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Leer The Shadowed Chronicles The Ascension Of Creus (Novela) Capítulo 12 online gratis en español

El descenso por el desagüe de tormentas no fue una huida, fue una trituradora. El conducto de sillería escupió a Creus, Elara y Jorgan en una caída libre hacia la negrura absoluta. La gravedad hizo su trabajo, arrastrando sus cuerpos desnutridos por una pendiente cubierta de limo baboso, excrementos antiguos y aristas de piedra que funcionaban como cuchillas ocultas. Para Creus, cada metro fue una agonía nueva. Sin la casaca de esclavo, que se había quedado enganchada en las raíces del pozo, su piel oscura golpeaba directamente contra la roca fría. La fricción le arrancaba jirones de los muslos y la espalda, pero el verdadero infierno estaba en su costado izquierdo. La costilla rota parecía haberse astillado hacia dentro; con cada violento vaivén del descenso, el hueso perforaba un poco más el pulmón. El aire no entraba; solo una quemazón pastosa que le subía por la garganta, obligándolo a tragar su propia sangre para no asfixiarse en el trayecto. Justo cuando sintió que el conocimiento se le escapaba, el túnel terminó. \*¡SPLASH!\* El impacto contra el agua helada del río arrastró a Creus hacia el fondo de una poza profunda. El choque térmico le arrancó el último filamento de aire de los pulmones. El agua del río Blackwater, cargada de sedimentos y restos minerales de las minas del castillo, le entró por la nariz y los ojos, escociendo como fuego líquido. Intentó bracear, pero su brazo izquierdo no respondía; el dolor del pecho le había paralizado la mitad del torso. Sus piernas, debilitadas por los años de desnutrición y el calambre del túnel, se sentían como troncos de plomo. \*Me ahogo...\* —pensó, viendo cómo las burbujas de su último aliento ascendían hacia la superficie parpadeante, iluminada por una luna pálida que no alcanzaba a calentarlo—. \*Estúpido... qué estúpido. Morir en el agua después de escapar del hierro.\* Una mano áspera y enorme le agarró del pelo rapado. Jorgan, con la fuerza brutal de un buey de carga, lo arrastró hacia la superficie de un tirón que casi le disloca el cuello. Creus emergió rompiendo el espejo del agua, soltando un gemido ronco, una mezcla de tos, lodo y esputos sanguinolentos. Elara ya estaba en la orilla, colgada de las raíces desnudas de un sauce llorón. Entre ella y Jorgan arrastraron el cuerpo famélico de Creus fuera de la corriente, dejándolo caer sobre un lecho de fango negro y grava gélida. El muchacho quedó bocarriba, tiritando de forma espasmódica. Bajo la cruda luz de la luna, su piel negra brillaba por el agua, veteada de líneas rojas donde las piedras del desagüe lo habían desollado. Sus pómulos, hundidos por el hambre crónica de las celdas, parecían cuchillos bajo sus ojos inyectados en sangre. Tenía apenas diecisiete años, pero en ese fango, su cuerpo parecía el de un anciano disecado. —Respira, maldita sea, respira —le siseó Elara, presionándole el hombro sano. Ella misma estaba empapada, con el pelo castaño pegado a la cara y los labios azules por el frío. Jorgan no les prestó atención. Se puso de pie, con el agua escurriendo de su pesada capa de cuero, que ahora pesaba el doble. Su rostro, marcado por una vieja cicatriz que le cruzaba la mejilla hasta la oreja, estaba rígido. Miró hacia atrás, en dirección al imponente perfil del fuerte que se alzaba sobre el acantilado. Desde allí abajo, las murallas parecían dientes negros recortando el cielo estrellado. Las antorchas se movían como luciérnagas histéricas a lo largo de las almenas. El clamor de las alarmas, el metal chocando y los gritos de guerra llegaban amortiguados por la distancia y el rugido del río, pero eran constantes. La distracción en el frente seguía activa. Treinta hombres del frente rebelde estaban muriendo para que ellos pudieran estar en ese fango. Jorgan se llevó la mano al cinturón. De entre las correas de cuero desgastado, extrajo un cuerno de caza corto, hecho del colmillo grisáceo de un monstruo de las marismas, con los bordes reforzados en bronce rancio. Era el instrumento que había llevado en silencio durante toda la infiltración. El líder rebelde separó las piernas, hinchó su enorme pecho y pegó la boquilla a sus labios agrietados. Sopló. El sonido que brotó del cuerno no fue el toque limpio de un caballero, sino un bramido ronco, grave y quejumbroso. Era el llanto de una bestia herida que reverberó en las paredes de roca del cañón, aplastando el rumor del agua. Jorgan no se detuvo. Mantuvo la nota, las venas de su cuello grueso se hincharon hasta parecer cuerdas a punto de romperse bajo la piel, y sus ojos se entornaron por el esfuerzo. Sopló hasta que el aire se le vació por completo de los pulmones, hasta que el sonido se rasgó en un silbido seco y su propio pecho se hundió en un espasmo. Era la señal de retirada. El aviso de que el prisionero estaba fuera y que el asalto de distracción debía cesar inmediatamente. Jorgan bajó el cuerno, dejando caer los hombros mientras recuperaba el aliento con un jadeo pesado. Un hilo de saliva pastosa colgaba de su barba rancia. —Ya está —murmuró Elara, mirando hacia el fuerte—. Ya lo saben. Tienen que replegarse hacia los bosques del norte. Tienen que salvarse. Creus, desde el suelo, apretó los puños, clavando las uñas en el barro. El sonido del cuerno seguía vibrando en sus oídos, pero lo que vino después no fue el silencio de una retirada. Fue algo mucho peor. \*No van a volver...\* —el monólogo interno de Creus se tornó oscuro, tiñéndose del mismo pánico que había sentido en las celdas—. \*Ninguno de ellos va a volver. Jorgan lo sabe. Por eso sopló con tanta fuerza... No es una orden de retirada, es un epitafio.\* Desde el frente del fuerte, el sonido de la batalla cambió de ritmo. Las campanas de bronce del bastión comenzaron a repicar a rebato, un ritmo frenético y descompasado. Y entonces, un rugido ensordecedor tapó el repique. No era humano. Era un chillido agudo, metálico, que hizo que los pájaros nocturnos levantaran el vuelo en masa desde las copas de los árboles cercanos. —¿Qué ha sido eso? —preguntó Elara, poniéndose en pie de un salto, con la mano puesta instintivamente en el pomo de su daga desdentada. Jorgan no respondió, pero sus mandíbulas se apretaron tanto que el músculo de su sien comenzó a bailar. —Han soltado a los Cazadores —dijo Jorgan, con una voz helada que no admitía réplica—. Los engendros de foso. No habrá retirada para los del frente. El cuerno solo les ha dicho que corran para morir de espaldas en lugar de frente. Creus miró hacia la corriente del río. El Blackwater corría rápido, arrastrando ramas y espuma gris. Pero un minuto después del toque de cuerno, el agua empezó a traer algo más. Al principio parecieron maderos flotantes, pero la luz de la luna reflejó la palidez de la carne muerta. —¡Dioses! —ahogó Elara, dándose la vuelta y cubriéndose la boca con ambas manos. Era el primer cuerpo. Uno de los rebeldes del frente de distracción. No venía flotando entero; el río arrastraba la mitad superior de su torso. El corte en la cintura era un desgarro irregular, con las tripas colgando como algas oscuras que se enredaban en las rocas de la orilla. El rostro del hombre, congelado en una mueca de terror absoluto, pasó a escasos dos metros de donde Creus estaba tendido. Sus ojos vacíos parecieron mirar directamente al esclavo. Luego vino otro. Y otro más. El río se transformó en un desfile macroscópico de carnicería. Fragmentos de extremidades, cabezas cercenadas cuyo pelo flotaba como medusas en el agua turbia, y torsos vaciados de sangre. La corriente del Blackwater comenzó a teñirse de un tono purpúreo, denso, que desprendía un olor ferroso y dulzón que se mezclaba con el hedor a cieno del río. El festín de las sanguijuelas en el pozo no había sido nada comparado con la masacre que estaba ocurriendo en la superficie. \*Están muriendo por mí\* —pensó Creus, y una náusea violenta le subió desde el estómago vacío, obligándolo a ladear la cabeza para vomitar un jugo biliar amargo sobre el barro— No lograron sacar a más nadie que a él , ya que la infiltración salió mal solo lograron matar al conde. \*Treinta hombres destripados... hechos pedazos como ganado enfermo. Todo para que este cuerpo inútil y desnutrido siga respirando. ¿Cuánto vale la vida de un esclavo? ¿Cuánta sangre se necesita para pagar mi libertad?\* —No nos quedaremos a mirar el río —ordenó Jorgan, agarrando a Creus del brazo sano y levantándolo del suelo sin ninguna consideración por su costilla rota. Creus soltó un chillido que se extinguió en un ahogo. Sus pies apenas rozaban el suelo mientras Jorgan lo cargaba a medias, obligándolo a avanzar hacia la espesura del bosque que bordeaba la orilla. —¡Espera, Jorgan! ¡Mira allí! —Elara señaló hacia un recodo del río, unos cincuenta metros más abajo. Algo se movía entre los juncos. No era un cadáver flotante. Era alguien que braceaba con desesperación, intentando aferrarse a la orilla fangosa. Un superviviente. —¡Es Ren! —dijo Elara, reconociendo la enorme casaca verde del segundo al mando del grupo de distracción—. ¡Sigue vivo! La chica corrió por la orilla, patinando en el fango, seguida por Jorgan que arrastraba a Creus como si fuera un saco de carbón. Cuando llegaron a la altura del hombre, Elara extendió una rama larga para que se sujetara. Ren la agarró con dedos temblorosos, emitiendo un sollozo ahogado mientras sus botas chapoteaban en el agua ensangrentada. Entre Jorgan y Elara lo sacaron del agua, pero en cuanto el cuerpo del rebelde quedó bajo la luz de la luna, la alegría de Elara se transformó en un grito de horror. A Ren no lo habían herido con espadas. Toda la mitad derecha de su rostro había desaparecido; la piel y la carne habían sido arrancadas de cuajo, dejando al descubierto el maxilar blanco y los dientes en una eterna sonrisa macabra. Lo peor estaba en su pecho: su armadura de cuero estaba deshecha, y en el centro de su esternón había un agujero enorme, del tamaño de un puño, cuyos bordes estaban carbonizados y humeantes, como si un hierro al rojo vivo le hubiera atravesado el corazón. Pero no había fuego; del agujero manaba un icor espeso, amarillento y pestilente que burbujeaba con cada respiración agónica del hombre. —Los... los cazadores... —consiguió articular Ren por la mitad de la boca que aún le quedaba. El ojo sano que le quedaba bailaba desorbitado por el trauma—. No eran guardias, Jorgan... El conde... el conde usó la magia de la muesca... Soltaron a las quimeras... Tienen cabezas de lobo... pero... pero sus brazos son de hombre... Nos... nos cazaron en los árboles... Un espasmo brutal sacudió el cuerpo de Ren. Del agujero de su pecho, el icor amarillo brotó con más fuerza, y Creus vio con espanto que algo se movía dentro de la herida. No era sangre; eran pequeños gusanos blancos y ciegos que devoraban el tejido necrosado desde el interior, multiplicándose a una velocidad antinatural. La magia oscura del bastión no solo mataba, infectaba el cadáver antes de que el alma lo abandonara. —Mátame... Jorgan... por los dioses... quema esto... me come... me está comiendo por dentro... —suplicó Ren, clavando sus dedos en el muslo del líder. Jorgan no dudó. No hubo palabras de consuelo, ni una oración para los dioses de la luz. Con la frialdad de un carnicero que remata a un cordero cojo, desenvainó su espada corta y la hundió con fuerza a través del ojo sano de Ren, empujando la hoja hasta que la punta de acero chocó contra las piedras del suelo, atravesando el cráneo. El cuerpo del rebelde se tensó en un último arco y luego se quedó flácido sobre el lodo. Los gusanos blancos de su pecho parecieron agitarse, molestos por la pérdida de calor, comenzando a salir del agujero para buscar una nueva fuente de carne viva. —Atrás —dijo Jorgan, tirando de Creus y Elara hacia el bosque—. Si los engendros olieron la sangre de Ren, estarán aquí en cinco minutos. La distracción ha terminado. Ahora la caza es nuestra. Creus miró por última vez el cadáver de Ren, cuyos gusanos ya reptaban por el barro hacia el agua del río. El sabor metálico de la sangre en su propia boca se volvió más denso. La libertad por la que había matado a Sir Gareth ya no sabía a gloria; sabía a carne podrida, a amigos destripados y al siseo de una oscuridad que parecía haber salido de las profundidades del castillo solo para arrastrarlos de vuelta a la fosa. Con la costilla rota punzándole el pulmón en cada paso, Creus se adentró en la espesura del bosque, sabiendo que el cuerno de Jorgan no los había salvado, solo había inaugurado el verdadero juego de la supervivencia.
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The Shadowed Chronicles The Ascension Of Creus (Novela) Capítulo 12

Estás leyendo el capítulo 12 de The Shadowed Chronicles The Ascension Of Creus (Novela), un novela. Un joven Creus de 16 años , que es esclavo en el castillo de un noble llamado Sir Gerath , Creus con su ferviente deseo de libertad empieza con su plan Este capítulo tiene publicado el 14 de julio de 2026. The Shadowed Chronicles The Ascension Of Creus (Novela) tiene 12 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.