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Leer Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 36 online gratis en español

El campamento de la Franja Gris resultó ser solo el primero de varios que fueron encontrando a medida que avanzaban, cada uno un poco más grande que el anterior, hasta que, al cuarto día, llegaron a algo que ya merecía llamarse pueblo: un asentamiento de calles estrechas construido entre dos colinas bajas, con el nombre de Cenizal pintado en una tabla desgastada junto a la entrada. —Un pueblo minero —dijo Roderic, observando las carretas cargadas de mineral gris que entraban y salían por la calle principal—. Extraen algo de las ruinas cercanas, por lo visto. —Y donde hay mineral, hay dinero —dijo Nolan, con una punzada de preocupación que llevaba días posponiendo—. Que es exactamente lo que no tenemos. Las monedas que había traído desde Nym, ya escasas desde el pueblo anterior, apenas alcanzaban para un par de días más de comida, y ninguno de ellos tenía una respuesta clara sobre cómo conseguir más en un lugar donde nadie preguntaba nombres, pero tampoco regalaba nada. Fue esa misma preocupación la que hizo que Nolan bajara la guardia lo suficiente como para no notar al muchacho flaco que se le acercó por detrás en el mercado improvisado, con dedos rápidos y entrenados, hasta que ya era demasiado tarde para evitarlo. La mano del ladrón apenas había cerrado sobre la bolsa de monedas de Nolan cuando Grael, con un movimiento que no le dio al muchacho ni una fracción de segundo de ventaja, lo sujetó del brazo con una fuerza que lo dejó completamente inmóvil. —Eso no es tuyo —dijo Grael, con una calma mucho más aterradora que cualquier grito. El muchacho, pálido, con la bolsa todavía apretada en el puño, miró a Grael con el terror de quien acaba de entender exactamente en qué clase de problema se había metido. —Suéltalo —dijo Nolan, recuperando la bolsa con cuidado, sorprendido de sí mismo por la calma con la que lo pidió—. No hace falta romperle el brazo por esto. —¿Por qué no? —preguntó Grael, genuinamente confundido—. Intentó robarte. —Porque probablemente tiene hambre —dijo Nolan, mirando al muchacho de cerca por primera vez: delgado hasta un punto preocupante, con ropa que le quedaba grande y ojos que ya cargaban una dureza que no debería tener alguien tan joven—. Y porque romperle el brazo no me va a devolver nada que no tenga ya. Grael soltó al muchacho, no sin cierta desconfianza, y este retrocedió varios pasos antes de detenerse, todavía visiblemente sorprendido de seguir de una pieza. —¿Vas a entregarme a los guardias? —preguntó, con una voz que intentaba sonar desafiante y solo lograba sonar cansada. —Aquí no hay guardias —dijo Roderic, observando la escena con calma—. Y aunque los hubiera, no parece que fueran a ayudarte más de lo que te ayudó intentar robar a un forastero. El muchacho no dijo nada a eso, pero tampoco corrió de inmediato, y Nolan, con un impulso que no se molestó en analizar demasiado, sacó de su bolsa uno de los panes que había comprado en el pueblo anterior y se lo ofreció. —Toma esto en vez de las monedas —dijo—. Es un trato mejor para los dos. Yo me quedo con mi dinero, tú te quedas con algo que sí puedes usar sin que nadie más te lo quite antes de comértelo. El muchacho dudó, tomó el pan con una desconfianza que no terminaba de disolverse, y desapareció entre las calles estrechas sin decir una palabra más. —Eso fue generoso —comentó Ilvara, observando el punto por donde el muchacho había desaparecido. —Fue práctico —corrigió Nolan, aunque sin mucha convicción—. Sigue sin resolver el problema de que necesitamos dinero de verdad, no solo pan para regalar. Encontraron una posible solución esa misma tarde, en un cartel clavado junto a la entrada de una posada modesta: una compañía local buscaba manos extra para despejar una ruina cercana de criaturas menores que habían anidado ahí, con paga garantizada al finalizar. —Podemos hacer eso —dijo Grael, con un entusiasmo genuino que rara vez mostraba por algo que no fuera pelear—. Es justo el tipo de trabajo que se me da bien. La posadera, una mujer de mediana edad con el rostro curtido por el polvo constante de los Yermos, los aceptó sin hacer demasiadas preguntas, más interesada en que el trabajo se hiciera que en quiénes eran exactamente quienes lo harían. —Terminan antes del atardecer, y la paga es la paga —dijo, sin más ceremonia—. Si sobreviven, claro. El trabajo resultó ser exactamente lo que prometía: un puñado de criaturas pequeñas y territoriales, similares en tamaño a las que habían enfrentado bajo tierra, aunque considerablemente menos peligrosas, que Grael y Roderic despejaron con una eficiencia casi aburrida mientras Nolan, todavía sin poder invocar con plena confianza, se limitaba a vigilar los flancos con el cuchillo de Mira en la mano, sintiéndose, por una vez, útil sin necesitar demostrar nada más. Con el dinero ganado, lo bastante para varios días de comida y, por primera vez desde Nym, una habitación real, alquilaron un cuarto compartido en la misma posada, con cuatro camastros desiguales y una ventana que no cerraba del todo bien. —Dormir bajo un techo que no se está cayendo —dijo Nolan, dejándose caer sobre uno de los camastros con un suspiro de puro alivio—. No sabía que podía extrañar algo tan simple. Fue esa noche, bajando a la planta baja de la posada en busca de agua, cuando Nolan presenció algo que se le quedó grabado con una crudeza que no esperaba encontrar tan pronto: en la plaza central, iluminada por antorchas, un pequeño grupo de personas encadenadas esperaba en silencio junto a un carro cerrado, vigiladas por hombres armados con la misma indiferencia con la que se vigila mercancía, no gente. —Deuda de los Yermos —dijo la posadera, notando hacia dónde miraba Nolan, con un tono que no era de aprobación, pero tampoco de sorpresa—. Aquí, si no puedes pagar lo que debes, tu cuerpo se convierte en la forma de pago. Casa Vaelor lo permite en sus territorios, siempre que se respeten ciertas reglas. No es bonito. Pero tampoco es raro, no aquí. Nolan se quedó mirando el grupo encadenado un momento más, sintiendo una rabia fría que no supo bien dónde depositar, consciente de que no tenía ni el poder ni la posición para cambiar nada de lo que estaba viendo esa noche. —¿Nadie hace nada? —preguntó, con la voz más tensa de lo que pretendía. —Algunos lo intentan —dijo la posadera, encogiéndose de hombros con el cansancio de quien ha visto intentarlo demasiadas veces—. La mayoría termina encadenada también, o muerta. Los Yermos no perdonan la valentía sin plan detrás, muchacho. Si algún día decides intentarlo, asegúrate de tener las dos cosas. Volvió a subir con el agua, sin decir nada más al respecto, pero la imagen del carro cerrado y las cadenas se quedó con él el resto de la noche, sumándose, en silencio, a la lista cada vez más larga de cosas de Virelia que Nolan todavía no sabía cómo cargar. Grael, notando su humor ensombrecido al volver, no preguntó directamente qué había visto, pero sí hizo un comentario que se sintió, a su manera brusca, como un intento de consuelo. —Sea lo que sea que viste ahí abajo —dijo—, no puedes arreglar todo lo que está mal en cada lugar al que lleguemos. Ni siquiera Roderic, con todo su sentido del deber, podría con eso. —Lo sé —dijo Nolan, sin mucha convicción, tumbándose en el camastro y mirando el techo agrietado de la posada—. No significa que tenga que gustarme. —No —concedió Grael—. No significa eso.
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Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 36

Estás leyendo el capítulo 36 de Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela), un novela. Expulsado de un mundo consumido por la guerra, Nolan Vey llega a Virelia con dieciocho años, una familia que no pudo salvar y un poder que nadie más posee: puede invocar personas reales de otros mundos. Pero cada… Este capítulo tiene publicado el 6 de octubre de 2026. Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.