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Leer SoulShard (Novela) Capítulo 16 online gratis en español

Mariya todavía sonreía cuando tomaron el pasillo del cuartel que llevaba a la sala del pelotón. A mitad de camino, a la pared de la izquierda le faltaba un tramo, y por ahí se veía hasta el fondo. Sarov frenó en seco. Se acordó del callejón al que lo había llevado Anya días atrás, donde también se abrió una pared. —Eso estaba cerrado. —Siempre está cerrado. —¿Y ahora no? —Hoy están sacando todo. No van a estar abriendo y cerrando la pared cada dos minutos. —¿Abriendo y cerrando? —Yo tampoco sé cómo funciona, la verdad. Uno la cruza y ya. Del otro lado, el techo subía tres o cuatro pisos y la nave seguía más de lo que alcanzaba a ver. De unos soportes altos colgaban máquinas del tamaño de un carro pequeño, abiertas por la mitad, con técnicos metidos hasta el hombro adentro. Más allá había una figura de dos pisos arrodillada entre andamios, con una pierna desarmada en el piso y cuatro personas trabajando encima. Robots bajos y anchos cruzaban siguiendo líneas pintadas en el suelo, y frenaban solos cuando alguien se les metía en el camino. En una pista corta, algo con demasiadas patas caminaba de una punta a la otra mientras tres personas miraban una pantalla y discutían. De uno de los soportes más cercanos colgaba una Alondra apagada. Sarov se volteó para seguir mirándola hasta que Mariya lo enganchó del brazo y lo llevó pasillo adelante. La sala de reuniones del pelotón estaba en el tercer piso, al final de un corredor de paredes desnudas, y tenía una pantalla apagada al fondo. Después de la nave, a Sarov le pareció el lugar más aburrido del edificio. Se sentó donde Mariya le señaló, en la cabecera. Eran las cinco de la mañana. El resto fue llegando con cara de madrugada, arrastrando los pies: Aleksei primero, después Dmitry, Anya y Katja, y casi al final Nikolai. La última fue Liling, que se quedó dormida apenas se sentó. —Qué asco volver a esto —dijo Aleksei. —Yo ya lo estaba esperando —dijo Dmitry—. Sentía que me estaba pudriendo. —Ya estás podrido —dijo Nikolai, con los ojos en la tablilla. —¿Ah, sí? —Desde antes del descanso. No hay mucho que hacer con eso. Varios se rieron. Sarov los miraba desde la cabecera. Se le ocurrió que a lo mejor le tocaba decirles algo. La conversación siguió subiendo de volumen hasta que Liling murmuró, con los ojos cerrados: —Cállense. Nikolai fue el primero que dejó de hablar. Estaba mirándole el pecho a Sarov. —¿Y ese traje? Sarov se miró. Para él estaba igual que cualquier otro. —Es de repuesto —dijo Mariya. —Ya sé que es de repuesto. Se le ve a un kilómetro. Lo que pregunto es qué le pasó al otro. Se quedaron todos quietos, y Anya bajó los ojos a la mesa. —Se rompió —dijo Mariya. —Todos se rompieron. —Nikolai se marcó el hombro con dos dedos—. El mío está roto y me lo puse igual esta mañana. ¿Acaso él tenía uno cuando volvió? La puerta se abrió y entró una chica de uniforme, con una tablilla. —Nuevo trabajo. —Deslizó el dedo sobre la pantalla de la pared y se abrió un mapa con una franja larga marcada de arriba abajo—. Expedición completa hacia el oeste. —¿Completa completa? —dijo Dmitry. —Completa. Reconocimiento y registro, dos semanas. Datos de enemigos, si los hay. —Siempre los hay —dijo Katja. Nikolai empezó a contar golpeando la mesa con un dedo. —Dos semanas es... —Perdió la cuenta y volvió a empezar—. Dos semanas es ida y vuelta sin frenar. No hay margen para nada. La chica señaló el borde de la pantalla. —Su convoy... —Se detuvo, revisó la tablilla y volvió a la pantalla—. Ninguno reportado. —¿Cómo que ninguno? —dijo Anya. —Es lo que tengo. —Léelo otra vez —dijo Nikolai. —Ya lo leí tres veces. —Se encogió de hombros—. Van a ir solos, parece. Raro. —¿Todo el oeste, y encima solos? —Anya se cruzó de brazos—. Somos ocho. —Somos ocho —repitió Mariya, sin despegar los ojos del mapa. Nikolai dejó de golpear la mesa. Aleksei seguía recostado contra el respaldo, con las manos detrás de la cabeza, mirando el mapa. —Parten en tres días —siguió la chica—. Prepárense con el equipo personal nuevo que les va a entregar Gamesha. —Por fin —dijo Dmitry. La chica ya se iba cuando le llegó algo a la tablilla. —Ah. Rinne manda decir que Gamesha los va a estar esperando en la sala de proyectos en cuatro horas. Puso la misma cara que con lo del convoy, y salió. Sarov los fue mirando uno por uno: Nikolai con la frente apoyada en las manos, Anya de brazos cruzados, Mariya todavía con los ojos en el mapa. «¿Por qué están todos tan serios?» Dmitry ya estaba insultando a Nikolai por algo que no tenía ningún sentido. Anya y Mariya se miraron. Aleksei miró largo a Sarov. Después se dirigió a Liling. —Vamos, ya hay que irse. Liling seguía dormida, con la cabeza contra el respaldo de la silla. Aleksei estiró una mano hacia su hombro para despertarla, y ella, sin abrir los ojos, levantó la palma hacia él. Aleksei salió disparado hacia atrás, atravesó la pared y desapareció en una nube de polvo y concreto roto. —Se lo merecía —dijo Nikolai, con la frente todavía apoyada en las manos. Dmitry terminó el insulto que había dejado a la mitad. Sarov se quedó mirando el hueco, con la boca abierta. Era el único. —Cállense —repitió Liling. Abrió los ojos, dos líneas finas, con un verde encendido detrás de las pestañas. Los recorrió a todos de una punta a la otra de la mesa y los volvió a cerrar. Sarov se acercó al hueco a mirar: tres pisos más abajo, entre los escombros caídos sobre el patio de entrenamiento, Aleksei se estaba sentando y se sacudía el polvo de encima. —¿Estás bien? —gritó Sarov. Aleksei levantó la cabeza y le hizo un gesto con el pulgar. —Mejor que nunca. —Genial —dijo Anya desde atrás—. Ahora vamos a estar un día entero sin pared. Aleksei volvió a subir al rato, blanco de concreto molido y sin un rasguño. —Ughh, quería seguir durmiendo —le dijo a Liling, y se estiró bostezando. Faltaba poco para las siete y media cuando Sarov le pidió a Mariya que lo acompañara a buscar el chip. —Dijeron que fueras tú. —Ya sé. Igual. Bajaron los tres pisos hasta el puesto de la entrada. Había otro guardia, más joven, y esta vez Sarov habló antes que ella. —Líder de Pelotón 44, Sarov Iskrov. Vengo por el chip. Lo había repetido en la cabeza todo el camino, y le salió tieso. —Ya viene. Por el pasillo se acercó un zumbido bajo, y una Alondra vino flotando hasta la altura de su pecho, con el ojo encendido en blanco. Del costado le salió un brazo fino con la tarjeta en la punta. Sarov agarró la tarjeta. —Hola otra vez —dijo, y sonrió—. Llegué, al final. Gracias por aquello. La Alondra recogió el brazo y se fue por donde había venido. —Sarov. —Mariya lo miraba desde un paso atrás—. ¿Con quién hablas? Sarov seguía a la Alondra con la vista. En el costado tenía un número pintado en blanco, y alcanzó a leerlo antes de que doblara: ochenta y cuatro. Miró la tarjeta. Era más chica de lo que Mariya había dibujado en el aire. —¿Me enseñas a ponérmelo? —Arriba —dijo Mariya, y ya estaba caminando. Sarov cerró la mano alrededor de la tarjeta y la llevó así todo el camino de vuelta. En la sala, cuatro personas trabajaban en el hueco. Habían montado andamios del lado de afuera y colgado una lona para cortar el aire. Mariya se detuvo a mirarlos trabajar. —Estaba enojada —dijo. —¿Liling? —Mmm. —¿Ella siempre es así? —No creo. Tampoco sé si odia a Alek. Nunca lo tuve claro. Se quedaron mirando cómo ataban la lona, y Sarov se acordó de algo que venía cargando desde la madrugada. —Oye. ¿Por qué te pusiste la capucha esa? Mariya se la abrió un poco. —Por esto. El agujero le ocupaba el centro del pecho del armazón, y por ahí asomaba la capa interior negra. —No quiero que nadie me lo vea. Sarov lo pensó. —¿Y por qué yo sí puedo verlo? Mariya se tapó la cara. —Camina. Menos de dos horas más tarde estaban todos sentados en la sala de proyectos de Gamesha, un piso alto donde ninguno del pelotón parecía haber estado antes. Las paredes estaban cubiertas de paneles apagados, y en el centro había una mesa larga y vacía. Gamesha los esperaba de pie, con las manos cruzadas atrás. Era flaco, y mayor que cualquiera de los que acababan de entrar. A Sarov le pareció el mismo flaco de la tablilla que había leído los nombres en el sueño. —Siéntense. Esto no va a tardar si prestan atención la primera vez. Sarov ocupó una silla en el medio. Gamesha tocó un punto de la mesa y un mapa del oeste se encendió sobre la superficie. —Van a viajar en un blindado de misión larga, modelo Medved. El mapa se achicó a un costado y en su lugar apareció el vehículo, girando sobre la mesa. Después el modelo se abrió al medio y mostró el interior, cada compartimiento con un dato flotando al lado. —Batería para dos meses. —Señaló un bloque, y el dato se agrandó. —¿Dos meses? —dijo Nikolai—. La misión dura dos semanas. —De todas formas, está hecho para que duerman adentro si hace falta. El espacio está pensado para eso, no es una improvisación. Sarov le dio otra vuelta al dato, buscando qué tenía de raro, y no lo encontró. —Velocidad máxima, ciento setenta y cinco kilómetros por hora, aproximadamente. Katja miró el modelo con atención por primera vez desde que habían entrado. —¿Ciento setenta y cinco? —Dmitry torció la boca—. El de transporte de la ciudad va más rápido. —Ese no tiene que durar dos meses. —¿Las armas también van adentro? —preguntó Sarov. —Sí. Gamesha ya estaba retomando la explicación cuando Sarov lo cortó. —¿Por qué vamos solos? Los siete giraron la cabeza hacia Gamesha al mismo tiempo. Gamesha lo miró a él antes de contestar. Después habló hacia toda la mesa. —Esa decisión no la tomé yo. Pregúntenselo a Rinne, si de verdad quieren saber. Volvió al mapa. Sarov miró a Aleksei, sentado a su lado. —¿En serio estás bien? —le preguntó en voz baja. Aleksei sonrió sin apartar los ojos del mapa. —En serio. —La comida la planean ustedes —siguió Gamesha—. Recomiendo que lleven refrigeración propia: dos semanas es tiempo suficiente para que les importe. A la distancia que van a estar, no esperen conexión. No hay red garantizada tan lejos de la muralla. Anya buscó a Mariya con la mirada, y ella se la sostuvo. Gamesha se había quedado con los ojos en un punto de la mesa, leyendo algo que solo él veía. —Cambio de dato. Rinne acaba de mandar esto. Cerca de San Petersburgo detectaron unas ondas extrañas hace poco. Van a tener que ir a averiguar qué son. Cargó sobre la mesa una ruta marcada en rojo, más larga que la de antes, y un archivo de instrucciones para tomar lecturas en el terreno. —El resto de los pelotones de las zonas cercanas a China se están concentrando ahí. Hay una cantidad de energía enorme apareciendo fuera de esas murallas, más portales de los que deberían estar abriéndose en tan poco tiempo. Yo mismo voy a estar en China investigando eso. Hizo una pausa, la primera desde que habían entrado. —No hay que descartar que en Rusia también se esté juntando algo parecido. Por ahora, aquí, no hay nada. Pero con lo de San Petersburgo, les toca a ustedes ir a mirar. Mil kilómetros, aproximadamente. La zona se ve segura, según lo que hay hasta ahora. Ya tienen la ruta y la información para tomar los datos. Con esto sumado, la misión pasa de dos semanas a tres. —¿Tres? —Dmitry se enderezó—. Acabas de decir dos. —Acabo de decir tres. Dmitry se hundió en la silla. —Probabilidad de supervivencia de la misión: noventa y cinco por ciento. El número quedó flotando sobre la mesa. —Somos ocho personas —dijo Dmitry—. ¿Y un cinco por ciento de fracaso en una zona que dices que está despejada? Gamesha lo miró. —Las lecturas de radiación y de firma vital en la zona son bajas. Si encuentran algo ahí, lo más probable es que no sea nada extremo. El cinco no sale de lo que hay. Sale de lo que no se midió todavía. Mil kilómetros de ruta nueva, sin conexión y sin nadie que pueda ir a buscarlos. Ese es el cinco. Dmitry miró el número un rato más. Después miró la mesa. —No es una garantía —dijo Gamesha—. Es estadística. —Estadística —repitió Anya, por lo bajo. —¿Qué es la firma vital? —preguntó Sarov—. Me suena, pero no termino de ubicarlo. Katja cerró el ojo y bajó la cabeza. Dmitry se acercó a Anya, pálido. —Está muerto —susurró. Gamesha se tomó su tiempo. —Una lectura que confirma que algo grande y vivo está en una zona, sin decir exactamente qué ni dónde. Sarov asintió, y Gamesha lo miró asentir. —¿Entendieron todos? Le contestaron unos "sí" sueltos. —Eso es todo, entonces. —Empezó a apagar los paneles, uno por uno—. En su sala de reuniones va a estar el equipo nuevo de cada uno. Dos casos puntuales. Miró a Sarov. —Tus espadas cortas son más livianas que las anteriores, con un tratamiento en el filo que baja el rozamiento al cortar. Entran más rápido y con menos resistencia, pero el equilibrio en la mano cambia. Vas a necesitar practicar. —Se detuvo—. También te va a servir para recuperar destreza. Por lo que tengo entendido de tus superiores. Del otro lado de la mesa, Anya y Dmitry se miraron. Gamesha ya estaba mirando a Anya. —Tus pistolas ya no necesitan recarga de munición como las conocías. Se cargan solas, por acumulación fotónica. El problema: si el ritmo de disparo sostenido pasa cierto umbral, el arma se sobrecalienta y se bloquea. Va a quedar inutilizable un rato hasta que se enfríe. Adminístrenlo. Anya frunció el ceño. —¿Cuánto rato? —Depende del ritmo al que dispares. —¿Y si estoy cubriendo a alguien cuando pasa? —Entonces vas a haber disparado demasiado rápido. Anya se le quedó mirando. —Entendido. —Ahora, váyanse. Se levantaron todos casi a la vez y salieron mirándose entre ellos. Gamesha apagó el último panel y se quedó con la mano apoyada en la mesa. El reporte que había dejado marcado aparte decía amnesia, y dicho así podía ser cualquier cosa: un par de meses en blanco, nombres que se traban, una convalecencia larga. Lo de la mesa no entraba ahí. El líder de un pelotón de primera línea había preguntado en voz alta qué era una firma vital, delante de los siete que tenía a cargo, y después asintió sin entender la respuesta. Cualquier recluta sabía eso en su primer mes. Y ninguno de los siete lo corrigió. Katja había cerrado el ojo y Dmitry se puso pálido antes de que llegara la respuesta. Lo sabían desde antes, y lo estaban cubriendo. «Bingo.» Guardó el dato con el resto de las cosas que todavía no sabía explicar, apagó la luz de la sala y salió a preparar el viaje a China.
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SoulShard (Novela) Capítulo 16

Estás leyendo el capítulo 16 de SoulShard (Novela), un novela. Perdió la memoria por mi culpa. Despertó entre las ruinas de un mundo que ya no es de los humanos, y yo sigo aquí adentro, compartiendo con él un cuerpo y un alma que no pidió. Detrás de las murallas lo espera un… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026. SoulShard (Novela) tiene 24 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.