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Capítulo 140: La Prueba de los Reyes, la Exigencia del Abismo y el Despertar del Dios Nocturno
Punto de vista: Carlos, Saleh e Hina
Me hallaba absolutamente inmovilizado. Cualquier intento de desplazamiento resultaba estéril. La disposición estratégica de las lanzas me mantenía fijado contra la superficie del terreno, cercándome a la manera de una estructura carcelaria viviente. El contacto gélido del metal rozaba la piel de mi cuello y la zona pectoral, e inclusive bajo dicha opresión… me hallaba incapaz de contener la marea mental. Los recuerdos irrumpieron de forma intempestiva en mi conciencia: su figura y mi persona colisionando en épocas remotas. Una y otra vez. El flujo de la sangre, los clamores de la contienda, miradas cruzadas que se abstenían de suplicar indulgencia. Y de no incurrir en una apreciación errónea, él experimentaba exactamente la misma pulsión: esa necesidad visceral y encarnizada de asestarme castigo hasta extinguir el último hálito de mi existencia. La severidad de su semblante confirmaba la hipótesis. Consecuentemente, sostuve el contacto visual fijando la mirada en sus pupilas sin ceder un solo milímetro.
Fue en ese milisegundo cuando dejé escapar una risa. Un sonido amortiguado, cargado de una peligrosidad latente. Él registró la alteración al instante.
En una fracción de segundo articulé la convergencia entre el arte de desplazamiento espacio-temporal y la potestad del dios del rayo. Mi contenedor corporal sufrió una fragmentación, convirtiéndose en destellos fúlgidos. Me materializaba y desvanecía en múltiples coordenadas de forma simultánea, trazando estelas de radiación en matices azul, verde y celeste que bañaron la totalidad de la estructura del coliseo, como si la bóveda celeste se hubiera fracturado en su interior.
La masa del aire vibraba con violencia, el suelo colapsaba y la resonancia de los truenos se propagaba a lo largo de las graderías desiertas.
Saleh permaneció sumido en el estupor al atestiguar la ejecución de semejante técnica. Únicamente por el lapso de un segundo efímero.
Posteriormente, se desvaneció del plano físico.
Ambos nos desplazábamos bajo una sincronía absoluta, como si respondiéramos a un vínculo indivisible. Cada intercepción de nuestros impactos hendía el aire, cada cruce de miradas se tornaba feroz, impregnado de una aversión manifiesta, un orgullo inquebrantable y un elemento adicional… un matiz que laceraba el espíritu. El margen temporal para la especulación quedaba erradicado; la posibilidad de vacilar se hallaba extinta. En esa coyuntura concreta, ninguna entidad sobre la faz de la tierra poseía la capacidad de detener la progresión de la conflagración. La totalidad del universo se redujo a la escala de aquel enfrentamiento.
La atmósfera nocturna nos envolvía de forma implacable. Y la arquitectura del coliseo se erigía en testimonio mudo de dos abominaciones rememorando la escala real de su naturaleza.
Mi estructura corporal ardía bajo un tormento intolerable. Carecía de la aclimatación requerida para procesar las exigencias de esta nueva manifestación técnica; la totalidad de mis fibras musculares devoraban mi ser desde el interior. En medio del combate sopesé la necesidad de adjudicarle una denominación adecuada: ¿cuál constituiría la opción idónea? Voltstrike no representaba una alternativa desafortunada.
Fue en ese instante cuando capté la vibración. Un impacto de proporciones devastadoras me alcanzó de lleno.
Saleh se hallaba dominado por una exaltación absoluta. La evidencia se leía con claridad en la nitidez de su mirada y en la curva de una gesticulación peligrosa. Este cruce de fuerzas se encargaba de reactivar la totalidad de su potencial aletargado. Progresábamos bajo el mismo pulso, emulando imágenes especulares distorsionadas. Cada embestida consolidaba un nivel de destrucción superior al antecedente.
A una velocidad mayor. Incrementando el ritmo a cada segundo.
Bloqueaba y eludía las acometidas en la medida de mis posibilidades, no obstante, cada colisión contra la estructura de su lanza me posicionaba en una desventaja manifiesta. El peso de la masa, la milimétrica precisión, la intencionalidad mortífera: la totalidad de los factores convergían en mi contra. Procuré articular una respuesta utilizando mi propia lanza, sin embargo, en ese preciso milisegundo mi espada sangrienta fue interceptada y desarmada mediante un impacto seco y categórico, saliendo proyectada hacia las periferias del recinto.
Quedé completamente desprovisto de cobertura defensiva.
Carecí del margen necesario para estructurar una reacción. La acometida subsiguiente me asestó un golpe dotado de una ferocidad colosal. Experimenté la trayectoria de mi cuerpo saliendo despedido por los aires previo a estrellarme violentamente contra la mampostería del terreno. La detonación de la colisión retumbó en la totalidad de la estructura; las columnas de polvo se elevaron en el ambiente y la agonía explosionó en la totalidad de mi sistema óseo.
Ah, maldición…
La viscosidad y el sabor metálico de la sangre anegaron mi cavidad bucal mientras procuraba reincorporarme sobre mis extremidades. Mi campo visual acusaba fluctuaciones, no obstante, una certeza se mantenía inalterable: Saleh se abstenía de aplicar la menor contención a sus ataques. Y mi persona apenas iniciaba el procesamiento del costo real que demandaba la canalización de esta potestad.
—¿Acaso semejante despliegue constituye la totalidad de tus capacidades? ¿Se trata de una aseveración en serio, Carlos Tanaka Sánchez?
El clamor de Saleh se proyectó sobre el coliseo emulando un trueno devastador. Las graderías desiertas multiplicaron el eco en una secuencia ininterrumpida, deformando el registro de su voz hasta transmutarla en un rugido saturado de una frustración manifiesta. Su sombra se dilató bajo la pálida iluminación nocturna mientras la lanza acusaba un temblor en la firmeza de su diestra.
—¿En qué coordenada se oculta esa magnitud de poder que te dedicaste a resguardar con tanto celo? ¿En qué emplazamiento se halla? Proyecciones de esa verdad, ¡dímelo, Carlos!
La masa del aire adquirió una densidad sofocante. Cada enunciado se asentaba con el peso de un impacto directo en la zona pectoral.
—¿Genuinamente te vas a abstener de exteriorizarlo? Despliégalo en mi presencia. Persigo certificar si me hallo en la capacidad de resistir la embestida del dios nocturno.
Un mutismo de características anómalas se posó sobre el escenario de forma intempestiva.
—¿Qué palabras acabas de articular, Saleh?
La firma vocal de Hina hendió el espacio emulando la trayectoria de una hoja afilada. Su presencia oscureció la atmósfera ambiental de forma drástica y una presión imperceptible se propagó a lo largo y ancho del coliseo.
—¿De qué manera posees conocimiento sobre la figura del dios nocturno? Exijo que expongas la fuente de dicha información en este preciso instante.
Saleh comprimió la dentadura aplicando una fuerza extrema. Por primera ocasión, la compostura de su figura acusó una fractura evidente.
—Asimilé la información en el transcurso del interrogatorio ejecutado sobre la soberana de la estirpe dragónica. Aquellos individuos carecían del dominio pleno sobre el alcance de sus declaraciones, no obstante, en el instante en que formularon la mención explícita sobre el dios nocturno, mi ser permaneció petrificado. Me dediqué a la búsqueda de compendios, manuscritos prohibidos, crónicas cuya existencia debería hallarse extinta.
Proyectó la mirada al frente, manteniendo la respiración contenida.
—Y me vi en la imposibilidad de conceder crédito a los hallazgos. Este instante se constituye como la oportunidad única. Anhelo certificar si poseo la capacidad de sostenerme en combate al menos por el margen de tres horas.
—¿Conservas la certeza sobre la naturaleza de la exigencia que estás formulando, Saleh? ¿Verdadera y genuinamente albergas el deseo de encontrar la muerte?
El hilo vocal de Hina acusó un temblor manifiesto, entrelazando una investidura de autoridad con un matiz de pavor inocultable.
—Resulta una eventualidad que me niego categóricamente a consentir.
Avancé una zancada hacia el frente. La estructura del terreno crujió bajo la presión de mis plantas.
—Acepto los términos. Si verdaderamente albergas el anhelo de presenciar esa realidad, la desplegaré en esta coyuntura.
—Pero, descendiente mío…
La voz de mi progenitora se fracturó por completo. Sus ojos proyectaban un terror visceral que procuraba disimular infructuosamente.
—Te hallas imposibilitado para consentir semejante requerimiento. Te lo imploro… experimento un pavor profundo ante la posibilidad de que te veas privado de retornar a la condición que te definía.
Fijé la vista sobre su rostro. Y dibujé una sonrisa serena.
—Preservaré la integridad de mi ser. Adicionalmente, si la eventualidad de perder el dominio de mis facultades se materializa, tú conservas el dominio sobre las medidas que corresponde ejecutar.
Ella desvió el contacto visual, mostrándose incapaz de asimilar la contundencia de mis afirmaciones. Sus extremidades superiores acusaban un temblor ininterrumpido. Mi conciencia sopesaba la trascendencia que este momento representaba para su ser.
Sin embargo, el margen temporal había alcanzado su término.
Un elemento se fracturó en el fondo de mi núcleo espiritual.
Un torrente energético de matices oscuros y violetas detonó desde la estructura de mi cuerpo, iluminando la extensión del coliseo mediante destellos de violencia extrema. La mampostería del suelo acusó fracturas severas y el viento emitió un alarido gutural. La pigmentación de mis pupilas mutó de forma drástica, adoptando una tonalidad azul de profundidad abismal, ajena a cualquier rasgo humano.
Me erguí en toda mi estatura.
—Voltstrike.
Me desvanecí del plano físico.
Un relámpago de energía atravesó la vacuidad del espacio y el impacto proyectó a Saleh contra la mampostería del muro. La detonación hizo convulsionar la estructura del coliseo; las grietas se propagaron por la piedra emulando una red de venas colapsadas. Me materialicé en su presencia en una secuencia ininterrumpida, asestando embestidas sin conceder el menor respiro, forzándolo a retroceder de forma sistemática hasta que la estructura de su lanza logró interceptar mi golpe en el último milisegundo.
La onda expansiva resultante forzó la separación de ambas figuras.
Sostuvimos el flujo respiratorio.
Y en ese preciso instante, el plano de la realidad se vio privado de responder a sus preceptos ordinarios.
Nos desplazamos mediante un proceso de teletransportación ininterrumpido, cruzando nuestras trayectorias emulando la dinámica de sombras enfurecidas. La aleación de la espada y la madera reforzada de la lanza colisionaron a una velocidad de atributos siniestros; cada intercepción liberaba corrientes de luminosidad, devastación y un eco de proporciones ensordecedoras. La noción del tiempo se percibía fracturada entre la ejecución de nuestras maniobras.
Se erigía como un conflicto bélico disociado de los parámetros de la especie humana.
Una confrontación digna de ser librada por una divinidad… o por una criatura abismal.
Continuará.

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