ser yo quien te mate a ti.
—Vaya, así que la sabandija decidió ponerse valiente al final... Qué agonía de espectáculo —resonó el eco distante de la voz—. Un simple humano henchido de valor y privilegios prestados. Veamos qué tan hábil eres en realidad para resolver este mediocre problema que se te viene encima.
La voz del Dios Antiguo se disipó como humo, y su risa burlona quedó grabada a fuego en mi memoria como una maldición. Luego, la presencia desapareció por completo.
Quedé a solas en la penumbra de mis pensamientos. Todo se agitaba a una velocidad vertiginosa dentro de mi cabeza: las amenazantes palabras de la entidad, los extraños sueños prescientes de Yue y la presencia inquietante de los dioses. Todo estaba interconectado en un gran entramado.
Solo espero que no sea demasiado tarde para cuando descubra la verdad, pensé apretando los puños.
Abrí los ojos de golpe, sintiendo el impacto suave del transporte al aterrizar. Ya habíamos llegado a la residencia. El aire de la mañana se sentía extrañamente pesado a nuestro alrededor.
—Parece que hoy... ha sido un día bastante duro para todos —dije llevándome una mano a la nuca y fingiendo una sonrisa relajada ante el grupo.
Mío se me quedó mirando fijamente con una expresión serena, como si sus ojos pudieran atravesar la fachada y ver el desastre de pensamientos que traía dentro.
—Ah, sí... tal vez deberíamos ir a desayunar primero y luego hablamos con calma —comentó Mío acercándose—. Hay varias cosas importantes que quiero saber antes de tener que regresar a la academia. Vendrás con nosotros a la mesa, ¿verdad?
Su pregunta me hizo dudar por una fracción de segundo. Faltaba apenas un día para la ansiada reunión de padres y representantes en la academia, y en lo más profundo de mi ser presentía que quizá mañana sería la última vez que pisaría ese lugar como un estudiante común antes de que todo el mundo cambiara drásticamente. Tenía mil cosas en la cabeza que quería decirle a Mío, pero sabía que dejarla fuera en este momento sería injusto.
—Oye, tontito, te estoy hablando a ti —insistió Mío dándome un leve toque en el brazo—. ¿Vas a venir o te quedarás ahí pasmado?
—Ah, perdón Mío, me distraje pensando en unas cosas —respondí recuperando la compostura—. Claro que iré a desayunar. No te preocupes por nada. Primero comemos bien y luego platicamos un buen rato, ¿te parece bien?
Ella me dedicó una sonrisa cálida. Se acercó y tomó mi mano, apretándola con firmeza para transmitirme esa calma que tanto me hacía falta en ese instante. Nuestras miradas se cruzaron por unos segundos, reflejando una complicidad para la que no hacían falta palabras.
Qué día más hermoso... y al mismo tiempo más absurdamente peligroso estoy teniendo hoy, pensé mientras caminábamos hacia la entrada.
Entré a la residencia. En el recibidor principal se encontraban Nana y Julián esperándonos para atendernos.
—Oh, muy buenos días, joven Carlos —saludó Julián haciendo una reverencia impecable—. Es un verdadero gusto verlo de regreso por aquí. Dígame, ¿en qué podemos servirle esta mañana?
—No es nada del otro mundo, Julián —respondí amablemente—. Solo vine a desayunar algo... aunque esta vez no vengo solo. Mi madre y otras dos personas más están aquí afuera como invitados de la casa.
—Ya veo. Comprendido perfectamente —asintió el mayordomo—. En ese caso iré de inmediato a la cocina a preparar la mesa y los platillos. Con su permiso, joven.
Julián se retiró a paso rápido hacia la cocina. Nana y yo nos quedamos a solas en el pasillo en medio de un silencio incómodo. Noté de inmediato que la sirvienta lucía sumamente nerviosa, moviendo las manos con inquietud.
—¿Ocurre algo malo, Nana? —pregunté al ver su rostro preocupado.
—Ahhh... no, no es nada grave, joven Carlos —respondió ella dudando—. Solo... estaba pensando en si era oportuno hablar con usted sobre algunas cosas bastante serias de la casa.
—Claro que sí, no tengo ningún problema —asentí prestando atención—. Dime, ¿dónde prefieres que hablemos de esto?
Ella dudó unos segundos, mirando hacia las escaleras antes de responder en voz baja.
—Bueno... en realidad debemos hablar directamente acerca de su hermana menor, la señorita Karen. Últimamente ella ha estado...
Me quedé helado al escuchar el nombre de mi hermana. Toda la ligera tranquilidad que había recuperado se esfumó de golpe, y la expresión de mi rostro se volvió seria.
—¿Karen? —repetí.
—Sí... hay algo más que debe saber —continuó Nana con la voz temblorosa—. Desde que usted se fue de viaje hace dos meses, ella... ella simplemente no ha vuelto a poner un pie en la academia.
Sentí una punzada opresiva en el pecho, un nudo amargo que me dificultó tragar saliva.
—¿Eso que me estás diciendo es verdad, Nana? —inquirí buscando confirmación.
Ella solo asintió lentamente con la cabeza, manteniendo la mirada gacha.
—Ya veo... Entiendo. Iré a verla inmediatamente —dije tomando una decisión—. Muchas gracias por contarme la verdad, Nana.
—No, al contrario, joven Carlos. Yo solo quiero de todo corazón que la señorita Karen se encuentre bien —expresó ella sinceramente.
—Cualquier cosa que llegue a pasar allá arriba, te avisaré —le aseguré—. Por ahora mantente tranquila. ¿Podrías hacerme el favor de ir a ver a mi madre y preguntar si necesita algo para los invitados? Yo me encargaré personalmente de mi hermana.
—Muchas gracias por escucharme, joven. Con su permiso —agradeció Nana haciendo una reverencia antes de retirarse.
Me quedé solo en el gran recibidor. Camine en absoluto silencio hacia la gran escalera de madera y comencé a subir peldaño a peldaño. Recorrí el pasillo del segundo piso dirigiéndome directamente hacia mi antigua habitación, sabiendo perfectamente que, cuando Karen buscaba refugio del mundo, siempre se encerraba allí. Al llegar frente a la puerta de madera, giré el pomo con sumo cuidado y la abrí lentamente.
Al asomarme, la vi. Estaba despierta, sentada al borde de la cama.
¿Acaso... está llorando? me pregunté sintiendo que el corazón se me oprimía al ver su postura encorvada.
Entré en mis pensamientos por un segundo, necesitando desesperadamente comprender qué demonios le estaba ocurriendo a mi pequeña hermana para que se aislara de esa manera. Avancé en absoluto silencio sobre la alfombra para que no escuchara mis pasos. Al acercarme más, noté los detalles: estaba sollozando en silencio, con los puños apretados sobre sus muslos. Pero lo que más me dolió no fue ver sus lágrimas, sino ese maldito nudo en el pecho que no me dejaba respirar. La miré a los ojos desde mi posición, pero ella ni siquiera notó mi presencia; tenía la mirada completamente perdida en el vacío de la habitación, atrapada en su propia mente.
—Dios de la Espada... ¿por qué demonios tengo estos pensamientos tan horribles? —murmuró Karen entre sollozos, hablando en voz alta consigo misma—. No logro entenderlo... Antes yo no era así... ¿por qué me tiene que pasar esto a mí justamente?
Karen seguía sumergida en su crisis sin reaccionar a su entorno.
—Karen... de verdad no entiendo qué te sucede por la cabeza —continuó la voz interna de su desesperación, manifestándose en sus palabras cortadas—, pero desde que Carlos se fue te has vuelto una persona totalmente extraña. No sales de este cuarto, dejaste de ir a la academia... Lo que te está pasando no está bien. Solo intenta pensar con calma. Tú no eres una decepción para nadie en esta familia. Todos están esperando a que estés bien de nuevo...
Karen apretó las sábanas con fuerza rabiosa.
—¡¿Cómo quieres que esté bien de la noche a la mañana?! —levantó la voz de golpe entre lágrimas amargas, hablándole a la nada—. ¡Tú no sabes lo que siento por dentro! ¡No sabes la agonía por la que estoy pasando! ¡A veces siento un terror tan profundo que me da miedo morir en cualquier momento...! Pero ese ni siquiera es el verdadero problema. El verdadero problema de todo esto es que...
—¿Karen? —pronuncié su nombre con voz suave pero firme desde el centro de la habitación.
Ella dio un brinco descompuesto y volteó el rostro de inmediato al escuchar mi voz. Me vio allí parado, justo a su lado. No lo dudó ni un solo segundo: se puso de pie como impulsada por un resorte, corrió hacia mí y se lanzó a mis brazos, rodeando mi cuello y abrazándome con todas las fuerzas que le quedaban en el cuerpo, como si su propia vida dependiera por completo de no soltarme.
—¡Hermano...! ¡Hermano... yo...! —rompió a llorar descontroladamente sobre mi hombro.
Le devolví el abrazo envolviéndola protectoramente entre mis brazos, sin la menor intención de soltarla.
—Lo sé todo, Karen... —le susurré al oído con tono cálido—. No tienes por qué estar deprimida ni cargar con esto sola. Tu tonto hermano mayor ya está de regreso aquí para ayudarte en lo que sea. Así que dime... ¿qué es lo que te está ocurriendo realmente? ¿Por qué te sientes tan mal? ¿Qué fue lo que pasó durante todo este tiempo que estuve fuera?
Karen respiró hondo con dificultad, intentando calmar el hincapie de su llanto para poder articular las palabras.
—Yo... y-yo... desde el mismo día en que te fuiste me he estado sintiendo de esta manera tan miserable —confesó separándose apenas unos centímetros—. En realidad viene desde hace mucho más tiempo... ¿Te acuerdas de lo que pasó contigo durante la gran batalla?
—Sí, claro que lo recuerdo perfectamente —respondí mirándola a los ojos—. Pero... ¿qué tiene que ver ese evento con lo que te está pasando a ti ahora?
Karen dejó escapar una sonrisa sumamente triste y rota.
—El mismísimo Lucifer me advirtió de algo terrible cuando estuvimos a punto de derrotarlo junto con Miguel... —reveló con la voz temblorosa—. Sentí un miedo tan paralizante cuando ese monstruo comenzó a regenerar su cuerpo frente a nosotros. Sentí unos escalofríos espantosos... un miedo, un terror y un horror que nunca antes había experimentado. Todo lo que presencié esa fatídica vez...
Sus pequeñas manos comenzaron a temblar sin control al recordar la escena.
—Todo eso quedó profundamente grabado en mi mente como una pesadilla de la que no puedo despertar —continuó llorando desconsoladamente—. Incluso estuve a punto de perder mi propia vida intentando salvarte a ti... En ese instante sentí con absoluta certeza que iba a morir allí mismo.
Karen volvió a romper en llanto, escondiendo el rostro en mi pecho.
Le acaricié el cabello y el rostro con sumo cuidado y ternura, intentando transmitirle toda la seguridad y el calor fraternal posibles para calmar el pánico de su alma. Nos quedamos exactamente en esa misma posición durante varios minutos enteros, en un silencio absoluto, compartiendo en silencio ese dolor amargo que ya no necesitaba de más explicaciones ni palabras.
No me movería de su lado por nada del mundo. No esta vez.
Continuará.

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