Leer Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 24 online gratis en español
No había otra salida visible más que seguir adelante, así que eso hicieron.
El ecosistema subterráneo se extendía mucho más allá de lo que Nolan había imaginado al caer: cavernas conectadas por túneles naturales, ríos que aparecían y desaparecían bajo la roca, y una luz azulada constante, generada por los insectos y los hongos, que nunca terminaba de sentirse como de día ni de noche.
—¿Qué era exactamente esa cosa redonda? —preguntó Grael, todavía llevando la pelota de cuero atada a su cinturón, pese a haber confirmado personalmente que no era comestible.
—Un juguete —dijo Nolan—. Los niños juegan con ellas. Se patean, se lanzan, se persiguen.
Grael consideró la información con genuina seriedad.
—Entonces tiene sentido que mi cuerpo reaccionara así —concluyó, como si acabara de resolver un misterio importante—. Es un objeto diseñado para ser perseguido. No fue un fallo mío. Fue un fallo del objeto.
—Como digas —dijo Nolan, demasiado cansado para discutir la lógica.
Roderic, unos pasos adelante, se detuvo frente a una formación de piedra que sobresalía de la pared, tallada por el agua en capas irregulares que se asemejaban, vagamente, a peldaños.
—En mi mundo había estructuras parecidas a esta —dijo, pasando una mano por la piedra con un cuidado que no le dedicaba a casi nada más—. Las llamábamos Escalones del Silencio. Se creía que los dioses menores las usaban para bajar a hablar con los mortales, hace mucho tiempo, antes de que dejaran de molestarse en hacerlo.
—¿Crees que sigue siendo cierto en algún lugar? —preguntó Nolan.
—No lo sé —admitió Roderic—. Pero prefiero pensar que si alguna vez fue cierto, en algún lugar todavía lo es.
Ilvara, que se había quedado atrás examinando una flor pálida y luminosa que crecía entre las raíces colgantes, corrió unos pasos para alcanzarlos, con la misma expresión de quien no entiende del todo por qué los demás no se detienen a mirar cosas así de interesantes.
—Se parece a una que había en mi jardín —dijo, sin que nadie le preguntara—. El día de mi boda había cientos, en canastas, esperando a que alguien las repartiera entre los invitados. Nunca llegaron a repartirse.
Lo dijo con la misma calma con la que hablaba de casi todo, pero Nolan notó, no por primera vez, que detrás de esa calma había algo que ella todavía no terminaba de procesar del todo.
—¿Cómo era? —preguntó, con cuidado—. El lugar, quiero decir. No... lo otro.
Ilvara lo pensó un momento, girando el tallo pálido entre los dedos.
—Cálido —dijo, finalmente—. Olía a pan recién horneado, porque mi madre insistió en hacerlo ella misma pese a que ya teníamos suficiente servicio para encargarse. Decía que un pan comprado no sabía igual en un día así.
—A mí me gusta el pan recién hecho —dijo Nolan, casi sin pensarlo, y se sorprendió a sí mismo compartiendo algo tan pequeño en voz alta.
—Lo sé —dijo Ilvara, sin apartar la vista de la flor—. Guardas la mitad cada vez que alguien te ofrece, como si fueras a necesitarla después.
Nolan no supo qué responder a eso. Nadie más lo había señalado en voz alta hasta entonces, y escucharlo dicho con esa naturalidad, sin lástima ni burla, le resultó más incómodo que cualquier pregunta directa sobre Kaeloth.
—En Kaeloth casi nunca sobraba comida —dijo, finalmente, mirando al frente en vez de a ella—. Cuando sobraba algo, mi madre decía que había que guardarlo, no desperdiciarlo. Supongo que nunca dejé de hacerlo.
Grael, que había estado escuchando sin comentar, gruñó algo bajo.
—Eso no es un defecto —dijo, con una franqueza inesperada—. Donde yo cazaba, quien desperdiciaba comida moría antes que los demás. Tiene sentido que sobrevivas por costumbre, no solo por suerte.
Fue, viniendo de Grael, algo peculiarmente parecido a un cumplido, y Nolan no supo bien qué hacer con él más que aceptarlo en silencio.
Siguieron caminando durante lo que debieron ser horas, aunque la luz constante del lugar hacía imposible calcularlo con certeza, deteniéndose solo quenoun sonido lejano —un crujido de vegetación demasiado grande, un chapoteo demasiado pesado en el río— los obligaba a cambiar de ruta antes que a enfrentarlo directamente.
—Ahí —susurró Roderic en un momento, señalando hacia una zona donde las raíces colgantes se movían sin viento que las explicara, ondulando de una forma que no tenía nada de vegetal—. No vamos a acercarnos a eso.
Nadie discutió. Rodearon la zona en silencio, con Grael olfateando el aire cada pocos pasos y Ilvara señalando, en dos ocasiones más, lugares que "todavía no habían terminado de asustarse", suficientes para que el grupo entero aprendiera a confiar en su instinto sin necesitar más explicación.
Fue al anochecer —o lo que ellos decidieron llamar anochecer, sin sol que lo confirmara— cuando algo pequeño y veloz cruzó su camino, y el instinto de Nolan, todavía tenso por todo lo que habían esquivado, reaccionó antes de que su mente terminara de procesar que se trataba solo de una criatura curiosa, no una amenaza.
El tirón llegó, familiar, hambriento de la misma desesperación de siempre.
Y no pasó nada.
Nolan sintió el aire intentar abrirse, un temblor débil, casi vergonzoso, que se apagó antes de convertirse en nada más que eso: un temblor.
—¿Nolan? —preguntó Roderic, notando de inmediato el cambio en su postura.
—No... no puedo —dijo Nolan, con una punzada de pánico genuino, intentándolo de nuevo, sin resultado—. Lo siento ahí, pero no responde.
Grael se acercó, con la misma desconfianza calculadora de siempre, aunque esta vez dirigida hacia el propio Nolan.
—¿No puedes llamar a otro? —preguntó.
—No —dijo Nolan.
—¿No quieres?
—No puedo —repitió, con más fuerza, frustrado consigo mismo—. Es distinto.
Grael lo observó unos segundos, en silencio, con una expresión que Nolan no supo leer del todo.
—No es lo mismo —concluyó finalmente, más para sí mismo que para nadie—. Interesante.
—¿Interesante que no pueda? —preguntó Nolan, con un dejo de irritación que no pudo disimular del todo.
—Interesante que hasta ahora pensaba que tu poder no tenía límite, solo precio —dijo Grael—. Ahora sé que también se cansa. Como cualquier otra cosa que vale la pena tener cerca.
Ilvara, observando el intercambio con su curiosidad habitual, ladeó la cabeza.
—¿Cuánto tardará en volver? —preguntó.
—No lo sé —admitió Nolan, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, genuinamente vulnerable frente a su propio grupo, sin la protección de un poder que hasta entonces había dado por garantizado, aunque fuera a un precio—. Nunca me había pasado.
Roderic, con una calma que pretendía ser tranquilizadora, apoyó una mano brevemente sobre su hombro.
—Entonces por ahora somos solo nosotros tres, cuidando de ti, en vez de al revés —dijo—. No parece un mal trato.
Nolan los miró, a los tres, agotados y magullados como estaba él mismo, y sintió, pese al miedo de estar temporalmente sin su poder en un lugar que claramente no perdonaba errores, algo parecido a la certeza incómoda y cálida de que quizás, por una vez, no tenía que cargar con todo completamente solo.

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Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) Capítulo 24
Estás leyendo el capítulo 24 de Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela), un novela. Expulsado de un mundo consumido por la guerra, Nolan Vey llega a Virelia con dieciocho años, una familia que no pudo salvar y un poder que nadie más posee: puede invocar personas reales de otros mundos. Pero cada… Este capítulo tiene publicado el 29 de septiembre de 2026. Puedo invocar héroes de otros mundos (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.