Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 125 online gratis en español
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Capítulo 125: Cicatrices, Cargas Compartidas y la Calma entre la Tormenta
Punto de vista: Mío Amaya
Ubicación: Reino Platinos del Amanecer
Han pasado dos meses enteros desde la última vez que puse un pie en este lugar.
Volver a pisar sus tierras me trajo de golpe recuerdos que no pedí revivir; memorias imborrables de aquellos días en los que Carlos y yo caminábamos juntos por estas mismísimas calles de piedra.
Me sentía extraña. Había una opresión invisible en mi pecho.
Caminaba a paso lento, observando el bullicio cotidiano de los habitantes. Todo a mi alrededor parecía transcurrir en una paz serena. Demasiado tranquilo, a decir verdad. Resultaba casi doloroso ver cómo el mundo continúa su curso con absoluta indiferencia, ignorando por completo todo lo que hemos perdido en el camino.
De pronto, una voz conocida rasgó el rumor de la multitud, pronunciando mi nombre:
—¡Mío!
Me giré sobre mis talones.
A escasos metros de distancia, avanzando a paso firme hacia mí, venía un hombre joven. Era David.
—¿De verdad eres tú? —dijo dibujando una amplia sonrisa en el rostro—. Muy buenas tardes, mi querida diosa caída.
Fruncí el ceño de inmediato, sintiendo cómo se me acaloraban las mejillas por el exabrupto.
—Oye… ¿pero qué te pasa? —le reclamé cruzándome de brazos—. ¿A qué viene eso de llamarme "diosa caída"?
David soltó una carcajada limpia, sin mostrar el menor atisbo de vergüenza.
—Bueno, es que eres tan absurdamente adorable que sencillamente no puedo contener los elogios —respondió divertido—. Además eres sumamente amable, linda… ¿cómo no iba a llamarte una diosa caída del mismísimo cielo?
Se rió con ganas de su propio chiste, contagioso y desenfadado.
Dejé escapar un leve suspiro, rindiéndome ante su actitud.
—En fin —continuó él, recobrando un todo ligeramente más pausado—. La verdad es que tenía muchas ganas de verte. Quería saber de primera mano cómo has progresado a lo largo de estos dos meses.
Lo miré fijamente y una sonrisa suave se dibujó en mis labios.
—Es verdad… he mejorado bastante desde la última vez —respondí con sinceridad—. Gracias al apoyo de todos ustedes he sido capaz de transformarme en alguien distinta.
Bajé un poco la voz, sintiendo cómo el sonrojo se apoderaba de mi rostro.
—Y te prometo que esta vez no tengo la menor intención de volver a ser una carga para nadie.
David asintió con la cabeza, adoptando un semblante serio y respetuoso.
—Me alegra enormemente escuchar eso de tus labios, Mío. En verdad lo digo.
Dejó escapar un suspiro cargado de añoranza.
—Ya ha transcurrido un tiempo considerable desde aquel fatídico día en que nuestro capitán entregó su vida por todos nosotros. Aún nos quema el alma su ausencia… pero gracias a su sacrificio aprendimos una lección invaluable.
Al escuchar sus palabras, sentí un vuelco amargo en el estómago.
—Sus últimas palabras fueron redactadas exactamente de la forma en que él solía expresarse —continuó David con la mirada perdida en el horizonte—. “Todos y cada uno de nosotros tenemos la obligación de dar lo mejor de nosotros si pretendemos salir adelante, incluso cuando el dolor amenace con devorarnos por dentro”.
Volvió a fijar sus ojos en mí.
—Eso no significa bajo ninguna circunstancia que seamos seres débiles solo por arrastrar una pena que nadie es capaz de olvidar. Esto es únicamente el comienzo de nuestras vidas. Como caballeros… o caballeras —corrigió con una breve sonrisa—, debemos sentirnos profundamente orgullosos de quiénes somos y del camino que hemos elegido. No importa cuántas veces la vida nos tire al suelo. Siempre, sin excepción, debemos encontrar la fuerza para levantarnos una vez más.
Cada una de sus palabras caía sobre mí con la contundencia de un martillazo.
Bajé la mirada hacia las losas del suelo.
Mis manos comenzaron a temblar ligeramente.
Tenía miedo. Un pavor helado y visceral que amenazaba con paralizarme.
Ese mismo miedo que Carlos…
No.
No quiero bajo ningún concepto que él termine entregando su vida por nosotros. No estoy dispuesta a aceptarlo. Me niego categóricamente a asimilar la idea de que pueda morir en solitario por salvar a alguien más.
Levanté la mirada muy lentamente. David continuaba hablando, pero sus palabras ya solo me llegaban como un eco distante.
Dolía.
Dolía en lo más profundo recordar la partida del capitán de los caballeros.
Sin embargo, gracias a su ejemplo y al testimonio de sus camaradas… logré comprender algo fundamental.
Ya no tengo miedo.
Si el destino exige que deba morir en esta lucha, lo haré entregando hasta la última gota de mi ser, sin permitir jamás que la muerte… ni el destino mismo… me impidan ser quien realmente soy.
Antes de que David pudiera seguir con su discurso, se detuvo en seco.
Durante varios segundos reinó un absoluto silencio entre los dos. Se limitó a observarme en silencio, analizando cada rasgo de mi rostro.
La expresión de su cara cambió radicalmente hacia una de viva preocupación.
—¿Te encuentras bien, Mío? —preguntó con suavidad.
Asentí despacio, tratando de recomponer la postura.
—Sí… me encuentro bien —respondí intentando sonreír—. Solo me vino a la cabeza un recuerdo que en verdad dolía demasiado. Lo siento mucho.
Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire fresco.
—¿Crees que sea posible que me lleves a donde están las chicas?
David parpadeó un par de veces, sorprendido por el cambio de tema, antes de que una sonrisa amplia volviera a su rostro.
—¿Te refieres a Masha y Sasha? —se rió levemente—. Por supuesto que no tengo ningún problema con eso. Acompañame, de seguro esas dos deben estar absolutamente ansiosas por volver a verte. Desde la última vez que viniste acompañada por Carlos, no hacíamos más que preguntarnos por qué razón lo seguías a todas partes como si fueras su sombra.
Sentí cómo mi corazón daba un vuelco violento contra mis costillas.
—A-ah… bueno… e-es simplemente porque… con él me siento increíblemente tranquila y protegida —balbuceé.
Mi voz se volvió sumamente baja, torpe y entrecortada.
El calor subió descontroladamente por mis mejillas hasta las orejas. Mi rostro debía estar luciendo tan rojo como un tomate maduro.
David no dudó ni por un milisegundo en interpretar mi reacción.
—Conque esas tenemos… te gusta ese chico, ¿verdad?
—¡¿Q-qué?! —exclamé dando un respingo—. ¡Y-yo, yo, yo…!
David alzó ambas manos a la altura del pecho, soltando una risotada contagiosa.
—Vamos, no te asustes de esa manera. Es algo ridículamente obvio para cualquiera que los vea juntos —dijo—. Y siendo completamente sincero contigo… sería algo hermoso que reunieras el valor para declarárselo directamente.
Bajó un poco el tono de voz, adoptando un matiz confidencial.
—No es por ponerme en el papel de chismoso, pero de verdad creo que tienes una oportunidad real con él. Es verdad que Carlos siempre se muestra como alguien excesivamente serio y distante, pero guarda una amabilidad genuina hacia todos nosotros.
De pronto, frunció el ceño con evidente malestar.
—Aunque… no puedo evitar tener un mal presentimiento rondándome la cabeza. Siento que hay demasiada gente ahí fuera que solo busca utilizarlo… como si fuera un simple juguete. Como una mera herramienta de guerra.
Mis pasos se volvieron cada vez más lentos hasta casi detenerme por completo.
—¿Tienes alguna idea de lo horrible que se siente eso? —preguntó mirándome de reojo.
Guardé absoluto silencio, incapaz de articular palabra.
David dejó escapar un pesado suspiro.
—Los reinos están podridos por dentro, Mío. Plagados de corrupción y conspiraciones. Es precisamente por esa razón que dependemos de forma tan desesperada de la guía de nuestro rey.
Sonrió con una amargura melancólica.
—Él no es para nada una mala persona. Nosotros nos desvivimos por cuidarlo porque, antes que nuestro soberano, es nuestro amigo.
Su mirada se perdió en los recuerdos del pasado.
—Cuando ocurrió la tragedia de Henry… jamás en toda mi vida lo había visto tan profundamente devastado. Tan desgarradoramente solo.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo un nudo en la garganta.
—¿Y sabes a qué me recordó de inmediato esa soledad absoluta? —continuó, fijando sus ojos directamente en los míos—. A Carlos.
El pecho se me apretó con tanta fuerza que casi me corta la respiración.
—Ese chico posee algo que atrae la atención de todos, algo que no sabría cómo definir con palabras precisas. Por momentos puede parecer alguien completamente común… o terriblemente extraño.
Negó con la cabeza lentamente.
—A veces… a veces siento como si estuviera frente al mismísimo Dios.
Se quedó callado durante unos segundos, midiendo el impacto de sus palabras.
—Olvíralo, ni siquiera sé qué demonios estoy diciendo —añadió intentando suavizar la atmósfera—, pero estoy seguro de que pronto serás capaz de comprenderlo por ti misma.
Continuamos avanzando en silencio por las avenidas.
—Cuando nos tocó enfrentarnos cara a cara contra el Caballero Oscuro —retomó el tema con tono grave—, fui capaz de percibir exactamente la misma vibra emanando de ambos. Una soledad abismal que únicamente ellos dos eran capaces de comprender entre sí.
Mis manos volvieron a temblar violentamente.
—Las personas son criaturas ridículamente difíciles de comprender, Mío —concluyó David con absoluta seriedad—. Por esa misma razón… te pido que lo cuides. No permitas por nada del mundo que esa soledad lo arrastre y lo termine alejando de todos ustedes.
Se detuvo un instante para mirarme a los ojos.
—Cada vez que se distorsiona y se aleja… se vuelve infinitamente más difícil volver a alcanzarlo.
Cada una de sus palabras estaba impregnada de una verdad devastadora.
Y dolían horrores.
Sentí un nudo sofocante formándose en mi garganta. Tenía unas ganas inmensas de ponerme a llorar ahí mismo, de romperme en mil pedazos. Pensar en todo el dolor y la soledad que Carlos había tenido que soportar en silencio me carcomía el alma.
Tengo miedo.
Un pánico atroz a que en estos precisos momentos él esté sufriendo en completa soledad.
Siempre que me mira, suele esbozar esa pequeña sonrisa y decirme: “No te preocupes por mí, estaré bien”. “Estoy bien, de verdad”. “No me pasa nada malo”.
Pero cada una de las veces que pronunciaba esas frases… yo conocía perfectamente la verdad detrás de sus ojos.
Él no estaba bien.
Estaba cargando él solo con el peso del mundo entero. Con la culpa. Con la responsabilidad. Con esa maldita voz interna que no deja de acusarlo por no haber sido capaz de convertirse en la persona que alguna vez deseó ser.
Es profundamente frustrante.
Llegamos finalmente a las instalaciones del cuartel general.
Al cruzar la entrada, vimos a Masha sentada sobre un banco de madera, examinando con detenimiento el filo de su espada. Un poco más allá se encontraba Sasha, apoyada contra el marco de la ventana, con la mirada perdida en sus pensamientos.
Pero en cuanto la puerta se abrió y me vieron aparecer…
Toda la atmósfera del lugar cambió drásticamente.
—¡MÍO!
Ambas se pusieron de pie de un salto y corrieron hacia mí a toda velocidad.
Y por primera vez en muchísimo tiempo… sentí en el pecho la certeza de que no estaba sola.
—¿Qué milagro te trae por estos lados? —preguntó Sasha con un tono de voz sumamente cálido y acogedor.
—La verdad… pasaba por el reino y quise aprovechar para seguir entrenando —respondí con una sonrisa—. Y de paso quería averiguar si hoy tenían algo de tiempo libre para que saliéramos a divertirnos un poco. Ya saben… cosas de chicas.
Sasha sonrió complacida, pero Masha no tardó ni un segundo en ir directo al punto que realmente les inquietaba a ambas.
—Nos encantaría salir contigo —dijo Masha—, pero dime una cosa… ¿cómo se encuentra Carlos?
Su voz descendió un par de tonos, cargándose de genuina preocupación.
—Hace bastante tiempo que no sabemos absolutamente nada de ustedes dos y la verdad me preocupa bastante. ¿Tienes alguna noticia suya?
Tragué saliva con torpeza.
—Por lo que tengo entendido… tomó la decisión de abandonar la academia durante un tiempo —respondí—. Me aseguró que estaría de regreso para las fechas del festival. No quiso darme explicaciones detalladas sobre sus motivos.
Apreté los puños con fuerza a los costados de mi cuerpo.
—Pero la verdad es que ya no puedo seguir ocultándolo, chicas… me destroza el alma verlo en ese estado. No quiero bajo ninguna circunstancia que termine como…
No fui capaz de concluir la frase.
Masha dio dos pasos al frente y pasó su brazo sobre mis hombros, dándome un apretón reconfortante.
—Dilos sin miedo —susurró con suavidad—. No te guardes ese dolor. Sé perfectamente lo que estás intentando decir.
Respiré con dificultad, sintiendo un leve temblor en los labios.
—Carlos es precisamente esa clase de persona —continuó Masha levantando la vista—. Si viera a cualquiera de nosotros en un peligro mortal, no dudaría ni un solo segundo en entregar su propia vida para salvar los nuestros. Exactamente de la misma forma en que lo hizo el capitán Henry. Ellos dos son la prueba viviente de que no todo está perdido en este mundo. De que aún existe la verdadera esperanza… incluso si el precio a pagar es una vida.
Sus palabras dolían, pero contenían una verdad innegable.
—Y aunque me cueste un demonio admitirlo —añadió Masha esbozando una ligera sonrisa burlona—, ese chiquillo es infinitamente más veloz que yo en combate.
Negó con la cabeza en gesto de incredulidad.
—Por esa misma razón suelo llamarlo el Dios del Trueno. Sigo sin explicarme cómo un niño de su edad fue capaz de concebir y desarrollar una técnica tan condenadamente peligrosa.
Sasha dejó escapar un largo suspiro, apoyándose contra la pared.
—Últimamente han estado ocurriendo eventos sumamente extraños por todas partes, Mío —comentó—. Nos llegaron los rumores sobre el incidente ocurrido en su academia… y francamente no podíamos dar crédito a lo que escuchábamos.
El ambiente dentro del salón se volvió pesado de repente.
—Perdóname que me meta, Masha —intervino David dando un paso al frente—, pero es la cruda realidad.
Su voz se volvió dura y tajante.
—Cada maldita desgracia que acontece en este mundo parece girar indefectiblemente alrededor de la figura de Carlos.
Un estremecimiento helado recorrió mi espina dorsal.
—Sé perfectamente que resulta cruel expresarlo de esa manera —continuó David—, pero Mío tiene la obligación de saber la verdad. En estos precisos momentos, la totalidad de sus enemigos lo tienen marcado con un objetivo en la espalda. Estamos atravesando una crisis absoluta. Estamos en medio de una guerra.
David alzó la voz, dejando ver la frustración guardada en su interior.
—¡Mío, escúchame bien! Llevamos más de dos meses en combate directo contra las fuerzas del Imperio. Han violado impunemente cada ley y tratado de este reino. No solo se dedicaron a traficar y secuestrar esclavos… sino que su objetivo principal era capturar a Carlos a como diera lugar para convertirlo en un arma de guerra.
—¡Un arma biológica prácticamente imposible de matar! —exclamó con vehemencia—. ¿Tienes la menor idea de las atrocidades que habrían cometido si hubieran logrado ponerle las manos encima? ¡No tienes ni la más remota noción de lo que esos bastardos son capaces de hacer!
El silencio que siguió a su arrebato fue sofocante.
—Por esa mismísima razón es que deseamos protegerlo a toda costa —dijo David, bajando el tono de voz a un murmullo derrotado—. Ese chico ya ha sufrido demasiado en esta vida.
Respiró hondo, tratando de serenarse.
—¿Y sabes qué es lo verdaderamente desgarrador de todo esto?
Negué lentamente con la cabeza.
—Que él se culpa a sí mismo de absolutamente todo —continuó David con la voz temblando ligeramente—. Se carcome por dentro pensando que fue su culpa haberse dejado manipular por aquel demonio abismal.
Apretó los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos.
—Siente que por su pura debilidad ustedes estuvieron al borde mismo de la muerte. Angélica estaba al tanto de toda la situación desde el primer momento… intentó investigar por sus propios medios, pero decidió permitir que las cosas siguieran su curso.
Dejó escapar un largo suspiro de resignación.
—Aunque francamente no soy capaz de culparla a ella. Angélica también estaba profundamente preocupada por él. Sabía con perfecta exactitud por el infierno que Carlos estaba pasando.
Sentí una corriente helada recorrer mi cuerpo.
—E-esperen un momento… —dije parpadeando descolocada—. ¿Ustedes conocen personalmente a Angélica?
—Por supuesto que la conocemos —respondió David de inmediato—. Es nuestra nueva capitana. Hace un par de meses fue asignada a nuestra unidad por petición directa de Josué Tanaka. Angélica forma parte de nuestras filas con la encomienda de investigar a fondo todo este caos.
Me quedé completamente muela, asimilando la avalancha de información. Demasiadas revelaciones juntas. Demasiado peso para procesar en un solo día.
Se notaba a leguas que David estaba completamente agotado. No únicamente por la situación de Carlos… sino por el peso aplastante de todo lo que estaba convulsionando al mundo entero.
Transcurrieron varios días desde mi llegada al cuartel.
Aquella noche la pasé íntegramente en compañía de las chicas. Hablamos de mil cosas, nos reímos a carcajadas, lloramos recordando viejos tiempos y nos dedicamos a hacer bromas absurdas sobre nuestros propios traumas y torpezas.
Todo marchaba de maravilla hasta que a Masha se le ocurrió empezar a beber alcohol. Y bebió demasiado.
—Ven aquí… mi pequeña niña caída del cielo —balbuceó Masha tambaleándose con una botella en la mano—. Ven a los brazos de tu mami… o de lo contrario seré yo la que vaya a buscarte a tu cama en mitad de la madrugadaaaa…
—¡Masha! —gritó Sasha indignada.
¡Pum!
Un golpe seco y preciso impactó directamente en la nuca de la borracha.
Masha se desplomó cuan larga era sobre la alfombra, quedando profundamente dormida en el acto.
Sasha y yo no pudimos contenernos y estallamos en una ráfaga de risas descontroladas.
Mientras la observaba dormir plácidamente en el suelo, una revelación luminosa cruzó por mi mente. Podía disfrutar de la compañía de verdaderas amigas. Podía reír con ganas a pesar del dolor implacable que llevaba dentro.
Y eso… me hacía inmensamente feliz.
Porque, por primera vez en muchísimo tiempo, sentí que existían personas reales que aceptaban mi dolor sin juzgarme… y que, a pesar de todo, elegían quedarse a mi lado.
Al día siguiente ya era viernes.
Desperté con un dolor de cabeza atronador, aunque francamente no fue el malestar físico lo que terminó por sacarme del sueño. La verdadera causa tenía nombre y apellido: Sasha, que se había pasado la noche entera pegada a mí sin dejarme conciliar el sueño. Y bueno… de Masha mejor ni hablar. Esa mujer no duró nada en estado de inconsciencia; se despertó a mitad de la noche únicamente para mordisquearme los dedos de la mano como si fueran comida.
—¿Pero qué demonios le pasa a esa tipa? —murmuré para mis adentros bastante molesta—. ¿Acaso se piensa que soy un hueso de carnicería o qué?
En fin, tenía que espabilarme, levantarme de la cama, cambiarme de ropa y estructurar lo que haría durante el resto del día. Tal vez dedicar la jornada a practicar alguna nueva disciplina de combate…
—¿Como qué clase de cosa…? —pensé en voz alta.
Sin que me diera cuenta de su aproximación, sentí un par de brazos rodeándome con firmeza desde la espalda.
—E-eh, oye… ¡suéltame ahora mismo! —protesté tratando de zafarme.
—Solo cinco segundos más, Mío… —susurró Sasha pegando su rostro a mi cuello—. Es que hueles increíblemente bien… ¿qué clase de perfume usas?
—¡Oye! ¡No intentes cambiarme el tema de conversación! —respondí girándome con fuerza para encararla—. Y hazme el favor de no ponerte tan pervertida como Masha. Además, das muchísimo más miedo cuando estás medio dormida.
Sasha soltó una risita suave y despreocupada.
—Como sea, deberías darte prisa y arreglarte. Recuerda que hoy tenemos agendada la cita con David. Mencionó que tenía la intención de enseñarte algo sumamente importante.
—Ah, es verdad —asentí recordando la promesa—. Pero bueno… tal vez a ti también te termine gustando.
—¿Gustarme qué cosa?
—Se trata de un regalo que preparamos entre todas. Esperamos de corazón que te sea de gran utilidad.
Sasha finalmente deshizo el abrazo… solo para dejarse caer de espaldas sobre las cobijas y quedarse dormida de nuevo en cuestión de segundos.
—Las mujeres de la época actual no tienen absolutamente ninguna resistencia —murmuré negando con la cabeza—. Al menos yo sí me considero una persona decente.
—¿Decente, dices?
Una risa burlona resonó justo a mi lado.
Era Masha, que se había incorporado en la cama.
—¿Decente? ¿Acaso me estás diciendo en serio que eres de esa clase de mujeres puras y vírgenes? —se mofó con una sonrisa maliciosa—. Jajaja, ¡por todos los dioses! ¿Qué voy a hacer contigo, Mío? De verdad que me has alegra'o la mañana.
—¡Oye! —exclamé sintiendo cómo el rostro me ardía de vergüenza—. ¡Idiota, no lo digas en voz alta! No quiero que nadie más se entere de esas cosas… Qué mala eres, Masha… siempre buscando la forma de humillar a la novata.
Masha esbozó una sonrisa afectuosa.
—Es que eres ridículamente tierna, niña. Cualquier hombre podría caer perdidamente enamorado de ti en cuestión de segundos.
—Ya quisieras tú —respondí frunciendo el ceño con fingida indignación—. En fin, más te vale ir poniéndote de pie y cambiarte de ropa o de lo contrario…
Una sonrisa extremadamente tranquila, pero cargada de una amenaza oscura y peligrosa, se dibujó lentamente en mi rostro.
Al ver la transformación de mi expresión, Masha se quedó completamente paralizada en su lugar.
—D-diablos… —tragó saliva con dificultad—. Esta niña da un miedo de la mismísima mierda… parece que guarda un lado abiertamente malévolo.
Debería poner a prueba sus límites y hacerla enfadar un poco más, pensé para mis adentros con diversión. A ver de qué cosas es capaz de hacer cuando pierde el control.
Exactamente tres minutos después…
Masha se encontraba firmemente atada contra una de las vigas de madera de la pared, con una manzana entera incrustada en la boca.
—¡Por un carajo, Mío! —intentó gritar de forma ahogada—. ¡Líbérame inmediatamente o de lo…!
—¿Dijiste algo? —me giré muy lentamente hacia ella, clavándole una mirada infinitamente fría acompañada de una sonrisa inquietante.
—N-nada de nada… —balbuceó Masha sudando frío—. Todo está perfectamente bien… puedes retirarte cuando gustes. Aquí me quedo muy a gusto.
Masha estaba internamente aterrorizada.
Esta mujer está absolutamente desquiciada…, pensaba en pánico.
—¡Sasha, ayúdame, maldita bastarda! —alcanzó a escupir la manzana para gritar—. ¡¿Dónde carajos te metes cuando más te necesito?!
—Eso te pasa por andar buscando problemas y molestando a quien no debes —comentó Sasha apareciendo por el pasillo con tono sumamente serio—. Regla de oro: nunca te metas con una chica aparentemente adorable y tierna… porque jamás sabes de lo que es capaz cuando decide rebelarse contra ti.
Me crucé de brazos sobre el pecho, manteniendo esa misma sonrisa serena y calculadora.
—De todas formas, Mío sigue siendo un absoluto encanto —añadió Sasha contemplando la escena—. Es una verdadera lástima que sea menor de edad… ¿te imaginas la clase de desastre que se armaría si llegara a consumir alcohol?
Una sonrisa maquiavélica y peligrosa se dibujó de inmediato en el rostro de Masha a pesar de su cautiverio.
—Es verdad —se rió con ganas—. Sería infinitamente mejor… y drásticamente peor al mismo tiempo.
Sasha dejó escapar un largo suspiro de resignación.
—Por esta sola vez tengo que darte la razón, Masha. Pero dime… ¿por qué terminaste amarrada de esa forma?
—¡Cállate la boca, estúpida! —gruñó Masha forcejeando con los nudos—. ¡Primero ayúdame a quitarme estas malditas cuerdas! ¿Acaso no ves que estuvo a punto de dejarme con un trauma de por vida?
Ambas giraron la cabeza de forma simultánea para mirarme.
—¿Tú qué opinas al respecto, Mío? —preguntó Sasha con tono conciliador—. ¿La ayudo a liberarse o dejamos que se quede ahí un rato más?
Incliné ligeramente la cabeza hacia un lado, fingiendo meditar profundamente la decisión.
—Está bien… —dije finalmente con una voz suave y calmada—. Solamente dile de mi parte que debe pedirme perdón de rodillas. Y con mucho gusto la desato.
Sasha tragó saliva en silencio.
Maldición… creo que esta vez sí se enojó de verdad.
Se acercó a Masha a paso rápido y le susurró al oído:
—Oye… ¿pero qué carajos le dijiste a la niña para que se pusiera así?
—Bueno… —respondió Masha sin mostrar el menor remordimiento—. Le dije en su cara que era virgen, me reí en su propia cara y continué molestándola hasta que terminé atada a este poste.
Sasha abrió los ojos de par en par, impactada por la estupidez de su compañera.
—Cielos Santo… definitivamente eres alguien a quien le resulta imposible sentir temor por la muerte. Ni el propio David se habría atrevido a semejante suicidio.
—¡Cierra la boca de una buena vez y ayúdame a salir de aquí! —chilló Masha fuera de sí.
Dejé escapar un leve suspiro.
—Está bien, te voy a ayudar a liberarte. Pero me vas a pedir disculpas como corresponde, ¿te ha quedado completamente claro?
—¡Que sí, que sí, ya lo entendí todo! —refunfuñó Masha resoplando—. No hace falta que me estés regañando como si fueras mi madre.
Unos minutos más tarde, terminé por desatar los nudos de las cuerdas y Masha pudo finalmente recuperar la libertad de movimiento. Se sobó las muñecas y se reacomodó el cuello de la camisa, aún temblando ligeramente por la experiencia.
—Te pido una disculpa sincera —dijo mirando hacia otro lado—. La verdad no pensé que te fueras a enojar a ese nivel.
Le sonreí de vuelta… una sonrisa pacífica, pero con ese matiz peligroso que aún flotaba en el ambiente.
—Así es exactamente como me gusta verte —respondí con dulzura—. Asustada. Muy asustada.
Masha me miró fijamente con una expresión de puro horror cómico.
Yo, en cambio, me estaba muriendo de la risa por dentro.
Sabía perfectamente que solo estaba interpretando un papel para molestarlas… pero aun así, me resultaba imposible no sentirme inmensamente feliz. Me llevaba increíblemente bien con ellas dos. Y por primera vez en muchísimo tiempo, sentí en el corazón que ese dolor aplastante que llevaba a cuestas no tenía por qué cargarlo yo sola.
Continuará.

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The strongest warrior of humanity (Novela)
Capítulo 126
The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 125
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