Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 7 online gratis en español
Desperté mirando un techo que no reconocía.
Blanco, liso, sin grietas familiares que pudiera enumerar.
Una cortina clara se movía con una brisa cálida, dejando entrar la luz del mediodía por los bordes de una ventana.
Olor a jabón.
A madera bien cuidada.
A sábanas nuevas.
No era el bosque.
No era Harunose.
Intenté incorporarme y una punzada leve me atravesó la cabeza, como resaca mágica.
—\[NOTA DEL SISTEMA\]: Recuperación física: 100%. Fatiga mental: 23% residual. Sin daño permanente.
Giré la cabeza.
En la esquina de la habitación, sentado en una silla incómoda con la espalda encorvada y la cabeza apoyada en el pecho, estaba mi padre.
Dormitaba, pero no era un sueño profundo: era ese tipo de descanso roto que se tiene cuando el cuerpo se apaga antes que la preocupación.
El crujido del colchón bastó para despertarlo.
Abrió los ojos, me vio… y en un segundo pasó de la confusión al desborde.
—¿Hino? —susurró.
Luego, más fuerte—. ¡Hino!
Se levantó de golpe, la silla casi se volcó.
En dos pasos estuvo a mi lado y me rodeó con los brazos, apretándome como si temiera que me desvaneciera si soltaba.
—¿Cómo estás? ¿Te duele algo? ¿Puedes hablar? —su voz se quebraba entre cada palabra—. Pensé… pensé que no ibas a despertar…
No me dejaba respirar.
—P–papá… aire…
Se separó un poco, pero seguía sujetándome por los hombros, los ojos rojos, lágrimas que no terminaban de caer.
—Tuviste dos días inconsciente —dijo—. Dos días. Después de… de eso que hiciste en el bosque… —tragó saliva—. Gald dijo que a veces los magos se queman por dentro. Pensé que…
Su voz se apagó.
Yo intenté sonreír.
—Estoy bien —dije—. Solo… me duele un poco la cabeza.
La puerta se abrió sin tocar.
Gald, Rinna, Tovis y uno de los comerciantes de la caravana entraron.
Sus rostros, normalmente firmes o relajados, se veían más serios de lo habitual.
—Así que el héroe despertó —dijo Gald, forzando una sonrisa.
Rinna suspiró con alivio.
—Menos mal. Estaba empezando a creer que nos habías salvado la vida para luego largarte sin despedirte.
Tovis se acercó un poco más, mirándome como si fuera un espécimen raro.
—¿Cómo te sientes? ¿Ves doble? ¿Te arde algo por dentro? ¿Oyes voces raras aparte de las habituales?
(Sí, pensé. Pero esa conversación la tenía con otro “sistema”.)
—Solo cansado —respondí—. Y un poco mareado.
El comerciante que los acompañaba era uno de los que había viajado con nosotros desde el principio.
Ropa buena pero discreta, mirada afilada, ese tipo de hombre que no lleva armas visibles pero nunca parece sentirse desprotegido.
Todos se alinearon al lado de la cama, como si hubiera un protocolo implícito.
Gald habló primero.
—Te debemos la vida, Hino —dijo, serio—. A todos.
Si no hubieras lanzado esa… cosa… el ciervo nos habría barrido.
Rinna asintió.
—Perdimos gente —admitió—. No puedo endulzarlo. Pero sin ti, nadie estaría aquí para contarlo.
Tovis se rascó la cabeza.
—Lo que hiciste no es normal.
Un niño, bola de fuego de ese tamaño, luego curación de área… —negó con la cabeza—. Si lo cuento en un gremio, se ríen en mi cara.
Pero lo vi. Lo sentimos. No tengo forma de negarlo.
Mi padre escuchaba todo, tenso, como si cada elogio fuera una piedra que caía en un pozo.
Se inclinó hacia ellos.
—Se los voy a pedir directamente —dijo, la voz firme pero temblorosa—.
No hablen de esto.
No a los templos.
No a los guardias.
No a los gremios.
No a nadie que pueda hacer un reporte al reino.
Los aventureros se miraron entre sí.
—Si el rey, la corte o la iglesia se enteran de que un niño de nueve años lanza hechizos así… —continuó— no vendrán a “felicitarlo”.
Vendrán a llevárselo.
Y yo… —la voz se le quebró— no estoy dispuesto a entregar a mi hijo a gente que lo verá como arma antes que como persona.
Silencio.
Gald fue el primero en hablar.
—No me gusta mentir en informes —dijo, cruzado de brazos—.
Pero también he visto qué hace el reino cuando encuentra algo que cree poder usar.
Y no confío en nadie lo suficiente como para entregarles a un niño así.
Se arrodilló ligeramente, a la altura de mi cama.
—Por mi rango y por mi nombre —dijo—, juro que no diré nada de lo que vi.
En mi informe, el ciervo de maná se retiró con graves heridas y murió en el bosque.
La caravana sobrevivió con grandes pérdidas, pero sin milagros visibles.
Rinna asintió.
—Yo también —dijo—. No soy fan de los nobles que juegan a la guerra con gente que no conocen.
Si Hino quiere volverse famoso algún día, que sea porque él lo decide, no porque lo vendimos en un informe.
Tovis suspiró.
—A los magos nos encanta presumir descubrimientos —admitió—.
Pero hay cosas que es mejor guardar.
Si digo que vi a un niño con más maná que un mago de corte, me encierran por loco.
Si lo creen… se lo llevan.
Y ya he visto suficientes “prodigios” romperse en torres y laboratorios.
También me callo.
Todos hablaron en serio.
No era una promesa ligera.
Mi padre bajó la cabeza.
—Gracias —dijo, con un hilo de voz—. De verdad.
—Eso sí —añadió Gald, intentando suavizar—. Callarme no significa no agradecer.
Sacó algo envuelto en tela de su cinturón y me lo tendió.
—Toma. De parte del grupo.
Desenvolví el paquete.
Era una daga corta, de hoja limpia, guardia sencilla.
Pero lo que la hacía especial era el leve brillo violáceo que recorría el filo.
—Tiene un encantamiento de parálisis temporal —explicó Gald—.
Si cortas a algo vivo, aunque sea un rasguño, sus músculos se entumecen unos segundos. No es infalible, pero a tu edad esos segundos son la diferencia entre escapar o no.
Rinna puso encima otro objeto: un libro de tamaño mediano, encuadernado en cuero gastado.
—Y esto es mío —dijo—. Un grimorio de hechizos básicos de defensa y soporte. Nada de magia de destrucción loca; barreras, refuerzos, trampas sencillas.
Lo usé cuando empecé con un mago de apoyo. Ya no me hace falta tanto, pero a ti… te va a sobrar.
Tovis sonrió.
—No viene con instrucciones para no explotar cosas —añadió—, pero con tu cabeza seguro entiendes las notas.
Mi padre se quedó sin palabras.
—No podemos aceptar…
—Podemos —lo interrumpió Gald—.
Porque no son un pago. Son… inversión.
Si el mundo va a tener que lidiar contigo, prefiero que lo haga un Hino con herramientas decentes y algo de guía.
Uno a uno, los aventureros se despidieron.
Tenían que seguir con trámites, reparaciones, organización del regreso.
El único que se quedó fue el comerciante.
Cerró la puerta con suavidad cuando los demás se fueron.
De cerca, se notaba mejor lo que antes solo intuía:
No era un simple mercader de paso.
Su ropa, aunque sin ostentación, era de telas que un campesino no vería en su vida.
Sus manos estaban muy cuidadas para alguien que “solo cargaba cajas”.
Y su mirada… la de alguien acostumbrado a hablar con gente peligrosa sin parpadear.
—Ante todo —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—, gracias.
Me salvaste la vida.
Si ese ciervo no caía cuando lo hizo, yo no estaría aquí.
Mi padre respondió con torpeza.
—Solo fue… cosa de mi hijo. Nosotros…
—Lo sé —lo interrumpió el hombre—. Y será mejor que muy poca gente lo sepa.
Se acercó un poco más a la cama.
—Mi nombre es Lorgan Velt —dijo—. Puede que no signifique nada aquí, pero en otras partes del continente… tiene cierto peso.
He comerciado con nobles, con generales, con magos de corte e incluso con un par de reinos vecinos.
Si digo que alguien salvó mi vida, es más que un cumplido. Es un registro mental.
Saqué una conclusión rápida:
Este hombre no era solo un comerciante.
Era un nodo de información.
Lorgan abrió una pequeña bolsa que llevaba en el cinturón y la dejó sobre la cama.
Era de cuero oscuro, con un cierre de cordón y un símbolo discreto grabado en el frente.
—Esto es para ti —dijo—. Lo llevaba conmigo, pensaba venderlo en Vaelkis. Pero hay cosas que el dinero no paga.
La tomé.
Se sentía más ligera de lo que esperaba.
—\[ANÁLISIS DEL SISTEMA\]: Objeto identificado: Bolsa de almacenamiento dimensional (“Item Box” física).
Capacidad interna: equivalente a un pequeño cuarto.
Peso constante (no depende del contenido).
Permite guardar y recuperar objetos mediante intención y contacto.
—Una bolsa mágica… —susurré.
—Te vendrá bien —dijo Lorgan—. Para guardar libros, herramientas, armas, cosas que no quieres que cualquiera vea.
Mi padre abrió los ojos.
—Esto cuesta… —empezó.
—Mucho —lo interrumpió Lorgan—. Lo sé. Y aun así, no es equivalente a que un niño de nueve años derribe un ciervo de maná justo antes de reventarme a mí también.
Se apoyó en el borde de la ventana, mirando la luz que entraba.
—También tengo información —añadió—. Que no puedo entregar como si fuera una bolsa, pero que quizás te sirva más.
Mi padre se tensó.
—¿Qué tipo de información?
Lorgan lo miró serio.
—No es rumor —dijo—. No son cuentos de taberna.
Es calendario.
El reino de Asterion ya tiene una fecha aproximada para el despliegue de tropas.
La guerra no es un “tal vez”. Es un “cuando”.
El aire de la habitación se volvió pesado.
—En los próximos meses —continuó—, empezarán los reclutamientos masivos. Primero voluntarios, luego “recomendados”, después levas disfrazadas de honor patriótico.
Nombres como el de tu hijo —miró a mi padre—, con registros de “talento” en templos y parroquias, serán muy valiosos.
Mi padre apretó los puños.
—Entonces más razón para que nadie hable de lo que hizo.
—Exacto —asintió Lorgan—.
Puedo garantizar que, de mi boca, no saldrá nada de esto ni ante nobles ni ante sacerdotes.
Tengo demasiado que perder si se descubre que oculté algo así, pero… también tengo demasiado respeto por quienes me salvan la vida como para venderlos.
Se volvió hacia mí.
—Hino —dijo—. No sé qué vas a ser en el futuro.
Mago, aventurero, sabio, monstruo… eso lo decidirás tú y las circunstancias.
Pero desde hoy, no eres invisible.
Aunque te ocultemos de los registros oficiales, el mundo en el que vives se está moviendo hacia la guerra. Tarde o temprano, llamarán a tu puerta.
Me sostuvo la mirada.
—Cuando eso pase, recuerda esto:
No estás obligado a jugar con las reglas que otros hicieron para aprovecharse de gente como tú.
Se enderezó.
—Por ahora, concéntrate en llegar a Vaelkis, en ver a ese semielfo raro del que habla tu padre, y en entender mejor lo que llevas dentro.
Cuanto más lo entiendas tú… menos podrán usarlo otros.
Se dirigió a la puerta, luego se detuvo.
—Ah, y una cosa más —añadió, con una media sonrisa—.
Si alguna vez llegas a la capital y necesitas vender algo que no quieres que pase por manos de la iglesia ni de los gremios… busca el sello de Velt.
Si sigues vivo para entonces, será un gusto volver a hacer negocios contigo.
Cuando se fue, el silencio llenó la habitación de nuevo.
Mi padre se sentó a mi lado.
—Hino… —dijo, despacio—. El mundo es más peligroso de lo que pensaba.
Pero también… tú eres más peligroso de lo que pensaba.
Lo dijo sin reproche.
Solo como quien toma nota de una verdad incómoda.
Yo miré la bolsa mágica, la daga, el grimorio.
Y sentí, por primera vez de forma clara, que la vida tranquila en Harunose ya no era un simple sueño difícil:
Era un lujo que el mundo, tarde o temprano, intentaría negarme.
Mi padre esperó a que el eco de las palabras de Lorgan se apagara en la habitación.
Luego respiró hondo.
—Estamos en un pueblo pequeño en la orilla del bosque —explicó—. Lo suficientemente lejos de Harunose como para estar a salvo por ahora, pero no tan lejos como para no poder volver.
El lugar donde vive mi amigo está a medio día de viaje desde aquí.
Se sentó al borde de la cama.
—Escucha, Hino.
Si quieres regresar a casa ahora mismo, lo entenderé.
Volvemos con tu madre y tus hermanas, buscamos otro sitio donde vivir tranquilos, lejos de rutas y de ejércitos. Harunose no es el único lugar del mundo.
Sus manos se apretaban sobre sus rodillas.
—Si quieres seguir adelante para que mi amigo te evalúe… también lo respetaré.
No voy a obligarte a nada. No después de lo que has hecho y de lo que hemos visto.
Quiero que esta decisión sea tuya.
Me dejó en silencio.
Miré la bolsa mágica, la daga, el grimorio.
Revisé mentalmente cada palabra que Lorgan había dicho, cada gesto, cada dato.
La memoria perfecta no solo me dejaba recordar.
Me permitía volver a pensar lo ya pensado desde otros ángulos.
Había aprendido a leer y escribir en poco tiempo en Harunose.
Pero los libros del pueblo eran pocos, repetidos, simples.
Si quería entender lo que llevaba dentro —mi magia, mi MP, mi privilegio sin límite— no lo lograría quedándome en un lugar donde la gente apenas sabía lo que era un círculo mágico.
Necesitaba un guía.
Alguien que, aunque fuera raro y poco sociable, supiera de magia mucho más de lo que yo podía deducir solo.
Al mismo tiempo, una punzada me atravesó el pecho.
La cara de mi madre preocupada, pero sonriendo cuando salimos.
Las manos de Lila colgándome el amuleto.
La risa de Mira, fingiendo que todo era una pequeña aventura.
La voz de Akari, que casi podía escuchar diciendo “¡oye, no te vayas muy lejos sin traer historias nuevas!”.
Un nudo en la garganta.
“De ninguna forma puedo decirles que vengo de otro mundo”, pensé.
“Ni a mis padres, ni a aventureros, ni a un semielfo que aún no conozco.
Hay cosas que tienen que quedarse conmigo, al menos por ahora.”
No podía soltarlo todo.
No si quería tener margen para decidir qué hacer con mi poder antes de que otros decidieran por mí.
—Antes de revisar mis estadísticas mágicas… —pensé— necesito saber si puedo confiar en el elfo.
Si va a verme como persona o como experimento.
Al final, la respuesta fue sencilla.
Levanté la vista.
—Papá.
Él me miró, tenso.
—Vayamos con tu amigo —dije—.
Necesito saber más sobre este poder, no para presumirlo ni para hacerme famoso… sino para protegerme.
Y sobre todo, para protegerte a ti, a mamá y a mis hermanas.
Quiero… devolver, aunque sea un poco, de la felicidad que me han dado desde que nací.
Mi voz sonó más firme de lo que esperaba.
Por dentro, seguía siendo un niño que extrañaba su casa.
Mi padre se quedó mirándome un momento.
Luego, sonrió con tristeza y orgullo mezclados.
—Tienes una forma rara de hablar para tu edad —dijo—.
Pero… sí. Esa es la respuesta que esperaba de ti.
Apretó mi hombro.
—Terminaremos de descansar hoy. Mañana al amanecer partimos hacia Vaelkis.
Conocerás a ese semielfo raro. Y juntos veremos qué se puede hacer.
El viaje de medio día fue… tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Sin goblins, sin ciervos de maná, sin emboscadas.
Solo el crujir de la carreta que habían conseguido en el pueblo, el sonido de los cascos, el susurro de los árboles alejándose poco a poco.
—\[NOTA DEL SISTEMA\]: Entorno estable. Sin presencias hostiles significativas en rango cercano.
Pero el mundo, incluso en calma, estaba cambiando.
Cuando entramos al siguiente pueblo, lo noté al instante.
Calles más anchas.
Casas mejor construidas, con dos pisos, techos reforzados.
Gente con ropa más variada, telas de colores que en Harunose no se veían.
Carros de mercancía de otros lugares.
Más desarrollado, sin duda.
Cercanía relativa a la capital del reino.
Y, aun así, el aire se sentía pesado.
Había muy pocos hombres adultos.
La mayoría de las personas en las calles eran mujeres, ancianos, niños.
Los rostros estaban cansados.
Las miradas, preocupadas.
En una esquina, vi a un grupo de mujeres hablando en voz baja, sujetando papeles con sellos oficiales.
Carteles pegados a paredes anunciaban “levas voluntarias”, “reclutamiento para la defensa del reino”, “honor y gloria para Asterion”.
—\[OBSERVACIÓN\]: Los reclutamientos han comenzado. La guerra ha dejado de ser un rumor para este lugar.
Los niños miraban pasar a los guardias con una mezcla de admiración y miedo.
Las madres los apretaban hacia sí, como si temieran que una mirada bastara para llevárselos.
Mi padre frunció el ceño.
—No me gusta este ambiente —murmuró—. Solo haremos lo que vinimos a hacer y nos iremos.
Seguimos las indicaciones que llevaba anotadas desde la carta del semielfo.
Calle empedrada, esquina con un pozo, segunda bocacalle a la derecha…
Hasta que llegamos.
Era una tienda, pero no como las de comida o tela que había visto antes.
En el letrero de madera, dibujado con trazos finos, había un símbolo que no conocía: un círculo con líneas entrecruzadas y una pluma.
Las ventanas estaban cubiertas parcialmente por telas, dejando ver apenas sombras y colores.
Entramos.
Un olor denso, mezcla de hierbas secas, especias, tinta y algo metálico, nos dio la bienvenida.
Estanterías cubiertas de frascos: pociones de diferentes colores, etiquetas con nombres que no reconocía.
Mesas con herramientas metálicas, pinzas, alambiques, calderos pequeños.
Túnicas colgadas en percheros, algunas bordadas con runas.
Cristales, piedras talladas, plumas, polvos brillantes.
Un mundo totalmente nuevo para mí.
—Es… —susurré— una tienda de pociones y herramientas mágicas…
—Bienvenidos —dijo una voz desde el fondo, sin emoción—. Cerramos al atardecer. Si vinieron a curiosear, háganlo rápido.
La cortina del fondo se movió.
De entre los frascos y el humo suave, emergió una figura delgada, cabello lacio y plateado recogido de forma descuidada, orejas ligeramente puntiagudas, ojos cansados pero extremadamente claros.
Un semielfo.
Nos miró, primero con aburrimiento…
Hasta que sus ojos se posaron en mi padre.
Su ceño se frunció apenas.
—Daigo —dijo, con voz plana—.
Pensé que morirías cazando algo estúpido, no entrando a mi tienda con un niño que huele a maná descontrolado.
Mi padre soltó una carcajada nerviosa.
—Hola, Erian —respondió—.
Sí, sigo vivo. Y… necesito tu ayuda.
El semielfo me miró de nuevo, esta vez con más atención.
No era la mirada de un comerciante.
Era la mirada de alguien que, como el sistema, veía capas debajo de la piel.
—Supongo —dijo Erian— que este viaje no será aburrido
Erian no dijo nada al principio.
Solo caminó despacio desde el fondo de la tienda hasta quedar frente a mí, con ese andar silencioso que tienen los que están más acostumbrados a bibliotecas que a plazas.
Se detuvo a un paso de distancia.
Me miró.
Su rostro era casi completamente neutro: sin sonrisa, sin ceño fruncido, sin los gestos exagerados de los adultos de pueblo cuando ven algo “sorprendente”.
Estoico. Calmo. Como una roca que observa el río.
Pero sus ojos…
Sus ojos eran otra cosa.
No sentía que me juzgara.
No sentía que me etiquetara como “monstruo”, “arma” o “niño raro”.
Era una curiosidad pura, limpia, como la de alguien que ve un libro nuevo y quiere leerlo de principio a fin.
Y, aun así, no me hacía sentir incómodo.
Al contrario.
Había una extraña calidez en su mirada, como si, aunque no sonriera, hubiera decidido de antemano que yo no era un enemigo.
Entonces el sistema habló.
—\[ADVERTENCIA LIGERA\]: Flujo de maná externo entrando en tu cuerpo.
Intención detectada: evaluación física y mágica superficial.
No se perciben efectos hostiles ni daño potencial inmediato.
Lo sentí como un cosquilleo por debajo de la piel.
No dolía.
Era como si alguien pasara los dedos por los hilos de mi ser, contando fibras, midiendo densidades.
—\[NUEVA HABILIDAD ADQUIRIDA\]:
“Evaluación Física” – Nivel 1 (Rango D).
Descripción: Capacidad pasiva para percibir de forma básica el estado físico de seres vivos que te rodean (salud general, fatiga, heridas superficiales) cuando se presta atención.
“Es una copia de bajo nivel de la técnica que está usando el semielfo”, añadió el sistema.
Erian terminó de observarme.
Sin decir palabra, sacó algo de un frasco pequeño de madera y me lo extendió.
—Toma —dijo.
Era un caramelo.
Color ámbar, olor dulce, con un toque de hierbas.
—Para el mareo residual —explicó—. Y para que recuerdes que no todo lo que entra en tu cuerpo es para romperlo.
Lo tomé, casi por reflejo.
Luego se volvió hacia mi padre.
—Tú y yo —dijo—. Atrás.
Señaló una cortina al fondo de la tienda.
Mi padre dudó, miró hacia mí.
—Estaré bien —dije—. No es como si pudiera huir.
Erian asintió, se dio la vuelta y desapareció junto con él en la habitación trasera.
La tienda quedó en silencio.
Aproveché el momento para hacer lo que la voz en mi cabeza estaba casi rogando:
—\[SUGERENCIA\]: Revisar estado actual. Confirmar cambios tras combate con ciervo de maná.
Respiré hondo.
“Status.”
La ventana se abrió.
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NOMBRE: Hino de Harunose
RAZA: Humano (Anfitrión de privilegio sin límite)
EDAD: 9 años
NIVEL: 40
RANGOS GENERALES:
Físico: C
Mental: B
Mágico: ? (bloqueado / anómalo)
ATRIBUTOS BÁSICOS (comparado con humanos de 9 años / escala general):
Fuerza: C–
Resistencia: C
Agilidad: C
Percepción: B
Inteligencia: B+
Voluntad: A–
MP: 100000 / 100000
HABILIDADES:
Memoria Fotográfica Perfecta – Nivel 6 (Rango A–)
Recuerdo completo de años enteros.
Capacidad de reorganizar información, detectar patrones, cruzar datos casi al instante.
Copiar Estadísticas – Nivel 2 (Rango S)
Copia de parámetros físicos, mentales y mágicos de un objetivo dentro del rango.
Puede copiar estructura de hechizos memorizados.
Compatible con “Mejora de Estadísticas”.
Mejora de Estadísticas – Nivel 1 (Rango A)
Aumenta temporalmente estadísticas copiadas.
Duración y potencia dependen del control y del MP invertido.
Esgrimista – Nivel 4 (Rango D)
Técnica básica–intermedia.
Ataques, defensas y juego de pies funcionales en combate real.
Creación de Poción de Curación Baja – Nivel 2 (Rango E+)
Menor costo de MP, mejor calidad.
Tiempo de creación reducido.
Evaluación Física – Nivel 1 (Rango D)
Percepción básica del estado físico de otros, si se enfoca atención.
Hechizos accesibles (vía copia anterior de mago elemental):
Chispa
Proyectil ígneo
Ráfaga de viento
Bola de fuego (potencia adaptativa según MP)
Curación de Área Media
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Me reí por lo bajo.
Un sonido corto, seco.
—“Nada fuera de lo normal”, claro —pensé—.
Si esto puede considerarse normal.
Un niño de nueve años, nivel 40, MP de mago legendario, habilidades que copian estadísticas ajenas y magia que no debería saber.
Lo más parecido a un error de programación en un mundo con reglas frágiles.
Estaba tan absorto que no escuché cuando regresaron.
—Estás sonriendo solo —dijo la voz tranquila de Erian, de pronto, detrás de mí—. Eso es peligroso en algunos lugares.
Cerré la ventana de estado en mi mente casi por reflejo.
Me giré.
Mi padre tenía expresión seria, pero no asustada.
Erian, la misma cara neutra de antes.
—Estamos próximos a comenzar la evaluación —dijo el semielfo—.
Ven conmigo.
Me condujo a una habitación lateral.
Era pequeña, sin ventanas.
Las paredes estaban cubiertas de estanterías con instrumentos raros, círculos dibujados en el suelo, un par de cristales montados sobre soportes metálicos.
La sensación de estar encerrado en una caja sin salida me apretó el pecho por un instante.
—Tranquilo —dijo Erian, notando mi tensión—.
Si quisiera hacerte daño, no habría perdido el tiempo montando un cuarto de evaluación.
Eso… no ayudaba tanto como creía.
Pero su tono no cambiaba; no había ni rastro de burla.
—Te explicaré el proceso —continuó, caminando hacia una mesa donde reposaba un cristal del tamaño de una cabeza humana, perfectamente transparente—.
Primero, tocas este cristal mágico.
Su función es medir tus afinidades.
Dependiendo del color o combinación de colores que aparezca, sabremos hacia qué tipo de magia tiendes.
Se volvió hacia mí.
—Afinidades básicas:
Elementales (fuego, agua, viento, tierra),
Curación,
Neutral (manipulación de energía pura),
Obscuridad,
Luz,
Dimensional (espacio, portales, distorsiones),
Hechicería (magia de fórmulas complejas, rituales),
Encantamiento (poner efectos mágicos en objetos).
Hay otras menos comunes, pero estas cubren casi todo.
Se cruzó de brazos.
—Algunas razas tienen predisposiciones.
Los ángeles y semiángeles: luz.
Los demonios y semidemonios: oscuridad.
Los elfos: elementos, sobre todo naturaleza y viento.
Los humanos solemos ser mezcla: hechicería, elementos, a veces encantamientos.
Es raro ver luz pura en humanos. Es muy raro ver oscuridad pura sin sangre de demonio.
Asentí, memorizando cada clasificación.
—Después de eso —continuó—, medimos la cantidad de poder mágico que tienes.
Es el equivalente a tu “reserva”.
Con eso podemos decidir qué tipo de entrenamiento tendría sentido… si es que tienes afinidad en primer lugar.
No pude evitar preguntar.
—¿Y ese aparato… tiene un límite? —dije—.
Quiero decir, ¿hay un máximo de MP que puede medir?
Mi padre me miró de reojo.
Sabía perfectamente por qué hacía esa pregunta.
Erian parpadeó una vez.
Solo una.
—Te preocupa romperlo —dijo, sin rodeos.
—…Digamos que tengo mala experiencia con artefactos de medición —murmuré.
Algo parecido a una sombra de sonrisa cruzó los labios del semielfo, pero fue tan fugaz que no supe si lo imaginé.
—Teóricamente —respondió—, este cristal puede medir hasta cien millones de puntos de energía mágica antes de saturarse.
Si tienes más que eso, entonces no deberías estar en esta habitación, sino peleando contra dragones ancestrales o destruyendo reinos por aburrimiento.
Se encogió de hombros.
—En resumen: no hay problema.
Para humanos, incluso magos de corte y archimagos, ese límite es… excesivo.
Yo asentí, guardando silencio.
Por dentro, el sistema marcó un apunte frío:
—\[NOTA\]: Límite de medición del cristal: 100000000 MP.
MP actual del anfitrión: 100000. Seguro de momento.
Sin embargo, riesgo de que se detecten anomalías cualitativas, no solo cuantitativas, permanece.
Erian señaló el cristal.
—Cuando estés listo, tocaremos esto primero —dijo—.
Veamos de qué color se tiñe un error andante como tú.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
No por miedo al cristal.
Por miedo a lo que vería, y a lo que otros podrían llegar a ver si estos resultados se filtraban.
Pero eso sería historia para el siguiente paso.
Afinidad absoluta y sistema reiniciado
Extendí la mano hacia el cristal… y la detuve a medio camino.
En mi otra vida, cada vez que confié demasiado rápido en alguien terminé tropezando: jefes que prometían ascensos y me despidieron, empresas que ofrecían estabilidad y se hundieron, gente que desapareció cuando dejé de ser útil.
Treintón, desempleado, sin red. No quería repetir el mismo error.
—\[Pregunta\] —pensé—. Sistema… ¿puedo confiar en este elfo?
La respuesta fue inmediata y tajante.
—\[RESPUESTA\]: Actualmente no tengo la capacidad de saberlo.
Eso dolió más de lo que debería.
Hubo una pequeña pausa.
—\[ANÁLISIS ADICIONAL\]: Sin embargo, puedo darte un porcentaje estimado basado en tus conocimientos, observaciones y patrones sociales aprendidos.
Silencio un momento.
—\[RESULTADO\]: Nivel de confianza estimado: 89%.
El 11% restante no puede determinarse por múltiples factores (falta de datos, posibles variables externas, comportamiento futuro impredecible).
Recomendación: continuar el análisis con interacciones adicionales.
Suspiré por dentro.
“89% no es perfecto… pero es mucho más de lo que tenía con cualquiera en mi vida anterior”, pensé.
Tomé aire.
Y toqué el cristal.
Al principio, no pasó nada.
Luego, una luz suave comenzó a formarse en su interior.
Blanca.
No un blanco tibio, mezclado con tonos de otros colores.
Blanco puro.
En menos de un segundo, el cristal se inundó de un resplandor blanco cegador.
Era como mirar directamente a la nieve bajo el sol.
El aire vibró.
Por primera vez desde que lo conocí, la expresión de Erian se rompió.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—…Imposible —susurró, pero tan bajo que casi no lo oí.
La luz llenó toda la sala, sin teñirse de ningún otro tono.
—\[NOTA DEL SISTEMA\]: Afinidad mágica detectada.
Color principal: blanco intenso.
Interpretación según estándares conocidos: afinidad absoluta (compatibilidad con múltiples tipos de magia).
Erian se quedó inmóvil unos segundos.
En sus 1735 años —lo supe luego, cuando habló de su edad como quien comenta el clima— había visto de todo: magos de fuego puro, elfos de viento extremo, demonios de oscuridad casi sólida.
Pero esto no.
Normalmente, un cristal mostraba uno o dos colores dominantes: rojo para fuego, azul para agua, verde para viento, marrón para tierra, dorado para luz, violeta para oscuridad, etc.
Tener tres afinidades ya era considerado algo increíble. Tener cuatro era material de leyenda.
Pero el blanco absoluto, de esa intensidad, solo significaba una cosa: compatibilidad con todas las afinidades conocidas.
Magia elemental, curación, luz, oscuridad, dimensional, hechicería, encantamientos… todo.
No era humano.
Era algo que, hasta entonces, solo aparecía en cuentos de ficción que el mismo Erian leía a escondidas.
Poderes divinos.
Más allá de toda comprensión.
Estuvo así unos segundos, procesando esa idea en silencio.
Luego, como si hubiera decidido algo, relajó el rostro y su expresión volvió a ser la de siempre: estoica, casi aburrida.
—Bien —dijo, con su tono plano habitual—. Continuemos con el siguiente artefacto.
Yo parpadeé varias veces.
—E–espera —dije, con la voz un poco más alta de lo que quería—. ¿Qué significa eso? ¿Es normal que se ponga así? ¿Es malo? ¿Es peligroso? ¿Voy a explotar? Dímelo.
Lo abrigué de preguntas.
Erian… me ignoró.
Se movió hacia el siguiente dispositivo como si lo de antes hubiera sido una simple formalidad.
Mi confusión creció.
—Oye, ¡no me ignores! —protesté—. Si no es normal, deberías—
El sistema intervino.
—\[NOTIFICACIÓN\]: Condiciones de desbloqueo mágico 50% cumplidas.
Afinidad detectada.
Esperando medición de maná para extraer potencial.
—…¿“Extraer potencial”? —pensé—. ¿Qué se supone que significa eso?
No recibí más detalles.
“Supongo que tengo que completar ambas pruebas”, concluí. “Quizás el sistema necesita afinidad + cantidad para decidir cómo despertar lo que falta.”
Mientras tanto, Erian seguía ignorando mis preguntas.
Mi padre no podía estar presente en la evaluación; según Erian, la presencia de terceros alteraba los resultados en algunos artefactos más delicados.
Así que estaba solo, con un semielfo inexpresivo y aparatos que medían cosas que ni mi mundo anterior ni este terminaban de explicar.
El siguiente artefacto era un cristal cilíndrico, de sección hexagonal, tan alto como yo de pie.
Estaba montado sobre una base de metal, con marcas grabadas a lo largo: cifras, símbolos, líneas.
Erian lo señaló.
—Este mide tu cantidad de maná —explicó—.
Piensa que es como un vaso que se llena de luz. La altura que alcance la luz corresponde a tu reserva actual de MP.
También mostrará tu nivel general.
Se cruzó de brazos.
—El maná puede aumentar con entrenamiento, experiencia y nivel.
Este valor de ahora no es tu límite definitivo, es tu “estado actual”.
Pero sirve como parámetro.
—¿Y también tiene un límite? —pregunté, aún con la primera locura en la mente.
—Sí —respondió—. Pero, como te dije antes, ese límite está pensado para criaturas mucho más allá de lo que debería existir en una ciudad normal.
Para ti, no debería ser un problema.
Ni se inmutó.
Señaló el cristal.
—Coloca la mano.
Ah, y no te apartes hasta que yo lo diga.
El cristal se llenará desde abajo hacia arriba, como agua, con luz del color correspondiente a tu afinidad.
En tu caso, probablemente será… blanco.
Tragué saliva.
“Al menos”, pensé, “ya sé que tengo 100000 MP. El sistema lo dijo. El cristal dice que aguanta 100 millones. No debería romperse.”
Puse la mano sobre la superficie fría.
El contacto fue inmediato.
El cristal vibró.
—\[NOTIFICACIÓN DEL SISTEMA\]:
Condiciones de desbloqueo cumplidas.
Afinidad mágica: confirmada.
Medición de maná: en curso.
Comenzando proceso de desbloqueo de potencial.
La luz blanca empezó a subir dentro del cilindro, lentamente al principio, luego más rápido, llenando marcas como si fueran niveles de un recipiente.
Mientras tanto, en mi mente, el sistema se desató.
—\[ANÁLISIS\]: MP actual sin cambios.
MP: 100000 / 100000.
—\[PROCESO\]: Habilidades existentes detectadas.
Evaluando compatibilidad con nuevo estado mágico…
Una cascada de mensajes cayó uno detrás de otro:
—Habilidades mejoradas de rango:
Memoria Fotográfica Perfecta: Rango A → A+
Esgrimista: Rango D → C–
Creación de Poción de Curación Baja: Rango E+ → D
—Habilidades adquiridas:
Resistencia a Estados Alterados – Nivel 1 (Rango B)
(Mayor resistencia a venenos, parálisis, miedo mágico, confusión, etc.)
Evaluación – Nivel 1 (Rango C)
(Versión más completa de “Evaluación Física”: lectura básica de parámetros generales de otros si hay contacto visual prolongado.)
Detección de Mentiras – Nivel 1 (Rango B)
(Percepción instintiva de contradicciones entre palabras y tono/emoción. No infalible, pero muy precisa.)
Oráculo – Nivel 1 (Rango S)
(Capacidad potencial —aún muy limitada— de recibir fragmentos de información probabilística sobre futuros posibles. Uso restringido.)
—Propiedad central: Crecimiento de maná infinito.
Condición: subir de nivel para aumentar la capacidad actual sin tope teórico.
—Estado de nivel:
Nivel actual: 40.
Potencial de crecimiento: ilimitado.
Luego, otro mensaje, diferente a los demás.
—\[ALERTA\]: Anomalía detectada.
Incongruencia entre parámetros del anfitrión y límites del sistema estándar.
—Corrigiendo…
—Ajustando estructuras internas…
—Redefiniendo proceso de crecimiento…
—\[PROCESO TERMINADO\].
—Reiniciando sistema…
Sentí como si alguien hubiera apagado la luz en mi cabeza por un segundo.
El cristal, mientras tanto, había seguido llenándose.
La luz blanca alcanzó una marca concreta y se detuvo.
Erian miró el resultado.
Los números grabados junto al cristal brillaron un momento, mostrando una cifra clara: 100000.
Y, debajo, una línea que solo él conocía bien:
Nivel: 40.
Mi mano perdió fuerza.
El mundo dio un giro extraño.
Lo último que vi fue la expresión de Erian: estoica en la superficie, pero con un brillo intenso en los ojos.
Luego, me desplomé.
El semielfo reaccionó rápido, sujetándome antes de que mi cabeza golpeara el suelo.
—Tsk —chasqueó la lengua, por primera vez mostrando irritación—. Sabía que era demasiado para un niño.
Lo acomodó en una camilla cercana.
Miró el cristal otra vez.
100000 de maná.
Nivel 40.
Nueve años.
En sus palabras privadas —las que no dijo en voz alta—, la comparación era brutal:
Un niño normal de esa edad: nivel 3 o 4.
Algún prodigio criado en ciudades ricas: quizás nivel 6 o 7.
Un aventurero rango C adulto: nivel 20–25.
Rango B adulto: nivel 35–45.
Y Hino ya estaba a la altura de un aventurero rango B en nivel, con un maná que superaba por diez veces la mayoría de los magos de corte que Erian había conocido.
Era, técnicamente, una anomalía que no debería existir.
Se quedó mirándolo mientras respiraba, inconsciente, la mano colgando.
—Daigo… —murmuró para sí mismo—. Lo que trajiste a mi puerta no es un niño talentoso.
Es un error del mundo.
Pero incluso así, se volvió hacia la puerta de la sala y gritó:
—¡Tranquilo! ¡Solo se desmayó!
Su cuerpo está bien.
Su magia… no tanto.
Y mientras tanto, dentro de mi mente, el sistema recién reiniciado empezaba a encajar la nueva realidad:
Yo ya no era solo un reencarnado con memoria perfecta.
Era un recipiente con afinidad absoluta, crecimiento infinito y habilidades que, si alguien más las conocía, pondrían mi nombre en todas las listas equivocadas del Reino de Asterion.
\[STATUS – HINO\]
Nombre: Hino de Harunose
Raza: Humano (Anfitrión de Privilegio sin Límite)
Edad: 9
Nivel: 40
Parámetros
HP: 5000 / 5000
Referencia: Tanque rango S adulto ≈ 30000 HP .
MP: 100000 / 100000 (crecimiento infinito)
Afinidad: Blanca (afinidad absoluta)
Atributos
Fuerza: C–
Resistencia: C
Agilidad: C
Percepción: B
Inteligencia: B+
Voluntad: A–
Habilidades
Memoria Fotográfica Perfecta Nv.6 (A+)
Copiar Estadísticas Nv.2 (S)
Mejora de Estadísticas Nv.1 (A)
Esgrimista Nv.4 (C–)
Creación Poción Curación Baja Nv.2 (D)
Resistencia a Estados Alterados Nv.1 (B)
Evaluación Física Nv.1 (D)
Evaluación Nv.1 (C)
Detección de Mentiras Nv.1 (B)
Oráculo Nv.1 (S)
Hechizos:
Chispa, Proyectil Ígneo, Ráfaga de Viento
Bola de Fuego
Curación de Área Media
Equipo
Daga paralizante
Grimorio de defensa
Bolsa mágica de almacenamiento.
Continuara…

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Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)
Capítulo 8
Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 7
Estás leyendo el capítulo 7 de Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela), un novela. PRIVILEGIO SIN LÍMITE Murió salvando a un desconocido. Nadie fue a verlo al hospital. Su jefe lo despidió por mensaje. Cuando volvió a casa, alguien ya se había llevado sus cosas. Así terminó su vida: sin testigos, sin… Este capítulo tiene publicado el 20 de febrero de 2026. Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) tiene 26 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.