Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 10 online gratis en español
El combate con los goblins me había dejado exhausto.
No solo por las heridas y el esfuerzo, sino por todo lo que traía encima: el carruaje, los ladrones, la muerte de mi padre, el bosque, el sistema que se apagó y se encendió cuando quiso.
En mi otra vida, jamás hubiera imaginado vivir algo así.
Esas escenas pertenecían a películas, series, juegos… no a alguien que iba al trabajo, volvía a un departamento pequeño y se quedaba mirando el techo.
Allá, mis padres me habían dejado antes de que pudiera aprender qué era un abrazo paterno de verdad.
Aquí, me lo habían arrebatado justo cuando empezaba a entender cuánto valía.
Sentía un hueco en el pecho que no tenía nada que ver con HP.
Recordé la hoja de Erian.
La saqué con manos manchadas y temblorosas, me senté apoyado en un tronco y, con la punta de la daga y algo de cuidado, escribí lo básico:
“Fui atacado en el camino de regreso.
Bandido mató a mi padre.
Huí hacia el bosque cercano a la ruta que rodea Vaelkis.
Estoy solo. Heridas leves. MP recuperado.
No sé cómo volver sin morir.”
Las palabras eran torpes, cortas.
No sabía por dónde empezar a contarle todo lo demás.
Sujeté la hoja con ambas manos.
Esta vez, el maná sí respondió.
Una pequeña cantidad, una gota comparada con el lago, fluyó hasta la punta de mis dedos.
La hoja se calentó apenas, luego empezó a arder con un fuego azul pálido, sin humo y sin calor.
En segundos, no quedó nada.
—Listo —murmuré—. Al menos lo intenté.
Pensé que la respuesta tardaría horas.
Días, incluso.
No pasaron ni cinco minutos.
Otra hoja apareció frente a mí, materializándose en el aire como si saliera de una grieta invisible, y cayó suavemente en mi regazo.
La abrí con manos todavía sucias.
“NO TE MUEVAS.
IRE POR TI.
ES MÁS SEGURO QUE TE ESCONDAS A QUE VUELVAS POR TU CUENTA.
PUEDO ESTIMAR TU UBICACIÓN POR LA FIRMA DE MANÁ QUE HAY EN EL PAPEL.
TARDARE UN DÍA Y MEDIO YENDO A TODO GALOPE.
SOBREVIVE HASTA ENTONCES.”
Firmado: Erian.
Las letras eran limpias, firmes, sin adornos, pero había algo en ellas que apretó la garganta más que cualquier sermón.
“Sobrevive hasta entonces.”
Una orden simple.
Un deseo.
Una confianza que yo mismo no estaba seguro de tener.
Con mis estadísticas actuales y la magia desbloqueada, había un rayo de esperanza.
No era una garantía.
Pero ya no estaba completamente solo en el mundo.
Primero, tenía que resolver lo básico.
Agua.
Comida.
Mi padre siempre se había encargado de eso durante los viajes: negociar, repartir, controlar el ritmo.
Ahora todo eso se había ido con él.
Me levanté, con el cuerpo aún protestando, y miré hacia el bosque.
No podía alejarme demasiado del camino si quería que Erian me encontrara.
Pero quedarme a plena vista era pedirle a los ladrones que terminaran el trabajo.
Decidí avanzar paralelo a la ruta, manteniendo a la vista, entre los árboles, la línea lejana del camino cuando podía.
Caminé durante el día, buscando primero agua.
La sed empezó a ser un problema muy rápido.
Los labios secos, la lengua pesada, la cabeza un poco ligera.
“Si me deshidrato, ni 100000 MP me salvan”, pensé amargamente.
Me adentré un poco más en el bosque, sin darme cuenta de cuánto, siguiendo el sonido vago de un goteo.
Al final, lo encontré.
Un pequeño arroyo, de agua clara, corriendo entre piedras verdes de musgo.
No pensé en estilo ni en dignidad.
Me arrodillé y hundí la cabeza casi de golpe, bebiendo como si no hubiera mañana.
El agua fría me devolvió algo de vida.
Bebí hasta que el estómago se quejó.
Luego me dejé caer de espaldas al lado del arroyo, mirando la luz filtrarse entre las hojas, dibujando parches en el suelo.
Por unos segundos, solo respiré.
Se sentía… bien.
No feliz.
Pero vivo.
El cuerpo, agotado, pedía sueño.
La mente, llena de imágenes que no quería ver otra vez, pedía cualquier cosa menos eso.
No tuve tiempo de decidir.
Un grito cortó el aire.
No era un grito de animal.
Ni de adulto.
Sonaba más agudo, más joven.
Un niño.
Quizá una niña.
El corazón se me encogió.
Instinto.
Me escabullí de inmediato detrás de un arbusto cercano, escondiéndome como en el árbol, pero esta vez con la daga lista en la mano y los sentidos alerta.
“Ladrones de nuevo”, pensé.
“Otra caravana. O alguien como yo.”
El miedo me empujaba a quedarme inmóvil.
Otra parte de mí, la que aún sentía el eco de los ojos de mi padre diciendo “corre”, se revolvía.
No sabía todavía qué iba a hacer.
Solo sabía que, en un bosque donde yo luchaba por sobrevivir un día y medio, ahora había otra voz gritando.
Y que el mundo no iba a dejarme descansar tan fácil.
El grito se repitió.
Esta vez distinguí palabras, entrecortadas por el llanto:
—¡Por favor…! ¡No…! ¡Perdón…! ¡No me hagan daño…!
Y, mezcladas con esa voz infantil, risas.
Risas que conocía demasiado bien.
Esas carcajadas burlonas, ese tono despreocupado aunque hubiera sangre en el suelo…
Eran los mismos ladrones de la noche anterior.
Sentí cómo el corazón se me encogía y se incendiaba al mismo tiempo.
Miedo.
Rabia.
Mis manos temblaban.
“Si me acerco, es un suicidio”, pensé.
Eran más, con más experiencia, sin escrúpulos.
Yo, aunque tuviera potencial infinito, seguía siendo un principiante con magia recién desbloqueada y casi nada de práctica real.
Tenía el grimorio que me dieron los aventureros, lleno de hechizos de defensa y soporte.
No había tenido tiempo de estudiarlo a fondo.
La frustración volvió.
Aun así, no pude quedarme quieto.
Me moví.
Con pasos lentos, calculados, me acerqué solo lo suficiente para intentar ver qué ocurría, manteniéndome agachado entre los arbustos.
Cada hoja crujida me parecía un trueno.
Fue entonces cuando el sistema habló, como un susurro afinado a mi miedo.
—\[NUEVA HABILIDAD ADQUIRIDA\]: Sigilo – Nivel 1 (Rango C).
Descripción: Reduce en un 80% el ruido generado al moverse y atenúa tu presencia espiritual. Difícil de detectar por sentidos normales mientras la habilidad esté activa. Costo de MP: muy bajo por tiempo de uso.
—¿En serio…? —pensé, casi riéndome por lo bajo—. Al menos esta vez eres útil.
—\[HABILIDAD “SIGILO” ACTIVADA\].
Noté el cambio de inmediato.
Mi respiración se volvió más silenciosa, mis pisadas más ligeras.
Las ramas parecían apartarse un poco en lugar de golpearme, como si algo amortiguara cada movimiento.
Me deslicé entre la vegetación hasta encontrar un hueco entre las hojas de un arbusto cercano.
La escena, al otro lado, me golpeó con fuerza.
Seis cuerpos yacían en el suelo.
Tres con armaduras brillantes, ahora manchadas de sangre y barro: guardias bien equipados.
Otros, con ropas de viaje.
Y un séptimo, un hombre de avanzada edad, con traje negro, recostado contra una roca, sujetándose el pecho donde un corte profundo todavía sangraba.
Un mayordomo.
Eso gritaba su postura, su ropa, su aura.
Respiraba con dificultad, pero seguía vivo.
A unos metros de él, atada de pies y manos, había una niña de mi edad o un poco menos.
Vestido rosa, ahora sucio y rasgado, adornos finos, la cara hinchada de llorar.
Los ojos enrojecidos, la voz rota.
Claramente venía de una familia muy rica.
Solo había que ver el corte de la tela, los bordados, la calidad del calzado.
Los bandidos iban de un lado a otro revisando bolsas, rompiendo baúles pequeños, quejándose.
—¡Puros vestidos de muñeca! —gruñó uno—. ¿No traían joyas de verdad?
—Algo habrá escondido el viejo —dijo otro, pateando al mayordomo—. Los nobles siempre guardan lo bueno en compartimentos secretos.
La niña sollozaba, entrecortado:
—Lo siento… yo no… por favor, no le hagan daño al abuelo… por favor…
“Abuelo”.
Así lo llamaba.
El sistema apareció otra vez.
—\[ANÁLISIS\]: Bandidos detectados. Coincidencia de rasgos de voz, cara y equipo con el grupo que atacó al usuario recientemente.
Probabilidades actuales:
* Si el usuario huye ahora: 95% de supervivencia.
* Si el usuario pelea: 10% de supervivencia.
Buscando rutas de escape óptimas…
—¿Cómo deseas proceder? —preguntó.
Tragué saliva.
Sin pensarlo demasiado, pensé:
“¿Cómo puedo aumentar mis probabilidades de victoria al 100% y rescatar a esa niña?
No quiero que sufra lo mismo que yo.
No puedo darme el lujo de esperar a Erian.
Esta es mi oportunidad de contraatacar.”
Hubo una pausa.
—\[ANÁLISIS EN CURSO\]:
—Sugerencia:
Usar “Copiar Estadísticas” + “Mejora de Estadísticas” sobre tres objetivos: los bandidos más fuertes.
Efecto: replicar su capacidad física y de combate y potenciarla temporalmente en el anfitrión.
Advertencia: uso simultáneo sobre múltiples objetivos, más el refuerzo, podría sobrecargar tu sistema nervioso.
No es recomendable.
—Hazlo —pensé, antes de que terminara.
No era decisión lógica.
Era decisión de alguien que ya lo había perdido casi todo y no podía soportar ver el mismo patrón repetido.
El sistema obedeció.
—\[EJECUTANDO “COPIAR ESTADÍSTICAS”\].
Buscando objetivos…
Mis ojos se movieron entre los bandidos.
Uno, más alto, con armadura de cuero mejor cuidada y una espada decente, daba órdenes: el líder.
Otro, con arco y movimientos precisos, vigilaba el perímetro.
Un tercero, con dos dagas, se movía con soltura, rebuscando bolsas con rapidez y cuidado.
—\[OBJETIVOS SELECCIONADOS\]:
1. Bandido Líder – Estilo: Espadachín. Nivel aproximado: 27.
2. Arquero de Élite – Estilo: Tirador. Nivel aproximado: 24.
3. Asaltante Ágil – Estilo: Daga dual / combate cercano. Nivel aproximado: 23.
—\[COPIANDO PARÁMETROS…\].
Sentí tres “golpes” de información entrar en mí.
Fuerza, resistencia, agilidad, patrones de movimiento, ángulos de golpe, memoria muscular ajena.
No era perfecto; era como ver años de entrenamiento condensados en destellos.
—\[EJECUTANDO “MEJORA DE ESTADÍSTICAS” SOBRE PARÁMETROS COPIADOS\].
Un calor intenso recorrió mi cuerpo.
Mis músculos se tensaron, mi percepción del propio peso cambió, el mundo se volvió más lento alrededor, como si todo se moviera en un punto intermedio entre mi velocidad y la de ellos.
—\[ADVERTENCIA\]: Carga sobre el sistema nervioso: alta.
Riesgo de dolor extremo, fatiga severa y posible pérdida de conciencia prolongada.
No esperé a que terminara.
Tenía el elemento sorpresa.
Era mi única ventaja real.
Apreté la daga.
Desactivé Sigilo solo cuando ya estaba lo bastante cerca.
Salí del matorral como si me hubieran disparado.
Primero objetivo: el arquero.
Mientras uno de los bandidos levantaba una bolsa y decía algo sobre “revender vestidos”, yo ya estaba corriendo hacia el tirador, que estaba de espaldas, mirando hacia el camino.
Mis pies clavaban mejor el suelo, mis pasos eran firmes y rápidos.
El mundo, más claro.
A pocos metros, el arquero empezó a girar, sorprendido por el ruido.
Demasiado tarde.
Salté, empujado por piernas que no eran solo mías, y le clavé la daga en la garganta con ambas manos, usando todo el cuerpo para empujar.
Caímos juntos.
El sonido fue húmedo.
Su arco se le escapó de la mano.
Los demás se giraron.
—¿Qué…?
—¡El crío!
—¡Es el mocoso del carruaje!
No les di tiempo.
Rodé, recogí el arco con la mano izquierda y, copiando el movimiento que el sistema me mostraba como “natural” para ese cuerpo que no era mío, encordé una flecha de las que llevaba el arquero en el carcaj.
La disparé sin pensar, guiado más por la memoria robada que por mi propio entrenamiento.
La flecha fue directa al ojo de uno de los bandidos que se lanzaba hacia mí.
—Dos —marcó algo dentro.
El líder rugió:
—¡Mátenlo! ¡Y no dañen a la niña!
Cinco contra uno.
Uno de ellos cargó de frente con un hacha.
Me moví hacia un lado, sintiendo en las piernas la agilidad del asaltante ágil que había copiado.
La hoja rozó el aire donde yo había estado un segundo antes.
Le corté el tendón de Aquiles con la daga al pasar.
Cayó con un grito, y un segundo corte en la garganta lo silenció.
Tercero.
Dos más se lanzaron juntos.
Uno, con lanza.
Otro, con espada corta.
Retrocedí, usé un árbol como cobertura, desvié la lanza con un golpe lateral, aprovechando el ángulo aprendido del líder espadachín, y me metí en su guardia.
La lanza quedó demasiado larga para ser útil.
La daga, en cambio, encontró su estómago.
El de espada corta me alcanzó por el costado.
Su golpe chocó con mi hombro, cortando tela y piel.
El dolor explotó.
—¡Ah…!
Casi se me cayó la daga.
El bandido sonrió.
—Ya te tengo, mocoso—
Una flecha que no era mía le atravesó la mejilla.
Me giré, sorprendido.
El mayordomo, pálido, temblando y sangrando, había tomado una ballesta caída del suelo.
Le temblaban las manos tanto que ni él sabía cómo había acertado.
—No… toques… a la señorita… —murmuró, con voz ronca.
El bandido tambaleó.
Yo aproveché y lo rematé con un corte al cuello.
Cuarto.
Quinto.
El líder, ahora sí, se lanzó en serio.
Sus golpes eran precisos, entrenados.
Cada estocada buscaba un punto vital.
Yo los veía venir, gracias a la copia, pero mi cuerpo no era el suyo, y reaccionar a esa velocidad me costaba.
Bloqueaba, desviaba, recibía cortes pequeños pero constantes: brazos, costado, muslo.
La sangre empezaba a dificultar el agarre.
—\[ADVERTENCIA\]: Daño acumulado moderado.
Y aun así, algo en mí se negaba a retroceder.
No quería que la niña viera otra versión de la escena del carruaje.
No otra vez.
—¡Auto–cura…! —alcancé a pensar, a medias entre dos golpes.
El sistema reaccionó.
—\[HABILIDAD EMERGENTE\]: Auto–Curación Media – Nivel 1 (Rango B).
Descripción: Regenera de forma acelerada heridas moderadas del usuario durante un período corto. Costo de MP: medio.
—¿Usar ahora?
—¡Sí!
Un calor intenso recorrió mis heridas.
Los cortes dejaron de sangrar tanto.
El dolor se volvió más sordo, menos punzante.
No desapareció, pero dejó de nublar la vista.
El líder notó el cambio.
—¿Magia de curación…? —escupió—. ¿Qué demonios eres, niño?
—Alguien que no piensa dejarte vivo —respondí, sin saber de dónde me salía tanta valentía verbal.
Los últimos segundos del combate fueron sucios.
Nada de duelo elegante.
Él me hizo tropezar, yo le clavé la daga en el muslo, él me golpeó en la cara con el pomo de la espada, yo le hundí la rodilla en la entrepierna, él trató de apartarse, yo me lancé a su cuello.
Al final, la diferencia no fue mi fuerza ni su experiencia.
Fue que yo ya no tenía nada que perder.
La daga encontró la base de su cuello, entre clavícula y armadura.
Empujé con ambas manos, gritando, sintiendo cómo rompía carne y algo más.
El líder se convulsionó, intentó agarrarme, luego cayó de espaldas.
Silencio.
Solo mi respiración y la de alguien sollozando detrás.
Un bandido huyó, corriendo hacia el bosque sin mirar atrás.
Intenté seguirlo con la vista.
Mis piernas dijeron que no.
El sistema habló, con voz apagada.
—\[RESULTADO DEL COMBATE\]:
Bandidos derrotados: 9.
Uno ha escapado.
Riesgo inmediato para el usuario y acompañantes: bajo.
—\[ADVERTENCIA\]: Carga sobre sistema nervioso: elevada.
Auto–Curación Media ha mitigado daño, pero la fatiga mental se mantiene.
La cabeza me dolía como si me hubieran metido un clavo ardiente.
El mundo se balanceaba un poco.
Me giré hacia el mayordomo.
Se deslizaba lentamente hacia el suelo, la ballesta colgando de sus dedos.
—No se… muera —dije, arrastrando las palabras.
Levanté la mano.
—Curación… de área… media…
El círculo verde–azul apareció bajo nosotros.
La luz lo envolvió a él, a mí, y a la niña atada.
Las heridas del mayordomo se cerraron parcialmente.
La sangre dejó de manar con tanta fuerza.
Su respiración, aunque todavía pesada, se estabilizó.
No estaba completamente curado.
Pero ya no se moría delante de mí.
El hechizo, sin embargo, terminó de exprimir lo poco que le quedaba a mi cabeza.
El dolor aumentó.
Me tambaleé, casi cayendo de rodillas.
Apoyado en la daga, avancé hasta la niña.
Su mirada no se apartaba de mí.
Ojos grandes, claros, fijos en mi cabello blanco sucio de sangre y barro, en mis ojos azules, en mis manos temblorosas.
Para ella, con lo que acababa de ver, yo debía parecer algo entre un monstruo y un héroe.
Corté las cuerdas de sus manos y pies con cuidado.
—Ya… está —dije—. Estás… a salvo. Por ahora.
Ella no respondió al principio.
Solo respiraba rápido, mirándome como si yo fuera a desaparecer si parpadeaba.
En su cabeza, pensé, probablemente estaba viendo algo muy distinto a lo que yo sentía:
Yo me veía como un niño al borde de caer por agotamiento.
Ella, quizá, como un héroe resplandeciente, con cabello blanco como la nieve y ojos azules como el mar, que había aparecido de entre los arbustos para vencer a nueve bandidos él solo.
Lo último que hice antes de que el dolor de cabeza se volviera insoportable fue mirar a la hoja de Erian en mi bolsa, sentirla ahí, y pensar:
“Espero que llegues pronto.
Porque esto… solo acaba de empezar.”
Un duque, una poción y lágrimas
El mayordomo se acercó despacio.
Aún estaba pálido, con el traje negro rasgado y manchado, pero en sus ojos se veía algo que no había visto cuando estaba en el suelo: alivio.
Al ver que la niña estaba libre y de pie, respiró un poco más hondo.
Fue entonces cuando ella, como si se le hubiera roto el último hilo que la mantenía firme, empezó a llorar con fuerza.
Lloraba por lo que había pasado, por los guardias caídos, por el miedo acumulado.
Sollozos profundos, desordenados.
El mayordomo me miró unos segundos.
Sus ojos se posaron en mi rostro, en la forma en que me tambaleaba un poco, en el gesto de dolor de cabeza que no podía ocultar.
Notó la fatiga mental aunque no entendiera los detalles.
Puso a la “señorita” a un lado, apoyada contra un tronco, y le habló con suavidad:
—Por favor, espere aquí un momento, mi lady. Iré enseguida.
Se puso a buscar entre la ropa tirada y las maletas abiertas, revolviendo con prisa.
—Vamos, vamos… —murmuraba—. Tiene que estar aquí…
Hasta que de pronto exclamó:
—¡Sí! Aquí estás.
Regresó hacia mí con una pequeña botella transparente entre las manos.
Dentro, un líquido dorado que parecía emanar un brillo mágico suave y agradable.
—Bébala, por favor —dijo, tendiéndomela—.
Esto aliviará su fatiga por haber usado tanta magia y habilidades.
Me sentía desorientado, mareado, con la cabeza a punto de estallar.
No tenía energía para desconfiar.
Tomé la botella, la destapé y la bebí de un trago.
Era dulce, con un fondo amargo, y dejó una sensación cálida en la garganta.
El sistema reaccionó al instante.
—\[DETECCIÓN\]: Poción de Stamina (resistencia / recuperación).
Función: reduce fatiga física y mental, y mitiga efectos secundarios por uso intensivo de magia.
—¿Deseas replicar la fórmula?
“Sí”, pensé, casi por reflejo.
—\[ANÁLISIS DE COMPONENTES EN CURSO\].
—\[CREANDO NUEVO HECHIZO\]: “Stamina” – Nivel 1 (Rango B).
Descripción: hechizo de soporte que reduce la fatiga y los efectos secundarios del uso de magia en el usuario o un objetivo. Costo de MP: medio.
Mientras escuchaba eso, sentí cómo la presión en mi cabeza empezaba a disiparse.
El dolor se fue deshaciendo como niebla al sol.
Los latidos en las sienes se calmaron.
Los músculos dejaron de sentirse tan pesados.
Suspiré.
—Stamina… —murmuré, casi sin querer.
El mayordomo abrió los ojos con sorpresa.
—Impresionante —dijo—. ¿Conoces la receta?
Sonreí, pero fue una sonrisa amarga.
—Veo que están bien —respondí—. Muchas gracias por la poción.
Me incliné en una pequeña reverencia, más por reflejo que por protocolo.
El mayordomo reaccionó de inmediato, casi sobresaltado.
Se acercó y tomó mis hombros con firmeza, pero con gentileza.
—Por favor, no incline la cabeza —dijo, con voz cálida—.
Esto es lo mínimo que podía hacer después de que nos haya salvado la vida.
Soltó mis hombros, se enderezó y, con una formalidad que contrastaba con el caos del lugar, añadió:
—Permítame presentarnos correctamente.
Mi nombre es Sebastian.
Soy el mayordomo en jefe de la casa del duque Loramir.
Y esta es su hija, la señorita Aradia.
Estamos profundamente agradecidos por lo que acaba de hacer.
Sebastian se inclinó ante mí.
Cuando la niña —Aradia— lo vio, hizo lo mismo, con una reverencia impecable, propia de la alta nobleza.
Mi memoria hizo clic.
“Duque.
Hija del duque.
Loramir… eso significa…”
—¿La… la sobrina del rey? —pensé en voz alta, casi ahogándome.
Me incorporé de golpe y me arrodillé torpemente.
—¡Mis disculpas! —exclamé—. N-no sabía quiénes eran… Yo solo…
No los conocía en persona, pero sabía perfectamente lo que significaba un duque en Asterion: uno de los grandes pilares del reino, pariente cercano de la familia real.
Sebastian se puso nervioso.
—Por favor, jovencito —dijo con rapidez—, las formalidades ahora sobran.
Levántese. No estamos en un salón de baile, sino en medio de un lugar donde casi muere.
Tomó aire.
—¿Cuál es su nombre?
—Hino… —respondí—. Hino de Harunose.
Casi sin querer, empecé a explicar lo que había pasado la noche anterior:
El carruaje.
Los aventureros.
Los ladrones.
La orden de “maten a todos menos al niño”.
Mi padre corriendo.
La espada en su pecho.
Las palabras salían a trompicones.
La voz se me cortaba.
Las lágrimas se amontonaban en los ojos, negándose a caer del todo.
De repente, sentí un calor suave.
Aradia se acercó y me abrazó.
No era un abrazo perfecto.
Era torpe, tembloroso, pero sincero.
Ella también había perdido gente: guardias leales, quizá conocidos desde pequeña.
Pero perder a un padre era otra cosa.
Eso lo entendía, aunque fuera una niña noble.
Ese gesto rompió el último muro que quedaba en pie.
No pude aguantar más.
Lloré.
Lloré a moco tendido, sin elegancia, sin cuidar la imagen, con la cara enterrada en el hombro de alguien que apenas conocía.
Lloré por mi padre, por lo que había pasado, por el miedo, por la rabia contra los ladrones, contra el sistema, contra la guerra, contra un mundo que parecía decidido a empujarme a pelear aunque yo solo quería vivir tranquilo.
Aradia no dijo nada.
Solo apretó un poco más los brazos alrededor de mí.
Sebastian los miraba.
Por dentro, pensaba:
“Este niño es extraordinariamente fuerte.
No solo en magia o combate… sino en lo que ha soportado.
Creo que es necesario que el duque lo sepa.
No para usarlo, sino porque alguien así no puede ser ignorado en tiempos como estos.”
La familia Loramir no era como muchos otros nobles del reino.
No eran santos, pero eran de los pocos que de verdad intentaban seguir los principios de justicia y libertad que el rey proclamaba.
Sebastian no veía en mí un arma a reclamar, sino un niño que había hecho lo imposible y que merecía algo mejor que morir solo en un bosque.
Interrumpió la escena con discreción.
Se aclaró la garganta.
—Señorita Aradia, joven Hino —dijo—.
Lamento interrumpir, pero no estamos del todo seguros aquí.
El ducado Loramir no está lejos de este punto.
Es mejor partir de inmediato.
Me limpié la cara con la manga, todavía un poco avergonzado.
—P-pero… ya vienen por mí —dije—.
Le escribí a alguien. A un amigo. Un semielfo llamado Erian.
Dijo que vendría a buscarme.
Les expliqué sobre Erian, la hoja mágica, el mensaje que había enviado y la respuesta que había recibido.
Sebastian asintió.
—¿Puedo ver el papel? —preguntó.
Se lo tendí.
Lo observó con atención, notó los restos de magia en las fibras, los trazos de la firma de maná.
Murmuró algo para sí.
—Ya entiendo… —susurró—. Con que Erian, ¿eh?
No lo dijo con desconfianza.
Más bien, con reconocimiento.
—No se preocupe, señorito Hino —añadió—. Déjeme un minuto.
Sacó otra hoja del mismo tipo, escribió algo rápido —un mensaje corto— y canalizó un poco de su maná.
La hoja ardió en azul y desapareció.
Segundos después, otra surgió en el aire.
La leyó en silencio.
Luego sonrió apenas.
—“Entiendo” —dijo—. Esa es la respuesta de Erian.
Guardó la hoja con cuidado.
—Está al tanto de que está con nosotros —explicó—.
Si lo conozco bien, sabrá dónde encontrarnos si lo considera necesario.
Por ahora, lo más sensato es dirigirnos al ducado.
Allí habrá techo, comida, camas… y menos probabilidades de que bandidos nos interrumpan otra vez.
Recogió algunas cosas del suelo, aseguró las pertenencias útiles en el caballo que quedaba utilizables, hizo un arreglo rápido del equipo.
Pronto estábamos listos.
Sebastian subió primero, luego ayudó a Aradia y finalmente me ofreció la mano.
Montamos los tres, el caballo cargando con más peso del habitual, pero empujado por la urgencia.
Sería un viaje de medio día a galope.
Mientras el bosque se iba desenfocando detrás, el cielo se teñía de tonos naranjas.
La luz del atardecer hacía que todo pareciera más irreal.
Hino, con el cuerpo cansado y el corazón aún más, pensaba:
“Conocen a Erian.
Vamos a un ducado.
He mostrado demasiado poder delante de gente muy importante…”
La preocupación se coló entre los latidos.
“Me van a reclutar para la guerra,” pensó amargamente mientras el caballo galopaba hacia el horizonte.
Y aun así, por primera vez desde que su padre cayó, había algo que se parecía, aunque fuera un poco, a un lugar a dónde ir.

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Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)
Capítulo 11
Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 10
Estás leyendo el capítulo 10 de Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela), un novela. PRIVILEGIO SIN LÍMITE Murió salvando a un desconocido. Nadie fue a verlo al hospital. Su jefe lo despidió por mensaje. Cuando volvió a casa, alguien ya se había llevado sus cosas. Así terminó su vida: sin testigos, sin… Este capítulo tiene publicado el 25 de febrero de 2026. Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) tiene 26 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.