Leer Tengo una Ciudad en un Mundo Alternativo (Novela) Capítulo 83 online gratis en español
🏴 Grupo: Skotádi✍️ Traducción: Skotádi
El joven cabeza rapada estuvo mirando a Tang Zhen fijamente durante casi un minuto entero sin ver el gesto de terror que esperaba. Eso lo decepcionó notablemente.
Más aún cuando comprobó que Tang Zhen le devolvía la mirada con la misma calma, sin mostrar el menor temor ante la situación, lo que hizo que la ira empezara a bullir en el pecho del cabeza rapada.
La noche en que Tang Zhen le rompió las costillas y lo dejó hecho un guiñapo era algo que el cabeza rapada no había olvidado.
Quería vengarse, quería romperle todas las costillas a Tang Zhen, quería hacerle desear estar muerto; esa era siempre su manera de hacer las cosas.
Tiró la colilla y soltó un bufido despectivo. El cabeza rapada le lanzó una mirada al joven que estaba detrás de Tang Zhen, inclinando ligeramente la cabeza y levantando la barbilla.
El joven de detrás captó la señal, torció la boca en una sonrisa, sacó un bastón extensible ASP del bolsillo y lo descargó con fuerza contra el hueco de las rodillas de Tang Zhen.
Si aquel golpe hubiera impactado, cualquier persona normal habría caído de rodillas con un dolor agónico, incapaz de caminar o correr en un buen rato.
Tang Zhen llevaba rato siguiendo lo que había a su alrededor a través del mapa, y en cuanto el joven sacó el bastón, sintió que una rabia irrefrenable le subía desde el fondo del pecho.
Soltó una risita helada interior, y sin girarse siquiera, lanzó hacia atrás una «patada de cola de tigre» que fue a dar directo al estómago del joven. El del bastón lanzó un alarido y salió volando cuatro o cinco metros, quedando en el suelo retorciéndose y contrayéndose mientras se abrazaba el vientre.
Por su aspecto, el dolor debía de ser agonizante.
En realidad, Tang Zhen había contenido la fuerza de aquel golpe; solo había usado suficiente energía para lanzarlo hacia atrás. Si hubiera soltado toda su potencia contra aquel estómago, esa patada podría haberle partido la columna lumbar.
Con una herida así de grave, al joven no le habría esperado más que la muerte.
Al ver salir al joven volando por los aires, los más de diez jóvenes con los nervios ya a medio desmadrar prorrumpieron todos al unísono en un alarido que llevaba un matiz de excitación, y echaron mano de sus cadenas, bates de béisbol, puños americanos y demás armas antes de abalanzarse sobre Tang Zhen.
Aquella gente se tambaleaba de un lado a otro, con el aspecto de una pandilla de demonios.
El único que no se levantó fue el cabeza rapada, que se quedó sentado con el cigarrillo en la boca, tan tranquilo, preparado para disfrutar del espectáculo.
Entre ese grupo había una chica de unos diecisiete o dieciocho años que miraba a Tang Zhen con una sonrisa descarada; para subir la excitación a los demás, se arrancó la parte superior de la ropa de un tirón y contoneó el cuerpo de forma exagerada, lo que encendió aún más a los que la rodeaban.
Tang Zhen contempló a aquella panda de adictos sin ningún tipo de decoro con la mirada cada vez más fría.
Un joven delgado como un junco le lanzó un cenicero contra la nuca. De haber dado, el golpe habría podido matarlo o dejarlo gravemente herido. Pero Tang Zhen se apartó levemente y el cenicero falló, estrellándose contra la pared del almacén y haciéndose añicos.
Aquel ataque sirvió como señal: todos se lanzaron sobre Tang Zhen como lobos hambrientos, con una mujer que blandía una botella de cerveza vacía en cabeza.
¡Crac!
Las esposas fueron arrancadas de un tirón.
Tang Zhen ni siquiera la miró. Le plantó un bofetón con toda la mano que la mandó volando; por cómo cayó, era muy probable que tuviera las vértebras cervicales descolocadas.
La botella de cerveza que la mujer había soltado al caer fue atrapada al vuelo en el aire por Tang Zhen, que la lanzó hacia atrás a todo girar y le abrió la cabeza a un gordo que venía blandiendo una cadena.
Se elevó de un salto y soltó dos patadas seguidas; dos siluetas más salieron despedidas y aterrizaron pesadamente en el suelo.
Tang Zhen, en el centro del círculo de atacantes, mandaba a alguien por los aires con cada golpe. Su velocidad era tal que en apenas unos pocos segundos estaba solo en medio del almacén, rodeado de cuerpos que gemían en el suelo.
La mujer alta que había entrado corriendo al escuchar el ruido se quedó inmóvil contemplando la escena, incapaz de creer que lo que solo era posible en las películas de artes marciales estuviera ocurriendo delante de ella.
Tang Zhen miró a la mujer, que permanecía paralizada, se acercó sonriendo, le pasó la mano por la cara y luego la empujó con fuerza hacia un rincón apartado.
—Estás tapando el paso y ni te das cuenta, ¿verdad?
Tang Zhen sacudió la cabeza mirando a la mujer de la chaqueta de cuero y se acercó al joven que le había puesto las esposas, agachándose frente a él.
El joven, listo para la ocasión, se cubrió la cara hinchada con las manos y le tendió enseguida la llave.
Aunque al ver las esposas de aleación arrancadas, sus ojos no eran capaces de ocultar la incredulidad.
Tang Zhen le pellizcó brevemente la cara, abrió las esposas con la llave y las tiró, luego dirigió la mirada hacia el cabeza rapada, que se había hundido todo lo que podía en el sofá.
En contraste con la arrogancia de antes, el cabeza rapada tenía ahora el rostro descompuesto de terror y miraba a Tang Zhen con ojos de quien está viendo un fantasma.
Tang Zhen se acercó, se sentó frente a él, sacó un cigarrillo del bolsillo, lo encendió, dio una calada y se quedó mirando al cabeza rapada, exactamente igual que este lo había mirado a él antes: con esa sonrisa perversa grabada en la comisura de los labios, sin decir una sola palabra.
El cuerpo del cabeza rapada comenzó a temblar violentamente. La sonrisa silenciosa de Tang Zhen le producía la sensación de estar atrapado bajo la mirada de un tigre devorador de hombres, y desde lo más profundo de su alma brotó un miedo que lo desbordó.
—Her... hermano, lo siento, me lo merezco. No se rebaje a mi nivel, soy lo peor. Por favor, perdóneme.
El cabeza rapada suplicó con voz temblorosa. Tenía el presentimiento vago pero claro de que si no pedía perdón de corazón de inmediato, el tipo de enfrente era muy capaz de matarlo de verdad.
Tang Zhen lanzó una carcajada de desprecio ante el aspecto lamentable del cabeza rapada y, manteniendo la sonrisa, le dijo: —Xu Feng es mi hermano. Creo que no hace falta que te explique más.
Solo te doy una oportunidad. Si vuelves a cruzarte en mi camino...
Tang Zhen no terminó la frase. El cabeza rapada vio algo brillar ante sus ojos y de repente, con horror, comprobó que en la mano de Tang Zhen había aparecido una pistola negra.
Era una pistola de verdad; siendo hijo del subdirector de la comisaría, el cabeza rapada podía asegurarlo. Lo que no podía entender era cómo había aparecido, porque no la había visto sacar; aquella velocidad de desenfunde aterradora no hizo sino disparar aún más su pánico.
Tang Zhen apuntó vagamente con el cañón hacia el cabeza rapada. Justo cuando este temblaba de pies a cabeza del miedo, Tang Zhen giró el cañón bruscamente hacia un lado y apretó el gatillo sin ni siquiera mirar.
¡Bang!
El disparo retumbó en el almacén y una rata gorda que corría pegada a la pared quedó hecha papilla, salpicando sangre y carne por un buen tramo de muro.
—Eh...
El cabeza rapada tragó saliva con dificultad y gritó para sus adentros: ¡Qué puntería más increíble! ¿Era necesario ser tan exagerado? ¡Dios mío, en qué clase de monstruo se había metido?
Tang Zhen miró al cabeza rapada, que estaba a punto de hacérselo encima del susto, y sonrió para sí. Lo de antes no había sido más que la mira automática del Asistente de Disparo Súper; sin ayuda, él no tenía la habilidad de dar en el blanco sin apuntar.
Al ver que el asunto estaba más o menos resuelto, Tang Zhen se levantó y se encaminó hacia la salida. Los que estaban tirados en el suelo bloqueándole el paso se apartaron a rastras a toda prisa, muertos de miedo de que Tang Zhen los mirara con malos ojos y les arrimara una patada más.
Cuando Tang Zhen salió del almacén, uno de los que tenía heridas menos graves se incorporó con mucho esfuerzo y una mueca de dolor, se arrastró hasta el cabeza rapada, que seguía sentado en el sofá con la mirada perdida, y le dijo con tono rencoroso: —Jefe, ¿quieres que busque a unos de la escuela de artes marciales para que le arranquen un...?
¡Paf!
El tipo no llegó a terminar la frase: el cabeza rapada le plantó un bofetón y acto seguido rugió con la voz casi quebrada: —¡Maldita sea! ¿Es que quieres que nos maten a todos? Si conoce a Xu Feng, son del mismo palo. ¿Crees que alguien como ese es con quien nos podemos meter?
Después de soltar ese rugido, el cabeza rapada, que había sido asustado en grande pero no había sufrido ni un rasguño, se dirigió a todos los del almacén:
—Y que quede claro: lo de hoy no ha ocurrido. Al que se le vaya la lengua, le rompo las piernas.
...
La actuación de Tang Zhen probablemente había dejado al cabeza rapada sin agallas para el resto de su vida. A menos que tuviera ganas de morir, no iba a atreverse a meterse con Tang Zhen jamás.
El asunto quedaba cerrado por el momento.
Tang Zhen se subió al coche de la pandilla del cabeza rapada, llegó a la carretera, lo cerró con llave y lo dejó aparcado al borde del camino sin mirar atrás.
Echó un vistazo a su alrededor y, para su sorpresa, comprobó que aquella zona de desarrollo tenía un paisaje bastante agradable: calzadas anchas, abundante vegetación y, lo más valioso de todo, pocos peatones y vehículos.
En pleno otoño tardío, pasear a solas por una calle de hojas caídas tenía su encanto poético.
Tang Zhen se animó y comenzó a caminar despacio por aquella calzada bordeada de álamos, pisando las hojas secas.
Una hoja cayó girando ante sus ojos. Tang Zhen, vestido con un abrigo negro, levantó la cabeza hacia las copas de los árboles y estuvo un rato mirando. Al poco, sintió algo en el pecho y recitó en voz alta:
«La escarcha vence al otoño y se apaga el verde, demacradas hojas que de sí mismas se ríen, cuando el viento sopla parten sin que nadie las empuje, y caen serenas al suelo entre el pasto errante.»
Tang Zhen terminó de recitar con cierto aire de satisfacción, y ya estaba buscando inspiración para otro poema cuando un sonoro tintineo de risas llegó a sus oídos. Se volvió a mirar y vio a una bella joven recostada contra un coche, que entre la lluvia de hojas amarillas mecidas por el viento de otoño lo miraba con una gran sonrisa.

Continúa leyendo
Tengo una Ciudad en un Mundo Alternativo (Novela)
Capítulo 84
Tengo una Ciudad en un Mundo Alternativo (Novela) Capítulo 83
Estás leyendo el capítulo 83 de Tengo una Ciudad en un Mundo Alternativo (Novela), un novela. En un mundo apocalíptico donde la superficie terrestre es sinónimo de muerte segura debido a peligros invisibles, la humanidad ha tenido que refugiarse en ciudades monumentales con capacidades asombrosas: fortalezas que… Este capítulo tiene publicado el 9 de abril de 2026, Traducido por el grupo Skotádi. Tengo una Ciudad en un Mundo Alternativo (Novela) tiene 91 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.