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Leer Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 37 online gratis en español

El segundo cartel apareció clavado junto al primero, en el mismo tablón desgastado de la posada, pero con una paga que triplicaba cualquier otro trabajo ofrecido en Cenizal, y una fecha que llevaba, según las marcas de desgaste, varias semanas sin que nadie lo reclamara. —"Se busca ayuda para el Templo Hundido" —leyó Roderic en voz alta, entornando los ojos ante la letra apretada del resto del texto—. "Paga generosa. Experiencia en combate indispensable. No se garantiza el regreso." —Esa última parte no suena a algo que uno deba ignorar —dijo Nolan, con las cejas alzadas. La posadera, pasando cerca con una bandeja de jarras vacías, se detuvo lo suficiente para comentar, sin que nadie se lo pidiera. —Ese cartel lleva ahí desde antes de que yo abriera este lugar en la mañana, y antes de eso, un mes entero —dijo, con una media sonrisa cansada—. Nadie en Cenizal se acerca al Templo Hundido, ni por esa paga ni por el doble. Ni siquiera los mercenarios de paso que necesitan monedas con urgencia. —¿Qué hay ahí? —preguntó Ilvara, con su curiosidad habitual, sin ningún rastro del miedo que la posadera parecía dar por sentado. —Nadie lo sabe con certeza, porque nadie que ha entrado en los últimos años ha vuelto a contarlo —dijo la mujer—. Es una ruina vieja, de antes de que los Yermos fueran Yermos, medio hundida en la tierra como el nombre indica. La gente de aquí dice que algo vive adentro. Algo que no sale, pero que tampoco deja salir a quien entra. Grael, que había estado escuchando con más interés del que admitiría en voz alta, se acercó al cartel para leerlo él mismo, aunque las letras le costaran algo más de esfuerzo que a los demás. —Triplica cualquier otra paga de este pueblo —dijo, con una lógica que no dejaba espacio para la prudencia—. Y llevamos dos días trabajando por monedas que apenas alcanzan para dormir bajo techo. —También lleva un mes sin que nadie lo reclame —le recordó Roderic—. Eso normalmente significa que el riesgo supera con creces la recompensa. —O que nadie más en este pueblo es lo bastante fuerte para intentarlo —respondió Grael, sin ninguna falsa modestia. Nolan, sopesando ambos argumentos con el peso añadido de la bolsa de monedas cada vez más ligera que llevaba encima, sintió la tentación específica de quien ha aprendido, a la fuerza, que el dinero no aparece solo porque se necesite con urgencia. —¿Qué opinas tú? —le preguntó a Ilvara, confiando, no por primera vez, en su instinto particular para reconocer cuándo algo estaba genuinamente mal. Ilvara cerró los ojos un momento, como si pudiera sentir el templo desde la distancia, aunque Nolan sospechaba que era más una costumbre reflexiva que una habilidad real a esa distancia. —No sé qué hay ahí —admitió, finalmente—. Pero sea lo que sea, lleva mucho tiempo esperando. Eso no suena a algo que vaya a hacerse más débil mientras más lo dejemos esperar. No fue exactamente un sí, pero tampoco fue un no, y Nolan, mirando a su grupo —Grael ansioso por la paga y por la pelea, Roderic cauteloso pero sin negarse del todo, Ilvara genuinamente curiosa— tomó la decisión con el mismo peso incómodo de siempre. —Vamos a verlo, al menos —dijo—. Si se ve tan mal como suena, nos retiramos. No vamos a morir por triplicar una paga. Nadie discutió, aunque la mirada que Roderic le dedicó a Grael dejó claro que al menos uno de los dos no estaba del todo convencido de que la promesa de retirarse fuera a cumplirse con facilidad una vez empezada la pelea. El Templo Hundido resultó estar a medio día de camino de Cenizal, hundido literalmente en un cráter poco profundo, como si la tierra misma se hubiera cansado de sostenerlo y hubiera decidido tragárselo a medias. Columnas partidas sobresalían del suelo en ángulos imposibles, cubiertas de un musgo negro que no se parecía a nada que hubieran visto hasta entonces, y el aire alrededor de la entrada tenía una quietud antinatural, sin el zumbido de insectos ni el canto de aves que deberían acompañar cualquier ruina normal. —Nada vive cerca de esto —dijo Roderic, deteniéndose en el borde del cráter—. Ni las plantas se acercan demasiado. —Eso podría significar peligro —dijo Grael—. O podría significar que aquí no hay nada que comer. No asumamos lo peor todavía. Descendieron hacia la entrada con cautela, Grael guiando con el olfato, Roderic con el escudo listo, Ilvara atenta a cualquier señal de deterioro o quietud sospechosa, y Nolan en el centro, con el cuchillo de Mira en la mano y el tirón débil del Umbral todavía inestable en el pecho, más una promesa que una herramienta confiable. El interior del templo se abría en un solo salón enorme, iluminado por grietas en el techo derrumbado que dejaban pasar franjas de luz polvorienta, y en el centro, rodeado de columnas caídas, algo se movía entre las sombras con un peso que hacía vibrar el suelo con cada paso. No tuvieron tiempo de estudiarlo con calma. Salió de entre las columnas con una velocidad que desmentía su tamaño, una masa de músculo y hueso expuesto, con múltiples ojos distribuidos sin ningún patrón reconocible sobre un cráneo alargado. Fragmentos de cadena oxidada, demasiado antiguos para ser recientes, sobresalían de su piel en varios puntos, como si en algún momento remoto hubiera estado sujeta a algo, o como si esas cadenas formaran parte de su propio cuerpo desde siempre. No olfateó el aire buscando presas, ni pareció interesada en comer nada de lo que encontraba a su paso — atacó con la precisión fría de algo que solo conocía una función, repetida sin descanso durante quién sabe cuánto tiempo dentro de las mismas cuatro paredes derrumbadas. Grael apenas logró interponerse a tiempo antes de que la primera embestida los alcanzara a todos por igual. —¡Esto no es territorial! —gritó Roderic, bloqueando un segundo ataque con la Muralla del Alba, sintiendo el impacto sacudirle los brazos hasta el hombro—. ¡Esto quiere matarnos, sin más motivo! La pelea que siguió fue, sin ninguna duda, la más dura que habían enfrentado desde que salieron de la caverna subterránea. En un momento, cuando Grael logró arrastrarla lejos de una de las columnas centrales, la criatura pareció, por un instante, perder fuerza, sus movimientos volviéndose torpes y lentos —hasta que consiguió regresar arrastrándose hacia esa misma columna, y sus heridas, visiblemente, dejaron de sangrar con la misma intensidad de antes. Nadie tuvo tiempo de detenerse a pensar en lo que eso significaba. Grael recibió un zarpazo profundo en el costado que lo hizo retroceder tambaleándose, la sangre empapando su pelaje casi de inmediato. Roderic, manteniendo la Muralla el mayor tiempo posible, terminó con el brazo del escudo dislocado por la fuerza acumulada de los golpes que había absorbido. Ilvara, obligada por Nolan a intervenir directamente por primera vez en mucho tiempo, desplegó los Pétalos Marchitos sobre la criatura con una concentración que le costó un sangrado por la nariz que ella misma pareció ignorar por completo. Nolan, sin poder invocar nada nuevo, se limitó a moverse entre ellos, gritando indicaciones, tirando de Roderic fuera de la trayectoria de un golpe que lo hubiera partido en dos, sintiendo cada segundo de la pelea como una apuesta que podían perder en cualquier instante. La criatura, debilitada por el peso acumulado de los Pétalos Marchitos y los golpes constantes de Grael y Roderic, finalmente cometió el error que necesitaban: una embestida demasiado directa, que Roderic, con el último resto de fuerza en su brazo sano, logró desviar lo suficiente para que Grael, saltando sobre su propio escudo caído, alcanzara el punto exacto entre dos placas óseas del cráneo con sus garras extendidas al máximo. El golpe final llegó con un sonido húmedo y definitivo, y la criatura se derrumbó entre las columnas con un estruendo que hizo temblar el resto del templo derrumbado. El silencio que siguió se sintió más pesado que cualquier otro anterior, roto solo por la respiración agitada de los cuatro, todos heridos, todos temblando por el esfuerzo, todos, contra todo pronóstico, todavía de pie. —Vamos a sentir esto durante días —dijo Grael, presionando una mano contra su propio costado herido, con una mueca de dolor que no intentó disimular. —Todos —confirmó Roderic, sosteniendo su brazo dislocado contra el pecho con una expresión que no ocultaba del todo cuánto le costaba mantenerse en pie. Ilvara, limpiándose la sangre de la nariz con el dorso de la mano, observó el cuerpo inmóvil de la criatura con una mezcla de agotamiento y algo parecido al alivio genuino. —Llevaba mucho tiempo esperando terminar —dijo, en voz baja—. Ahora, al menos, ya terminó de verdad. Roderic, todavía sosteniendo su brazo dislocado, se acercó cojeando hasta el cuerpo caído, observando las cadenas oxidadas incrustadas en la piel con una atención que no tenía nada de casual. —Esto no nació así —dijo, más para sí mismo que para el resto—. Alguien, o algo, la encadenó aquí hace mucho tiempo. O ella misma decidió quedarse encadenada. No sé cuál de las dos posibilidades me inquieta más. Nadie tuvo una respuesta para eso, y la pregunta se quedó ahí, sin resolver, flotando sobre el cuerpo inmóvil de la criatura como una más entre todas las que Virelia parecía negarse a contestar del todo. Nolan, con las piernas temblando por la adrenalina que empezaba a disolverse, se dejó caer contra una columna caída, mirando a su equipo maltrecho, y sintió, pese al dolor compartido y el agotamiento absoluto, la certeza clara de que habían sobrevivido a algo que ningún otro grupo en Cenizal se había atrevido siquiera a intentar en meses. Fue al intentar incorporarse de nuevo cuando lo notó: un dolor agudo y localizado en el antebrazo izquierdo, justo debajo de la manga, en un punto que ningún golpe de la criatura había alcanzado a tocar durante todo el combate. Se subió la manga con una mano todavía temblorosa y encontró, ahí, una marca oscura y alargada, como una quemadura reciente, con la piel alrededor enrojecida e hinchada. —¿Qué es eso? —preguntó Ilvara, acercándose de inmediato, con la misma atención clínica que dedicaba a cualquier herida. —No lo sé —dijo Nolan, con una punzada de miedo genuino, distinto al que había sentido durante la pelea—. No recibí ningún golpe ahí. Estoy seguro. Roderic examinó la marca con el ceño fruncido, sin encontrar una explicación mejor que la que ya empezaba a formarse, incómoda, en la cabeza de Nolan. —¿Cuántas veces usaste el vínculo para coordinarnos ahí dentro? —preguntó, finalmente. Nolan intentó recordarlo, y la cantidad, ahora que se detenía a contarla, le resultó más alta de lo que hubiera esperado. —Muchas —admitió—. Más de las que había usado nunca en una sola pelea. Nadie dijo en voz alta lo que los tres parecían estar pensando al mismo tiempo, pero la pregunta quedó ahí, tan sin resolver como la de las cadenas incrustadas en la criatura: si el Umbral llevaba tiempo cobrándole algo a Nolan que iba mucho más allá del simple agotamiento, y que apenas empezaba, esa tarde, a dejar marca visible en su propio cuerpo. —La próxima vez que alguien mencione una paga triplicada —dijo, con una risa cansada que le dolió en las costillas—, recuérdenme que pregunte primero por qué nadie más la ha cobrado. Nadie discutió, y el grupo entero, herido pero vivo, empezó el largo camino de regreso a Cenizal, cargando entre todos el peso conjunto de una victoria que ninguno de ellos se sintió con fuerzas para celebrar del todo esa misma noche.
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Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 37

Estás leyendo el capítulo 37 de Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela), un novela. Expulsado de un mundo consumido por la guerra, Nolan Vey llega a Virelia con dieciocho años, una familia que no pudo salvar y un poder que nadie más posee: puede invocar personas reales de otros mundos. Pero cada… Este capítulo tiene publicado el 6 de octubre de 2026. Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.