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Leer Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 3 online gratis en español

Mira lo mandó a buscar leña seca al límite del bosque, no porque hiciera falta —Aldenar tenía provisiones de sobra para el otoño— sino porque, según ella, "un cuerpo que no se mueve se queda pensando demasiado, y tú ya piensas suficiente por dos personas". Nolan no discutió. Cualquier excusa para salir de la casa y no tener que responder preguntas era bienvenida, incluso si esa excusa implicaba caminar solo hasta la línea de árboles con un hacha prestada que no sabía usar del todo bien. El bosque de Aldenar no se parecía a nada que hubiera visto en Kaeloth. Los árboles crecían gruesos y retorcidos, con una corteza casi plateada que brillaba tenue bajo la luz de la tarde, y el aire olía a savia y tierra mojada en vez de a ceniza. Por un rato, mientras cortaba ramas caídas y las apilaba, casi logró no pensar en nada. Casi. Guardó, sin darse cuenta, un trozo de pan duro que llevaba en el bolsillo desde la mañana en vez de comérselo, aunque tenía hambre. Solo lo notó cuando ya lo había envuelto de nuevo en el paño y vuelto a guardar, como si una parte de él insistiera en que la comida de hoy podía no alcanzar para mañana. No se preguntó por qué. Simplemente siguió trabajando. El sonido llegó antes que el olor: un crujido bajo y prolongado, como si algo muy pesado se arrastrara entre los árboles sin molestarse en ser silencioso. Nolan se quedó inmóvil, el hacha a medio camino entre el suelo y su hombro, y por un instante el bosque entero pareció retener el aire. Después llegó el olor. Dulce y podrido a la vez, como fruta demasiado madura mezclada con algo metálico. No lo pensó. Miró hacia atrás, calculando la distancia exacta hasta el sendero por el que había llegado, la misma costumbre que llevaba arrastrando desde niño —contar salidas antes que rostros— reactivada de golpe, más aguda que nunca desde la noche del incendio. La criatura salió entre dos troncos retorcidos sin ninguna prisa, como si supiera que Nolan no tenía a dónde ir. Era del tamaño de un oso grande, pero su forma no terminaba de tener sentido: la piel se le abría en grietas que supuraban una luz gris pálida, como si algo dentro de su cuerpo estuviera tratando de escapar por cualquier abertura posible. No tenía ojos que Nolan pudiera distinguir, solo una boca demasiado ancha, llena de dientes desiguales, orientada hacia él con una precisión que no debería ser posible sin vista. —Corrompido —había dicho Mira alguna vez, de pasada, hablando de las bestias de los bordes del bosque, sin darle más importancia que a mencionar el clima. En ese momento Nolan no había entendido del todo qué quería decir. Ahora sí. Corrió. No hacia el sendero —la criatura estaba entre él y esa dirección— sino hacia un lado, entre los árboles, con el hacha todavía en la mano, inútil, demasiado pesada para su brazo cansado. La bestia lo alcanzó antes de que llegara a los primeros diez pasos. El golpe lo lanzó contra un tronco con fuerza suficiente para vaciarle el aire de los pulmones. El hacha se le escapó de la mano. Por un segundo, tirado en el suelo, con la vista nublándose y el sonido del bosque reducido a un zumbido sordo, Nolan volvió a estar en el suelo de tierra de su casa, escuchando el sonido húmedo y corto de un golpe que no había podido detener. No fue un recuerdo completo. Fue solo una fracción de segundo, un eco superpuesto a la realidad, suficiente para que su cuerpo reaccionara antes de que su mente terminara de procesar el peligro real frente a él. Algo dentro de su pecho se abrió, otra vez, como una costura que ya no terminaba de cerrar del todo entre un uso y otro. —No —dijo Nolan en voz alta, sin saber muy bien a quién se lo decía, mientras la criatura levantaba una de sus patas deformes para rematarlo—. No otra vez. El aire se distorsionó frente a él, gris y espeso. Cayó de rodillas junto a Nolan, tan pronto como se abrió el cruce, algo delgado y torpe, hecho de un material que no era del todo madera ni del todo carne, con un rostro tallado a medias, apenas expresivo, y unas articulaciones que se movían con el chasquido seco de bisagras viejas. Nolan no tuvo tiempo de asombrarse. La criatura ya estaba bajando su pata. La pequeña figura se interpuso, alzando unos brazos demasiado delgados para detener nada, y aun así lo intentó. El impacto la lanzó contra un árbol con un crujido húmedo, distinto al de la madera sana. Se levantó de todas formas, tambaleándose, y volvió a ponerse entre Nolan y la bestia. —¿Por qué…? —alcanzó a decir Nolan, arrastrándose hacia atrás, sin entender del todo qué estaba viendo. La figura no respondió con palabras. Giró apenas la cabeza hacia él, un gesto casi humano, casi una pregunta —¿esto está bien? ¿lo estoy haciendo bien?— antes de volver a encarar a la bestia con los brazos en alto, como si su sola presencia pudiera bastar. No bastó. El segundo golpe la partió limpiamente por la mitad del torso, con el mismo sonido seco de una rama vieja rompiéndose bajo el peso de algo demasiado grande. Se derrumbó sin gritar, sin sonido alguno excepto el crujido final de sus propias articulaciones deshaciéndose contra el suelo húmedo. Nolan gritó su propio grito esta vez, aunque no tenía nombre que darle a lo que acababa de perder. La bestia, con la distracción resuelta, volvió su atención hacia él. No había hacha al alcance. No había nada, excepto una piedra del tamaño de un puño, semienterrada en el barro junto a su mano izquierda. Nolan la tomó sin pensarlo, con el mismo instinto ciego con el que había buscado la sombra del fogón la noche del incendio, y cuando la bestia bajó la cabeza hacia él, se la estrelló contra el punto más cercano a lo que podría haber sido un ojo. No sirvió de mucho. La piedra rebotó contra la piel agrietada sin abrir siquiera una herida, y la bestia respondió con un golpe lateral que lo lanzó rodando varios metros, el sabor a sangre otra vez en la boca, una costilla protestando con un dolor nuevo y agudo. Nolan se arrastró hacia la piedra de nuevo, sin soltar la idea absurda de que si la golpeaba las suficientes veces en el mismo punto, algo cedería. No era valentía. Era la misma terquedad ciega que lo había hecho arrastrarse hacia el fogón la primera noche: el cuerpo negándose a rendirse incluso cuando la mente ya había aceptado que probablemente no serviría de nada. El segundo golpe de la bestia nunca llegó. Un grito —humano, cercano, furioso— rompió el aire, seguido del sonido metálico de una hoz de forja clavándose profundo en el costado de la criatura. Mira, con el rostro tenso y el cabello suelto de la carrera, volvió a golpear con la fuerza acumulada de quien ha pasado años dando martillazos a metal caliente, una y otra vez, hasta que la bestia, herida y confundida, retrocedió entre los árboles con un aullido que no sonaba del todo animal. El silencio que siguió fue casi peor que el ataque. Mira se dejó caer de rodillas junto a Nolan, revisándolo con manos rápidas y expertas, buscando heridas graves antes de decir una sola palabra. Cuando confirmó que respiraba, que no tenía nada roto de gravedad, soltó el aire que había estado conteniendo y solo entonces miró más allá de él, hacia los restos partidos de la pequeña figura entre el barro. —¿Eso… salió de ti? —preguntó, con una mezcla de horror y algo parecido al asombro, mirando alternadamente a Nolan y a lo que quedaba de la criatura de madera. Nolan no respondió. Tenía la vista fija en los restos de aquella cosa que apenas había existido el tiempo suficiente para intentar protegerlo, y que ahora yacía inmóvil, tan callada como todo lo demás que había perdido. —No sé qué era —dijo finalmente, con la voz rota—. Pero murió por mí. Otra vez. Mira no preguntó qué significaba "otra vez". Se limitó a ayudarlo a incorporarse, pasando uno de sus brazos sobre los hombros, y a cargar buena parte de su peso de vuelta hacia el pueblo, mientras el sol empezaba a caer detrás de la línea plateada de los árboles. Nolan no lloró en el camino de regreso. Pero cuando Mira, más tarde esa noche, le puso delante otro cuenco de comida caliente, se sorprendió a sí mismo guardando de nuevo, sin pensarlo, la mitad del pan en su bolsillo.
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Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 3

Estás leyendo el capítulo 3 de Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela), un novela. Expulsado de un mundo consumido por la guerra, Nolan Vey llega a Virelia con dieciocho años, una familia que no pudo salvar y un poder que nadie más posee: puede invocar personas reales de otros mundos. Pero cada… Este capítulo tiene publicado el 8 de septiembre de 2026. Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.