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Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 16 online gratis en español

Por un segundo pensé que seguía en medio del combate, pero no olía a sangre ni a humo. Olía a incienso suave, hierbas secas y algo ligeramente dulce. “Genial”, pensé, mientras parpadeaba—. “Voy a tener que ir anotando todos los techos que no conozco. Me estoy acostumbrando demasiado a despertar en sitios nuevos.” Moví la cabeza un poco. A los lados había movimiento. Sacerdotes con túnicas claras, algunos con manos cubiertas de un brillo verde de magia curativa. Artefactos médicos mágicos flotaban cerca de la cama: cristales que cambiaban de color suavemente, inscripciones que medían ritmos, pequeñas esferas que emitían un zumbido estabilizador. Vi también dos rostros que reconocí de inmediato. Las sirvientas. Las mismas a las que había sacado de aquel pasillo antes de que la espada del loco las alcanzara. Una de ellas estaba mirándome justo en ese momento. Cuando notó que abría los ojos de verdad, dio un pequeño respingo. —¡El joven Hino ha despertado! —exclamó, con una mezcla de sorpresa y alegría. La sala se llenó de movimiento. Los sacerdotes se acercaron, uno revisando mi pulso, otro enfocando un cristal cerca de mi rostro. Las preguntas me cayeron encima como una lluvia de flechas: —¿Ves borroso? —¿Te duele algo? —¿Puedes mover los dedos? —¿Recuerdas tu nombre? Una de las sirvientas tenía los ojos llenos de lágrimas, al borde de que se desbordaran. No era tristeza; era esa mezcla rara de alivio y desahogo después de creer que alguien no iba a despertar. —¿Dónde estoy…? —pregunté, con la voz un poco áspera. Giré la cabeza hacia la derecha. Erian estaba ahí, sentado en una silla, con la misma expresión despreocupada de siempre. Como si hubiera estado esperando toda una semana a que me despertara y no le molestara en absoluto. —En el palacio real —dijo—. Ala este, sala de curación. Hubo un pequeño silencio antes de que añadiera: —Estuviste dormido seis días. —¿Seis… días? —repetí, incorporándome un poco por puro reflejo. Mi cuerpo respondió, aunque los músculos se sentían como si hubiera corrido un maratón y luego cargado sacos de piedra. —No sabíamos qué hacer —continuó Erian—. Todo parecía en orden en tu cuerpo, pero no despertabas. Seis días. Justo cuando mi cerebro empezó a procesar el dato, mi estómago decidió que era un buen momento para anunciar su propia existencia. Un rugido sonó desde mi abdomen, tan fuerte que rebotó en las paredes. Toda la sala se detuvo un segundo… y luego estalló en risas. No eran risas de burla. Eran esas risas de alivio que salen cuando el cuerpo encuentra una excusa para soltar tensión. Uno de los sacerdotes se limpió una lágrima del rabillo del ojo y dijo: —Al parecer, no hay nada de qué preocuparse si ya tiene apetito. Yo solo bajé la mirada, rojo hasta las orejas. Unos minutos después, trajeron comida. Sopa de arroz, frutas cortadas, verduras hervidas. Comida de enfermo. Bien hecha, pero de enfermo. Mientras masticaba, mi mente alternaba entre pensar “necesito un filete del tamaño de la mesa” y recordar, poco a poco, todo lo que había pasado. El veneno. La cura. La omnipotencia temporal. La orden al rey: “No se muevan de aquí.” Un hueco se abrió en mi estómago, esta vez no por hambre. “Estoy en problemas”, pensé, sintiendo un sudor frío que no tenía nada que ver con fiebre. “Le di una orden al rey. Literalmente. En su cara.” “Que me coma la tierra”, grité por dentro. “¿En qué estaba pensando?” Fuera de la habitación se escuchaba bullicio. No el caos del combate, sino un murmullo constante de pasos, voces, actividad. Al parecer, medio palacio estaba pendiente de si me levantaba o no. La puerta se abrió. No entró medio palacio, pero casi. El rey. El duque Loramir. El general Kael. El líder de la Orden Sin Nombre. El aire pareció cambiar un poco, como si la sala recordara de golpe dónde estaba y quién había entrado. Uno de los médicos se acercó al rey y, con una reverencia, informó: —Su Majestad, el estado de salud del joven Hino es excelente. No encontramos daños perManaentes. El rey asintió, le dio las gracias con una frase breve y clara, y luego elevó un poco la voz: —Gracias a todos. Pueden dejarnos solos un momento. Los sacerdotes, ayudantes y sirvientas salieron, algunos mirando hacia atrás una vez más, como si quisieran asegurarse de que seguía respirando. La puerta se cerró. Yo tragué saliva. “Ahora sí”, pensé. “Aquí viene el regaño real. ‘Cómo te atreves’, ‘qué crees que eres’, ‘qué rayos fue eso que hiciste’…” Lo que pasó, sin embargo, no fue nada de eso. En cuanto el pestillo hizo clic, el rey, el duque y el general inclinaron la cabeza. No un gesto ligero. Una reverencia real. Solo Erian se Manatuvo erguido, aunque bajó la mirada un poco, como si esa fuera su versión de “inclinarse”. Mi corazón se detuvo medio latido. “¿Qué está pasando…? ¿Un rey… agachando la cabeza?” —S-su Majestad… —balbuceé— por favor, levanté la cabeza… Altharion habló sin enderezarse del todo. —No, Hino —dijo—. Lo que hiciste en este palacio es digno de un héroe. Alzó la mirada entonces, sus ojos fijos en los míos. —Esto es lo menos que puedo hacer. Se incorporó del todo y continuó, esta vez con voz más firme: —Te estoy agradecido como rey —dijo— por salvar a mis súbditos. Pero no solo eso. Su Manadíbula se tensó apenas. —Te agradezco como padre —añadió—. Salvaste a mi hija y a mi familia de una muerte segura. El general Kael se adelantó un paso. —Mis hombres —dijo, con voz grave— te deben la vida. Hubo bajas, sí… pero sin ti, la historia que estaríamos contando hoy sería una masacre. El mago de la Orden Sin Nombre habló después, sus Manaos juntas detrás de la espalda. —Nuestros magos no estaban preparados para un ataque interno de esa magnitud —admitió—. Tú compensaste nuestras fallas. Y… —hizo una pausa, buscando las palabras— abriste un campo de estudio que no pensé que vería mientras viviera. Yo, por dentro, seguía sin creerlo. —No sé qué me pasó en ese momento —dije, al fin—. Las palabras salieron más honestas de lo que esperaba. —Sentí que debía hacer algo. Que, si no lo hacía, todos morirían. Un poder extraño se despertó en mí… y tomé una decisión arriesgada. Respiré hondo. —Tal vez actué imprudentemente —añadí, bajando la mirada—. Si fue así, le pido disculpas. A usted, y a todos los que estaban allí. El rey negó con la cabeza. —En otra situación —admitió—, habría cuestionado muchas cosas de lo que vi. Sus ojos se suavizaron un poco. —Pero esa noche —continuó—, cada decisión que tomaste nos Manatuvo vivos. Lo que hiciste puede haber sido imprudente a ojos de un consejero… pero fue correcto a ojos de un rey que casi pierde a su hija y a su pueblo en un solo golpe. Se quedó en silencio un instante, como sopesando algo más. —Dime —pidió entonces—. ¿Qué más viste? ¿Qué supiste del líder de los intrusos? No iba a ocultarlo. Ya sería demasiado. Le conté todo. Le hablé de las bombas mágicas colocadas estratégicamente por el castillo, de cómo el sistema me había permitido absorber su Mana antes de que detonaran. Le describí al líder: Su rostro marcado, su locura evidente, su Manera de moverse como alguien que había sobrevivido a demasiadas guerras. Le repetí, con la mayor exactitud que mi memoria fotográfica permitía, la conversación: —No sabía el nombre de quien lo contrató —dije—. Pero estaba seguro de que la señal vino de dentro del sistema. De alguien con acceso al castillo, a horarios, a posiciones clave. —¿Dentro del castillo? —preguntó el rey. —Dijo que “dentro del sistema” —corregí—. No sólo físico. Alguien que sabe cómo se mueve todo aquí. Le hablé de los demonios y el ángel. —Mencionó que había demonios implicados —seguí—. Que hablaban de justicia, de corregir desequilibrios. También habló de un ángel… uno que parecía aburrido, como si todo esto ya lo hubiera visto antes. El general frunció el ceño al oír la palabra “ángel”. El mago se tensó. —Elfos, también —añadí—. Dijo que algunos elfos asentían cuando oían hablar de bosques muertos y ríos contaminados. Estreché los dedos sobre la sábana. —Escuchó que alguien decía que este reino… Asterion… es un error. Algo que fue escrito mal. Y que la única forma de arreglarlo es hacerlo desaparecer, para “restaurar el equilibrio”. El rey guardó silencio. —La duquesa Elianor y Seraphil —continué— eran peones. Así lo veía él. Útiles para encender el fuego, pero desechables. Sentí la mirada de todos sobre mí mientras decía la última parte. —Dijo que era útil tener fanáticos con nombres famosos para empezar guerras. Y muy útil convertirlos en mártires después, para tener aún más gente enojada dispuesta a pelear. Me detuve ahí. No era necesario entrar en detalles de cómo exactamente lo había matado después. —También dijo —añadí, recordando las palabras que más me habían inquietado— que quien coordinaba todo esto… no era huManao. El rey alzó una ceja. —¿Cómo lo describió? —preguntó. —Dijo —cerré los ojos un segundo, reproduciendo la escena— que era una voz que sonaba a muchas voces. Como un coro hablando desde una sola garganta. Abrí los ojos de nuevo. —Y que no había ojos. No había rostro. Solo… presencia. Hubo un silencio pesado. En la cabeza del rey, lo supe —porque su expresión lo delataba—, todas esas piezas estaban intentando encajar en el tablero que llevaba años estudiando: La guerra que venía del norte. La presión de la iglesia. Los intereses de las minas. Los demonios en las fronteras. Los elfos en los bosques. Y ahora, un eco de algo más grande, usando a todos como piezas de un juego que ninguno de ellos había empezado. Por dentro, él pensó algo que no dijo en voz alta: “Este niño es poderoso. Más de lo que es sano. Pero lo veo ponerse nervioso al hablar conmigo. Lo vi preocupado por salvar a dos sirvientas sin nombre con la misma urgencia con la que salvó a mi hija. En su mirada, todavía hay miedo, respeto, vergüenza. Todavía es un niño. Mientras siga siendo un niño, no es peligroso… No para mí. No aún.” El rey respiró hondo. —De acuerdo —dijo al fin—. Creo que, por ahora, lo dejaremos aquí. Su tono cambió un poco, volviéndose más suave. —Deberías descansar un poco más, Hino —añadió—. Has llevado tu cuerpo y tu mente más allá de lo que cualquiera consideraría razonable. Hizo una pequeña pausa, y añadió con una media sonrisa: —Además, hay alguien que quiere verte. —¿Alguien…? —pregunté, confundido. El rey y los demás se despidieron. Kael me dedicó un saludo breve pero respetuoso. El mago simplemente asintió, con los ojos brillando de curiosidad contenida. El duque inclinó la cabeza con una seriedad cariñosa. Erian y yo nos quedamos solos unos segundos. —Gracias… —le dije, sin saber muy bien por qué, pero sintiendo que tenía que decirlo. —Todavía no sé si darte las gracias yo a ti —respondió—. Pero admito que… lo que hiciste fue fascinante. No hubo tiempo para seguir hablando. La puerta se abrió de golpe. El duque, su esposa y sus hijas entraron casi empujándose entre ellos. Aradia llegó primero. Se lanzó hacia mí y me abrazó con tanta fuerza que la herida inexistente de mi costado se quejó por puro recuerdo. —Pensé que ibas a morir —sollozó—. Pensé que todos lo haríamos. —Eres sorprendente, Hino… Los ojos del duque y de su esposa se humedecieron. No lloraron abiertamente —había dignidad de noble de por medio—, pero era evidente que la escena los tocaba más de lo que querían mostrar. Mientras Aradia me apretaba, la puerta volvió a abrirse. No hizo falta verla para saber quién era. —¡Hino! La voz, melodiosa y clara, sólo podía pertenecer a una persona. La princesa Lysandra. Entró con ropa algo más casual que la que llevaba el día del ataque, pero sin perder la elegancia que parecía ir pegada a su piel. Antes de que pudiera decir “Su Alteza” o cualquier tontería formal, se me echó encima en un abrazo. Sentí su peso ligero, el calor de su cuerpo, y un aroma suave —algo entre flores y libros— llenó mi nariz. El sistema, oportunista como siempre, se activó. \---Advertencia: feromonas detectadas. \---Comentario: guardaré este recuerdo en tu corazón, no en tu memoria. Si hubiera tenido fuerzas para reír, lo habría hecho. Coloqué una Manao, con cuidado, en su espalda. —Todo está bien —dije, intentando que la voz sonara estable—. Estamos a salvo. La princesa no dejaba de agradecer. —Lo que hiciste… —decía— no tengo palabras. Y entonces empezaron las preguntas, todas atropelladas: —¿Necesitas algo? —¿Quieres comer? —¿Puedes comer bien? —Si quieres, yo puedo darte de comer. Noté cómo me subía el color a la cara. —N-no, princesa —balbuceé—. Una mujer de su estatus no puede atender así a un pueblerino como yo. Hizo un puchero, inflando ligeramente las mejillas. —El estatus aquí no importa —dijo, con un hilo de voz—. Eres mi salvador. Mi héroe. Mientras lo decía, se llevó las Manaos a las mejillas, ahora tan rojas como las mías. El duque y su esposa observaban la escena con sonrisas discretas, compartiendo miradas de “esto se está poniendo interesante” que intentaban ocultar detrás de gestos serios. Aradia, a un lado, infló sus propios cachetes. —¡No es justo! —protestó—. Yo también quiero cuidar de Hino y darle de comer. La habitación se llenó de un tipo de calor muy distinto al de la batalla. Fue Erian quien puso fin al caos antes de que mi cerebro decidiera desconectarse por sobrecarga social. —Ejem —tosió, con un ruido perfectamente calculado—. Señoritas, creo que Hino necesita descansar. Su tono no fue autoritario, pero sí lo bastante claro. —Dejémoslo por hoy. Lysandra y Aradia hicieron puchero a dúo, pero entendieron. Antes de irse, el duque se acercó a la cabecera. —Tu familia está en mi ducado, a salvo —dijo—. Más adelante hablaremos con calma. Quiero agradecerte formalmente… como se debe. Asentí, sintiendo cómo otra capa de tensión se me desprendía del pecho. Salieron uno a uno, aun sonriendo, aun mirándome como si me hubieran visto hacer magia de cuento. Erian se quedó en la puerta. —Descansa —dijo simplemente. Asentí, sintiendo por fin el cansancio mental caer sobre mí como una Manata pesada. Mientras cerraba los ojos, el mundo se volvió más pequeño: sonido amortiguado, respiración lenta, latidos tranquilos. Ninguna alarma del sistema. Ninguna ventana. Solo silencio. No vi —y el sistema tampoco— la sombra que se formó en una esquina de la habitación. No era la sombra común que hace la luz al chocar con un mueble. Era más densa. Más… consciente. Se despegó suavemente de la pared, como si alguien hubiera pintado una silueta negra y esta hubiera decidido ponerse de pie. Se quedó allí, quieta, observando la cama donde yo empezaba a quedarme dormido de nuevo. Sin respirar. Sin hacer ruido. Invisible para todos los presentes momentos antes. Y, lo más inquietante, invisible también para la interfaz que decía ver todo. El capítulo se queda abierto ahí: Conmigo entrando en un sueño merecido, el palacio recuperando poco a poco la calma… Y algo, en la oscuridad de una esquina, observando en silencio al niño que, sin saberlo, se había convertido en la pieza más extraña del tablero. EXTRA: Los infiernos de Vaelkhar, En los Infiernos de Vaelkhar, la noche era permanente. No porque faltara un sol, sino porque el cielo estaba cubierto por una bóveda de roca negra y fuego azul, cruzada por grietas que respiraban magma en lugar de aire. En el centro de ese mundo, se alzaba la Ciudad Trono de Narg-Thael, una espiral de fortalezas, murallas y torres de obsidiana talladas con rostros que gritaban eternamente sin voz. ![](/api/get-image/09de8e0e-8065-45ae-95a7-42ddf1aef79e.webp/chapters/false) En lo más alto, en una sala tan vasta que el eco tardaba segundos en volver, se encontraba el trono del rey de los demonios. No era un trono de oro ni de joyas. Era un asiento tallado en la columna vertebral petrificada de una criatura que alguna vez había sido mayor que cualquier dragón. Los huesos, negros y pulidos, estaban cubiertos de runas que ardían y se apagaban como respiraciones contenidas. Sobre ese trono, recostado con aire cansado pero letal, estaba Zhaer’Morath, Señor de los Pilares Ardientes, Rey de los Siete Círculos del Abismo Exterior. Su cuerpo era alto, musculoso, cubierto de cicatrices que, a diferencia de las humanas, brillaban levemente con fuego interno. Dos cuernos, curvados hacia atrás, parecían hechos de metal fundido y enfriado a golpes. Sus ojos, sin pupila, eran dos brasas blancas que veían demasiado lejos. Frente a él, a varios metros de distancia por pura supervivencia, un lacayo demonio temblaba. Tenía la piel grisácea, alas membranosas recogidas contra la espalda y una armadura ceremonial que no le daba ninguna confianza extra. —Mi rey… —empezó, con la voz quebrada—. Traigo noticias de la incursión en Asterion… No terminó. La copa de oro que Zhaer’Morath tenía en la mano cruzó el aire en un segundo y explotó contra el rostro del lacayo, arrojándolo al suelo. El líquido viscozo y oscuro que había contenido —vino infernal, o sangre de algún desafortunado— se esparció como un halo macabro. —Noticias —gruñó el rey, incorporándose en su trono—. ¿Te parece correcto llamar “noticias” a un fracaso tan grotesco? Su voz retumbó por toda la sala, haciendo vibrar las antorchas verdes que colgaban de las paredes. El lacayo se arrastró hasta ponerse de rodillas, sin atreverse a levantar la vista. —L-los infiltrados… —balbuceó—. Nuestros hombres dentro del palacio… fracasaron. Zhaer’Morath apretó los dientes. Las runas de su trono se encendieron un poco más. —¿Cómo es posible —rugió— que, con las puertas abiertas desde dentro, con las posiciones exactas de la familia real marcadas, con artefactos de distracción colocados en puntos críticos… hayan fallado en algo tan simple como descabezar a un anciano y su camada? Sus dedos se cerraron sobre el reposabrazos, y la roca se agrietó. Porque no había sido un ataque improvisado. Habían pasado años moviendo piezas. La muerte de la duquesa Elianor y del arzobispo Seraphil no fue un capricho. Fue cálculo. El plan era elegantemente cruel: Primero, eliminar a los dos agitadores más visibles del bando pro-guerra dentro del reino, no porque fueran un estorbo, sino porque muertos serían mucho más útiles. Convertirlos en mártires. Con sus seguidores gritando traición, justicia y venganza, el reino se llenaría de sospecha interna. La nobleza se dividiría: unos culparían al rey por no protegerlos, otros culparían a enemigos externos inventados. La iglesia se desangraría discutiendo si Seraphil fue víctima de herejes o de demonios. Luego, las explosiones. Los artefactos escondidos en el palacio no estaban ahí solo para matar: su función principal era distraer. Forzar a la guardia a dispersarse, a los magos a concentrarse en apagar fuegos, al rey a moverse. En medio de ese caos calculado, el golpe final caería: la familia real entera asesinada dentro de su propio hogar, en una sola noche. Un reino sin cabeza, un pueblo sin figura que seguir, líderes muertos que se convertirían en símbolos opuestos… Una tormenta perfecta para que las fronteras ardieran y los ejércitos se movieran sin saber por qué. Y sin embargo, todo se había desmoronado por la irrupción de una variable que nadie había anticipado. —Ese maldito… —empezó Zhaer’Morath, los ojos brillando más—. Estaba a punto de nombrar a alguien. No al rey humano, no al duque. A otro. Pero un segundo lacayo irrumpió en la sala, arrodillándose incluso antes de cruzar por completo el umbral. —Señor —dijo, jadeando—. Tenemos noticias de los ángeles y los elfos. Zhaer’Morath chasqueó la lengua, molesto por la interrupción, pero alzó una mano para que continuara. —Por fin han terminado los preparativos para la caída del reino —siguió el demonio—. Bajó la cabeza aún más. —Solo… piden que, al haber sido ellos los desarrolladores del “método”, seamos nosotros quienes ejecutemos el acto final. El rey soltó una carcajada seca, sin rastro de alegría. —Claro —murmuró—. Por supuesto. Había política incluso en el fin del mundo. Los ángeles, esos fanáticos de la pureza y la “corrección del orden”, no querían mancharse las manos directamente. No con la sangre de un reino humano al que llevaban observando siglos. Los elfos, guardianes autoproclamados de bosques, ríos y “equilibrio natural”, habían aportado su conocimiento ancestral: rituales antiguos, nodos de energía, formas de quitarle la magia a la tierra misma. Ellos habían diseñado la red. Los demonios… pondrían la chispa. Así, cuando el reino cayera, los ángeles podrían decir que solo observaron, que “permitieron que la corrupción se deshiciera a sí misma”. Los elfos podrían afirmar que solo habían hecho lo necesario para evitar que la humanidad terminara de pudrir el mundo. Y en las historias futuras, si alguien se atrevía a escribirlas, los demonios serían, como siempre, los verdugos que todos señalarían. —Hipócritas alados —escupió Zhaer’Morath—. Y árboles ambulantes con complejo de mártires. Respiró hondo, dejando que el enojo le recorriese el pecho, pero no llegó a desbordar. —Está bien —dijo al fin, a regañadientes—. Miró al lacayo. —Podemos proceder con el plan. Sus ojos se entornaron. —Al final, no podemos oponernos a Él. La temperatura de la sala pareció bajar a pesar de las llamas verdes. Nadie preguntó “¿a quién?”. No hacía falta. Él. El ente sin rostro. Sin forma. La voz que sonaba como un coro hablando a través de una sola garganta. El mismo del que el asesino en Asterion había hablado sin saber a quién describía. Zhaer’Morath, rey de demonios, no era ingenuo. Sabía reconocer poder cuando lo veía. Y lo que emanaba de Él no era simplemente fuerza. Era… diseño. Una intención que atravesaba mundos, religiones y razas como si fueran piezas de un tablero tridimensional. Los humanos eran un obstáculo. No porque fueran fuertes. Sino porque eran demasiados, demasiado caóticos, demasiado ruidosos en la trama de la magia. Sus ciudades desplazaban nodos antiguos. Sus guerras movían fronteras de poder que habían estado quietas durante milenios. Sus rezos, dirigidos a decenas de dioses distintos, creaban interferencias en los ecos que entidades como Él necesitaban claros. Zhaer’Morath había considerado, más de una vez, el placer de intentar devorar a esa cosa. Un poder así, asimilado, lo pondría por encima de demonios, ángeles, elfos, humanos y cualquier otra cosa que respirara. Pero no era estúpido. “Mis planes de ir tras Él… —pensó, apoyando el codo en el reposabrazos— deberían ponerse en marcha con cuidado. Incluso con más cuidado que cualquier guerra que haya dirigido.” Miró las runas que giraban lentamente sobre la palma de su mano, proyectando esquemas de portales, líneas de ataque, nombres de generales. “Él tiene un poder más allá de nuestra comprensión. Y pensar que obligó a los ángeles a unirse. Esos malditos no se inclinan ante nadie.” Zhaer’Morath recordaba bien la primera “negociación”. Ángeles reunidos en un círculo, alas plegadas, rostros hermosos y distantes, proclamando que “no pactarían con demonios”. Luego, la Voz. No una presencia física. Un eco que llenó la sala, haciendo vibrar incluso las plumas de sus alas perfectas. Cuando salió de allí, el rey demonio había sentido asco. No hacia la Voz —el miedo aún era mayor que el desprecio—, sino hacia ellos: Los autoproclamados mensajeros de la luz, aceptando que algo les dictara condiciones. Los elfos no habían sido mejores. Guardianes del “equilibrio”, habían escuchado la propuesta de Él y, en vez de negarse, habían preguntado qué parte del bosque se salvaría si Asterion ardía por completo. “Y aquí estoy yo —pensó Zhaer’Morath—, atado a un plan en el que todos creen que me usan, mientras sé perfectamente que todos estamos siendo usados.” El lacayo de antes seguía temblando en el suelo, la copa rota a su lado. —Levántate —ordenó el rey, con menos rabia en la voz, pero igual de peligro. El demonio obedeció, aún sin atreverse a alzar la mirada. —Reúne al consejo de guerra —ordenó Zhaer’Morath—. Quiero informes de todas nuestras posiciones cerca de las fronteras humanas. Miró hacia la oscuridad del techo, como si pudiera ver a través de roca, mundos y dimensiones. —Si los elfos y los ángeles han terminado sus preparativos —murmuró—, nosotros no podemos quedarnos atrás. Hizo una mueca. —Aun así… Se permitió un pensamiento que no compartiría con nadie: “Ojalá ese niño humano no hubiera existido. Y al mismo tiempo… me intriga.” Porque la información ya había llegado, incluso allí: Un niño en el palacio de Asterion. Una anomalía. Una presencia mágica que había desactivado artefactos, revertido venenos preparados en laboratorios demoníacos, detenido golpes, detenido tiempo. Un punto que el sistema de Él no había previsto con claridad. “Quizá…” —pensó Zhaer’Morath— “no todo está tan bajo control como Él cree.” Sus labios se curvaron en una sonrisa peligrosa. “No soy su esclavo. Soy su herramienta… por ahora. Y si hay una grieta en su diseño… la usaré.” Se recostó de nuevo en el trono de hueso, la mirada perdida en algún punto que no existía en esa sala. Los demonios empezaron a moverse. Los ángeles, en planos más altos, preparaban discursos internos para justificar lo que estaban a punto de permitir. Los elfos ajustaban rituales para que las raíces de sus bosques no murieran cuando la magia humana se colapsara. Y, detrás de todo, sin rostro, sin forma, la Voz observaba. Tal vez sonriendo. Tal vez sin entender siquiera el concepto de sonrisa. El capítulo se queda abierto aquí, con el rey de los demonios aceptando un papel que detesta, los aliados “sagrados” y “naturales” maniobrando en la sombra… y un solo pensamiento colándose en los márgenes del plan perfecto: Hay un humano que no estaba en el guion. ![](/api/get-image/93a5699a-4b8f-4ac9-8ecb-d37ec73b9e37.webp/chapters/false)
Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)

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