Leer SoulShard (Novela) Capítulo 7 online gratis en español
Caminó toda la mañana entre ruinas. Las luces de la muralla seguían lejos, pero cada vez un poco menos, y con las horas lo que pisaba empezó a parecerse a un barrio.
Tenía hambre, y más sed todavía, pero los charcos que encontraba tenían aceite encima. Cuando las piernas ya no le dieron más, se sentó al pie de una estatua sin cabeza hasta que el frío de la piedra lo hizo levantarse.
Pasado el mediodía encontró un convoy: vehículos blindados volcados y quemados en medio de una avenida. Nadie iba a venir por él.
En una de las cabinas encontró un bolsón con una cantimplora a medias y una barra de algo seco. El agua sabía a óxido y la barra a cartón con sal, y fue lo mejor que había probado en toda su vida. Al fondo había una tela plateada que daba calor, y se la enrolló al hombro.
En el asiento del conductor había un abrigo quemado. Para ponérselo se quitó lo que quedaba de la armadura, y debajo tenía cicatrices que no reconoció. Las tocó por si alguna le devolvía algo.
El abrigo le quedaba corto de brazos, pero cerraba, y la armadura la dejó donde había estado el abrigo.
Oscureció sin que se pusiera el sol, con las luces de la muralla todavía pequeñas, y detrás de la oscuridad llegó el frío.
Buscó dónde pasar la noche y encontró un hueco entre dos paredes caídas, con un pedazo de techo encima. En una casa cercana había unas cortinas gruesas. Las rompió en tiras y se armó una capa.
Se sentó en el hueco con la tela plateada sobre las piernas. Desde afuera no se vería más que un bulto oscuro entre los escombros.
Cerró los ojos y buscó la presencia que tenía en el pecho.
—Remiel.
Lo intentó otra vez, con más fuerza.
«Está ahí. Solo no contesta.»
Se envolvió en la capa y dejó que el cansancio decidiera por él.
En plena noche lo despertó algo que raspaba la piedra, más allá de las paredes. Se quedó quieto, sin respirar. El ruido se acercó, se detuvo y volvió a empezar, más lento, y Sarov contó el tiempo entre uno y otro. Después se fue alejando hasta perderse. No salió a ver qué había sido, y siguió despierto contra la pared hasta que se durmió sin darse cuenta.
Despertó con la niebla un poco más clara y el cuerpo adolorido. Se acomodó la capa, se enrolló la tela plateada al hombro y siguió.
A media mañana, detrás de las luces, empezó a verse la muralla: un muro tan alto que la niebla le tapaba el final, con torres a lo largo y algo girando despacio en la punta de cada una. «Esto está demasiado lejos», pensó, y soltó el aire, que se le hizo vapor delante de la cara.
Aun así, cada tramo le costaba un poco menos. El cuerpo seguía doliendo, pero las piernas iban más parejas, la espalda se le enderezaba sola, y cada vez lo sentía menos prestado.
Todavía estaba lejos de la muralla cuando le cayó encima una luz blanca que lo dejó clavado donde estaba. Se tapó los ojos con una mano y dejó la otra quieta, a la vista, y cuando miró hacia arriba no vio más que el resplandor.
—Identifícate —le ordenaron desde la luz—. Ahora.
Sarov abrió la boca y le salió aire.
—¡Sarov! —gritó—. ¡Soy Sarov!
\* \* \*
Del otro lado de la muralla, la misma mañana en que Sarov despertó junto a la fuente, Mariya abrió los ojos con la sensación de haberse olvidado de algo.
Estaba vestida, y no se acordaba de haber llegado.
Al sentarse le dolió todo, como después de un turno largo, y sobre todo el pecho, sin que supiera por qué.
De la noche anterior se acordaba de la salida, del frío adentro del vehículo y de la orden. Después había pedazos sueltos, y cuanto más intentaba juntarlos, más se le escapaban.
El armazón estaba tirado en el piso, donde ella no lo habría dejado nunca.
Lo levantó. Le faltaba una hombrera, tenía tres rasgaduras en el costado y, en el pecho, un agujero del tamaño de un puño con los bordes doblados hacia adentro.
Se quedó un rato sentada con el armazón sobre las rodillas. Después lo colgó del respaldo de la silla, se cambió y salió sin desayunar.
Un par de horas más tarde, en el cuartel, el Pelotón 44 esperaba en su sala de reuniones, una mesa con ocho sillas y unas ventanas que daban a un patio de entrenamiento vacío.
El mayor del grupo limpiaba las gafas con el borde de la camisa, otra vez. A su lado, una rubia con las puntas del pelo verdes sostenía una sonrisa. Mariya, frente a ellos, tenía las manos apretadas y un vaso de agua lleno delante.
—Nunca llega tarde —repitió el mayor—. Ni medio muerto llega tarde.
—A lo mejor por fin aprendió —dijo el más alto desde la pared—. Todos merecemos un mal día.
—Sarov no tiene días malos —dijo la del parche—. Y si los tiene, no los cuenta.
—Mariya, ¿tú sabes algo? —preguntó la rubia.
Mariya negó con la cabeza.
—No sé nada. Ni siquiera me acuerdo bien de cómo terminó la noche, para ser sincera.
—Yo tampoco —dijo el más alto, mirando a otro lado.
—¿Alguno revisó el equipo? —preguntó la rubia al aire—. El mío está reventado. La espalda abierta y una placa del brazo que no está.
—El mío tiene un corte de aquí a aquí. —El más alto se marcó el costado con la mano.
—El mío está peor —dijo la del parche.
El mayor se pasó el pulgar por la montura de las gafas y las dejó sobre la mesa.
—Siete equipos rotos en la misma noche —dijo—. Y ninguno se acuerda de contra qué.
Se puso las gafas otra vez, miró la puerta, volvió a mirar la mesa.
—Tiene el chip apagado desde anoche. Y ese chip no se apaga solo.
—Puede ser la batería —dijo la rubia.
—Puede ser —repitió el mayor.
En la ventana, de espaldas al resto, estaba la más joven de los siete.
—Está vivo —dijo.
Hacía tiempo que habían dejado de preguntarle cómo lo sabía.
Al otro extremo de la mesa, un rubio esperaba con los ojos cerrados. Habló sin abrirlos.
—No va a hacer falta avisarle a Rinne.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó el más alto.
El rubio abrió apenas los ojos, que eran dorados, y los volvió a cerrar.
Antes de que alguien encontrara qué decir, entró sin golpear una muchacha de uniforme, muy joven, con una tablilla en la mano.
—Pelotón 44 —dijo, leyendo—. Felicitaciones, pelotón, por limpiar la zona una vez más. Rinne autorizó descanso obligatorio. Una semana, a partir de hoy. Nadie sale de la ciudad, nadie reporta a servicio activo salvo emergencia declarada. Aprovechen.
Dejó el parte en otra tablilla sobre la mesa y se fue igual de rápido.
—Una semana entera —dijo la rubia—. Sarov se la va a perder durmiendo, apuesto lo que sea.
—Limpiar la zona —repitió el mayor por lo bajo.
Miró la silla vacía al final de la mesa, se guardó las gafas y volvió a mirar la puerta.

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SoulShard (Novela) Capítulo 7
Estás leyendo el capítulo 7 de SoulShard (Novela), un novela. Perdió la memoria por mi culpa. Despertó entre las ruinas de un mundo que ya no es de los humanos, y yo sigo aquí adentro, compartiendo con él un cuerpo y un alma que no pidió. Detrás de las murallas lo espera un… Este capítulo tiene publicado el 1 de octubre de 2026. SoulShard (Novela) tiene 24 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.