Leer SoulShard (Novela) Capítulo 15 online gratis en español
Mariya se despertó antes que Sarov, con el brazo de él todavía encima. Ya había más luz en el apartamento de la que solía haber cuando abría los ojos. Se soltó con cuidado y se levantó.
Desde ahí lo miró. Sarov seguía dormido, con la cara hundida en la almohada, y se veía inocente.
Se le vino una calle nevada, un guante con un agujero en el pulgar y una mano más pequeña que la suya cerrada sobre la de ella. El chico al que le soltó la mano para correr hasta el farol, y después el cielo se abrió en dos.
Ahí se sintió cansada.
◆ ◆ ◆
Anya y Dmitry dejaron atrás el edificio gris, caminando sin rumbo.
—Todavía no lo puedo creer —dijo Dmitry—. Amnesia.
—Ya sé.
—¿Y esa mujer? —Dmitry negó con la cabeza—. «Ya se está resolviendo internamente.» Ni siquiera nos dejó terminar la frase.
—Ya sé —repitió Anya.
Dmitry lo pensó un poco más.
—Ella ya lo sabía —dijo—. Antes de que dijeras nada.
Anya siguió al mismo ritmo, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.
Dos cuadras después encontraron a una compañera del pelotón. Estaba sentada en la banca de una plaza chica, abrazada a las rodillas, con una botella de agua a medio terminar al lado. Llevaba gafas sobre el parche del ojo izquierdo y una estampita de estrellas pegada arriba del cachete.
—¡Katja! —dijo Anya, acercándose.
Katja levantó apenas la cabeza.
—Hola.
—¿Qué tienes? —preguntó Dmitry, ya con la sonrisa borrada—. Te ves mal.
—Gracias.
—En serio.
—Nada. —Se encogió de hombros, con la barbilla todavía en las rodillas—. Aburrida. Y sin noticias de Sarov, eso es todo.
Anya se volteó hacia Dmitry. Él ya la estaba mirando.
—Sobre eso —empezó Anya, sentándose en el borde de la banca—. Tenemos noticias.
Le contaron todo: el callejón, el laboratorio de Katelin, la amnesia, la llamada de esa misma mañana, la mujer del mostrador cortándolos en seco. Katja los escuchó hasta el final.
—Por lo menos está vivo —dijo, cuando terminaron—. Eso ya es algo.
—Sí —dijo Anya.
—¿Y qué tan grave es? La amnesia. ¿Es de esas cortas, que se pasan en unos días, o...?
—Grave. Katelin no pudo hacer mucho.
Katja bajó la mirada a la botella de agua.
—¿Caminas con nosotros? —dijo Dmitry—. Vamos dando vueltas.
—Paso. —Ya estaba estirando las piernas para bajarlas de la banca—. Tengo sueño. Me vuelvo a casa.
—Está bien —dijo Anya—. Descansa, entonces.
Se despidieron ahí.
—Todos estamos preocupados por él, eh —dijo Dmitry media cuadra después.
—Sí.
Anya se detuvo.
—Me olvidé —dijo, ya sacando el teléfono del bolsillo—. Hay que avisar en el grupo. Lili, Niko y Alek todavía no saben nada.
Se sentaron en una plaza casi vacía mientras ella escribía: «Oigan oigan, a Sarov ya lo encontramos ayer y está bien, aunque tiene amnesia y parece que es grave.»
Liling contestó primero, con un pulgar arriba y nada más.
Después Nikolai, en menos de un minuto:
«¿¿AMNESIA?!»
«¿Grave cómo?»
«¿Quién lo revisó?»
«¿Sigue al mando?»
Aleksei escribió bastante después: «Qué mal. Me alegra que por lo menos ya esté a salvo.»
Y abajo de eso, otra vez Liling: «Eso es temporal, ¿cierto?»
Dmitry se había acercado a mirar la pantalla por encima del hombro de ella. Anya guardó el teléfono.
—¿Qué crees que nos toque, cuando se acabe el descanso? —dijo Dmitry.
—Ni idea. —Anya estiró las piernas—. Esperemos que no sea nada grande.
—Yo apuesto a que nos mandan trescientos kilómetros a buscar información de algo, sin explicarnos bien qué. Y con un convoy de los malos, de esos que se quedan a mitad de camino y hay que bajarse a empujar. Y cuando volvamos nos van a decir que la información ya la tenían desde antes.
—¿Trescientos? Qué optimista.
—Quinientos, entonces.
Anya se rió.
—Eres un idiota.
◆ ◆ ◆
Mariya se quedó mirándolo un rato más. Después agarró el teléfono de la mesa de noche.
Leyó las respuestas del grupo.
Se apartó unos pasos y le sacó una foto. Salió la forma dormida bajo las sábanas, apenas reconocible, con la luz de la mañana entrando de costado. La mandó al grupo. «Ya está aquí.»
Dejó el teléfono donde estaba y se metió al baño.
Sarov se despertó con el sonido del agua corriendo y se sentó en la cama, pesado. Llegó a apoyar los dos pies en el piso antes de que el sueño lo devolviera a la almohada. No opuso mucha resistencia.
Mariya salió del baño con una toalla enredada en la cabeza. Se vistió ahí mismo. Sarov abrió un ojo y lo cerró apenas entendió lo que estaba viendo. Rodó hacia el otro lado de la cama, con la cara hundida otra vez contra la almohada, fingiendo dormir. Le pareció que ella lo había visto igual.
Ya vestida, se paró frente a la cama con los brazos cruzados.
—Báñate y cepíllate los dientes. Voy a hacer algo de comer.
—La cama está muy cómoda —dijo él, con los ojos todavía cerrados.
Mariya solo lo miró.
Algo le pasó por los ojos. Sarov alcanzó a ver un azul muy claro donde antes había marrón. Le bajó un escalofrío que lo sentó derecho en la cama. Se levantó, torpe, arrastrando los pies hacia el baño.
En el baño, Mariya ya había acomodado el desastre que él armó la primera vez. Se puso delante del espejo con cuidado de no mover nada: ancho de hombros, cubierto de cicatrices viejas, y la cara seria.
Se acercó más y ahí estaban otra vez: los ojos. Seguían negros, con más gris filtrándose en el borde del iris del que le pareció ver la última vez. No le dio demasiada importancia y se metió bajo el agua.
Terminó rápido. Esta vez mantuvo la cortina pegada al borde de la bañera para que el agua no se escapara al piso. Cuando cerró la ducha y estiró la mano hacia donde debería haber una toalla, no encontró nada.
—¡Usa la toalla, que te seques bien! —gritó Mariya desde la cocina.
—¿Cuál toalla?
Miró alrededor, goteando, hasta que la vio: colgada de un gancho junto al marco. La agarró justo cuando la puerta se abrió unos centímetros.
—Oye, la toalla está... —empezó Mariya, asomando la cabeza.
Se cortó a mitad de frase al verlo ya con ella en la mano. A Sarov se le calentó la cara.
—Si ya la encontraste, ¿por qué no dijiste nada? —Cerró la puerta y volvió a la cocina.
Sarov terminó de vestirse medio húmedo y salió del baño siguiendo el olor. La mesa ya estaba puesta: dos platos, con algo humeando en cada uno.
—¿Puedo comer contigo? —preguntó, parado en la entrada de la cocina.
—Obvio —contestó Mariya, ya sentándose—. Siéntate.
Sarov comía rápido.
—Tranquilo —dijo Mariya, estirando la mano por encima de la mesa para tomar la de él—. Hay más.
Sarov se detuvo con la boca llena. Después bajó el ritmo. Empezó a mirarla de reojo entre bocado y bocado, copiando la forma en que ella sostenía el tenedor.
—¿Tú y yo qué somos?
Mariya dejó de comer y lo miró.
—Somos pareja.
«¿Pareja? No me suena a algo concreto.»
—¿Somos novios?
—Algo así —dijo, y volvió a comer.
◆ ◆ ◆
Pasaron el resto del día juntos, y Mariya le fue contando cosas de él mismo: cómo hablaba antes, qué lo hacía reír, cómo había llegado a liderar el pelotón. Empezó a gustarle, poco a poco, el que estaba resultando ser: más blando que el Sarov que ella describía.
A Mariya, en cambio, la preocupaba el combate: tarde o temprano iban a tener que volver a eso, a explorar, expandir, conquistar de nuevo, el lema que la Coalición repetía en cada pantalla de la ciudad. Se lo guardó, pero Sarov lo fue notando igual: un silencio corto cada vez que el tema se acercaba.
Pasaron la tarde en el sofá, viendo lo que hubiera. Sarov se durmió a la mitad de un programa que, según él, le estaba gustando mucho.
Al día siguiente, Mariya lo despertó temprano.
—Vístete con algo que no sea mío —le dijo, ya de pie del otro lado del cuarto—. Hoy salimos.
—¿A dónde?
—A ver al resto.
Sarov se quedó sentado en el borde de la cama, con la sábana todavía sobre las piernas.
—¿Qué resto?
Mariya se detuvo con el pelo a medio atar.
—El pelotón. Tu pelotón.
La palabra ya la tenía. Se la habían dicho antes, y una vez la había visto, en el blanco, entre destellos que no le pertenecían. Lo que le faltaba era saber quiénes eran: conocía a dos.
—¿Y son buenos? —preguntó.
Mariya tardó en contestar.
—Te quieren mucho.
◆ ◆ ◆
Salieron después del mediodía, cuando el frío aflojaba un poco.
Mariya se los fue nombrando por el camino, uno atrás de otro.
—Nikolai es el mayor, el de gafas. Se pone pesado con las reglas, y es el que más te cuidó siempre, aunque nunca te lo va a decir. Dmitry es el más alto. A ese le cae bien todo el mundo, y tú también le vas a caer bien. No le hagas caso a la mitad de lo que dice. Anya ya la conoces. —Se quedó pensando cómo seguir—. Katja es la del parche. Duerme.
—¿Cómo?
—Sí, duerme. Si está callada es porque tiene sueño y ya. Liling es la más chiquita. Habla poco, y es con todos igual. Y Alek, el rubio... —Se encogió de hombros—. Alek es Alek.
—¿Y eso qué me dice?
—Ya vas a ver —dijo—. Es Aleksei, igual. Nadie le dice Aleksei.
Sarov repitió los nombres por lo bajo. Se le mezclaron antes de llegar a la esquina.
La plaza quedaba a unas cuadras. Era más grande que cualquiera de las que había cruzado esos días, con bancos de concreto repartidos alrededor de una fuente sin agua. A esa hora estaba llena. Dos mujeres mayores conversaban en el primer banco, y unos chicos jugaban a la pelota contra el borde de la fuente.
Los vio antes de que Mariya se los señalara, y los fue reconociendo por lo que recordaba de la nieve: el alto de los puños en llamas, la del parche, el mayor de gafas, la chica menuda de pelo negro y el rubio de semblante sereno. Ocupaban dos bancos enfrentados e iban vestidos casualmente.
Anya fue la primera en verlos y vino derecho hacia ellos. De todos los que estaban ahí, era la única que parecía haber elegido qué ponerse.
—Llegaron.
Mariya la pasó de largo y llevó a Sarov hasta el medio de los dos bancos.
—Él es Nikolai —los fue señalando—. Dmitry. Katja. Liling. Y Alek.
Nikolai inclinó apenas la cabeza.
—¡Jefe! —Dmitry se levantó del banco con los brazos abiertos—. Una semana desaparecido y vuelves más flaco. ¿Qué comías allá afuera?
—No tengo idea —dijo Sarov.
Dmitry se rió solo.
Nikolai seguía sentado.
—Siéntate.
Había un lugar libre en el banco de la izquierda, en la punta, con espacio de sobra a los dos lados. Sarov terminó sentándose en el otro banco, contra el borde.
—¿Cómo estás durmiendo? —dijo Nikolai.
—Ehh. Creo que bien.
—¿Comes bien?
—Yo creo que sí.
—¿Te duele algo?
—¿No?
—¿Te olvidaste de todo, en serio?
—Tengo entendido que sí.
—Niko. —Anya lo cortó sin levantar la voz—. No.
—Es información.
—Suena a interrogatorio.
Nikolai se acomodó las gafas y se calló. Pero no dejó de mirarlo.
Katja y Liling no habían abierto la boca. Liling se había hundido contra el respaldo, con un suéter largo blanco y negro que le tapaba las manos hasta los dedos, y parecía dormida con los ojos abiertos. Katja tenía el pelo negro recogido y una camiseta con calaveras estampadas.
—Lili —dijo Katja—. Hoy te pusiste algo distinto.
Liling se miró el suéter.
—¿Tú crees?
—Sí.
Liling lo pensó.
—Puede ser.
Aleksei era el que estaba más lejos, sentado en el borde de la fuente, y fue el último en acercarse. Se levantó sin apuro y le puso una mano en el hombro antes de decir nada.
—Qué bueno tenerte de vuelta.
Sarov levantó la vista: Aleksei tenía el pelo rubio medio largo y los ojos de un dorado que él no había visto en nadie más.
—Gracias —dijo Sarov—. ¿Entonces tú eres Alek?
—Ese mismo.
Aleksei sonrió y se sentó a su lado.
◆ ◆ ◆
La tarde se fue soltando.
Empezaron discutiendo dónde iban a comer y terminaron discutiendo por una puerta que alguien había cerrado hacía dos años, con una versión distinta por cabeza.
—Fuiste tú —le dijo Dmitry a Aleksei—. Tú la cerraste.
—Yo estaba afuera.
—Estabas adentro.
—Estaba afuera, Dmitry.
—Niko, ¿él estaba adentro?
—No me metas en esto.
—Estaba adentro —dijo Katja.
—¡Gracias!
Dmitry cambió de versión dos veces sin admitirlo. Mariya, del otro lado del banco, se reía con la cabeza echada hacia atrás.
Un hombre con una bolsa de pan encaró hacia el banco de la izquierda, derecho al lugar vacío de la punta. A mitad de camino alzó la cara y los contó. Después cambió el rumbo sin cambiar el paso y se fue a sentar al otro extremo de la plaza.
Ninguno de ellos giró la cabeza.
Sarov los miraba ir y venir sin entender la mitad.
—¿Y qué había del otro lado? —preguntó, en un hueco de la discusión.
Siguieron discutiendo.
—De la puerta —agregó.
—Un depósito —dijo Dmitry—. Nada.
—Ah.
La discusión volvió a arrancar dos frases después, en el mismo punto donde la habían dejado.
En algún momento alguien dijo algo y se rieron todos a la vez, fuerte. Él se rió también. Se le salió solo.
La risa de los demás se apagó antes que la suya.
No sabía de qué se estaba riendo. Ni quién había cerrado la puerta, ni cuál puerta era, ni qué había del otro lado, ni por qué eso seguía siendo gracioso dos años más tarde. Se estaba riendo porque los demás se reían.
La sonrisa se le fue yendo sola.
Ellos tenían dos años de esa puerta. Tenían el día, y quién estaba adentro y quién afuera, y una discusión que podían volver a sacar del cajón cuando quisieran. Él también había estado ahí. En esa historia había un lugar que le tocaba, y ninguno de los siete se lo iba a poder devolver por más que se lo contaran completo.
Terminó mirándose las manos.
—Oye.
Aleksei se lo dijo bajo, sin girar del todo la cabeza. Ninguno de los otros lo oyó.
—No le prestes atención a eso.
Sarov lo miró.
—¿A qué?
—A lo de quedarte atrás. —Aleksei seguía mirando al resto—. Todos estuvieron atrás alguna vez. Lo que pasa es que eso no da para contarlo dos años después.
—Cuando entiendas el chiste te vas a dar cuenta de que era malísimo —agregó—. Te lo aviso ahora, para que no te ilusiones.
Sarov se rió. Esta vez le salió por su cuenta.
Aleksei se recostó contra el respaldo y volvió a meterse en la discusión, del lado que iba perdiendo.
◆ ◆ ◆
Se quedaron hasta que la luz empezó a bajar y el frío volvió a apretar. Para entonces la plaza ya se estaba vaciando: los chicos se habían llevado la pelota, las dos mujeres del primer banco hacía rato que no estaban, y los que cruzaban ahora lo hacían rápido y con la vista adelante. Sarov ya había dejado de intentar seguirles el hilo a los demás. Se dedicó a mirarlos.
Volvieron caminando.
—Te fue bien —dijo Mariya, cuando ya faltaba poco.
—¿Sí?
—Sí, bueno. Creo que sí.
Sarov no supo qué hacer con eso.
En la plaza, los demás se habían ido yendo uno a uno. Anya y Liling primero. Aleksei levantó la mano sin voltearse.
Dmitry y Nikolai salieron juntos, con lo de la puerta todavía a medio terminar. A media cuadra Dmitry dejó de hablar.
—Oye. ¿No crees que es una situación muy jodida?
—¿Cuál?
—La de él. Parecía incómodo con nosotros.
Nikolai caminó un rato antes de contestar.
—Si estuvieras en su posición, ¿cómo reaccionarías?
Dmitry lo pensó.
—No sé —dijo al final—. Supongo que preguntaría qué había del otro lado de la puerta.
Siguieron caminando.
Katja fue la última en levantarse, y se quedó al lado del banco.
Había estado esperando algo toda la tarde. Era poco: que la mirara distinto que a los demás, un segundo más largo, cualquier cosa que fuera solo para ella. Lo venía masticando desde que Anya se lo contó, el día anterior.
Y él la había mirado igual que a todos, con la misma cara de estar aprendiendo un nombre nuevo.
Se quedó un rato con eso.
Él no sabía usar las espadas cortas. No podía saber. Y ella se las había enseñado, hacía años, en un patio de entrenamiento, corrigiéndole la muñeca cada dos golpes hasta que él se cansó y aprendió por pura terquedad.
Podía enseñárselo otra vez. Para eso él no tenía que acordarse de nada.
Empezó a caminar hacia su casa, pensando en cómo pedírselo sin que sonara a nada.
Esa noche, Sarov y Mariya se durmieron temprano, él con un brazo encima de ella como la noche anterior, y por eso ninguno de los dos oyó cuando la ciudad empezó a moverse: primero un motor, después otro, y al rato una voz amplificada en la calle que repetía algo que desde el piso veinte no se alcanzaba a entender.
La alarma sonó a las 4:20 de la mañana.
Mariya la apagó a tientas y se quedó acostada un momento antes de juntar la energía para sentarse.
—Sarov. —Le dio un empujón al bulto de sábanas—. Arriba. Tenemos trabajo.
Volvió a empujarlo, y esta vez lo tiró de la cama.
Sarov quedó colgando entre el colchón y el piso.
—¿Qué? ¿Qué pasó? —masculló, sin abrir bien los ojos.
Mariya se rió.
—Nada. Arriba, ya.
Mariya se bañó primero, rápido, sin darle tiempo al agua a calentarse del todo. Sarov fue después, medio dormido.
Cuando terminó, se quedó en medio del apartamento, envuelto en una toalla.
—Mariya —llamó—. ¿Qué debo ponerme?
—En el clóset, al fondo, atrás de la mía. La caja gris.
La caja estaba cerrada con dos broches. Adentro había capas de placas oscuras, algo que parecía ir en el pecho y otra cosa que no supo si iba antes o después. Ninguna placa tenía una marca ni una raya.
—Tampoco sé cómo se pone esto.
Mariya lo fue guiando pieza por pieza: la capa interior primero, después el armazón, que se cerraba solo con un clic. Le acomodó las hombreras y le bajó el cuello.
Antes de cerrarle el pecho, le abrió con dos dedos un compartimiento chico del lado izquierdo, del tamaño de una moneda grande. Estaba vacío. Sarov alcanzó a verlo antes de que ella lo cerrara.
Después fue a ponerse el suyo.
El de ella no salió de una caja: estaba colgado del respaldo de una silla, sin una hombrera y con el costado abierto en tres cortes largos. En el pecho tenía un agujero por donde entraba un puño.
Mariya se lo puso igual.
—¿Y eso? —Sarov señaló.
Ella bajó la vista al agujero y dejó la mano apoyada encima.
—No sé.
—¿No sabes?
—No sé. —Se apretó con la mano la hombrera que le quedaba—. Ninguno sabe. Todos tenemos los trajes así desde esa noche. Nikolai preguntó como cuatro veces la primera semana y nadie le contestó. Después dejamos de preguntar.
Lo dijo rápido y se puso frente al espejo a acomodarse el cuello.
—¿Cuál noche? —dijo Sarov.
Mariya se detuvo con las manos en el cuello del armazón. Lo miró por el espejo.
—Te cuento después.
Sarov siguió mirando el agujero.
Ella dejó el cuello y dio un paso atrás para revisarlo a él.
—Así. Bien. —Le recorrió el pecho con la vista otra vez—. ¿Y tu tela? La de líder.
Sarov abrió la boca antes de saber qué iba a decir. Lo que le llegó fue un pedazo de tela entre los escombros, cortado y empapado de sangre, con un 44 y dos letras medio tapadas: S. I.
No lo dijo. Tampoco sabía qué tenía que ver lo uno con lo otro.
—No la tengo.
Mariya no apartó los ojos del lugar vacío en el hombro del armazón nuevo. Después se puso a buscar la tela: revisó el clóset, el cajón de la mesa de noche y hasta debajo de la cama. Nada.
Suspiró.
—Verdad que no te acuerdas de nada. —Seguía agachada al lado de la cama, sin mirarlo—. Gamesha se va a enojar conmigo. Y contigo, ya que estamos.
Se levantó, se sacudió las rodillas y se miró de reojo en el espejo al pasar. Ahí se frenó.
—Oye. —Se señaló el pecho con dos dedos—. ¿No crees que esto es como muy revelador?
Sarov miró el agujero otra vez. Después la miró a ella.
—¿Revelador de qué?
—Olvídalo.
Volvió al clóset y sacó una tela plateada y fina, doblada en un cuadrado apretado. La desdobló de un tirón y se la pasó por la cabeza: una capucha larga que le caía hasta la mitad del muslo, liviana, con un brillo raro cuando le daba la luz de la lámpara.
Sarov conocía esa tela. La había llevado enrollada al hombro, allá afuera en la niebla, y nunca supo cómo se llamaba.
—¿Y eso qué es?
—Térmica. Para el polvo y la nieve. —Se acomodó la capucha sobre los hombros hasta que le tapó el pecho—. Hoy es para otra cosa. Ya está, así estoy mejor. Vamos.
Salieron corriendo hacia el ascensor. Adentro, esperando que las puertas se cerraran, Mariya se apoyó contra la pared con los ojos pesados.
—A veces desearía que el descanso durara para siempre —dijo—. Levantarse a esta hora, años. Cansa. ¿Cierto, Sa...?
Se cortó a mitad de palabra.
—¿Sí? —Sarov se enderezó—. ¿Qué ibas a decir?
Mariya sonrió, con los ojos en el piso del ascensor.
—Nada. Ya llegamos.
—Está bien.
Las puertas se abrieron.
Había camiones parados en doble fila con las cajas abiertas. Una hilera de hombres cargaba cajones largos desde un portón hasta los camiones, en cadena y callados. En la esquina esperaba de pie un grupo de uniformados, con los bolsos en el suelo al lado de las botas. Un oficial pasó entre ellos gritando dos apellidos y un número. Media cuadra más allá, otra fila cruzaba la avenida en dirección contraria.
Arriba pasaron aviones: tres, bajos, en formación cerrada.
Sarov se detuvo en la puerta del edificio, con la cara hacia arriba, y los siguió hasta que se perdieron entre los techos.
—¿Y esto? —Mariya recorrió la calle de una punta a la otra con la vista. Después miró el trozo de cielo por donde se habían ido—. ¿Y esto qué es?
No se lo estaba preguntando a él, pero Sarov contestó igual.
—¿No es siempre así?
Mariya lo miró. Le salió media sonrisa.
—No.
Arrancaron. Mariya le sacó ventaja los primeros metros, más rápida, más segura de cada zancada, esquivando gente en plena carrera.
—Eres rápida —le gritó Sarov desde atrás.
—Vamos, vamos. —No se volteó—. Tienes que dar la cara como líder.
A mitad de cuadra el cuerpo de Sarov se acordó solo de cómo se corría. Los pasos se le alargaron, livianos, y la alcanzó sin apurarse.
Mariya lo miró de reojo mientras corría. El traje de él iba limpio, devolviendo la luz de los faroles a cada zancada. Solo ahí se le ocurrió preguntarse por qué había hecho falta sacar uno nuevo. Y por qué no se lo había preguntado antes.
Siguió corriendo.
◆ ◆ ◆
El cuartel del ala de combate era un bloque bajo de concreto reforzado que ocupaba una manzana. En la entrada había un puesto de control con dos guardias. Uno de ellos levantó la mano al verlos llegar.
—Identifíquense.
Mariya dio un paso adelante.
—Líder de Pelotón 44, Sarov Iskrov. Su chip está muerto, requerimos un cambio. —Se señaló—. Mariya. Mismo pelotón.
El guardia pasó un lector por el pecho de Sarov y esperó. Como el aparato no sonó, lo pasó de nuevo, más despacio, de arriba abajo.
—No lee nada.
—Ya sé. Por eso pedí el cambio.
El guardia bajó el lector. Los miró, primero a él y después a ella, y se detuvo en la capucha plateada.
—¿Y eso? —Señaló con el mentón—. ¿Vas al oeste ahora mismo, o qué?
Mariya apretó los labios. Se abrió la capucha con una mano, lo justo para que el guardia viera el hombro sin hombrera y el borde del agujero, y la cerró enseguida.
El guardia no movió los ojos de ese punto, con la capucha ya cerrada.
—¿Qué les pasó a los trajes?
—Trabajo.
El guardia esperó a que dijera algo más. Al final volvió a la pantalla del puesto.
—Aquí está el reporte. Tienen razón, se pidió hace días. —Anotó dos líneas—. Para las siete y media lo tiene listo. Que venga él a buscarlo.
—Va a venir.
Sarov asintió. Nadie le había hablado a él en toda la conversación.
Adentro, Sarov se tocó el compartimiento vacío del pecho.
—¿Qué va aquí?
—El chip. —Mariya hizo un cuadrado en el aire con el pulgar y el índice, más chico de lo que él esperaba—. Una tarjeta, así. Tiene un emblema de un lado y tus iniciales en el borde. Va ahí adentro y cierras el armazón encima.
—¿Me muestras el tuyo?
—Tendría que sacarme medio traje en el pasillo. —Siguió caminando—. Después.
—¿Y para qué sirve?
—Para que sepan quién eres, dónde estás y si sigues vivo. Sobre todo lo último.
—¿Y el mío?
—El tuyo quedó destrozado. Con el traje viejo.
—Mmmm. —Sarov asintió despacio—. Tiene sentido. Por eso lo pediste, ¿cierto?
Mariya se volteó a mirarlo. Tardó en encontrar qué cara ponerle.
—Cállate.
Lo dijo sonriendo.

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SoulShard (Novela)
Capítulo 16
SoulShard (Novela) Capítulo 15
Estás leyendo el capítulo 15 de SoulShard (Novela), un novela. Perdió la memoria por mi culpa. Despertó entre las ruinas de un mundo que ya no es de los humanos, y yo sigo aquí adentro, compartiendo con él un cuerpo y un alma que no pidió. Detrás de las murallas lo espera un… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026. SoulShard (Novela) tiene 24 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.