Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 15 online gratis en español
El grito llegó desde el pasillo, ahogando incluso el eco lejano de las explosiones.
—¡Abran paso! ¡Abran paso!
Se escuchaban botas golpeando la piedra, metal chocando con metal, el murmullo tenso de órdenes cortas. Los guardias frente a los aposentos del rey se giraron, pero no llegaron a bloquear el paso. La puerta se abrió de golpe.
Era él.
El rey entró acompañado por dos guardias y un mago, pero bastó una mirada para entender que no había venido caminando con calma. Estaba agitado; no al punto de estar a punto de caer, pero sí lo suficiente como para que se notara que su edad ya no era la de un general en campaña.
Lo primero que hizo fue barrer la habitación con la mirada.
—¿Están todos bien? —preguntó, sin rodeos.
Hubo un coro desordenado de asentimientos, murmullos de “sí, Su Majestad”, “estamos bien”. Nadie se atrevió a dar demasiados detalles, como si pronunciar la palabra “ataque” dentro de la habitación del rey pudiera invocar algo peor.
Altharion dio unos pasos hacia una silla en una esquina de la estancia y se dejó caer en ella, sin perder la dignidad, pero sin ocultar el cansancio. Gotas de sudor frío resbalaban por su frente y se acumulaban en la línea de la mandíbula. Sus manos, cuando se llevó una al pecho para calmar la respiración, temblaron apenas.
Por un segundo, vi no al “rey indomable”, sino a un hombre que llevaba demasiados años sosteniendo un reino entero sobre los hombros.
Entonces metió la mano en el bolsillo interior de su ropa. Sacó un objeto pequeño, metálico, del tamaño de un reloj de bolsillo. Lo abrió con un gesto práctico.
Dentro, en lugar de manecillas, había un pequeño círculo de cristal con runas que se encendieron al contacto con su man. Podía sentir la vibración leve de la magia incluso desde donde estaba.
—Comandante Varlek —dijo el rey, acercando el artefacto a la boca—, ¿qué está pasando?
La voz del rey rebotó dentro del dispositivo como si hubiera hablado a través de un pozo. Un segundo después, se oyó otra voz, jadeante, mezclada con ruidos de fondo que no dejaban lugar a dudas.
—Su Majestad… —se escuchó al otro lado— tenemos varios infiltrados en el palacio. Estamos combatiendo con ellos ahora mismo.
A través del pequeño cristal se oían golpes de metal contra metal, gritos de guerra, gruñidos ahogados, el sonido inconfundible de alguien cayendo al suelo después de recibir un impacto serio.
—¿Quiénes son? —exigió el rey—. Llamen refuerzos. Ejecuten a los intrusos.
Su voz, pese al cansancio, conservaba esa dureza de acero templado que hacía que la gente obedeciera primero y pensara después.
En la habitación, todos estaban tensos. El duque tenía la mano cerca del arma que le habían permitido llevar incluso en presencia del rey, la duquesa sujetaba a sus hijas por los hombros, Aradia se mordía el labio, Lysandra había perdido toda expresión juguetona y miraba la puerta como si esperara que esta explotara en cualquier instante.
Fue entonces cuando el sistema habló.
No fue un aviso corto, de esos que aparecen como una nota en un margen mental.
Fue como si alguien hubiera encendido una alarma dentro de mi cráneo.
\---ADVERTENCIA
Limitaciones desbloqueadas.
Iniciando carga de máximo poder.
Subiendo parámetros y rangos al máximo…
Una luz se encendió en mi interior. No era una luz que los demás pudieran ver; no había destellos visibles en la piel ni rayos saliendo de mis ojos. Pero yo la sentí.
Fue como si alguien hubiera encendido una antorcha dentro de mi pecho, y la llama empezara a expandirse por mis venas.
Primero, calor.
Luego, demasiado calor.
Mi cuerpo empezó a reaccionar. Los músculos se tensaron, inflamándose como si alguien hubiera comprimido años de entrenamiento en segundos. Los huesos dolieron, no como cuando uno se golpea, sino como cuando algo dentro intenta crecer a la fuerza.
—¿Qué… me está pasando? —alcancé a pensar.
El calor se volvió dolor. Un dolor agudo, creciente, que no se quedaba en un punto concreto, sino que recorría todo mi cuerpo como una corriente alterna descontrolada.
No aguanté.
Grité.
No fue un grito heroico. Fue un grito de niño al que están arrancando algo de adentro.
Todas las miradas se giraron hacia mí.
—¡Hino! —escuché la voz del duque.
—¿Qué le pasa? —la de la duquesa.
—¡Hey! ¡Respira! —Erian, mucho más cerca de lo que lo había sentido hace un segundo.
El sistema, mientras tanto, seguía recitando cosas como si estuviéramos en una tienda de habilidades y no en medio de un ataque al palacio:
\---Incrementando atributos físicos a rango máximo.
\---Incrementando atributos mentales a rango máximo.
\---Añadiendo nuevas habilidades:
Búsqueda avanzada.
Resistencia a estados alterados (nivel máximo).
Evaluación superior.
Pensamiento paralelo.
Rayo.
Lanza de Fuego.
Lanza de Hielo.
Parálisis avanzada.
Cada vez que mencionaba algo, sentía un pequeño “clic” en algún lugar de mi mente o mi cuerpo, como si se desbloquearan compartimentos que habían estado cerrados hasta ese momento.
La habitación se desdibujó. No porque hubiera perdido la vista, sino porque toda mi atención estaba dividida entre el dolor físico y la avalancha de información.
Entonces, la siguiente advertencia me golpeó más fuerte que el dolor.
\---ADVERTENCIA
Sobrecarga detectada.
Corrigiendo árbol de habilidades…
Mi visión interna se tiñó de rojo.
Era la primera vez que el sistema usaba ese color de forma tan absoluta.
\---HABILIDAD ÚNICA PROCESADA: “Omnipotencia” (forma limitada).
Para estabilizar el sistema, se sacrificarán todas las habilidades activas y pasivas…
Se conservará “Memoria Fotográfica Perfecta” en nivel máximo.
MP infinito desbloqueado.
Condición:
La forma “Omnipotencia” solo podrá mantenerse 10 minutos.
Transcurrido ese tiempo, los parámetros volverán a sus valores originales, aplicando la experiencia acumulada.
¿Aceptar?
El dolor no dejaba espacio para mucha reflexión.
Pero incluso en ese estado, entendí algo:
Si decía que no, reventaría.
Si decía que sí, al menos lo que fuera que estaba pasando tendría una forma, una estructura.
—¡S-sí…! —grité, sin saber si lo había dicho con la voz o solo con la mente—. ¡Aceptar!
La respuesta fue inmediata.
Un destello negro rodeado de un aura roja emergió de mí. Esta vez sí fue visible.
Lo supe porque vi cómo las pupilas de todos se dilataban al mismo tiempo. El aire pareció densificarse. Las lámparas de man se apagaron durante una fracción de segundo y luego se encendieron de nuevo, como si la magia de la habitación hubiera parpadeado.
El aura oscura se arremolinó a mi alrededor, como humo líquido. No era fuego, pero se movía como tal. La luz roja se entretejía en él como venas incandescentes dentro de una sombra viva.
Los guardias agarraron sus armas con más fuerza.
Uno de ellos dio medio paso hacia mí antes de que el general Kael —que acababa de entrar detrás del rey— levantara una mano, instintivamente, como diciendo “espera”.
Toda esa energía, en lugar de explotar hacia afuera, se contrajo. Se hundió en mi cuerpo, en mi piel, en mis huesos.
El dolor… desapareció.
Todo se volvió claro.
Monstruosamente claro.
Sentí cómo un filtro se caía de mis sentidos.
De repente, veía más. Oía más. Percibía el flujo de man en la habitación, las microvariaciones en la respiración de cada persona, el latido acelerado del corazón del rey, la ligera asincronía en los pasos de los guardias fuera de la puerta.
Emociones superfluas se apagaron como lámparas cerradas con una tapa.
El miedo se quedó, pero transformado en algo frío, funcional.
La culpa, la duda, la timidez… se replegaron a un rincón en la parte más profunda de mi mente.
Lo que quedó en la superficie fue una especie de concentración absoluta.
El sistema habló de nuevo, esta vez con una voz que sonaba menos a asistente administrativo neutro y más a notificación de sistema operativo que está completamente bajo mis órdenes:
\---Forma temporal “Omnipotencia”: ON.
\---Sugerencia: probar nuevos poderes.
Entre el ruido de fondo, comprendí algo que había sospechado pero no puesto en palabras:
El sistema no era solo un menú.
Era una entidad que se ajustaba a lo que yo era.
Como yo era una anomalía, él mismo se veía obligado a romper y rehacer sus propias reglas. Bloqueaba, desbloqueaba, limitaba y liberaba mis capacidades a partir de mis decisiones y del entorno.
En otras palabras, se adaptaba a mí.
Y en este momento, se había adaptado a “necesitamos un monstruo funcional durante diez minutos”.
“Esto me viene bien”, pensé, con una serenidad que no habría podido tener sin esa forma activa. “Contra infiltrados dentro del palacio… esto es perfecto.”
Justo cuando terminé de pensar eso, se escuchó el sonido inconfundible de espadas atravesando carne al otro lado de la puerta.
Un golpe seco.
Un cuerpo cayendo.
Luego, la puerta explotó hacia adentro.
La madera se astilló en mil pedazos, las bisagras saltaron. Los guardias del rey reaccionaron por reflejo, levantando escudos y lanzando hechizos defensivos, pero los intrusos ya estaban dentro.
Eran dos.
Vestidos de negro de pies a cabeza, con capas ajustadas y piezas de cuero reforzado. Los rostros cubiertos por máscaras lisas sin rasgos. Ni siquiera los ojos se veían claramente; solo dos sombras oscuras donde deberían estar.
No se podía distinguir ni género ni raza. Eran, literalmente, figuras sin rostro.
—Aquí están todos —dijo uno de ellos, con una voz filtrada que sonaba extrañamente neutra—. Justo donde nos dijeron.
Sin perder tiempo, lanzaron dos pequeñas esferas metálicas al centro de la habitación.
No eran bombas normales.
No hicieron ruido al caer.
Rodaron apenas un par de centímetros y se detuvieron.
Entonces se abrieron con un chasquido seco, liberando una nube de humo pálido, casi traslúcido. No era el típico humo negro denso que uno ve en incendios; era algo más fino, pegajoso, que se dispersaba rápido.
El sistema no tardó ni medio segundo.
\---ADVERTENCIA
Veneno mortal inhalable detectado.
Tipo: desconocido.
Efectos estimados sobre humanos normales: colapso respiratorio en segundos, hemorragias internas.
\---Aplicando “Inmunidad máxima a estados alterados”…
Yo inhalé.
Solo por reflejo.
El veneno entró en mis pulmones… y no hizo nada.
Los demás no tuvieron la misma suerte.
Escuché las primeras toses.
Primero leves, luego más fuertes.
Uno de los guardias se llevó la mano a la boca y la retiró manchada de sangre.
La duquesa se dobló por la mitad, buscando aire. Mira y Lyss se agarraron a su padre, tosiendo hasta que las lágrimas les brotaron de los ojos. Aradia cayó de rodillas, las manos en el pecho, con la cara completamente desfigurada por el dolor.
Lysandra se inclinó hacia adelante, una mano en la garganta, la otra apoyada en la pared para no caer. La vi expulsar un hilo de sangre al toser.
El rey mismo se llevó la mano al cuello, respirando con dificultad.
Sentí la habitación dividirse en dos:
Yo, de pie, respirando con normalidad.
Todos los demás, ahogándose con un veneno que, en circunstancias normales, también debería haberme matado.
Mi mente, en ese estado, no se detuvo a considerar escenarios.
Solo evaluó.
“No puedo dejar que mueran aquí.”
No era una conclusión moral.
Era una decisión tan evidente como “si quieres seguir respirando, inhala”.
Levanté la mano.
—Área… High Heal —pronuncié, casi sin pensar. El sistema completó el hechizo en mi mente: “Curación de Área Superior”.
Un sello apareció debajo de nosotros.
No lo vi solo con los ojos. Lo sentí, como si el patrón mágico se hubiera grabado también en mi piel. Líneas de luz blanca con reflejos verdosos se extendieron en círculo, cubriendo a todos los presentes.
Una columna de luz suave emergió desde el suelo, envolviendo a cada persona en la habitación. No era una luz explosiva ni cegadora. Era… espesa. Como si el aire se hubiera vuelto líquido y cálido.
Uno por uno, empecé a escuchar cómo las toses cambiaban.
De ahogo a sorpresa.
De dolor a respiraciones profundas e inestables.
El veneno seguía en sus pulmones, pero el hechizo lo neutralizaba a medida que el man que yo derramaba reescribía lo que sus cuerpos estaban haciendo. Los capilares rotos se cerraron, los alveolos dañados se restauraron, el flujo de sangre se estabilizó.
En cuestión de segundos, los guardias dejaban de toser sangre, la duquesa alzaba la cabeza, las niñas respiraban con dificultad, pero sin dolor. Aradia miraba sus manos, temblorosas, pero ya no llenas de rojo.
La princesa Lysandra, apoyada aún en la pared, levantó la vista hacia mí, con los ojos muy abiertos.
El rey recuperó el aliento, inspirando profundamente, como quien se aferra a un último trago de vida antes de volver a ponerse en pie.
Solo entonces, cuando estuve seguro de que el círculo había hecho efecto en todos, me di la vuelta hacia los intrusos.
Sus cuerpos estaban ligeramente agachados, en posición de combate, con el humo aún envolviéndolos parcialmente. Pero sus cabezas estaban inclinadas hacia nosotros, tratando de entender qué demonios acababa de pasar.
No estaban preparados para ver que el veneno no solo no me afectaba, sino que yo había revertido sus efectos en todos los demás. Se notaba en sus posturas, en el pequeño titubeo del pie delantero, en el micro gesto de los dedos que sostenían las armas.
Fue entonces cuando sacaron las dagas.
Las extrajeron del interior de sus capas, movimientos rápidos y precisos. Las hojas brillaban con un tono extraño, ligeramente iridiscente. No hacía falta sistema para sospechar que también estaban impregnadas de algo desagradable.
Se lanzaron.
Uno hacia mí.
El otro, directamente hacia el rey.
Todo eso ocurrió en una fracción de segundo.
Pero en mi percepción, fue… lento.
Muy lento.
Podía ver cada detalle:
El ligero temblor en el músculo del muslo antes del impulso.
El ángulo exacto de la muñeca sosteniendo la daga.
El flujo de man en el aire alterado por su movimiento.
Hasta podía percibir pequeñas partículas del veneno aún flotando en el aire, moviéndose como polvo bajo la luz, solo que yo era la luz.
En ese estado, la información no me abrumaba. Se organizaba sola.
Alcé la mano, con calma.
—Parálisis.
No fue un grito.
Fue casi un susurro.
Del centro de mi pecho, una onda de man salió disparada, invisible para los no sensitivos, pero tan real como un muro de piedra.
Golpeó a ambos intrusos al mismo tiempo.
Se quedaron congelados en el aire.
Una pierna suspendida a medio paso, el cuerpo inclinándose hacia adelante, las dagas a medio trayecto.
Ni siquiera sus capas se movían ya.
Toda la habitación se detuvo.
Un guardia dejó de moverse a medio gesto de proteger al rey.
El duque se quedó con la mano extendida hacia sus hijas.
La princesa tenía la boca entreabierta, todavía en la inhalación posterior al hechizo de curación.
Caminé.
Tranquilo.
Cada paso sonaba nítido, firme, en el silencio absoluto que había caído sobre la escena.
Me acerqué al primero.
Podía oír su corazón. Rápido, pero atrapado dentro de un cuerpo que no respondía. Sus ojos, detrás de la máscara, estaban abiertos como platos, llenos de pánico.
Sin prisa, tomé la daga de su mano paralizada. No opuso resistencia; no podía.
Sentí el peso del arma, su equilibrio. El sistema me susurró:
\---Arma: daga.
\---Material: acero templado, recubrimiento tóxico.
\---Efectos sobre humanos: necrosis rápida, paro cardíaco.
No dudé.
Apoyé la punta en su pecho, justo donde la armadura era más fina, y la introduje.
Despacio.
No por crueldad.
Sino porque, en ese estado, todo movimiento era, por definición, lento.
La hoja atravesó cuero, tela, carne.
Escuché cómo el aire abandonaba sus pulmones en un gemido que no pudo salir del todo.
Lo mismo con el segundo.
Me giré, caminé los pocos pasos que nos separaban, tomé su arma, repetí el movimiento.
La daga entró, salió.
Cuando aparté la mano, el hechizo de parálisis se disolvió.
Los dos cuerpos cayeron al suelo al mismo tiempo, como sacos de patatas dejados caer desde una carreta.
El veneno en el aire empezó a disiparse, ayudado por corrientes mágicas que los propios magos del rey estaban activando para limpiar la habitación. Ninguno de ellos, sin embargo, había reaccionado lo bastante rápido como para detener el ataque inicial.
Yo sí.
Me volví hacia los demás.
Algunos tenían la mano tapando la boca. Otros, los ojos abiertos hasta el límite. La duquesa tenía a sus hijas pegadas al cuerpo, como si temiera que si las soltaba, yo mismo podría desaparecerlas.
El rey me miraba con una mezcla extraña: miedo, sí, pero también algo parecido a reconocimiento. Como quien ve una herramienta peligrosísima que, por ahora, está de su lado.
Lysandra me miraba de una forma que no había visto antes en nadie.
Como si, por un lado, estuviera aterrada… y, por otro, genuinamente fascinada.
Yo, en cambio, sentía que tenía una tarea más que hacer antes de que esos diez minutos se agotaran.
Me acerqué a la puerta destrozada, pisando las astillas. Me detuve justo en el marco, aún envuelto en el aura oscura que la forma de “Omnipotencia” generaba.
Giré un poco la cabeza, lo suficiente para que me escucharan todos.
—No se muevan de aquí —dije, sin subir la voz.
No fue una sugerencia.
Fue una orden.
El tono, la postura, la energía que me rodeaba… todo dejaba claro que, en ese momento, yo no era solo “Hino, el niño de Harunose”.
Era algo más.
Nadie respondió.
No porque no pudieran, sino porque nadie se atrevió.
Ni el rey.
Ni el duque.
Ni la princesa.
Ni siquiera Erian, que me miraba con una atención milimétrica, como si cada segundo que pasara en este estado fuera una página nueva en un libro que nadie había escrito antes.
El sistema marcó una notificación silenciosa en el borde de mi conciencia:
\---Tiempo restante de forma “Omnipotencia”: 8 minutos 32 segundos.
Sin decir nada más, di un paso hacia el pasillo.
El palacio ardía en ruido: metal, gritos, hechizos, órdenes.
Cada sonido llegaba a mi mente con una nitidez quirúrgica, como si el castillo se hubiera convertido en un mapa vivo sobre el que podía poner el dedo donde quisiera.
Y yo estaba a punto de hacerlo.
Desde los ojos del rey
Altharion había visto muchas cosas en su vida: hombres atravesados por lanzas, magos perder el control de sus hechizos, nobles romperse por dentro cuando la realidad no encajaba con sus ambiciones. Pero nunca había visto algo como lo que Hino hizo en esa habitación.
Al principio, solo fue un niño doblándose de dolor.
Un niño que había demostrado ciertas rarezas, sí, pero seguía siendo, en apariencia, un crío de pueblo.
Luego, la atmósfera cambió.
Altharion sintió la magia antes incluso de verla. El aire se volvió pesado, como antes de una tormenta. Las lámparas parpadearon. Una oscuridad espesa, con destellos rojos, envolvió al chico.
Por un instante, el rey estuvo a punto de dar la orden de “deténganlo”, puro instinto de supervivencia. Pero algo lo detuvo:
Erian no se movió.
Los ojos del semielfo no mostraban pánico, sino una atención quirúrgica. Eso, viniendo de alguien tan difícil de impresionar, significaba que estaban ante algo que no comprenderían deteniéndolo a golpes.
Cuando el aura se contrajo y se hundió en Hino, Altharion sintió un escalofrío muy distinto a los que dan los hechizos corrientes.
No era solo poder.
Era la sensación de que algo, en algún nivel que los sistemas normales del mundo no alcanzaban, acababa de reescribir reglas.
“Esto no es magia común.
Ni siquiera es magia de alta corte.
Esto es… otra cosa.”
Vio cómo el veneno empezaba a matar a los suyos en segundos, y vio, con la misma claridad, cómo el sello de curación de área se activaba bajo sus pies, neutralizando en un parpadeo un arma alquímica que habría costado fortunas y vidas diseñar.
Vio a su hija toser sangre… y luego, respirar de nuevo como si nada hubiera pasado.
Vio a dos asesinos congelarse en el aire como marionetas cortadas de los hilos del tiempo.
Y vio al niño —porque seguía viéndolo como un niño, aunque el aura que lo rodeaba gritara otra cosa— caminar hacia ellos y matarlos con la calma con la que un verdugo veterano cumple una sentencia. Sin vacilar, sin tartamudear, sin apartar la mirada.
Lo inquietante no era sólo lo que Hino podía hacer.
Era que lo hacía como si su mente ya estuviera acostumbrada a ver el mundo en términos de “parámetros” y “soluciones”.
Cuando el chico se giró hacia la puerta y dijo, con esa voz extrañamente serena:
—No se muevan de aquí.
Altharion no sintió que un súbdito hablara.
Sintió que un poder independiente acababa de emitir una orden en su presencia.
Y aun así, no lo detuvo.
Porque en esos segundos, mientras el corazón le golpeaba el pecho y el recuerdo de la duquesa y el arzobispo muertos aún le ardía en la cabeza, entendió algo muy claro:
Si esa criatura caminante, ese error del sistema que su mundo no sabía procesar, hubiera estado en manos de Elianor y Seraphil, el reino ya estaría en guerra, y no en una que él eligiera.
“Es un monstruo”, pensó.
“Pero es un monstruo que me salvó la vida y la de mi hija en menos de un minuto.”
Verlo cruzar el umbral con esa aura oscura fue como ver a un dragón salir de una cueva: no puedes domesticarlo, no puedes pretender entenderlo… solo puedes rezar para que, mientras exista, mire hacia el enemigo y no hacia tu casa.
Mientras la figura de Hino desaparecía por la puerta destrozada, Altharion Asterion —rey de un reino al borde de la guerra— se encontró pensando algo que no habría admitido en voz alta ante nadie:
“Si alguien puede cerrar esta noche antes de que mi trono termine hecho cenizas… es ese niño.
Y si sobrevive… tendré que decidir qué hacer con algo que nunca debió existir en un mundo como este.”
Su mano se cerró sobre el artefacto de comunicación aún abierto, escuchando a lo lejos el ruido de la batalla.
En silencio, por primera vez en décadas, se sintió genuinamente desfasado respecto al poder que tenía delante.
Porque él era rey.
Pero eso que acababa de cruzar la puerta… era otra cosa.
Y eso lo asustaba más que cualquier ejército.
Hino, afuera
En cuanto puse un pie en el pasillo, mis pensamientos se dispararon.
No fue solo “pienso rápido”.
Fue como si el tiempo se hubiera estirado para dejar espacio a cada análisis posible.
Sabía, por la descripción del sistema, que en este estado mi poder era, técnicamente, “omnipotente”… con limitaciones temporales y de contexto. No podía reescribir la historia ni revivir muertos a voluntad, pero dentro del margen de “combate, soporte, percepción y manipulación mágica”, estaba en una liga propia.
Demasiado poder para alguien que, hace no tanto, iba a clases en un pueblo y se preocupaba por no romper un pergamino.
“Bien.
Tengo diez minutos.
¿Cómo encuentro a todos los intrusos antes de que esos diez minutos se conviertan en cadáveres que no puedo revertir?”
El sistema no esperó a que formulara la pregunta completa.
\---Habilidad automática activada: “Search” (Búsqueda Omnidireccional).
Una fina capa de man salió de mi cuerpo. No como un aura, sino como una onda casi imperceptible que se extendió a través del suelo, las paredes, el aire.
La sentí atravesar piedra, madera, metal.
Subir escaleras, bajar a pasadizos, cruzar patios, deslizarse por túneles de servicio.
No se detuvo en los límites del palacio.
Pasó por las murallas, rozó los puestos de guardia exteriores, tocó el borde mismo de la ciudad.
En mi mente, empezaron a aparecer imágenes.
Peleas en tiempo real:
Guardias acorralados en un corredor, sosteniendo un escudo conjunto contra tres atacantes.
Un mago del rey lanzando un hechizo de contención en una sala lateral mientras una camarera intenta arrastrar a un compañero herido fuera del alcance de una daga.
Un grupo de intrusos avanzando por un pasadizo secreto que no estaba en los planos oficiales, protegiendo algo que brillaba dentro de una caja.
No eran visiones borrosas.
Eran… cámaras.
Cada ángulo, cada gesto, cada detalle, como si tuviera docenas de ojos repartidos por todo el castillo.
Mi memoria perfecta hizo lo que mejor sabe hacer: organizó.
En segundos, se trazó un mapa del palacio en mi cabeza. No solo el plano que se podría dibujar sobre el papel, sino el mapa vivo: quién estaba dónde, quién se movía, quién estaba quieto, quién ya no respiraba.
Aun así, verlo solo en la mente se sentía… incómodo.
Necesitaba algo más tangible.
Levanté la mano.
Una capa de man se concentró sobre mi palma, y, obediente a mi intención, empezó a tomar forma.
Primero, líneas generales.
Luego, detalles.
En unos segundos, flotando sobre mi mano, tenía una maqueta tridimensional del castillo. No perfecta en escala, pero sí en estructura: pasillos, escaleras, habitaciones, patios interiores, torres.
Pequeños puntos de luz se encendieron en esa proyección.
Puntos blancos:
Guardias reales, magos de palacio, sirvientes, nobles, personal de mantenimiento.
Todas las personas que el sistema identificaba como “elementos internos legítimos”.
Puntos rojos:
Intrusos.
Se movían como manchas de infección en un organismo.
Algunos estaban en plena pelea.
Otros se deslizaban entre sombras, aprovechando pasadizos que ni siquiera los guardias conocían bien.
Vi algo más.
Puntos fijos, sin movimiento, que no correspondían ni a personas ni a estructuras.
Pequeños destellos verdes y violeta, colocados en lugares estratégicos:
Cerca de pilares de carga.
Junto a depósitos de man concentrada.
En las bases de algunas estatuas gigantes.
El sistema marcó esos puntos con un borde amarillo.
\---Objetos mágicos detectados.
\---Función probable: artefactos de detonación, trampas o canalizadores.
“Bombas”, tradujo la parte humana de mi cerebro.
No dudé.
—Desactivar —ordené, en voz baja.
De mi cuerpo salieron finos hilos de man, como venas de luz que se extendieron en todas direcciones, siguiendo los caminos ya trazados por la búsqueda.
Los vi —y sentí— entrar en las paredes, subir escaleras que yo aún no había pisado, serpentear por debajo de suelos de mármol.
Uno a uno, encontraron los objetos marcados.
Los envolvieron, no con violencia, sino con una firmeza absoluta, como manos invisibles sujetando un corazón ajeno.
Y entonces, tiré.
No del objeto, sino de la magia dentro de ellos.
Sentí el flujo:
Man condensada, preparada para detonarse, comprimida por rituales que habrían llevado tiempo y sangre.
Flujos diseñados para liberar energía en una dirección destructiva.
Los succioné.
Toda esa man regresó por los hilos hacia mí, como si realmente fuera una aspiradora mágica.
Los artefactos quedaron vacíos.
Conchas sin carga.
Piezas de metal y cristal que, sin su energía, no eran más peligrosas que un pisapapeles.
La energía robada se acumuló en mi interior, sumándose al lago infinito que ahora era mi reserva de MP.
“Vaya”, pensé, con un tono que sonó más sarcástico que asustado incluso en mi propia cabeza—. Esta habilidad es muy útil. Y muy aterradora.
Los puntos amarillos se apagaron en la maqueta de mi mano. Una preocupación menos.
Me concentré en los rojos.
—Localizar intrusos prioritarios —murmuré.
Los puntos enemigos se resaltaron. Algunos parpadearon más intensamente: los que estaban más cerca de zonas críticas (la sala del tesoro, ciertas cámaras rituales, accesos a torres de mando).
—Bien… vamos a empezar.
Di un paso… y el suelo dejó de ser imprescindible.
Mi cuerpo respondió antes de que terminara de formular la idea.
\---Habilidad pasiva: Vuelo. Activada.
Mis pies se despegaron del piso. No sentí vértigo. Era más como cambiar la marcha de un automóvil que ya iba a toda velocidad.
Avancé por el pasillo flotando apenas unos centímetros al principio, luego más rápido.
Cada vez que doblaba una esquina, la maqueta en mi mano se actualizaba en tiempo real, corrigiendo posiciones, mostrando cambios. Puntos blancos que pasaban de estar en pie a apagarse —muertos—, puntos rojos que se desplazaban hacia zonas clave.
No voy a detallar cada encuentro.
Pero el patrón se repitió muchas veces:
* Intrusos avanzando.
* Yo apareciendo delante o detrás de ellos.
* Un parpadeo de sorpresa.
* Una palabra: “Parálisis”, “Rayo”, “Lanza de Fuego”, según lo exigiera la situación.
* Cuerpos cayendo.
A mi paso, usaba hechizos de curación en cadena para levantar guardias heridos, estabilizar magos casi agotados, sellar heridas que habrían requerido horas de trabajo médico.
Las caras de todos al verme eran un catálogo de reacciones humanas:
Asombro, miedo, gratitud, confusión.
Sabían que era Hino.
El niño de Harunose.
El chico que había salvado a la sobrina del rey.
Y ahora lo veían cruzar pasillos flotando, matando enemigos con una facilidad obscena, devolviéndolos de la muerte en un parpadeo.
Un guardia al que le había cerrado una herida de espada en el abdomen me miró con ojos tan abiertos que pensé que se le iban a salir.
—¿Q… qué eres? —susurró.
No respondí.
No había tiempo para discutir teología o sistemas.
Memoricé cada pasillo que recorrí. Cada puerta, cada recoveco, cada escalón. No sólo como un mapa estático, sino como un historial: en qué orden había llegado, qué había pasado en cada punto.
Cuando por fin llegué al extremo más alejado del castillo, sabía que había reducido la cantidad de puntos rojos a unos pocos.
Los últimos estaban en una sección que, incluso en la maqueta, se veía distinta.
Menos decorativa, más funcional.
Un ala de servicio donde los corredores olían más a sudor, metal y sopa que a incienso y perfumes.
Me detuve flotando a pocos metros de una esquina.
Sentí antes de ver.
Un guardia yacía en el suelo, el cuerpo aún caliente. La punta de una espada salía de su pecho, chorreando sangre. A su lado, dos sirvientas se abrazaban en una esquina, temblando, con los ojos cerrados como si no ver fuera suficiente para dejar de ser objetivo.
El hombre que sostenía la espada, en cambio, no temblaba en absoluto.
Era… diferente.
No llevaba capucha.
No se escondía detrás de máscaras.
Su rostro estaba completamente al descubierto, como si no le importara que alguien lo reconociera, o como si estuviera seguro de que nadie saldría vivo de allí para hacerlo.
Su cara era un mapa de cicatrices.
No todas eran de batalla.
Algunas tenían ese patrón irregular de heridas mal curadas, cortes hechos con una intención distinta a la de matar en combate. Tortura, tal vez. O rituales que usaban carne propia como precio.
Sonreía.
Y no era una sonrisa de triunfo corriente.
Era la sonrisa de alguien que encontraba placer genuino en lo que acababa de pasar.
Sus ojos brillaban con una luz extraña, no mágica, sino mental. Esa chispa que solo ves en personas que han cruzado cierto umbral y no han vuelto del todo.
Detrás de él, dos hombres —sus lacayos, por cómo se movían— rebuscaban entre los cadáveres. Les quitaban bolsas, anillos, pequeños amuletos. Uno de ellos incluso abrió la boca de un guardia muerto para ver si había escondido algo entre los dientes.
El hombre del frente alzó la espada, todavía goteando sangre, y la apuntó hacia las sirvientas.
—No se muevan, dulzuras —dijo, con una voz sorprendentemente alegre—. La parte divertida aún no termina.
Las sirvientas se hicieron más pequeñas contra la pared, abrazándose con tanta fuerza que sus dedos se clavaron en la piel de la otra.
En el ápice de su “éxtasis” asesino, la espada se detuvo.
No porque él quisiera.
Se detuvo porque mi mano la sujetó en el aire.
Me interpuse entre él y las sirvientas, los pies tocando apenas el suelo.
La hoja tembló levemente en mi mano, pero no avanzó ni un milímetro.
El hombre me miró, al principio con una chispa de irritación. Luego, la irritación se transformó en una sonrisa aún más amplia.
—Vaya, vaya… —dijo, alargando las palabras como si saboreara el momento—. ¿Qué tenemos aquí?
Su mirada recorrió mi cuerpo, desde los pies hasta la cabeza. No parecía impresionado en el sentido habitual. Había una especie de reconocimiento… como si hubiera visto cosas raras antes y yo fuera una más en su colección de horrores.
—Un muchachito muy interesante —concluyó.
Su voz no tenía miedo.
Tenía curiosidad.
Y un poco de hambre.
Los lacayos, en cambio, reaccionaron de forma muy distinta.
Se giraron, dagas en mano, máscaras levantadas lo justo para dejar ver la sorpresa.
No me habían oído llegar.
No me habían sentido.
Para ellos, yo había aparecido de la nada, sujetando la espada de su jefe como si fuera un palo de madera.
No esperaron órdenes.
Se lanzaron hacia mí al mismo tiempo, dagas envenenadas apuntando a mi costado y mi cuello.
No llegué a reaccionar.
No me hizo falta.
Un destello metálico cruzó el aire.
Un solo movimiento, rápido, limpio.
La espada del hombre al que acababa de bloquear se movió en un arco perfecto, mucho más veloz de lo que esperaba alguien con su apariencia descuidada.
La hoja cortó el aire una vez.
Los cuellos de sus dos lacayos se abrieron como si alguien hubiera borrado la línea que los mantenía completos.
Sus cabezas se separaron del cuerpo medio segundo después.
Los cuerpos dieron dos pasos más por inercia y luego se desplomaron.
El hombre resopló, como si hubiera apartado un par de obstáculos menores en su camino.
—A un lado —dijo, con tono casi ofendido—.
Me dedicó una mirada afilada, llena de algo que rozaba la euforia.
—Este mocoso es mío —añadió, como si reclamara un premio—.
—Parece que será divertido.
Su sonrisa se ensanchó aún más, revelando dientes marcados, algunos faltantes, otros ennegrecidos.
En su mirada no había duda, ni miedo, ni siquiera respeto por lo que acababa de ver que podía hacer.
O estaba completamente loco…
O había vivido tanto en medio de monstruos que uno más no le bastaba para asustarlo.
La omnipotencia latente en mi cuerpo reaccionó a esa declaración como si alguien hubiera tirado de un gatillo invisible.
El sistema marcó algo en el borde de mi conciencia:
\---Objetivo prioritario identificado: Comandante enemigo.
\---Perfil: alta letalidad, estabilidad mental cuestionable, peligro extremo no por recursos, sino por imprevisibilidad.
Frente a mí, en un pasillo manchado de sangre, con dos sirvientas temblando detrás de mi espalda y los cuerpos de guardias caídos alrededor, estaba el hombre que, con toda probabilidad, había dirigido el ataque interno al palacio.
Y acababa de decidir que yo sería su entretenimiento personal.
Lo primero que hice, antes de siquiera responder al idiota que acababa de decapitar a sus propios lacayos, fue sacar a las sirvientas de la ecuación.
Un paso.
Dos.
En un parpadeo, estaba junto a ellas. Las levanté como si no pesaran nada —una con cada brazo— y en el siguiente instante las dejé junto al marco de la puerta, fuera del ángulo inmediato de peligro. Para ellas fue como teletransportarse: de estar pegadas a la pared viendo una espada acercarse, a aparecer a varios metros detrás de mí, sin entender cómo.
No perdí tiempo explicando.
—Jardín de Rosas —murmuré.
Un círculo pequeño, discreto, se dibujó bajo sus pies. Pétalos translúcidos, hechos de man, se abrieron en el aire y cayeron sobre sus hombros, disolviéndose al contacto. Sus respiraciones se ralentizaron, sus ojos dejaron de temblar tanto. El hechizo no borraba el trauma, pero amortiguaba el pánico, como una mano cálida sobre el corazón acelerado.
—Huyan y escóndanse —les dije—. No salgan hasta que esto termine.
Se miraron entre ellas, luego a mí. A pesar del miedo, a pesar de no entender nada, ambas me dedicaron una sonrisa breve, rota pero sincera, y una expresión de agradecimiento que se quedaría grabada en mi memoria perfecta como una fotografía.
Salieron corriendo por el pasillo, doblando la esquina hacia la zona segura más cercana.
—Oye, oye, oye… —la voz del líder me alcanzó desde atrás, arrastrando las palabras—. ¿Por qué dejas que mi diversión se vaya corriendo?
Sentí el movimiento antes de oírlo.
La daga silbó en el aire, directa hacia la espalda de una de las sirvientas.
Extendí la mano sin girarme del todo.
La hoja se detuvo en seco entre mis dedos, atrapada solo por índice y medio. El metal vibró, intentando seguir su curso, pero el man que rodeaba mi cuerpo no le dio oportunidad.
Giré por fin, dejando caer la daga al suelo con un tintineo suave.
—Tienes un concepto muy torcido de “diversión” —dije.
El hombre rió.
—¿Torcido? —alzando una ceja—. No, muchacho. Torcido es vivir en un mundo podrido y fingir que sigue entero. Yo sólo… lo acomodo un poco.
—¿A puñaladas? —repliqué.
—A oportunidades —corrigió, con una sonrisa que me habría parecido casi encantadora si no estuviera rodeado de cadáveres—.
Se lanzó hacia mí sin previo aviso, espada en alto.
No me aparté del todo.
Podría haberlo desintegrado con un pensamiento.
Podría haber congelado el tiempo otra vez, reventado sus músculos desde dentro, robado toda la man de su cuerpo hasta dejarlo como un cascarón seco.
No lo hice.
Quería respuestas.
Y parte de mí… necesitaba ver de qué era capaz alguien como él incluso frente a mí en este estado.
El primer tajo cortó el aire junto a mi mejilla. No me dio, porque tampoco iba a dejar que me abriera la cara por deporte, pero sí permití que el filo me rozara el hombro en el siguiente intercambio.
La hoja entró en la carne, superficial, pero lo suficiente para que la sangre brotara. El dolor fue… un dato más.
—Vaya —rió él—, el muchacho sangra. Pensé que eras otra cosa.
—Lo soy —respondí—. Pero sigue siendo mi cuerpo.
Chocamos una vez, dos, diez.
Sus movimientos eran rápidos, más de lo que su aspecto dejaba entrever. No era un bruto que se había hecho fuerte a base de golpes; había técnica. Demasiadas batallas, demasiadas situaciones donde un error significaba morir.
—Eres bueno —admití, desviando su espada con la mía, conjurada en el momento con un simple pensamiento.
—“Bueno” es para soldados —replicó—. Yo soy lo que queda cuando los soldados huyen y los héroes mueren.
Se coló bajo mi guardia y me clavó la punta de la espada en el costado, entre las costillas. Una leve presión de mi man bastó para que la herida no fuera profunda, pero dejé que perforara piel y músculo.
La sangre tibia corrió por mi flanco.
Los ojos del hombre brillaron.
—Eso es… —susurró, casi con entusiasmo—. Así me gusta. Odio cuando se caen de un golpe.
—Te gusta demasiado ver sangre —dije, esquivando un corte que habría partido en dos a otro—.
—Me gusta ver lo que hay debajo de las máscaras —repuso—. Y tú, niño… llevas demasiadas.
La espada bajó en un arco descendente. La detuve con el dorso de la mano, dejando que el filo abriera la piel. Los cortes se cerraban casi al mismo tiempo, la carne reconstruyéndose bajo la influencia de la omnipotencia activa.
—Dime algo —solté, sin apartar la vista de sus ojos—. ¿Quién te contrató?
Se rió, una carcajada breve y rota.
—¿Crees que me importa el nombre de los que firman los cheques?
—Te importa vivir lo suficiente para seguir matando —respondí—.
Nuestras espadas chocaron de nuevo. Mi fuerza podía aplastarlo en un instante, pero seguía conteniéndome, calibrando cada impacto para no romperle los huesos antes de sacarle algo útil.
—Solo sé —dijo, entre golpe y golpe— que la señal vino de dentro.
Nuestros aceros se cruzaron, las chispas mágicas saltando en el punto de contacto.
—¿Dentro del castillo? —pregunté.
—Dentro del sistema —corrigió—. Alguien aquí, alguien con acceso a llaves y horarios, nos abrió puertas. Nos dijo dónde estarían, a qué hora mandarían reforzar la frontera, cuándo el viejo rey estaría cansado, cuándo la condesa y el arzobispo estarían desprevenidos.
Fingió una estocada alta y cambió la trayectoria a último momento. La punta rozó mi cuello. De nuevo, dejé que hiciera un corte superficial.
—¿Sabes quién? —insistí.
Negó con la cabeza, aún sonriendo.
—No me pagan por nombres. Me pagan por resultados.
Su espada bajó otra vez. Esta vez, la detuve antes de que me tocara. El metal se detuvo a milímetros de mi piel, atrapado en una presión invisible.
—Al menos… —seguí— dime qué escuchaste.
Su sonrisa cambió, por primera vez, muy ligeramente. No desapareció, pero se deformó.
—Escuché suficientes sermones para aburrir a un santo —dijo—. Humanos hablando de equilibrio, demonios hablando de justicia, elfos hablando de bosques muertos, un ángel aburrido que se quejaba de que todo esto ya lo había visto antes.
Sus palabras me hicieron detener el siguiente golpe.
—¿Un… ángel? —pregunté.
—Blanco, brillante, aburrido —se encogió de hombros—. De esos que hablan de “orden” y “corrección de errores”.
Mis dedos se apretaron un poco más en la empuñadura de mi arma.
—Demonios —continuó— que decían que la humanidad estaba arruinando el tablero, contaminando la magia, pudriendo bosques y ríos. Elfos que asentían, felices de ver arder ciudades humanas mientras sus árboles recuperan espacio.
Otra estocada. Otro choque.
—Un par de sacerdotes murmurando que este reino no tenía salvación, que la única forma de “purificarlo” era borrarlo del mapa… y empezar de nuevo con los trozos que quedaran.
—¿Asterion debería… desaparecer? —repetí.
—Algo así —rió—. “El reino debe caer para que el equilibrio se restaure”, decían. Yo no uso palabras tan largas. Lo resumo en:
más guerra, más trabajo.
Mis heridas ya no sangraban; se cerraban al segundo de abrirse. Aun así, el dolor estaba ahí, recordándome que, por más omnipotencia temporal que tuviera, seguía siendo vulnerable si bajaba demasiado la guardia.
—La duquesa Elianor y el arzobispo… —dije—.
—Peones —contestó sin inmutarse—. Buenos agitadores. Buenos para encender hogueras. Pero peones al fin.
Se rió, con una chispa de burla.
—Siempre es útil tener fanáticos con nombres famosos para que griten. Y muy útil tenerlos muertos cuando quieres convertirlos en mártires.
Su espada chocó con la mía en un golpe particularmente fuerte.
—¿Sabes qué dijeron? —continuó, inclinándose hacia mí, tan cerca que pude oler el metal viejo en su aliento—. Que este reino es un error que lleva demasiado tiempo corriendo. Que alguien lo escribió mal… y que es hora de pulsar “reiniciar”.
Ángel.
Demonios.
Elfos.
Un “error” que hay que corregir.
Todo eso resonó con demasiadas cosas que yo ya sabía y que nadie en este mundo debería conocer.
—¿Y tú estás de acuerdo con eso? —pregunté, empujando su espada hacia abajo con más fuerza, empezando a dejarme ver un poco más.
Él se rió de nuevo.
—Yo solo estoy de acuerdo con una cosa —dijo—: el caos paga bien. Me da igual si quieren acabar con el reino, con la humanidad, con los demonios o con los elfos. Mientras haya sangre y ruido, siempre habrá alguien dispuesto a pagar por un cuchillo más.
El sistema marcó otra advertencia silenciosa:
\---Tiempo restante de forma “Omnipotencia”: 3 minutos 12 segundos.
No podía estirarlo mucho más.
Había sacado todo lo que iba a sacar.
—¿Y quién coordina todo esto? —intenté una última vez—. Si no sabes su nombre, dime cómo lo describirías.
Por primera vez, su sonrisa se redujo. No desapareció, pero se tensó.
—Nada de ojos —respondió—. Nada de rostro. Una voz que sonaba a muchas voces. Como si un coro entero hablara desde una garganta.
Me miró directamente a los ojos.
—Y no… era humano.
Eso era todo lo que me iba a dar. Lo supe.
Se lanzó de nuevo, esta vez con una estocada directa al corazón.
Suspiré, por dentro.
—Se acabó.
Su espada se detuvo en el aire.
No porque la hubiera bloqueado con otra.
Porque, literalmente, el espacio a su alrededor se negó a dejarlo avanzar.
Extendí la mano, y una presión invisible comprimió su pecho, sus brazos, sus piernas. No tanto como para aplastarlo desde dentro… pero sí suficiente para romperle la cadena de movimientos.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Tú… —susurró— no eres un mago normal.
—Nunca lo fui —respondí.
Cerré los dedos.
Su cuerpo se sacudió. No como si lo hubiera golpeado, sino como si le hubiera cortado todas las cuerdas internas a la vez.
Cayó de rodillas.
La espada se le escapó de la mano.
Lo vi intentar decir algo más, quizá una maldición, quizá un chiste.
No le di tiempo.
Un simple gesto envió una lanza de man comprimida directo a su corazón. No fue visible para ojos no entrenados. Sólo se vio el efecto: el pecho hundiéndose hacia dentro, el cuerpo inclinándose hacia adelante, el silencio repentino.
El líder de los intrusos cayó al suelo, inmóvil.
El sistema hizo un pequeño comentario en mi mente:
\---Objetivo prioritario: neutralizado.
\---Experiencia adquirida: alta.
Me quedé un segundo de pie, respirando en silencio, mirando el cadáver.
“Un loco útil”, pensé. “Demasiado útil para gente que no quiere ensuciarse las manos.”
Apagué el aura que aún quedaba alrededor de mi mano.
\---Tiempo restante: 0 minutos 47 segundos.
Perfecto.
Fue ahí cuando los oí.
Pasos.
Voces.
Presencia conocida.
El rey y el general Kael avanzaban por el corredor, acompañados de guardias y magos. A su paso, el palacio mostraba el rastro de lo que había hecho: cuerpos de intrusos por doquier, algunos aún con la expresión de sorpresa congelada; sirvientas y soldados apoyados en las paredes, con vendas conjuradas y heridas recién cerradas, tocándose el pecho como si no creyeran que seguían vivos.
El rey no podía creer lo que veía.
Cada pasillo parecía contar la misma historia: un ataque brutal frenado por algo que había pasado demasiado rápido como para que nadie pudiera explicarlo.
—Su Majestad —dijo uno de los magos, con un cristal de rastreo en la mano—, la mayor concentración de man residual está justo por aquí.
Doblaron la última esquina y nos vieron.
Yo estaba de pie frente al cuerpo del líder, que yacía boca arriba, la espada caída a un lado.
El aura oscura que me envolvía empezó a disiparse justo en el momento en que giré la cabeza hacia ellos.
Vi el rostro del rey.
La mezcla de alivio, miedo y algo que podría ser… esperanza, si uno era optimista.
Los ojos de la princesa Lysandra me encontraron desde detrás de la fila de guardias. Su corazón —lo sentí, incluso a esa distancia— latía más rápido de lo que la situación permitía.
“¿Hino es un héroe?”, habían preguntado las niñas antes.
No tenía una respuesta sencilla para eso.
El sistema habló, mientras la oscuridad se evaporaba de mi cuerpo:
\---Forma “Omnipotencia”: desactivada.
\---Calculando ajuste de estadísticas…
\---Subiendo de nivel…
Sentí el suelo acercarse a mi cara.
El mundo giró un poco.
Vi, apenas, una ventana de estado abrirse en mi mente:
STATUS — HINO
Nivel 40 → 47
HP, MP, atributos, habilidades… todo reajustándose, reorganizándose. Nuevas líneas, nuevas descripciones, nuevas advertencias.
No alcancé a leerlo todo.
Ni siquiera la mitad.
El último pensamiento coherente que tuve fue algo entre “lo logramos” y “esto va a traerme problemas”.
Luego, todo se volvió negro.

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Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)
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Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 15
Estás leyendo el capítulo 15 de Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela), un novela. PRIVILEGIO SIN LÍMITE Murió salvando a un desconocido. Nadie fue a verlo al hospital. Su jefe lo despidió por mensaje. Cuando volvió a casa, alguien ya se había llevado sus cosas. Así terminó su vida: sin testigos, sin… Este capítulo tiene publicado el 28 de febrero de 2026. Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) tiene 26 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.