Leer The Shadowed Chronicles The Ascension Of Creus (Novela) Capítulo 11 online gratis en español
La soga trenzada osciló con un chirrido violento, golpeando contra el borde superior del pozo de ejecución. Arriba, en la grieta del techo, las antorchas de los guardias proyectaban llamaradas de un naranja insalubre que cortaban la negrura en jirones. Jorgan se plantó justo debajo, con las piernas separadas entre los fémures astillados y la suela de sus botas triturando cráneos centenarios. El acero de su espada corta, mellado y sucio de grasa humana, reflejó un destello mortecino.
—Vienen tres por la cuerda —masculló Jorgan, sin apartar los ojos del agujero. Sus músculos se tensaron bajo la capa de cuero tachonada
—. Si no encuentran ese maldito desagüe en diez segundos, les abriré la garganta a ustedes mismos antes de que lo hagan los perros del conde. Creus sentía que el suelo de piedra negra se mecía bajo su cuerpo escuálido.
Su tobillo izquierdo era una espita abierta; la saliva de la sanguijuela impedía cualquier intento de coagulación, y un hilo constante de sangre caliente y oscura corría entre los restos óseos, buscando las fisuras de los sillares. El dolor de la costilla rota se había transformado en un clavo incandescente que, con cada microespiración, se hundía más profundamente en el tejido blando de su pulmón. Podía sentir el roce áspero del hueso quebrado contra la pleura. Cada intento por llenar sus pulmones terminaba en un espasmo seco que le llenaba la boca de un esputo rosáceo y espumoso.
\*Maldito Gareth...\* —el pensamiento de Creus era un torbellino espeso, distorsionado por la fiebre del dolor—. \*Incluso muerto me estás apretando el pecho. Siento tus manos de noble en mi cuello. No me dejas respirar... no me dejas...\*
—¡Aquí está! ¡Por los dioses, Jorgan, lo tengo! —el grito ahogado de Elara rompió el siseo de las sanguijuelas.
La chica estaba arrodillada en el rincón más sombrío de la pared derecha, con las uñas ensangrentadas y rotas por haber estado escarbando el musgo salitroso de las junturas. La débil llama de la yesca moribunda de Kael iluminó la piedra: un bloque macizo de granito oscuro que lucía, toscamente esculpido en su centro, un tridente invertido, la marca de los antiguos constructores de las cloacas de la fortaleza. —¡Está atascado! —chilló Kael, golpeando el borde del sillar con el pomo de su daga—.
El fango de las tormentas se ha secado como el hierro. ¡No cede! Arriba, el primer par de botas de hierro apareció por la grieta. Un guardia pesado, acorazado con una brigandina de placas remachadas, se deslizaba por la soga. Jorgan no esperó a que tocara tierra. Con un rugido animal, se impulsó hacia adelante, hundiendo sus botas en la alfombra de costillas secas que crujieron con el ruido de ramas rotas. Antes de que el soldado pudiera soltar la cuerda y desenvainar, Jorgan le cruzó la cara con el canto de su espada corta. El golpe destrozó la visera del bacinete, hundiendo el metal curvo directamente en la cuenca del ojo izquierdo del hombre.
Un estallido sordo de fluido ocular y fragmentos óseos salpicó las piedras. El guardia emitió un chillido ahogado, un gorjeo de ganso degollado, mientras sus manos soltaban la soga para llevarse los dedos a la masa sanguinolenta de su rostro. Jorgan tiró del arma con un giro brutal de muñeca, rebanando la nariz y el labio superior en el proceso. La sangre arterial, de un rojo brillante y cargada de presión, brotó a chorros densos, golpeando la pared de sillar y cayendo como una lluvia templada sobre la zanja inferior. El olor a carnicería fresca tuvo un efecto inmediato y pavoroso.
El siseo de las miles de sanguijuelas negras y ciegas se transformó en un hervor frenético. Atraídas por la vibración y el calor de la sangre derramada, los miles de cuerpos anillados y húmedos empezaron a trepar por las paredes de la zanja con una velocidad desquiciante, amontonándose unas sobre otras en cordones negros y babosos que avanzaban hacia el cadáver del guardia que acababa de desplomarse. El suelo del pozo cobró vida; los gusanos colosales se deslizaban por los huecos de las calaveras, llenando las cuencas vacías de una mucosidad brillante.
—¡Muevan esa maldita piedra! —bramó Jorgan, esquivando el cuerpo del soldado que caía de bruces entre los restos. Las sanguijuelas ya cubrían las botas del muerto, buscando la piel desnuda bajo las calzas. Una saeta de ballesta zumbó desde la grieta superior. \*¡Plac!\* El proyectil de hierro impactó directamente en el hombro de Kael, atravesando el cuero viejo y alojándose entre la clavícula y el omóplato. El hombre soltó un alarido desgarrador, cayendo hacia atrás mientras la sangre brotaba de su hombro, sumándose al festín de los parásitos.
—¡Kael! —Elara intentó sostenerlo, pero la masa de sanguijuelas ya cruzaba el borde de la zanja, extendiéndose como una marea de alquitrán vivo hacia las piernas de Creus.
\*Tengo que moverme... tengo que moverme o me van a vaciar\* —se dijo Creus, con el pánico frío congelándole las entrañas—.
\*No he sobrevivido a cinco años de latigazos para acabar como abono de estas alimañas.\* Apoyando los codos desnutridos en el suelo infestado de falanges y polvo, Creus arrastró las piernas, gimiendo cuando la costilla rota crujió de nuevo dentro de su pecho. El sabor de la sangre en su boca ya no era solo de su labio mordido; venía de los bronquios. Se forzó a llegar hasta el sillar del tridente, ignorando el dolor que amenazaba con hacerle perder el conocimiento. Sus dedos negros, largos y esqueléticos por el hambre, encontraron la ranura superior del bloque que Elara había limpiado. —Elara... la palanca... la espada del guardia —consiguió articular Creus, con la voz rota por una tos húmeda que le salpicó la barbilla de hilos rojos. La chica reaccionó con la velocidad de la desesperación. Se arrastró sobre el lodo sulfuroso, esquivando las saetas que comenzaban a llover desde el techo de la cámara de ejecución, golpeando y astillando el suelo. Agarró la espada del soldado muerto —una hoja pesada y ancha— y la hundió en la ranura superior del sillar del tridente. —¡Ayúdame, Creus! —gritó Elara, apoyando todo el peso de su cuerpo en la empuñadura. Kael, en el suelo, se retorcía mientras tres sanguijuelas del tamaño de un antebrazo se le pegaban al cuello, inflando sus cuerpos anillados a una velocidad monstruosa a medida que se llenaban con su vida. Sus ojos se volvían blancos, las venas de su rostro se tornaban de un azul mortecino bajo la piel pálida. —¡Empuja! —rugió Creus, uniendo sus manos huesudas a las de Elara. El esfuerzo físico desató el infierno en su costado. Sintió un desgarro definitivo; el dolor fue tan absoluto que su mente se desconectó del entorno durante una fracción de segundo. Solo vio un vacío blanco, sordo, roto únicamente por el crujido del granito cediendo. \*¡CRAAAAACK!\* El viejo sillar de piedra negra se partió en dos, hundiéndose hacia el interior del muro con un eco pesado. Un chorro de aire helado, con olor a sumidero abierto y a libertad espantosa, los golpeó en la cara. Detrás del bloque se abría un conducto inclinado, un desagüe de tormentas apenas lo bastante ancho para que un hombre pasara de perfil. —¡Dentro! ¡Ya! —Jorgan apareció de la penumbra, con la capa empapada en la sangre de un segundo guardia al que había destripado en la oscuridad. Agarró a Kael por la casaca, pero al ver que el hombre ya no respiraba y que su rostro era una masa grisácea cubierta de gusanos negros que succionaban sus ojos, lo soltó sin un ápice de lástima—. Kael se queda. ¡Muévanse! Jorgan empujó a Elara hacia la brecha. La chica se deslizó de cabeza por el túnel de piedra áspera. Luego, el líder rebelde agarró a Creus por los hombros desnutridos. Al levantarlo, la costilla rota volvió a moverse, y Creus soltó un alarido que se ahogó en una bocanada de sangre que salpicó el rostro de Jorgan. —Cállate y sobrevive, muchacho —siseó el gigante, metiéndolo a la fuerza por el estrecho agujero. Creus cayó en el conducto, deslizándose por una pendiente empinada de sillería húmeda y resbaladiza. La fricción de la piedra contra su espalda desolló la lona de su camisa, arrancándole jirones de carne de los omóplatos. El dolor en su costado era una presencia viva, un monstruo que le devoraba las entrañas mientras caía a ciegas en las entrañas del subsuelo, arrastrando consigo el olor a sangre, la costra seca de Sir Gareth y la certeza de que el mundo exterior era solo un tipo diferente de La soga trenzada osciló con un chirrido violento, golpeando contra el borde superior del pozo de ejecución. Arriba, en la grieta del techo, las antorchas de los guardias proyectaban llamaradas de un naranja insalubre que cortaban la negrura en jirones. Jorgan se plantó justo debajo, con las piernas separadas entre los fémures astillados y la suela de sus botas triturando cráneos centenarios. El acero de su espada corta, mellado y sucio de grasa humana, reflejó un destello mortecino. —Vienen tres por la cuerda —masculló Jorgan, sin apartar los ojos del agujero. Sus músculos se tensaron bajo la capa de cuero tachonada—. Si no encuentran ese maldito desagüe en diez segundos, les abriré la garganta a ustedes mismos antes de que lo hagan los perros del conde. Creus sentía que el suelo de piedra negra se mecía bajo su cuerpo escuálido. Su tobillo izquierdo era una espita abierta; la saliva de la sanguijuela impedía cualquier intento de coagulación, y un hilo constante de sangre caliente y oscura corría entre los restos óseos, buscando las fisuras de los sillares. El dolor de la costilla rota se había transformado en un clavo incandescente que, con cada microespiración, se hundía más profundamente en el tejido blando de su pulmón. Podía sentir el roce áspero del hueso quebrado contra la pleura. Cada intento por llenar sus pulmones terminaba en un espasmo seco que le llenaba la boca de un esputo rosáceo y espumoso. \*Maldito Gareth...\* —el pensamiento de Creus era un torbellino espeso, distorsionado por la fiebre del dolor—. \*Incluso muerto me estás apretando el pecho. Siento tus manos de noble en mi cuello. No me dejas respirar... no me dejas...\* —¡Aquí está! ¡Por los dioses, Jorgan, lo tengo! —el grito ahogado de Elara rompió el siseo de las sanguijuelas. La chica estaba arrodillada en el rincón más sombrío de la pared derecha, con las uñas ensangrentadas y rotas por haber estado escarbando el musgo salitroso de las junturas. La débil llama de la yesca moribunda de Kael iluminó la piedra: un bloque macizo de granito oscuro que lucía, toscamente esculpido en su centro, un tridente invertido, la marca de los antiguos constructores de las cloacas de la fortaleza. —¡Está atascado! —chilló Kael, golpeando el borde del sillar con el pomo de su daga—. El fango de las tormentas se ha secado como el hierro. ¡No cede! Arriba, el primer par de botas de hierro apareció por la grieta. Un guardia pesado, acorazado con una brigandina de placas remachadas, se deslizaba por la soga. Jorgan no esperó a que tocara tierra. Con un rugido animal, se impulsó hacia adelante, hundiendo sus botas en la alfombra de costillas secas que crujieron con el ruido de ramas rotas. Antes de que el soldado pudiera soltar la cuerda y desenvainar, Jorgan le cruzó la cara con el canto de su espada corta. El golpe destrozó la visera del bacinete, hundiendo el metal curvo directamente en la cuenca del ojo izquierdo del hombre. Un estallido sordo de fluido ocular y fragmentos óseos salpicó las piedras. El guardia emitió un chillido ahogado, un gorjeo de ganso degollado, mientras sus manos soltaban la soga para llevarse los dedos a la masa sanguinolenta de su rostro. Jorgan tiró del arma con un giro brutal de muñeca, rebanando la nariz y el labio superior en el proceso. La sangre arterial, de un rojo brillante y cargada de presión, brotó a chorros densos, golpeando la pared de sillar y cayendo como una lluvia templada sobre la zanja inferior. El olor a carnicería fresca tuvo un efecto inmediato y pavoroso. El siseo de las miles de sanguijuelas negras y ciegas se transformó en un hervor frenético. Atraídas por la vibración y el calor de la sangre derramada, los miles de cuerpos anillados y húmedos empezaron a trepar por las paredes de la zanja con una velocidad desquiciante, amontonándose unas sobre otras en cordones negros y babosos que avanzaban hacia el cadáver del guardia que acababa de desplomarse. El suelo del pozo cobró vida; los gusanos colosales se deslizaban por los huecos de las calaveras, llenando las cuencas vacías de una mucosidad brillante. —¡Muevan esa maldita piedra! —bramó Jorgan, esquivando el cuerpo del soldado que caía de bruces entre los restos. Las sanguijuelas ya cubrían las botas del muerto, buscando la piel desnuda bajo las calzas. Una saeta de ballesta zumbó desde la grieta superior. \*¡Plac!\* El proyectil de hierro impactó directamente en el hombro de Kael, atravesando el cuero viejo y alojándose entre la clavícula y el omóplato. El hombre soltó un alarido desgarrador, cayendo hacia atrás mientras la sangre brotaba de su hombro, sumándose al festín de los parásitos. —¡Kael! —Elara intentó sostenerlo, pero la masa de sanguijuelas ya cruzaba el borde de la zanja, extendiéndose como una marea de alquitrán vivo hacia las piernas de Creus. \*Tengo que moverme... tengo que moverme o me van a vaciar\* —se dijo Creus, con el pánico frío congelándole las entrañas—. \*No he sobrevivido a cinco años de latigazos para acabar como abono de estas alimañas.\* Apoyando los codos desnutridos en el suelo infestado de falanges y polvo, Creus arrastró las piernas, gimiendo cuando la costilla rota crujió de nuevo dentro de su pecho. El sabor de la sangre en su boca ya no era solo de su labio mordido; venía de los bronquios. Se forzó a llegar hasta el sillar del tridente, ignorando el dolor que amenazaba con hacerle perder el conocimiento. Sus dedos negros, largos y esqueléticos por el hambre, encontraron la ranura superior del bloque que Elara había limpiado. —Elara... la palanca... la espada del guardia —consiguió articular Creus, con la voz rota por una tos húmeda que le salpicó la barbilla de hilos rojos. La chica reaccionó con la velocidad de la desesperación. Se arrastró sobre el lodo sulfuroso, esquivando las saetas que comenzaban a llover desde el techo de la cámara de ejecución, golpeando y astillando el suelo. Agarró la espada del soldado muerto —una hoja pesada y ancha— y la hundió en la ranura superior del sillar del tridente. —¡Ayúdame, Creus! —gritó Elara, apoyando todo el peso de su cuerpo en la empuñadura. Kael, en el suelo, se retorcía mientras tres sanguijuelas del tamaño de un antebrazo se le pegaban al cuello, inflando sus cuerpos anillados a una velocidad monstruosa a medida que se llenaban con su vida. Sus ojos se volvían blancos, las venas de su rostro se tornaban de un azul mortecino bajo la piel pálida. —¡Empuja! —rugió Creus, uniendo sus manos huesudas a las de Elara. El esfuerzo físico desató el infierno en su costado. Sintió un desgarro definitivo; el dolor fue tan absoluto que su mente se desconectó del entorno durante una fracción de segundo. Solo vio un vacío blanco, sordo, roto únicamente por el crujido del granito cediendo. \*¡CRAAAAACK!\* El viejo sillar de piedra negra se partió en dos, hundiéndose hacia el interior del muro con un eco pesado. Un chorro de aire helado, con olor a sumidero abierto y a libertad espantosa, los golpeó en la cara. Detrás del bloque se abría un conducto inclinado, un desagüe de tormentas apenas lo bastante ancho para que un hombre pasara de perfil. —¡Dentro! ¡Ya! —Jorgan apareció de la penumbra, con la capa empapada en la sangre de un segundo guardia al que había destripado en la oscuridad. Agarró a Kael por la casaca, pero al ver que el hombre ya no respiraba y que su rostro era una masa grisácea cubierta de gusanos negros que succionaban sus ojos, lo soltó sin un ápice de lástima—. Kael se queda. ¡Muévanse! Jorgan empujó a Elara hacia la brecha. La chica se deslizó de cabeza por el túnel de piedra áspera. Luego, el líder rebelde agarró a Creus por los hombros desnutridos. Al levantarlo, la costilla rota volvió a moverse, y Creus soltó un alarido que se ahogó en una bocanada de sangre que salpicó el rostro de Jorgan. —Cállate y sobrevive, muchacho —siseó el gigante, metiéndolo a la fuerza por el estrecho agujero. Creus cayó en el conducto, deslizándose por una pendiente empinada de sillería húmeda y resbaladiza. La fricción de la piedra contra su espalda desolló la lona de su camisa, arrancándole jirones de carne de los omóplatos. El dolor en su costado era una presencia viva, un monstruo que le devoraba las entrañas mientras caía a ciegas en las entrañas del subsuelo, arrastrando consigo el olor a sangre, la costra seca de Sir Gareth y la certeza de que el mundo exterior era solo un tipo diferente de celda..

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Estás leyendo el capítulo 11 de The Shadowed Chronicles The Ascension Of Creus (Novela), un novela. Un joven Creus de 16 años , que es esclavo en el castillo de un noble llamado Sir Gerath , Creus con su ferviente deseo de libertad empieza con su plan Este capítulo tiene publicado el 14 de julio de 2026. The Shadowed Chronicles The Ascension Of Creus (Novela) tiene 12 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.