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Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 9 online gratis en español

No sé en qué momento me quedé dormido dentro del árbol. Solo sé que, cuando desperté, el cuerpo me dolía entero. Entumido por haber pasado la noche encogido, con la espalda contra la madera y las piernas recogidas, casi no sentía los pies. La luz que se filtraba entre las hojas era clara: ya era de día, quizá cerca del mediodía. Por un instante, no recordé por qué estaba ahí. Luego, todo volvió de golpe. El carruaje. Las flechas. Los gritos. Mi padre corriendo. La espada atravesando su pecho. Me quedé sin aire. Quise pensar que había sido otro sueño. Mi memoria perfecta no me dejó mentir. Cada detalle estaba ahí: La dirección de la sangre al salir, el sonido sordo de su cuerpo cayendo, la forma exacta en que sus labios dijeron “corre”. Me quedé quieto un rato más, escuchando. Nada. Ni pasos. Ni voces. Solo pájaros lejanos y el susurro del viento entre las ramas. Con cuidado, moví el arbusto que me cubría y salí del hueco del árbol. El bosque, a esa hora, parecía casi pacífico. Eso lo hacía peor. Miré alrededor, temeroso de ver a alguien escondido. Nada. —\[NOTA DEL SISTEMA\]: … Silencio. Aún no se reactivaba del todo. Tragué saliva. Tenía miedo. Pero quedarme escondido para siempre no era opción. “Debo… ver”, pensé. Mis pasos me llevaron de nuevo hacia el camino. El carruaje ya no estaba. Solo quedaban marcas de ruedas, restos de madera rota… y, a un lado, un montículo negro humeante. Mi estómago lo supo antes que mi cabeza. Me acerqué despacio. Era una pila de cuerpos quemados. Los ladrones habían apilado muertos y partes del carruaje, les habían prendido fuego y se habían ido. Sin rostro. Sin ropa que poder reconocer fácilmente. Solo formas carbonizadas. Busqué. Quise encontrar algo que me dijera “es él” o “no es él”. No lo encontré. Pero mi memoria no necesitaba verlo para saber que, estadísticamente, mi padre no estaba caminando feliz hacia ninguna parte. Las manos me temblaron. Las caras de los bandidos aparecieron, una por una, nítidas. Sus voces, su risa, sus burlas, la forma exacta en que el líder dio la orden. Estaban grabados. Memoria Fotográfica Perfecta no olvida. Esa vez, no quería que olvidara. —Maldito sistema… —murmuré, con la garganta cerrada—. Me quitaste a mi padre. Sabía que no era justo. Que fueron los ladrones. Que fue la situación. Que, incluso con magia, quizás las cosas habrían salido mal. Pero el resentimiento no entendía de lógica. —Yo sé que pude haber hecho algo —seguí, entre dientes—. Si no te hubieras bloqueado. Si no te hubieras apagado justo cuando más te necesitaba… ¿Cómo voy a decirle a mamá y a mis hermanas que papá no volverá? No había respuesta. Solo el crepitar leve de lo que aún se enfriaba bajo la ceniza. Entonces recordé la hoja de Erian. El enlace. La saqué de la bolsa mágica. Estaba intacta, sin una arruga. “Escríbeme si pasa algo. Canaliza un poco de tu maná y suéltala”, había dicho. Tomé aire, intentando concentrarme. Sentí dentro de mí la reserva de MP, enorme, allí, como un lago tranquilo. Intenté mover una gota hasta mis dedos. Nada. Otra vez. —\[ESTADO\]: Flujo de maná bloqueado parcialmente. Modo de seguridad aún activo. Era como si hubiera una válvula cerrada. La frustración me golpeó más fuerte que el cansancio. —¡Desbloquea mi magia, maldición! —solté, estrujando la hoja sin llegar a romperla—. ¿Por qué? ¿Por qué justo ahora? ¿De qué sirve que me hagas tan fuerte si no puedo hacer nada cuando importa? No hubo respuesta. Guardé la hoja con cuidado, más por respeto a Erian que por confianza en el sistema. Mire hacia ambos lados del camino. Volver al pueblo llevando solo esa noticia… era un camino que no me atrevía a recorrer todavía. Además, técnicamente, estaba más cerca de la ciudad de Vaelkis que de Harunose. “Si alguien puede ayudarme ahora mismo, es Erian”, pensé. “Y Lorgan… si aún anda cerca de la región.” Empecé a caminar. Primero despacio, luego más rápido. Cada crujido de rama me hacía voltear, imaginando a los ladrones regresando. El pánico iba y venía en oleadas. —\[INTENTO DEL SISTEMA\]: … Nada. Seguía gritando por dentro. “Desbloquea mi magia. Desbloquea mi magia. ¡DESBLOQUEA MI MAGIA!” Solo tenía mi cuerpo, mi entrenamiento, mi memoria, una daga, y una caminata demasiado larga hacia una ciudad que aún no sabía que estaba en problemas. Pasaron horas. El sol subió, empezó a bajar. Mis pies dolían. Mi garganta estaba seca. La rabia se mezclaba con el cansancio y con un miedo constante que no terminaba de irse. Fue entonces cuando pasó. Un ruido entre los arbustos. Agudo. Rápido. Gritos guturales. Dos goblins errantes salieron de entre la maleza. No eran como la horda que nos atacó con la caravana; estos iban solos, pero eso no los hacía menos peligrosos. Uno llevaba una lanza corta. El otro, una especie de machete oxidado. Eran pequeños, pero se movían con más velocidad de la que un niño normal podría manejar. Corrí. El impulso fue automático. Pero ellos también. Pasos ligeros, respiración agitada, risas desagradables. “Ni siquiera me dan tiempo para tener miedo como la gente”, pensé, con ironía amarga. No podía escapar para siempre. —Si sigo corriendo, me alcanzan por la espalda —razonó una parte fría de mi mente—. Si me detengo y peleo, al menos elijo cómo recibo el primer golpe. Deslicé la mano a la cintura y saqué la daga que había recogido junto a la pila de cadáveres. En manos de un aventurero adulto era un arma secundaria. En las mías, casi una espada corta. Mis manos temblaban. Mis piernas también. —No tengo nada que perder… —me dije—. Si muero aquí, no tengo que enfrentar a mamá. Si vivo… al menos sabré que pude hacer algo sin magia. El miedo se mezcló con algo más: rabia, por mi padre, por el sistema, por los ladrones, por todo. Solté un grito desentonado, que no sonó nada heroico… pero era mío. Y me lancé. El goblin de la lanza atacó primero, con una estocada torpe pero rápida. El entrenamiento con los aventureros, las correcciones de postura de mi padre, el peso del arma en mis manos… Todo eso se alineó. No lo hice perfecto. Lo hice suficiente. Desvié la lanza hacia un lado con la daga, torciendo el cuerpo como me habían enseñado para reducir el blanco. Sentí el filo rozar mi brazo, dejando un corte leve. El otro goblin aprovechó para intentar cortarme por la cintura. Me agaché instintivamente, casi cayendo, y la hoja pasó por encima, arrancando tela. Rodé hacia un lado. Me levanté a medias. El que tenía lanza intentó retraerla. Me lancé hacia él. No fui elegante. No hice una técnica espectacular. Lo golpeé con el hombro, clavé la daga hacia adelante, a la altura del abdomen. Sentí resistencia, luego calor. El goblin chilló. La lanza cayó. Retiré la daga a medias, sin pensar demasiado, y la empujé de nuevo hacia arriba, buscando el pecho. Mi corazón latía como si fuera a romperse. El goblin se desplomó. No hubo tiempo de procesarlo. El segundo ya estaba encima. Su machete bajó en un arco que apuntaba a mi cuello. Levanté el brazo por reflejo. El golpe me cortó el antebrazo, una línea de fuego ardiente. El dolor casi me hizo soltar la daga. —No te detengas —gritó algo dentro—. ¡Si te detienes, mueres! Retrocedí, trastabillando. El goblin sonrió, o algo parecido a eso. Vino otra vez. Esta vez, en lugar de retroceder, di un paso adelante. “Si atacas cuando el otro no lo espera, aunque seas más débil, puedes abrir una brecha”, recordé de un entrenamiento. No apunté a la cabeza. Apunté a la mano. El machete bajó de nuevo. Metí la daga en su trayectoria, no para bloquear, sino para interceptar la muñeca. La hoja de mi arma cortó carne. El machete se desvió, rozando mi hombro. La mano del goblin quedó marcada. Usé el impulso para empujar. Entramos en un cuerpo a cuerpo torpe, lleno de empujones y desequilibrio. Él era más rápido, yo era más entrenado. Metí la rodilla en su estómago. Él me clavó las uñas en el costado. Conseguí poner mi peso sobre él, aunque medía menos. La daga encontró hueco entre las costillas, más por insistencia que por técnica. Empujé hasta sentir cómo el cuerpo se aflojaba. El goblin se sacudió, se aferró a mi ropa, luego se quedó inmóvil. Me quedé sobre él, respirando agitado, con el corazón desbocado, las manos manchadas de sangre verde y roja mezclada. Temblaba. No de frío. De todo. Miedo, adrenalina, rabia, dolor. —Estoy… vivo —dije, más para creerlo que otra cosa. Me aparté, casi cayendo de espaldas. Me senté en el suelo, jadeando. Poco a poco, el entorno volvió a tener forma. Fue entonces cuando lo vi. Algo brillaba tenuemente en el pecho de uno de los goblins muertos, justo debajo de las costillas. Una luz débil, como la de una luciérnaga atrapada. Me acerqué, aún temblando. Recordé lo que había leído y visto: Los aventureros sacando piedras de los corazones de goblins. Rinna explicando que eran núcleos de maná usados como catalizadores para artefactos sencillos. Tragué saliva. Metí la mano, haciendo a un lado sangre y tejido, y saqué la pequeña piedra mágica. Era del tamaño de una uña grande, irregular, con tonalidad verdosa. En el momento en que la sostuve y la miré, el sistema despertó. —\[DETECCIÓN\]: Catalizador de maná de bajo nivel encontrado. —Requisitos cumplidos. Desbloqueo de flujo de maná otorgado. —Valores de MP: 100000 / 100000 (normales para estado actual). Potencial de crecimiento: infinito (condición: subir de nivel). —Reanudando acceso a habilidades mágicas. El pequeño cristal comenzó a deshacerse en mi mano, como si se pulverizara en polvo de luz que se absorbía por mi piel. Sentí una calidez recorrerme el brazo, subir por el pecho, llegar a la cabeza. La interfaz volvió a sentirse… viva. —\[EXPERIENCIA ADQUIRIDA\]: Derrotados: 2 goblins errantes (solo). Bonificación por combate sin asistencia mágica: aplicada. —Subes de nivel. Nivel +2. Nuevo nivel: 42. Me reí, sin humor. —¿En serio? —dije, mirando mi mano vacía—. ¿Tenía que ver morir a mi padre, huir, pelear contra goblins a cuchillo… para que decidieras regresar? El sistema no respondió. Pero yo ya no era el mismo niño que subió a ese carruaje. Me levanté, con el cuerpo dolorido, la daga aún en mano, la hoja sucia. Tenía hambre, miedo, heridas. Pero también algo más: Una dirección. Dejar el bosque atrás. Volver a Vaelkis. Encontrar a Erian. Pedir respuestas. Y, en algún punto del camino, decidir qué hacer con los rostros de ladrones y asesinos que ahora vivían, con lujo de detalle, en mi memoria perfecta. Muy lejos del camino donde Hino caminaba herido y solo, otra conversación decidía el destino de miles. En una sala alta del palacio de Asterion, detrás de vitrales coloreados con escenas de santos y héroes, el obispo Seraphil y la condesa Elianor de Valgrind compartían un silencio espeso. Entre ambos, una mesa baja con mapas extendidos. Fronteras marcadas con tinta roja. Rutas comerciales. Puntos señalados con pequeños símbolos: templos, fortalezas, ciudades de paso. Seraphil fue el primero en hablar. —Tres años —dijo, con voz suave, casi pastoral—. Tres años de “incidentes menores”, tensiones en las fronteras, rumores cuidadosamente dirigidos, sermones encendidos… Y por fin, los países empiezan a hacer lo que queríamos: reforzar sus ejércitos. Elianor se recargó en el respaldo de la silla, cruzando las piernas. —No lo llames solo “queríamos” —replicó—. Lo llaman “necesidad estratégica”. Si los reinos vecinos se rodean de murallas y acero, el nuestro no puede permitirse quedar atrás. Sus dedos jugaron con una pieza de metal sobre el mapa: una miniatura que representaba un ejército. —Más soldados —siguió— significan más contratos, más compras de armamento, más impuestos “extraordinarios”, más control sobre quién vive y quién muere. La guerra es… fea. Pero también es el mejor fuego para forjar un nuevo orden. El obispo sonrió, sin mostrar los dientes. —El problema —dijo— era cómo empujar al mundo hacia esa guerra sin que nuestro rey lo notara. Es la parte que más le divertía. —Su Majestad es un hombre prudente —añadió—. Cree en la diplomacia, en mantener a raya a Nox’vhaar sin provocarlos, en no presionar demasiado a los demonios para no “perturbar el equilibrio”. Lamentablemente, la prudencia no conduce al fervor. Elianor soltó una risa leve. —Ahí es donde entran los sermones, ¿no es así? Seraphil bajó la vista con falsa modestia. —Las palabras correctas, en los oídos correctos, pueden volverse espadas —dijo—. Cuando predicas sobre “amenazas externas”, “herejías ocultas” y “tierras profanadas”, la gente empieza a ver enemigos donde antes solo veía vecinos. Y cuando agregas historias sobre demonios infiltrados, nobles corruptos y aldeas masacradas… el miedo hace el resto. Se inclinó hacia el mapa. —Tú te ocupaste del otro lado —añadió—. Las bolsas, los contratos, los “honorables caballeros” que apenas saben sostener una espada pero quieren una oportunidad de gloria. La condesa sonrió con cierta satisfacción. —Los nobles jóvenes son fáciles de manipular —dijo—. Les vendes la idea de que la guerra es el escenario perfecto para subir de rango, conseguir tierras, demostrar su “valía”. Les dices que el rey es demasiado blando, que el consejo está lleno de viejos temerosos, que el futuro pertenece a quienes se atreven. Sus dedos se detuvieron sobre un punto del mapa, en la frontera norte. —Y cuando uno de los cuatro príncipes se siente igual de ahogado que ellos… —añadió—, es cuestión de tiempo para que empiece a mover hilos por su cuenta. Seraphil alzó una ceja. —El cuarto príncipe ha sido… útil —admitió—. Ambicioso, resentido por no estar en la línea directa al trono, con contactos en el ejército y en algunos gremios mercenarios. Le bastaba un poco de empuje ideológico. —“El reino debe mostrar fuerza.” —“El rey ha olvidado la tradición.” —“La iglesia habla de purificar, pero el trono duda.” —enumeró Elianor, como recitando frases dichas muchas veces. —No hicimos más que darle un escenario para su frustración —concluyó el obispo—. Y ahora, tiene suficientes partidarios como para mover tropas sin que Su Majestad se entere del todo. Tomó una pequeña pieza que representaba una nación vecina y la giró. —Durante estos tres años —siguió—, hemos fomentado pequeñas chispas en las fronteras: Ataques de “bandidos” que en realidad obedecen a órdenes más altas. Rumores de tratados secretos entre demonios y reinos menores. Escaramuzas que nunca llegan a guerra abierta, pero dejan rencor. Elianor asentía. —Cada vez que uno de nuestros vecinos reforzaba un destacamento —explicó—, nuestro príncipe “previsor” proponía hacer lo mismo. “Nadie quiere atacar primero —decían—, pero nadie quiere ser el único sin armadura cuando caiga la noche.” Seraphil apoyó un dedo en una región en el mapa. —Y ahora… tenemos lo que necesitábamos —dijo—. Una frontera caliente. Un incidente listo para ser usado. La condesa sonrió, esta vez sin disimular. —El pequeño reino de Dvarn —dijo—. Siempre celoso de nuestras rutas comerciales, siempre receloso de nuestra proximidad a Sylvalis, siempre buscando excusas para exigir peajes y “reparaciones”. —Un par de caravanas atacadas —intervino Seraphil—. Un templo menor saqueado en su territorio, con símbolos demoníacos convenientemente visibles. Algunos sobrevivientes bien “informados” que juran haber visto cascos de Asterion entre los atacantes. Se inclinó hacia atrás. —Ellos creen que hemos enviado tropas a su frontera en secreto. Nosotros creemos que ellos han permitido el paso de demonios a nuestra. Ambos están “indignados”. Ambos sienten que tienen derecho a exigir disculpas imposibles. Elianor chasqueó los dedos. —En cuanto uno de ellos dé el primer golpe visible —dijo—, todo caerá como fichas. Seraphil asintió. —Un “incidente” bien aprovechado y no habrá marcha atrás —dijo—. Nuestro príncipe presentará al rey informes escogidos, exagerando el ataque, omitiendo detalles, exigiendo una “respuesta firme”. Si el rey duda, sus propios nobles lo llamarán débil. Los sermones del domingo hablarán de “la obligación moral de defender la fe y las tierras sagradas”. Sus ojos brillaron. —La presión popular, la presión noble, la presión militar. A la tercera semana, no será “si” debemos responder, sino “cómo de fuerte” debe ser la respuesta. —Y en tres días —añadió Elianor, señalando una marca en el calendario que reposaba sobre la mesa—, ese pretexto llegará. Dvarn está a punto de “descubrir” una patrulla nuestra demasiado cerca de su torre norte. Tú y yo sabemos que esa patrulla lleva órdenes específicas… y mensajeros listos para contar la historia que conviene. El obispo juntó las manos, como en oración. —Que los dioses nos bendigan —dijo—. No por la guerra en sí… Sino por lo que podremos construir después de que el ruido de las armas se calle. —Y si los dioses no lo hacen —añadió Elianor, con frialdad—, lo hará el oro. Ambos sabían algo más: El rey de Asterion no estaba al tanto del alcance real de la conspiración. Veía tensiones, sí. Pero no el tejido que las unía. Uno de sus cuatro hijos, el cuarto príncipe, llevaba años tejiendo redes con el obispo y la condesa. Todo en nombre de “fortalecer el reino”. Todo sin informar del todo al trono. Cuando el primer informe oficial sobre el “ataque de Dvarn” llegara, sería demasiado tarde para desenredar la verdad. La guerra empezaría en el norte. Las demás fronteras, ya tensas, reaccionarían en cadena. Aliados antiguos se volverían dudosos. Reinos neutrales se sentirían obligados a elegir lado. Un efecto dominó. —En tres días —repitió Seraphil—, el mundo cambiará. Y el reino necesitará héroes, mártires… y culpables convenientes. Elianor asintió. —Asegúrate de que la historia se cuente como queremos —dijo—. Yo me encargaré de que las armas estén listas para escribir el resto. La conversación terminó. Los vitrajes mostraban escenas de santos derrotando demonios. Abajo, en caminos que no salían en los mapas de la corte, un niño de nueve años con el rostro manchado de sangre y tierra caminaba hacia Vaelkis, apretando una daga con los nudillos blancos, sin saber que iba a llegar a una ciudad que, en menos de una semana, estaría mucho más cerca de la guerra de lo que él imaginaba. ![](/api/get-image/28989495-c7e1-4387-98b9-a2cb58a4eeac.webp/chapters/false)
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