Leer REKURO: LAST PROMISE — ZERO DAY (Novela) Capítulo 2 online gratis en español
Diecisiete años atrás.
Kurohama.
Akira permaneció con la mano extendida.
Haru la observó durante unos segundos.
El cabello rubio.
Los ojos azules.
La misma expresión que había quedado grabada en su memoria durante diez años.
Era exactamente como lo recordaba.
Pero esta vez era diferente.
Esta vez, Haru estaba vivo.
Akira cerró lentamente los dedos alrededor de su pequeña mano.
Estaba caliente.
Real.
Por un instante, no pudo decir nada.
Había pasado diez años recordando aquel momento. Diez años imaginando qué habría ocurrido si hubiera respondido de otra manera. Diez años preguntándose si alguna vez habría podido cambiarlo.
Y ahora estaba allí.
Frente a él.
—Akira...
La voz de Haru lo sacó de sus pensamientos.
Akira levantó la mirada.
—¿Qué?
Haru sonrió, aunque todavía parecía inseguro.
—Pensé que no ibas a volver.
Akira sintió un nudo en el pecho.
En su vida anterior había escuchado aquellas palabras demasiado tarde. Había recordado la promesa que le hizo a ese chico cuando ya no podía regresar a aquel momento para cumplirla.
Ahora tenía otra oportunidad.
—Te dije que volvería.
Haru bajó la mirada hacia sus manos.
—Pero tardaste mucho.
Akira sonrió débilmente.
—Lo sé.
No podía explicarle que había tardado diez años.
No podía decirle que había vivido una vida entera, que había tenido una familia y que había perdido a su hija.
Tampoco podía contarle que había visto morir todo aquello que amaba antes de despertar en aquel lugar.
Para Haru, Akira simplemente había regresado después de una ausencia inexplicable.
Para Akira, en cambio, aquel encuentro significaba enfrentarse a una parte de su pasado que había creído perdida para siempre.
Haru soltó su mano y dio un paso atrás.
—Bueno, ¿vas a quedarte ahí parado todo el día?
Akira parpadeó.
—¿Qué?
—Que si vas a quedarte mirando como un idiota o si vamos a entrar.
Haru señaló el edificio a sus espaldas.
Akira dirigió la mirada hacia el orfanato.
La puerta estaba abierta. Las ventanas seguían teniendo las mismas marcas y una de las paredes conservaba una grieta cerca de la entrada.
Todo parecía igual.
Sin embargo, el edificio le resultaba más pequeño de lo que recordaba.
Quizá porque había pasado demasiado tiempo desde la última vez que lo vio.
O quizá porque él ya no era el mismo chico que había vivido allí.
Akira bajó lentamente la mirada.
Recordaba aquel lugar.
Recordaba las habitaciones, los pasillos y las noches en las que había deseado marcharse sin mirar atrás.
También recordaba las promesas que había hecho cuando todavía creía que podía controlar su propio futuro.
Una puerta se cerró en el interior del edificio.
El sonido lo hizo reaccionar.
Akira apartó la mirada de la entrada.
No podía quedarse allí para siempre.
Había regresado por una razón.
Salvar a Akari.
Descubrir quién había destruido su futuro.
Y evitar que todo terminara de la misma manera.
Pero antes necesitaba comprender qué había ocurrido.
¿Por qué había regresado precisamente a ese momento?
¿Por qué había despertado frente al orfanato?
¿Y por qué Haru estaba allí, esperándolo?
No tenía respuestas.
Todavía no.
—Vamos —dijo Haru.
Akira asintió.
—Sí.
Comenzaron a caminar.
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Las calles de Kurohama empezaban a despertar.
Los primeros comercios levantaban sus persianas. Una motocicleta pasó por la avenida, dejando atrás el sonido grave de su motor. A unos metros, dos estudiantes discutían mientras caminaban hacia una parada de autobús.
El aire de la mañana era fresco.
La ciudad parecía tranquila.
Demasiado tranquila para alguien que recordaba las noches en las que aquellas mismas calles se habían convertido en escenarios de peleas, persecuciones y enfrentamientos entre pandillas.
Akira observó los edificios mientras avanzaba.
Algunos seguían exactamente como los recordaba. Otros todavía no tenían los carteles ni las modificaciones que aparecerían años después.
Conocía aquella ciudad.
Había crecido en ella.
Había construido su nombre en aquellas calles y, con el tiempo, había conseguido que cientos de personas siguieran sus órdenes.
Sin embargo, ahora caminaba por la misma acera que cualquier otro adolescente.
Nadie lo reconocía.
Nadie sabía quién llegaría a ser.
Y nadie podía imaginar lo que había vivido.
Akira bajó la mirada hacia sus manos.
Eran las manos de un chico de diecisiete años.
Pero los recuerdos que cargaba pertenecían a un hombre de treinta.
Esa diferencia le provocaba una sensación difícil de describir.
Su mente recordaba el peso de las responsabilidades, las decisiones que había tomado y las consecuencias que nunca había conseguido evitar.
Su cuerpo, en cambio, había regresado a una época en la que todavía no tenía nada de eso.
—Oye, Akira.
Haru caminaba a su lado con las manos detrás de la cabeza.
—¿Qué?
—¿Dónde estuviste todo este tiempo?
La pregunta lo tomó desprevenido.
Akira tardó unos segundos en responder.
—Lejos.
Haru lo miró de reojo.
—Eso ya lo sé.
—Entonces, ¿para qué preguntas?
—Porque desapareciste sin decirme nada, idiota.
Akira no respondió.
Haru bajó los brazos.
—Pensé que te había pasado algo.
Por primera vez desde que habían salido del orfanato, su voz perdió aquel tono despreocupado.
—Pregunté por ti. Nadie sabía dónde estabas. Pasaron los días y empecé a pensar que no ibas a regresar.
Akira sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.
Haru no sabía nada de su otra vida.
No sabía que Akira había pasado años cargando con pérdidas que nunca había podido reparar.
Tampoco sabía que, para él, aquella conversación era mucho más que una explicación pendiente.
—Lo siento —dijo Akira.
Haru se detuvo.
Lo miró con una expresión extraña.
—¿Acabas de disculparte?
Akira frunció el ceño.
—¿Qué tiene de raro?
—No sé. Pensé que ibas a decirme que dejara de molestar.
Akira soltó una pequeña risa.
Fue breve, casi involuntaria.
Pero durante un instante se sintió como antes.
Como si pudiera olvidar todo lo que había sucedido.
Haru sonrió al verlo.
—Ahí estás. Por un momento pensé que te habían cambiado por otro.
La sonrisa de Akira desapareció lentamente.
Quizá sí.
Quizá el chico que Haru recordaba había quedado atrás hacía mucho tiempo.
—Vamos —dijo Akira—. No quiero pasarme toda la mañana hablando en la calle.
—Tú eres el que está raro desde que volvió.
Haru reanudó la marcha.
Akira lo siguió.
Por primera vez desde su regreso, sintió que podía respirar sin que el peso de sus recuerdos lo aplastara por completo.
Pero aquella tranquilidad no duró demasiado.
Porque, por más que intentara disfrutar de aquel momento, había una imagen que siempre terminaba regresando a su mente.
Akari.
Su rostro.
Su voz.
La forma en que lo llamaba cuando quería pedirle algo.
Y la última vez que la había tenido entre sus brazos.
Akira apretó los puños.
No podía permitirse olvidar.
No esta vez.
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Después de caminar durante un rato, ambos entraron en una pequeña tienda.
El establecimiento era sencillo. Había algunas mesas junto a las ventanas, una máquina expendedora cerca de la entrada y un mostrador detrás del cual una mujer acomodaba varias cajas.
Haru se acercó a una de las mesas.
—Siéntate. Voy a comprar algo.
Akira obedeció sin decir nada.
Poco después, Haru regresó con dos bebidas y dejó una frente a él.
—Toma.
Akira miró el envase.
Era una bebida que no recordaba haber vuelto a probar desde aquella época.
Lo sostuvo entre las manos.
Por alguna razón, aquel detalle insignificante le produjo una extraña sensación de nostalgia.
Había olvidado muchas cosas.
No porque carecieran de importancia, sino porque, con los años, los recuerdos dolorosos habían terminado ocupando casi todo el espacio de su memoria.
Haru se sentó frente a él y abrió su bebida.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Llevas diciendo eso desde que te encontré.
Akira no contestó.
Haru bebió un sorbo antes de inclinarse hacia delante.
—En serio. ¿Te ocurrió algo mientras estabas fuera?
Akira levantó la mirada.
Quería contarle la verdad.
Quería explicarle que había vivido una vida que todavía no existía para él, que había perdido a personas que Haru ni siquiera conocía y que, de alguna manera, había regresado a una época que creía imposible recuperar.
Pero ¿cómo podía explicarle algo así?
¿Quién le creería?
Ni siquiera él comprendía lo que había sucedido.
—No lo sé —respondió finalmente.
Haru frunció el ceño.
—¿Cómo que no lo sabes?
Akira apartó la mirada.
—Es complicado.
Haru lo observó durante unos segundos, esperando que continuara.
Al ver que no lo hacía, soltó un suspiro.
—Bueno. Cuando quieras hablar, me lo cuentas.
Akira levantó lentamente la cabeza.
No hubo reproches.
No hubo preguntas insistentes.
Haru simplemente volvió a beber, como si quisiera darle tiempo para ordenar sus pensamientos.
Ese gesto sencillo hizo que Akira sintiera una punzada en el pecho.
Había pasado demasiado tiempo acostumbrándose a ocultar sus problemas detrás de órdenes, silencios y decisiones que nadie podía discutir.
Pero Haru no le estaba exigiendo explicaciones.
Solo estaba allí.
Vivo.
Frente a él.
Akira bajó la mirada hacia sus manos.
Y entonces lo recordó.
Su cuerpo.
Los tatuajes.
Las cicatrices.
Durante su vida anterior, cada una de aquellas marcas había representado una parte de su historia. Algunas provenían de peleas; otras, de momentos que prefería no recordar.
Pero ahora...
Akira se quedó inmóvil.
Miró hacia el pasillo que conducía al baño.
—Voy un momento.
Haru levantó la vista.
—¿Adónde?
—Al baño.
—Ah. Está bien.
Akira se levantó y caminó por el pasillo.
Al llegar al baño, cerró la puerta y se quedó frente al espejo.
Durante varios segundos no hizo nada.
Simplemente observó su reflejo.
El cabello negro.
Los ojos verdes.
El rostro más joven.
Era él.
Pero también era alguien a quien apenas reconocía.
Akira se levantó lentamente la remera.
Su respiración se detuvo.
No había tatuajes.
No había cicatrices.
Su abdomen estaba limpio, sin las marcas que habían acompañado su vida durante años.
Bajó la tela con cuidado.
Después examinó sus brazos.
Nada.
Se miró las manos.
Tampoco encontró las señales que recordaba.
—No...
La palabra escapó de sus labios.
Dio un paso hacia el espejo.
Se observó con mayor atención, buscando algún detalle que demostrara que estaba equivocado.
Pero no había nada.
Aquel cuerpo era exactamente el que había tenido a los diecisiete años.
Akira apoyó las manos sobre el lavabo.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—Entonces... realmente volví.
Se quedó mirando su reflejo.
Durante diez años había aprendido a convivir con sus recuerdos. Había aceptado que ciertas cosas no podían recuperarse, que algunas pérdidas eran definitivas y que no existía una forma de regresar para corregir sus errores.
Y ahora estaba allí.
En un baño pequeño.
Con el cuerpo de un adolescente.
Y la memoria de un hombre que había perdido a su hija.
Akira cerró los ojos.
La imagen de Akari apareció en su mente.
Su sonrisa.
Su voz.
La última vez que lo había llamado papá.
Akira apretó los dientes.
—No esta vez...
Abrió los ojos.
Se pellizcó el brazo.
—¡Auch!
Frunció el ceño y se frotó la piel.
—Eso dolió.
Miró el espejo nuevamente.
Seguía allí.
Se golpeó suavemente la mejilla.
—Despierta.
Nada cambió.
Akira dejó caer los brazos.
—No estoy soñando...
Su voz comenzó a quebrarse.
—Haru está vivo.
Tragó saliva.
—Está aquí.
Se llevó una mano al rostro.
No quería llorar.
No allí.
No cuando todavía no entendía qué estaba sucediendo.
Pero por primera vez desde que había regresado, se permitió reconocer algo que había intentado evitar.
Tenía miedo.
No de morir.
No de enfrentarse a sus enemigos.
Tenía miedo de volver a perderlo todo.
Porque si realmente había recibido una segunda oportunidad, también existía la posibilidad de fracasar otra vez.
Y Akira no estaba seguro de poder soportarlo.
Respiró profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Hasta conseguir que sus manos dejaran de temblar.
Después levantó la cabeza.
Sus ojos verdes volvieron a encontrarse con los del reflejo.
—Voy a salvarte, Akari.
Esta vez, las palabras no fueron un deseo desesperado.
Fueron una promesa.
Akira se acomodó la ropa y salió del baño.
\---
—Oye, idiota.
Akira se sobresaltó.
Haru estaba parado detrás de él, con los brazos cruzados y una expresión entre confundida y nerviosa.
—¿Qué mierda estabas haciendo?
Akira bajó inmediatamente la remera.
—Nada.
Haru entrecerró los ojos.
—¿Nada?
—Sí.
—Te estabas mirando la panza como un tipo raro.
—No estaba haciendo eso.
—Sí, estabas haciendo exactamente eso.
Akira apartó la mirada.
Haru soltó una risa.
—¿Qué bicho te picó? En serio, estás actuando extraño.
Akira regresó a la mesa y tomó asiento frente a él.
Necesitaba respuestas.
Y Haru podía ser la única persona capaz de ayudarlo a comprender aquella parte de su pasado.
—Haru.
—¿Qué?
—Antes dijiste que desaparecí durante un tiempo.
Haru dejó la bebida sobre la mesa.
—Sí.
—¿Qué quieres decir exactamente?
Haru lo miró con extrañeza.
—¿No lo recuerdas?
Akira sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Quiero que me lo cuentes.
Haru permaneció pensativo unos segundos.
—Te fuiste. Un día estabas aquí y después desapareciste.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé exactamente.
—¿Y nadie sabía dónde estaba?
Haru negó con la cabeza.
—No. Por eso pensé que no ibas a volver.
Akira bajó la mirada.
Aquello era diferente de lo que había imaginado.
Había regresado al pasado, pero ni siquiera comprendía por completo lo que había ocurrido antes de su llegada.
No sabía qué recordaba su versión más joven.
No sabía qué había hecho durante los días anteriores.
Y tampoco podía estar seguro de que sus propios recuerdos fueran suficientes para reconstruirlo todo.
—¿Qué más recuerdas? —preguntó.
Haru apoyó los brazos sobre la mesa.
—Que me hiciste una promesa.
Akira levantó la mirada.
—¿Qué promesa?
Haru soltó una pequeña risa, aunque parecía dolido.
—Vamos, Akira. No me digas que también te olvidaste de eso.
Akira no respondió.
Haru bajó la vista hacia sus manos.
—Me dijiste que volverías por mí. Que no importaba cuánto tardaras.
Akira sintió una presión en el pecho.
Aquellas palabras le resultaban familiares.
Pero había algo que no terminaba de encajar.
—¿Y qué tenía que hacer para volver por ti?
Haru frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Dijiste que volvería. ¿Cuándo?
Haru permaneció en silencio unos segundos.
Después levantó la mirada.
—Cuando formes Kurotora Ryo.
Akira se quedó inmóvil.
El nombre resonó en su cabeza.
Kurotora Ryo.
No era una palabra cualquiera.
Había algo detrás de ella. Algo que parecía formar parte de una historia que todavía no podía recordar por completo.
Haru continuó hablando, sin notar el cambio en su expresión.
—Me dijiste que, cuando tuvieras tu propia organización, vendrías a buscarme.
Akira apretó lentamente los dedos contra la mesa.
—¿Eso fue exactamente lo que te dije?
Haru asintió.
—Sí. Dijiste que ibas a crear algo grande. Que algún día tendrías gente a tu lado y que volverías por mí.
Akira bajó la mirada.
No podía recordar aquella conversación con claridad.
Sabía que Kurotora Ryo llegaría a ocupar un lugar importante en su vida, pero no comprendía por qué la promesa parecía pertenecer a un pasado que se le escapaba.
—¿Por qué me prometiste algo así? —preguntó.
Haru se encogió de hombros.
—No lo sé. Supongo que no querías dejarme aquí para siempre.
Akira levantó la cabeza.
Haru intentó sonreír.
—Dijiste que algún día podría ir contigo.
Durante un instante, Akira no encontró palabras.
Había regresado pensando que conocía su propia historia. Creía que bastaría con recordar los acontecimientos de su vida anterior para cambiar los resultados.
Pero aquella conversación le demostraba que había partes de su pasado que no comprendía.
No sabía si las había olvidado con el tiempo.
No sabía si su versión más joven había vivido experiencias que él ya no podía recuperar.
Y tampoco sabía si aquel viaje temporal había alterado algo más que su edad.
—Akira —dijo Haru.
Él levantó la mirada.
—¿Qué?
—No tienes que cumplirla ahora mismo.
Akira se quedó callado.
Haru desvió la mirada hacia la ventana.
—Solo quería saber si seguías pensando en ello.
Akira lo observó durante unos segundos.
Aquel chico había esperado su regreso sin saber que, en otra vida, Akira había cargado con demasiadas pérdidas como para recordar aquella promesa sin dolor.
Sin embargo, Haru seguía allí.
Esperándolo.
Akira respiró lentamente.
—Esta vez voy a cumplirla.
Haru volvió a mirarlo.
—¿En serio?
—Sí.
—Entonces espero que no vuelvas a desaparecer.
Akira sintió que aquellas palabras lo atravesaban.
No podía prometerle que todo saldría bien.
No podía asegurarle que el futuro sería distinto.
Pero sí podía tomar una decisión.
—No voy a abandonarte otra vez.
Haru lo observó durante unos segundos.
Después sonrió.
—Eso espero, idiota.
Akira también sonrió, aunque aquella expresión apenas duró un instante.
Porque, en el fondo, sabía que todavía tenía mucho que descubrir.
Y que cumplir aquella promesa podía ser mucho más complicado de lo que imaginaba.
\---
Salieron de la tienda cuando la mañana ya había avanzado.
Kurohama comenzaba a llenarse de gente. Las motocicletas circulaban por las avenidas, los estudiantes se reunían frente a los comercios y varias conversaciones se mezclaban con el ruido de la ciudad.
Haru caminaba unos pasos por delante de Akira.
Hablaba sobre cosas cotidianas, mencionando lugares a los que quería ir y personas que conocía.
Akira intentaba escucharlo.
Pero su mente seguía atrapada en una sola idea.
Kurotora Ryo.
¿Qué significaba aquella organización para el chico que había sido?
¿Por qué había prometido regresar por Haru?
¿Y por qué no recordaba con claridad una promesa que parecía haber marcado sus vidas?
Akira no tenía respuestas.
Lo único que sabía era que necesitaba investigar.
No podía correr a buscar a todas las personas que recordaba ni intentar reconstruir su antigua organización sin comprender primero en qué punto de su pasado se encontraba.
Había vivido treinta años.
Había cometido errores.
Había perdido a personas que amaba.
Pero ahora tenía diecisiete otra vez.
Y el futuro todavía no había ocurrido.
Eso significaba que podía cambiarlo.
Aunque no necesariamente de la manera que esperaba.
Akira levantó la mirada.
Haru seguía caminando delante de él.
Por primera vez, comprendió que regresar al pasado no significaba recuperar su antigua vida.
Significaba comenzar una nueva.
Y tendría que aprender a vivirla sin depender completamente de los recuerdos de la anterior.
—¡Akira!
Haru se había detenido unos metros más adelante.
—¿Vienes o piensas quedarte ahí?
Akira parpadeó.
—Ya voy.
Reanudó la marcha.
Pero entonces ocurrió algo.
Al otro lado de la calle, entre las personas que caminaban por la acera, vio a una chica.
Akira se detuvo.
Al principio solo distinguió su silueta.
Después, cuando ella giró ligeramente la cabeza, pudo ver su rostro.
Su respiración se interrumpió.
No podía ser.
La conocía.
Había compartido con ella una vida entera.
Había escuchado su voz durante incontables mañanas. Había discutido con ella, había reído a su lado y había construido una familia que creyó que duraría para siempre.
Y ahora estaba allí.
Viva.
Joven.
Sin saber quién era él.
Akira sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.
La chica continuó caminando entre la gente, ajena a su presencia.
Él dio un paso hacia la calle.
—No...
La palabra salió de sus labios sin que pudiera evitarlo.
Haru se volvió.
—¿Akira?
Akira apenas lo escuchó.
No había ninguna duda.
Reconocía aquel rostro.
Aquella mirada.
Era ella.
—Miyako...
Pronunció su nombre en voz baja.
La chica se detuvo brevemente para dejar pasar a un grupo de estudiantes. Después continuó caminando, perdiéndose poco a poco entre la multitud.
Akira no se movió.
Una parte de él quería correr hacia ella.
Decirle que la había encontrado.
Abrazarla.
Contarle que había pasado años recordando su rostro y que, después de perderlo todo, acababa de recibir una oportunidad imposible.
Pero otra parte de él comprendía lo absurdo de aquella idea.
Para Miyako, él no era su esposo.
Ni siquiera era alguien a quien conociera.
Era un desconocido.
Un chico de diecisiete años al que nunca había visto.
Akira bajó lentamente la mirada.
No podía acercarse a ella esperando recuperar de inmediato la vida que habían compartido.
Aquella Miyako todavía tenía su propio camino por delante.
Y él no tenía derecho a decidir cómo debía recorrerlo.
—¿La conoces? —preguntó Haru.
Akira tardó unos segundos en responder.
—No.
La palabra le supo amarga.
Haru frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué la mirabas así?
Akira observó el lugar por donde la chica había desaparecido.
—Porque...
Se detuvo.
No podía explicarlo.
No todavía.
—Me recordó a alguien.
Haru lo miró, confundido, pero no insistió.
Akira permaneció inmóvil unos segundos más.
Había regresado diecisiete años al pasado.
Había encontrado a Haru.
Había descubierto que sus recuerdos no eran suficientes para comprender todo lo que había vivido.
Y ahora acababa de encontrarse con la mujer que algún día se convertiría en su esposa.
Pero Miyako todavía no lo conocía.
No existían las promesas que compartirían, ni las discusiones, ni los momentos felices, ni la hija que tendrían juntos.
Nada de eso había ocurrido.
Todavía.
Akira cerró lentamente los puños.
Si quería salvar a Akari, tendría que cambiar el futuro.
Pero si quería que Miyako siguiera siendo la persona que había conocido, también tendría que permitirle tomar sus propias decisiones.
No podía obligarla a acercarse a él.
No podía exigirle que lo amara.
Y no podía tratarla como si ya le perteneciera.
Tendría que conocerla de nuevo.
Tendría que ganarse su confianza.
Y, por primera vez en mucho tiempo, tendría que aprender a esperar.
Akira levantó la mirada hacia la multitud.
Miyako ya no estaba allí.
Pero ahora sabía que podía volver a encontrarla.
Esta vez no iba a buscarla para recuperar a la mujer que había perdido.
Iba a conocer a la persona que todavía no había llegado a ser.
Akira respiró profundamente.
Su futuro había cambiado.
O quizá todavía estaba esperando a que él comenzara a cambiarlo.
No lo sabía.
Pero había algo que tenía claro.
No permitiría que Akari muriera.
Y no volvería a cometer los mismos errores creyendo que podía proteger a todos por su cuenta.
Haru comenzó a caminar nuevamente.
—¡Vamos, Akira!
Akira lo miró.
Después observó por última vez la calle por la que Miyako había desaparecido.
—Sí. Ya voy.
Lo alcanzó.
Ambos continuaron avanzando por Kurohama mientras el ruido de la ciudad llenaba la mañana.
Akira no sabía qué le esperaba.
No sabía quiénes terminarían a su lado, qué enemigos tendría que enfrentar ni qué sacrificios exigiría aquella segunda oportunidad.
Tampoco sabía si el futuro que recordaba todavía podía ocurrir.
Pero ya no estaba dispuesto a permanecer inmóvil, esperando a que el destino decidiera por él.
Había regresado.
Y esta vez, tendría que descubrir cómo salvar a las personas que amaba sin destruir la vida que todavía les pertenecía.
La segunda oportunidad acababa de comenzar.

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REKURO: LAST PROMISE — ZERO DAY (Novela)
Capítulo 3
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