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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 121 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 121: La Sombra del Abismo, la Luz del Milagro y una Promesa Desafiante Punto de vista: Shirou, Kratos, Miguel y Freya Punto de vista: Shirou Bien… la multitud y los demás finalmente se habían retirado del pasillo. Ahora por fin era mi turno de tomar las riendas de la situación. —Ya que nos hemos quedado completamente solos —dije con absoluta serenidad en la voz—, ha llegado el momento de hacer las cosas a mi manera. Di un paso firme al frente, acortando la distancia que me separaba de él. —Oye… ¿no estabas vociferando hace un momento que nosotros nos iríamos a arrepentir de esto? ¿Que tu único objetivo era verme humillado públicamente, no es así? Alan tragó saliva con marcada dificultad, aunque haciendo un esfuerzo desesperado por mantener esa sonrisa arrogante en el rostro. —Entonces respóndeme a una sola cosa —continué con tono penetrante—. ¿Quién demonios te envió exactamente a provocar este altercado? Por un instante, Alan se quedó completamente boquiabierto, helado en su sitio. Los ojos que hasta hace un segundo reflejaban soberbia… ahora solo transmitían un nerviosismo inocultable. Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro. —Shirou tenía toda la razón del mundo… Le atiné de lleno. Alguien lo había manipulado y enviado como un simple peón de sacrificio. Pero la verdadera incógnita era: ¿quién estaba detrás de todo esto? Comencé a pensar con absoluta claridad, analizando fríamente cada pequeño detalle de su actitud. —Sé perfectamente que no me lo vas a confesar tan fácilmente —dije manteniendo una voz helada—, lo tengo más que claro. Pero dime una cosa… si esa persona realmente tuviera la intención de matarme a mí o a mis amigos en este instante, ya lo habrían ejecutado sin rodeos. Di otro paso hacia adelante. La densidad de mi presencia mágica comenzó a pesar drásticamente en la atmósfera. —Así que solo me queda una única y lógica conclusión en la mente. Alan frunció el ceño, apretando los dientes con frustración. —Por mera casualidad… —continué mirándolo fijamente— ¿no te entregaron alguna sustancia extraña para que la ingirieras antes de venir? En ese preciso segundo, hasta la última gota de color desapareció de su rostro, dejándolo pálido como un cadáver. —¿C-cómo que… qué clase de cosa…? —balbuceó Alan con la voz temblando descontroladamente. Sonreí levemente ante su reacción. —Tranquilo —dije para calmarlo—. No tienes de qué preocuparte… al menos no todavía. Sin embargo, en su mirada ya no quedaba ni el menor rastro de burla o prepotencia. Ahora solo había un terror primario y absoluto. Y yo ya tenía la certeza de que este incidente no iba a terminar aquí. —¡Solo dime de una maldita vez quién te mandó directamente hacia nosotros y te juro por lo que más quieras que te vamos a…! No pude ni siquiera llegar a terminar la frase. Alan se quebró emocionalmente por completo. —¡¡Ustedes no tienen la menor idea de con qué clase de monstruo se están metiendo en realidad!! —gritó lleno de una desesperación visceral—. ¡Si me atrevo a pronunciar una sola palabra, me va a matar! ¡Y no solo a mí… también se va a encargar de masacrar a toda mi familia! Shirou dio un paso al frente de inmediato. La expresión de su rostro cambió radicalmente. Ya no había en él ni un ápice de desprecio… únicamente una seriedad absoluta. Ese nivel de miedo… no era para nada algo actuado o fingido. Era el pánico real y genuino de alguien que se sabe con la soga al cuello, al borde de la muerte. Lo comprendí a la perfección en ese mismísimo instante. Si alguien de ese calibre estaba dispuesto a utilizar a un estudiante como Alan como un simple peón desechable… entonces este asunto escalaba muchísimo más allá de rencillas escolares. Pensé de inmediato en mi hermana. Si ella llegaba a enterarse de una amenaza de esta magnitud acechando la academia… estallaría en furia. —Por lo que más quieran… —suplicó Alan con la voz completamente rota por el llanto—, déjenme ir. Les juro sobre mi vida que no volveré a molestar ni a tocar a ese chico jamás… solo… solo permítanme marcharme de aquí. Por un brevísimo instante me entró la duda. Pero no… dejarlo marchar en ese estado no era una opción viable bajo ninguna circunstancia. —Está bien —dictaminé finalmente—. Te dejaré marchar con vida. Alan alzó la mirada hacia mí, absolutamente incrédulo. —Pero a cambio de tu libertad… me vas a decir con lujo de detalles qué fue exactamente lo que te dieron a beber. Tragó saliva una vez más. Intentó articular palabra para responder… pero de repente su cuerpo comenzó a reaccionar de una forma horriblemente extraña y violenta. Sus manos comenzaron a convulsionar con temblores espasmódicos. Su respiración se volvió completamente agitada y errática. Y fue entonces cuando las palabras salieron de su garganta como una maldición. —¿Acaso… has oído hablar alguna vez… —susurró en un hilo de voz— de la letal droga del Demonio de la Destrucción…? Al escuchar ese nombre, todo mi cuerpo se paralizó por completo. No fue un simple sobresalto. Fue un terror puro, denso y helado recorriéndome la espina dorsal. —¿¡QUIÉN DEMONIOS TE LA DIO!? —grité fuera de mí, perdiendo por completo la compostura. Pero en mi desesperación por obtener la respuesta, cometí un error garrafal. Un error sumamente grave. Alan soltó una risa siniestra y completamente rota. —Voy a morir… definitivamente voy a morir aquí… El chico colapsó de rodillas contra el suelo, sujetándose la cabeza con ambas manos mientras ahogaba un alarido. Su mana interno comenzó a descontrolarse de manera desastrosa y violenta. —¡Mierda…! —murmuré apretando los dientes. La nefasta droga había comenzado a hacer efecto metabólico en su organismo. Reaccioné de inmediato sin perder un solo milisegundo. Extendí mi mano derecha hacia adelante, haciendo fluir mi mana a la máxima potencia. Una luz brillante y dorada emergió del centro de mi palma mientras me aproximaba a él con extrema cautela. Pero entonces— ¡¡BOOM!! Una destructiva ráfaga de viento y mana corrupto explotó directamente desde el núcleo de su cuerpo, impactándome de lleno. Salí despedido varios metros hacia atrás por la fuerza de la onda expansiva. No podía bajo ningún concepto permitir que esta mutación continuara desplegándose. Si su reserva mágica llegaba a detonar de esa manera tan inestable… la academia entera y miles de inocentes volarían en pedazos en cuestión de segundos. No me quedaba otra alternativa. Apreté los dientes con absoluta determinación. —Lo siento muchísimo… —susurré en la penumbra— pero no pienso dejar que una tragedia así ocurra aquí. Y entonces… Detuve el tiempo. El flujo del universo entero se congeló a mi alrededor. Eran solo unos escasos segundos de margen… pero en ese preciso instante sentí el peso aplastante del mundo observándome fijamente. No quería por nada de este mundo que alguien volviera a morir trágicamente en esta academia. No otra vez. No justo frente a mis propios ojos sin poder hacer nada. Josué siempre tuvo la razón sobre mi forma de ser… Siempre me obstino en buscar desesperadamente una solución en situaciones donde tal vez sencillamente no exista ninguna. El rostro de Alan ya había comenzado a deformarse de forma grotesca. Su carne se retorcía como si tuviera vida propia, sus huesos crujían eufóricamente fracturándose desde el interior, y su mana se teñía de un tono negro azabache y caótico. Estaba en pleno proceso de transmutarse en un abismal. —No quiero morir… No quiero morir… Por favor, no quiero morir… —suplicaba su conciencia, atrapada agónicamente en el tiempo detenido—. Por favor… que alguien me salve… Me duele horriblemente… me quema por dentro… esta porquería me está matando… Esas desgarradoras palabras… Se clavaron directo en mi alma. Bajé la mirada por un instante, respirando hondo para aplacar el temblor de mis manos. Y entonces… me giré sobre mis talones. Caminé a paso firme en su dirección. —No voy a permitir que mueras aquí. Extendí mi mano hacia el espacio vacío. El tejido mismo del aire se rasgó con un resplandor sagrado. Una presencia milenaria y soberana despertó de su letargo. La invoqué con cada fibra de mi ser: La Espada de la Salvación. Jamás imaginé que volvería a sostenerla entre mis manos. La descubrí hace ya bastantes años… precisamente el fatídico día en que uno de los Legendarios Diez Héroes pereció justo frente a mis ojos. Su nombre era… Alenish. El legendario Héroe de la Salvación de la Humanidad. El único ser sobre la tierra capaz de purificar cualquier herida, neutralizar cualquier maldición y extirpar el dolor más profundo. Incluso algo tan letal y antinatural como la Droga del Demonio de la Destrucción. Fue él en persona quien me enseñó el verdadero arte para blandir esta hoja sagrada. Sin embargo, jamás me había atrevido a empuñarla en un combate real. Tenía pavor. Miedo paralizante de no ser digno de semejante poder. Miedo a fallar en el momento crítico. Miedo a manchar su glorioso legado. Pero en este preciso instante… La espada comenzó a emitir un fulgor cegador. Un destello azul incandescente y ardiente envolvió la hoja por completo. Aquello no era simple mana acumulado. Era la mismísima luz residual de Alenish. Su inquebrantable voluntad. Su fe ciega en la salvación de la vida. La espada comenzó a vibrar con fuerza en mi empuñadura… como si me reconociera formalmente como su portador. —No me importa en lo absoluto si soy digno o no de este legado… —susurró mi voz entrecortada—. La voy a usar ahora mismo. Di un violento paso al frente. La energía destructiva y corrupta que emanaba del cuerpo de Alan chocó brutalmente contra mí como una muralla de cuchillas. Mi cuerpo comenzó a ser cortado y desgarrado en múltiples puntos; mi piel se abrió cediendo ante la presión. La sangre empapó rápidamente mi vestimenta. Mis músculos gritaban de agonía ante la corrosión del ambiente. Pero no retrocedí ni un solo milímetro. Ni un solo paso atrás. —Si tengo que sangrar hasta quedarme vacío… sangraré. —Si tengo que romperme cada hueso del cuerpo… me romperé. Continué avanzando contra la corriente de energía negra. Cada pisada dolía como el mismísimo infierno. Cada herida abierta ardía con furia. Pero nada de eso me importaba en lo más mínimo. Porque si no era capaz de salvar a una sola persona frente a mí en este lugar… ¿¡cómo demonios pretendía salvar a mi amada hermana cuando se encuentra cautiva en las garras del Dios Nocturno!? Apreté la empuñadura de la espada con todas las fuerzas que me quedaban. —Alenish… —invoqué en un murmullo cargado de fe— préstame tu legendaria fuerza… solo por esta vez. Levanté la espada por encima de mi cabeza. Una explosión de luz divina irrumpió en la dimensión, provocando que el mundo entero, aun estando congelado en el tiempo, temblara hasta sus cimientos. Corrí a la velocidad del rayo hacia Alan y asesté un corte directo apuntando a la parte superior de su pecho, pero la masa inestable de la droga era ridículamente poderosa y logró frenar el impacto de mi hoja sagrada. Si las cosas continúan a este ritmo, su cuerpo va a colapsar y ser destruido por completo… y junto con él, absolutamente todo lo que nos rodea. Pensé a una velocidad sobrehumana. Si canalizo la luz divina pura de sanación directamente al núcleo… ¿funcionará…? Pero tal como temía, neutralizar esta sustancia no era una tarea sencilla. Era infinitamente más peligrosa y volátil de lo que alcanzaba a concebir. Las investigaciones del imperio lo confirmaban con creces: esta droga representaba la mayor amenaza de aniquilación existente en los tiempos actuales. Si verdaderamente hay un grupo distribuyéndola en los cimientos de la academia… debo cazar al responsable antes de que sea demasiado tarde. Cerré los ojos un segundo y analicé fríamente cada flujo de energía. Dejé caer deliberadamente una gota de mi propia sangre al suelo mientras liberaba la sofocante presión acumulada a través de la hoja. —¡¡Gota de Milagro!! Un resplandor majestuoso, teñido de tonos verdes y dorados, brotó en oleadas masivas tanto de la espada como de los poros de mi cuerpo. La gota de sangre que había impactado el suelo se multiplicó al instante en cientos de gotas de milagro flotantes que comenzaron a orbitar a nuestro alrededor. Con este campo de contención podría mantener su alma a salvo… al menos por el momento. Pero no tenía tiempo que perder. Debía ejecutar el corte definitivo de inmediato. Arremetí con cada gramo de mi fuerza, asestando una estocada de absoluta precisión dirigida al centro neurálgico de la corrupción en su cuerpo. —No te preocupes por nada, Alan… —murmuré—. Esto no te va a doler. —Muy pronto dejarás de sentir este infierno. —Te voy a salvar… pero a cambio me darás el nombre de la persona detrás de esto. Él continuaba luchando desesperadamente contra el dolor y el terror que devoraban sus sentidos. —Está bien… te lo diré todo… —consiguió formular con un hilo de voz temblorosa—, pero por lo que más quieras… ayúdame… Una sonrisa honesta y llena de alivio se dibujó en mis labios. —Por supuesto que te voy a salvar. Sin añadir una sola palabra más, descargué el ataque definitivo. El filo resplandeciente no cercenó su carne ni partió su cuerpo… lo que la Espada de la Salvación cortó con precisión quirúrgica fue la masa fotosensible de la droga que se estaba gestando en su interior. Lo había logrado. Evité que la academia sufriera una catástrofe sin precedentes… y fui capaz de salvar una vida por primera vez con mis propias manos. Una luz incandescente y deslumbrante nos envolvió a ambos, generando una potente onda expansiva que amenazaba con arrasar el entorno. Sin embargo, gracias a que el tiempo permanecía congelado bajo mi dominio, el edificio no sufrió ni el más mínimo daño estructural. El flujo temporal se reanudó. Caí pesado sobre el suelo, jadeando con extrema dificultad por el agotamiento mágico, pero sintiendo un alivio indescriptible en el alma. —Me alegra enormemente… que todo haya salido bien al final… —Alan… ¿te encuentras bien? Su cuerpo yacía en el piso, maltrecho y cubierto de severas laceraciones por la mutación abortada. Alcé la espada una última vez, liberando la bendición del Árbol de la Vida mediante la Luz de Milagro. Sus heridas de gravedad comenzaron a cicatrizar a una velocidad asombrosa, aunque una marcada y profunda cicatriz quedó grabada de forma permanente en la mitad de su rostro. Ese sería el estigma definitivo y la consecuencia indeleble de los errores que cometió. Pero lo verdaderamente trascendental… era que seguía respirando. Estaba vivo. —E-Estoy vivo… —articuló Alan con la voz completamente quebrada por las lágrimas—. Creí… creí verdaderamente que iba a morir aquí… Aun con el dolor y la cicatriz, una sonrisa de gratitud se dibujó en su rostro. —Una vez más… mil gracias, Alenish —susurré hacia el cielo—. Sin el poder de tu espada… jamás habría sido capaz de salvarlo. Me puse de pie con esfuerzo, me acerqué hasta quedar frente a él y le hablé utilizando una voz deliberadamente fría y autoritaria. —Oye, sé perfectamente que no es el mejor momento para esto… pero necesito que te levantes y vengas conmigo ahora mismo. Me detuve a escasos centímetros de su posición. —Y que te quede bien clara una cosa. Digas lo que digas de ahora en adelante… contarás con mi protección personal frente a quien sea. Lo miré fijamente a los ojos. —Pero a cambio… me vas a revelar absolutamente todo lo que sepas sobre esa maldita droga… y sobre la identidad de la persona que te la entregó. Permanecí a su lado en silencio mientras él me explicaba pacientemente cada desgarrador detalle sobre la sustancia. Cada palabra que salía de sus labios pesaba infinitamente más que la anterior. Minutos después, caminábamos de regreso hacia donde se encontraban Kratos y Miguel. Al vernos aproximarnos, ambos notaron de inmediato que algo andaba terriblemente mal conmigo. Y era totalmente comprensible… me estaban viendo regresar caminando al lado de Alan, el mismo sujeto que nos había provocado. Ambos corrieron hacia nosotros sin pensarlo dos veces. —¿Pero qué mierda estás haciendo, Shirou? —exclamó Kratos elevando drásticamente el tono de voz—. Dijiste que te ibas a encargar personalmente de solucionar un asunto, ¡pero jamás me imaginé que te traerías a esta basura caminando con nosotros! Entendía perfectamente su reacción impulsiva. Toda esta situación era profundamente molesta, peligrosa y sumamente difícil de digerir. La droga. La forma en que terminó en manos de un alumno. La catástrofe que casi se desata. —Aún no me ha confesado absolutamente nada de peso —respondí con una frialdad calculada—. Ni una sola cosa verdaderamente importante. Pero le hice la promesa de proteger su vida… y pienso cumplirla al pie de la letra. Apreté los puños con una rabia contenida. Si llegaba a descubrir quién orquestó esto, no lo iba a dejar pasar bajo ninguna circunstancia. Estaba profundamente molesto. Mucho más de lo que cualquiera de los presentes pudiera llegar a imaginar. Pero necesitaba mantener la ecuanimidad. Dejé escapar un largo suspiro antes de tomar la palabra. —Existen detalles que por el momento no puedo explicarles con total claridad… pero les voy a relatar exactamente lo que acaba de suceder. Les conté minuciosamente toda la verdad. Cuando terminé mi relato, un silencio denso y absoluto se apoderó del grupo. Nadie pronunció una sola palabra. Nadie era capaz de respirar con normalidad. La conclusión a la que llegábamos era tan clara como aterradora. —¿Hablas totalmente en serio? —cuestionó Kratos atónito—. ¿Alguien le entregó semejante veneno… y además le dio la orden explícita de venir a provocarnos? —¿Pero por qué razón? —intervino Miguel con angustia—. ¿Quién demonios estaría dispuesto a hacer algo tan ruin? Alan bajó la cabeza en señal de vergüenza, con los músculos del cuerpo completamente tensos. La culpa que cargaba en el pecho era devastadora. Terminó por confesar absolutamente todo de viva voz. Admitió estar profundamente arrepentido. Confesó que juró hacerle la vida imposible a Carlos y a todo su círculo de amigos porque alguien desde las sombras se lo ordenó tajantemente. Porque esas entidades están observando todo desde la oscuridad. Se esconden. Conocen perfectamente nuestros movimientos y aguardan con paciencia el momento exacto en que somos más vulnerables. Estaba aterrorizado. Un pavor genuino lo consumía por dentro. —Sé que nunca he sido un estudiante ejemplar en esta academia —admitió con la voz temblando—, pero de verdad he intentado por todos los medios escapar de las garras de esta gente. No quiero seguir siendo el esclavo sumiso de alguien cuyo único propósito es arrebatar vidas inocentes. Su voz volvió a quebrarse. —Ellos van a venir por nosotros… y nos van a matar a todos sin piedad. Esto sobrepasa por completo cualquier capacidad humana. Respiré profundamente antes de permitir que continuara hablando. —Miguel… quiero pedirte una disculpa sincera desde el fondo de mi corazón —dijo Alan dirigiéndose directamente a él—. Por todas las humillaciones y las porquerías que te hice pasar durante estos días. Levantó el rostro con evidente dificultad para dar la cara. —Sé de sobra que no vas a creerme una sola palabra. No tienes absolutamente ninguna obligación de perdonarme… solo te pido que aceptes mis disculpas. Hizo una pausa cargada de pesadez. —Yo ya pagué un precio altísimo por mis errores… solo mírame. Miguel se quedó helado en su sitio, observándolo fijamente. La mitad del rostro de Alan estaba completamente marcada por quemaduras grotescas. La cicatriz era profunda, deforme y permanente. Sentí un nudo opresivo en el pecho. La preocupación se reflejó de inmediato en los rostros de todos. Miguel respiró hondo, luchando internamente por mantener la compostura ante la imagen. —Lamento profundamente que hayas tenido que atravesar por semejante infierno… —murmuró Miguel con la voz rota—. De verdad lo siento mucho, Alan. Shirou permaneció en absoluto silencio durante unos instantes, sumergido en sus pensamientos. De pronto, un detalle sumamente curioso cruzó por su mente. Recordó la figura de Kronos. Lo había avistado con sus propios ojos hacía apenas unos días… y cuanto más analizaba la cadena de eventos, más clara se volvía una terrible certidumbre en su cabeza. No creía que Kronos fuera el verdadero cerebro responsable detrás de este atentado. Y si la hipótesis que estaba formulando resultaba ser cierta… entonces la gravedad real de la situación era infinitamente más catastrófica de lo estimado. Esa sola deducción logró enfurecerlo aún más. Sin pensarlo dos veces, echó a correr a toda velocidad en busca de respuestas inmediatas, avanzando a paso apresurado sin fijarse en lo que tenía enfrente… hasta que impactó de lleno contra alguien en el pasillo. —¡¡Ay, ay, ay!! ¡¡Oye, fíjate por dónde caminas, pedazo de idiota!! Se trataba de Freya. Había chocado frontalmente contra ella por la prisa. Los demás miembros del grupo la miraron desconcertados, pero aun así se apresuraron a acortar la distancia. —Shirou, ¿pero qué te pasa? ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó Miguel manifestando una clara preocupación. —Chicos… es que yo… yo… Kratos lo observó con detenimiento y en cuestión de segundos lo comprendió todo. —Sé perfectamente hacia dónde te dirigías —dijo Kratos manifestando una seriedad absoluta—. Yo tampoco he sido capaz de descartar esa sospecha de mi mente. Freya fruncio el ceño con irritación al sentirse desplazada de la conversación. —Oigan, no me hace la menor gracia que me ignoren como si fuera invisible —expresó molesta—. ¿Alguien me puede explicar qué carajos está sucediendo aquí? En ese momento, su mirada se desvióa hacia la figura de Alan. —Además… ¿pero qué demonios te pasó en la cara? —añadió sorprendida. Por un instante, todos guardamos un silencio sepulcral. Había algo en toda esta interacción que sencillamente no encajaba. Entonces una chispa cruzó por mi mente. Un momento… ¿Cómo demonios es que ella conoce el nombre de Alan? Me quedé analizando fijamente la escena en cuestión. Sin pronunciar una sola palabra previa, tomé fuertemente a Freya por la muñeca. —Oye —le dije directamente a los ojos—, respóndeme algo con la verdad… ¿De dónde carajos conoces su nombre? Ella se zafó bruscamente de mi agarre al instante. —¡Oye, oye, ten un poco más de respeto conmigo! —respondió con altivez—. Sé perfectamente que esto va a sonar sumamente extraño para ustedes, pero él es mi amigo. Continuó argumentando con una firmeza inquebrantable. —Lo conozco formalmente desde el mismísimo día en que ingresé a esta academia. Y exige una explicación: quiero saber qué demonios está pasando aquí. Su tono de voz se volvió drásticamente duro y amenazante. —¿Por qué está tan horriblemente lastimado? ¿Acaso tú le hiciste semejante atrocidad en el rostro? La furia contenida en sus ojos era más que evidente. La observé con detenimiento durante varios segundos. Vaya… No tenía la menor idea de que esta mujer resultara estar aún más loca que mi propia hermana Shiro. Poseían exactamente el mismo temperamento volcánico. La misma intensidad arrolladora. Con la única diferencia de que Shiro era drásticamente más agresiva y desagradable con las personas externas. Con los demás mantenía la educación, sí… pero cuando se trataba de mí, me utilizaba literalmente como un trapo sucio de cocina o como su saco de boxeo personal. Suspiré amargamente para mis adentros. En fin, no importa… Al final del día, ella sigue y seguirá siendo mi dulce e insustituible hermanita. —Está bien… te voy a contar exactamente todo lo que ocurrió aquí —dije finalmente en voz alta—. Únicamente para que después de escucharlo te quedes furiosa conmigo y comiences a verme como el villano de la historia. Como verdaderamente me encantaría ser ese villano despiadado… pero, aun así, me da absolutamente igual lo que pienses. Le relaté absolutamente todo sin omitir nada. Cada detalle técnico. Cada error cometido. Cada decisión drástica tomada en el proceso. Freya se quedó completamente en shock tras escuchar el relato. Sus ojos se abrieron de par en par y su respiración se volvió acelerada y pesada. De pronto, se cruzó de brazos firmemente y clavó una mirada inquisidora directamente sobre Alan. —Dime mirándome a los ojos que toda esta locura no es verdad —exigió—. Dímelo de una vez, Alan. Su voz estaba al borde del colapso por la ira y la decepción. Se negaba rotundamente a dar crédito a lo que escuchaba. Alan asintió lentamente con la cabeza, confirmando la pesadilla. —Así es… absolutamente todo lo que acaba de decir es la pura verdad —respondió alicaído—. Lo lamento con el alma… pero te juro que no fue mi intención, Freya… yo solo… —¡Hey! —interrumpí tajantemente—. Respóndeme a esto de una vez… ¿quién fue la persona exacta que te entregó la droga? Antes de que Alan pudiera articular respuesta, Shirou se adelantó y tomó la palabra. —La persona que yo tengo en mente… —dictaminó— es Kronos Tanaka. Un silencio sepulcral volvió a desplomarse sobre nosotros. La sorpresa fue generalizada en todos los presentes. Todos… a excepción de Kratos y de mí. Nosotros dos ya sospechábamos abiertamente de esa posibilidad desde el primer segundo. Sabíamos que era una carta muy real sobre la mesa. Que Alan podía pronunciar ese nombre en cualquier momento. Pero entonces… —Un momento… esperen —intervino Alan interrumpiendo la deducción—. No creo que haya sido él en absoluto… Esa rotunda afirmación hizo que todo nuestro edificio de conclusiones teóricas se derrumbara por completo en un segundo. Kratos y yo nos quedamos paralizados como un par de idiotas, sin entender absolutamente nada. —La entidad que me entregó la dosis directamente en la mano… —confesó Alan tragando saliva con dificultad— no fue Kronos… —Fue un abismal. El silencio regresó de golpe, volviéndose diez veces más pesado y denso que antes. Sus desgarradoras palabras nos dejaron literalmente sin voz. ¿¡Cómo demonios un abismal de sangre pura había logrado infiltrarse hasta las entrañas de la academia sin ser detectado!? Me negaba rotundamente a aceptarlo. Tenía que ser una trampa orchestrada por él. No existía otra alternativa lógica. Kronos… Resultaste ser drásticamente más astuto y retorcido de lo que calculaba. Muy pronto me voy a encargar de dar contigo —pensé con una furia fría quemándome las entrañas—. Y el día que finalmente te ponga las manos encima, absolutamente nadie en este mundo va a ser capaz de salvarte, maldita rata asquerosa. Freya permanecía observando la escena en un silencio absoluto, con la mente divagando en un plano completamente distinto. En su memoria resonaba el eco de su cruenta batalla contra Lucifer. El ser más infinitamente despiadado y peligroso al que se había enfrentado en toda su vida. Había logrado salir con vida de aquel infierno por milagro… pero las heladas palabras que él le susurró al oído continuaban persiguiéndola como una sombra inescapable. Aún era capaz de recordarlas a la perfección: Aun así, tus ridículos planes jamás saldrán como lo tienes previsto… Rompiendo el denso ambiente, me dirigi a Shirou y pregunté: —Oye, Shirou… ¿ya tuviste la oportunidad de hablar con los estudiantes de segundo año sobre el asunto que habíamos acordado previamente? —Sí —respondió él con severidad—. El tema ya fue tratado en su totalidad. La mirada de Shirou se endureció notablemente. —Y fue precisamente por esa razón que vine hasta aquí. Necesito que absolutamente todos ustedes me acompañen ahora mismo. —Este asunto ha tomado una importancia de vida o muerte. Acto seguido, dirigió su atención directamente hacia Alan. —Y tú también vienes con nosotros —añadió de forma imperativa—. A partir de este preciso instante, tu caso y tu custodia quedan bajo mi mando directo. —No voy a permitir bajo ninguna circunstancia que ningún sujeto vuelva a utilizarte como un peón sacrificable. Ellos actúan desde el silencio… y saben perfectamente lo que hacen. Alan asintió torpemente con la cabeza, profundamente nervioso pero resignado. Por mi parte, dejé escapar una sonrisa desafiante. —Si tantas ganas tienen esos bastardos de jugar con fuego… —declaré con voz potente— entonces me sumo gustosamente a esta causa. Mis palabras provocaron que absolutamente todos en el lugar me clavaran miradas desorbitadas y extrañadas. Una sonrisa marcadamente maliciosa y confiada se dibujó en mi rostro. Sé perfectamente lo que estaban pensando en ese momento: ¿Pero qué demonios le pasa a este idiota? ¿Acaso está completamente mal de la cabeza? ¿Esta es su verdadera y desquiciada faceta? ¿O simplemente está intentando hacerse el listo para lucirse frente a los demás? Freya suspiró profundamente para sus adentros al ver mi actitud: A este sujeto deberían mandarlo directo al Nexo para que aprenda a la fuerza cómo comportarse como una persona normal… No me quiero ni imaginar lo increíblemente peligroso que resultaría con esa mirada tan ridículamente arrogante… Luego, casi de forma involuntaria y traicionada por sus propios pensamientos, reflexionó en silencio: Aun así… hay que admitir que no deja de ser jodidamente guapo. Continuará.
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