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Leer Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 7 online gratis en español

El camino al norte no era un camino en el sentido estricto de la palabra, solo una sucesión de huellas viejas entre colinas bajas y bosques dispersos que, según Grael, olían "a demasiada gente pasando con demasiado miedo encima". Llevaban cuatro días fuera de Aldenar, y en ese tiempo Nolan había aprendido, sobre todo, que viajar con un depredador desconfiado significaba dormir poco y comer menos. —Alguien nos sigue —dijo Grael al quinto día, sin detenerse, con la nariz apenas alzada hacia el viento—. Desde ayer. Se mantienen lejos, pero no lo suficiente. Nolan sintió el frío familiar subiéndole por la espalda, el mismo instinto que contaba salidas antes que rostros. —¿Cazadores otra vez? —No huelen igual. Estos son más pacientes. Más organizados. —Grael torció el hocico, disgustado—. Huelen a metal limpio y a disciplina. Soldados de verdad, no basura buscando recompensa fácil. Tuvo razón, como casi siempre. Los encontraron al atardecer del día siguiente, no escondidos entre los árboles sino esperando abiertamente en un cruce de caminos, como si supieran exactamente cuándo y por dónde pasaría Nolan. Eran seis, con el emblema del águila de dos cabezas bordado no solo en el pecho sino también en los estandartes que dos de ellos portaban, y al frente, montado en un caballo negro que no se movía ni un centímetro más de lo necesario, un hombre de mediana edad con el rostro tallado en líneas duras y una mirada que no tenía nada de la indiferencia aburrida del soldado que había visitado la forja de Mira. —Nolan Vey —dijo el hombre, y el sonido de su propio nombre en boca de un desconocido golpeó a Nolan con más fuerza que cualquier arma—. Comandante Auric Bellhorn, de la Guardia de Invocación de Cortevar. Vengo a ofrecerte algo que muy pocos como tú reciben: la oportunidad de venir por tu propio pie. Grael se puso entre Nolan y los jinetes sin que nadie se lo pidiera, con los músculos tensos bajo el pelaje erizado, pero no atacó. Seis soldados organizados no eran tres cazadores desesperados, y hasta él parecía entenderlo. —No lo conozco —dijo Nolan, con la voz más firme de lo que sentía—. No sé de qué habla. —Sé exactamente lo que eres, muchacho, y sé exactamente lo que no eres —respondió Bellhorn, sin alterar el tono, como quien recita algo que ha dicho demasiadas veces—. No eres un invocador registrado. No perteneces a ninguna escuela, a ningún gremio, a ningún reino que responda por ti. Eso te convierte, según la ley del Imperio, en un riesgo no clasificado. Y los riesgos no clasificados terminan de una de dos maneras: controlados, o eliminados. —¿Y usted decide cuál de las dos? —preguntó Nolan, sorprendido de que su voz no temblara. Algo cruzó brevemente el rostro de Bellhorn, algo que no era crueldad ni tampoco compasión, sino el peso cansado de una decisión tomada hace mucho tiempo y sostenida desde entonces a la fuerza. —Prefiero controlado —dijo—. Créeme cuando te digo que prefiero controlado. —¿Por qué? —Nolan no supo bien por qué preguntó eso, salvo que algo en el tono de Bellhorn sonaba a algo más personal de lo que un soldado debería revelar. Bellhorn no respondió de inmediato. Miró a Nolan un momento largo, evaluándolo con la misma frialdad profesional con la que había hablado desde el principio, pero con algo debajo, apenas visible, como una grieta antigua en piedra vieja. —Porque hace seis años, en una provincia que ya no existe en los mapas oficiales, un invocador sin entrenamiento abrió un cruce que no pudo cerrar —dijo finalmente—. Lo que salió del otro lado no distinguió entre soldados y familias. Yo tenía una esposa. Tenía un hijo de la edad que tú debías tener entonces. Ninguno de los dos alcanzó a huir. El silencio que siguió pesó más que cualquier amenaza que Bellhorn hubiera podido pronunciar. —No te estoy contando esto para que sientas lástima por mí —añadió, con la voz ya de vuelta en su registro profesional, como si hubiera cerrado la grieta con la misma disciplina con la que hacía todo lo demás—. Te lo cuento para que entiendas que no voy a dudar, ni un segundo, en detenerte de la forma que sea necesaria si decides que la respuesta es huir en vez de venir por tu cuenta. Grael gruñó bajo, un sonido que no necesitaba traducción. —No voy a ir con usted —dijo Nolan, retrocediendo un paso, sintiendo el familiar tirón en el pecho empezando a despertar bajo la piel, todavía controlable, todavía a raya—. No sé controlar lo que tengo. Si me lleva a algún calabozo de Cortevar y algo sale mal estando encerrado, va a ser peor para todos los que estén cerca. Incluido usted. Fue, quizás, el único argumento que podía haber funcionado contra alguien como Bellhorn: no una súplica, sino una advertencia práctica, hecha del mismo material frío que el propio comandante usaba para tomar sus decisiones. Bellhorn lo observó un momento más, y algo en su expresión se endureció, no por rabia, sino por la certeza incómoda de que el argumento tenía sentido. —Entonces esto no termina hoy —dijo, haciendo un gesto breve a sus hombres, quienes retrocedieron sin bajar las armas del todo—. Pero quiero que sepas una cosa, Nolan Vey: no voy a dejar de buscarte. No por orden del Imperio, aunque también la tengo. Voy a buscarte porque cada día que sigas suelto sin saber controlar lo que tienes, es un día más cerca de que alguien más pierda lo que yo perdí. Y no pienso permitir eso dos veces, mientras esté en mis manos evitarlo. Se marchó con sus hombres al mismo paso calmado con el que había llegado, dejando a Nolan con el corazón latiendo con fuerza y una sensación incómoda que no esperaba sentir: no había odiado a Bellhorn, ni siquiera un poco. Lo había entendido, y eso, de alguna forma retorcida, era peor. —Ese —dijo Grael, todavía tenso, mirando el punto del camino por donde habían desaparecido los jinetes— es más peligroso que los otros tres juntos. —Lo sé —respondió Nolan, con la vista todavía fija en el mismo punto—. Los otros solo querían dinero. Él cree que tiene razón. Esa noche, acampados lejos del camino principal, Nolan se sorprendió incapaz de cerrar los ojos por mucho rato, no por miedo esta vez, sino por algo más incómodo: la imagen persistente de un hombre que había perdido exactamente lo que él había perdido, convertido, por ese mismo dolor, en la amenaza más peligrosa que había enfrentado hasta entonces. Se preguntó, sin poder evitarlo, en qué se habría convertido él mismo si hubiera tenido el poder de Bellhorn la noche del incendio, en vez del suyo. No encontró una respuesta que le gustara.
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Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 7

Estás leyendo el capítulo 7 de Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela), un novela. Expulsado de un mundo consumido por la guerra, Nolan Vey llega a Virelia con dieciocho años, una familia que no pudo salvar y un poder que nadie más posee: puede invocar personas reales de otros mundos. Pero cada… Este capítulo tiene publicado el 14 de septiembre de 2026. Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.