Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 17 online gratis en español
Cinco días después, el castillo parecía otro mundo.
Había risas.
Había sol entrando por los ventanales.
Y había una princesa escondida detrás de una columna intentando no reírse demasiado alto.
Jugábamos a las escondidas.
Lysandra, la princesa, estaba “buscando”.
Mira y Lyss —las hijas del duque Loramir— se habían escondido en algún lugar del jardín interior, detrás de macizos de flores y estatuas. Yo había elegido un rincón del corredor que daba a uno de los patios, entre una armadura decorativa y una cortina pesada.
Mientras contenía la respiración, apoyado contra la piedra, mi mente se fue a otra parte.
“En estos cinco días —pensé— he oído a Erian hacer más preguntas que en toda mi vida anterior.”
El semielfo no me había dado ni un respiro mental:
* ¿Qué sentiste exactamente antes de que se activara esa forma?
* ¿Recuerdas algún límite?
* ¿Qué hechizos usaste? ¿En qué orden?
* ¿Cómo percibías el man del entorno?
Y yo, la mitad del tiempo, sólo podía encoger los hombros.
El rey y el duque, en cambio, no habían aparecido ni una sola vez frente a mí. Sabía por los rumores que llevaban todos esos días apagando incendios políticos: calmando nobles enfurecidos por la muerte de la duquesa, conteniendo a la iglesia tras la pérdida de Seraphil, intentando evitar que los “mártires” se convirtieran en banderas de guerra demasiado pronto.
Mientras tanto, yo… jugaba.
Y entrenaba.
Y pensaba demasiado.
“Status.”
La ventana apareció en mi mente, nítida como siempre.
STATUS — HINO
Nivel: 47
…
Las cifras habían subido. Atributos físicos y mentales más altos, habilidades ajustadas, algunos hechizos nuevos, otros fusionados. Pero había algo que seguía sin dejarme tranquilo.
“Sistema —pensé—, ¿qué demonios fue todo eso?”
Silencio.
Ni una notificación posterior.
Ni un “log de eventos”.
Mi memoria fotográfica, perfecta para todo lo demás, tenía agujeros justo ahí: durante la activación completa de la omnipotencia. Recordaba fragmentos, escenas sueltas, pero no la sensación exacta de tener toda esa capacidad. Como si una parte del registro se hubiera corrompido o… censurado.
“No logro comprender las condiciones de mi poder”, pensé, frunciendo el ceño. “Ni siquiera el sistema parece querer explicarlas del todo. Todo esto es muy raro.”
Erian quería enseñarme a usar mi poder. Pero era difícil “enseñar” algo que ni yo mismo entendía por completo.
Al final, los entrenamientos básicos ayudaban:
* Posturas con espada.
* Hechizos elementales simples.
* Control de man en pequeñas cantidades.
Pero cada vez que entrenaba solo y me permitía liberar un poco más…
Un par de colinas en las afueras del castillo habían terminado con cráteres sospechosos.
Erian sabía perfectamente que había sido yo.
Nunca dijo nada.
Solo aparecía al día siguiente con un libro nuevo bajo el brazo y decía:
—Hoy veremos control fino.
Y yo “experimentaba”.
Solté una sonrisa amarga.
“Un monstruo con manual incompleto”, pensé. “Qué combinación más reconfortante.”
Sentí entonces un dedo tocarme la mejilla.
Me puse rígido.
Giré un poco la cabeza.
Lysandra estaba inclinada hacia mí, medio cuerpo asomado detrás de la columna, con una sonrisa que mezclaba picardía y timidez.
—Te encontré… —susurró, en un tono tan suave y coqueto que el corazón me dio un pequeño salto.
Estábamos tan cerca que podía contar las pestañas de sus ojos carmesí.
Durante un segundo, ninguno de los dos dijo nada.
El momento se estiró, torpe y cálido.
Nos separamos de golpe cuando una voz aguda rompió la tensión:
—¡Los encontré!
Lyss, la menor de las hijas del duque, apareció al final del corredor, señalándonos con el dedo, una sonrisa victoriosa en la cara.
Nos enderezamos como si nos hubieran descubierto haciendo algo mucho peor que esconderse. Las caras de ambos ardían.
Mira, la mayor, llegó unos pasos detrás.
Nos vio.
Vio las mejillas rojas, la distancia sospechosamente corta entre la princesa y yo, y frunció los labios, inflando los cachetes en una especie de pequeño berrinche silencioso.
La escena era clara incluso para alguien sin experiencia:
Si esto fuera un juego, el menú diría: “Probable rivalidad en proceso por el amor del protagonista.”
Desde una galería superior, la duquesa observaba la escena.
Se llevó una mano a los labios, incapaz de evitar una risa tierna.
“Este niño es alguien muy poderoso —pensó—. Pero puedo ver que aún conserva esa inocencia… a pesar de todo lo que ha tenido que soportar.”
Bajó la vista un momento, recordando la audiencia, la sangre, la tensión de aquella noche… y luego volvió a mirar a los cuatro niños —porque, al final, eso eran— riendo y discutiendo por turnos en un juego.
La calma duró poco.
Un mensajero, con librea discreta, se acercó tranquilamente a Sebastian, que observaba desde una distancia respetuosa.
El mayordomo se adelantó unos pasos.
—Señoritas, joven Hino —dijo el mensajero, inclinando la cabeza—. Su Majestad el rey solicita verlo en la sala de audiencias dentro de una hora.
Hizo una pequeña pausa.
—Es necesario que se aliste para la ocasión.
El juego se evaporó en el aire.
Las niñas murmuraron algo entre ellas. Lysandra frunció el ceño con preocupación leve.
Sebastian se acercó a mí.
—Joven Hino —dijo, con esa mezcla de respeto y confianza que había cultivado desde Vaelkis—, por favor acompáñeme. Debemos prepararlo para la audiencia.
Yo me quedé quieto un instante.
“Genial”, pensé. “Mis vacaciones han terminado.”
Mientras caminábamos por el corredor, alcancé a preguntar:
—Sebastian… ¿sabe qué quiere el rey?
Él sí lo sabía.
Lo noté en el brillo de sus ojos.
Pero sonrió, ladeando apenas la cabeza.
—Es un secreto —respondió—.
Antes de que pudiera decepcionarme, añadió, con un tono casi juguetón para ser él:
—Pero no se preocupe. Todo estará bien. Es una ocasión especial, por eso debe vestirse acorde.
Abrió la puerta de una sala donde ya habían preparado un perchero con varias prendas.
—Además —añadió—, tenemos una pequeña sorpresa para usted. La verá más adelante.
No insistí.
Si algo había aprendido, era que Sebastian no rompía sorpresas reales así de fácil.
El atuendo estaba…
Hecho a medida.
Un abrigo largo, de un rojo oscuro casi negro, como el color del man comprimido que se filtraba cuando mi poder se dejaba ver. Los bordes estaban ribeteados en hilo plateado, dibujando líneas discretas que recordaban, si uno miraba con atención, círculos mágicos estilizados.
Debajo, una camisa blanca de cuello alto, limpia, sin adornos excesivos, y un chaleco gris acero con botones pequeños de cristal azul, del mismo tono que algunas de las ventanas de mi status.
El pantalón, negro, ceñido sin incomodar, y unas botas de cuero pulido hasta media pierna, reforzadas lo suficiente como para no desentonar en un entrenamiento, pero elegantes para el protocolo.
En el pecho, sobre el lado del corazón, un pequeño broche con el emblema del reino y, junto a él, uno más sencillo: la marca del ducado de Loramir.
“Equilibrio raro entre ‘soldado’ y ‘erudito peligroso’”, pensé, mirándome en el espejo.
Una hora después, caminaba por los pasillos del castillo acompañado por dos guardias con armaduras blancas y doradas que resplandecían con la luz de man. Cada placa tenía grabados de dragones y espadas, símbolos de que no eran guardias comunes, sino parte de la escolta personal del rey.
A mi lado avanzaba Erian.
Tal vez se había arreglado. Tal vez no.
Su ropa estaba un poco más ordenada de lo habitual, su cabello menos revuelto, pero la expresión seguía siendo la misma de siempre: “Estoy aquí porque es importante, no porque me importe la etiqueta.”
Volteé la cabeza hacia atrás.
Sebastian se había detenido unos metros antes, haciendo una reverencia profunda.
Al parecer, él no podía acompañarme hasta donde yo me dirigía.
Reconocí la sala incluso antes de verla por completo.
La sala de audiencias del rey.
Solo que, esta vez, había algo distinto.
La entrada estaba custodiada por guardias con armaduras ceremoniales enormes, llenas de grabados, plumas, capas, símbolos. Eran más monumentos vivientes que soldados.
“Algo raro pasa”, pensé. “Demasiado… espectáculo.”
Las puertas, altas como una torre, se abrieron lentamente.
La luz inundó el corredor.
Entramos.
La sala estaba llena.
En las gradas laterales, nobles de distintas casas, con ropas de colores profundos, capas, joyas y emblemas. Más allá, representantes de la iglesia con túnicas blancas y doradas, símbolos de Asterion sobre el pecho, algunos con expresiones difíciles de leer tras la reciente muerte de uno de los suyos más importantes.
Vi semielfos con ropas sobrias, algunos con insignias de academias mágicas. Vi un par de hombres bestia —uno con rasgos lupinos, otro con orejas felinas— vestidos con armaduras de gala, observando todo con ojos atentos.
Al fondo, sobre el estrado, estaba el trono.
El rey, Altharion, sentado en el centro, con una capa de piel blanca y oro, corona discreta pero inconfundible. A un lado, la reina, con expresión serena y espalda recta, sosteniendo la compostura que mantenía unido a medio salón.
A la derecha del rey, los tres príncipes:
* El mayor, con aire de comandante ya formado.
* El segundo, más relajado, pero con ojos analíticos.
* Un tercero, más joven, que miraba con curiosidad abierta.
A la izquierda, Lysandra.
La princesa llevaba un vestido de un azul profundo con detalles plateados, mucho más formal que en los días de juego. Aun así, sus ojos brillaron en cuanto me vio cruzar la puerta.
Reconocí al duque Loramir en una de las filas cercanas al trono, junto a la duquesa, Mira y Lyss, todas en sus mejores ropas.
En otra grada, vi a Lorgan, el aventurero que había visto por primera vez en mi pueblo, ahora vestido con algo que casi parecía incómodo en él: ropa formal.
Y entonces, de reojo, los vi.
Mi madre.
Lila, Mira y Haruka.
Estaban cerca de la mitad de las gradas, en un lugar lo bastante visible como para que yo pudiera verlas, pero no tan cerca del estrado como para estar en la zona de poder.
Las tres tenían la misma expresión.
Boca entreabierta.
Ojos muy abiertos.
Como si estuvieran viendo una obra de teatro en la que su hijo y hermano había tomado el papel principal sin avisarles.
Por un momento, casi perdí la compostura.
Quise correr hacia ellos, decir “estoy bien”, “no se preocupen”, “no sé tampoco cómo acabé aquí”.
Pero mis pies siguieron avanzando.
De alguna forma, entendí el protocolo.
Erian se detuvo unos pasos antes del centro de la sala.
Yo seguí.
Mis pasos resonaron en el suelo de mármol, el sonido multiplicándose por las bóvedas altas.
Me detuve al pie del estrado.
Me arrodillé sobre una rodilla, inclinando la cabeza.
Un caballero, situado a un lado, desenvainó una espada ceremonial, la sostuvo vertical y alzó la voz, amplificada por hechizos para llegar hasta el último rincón de la sala:
—Ante ustedes, Su Majestad —proclamó—, Hino de Harunose.
Hizo una pausa dramática que, en otro contexto, habría encontrado exagerada.
—¡El héroe del reino!
La reacción fue inmediata.
Una ovación tremenda llenó la sala.
Las sirvientas que había salvado aplaudían con los ojos húmedos. Soldados a los que había curado golpeaban el suelo con las botas y el puño contra el pecho. Magos que habían visto cómo revertía lo irreversible gritaban algo que sonaba a “¡Eres increíble, muchacho!” mezclado con palabras más técnicas.
Mi madre, mis hermanas y mi amiga seguían como paralizadas, pero sus ojos brillaban ahora no solo con sorpresa, sino con algo más caliente: orgullo, miedo, emoción.
Las manos del rey se alzaron, lentamente.
Como si todo el salón compartiera una única respiración, el ruido empezó a bajar.
Aplausos apagándose.
Gritos transformándose en murmullos.
Hasta que, en cuestión de segundos, se hizo silencio.
Un silencio expectante, pesado, pero no hostil.
Todos sabían —o creían saber— que el rey iba a decir algo importante.
Yo, aún de rodillas, respiré hondo, sintiendo las miradas clavadas en mi espalda.
El rey se inclinó apenas hacia adelante en su trono. El rey se levantó un poco en su trono, dejando que la mirada recorriera la sala antes de hablar.
—Hino de Harunose —comenzó, con voz clara—. Hace apenas unas semanas, nadie en este reino conocía tu nombre.
Sus palabras resonaron en las bóvedas altas.
—Fuiste un niño de pueblo más —continuó—. Hasta que, en un camino cualquiera, cuando los bandidos atacaron, salvaste la vida de la hija del duque Loramir y de su mayordomo Sebastian, aun cuando la escolta profesional caía a tu alrededor.
Alzó una mano hacia donde el duque y su familia se encontraban.
—Ese día —dijo—, un niño se mantuvo en pie donde hombres entrenados murieron.
Luego, su voz se volvió un poco más grave.
—Poco después —siguió—, este castillo, el corazón de Asterion, fue atacado desde dentro. Hubo bombas mágicas colocadas en puntos clave, guardias traicionados, un intento claro de ejecutar a toda la familia real en una sola noche.
Un murmullo pesado recorrió las gradas.
—La muerte de la condesa Elianor y del arzobispo Seraphil —añadió— no fue un accidente aislado.
Los nobles y los representantes de la iglesia se tensaron.
—Alguien quiso usarlos como chispa —explicó—. Primero vivos, para empujar al reino a la guerra. Luego muertos, para convertirlos en mártires y desatar aún más odio hacia dentro y hacia fuera.
No dijo nombres. No señaló bandos. Pero todos entendieron que había más en juego que “bandidos” o “accidentes”.
—En medio de ese caos —prosiguió el rey—, cuando nuestros enemigos pensaron que el palacio se convertiría en una tumba para mi familia, para mis soldados, para mis sirvientes… este niño se levantó.
Sus ojos se posaron en mí.
—Desactivó artefactos que no habíamos detectado —enumeró—, curó a quienes iban a morir por venenos que incluso nuestros mejores sanadores temen, y se enfrentó a los intrusos sin huir, aun cuando sabía que arriesgaba su propia vida.
Respiró hondo.
—Esa noche —dijo—, Hino no solo salvó a un rey. Salvó a un reino de convertirse en un símbolo roto.
En su mente, el porqué de todo esto estaba claro.
“Si lo dejo sin nombre y sin protección —pensaba—, será solo una pieza suelta. Los nobles intentarán comprarlo, atraparlo en matrimonios, usarlo de bandera. La iglesia querrá llamarlo milagro propio. Los países vecinos lo verán como arma o amenaza.
Si lo reconozco yo primero, públicamente, como héroe y bajo mi sombra… cualquier mano que se acerque a él tendrá que pensárselo dos veces.”
De vuelta en voz alta, continuó:
—Una hazaña así, en alguien de su edad, es un acontecimiento único —declaró—. No sabemos aún qué límites tiene su poder. Pero sé algo:
Lo miró de frente.
—Haré todo lo que esté en mi mano para que pueda usarlo en plenitud… sin ser devorado por quienes querrían convertirlo en un simple instrumento.
En las gradas, algunos nobles fruncieron el ceño. La iglesia se reacomodó en sus bancos. El mensaje era claro: “No se acerquen demasiado. Primero, está el rey”.
—Y ahora —dijo Altharion, cambiando ligeramente el tono—, creo que es justo recompensar a este muchacho por sus acciones.
Sentí un nudo en el estómago.
Sabía cómo funcionaba el protocolo. Nadie interrumpe al rey. Mucho menos en medio de una declaración pública.
Me mordí el labio.
Algo dentro empujó más fuerte que el miedo.
—¡S-su Majestad! —solté, la voz rompiéndose un poco—.
Un murmullo cruzó la sala.
—Perdóneme por interrumpir… —añadí, inclinando la cabeza—.
Sentí mil miradas clavarse en mí.
—Le agradezco humildemente —continué— que quiera recompensarme. Pero el duque Loramir ya ha hecho más que suficiente por mí y por mi familia. No necesito otra recompensa.
Hubo un silencio incómodo. No por lo que decía, sino por el atrevimiento de decirlo ahí.
—Aún desconozco este poder que tengo —seguí, obligándome a hablar—. Y, a decir verdad… no quiero usarlo para la guerra. Me aterra.
Las palabras salieron pesadas.
Hice una pausa.
Sentí algo subiendo desde el pecho a la garganta.
Me levanté lentamente, con las piernas un poco temblorosas, y giré la cabeza hacia las gradas donde estaba mi familia.
—Mamá… hermanas… —dije, y la voz me traicionó— perdónenme.
El silencio cambió de tono. De expectación, a algo más denso.
—Sé que no es el momento ni el lugar para decir esto… —añadí.
Había descansado esos días. Había jugado, entrenado, hablado. Pero verlas allí, de pie, mirándome desde tan lejos, rompió algo que había estado sosteniendo con alambres.
Levanté la cara.
Sentí cómo los músculos de mi rostro se arrugaban, no por rabia, sino por el esfuerzo de contener algo que ya no podía contener.
—A pesar de todo lo que hice por el duque… —logré decir— a pesar de todo lo que hice por el rey…
La primera lágrima cayó, caliente, resbalando sobre la mejilla.
—No pude salvar a papá.
La frase cayó en la sala como una piedra en un lago quieto.
—Odio este poder… —solté, apretando los puños—.
No hablé de omnipotencias, de sistemas, de niveles.
Solo de la impotencia más simple.
—Mamá… perdóname —susurré—. No merezco vivir…
Hubo un murmullo ahogado en algún lado.
—No pude hacer nada. Pude vengarlo… pero… —busqué aire— siento solo frustración por no haber hecho nada cuando más importaba.
Todos entendieron, sin detalles.
No era un discurso político. Era un niño, de pie en el centro de la sala, hundido en el luto que no había tenido tiempo de procesar.
Al unísono, como si alguien hubiera dado una señal que nadie oyó pero todos sintieron, nobles, soldados, magos, semielfos, hombres bestia, incluso algunos clérigos, inclinaron la cabeza y juntaron las manos.
No importaba si rezaban al mismo dios, a otro, o a ninguno.
Era un gesto de respeto por un muerto que no conocían, pero cuya ausencia pesaba en las palabras del niño ante ellos.
Haruka, mi madre, no pensó.
Ella se movió.
Akari, mis hermanas, la siguieron.
Bajaron los escalones de su grada, cruzaron el espacio que las separaba, y corrieron hacia mí.
Los caballeros que deberían haberlas detenido se quedaron petrificados.
Sabían lo que dictaba el protocolo.
Pero en ese instante, ninguno tuvo el valor —o la crueldad— de interponerse.
Mis hermanas me abrazaron primero, una a cada lado, llorando no solo por la noticia, sino por verme roto así. Entendían, en su propia medida, que ese “no pude” era una herida más profunda que cualquier corte.
Mi madre llegó un segundo después.
Me rodeó con los brazos, con la fuerza de alguien que no puede permitirse ser débil frente a sus hijos, incluso cuando su propio corazón está lleno de grietas.
—Shhh… —susurró, dándome pequeñas palmaditas en la espalda—. Todo estará bien.
Por primera vez desde que llegué a este mundo, lloré sin freno, sin sistema, sin análisis, sin hechizos.
Solo lloré en el pecho de mi madre.
El rey observaba la escena en silencio.
No como monarca.
Como padre que, por un momento, veía a otro niño llorar por algo que él también temía desde que se sentó en el trono: la idea de no haber estado ahí cuando más importaba.
—Hiciste lo que pudiste —decía mi madre, con la voz firme a pesar de todo—. Lo sé. Tu padre también lo sabría.
Me separó un poco, sosteniéndome por los hombros para mirarme a los ojos.
—Estaría feliz —continuó— de ver todo lo que has logrado.
Tragó saliva.
—Y sí —añadió, con una sonrisa triste—, es de mala educación hacer esto frente al rey.
Algunas risas suaves se escaparon por lo bajo, rotas pero agradecidas.
—Así que recobra la compostura —remató—, para que Su Majestad pueda terminar de hablar.
Entendí.
Me limpié los ojos con el dorso de la mano, intentando alisar el rostro, aunque los ojos seguían rojos.
En las gradas, había muchos que no pudieron evitar sentir un nudo en la garganta: soldados que habían perdido amigos en la frontera, semielfos que habían visto arder bosques, hombres bestia acostumbrados a enterrar hermanos de manada, nobles que, por una vez, se vieron reflejados en un dolor que no entendía de títulos.
La madre de Hino —mi madre— me limpió la cara con cuidado.
Las cuatro nos levantamos.
Se volvieron hacia el rey e hicieron una reverencia profunda.
—Disculpe… Su Majestad —dijo Haruka— por esta escena.
Altharion negó suavemente con la cabeza.
—Por favor —respondió—. Usted es la madre de un héroe. No tiene por qué disculparse.
Hizo un gesto con la mano.
—Y no necesita regresar a su lugar —añadió—.
Miró a Hino, a mí, y a mi madre.
—Acompáñelo —dijo—. Así estará más tranquilo.
Mi madre se colocó a mi lado, una mano apoyada en mi hombro, anclándome. Mis hermanas se quedaron a poca distancia, con los ojos aún húmedos, pero tratando de contenerse.
El rey me miró de nuevo.
—¿Estás más calmado, Hino? —preguntó.
Sentí la vergüenza caer sobre mí, ahora que la ola había pasado.
—S-sí, Su Majestad —respondí, bajando la cabeza—. Perdí un poco la compostura… Le ruego me perdone.
Altharion asintió, aceptando la disculpa sin regaño.
Luego, se enderezó en el trono y retomó la palabra.
—A pesar de que Hino es un héroe con un poder más allá de nuestra comprensión —dijo, alzando la voz para que todos escucharan—, podemos ver que sigue siendo un ser humano.
Miró brevemente a la sala, abarcándolo todo:
—Un niño —recalcó— lleno de sentimientos… que llora por la muerte de su padre.
Se levantó entonces de su trono.
No muchas veces un rey de Asterion hablaba de pie en la sala de audiencias.
—Pensaba ofrecer otra recompensa —anunció— acorde a sus maravillosos logros.
Hubo un murmullo ligero. Algunos esperaban tierras, títulos, oro, una caballería personal.
—Pero he cambiado de opinión.
Silencio otra vez.
—A partir de hoy —proclamó, su voz firme, resonando en piedra y corazones—, Hino de Harunose y su familia quedan bajo la protección directa de la corona del reino de Asterion.
Las palabras cayeron pesadas, con el peso de siglos de tradición detrás.
Yo no entendí todos los detalles legales en ese momento.
Pero supe, por el tono, que era algo enorme.
En las gradas, varios nobles se pusieron rígidos. Algunos susurraron entre dientes: sabían exactamente qué significaba.
—Los detalles —continuó el rey— te los daré más tarde, en mi despacho privado.
Sus ojos volvieron a recorrer la sala.
—Pero quiero que todos aquí —añadió, elevando más la voz— lo escuchen y lo recuerden ahora mismo:
Hizo una pausa, dejando que la expectativa subiera.
—Cualquier atentado —dijo— cualquier intento de daño, presión indebida, manipulación o falta de respeto en contra de estas personas…
Señaló, claramente, hacia mí y hacia mi familia.
—Será considerado una falta de respeto directa en contra mía.
El silencio duró una décima de segundo.
Luego, la sala explotó.
Aplausos.
Vítores.
Mi nombre gritado desde distintos sectores.
—¡Eso es!
—¡Eres un héroe!
—¡Gracias, Hino!
Mi madre apretó un poco más mi hombro.
Mis hermanas lloraban otra vez, pero ahora con sonrisas.
Sabíamos, todos, que nuestra vida acababa de cambiar por completo.
Para bien o para mal, ya no éramos solo la familia de un campesino cazador.
Éramos “los protegidos de la corona”.

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Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)
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Estás leyendo el capítulo 17 de Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela), un novela. PRIVILEGIO SIN LÍMITE Murió salvando a un desconocido. Nadie fue a verlo al hospital. Su jefe lo despidió por mensaje. Cuando volvió a casa, alguien ya se había llevado sus cosas. Así terminó su vida: sin testigos, sin… Este capítulo tiene publicado el 28 de febrero de 2026. Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) tiene 26 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.