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Leer Soma, Psyche & Pneuma (Novela) Capítulo 4 online gratis en español

—…Soy… equilibrio… soy… crueldad… —Matarás, aniquilarás y exterminarás todo aquel que se te sea enviado. Así es mi palabra. Ella dudó, dudó de verdad. Pero también anhelaba un propósito. Lo anhelaba más que cualquier cosa. Saber que valía algo. —…Está bien, si es lo que mi padre quiere… —dijo por impulso puro, abrumada por las emociones— entonces… entonces… ¡haré mi mayor esfuerzo! —dijo con orgullo. Aunque no entendía del todo, decidió obedecer. Había pureza —de la más fina del omniverso— en su corazón de deidad, una pureza tan cristalina y tan frágil que parecía hecha de la misma luz que precede al primer latido del cosmos. Aunque no todo fue alegría… Aunque no todo fue la luz cegadora que prometía el Padre… En uno de esos momentos, donde la tal esfera luminosa verdosa viajaba por un mundo de belleza fantástica —de colores en tonos neón y cielos de rareza monumental que parecían tallados por la mano misma de un dios ebrio de creación—, al observar más allá de la superficie, hacia arriba, con una percepción que trascendía dimensiones y que desgarraba los velos del ser, vio una esfera de color fuego, radiante e intensa, una llama viva que ardía sin consumirse; en su centro llevaba la letra Θ griega. Tal nombre no podía ser mencionado, y poco importaba, de hecho, porque nombrarlo habría sido profanar el silencio que precede a la traición. Al intentar acercarse, notaba que dicha esfera se le alejaba cada vez más, como si huyera de su propia sombra. Hablaban telepáticamente, y sus voces eran ecos que rebotaban en los abismos entre las estrellas. —¡Hermano, déjame alcanzarte! —¡Ahhh, aléjate! —¡Pero, pero, hermano mayor! —¡Aléjate, fuera de mi vista! —¡Ah, no hice nada malo! ¿Por qué… te vas? —Había tristeza en su voz, una tristeza tan pura y tan antigua que parecía haber nacido antes que el propio tiempo. Mientras la esfera de fuego iba más y más arriba, menos se veía y desapareció sin dejar rastro, tragada por la inmensidad como si nunca hubiera existido, como si el cosmos mismo la hubiera borrado para que el silencio fuera más profundo. La actitud de esta esfera de fuego se podía describir, en la medida de lo necesario, como alguien con una determinación inquebrantable, una voluntad de hierro forjado en el núcleo de una estrella moribunda, ciego al plan maestro, incapaz de aceptar cualquier otra posibilidad, incapaz de arrepentirse de sus acciones, jamás, ni aunque el universo entero se desmoronara a sus pies. —…Hermano… No fue el último, cabe mencionar, que la trató de esa forma. Otro de sus hermanos —una esfera de color blanco cristalino que llevaba la letra Π en su centro, o aquella otra esfera de color verde esmeralda con la letra E— le trataban de idéntica manera, con el mismo desprecio helado, con la misma distancia que corta más que cualquier espada. Aparentemente se desconocía la razón, pero tanta curiosidad, así como también temor, Nymssarä anhelaba una respuesta con un hambre que le devoraba el alma inexistente, y, por consiguiente, intentó ascender aún más, solo para hablar telepáticamente con otra esfera, solo para suplicar una mirada que nunca llegaría. Era una esfera rosa áurico, en su centro llevaba la letra A. —Hermana, ¡hermana, quiero saber! ¿Por qué me temen? Necesito saberlo, ¡necesito saber qué hago mal, y así poder solucionarlo! —Oh, mi pequeña Nymssarä, eres tan inocente y tan infantil, ¿no es cierto? —H-Hermana… —Te lo diré. Ciertamente debes saberlo —su voz, a diferencia de las de los demás, era más suave, tierna, serena y protectora, como un bálsamo vertido sobre una herida que nunca cicatriza—. No es que no les agrades, eso sería imposible, querida. Simplemente te temen. —¿Eh? ¿Yo? ¿Cómo es eso posible? Si bien es cierto que he destruido mundos enteros… ¡no pienso traicionarlos ni nada semejante! ¡Prefiero desaparecer de la existencia antes que hacer algo así! —Bueno, eres bastante poderosa y, además, no tienes ni necesitas de una contraparte para funcionar. Tú controlas una parte del cosmos sin pedir permiso a nadie. No eres como nosotros… eres más rara, como una anomalía viviente. A nosotros nos hace falta nuestra contraparte para que la realidad funcione; a ti, empero, no. —¿Soy realmente tan rara? Estoy segura de que la última de ustedes era aún más rara… —Oh, te refieres a la última de nuestras hermanas. Sí, era… curiosa. Pero ya no está aquí. Deberías tomar más en cuenta tus propios pensamientos, ya que no dependes de otros. —Entonces… si me temen, es por mi poder, ¿no? ¿Realmente soy tan temible? —Bastante, diría yo. … Y tan pronto como obtuvo sus respuestas, los recuerdos se dispersaron como hojas secas en un vendaval de invierno, llevándose consigo toda la luz que alguna vez iluminó su alma inexistente. —Ah… —¡Vaya, realmente es un origen curioso! —Supongo. En el mar de tinta pegajosa, la deidad de pelo verde pastel y de textura suave sostenía entre sus manos una luz azul brillante, una pequeña llama fría que parecía temblar como si recordara todos los silencios que ella misma había impuesto. —Recuerdo que mi primera misión fue causar caos y destrucción en un universo gobernado por falsos ángeles. —¿Falsos ángeles? —Sí. —¿Qué significa? ¿Qué apariencia tenían? —Eran humanoides de piel grisácea, frágiles como el cristal que se quiebra bajo el peso de la voluntad divina. Tenía que matarlos y exterminarlos. —Increíble. Hubo un silencio cómodo durante unos segundos, un silencio que pesaba más que cualquier estrella muerta. Y luego ella prosiguió, tranquila y menos confusa, como quien desentierra un recuerdo que aún le quema en el pecho: —No se me daba placer alguno. No hacía todo aquello porque me produjera alegría. Si tuviera un rostro, os aseguro que no habría sonrisa alguna en él. Pero… —¿Pero? —Pero también conforme lo hacía, ya sabes, causar tantas muertes así por todo el universo… sentía algo extraño, casi raro, podría decirse. —Oh, ¿qué podría ser? Si no es perversidad lo que hay en tu corazón, entonces, ¿puede ser felicidad? —Algo así. En aquel entonces, ella nunca lo consideró. Rara vez, aunque intuitiva, solía pensar con claridad sobre sus sentimientos en aquellos momentos; cuando hacía su trabajo con una naturalidad evidente, no obstante, tal sensación desconocida siempre le preocupó, pensando que era algún mal desconocido. Con el tiempo, sin embargo, descubrió lo que era, en realidad. —Era una conforme sensación… de que me sentía importante. Sentía que encajaba, que era mi propósito. Sentía que enorgullecía a Padre. Que todo valía la pena. —¿No pensaste en las almas que has arrebatado? —No, nunca. ¿Por qué debería sentir compasión por ellos? Son almas, sí, pero, ¿desafiarán a Elyon? No lo creo. —Ciertamente. —Aunque… Aunque, de cierta manera, también sintió otra cosa a medida que pasaba el tiempo. —Aunque, de vez en cuando, me sentía sola. No hay nada de malo, nada en absoluto, en mencionar las dinámicas infernales con sus hermanos —cuál, según ella recuerda en el abismo de su memoria—, era la única excluida, la única proscrita, la única que vagaba como una sombra entre las esferas luminosas. Estos eones, aunque pudieran sentir, pensar y amar con una profundidad que desgarraba las estrellas, pues así lo quiso Elyon en su sabiduría insondable, por razones tan ambiguas y tan desconocidas que parecían talladas en la misma oscuridad primordial, lastimaban a Nymssarä con una crueldad lenta, metódica, casi litúrgica. Estos incluían alejamientos constantes que la dejaban flotando en el vacío como un astro huérfano, aislándola de las augustas reuniones de hermanos donde se estructuraba mejor la realidad con acordes de luz y silencio, o el mero hecho, el hecho más atroz y más sencillo, de simplemente ignorarla hasta la eternidad, hasta que el tiempo mismo se pudriera de tanto desprecio. Con el tiempo, Nymssarä llegó a memorizar esta frase suya, a repetirla como un rezo febril, como un mantra que le quemaba la garganta inexistente: «Todo es por una buena causa, todo es por una buena causa, todo es un plan de Elyon, todo es un plan de Elyon», con tanta intensidad, con una ferocidad tan devota y tan desesperada, que llegó a un punto de inexorable certidumbre en que se lo creyó con toda el alma que aún no tenía, y, eventualmente, vivió con eso como se vive con un cuchillo clavado que ya forma parte del propio esqueleto. Todo daño causado era por algo. Todo sufrimiento infligido tenía un nombre sagrado. Todo llanto que ella provocaba era, en el fondo, una nota más en la sinfonía que solo Elyon podía escuchar. Toda la soledad, así como el dolor que la devoraba desde su núcleo más profundo, tenían, quizás, como propósito intrínseco, ayudar al cosmos entero y, a su vez, al eterno plan del Creador que todo lo abarcaba. Por tanto, no hay que dudar, no hay que cuestionar, no hay que rebelarse contra la voluntad que lo sostiene todo. —Es todo lo que recuerdo.
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Soma, Psyche & Pneuma (Novela) Capítulo 4

Estás leyendo el capítulo 4 de Soma, Psyche & Pneuma (Novela), un novela. 【 _«Todo es por una buena causa, todo es un plan de Elyon»._ Durante milenios, el eón Nymssarä cumplió con fidelidad absoluta su mandato divino: ser la crueldad indispensable para sostener el equilibrio del cosmos. Sin… Este capítulo tiene publicado el 15 de junio de 2026. Soma, Psyche & Pneuma (Novela) tiene 7 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.