Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 14 online gratis en español
“¿El rey va a morir?”
No pensé la frase. Simplemente salió.
En cuanto la escuché rebotar en la sala del trono, me di cuenta de lo que acababa de hacer.
Los caballeros más cercanos se tensaron al instante. Algunos dieron un paso adelante, mano en la empuñadura, no porque fueran a lanzarse contra mí de verdad, sino porque esa frase, en ese lugar, era casi lo mismo que escupirle una maldición al trono. Podía sentir las miradas clavándose como flechas: indignación, sorpresa, miedo.
A un lado, varios nobles se levantaron de sus asientos con un movimiento brusco, las capas agitándose a su alrededor. Unos gritaban algo sobre insolencia, otros sobre respeto al rey. Otros, los que tenían más años o más cicatrices, se quedaron en silencio y solo me miraron con una atención desagradablemente fría, como si trataran de decidir si estaba loco o si acababan de ver algo mucho peor que una falta de protocolo.
Sentí la mano del duque Loramir en mi hombro, firme, como diciendo “tranquilo, respiro por ti mientras tú te metes en problemas”. A su otro lado, Aradia se había puesto pálida. Sebastian, en cambio, dio un medio paso casi imperceptible hacia mí, colocándose en una posición en la que, si alguien decidía acercarse demasiado, tendría que pasar primero por él.
Yo tragué saliva. Mi corazón latía tan fuerte que me pregunté si el rey también podía oírlo desde el trono.
El murmullo explotó:
—¡¿Qué dijiste, mocoso?!
—¡Mide tus palabras ante Su Majestad!
—¿Quién dejó entrar a este…?
Y entonces, el rey levantó la mano.
Solo eso. Una mano alzada, sin necesidad de gritar.
El silencio cayó de golpe, como si alguien hubiera cortado los hilos de todas las voces a la vez.
Los ojos del rey se posaron en mí. Eran grises, claros, pero no fríos. No tenían la dureza de alguien que está buscando un culpable; más bien, la intensidad de alguien que mira un problema nuevo, interesante, que todavía no ha decidido si es peligro o oportunidad.
Por un segundo sentí que el aire en la sala se espesaba. Cada latido tardó el doble en llegar al siguiente.
Mi boca se secó.
“Perfecto”, pensé. “No solo le dije al rey que va a morir. Lo hice delante de medio reino. Bien ahí, cerebro”.
Justo cuando empecé a imaginar mi futuro resumido en “mazmorra, interrogatorio, desaparición”, el rey… se echó a reír.
No una risita educada.
Una carcajada de verdad.
—Vaya… —dijo al fin, cuando la risa se le fue apagando—, eres un jovencito muy peculiar.
Noté que media sala se tensaba todavía más por esa palabra. “Peculiar” nunca sonaba tranquilizador cuando venía de alguien con corona. Pero el rey no parecía molesto. Al contrario: se inclinó un poco hacia adelante, apoyando el codo en el brazo del trono, como si estuviera más cómodo de la cuenta.
—Quiero saber con detalle —continuó— por qué haces una declaración tan temeraria.
Su voz no sonaba enfadada. Sonaba curiosa. Eso me asustó más.
—Pero no antes de que me cuentes —añadió— todo lo que ocurrió con mi sobrina.
Desvió la mirada hacia el duque.
—Loramir —dijo, con una naturalidad que dejaba claro que no estaba usando solo el título, sino el nombre de alguien cercano—, al parecer te quedaste corto con los detalles sobre este muchacho.
El duque carraspeó ligeramente. Pude sentir, bajo su mano, cómo se le tensaban los músculos del brazo.
El rey estiró la espalda, y entonces habló para todos:
—Este jovencito —dijo, señalándome sin grandilocuencia— salvó la vida de mi sobrina Aradia y de Sebastian, mayordomo de tu casa, de un ataque de bandidos en el camino.
No sé por qué, pero que lo dijera él en voz alta lo hizo más real que cuando lo conté yo mismo.
—La escolta que los acompañaba cayó casi por completo —continuó—. En medio del caos, este niño se mantuvo en pie, luchó y usó magia de curación para mantenerlos con vida el tiempo suficiente hasta que la situación pudo resolverse.
Sentí las miradas cambiar. Ya no era “el mocoso que dijo que el rey iba a morir”. Ahora era “el campesino que había tenido la desfachatez de sobrevivir donde otros murieron”. No estaba seguro de que eso fuera mejor.
Vi a Aradia bajar la mirada, apretando los labios. A su lado, Sebastian mantuvo la espalda recta, pero inclinó la cabeza en un gesto leve, como si dijera: “Sí, es exactamente así”.
Algunos nobles fruncieron el ceño. Para ellos, que un niño de pueblo destacara demasiado era casi una ofensa personal. Otros parecían simplemente incrédulos. Un par, sin embargo, tenían una expresión que reconocía muy bien de mi vieja vida: cálculo. Estaban archivando mi existencia en la parte del cerebro donde van las piezas útiles.
Entonces escuché la voz de Erian salir del sector de magos y consejeros.
—Lo que Su Majestad ha dicho es correcto —dijo, sin adornos—. Yo mismo estuve presente en Vaelkis y vi al chico después de ese incidente.
Me giré un poco para verlo. Seguía con su misma cara de “estoy cansado de todo esto”, pero sus ojos no se apartaban de mí.
—Sus capacidades no son normales —añadió—, ni para su edad ni para su origen. Pero los hechos son simples: sin él, la sobrina de Vuestra Majestad y el mayordomo del duque no estarían aquí.
El peso de sus palabras se sintió.
Erian no era noble, pero su reputación en magia pesaba más que el apellido de muchos en esa sala. Si él decía “es así”, entonces era así, aunque a medio mundo no le gustara.
Yo, mientras tanto, solo quería que el suelo me tragara.
No estaba preparado para que cada decisión que tomaba camino a ninguna parte terminara rebotando en las paredes de un palacio.
El rey volvió a mirarme.
—Bien, Hino de Harunose —dijo.
Escuchar el nombre de mi pueblo en su boca fue extraño. Harunose sonaba demasiado pequeño para estar en la misma frase que “Su Majestad”.
—Has protegido sangre real y a alguien que mi hermano considera indispensable —continuó—. Es justo que te pregunte: ¿qué deseas?
Tragu saliva.
—Puedo darte poder —enumeró—. Puedo darte dinero. Puedo darte estatus.
Cada palabra golpeaba distinto.
“Poder” despertaba una parte de mi cerebro que recordaba RPGs, sistemas, menús de estado.
“Dinero” hacía eco con años de trabajos mal pagados en mi vida anterior, y con la pobreza de mis padres en esta.
“Estatus” olía a academias, bibliotecas, torres de magia… y también a jaulas doradas.
Lo peor fue que, mientras él hablaba, yo no estaba viendo oro ni títulos.
Estaba viendo a mi padre cayendo hacia atrás, con una espada atravesando su pecho.
La imagen se metió sin pedir permiso: la camisa manchándose de rojo, el sonido sordo de su cuerpo golpeando el suelo, la boca moviéndose en un “corre” que no llegué a oír, pero que mi memoria había guardado igual.
Mi garganta se cerró.
—N… —empecé, y la voz se me rompió—. Nada.
Me obligué a seguir.
—Nada de lo que pueda desear hará que mi padre regrese de la muerte.
La sala se quedó en silencio.
Un silencio distinto al de antes.
No era el silencio del protocolo, ni el de la tensión política.
Era el silencio incómodo de gente que, durante un segundo, dejó de pensar en rangos y escuchó algo demasiado humano para ignorarlo.
Vi al duque apretar la mandíbula. A la duquesa desviar la vista. A Aradia morderse el labio para no llorar.
Seraphil seguía con la misma expresión serena de siempre, pero su mirada se volvió más atenta. Elianor me observaba como quien evalúa un metal desconocido: interesante, pero aún no sabe si se dobla, se rompe o explota.
—Lo único que mi padre quería para mí —logré decir, bajando la mirada— era una vida tranquila. Sin conflictos.
La ironía no se me escapó.
Tenía una voz en la cabeza, un privilegio sin límite que ni el sistema entendía bien, una afinidad de man que rompía artefactos… y una guerra acercándose al reino como tormenta en el horizonte.
Tranquilo no era precisamente el adjetivo que mejor encajaba con mi futuro.
El rey no cambió de expresión.
—Entiendo —dijo simplemente.
No sonaba a “lo siento”.
Sonaba a “he oído esto muchas veces, de muchas bocas distintas, y aun así el mundo siguió moviéndose hacia la guerra”.
—No insistiré en que elijas ahora —añadió—. Y menos delante de todos.
Sus ojos recorrieron la sala, recordándole a cada noble y consejero que seguían ahí, escuchando lo que en realidad no tenían por qué escuchar.
—Terminemos aquí la parte pública —continuó—. Quiero hablar contigo a solas, más tarde, en mi despacho.
Saber que el rey quería verme sin testigos no sé si me tranquilizó o me puso más nervioso.
Luego se dirigió al duque:
—Loramir, encárgate de que atiendan a Hino como invitado de honor. Muéstrenle el castillo, que coma, que descanse. Yo tengo asuntos que cerrar con el ministerio y con esta maldita guerra que se nos viene encima.
“Invitado de honor”.
Dos palabras que, en boca del rey, sonaban a protección temporal. Al menos por ese día, nadie podía tocarme sin desobedecerlo directamente.
Antes de que pudiera callarme, mi boca se adelantó otra vez.
—¿Me… van a reclutar para la guerra?
El rey soltó una risa corta, casi cansada.
—No, muchacho —respondió—. No todavía. Eres muy joven.
Sus ojos se entornaron apenas.
—Y antes de siquiera considerar algo así, quiero saber mucho más de ti.
“Mucho más de ti”.
Genial. Eso era exactamente lo que me daba miedo.
Aun así, sentí cómo algo pesado se aflojaba en mi pecho. No era una garantía eterna, pero al menos no me iban a arrancar de allí en fila hacia el frente en los próximos minutos.
La audiencia terminó.
Los heraldos dijeron sus frases ceremoniales, la gente se movió en oleadas ordenadas hacia las puertas, y yo apenas fui consciente de cómo mis pies me sacaban de la sala del trono junto al duque, Aradia, Sebastian y Erian.
En cuanto cruzamos el umbral y el eco de la gran sala quedó atrás, Erian se me acercó por un lado.
—Bien —dijo en voz baja—, ahora sí: sin cien pares de oídos encima.
Su mirada era seria, pero no dura.
—¿Qué quisiste decir exactamente con eso de “el rey va a morir”?
No tuve que pensar mucho.
Con Erian, ya habíamos cruzado cierto límite de confianza en Vaelkis. Y, para ser sincero, si había alguien en ese castillo con quien quería compartir el peso de lo que había visto, era él.
—En cuanto lo vi —expliqué—, se activó el Oráculo.
La palabra seguía sonando rara incluso en mi propia cabeza.
—No fue un pensamiento, fue… una visión —dije—. Lo vi caminando por un pasillo del castillo. No aquí, no en la sala del trono. Estaba de espaldas, con poca escolta. Parecía tranquilo. Como cuando estás entre gente en la que confías.
Sentí de nuevo el escalofrío al recordarlo.
—Y alguien se le acercaba por detrás —seguí—. Demasiado cerca como para que sus guardias se preocuparan. Una espada, una estocada entre las costillas, directo al corazón. Apenas tuvo tiempo de girarse un poco.
Erian no me interrumpió. Solo hacía preguntas cortas, precisas.
—¿Viste la cara?
Negué.
—No —admití—. Es como si… el sistema hubiera emborronado justo esa parte. Veo la sensación de confianza, veo la distancia, la altura, pero cuando intento enfocar el rostro, se distorsiona.
El sistema, por supuesto, estaba callado. Ni una sola ventana de “probabilidad de muerte del rey: tanto por ciento”. Ni un triste gráfico de riesgo.
Mientras hablábamos, caminábamos por pasillos que olían a piedra vieja, cera y cierta cantidad de dinero que mi pueblo no vería ni sumando cien años de cosechas. Loramir nos enseñaba salas y balcones, señalaba retratos de reyes muertos hace siglos, y Aradia hacía preguntas sueltas que intentaban estirar el momento incómodo:
—¿En tu visión había vitrales como estos?
—¿Llevaba esa capa, la de piel blanca?
Yo iba comparando cada rincón con el pasillo de la visión.
“No era este.”
“Demasiadas antorchas.”
“La luz venía de otro ángulo.”
Mi memoria fotográfica hacía su trabajo, reconstruyendo el posible lugar del futuro asesinato como si fuera un rompecabezas incompleto al que alguien le había arrancado las piezas con la cara del culpable.
Erian me hacía preguntas que iban más allá de lo visual:
—¿Sentías que era algo fijo o algo que podía cambiar?
—¿El sistema dijo algo sobre probabilidades?
Negué otra vez.
—No dijo si era fijo —respondí—. Pero la sensación… era de inevitabilidad. Aun así, si fuera algo que no se puede cambiar de ningún modo, no veo por qué mostrarme la escena.
—Porque te conoce —murmuró Erian, más para sí mismo que para mí—. Sabe que vas a intentar hacer algo, aunque sea mínimo.
No contesté. Tenía razón.
Si algo me había enseñado este mundo, era que quedarse quieto mirando cómo se descarrila el tren no era opción.
Pasaron un par de horas entre pasillos, patios interiores y terrazas con vista a la ciudad. Yo absorbía detalles como una esponja, Erian clasificaba mis respuestas, el duque hacía de anfitrión, Aradia intentaba recomponer su imagen mental del “palacio perfecto” con el añadido de “posible traición aquí o allá”, y Sebastian se mantenía en un discreto segundo plano, observando a todos.
En algún punto, un emisario real nos alcanzó.
Hombre de mediana edad, librea impecable, rostro de alguien que se ha acostumbrado a llevar mensajes importantes sin que se le note nada.
—Joven Hino —me llamó, inclinando la cabeza lo justo—. Su Majestad está listo para recibirte en su despacho.
Sentí cómo el estómago se me hacía un nudo.
Erian me dio una palmada leve en el hombro.
—Ve —dijo—. Escucha, observa, y habla solo lo que quieras que recuerden.
Asentí.
Mientras seguía al emisario por un corredor más estrecho y silencioso, con puertas altas de madera oscura a ambos lados, noté que, por primera vez en mucho rato, el sistema tampoco decía nada. Ni una recomendación. Ni una advertencia. Ni un miserable “evento importante detectado”.
Estábamos solos: yo, mis recuerdos, una visión incompleta de un rey muriendo apuñalado… y el propio rey, esperando detrás de una puerta pesada que el emisario estaba a punto de tocar.
Cuando sus nudillos golpearon la madera, sentí que, de alguna forma, el sonido no solo anunciaba una audiencia. También marcaba el punto exacto donde mi vida dejaba de ser “un niño de pueblo que sobrevivió de milagro” para empezar a convertirse en otra cosa.
Qué exactamente… todavía no lo sabía.
Pero estaba a punto de averiguarlo.

El rey fue el primero en romper el silencio, o más bien, casi lo rompe.
—Esto… —empezó, inclinándose hacia delante, como si fuera a leer en voz alta lo que estaba escrito en la proyección.
No llegó a hacerlo.
La puerta se abrió de golpe sin que nadie tocara.
Instintivamente, me giré. No era un mensajero común. Llevaba armadura, no librea de servicio; una armadura muy parecida a la del general Kael, aunque sin sus insignias completas. Se notaba fuerte, entrenado, con esa postura que sólo tienen los que han estado demasiado tiempo en la línea de frente.
Se arrodilló sobre una rodilla apenas cruzó el umbral.
—Perdón por la interrupción, Su Majestad —dijo, agachando la cabeza—. Es urgente.
El rey tardó un segundo en reaccionar. Seguía con la mirada medio perdida en la palabra que flotaba en el aire sobre mi “status vacío”. El impacto de aquello, fuera lo que fuera que habían leído, lo había dejado mudo.
El mago de la Orden Sin Nombre fue quien se movió más rápido.
En cuanto vio entrar al guerrero, entendió el peligro de tener esa proyección a la vista de cualquiera que cruzara la puerta. Levantó la mano, murmuró una palabra corta en un idioma que el sistema etiquetó como “lengua arcana de alto nivel” y el cilindro de cristal se apagó de golpe.
La luz se contrajo hacia el artefacto y desapareció. La pantalla de aire se deshizo como humo.
En menos de un parpadeo, no quedaba rastro de la evaluación.
—Habla —dijo el rey por fin, recuperando la atención.
El mensajero tragó saliva. Incluso con armadura, se notaba tenso.
—Encontramos los cuerpos de la duquesa Elianor y del arzobispo Seraphil en sus aposentos —soltó de una vez, como quien arranca una venda—. Al parecer alguien envenenó sus bebidas. Han sido asesinados.
El aire en el despacho se congeló.
Sentí que Erian, a mi lado, se quedaba tan inmóvil como yo.
El general Kael, que ya tenía el ceño fruncido desde antes, apretó los puños hasta que los nudillos crujieron.
Vi la expresión del rey cambiar.
No fue un simple “sorpresa”. Fue algo más complejo.
Sus ojos se endurecieron, pero no con ira inmediata, sino con la clase de cálculo que se hace a velocidad inhumana cuando sabes que una ficha importante acaba de caerse del tablero.
En silencio, casi pude escuchar sus pensamientos encadenándose:
“Esto es malo. Muy malo.”
Elianor y Seraphil no eran simplemente una condesa y un alto sacerdote. Eran… faros.
Ella, símbolo viviente de la fuerza económica de las forjas y las minas del reino; su voz pesaba en cada contrato de armas, en cada decisión sobre hierro, acero y suministros para el ejército.
Él, rostro público de la moral “recta”: sermones, discursos, justificaciones sagradas para cualquier ‘defensa necesaria’ en la frontera.
Llevaban años moviéndose en la zona gris entre la lealtad y la ambición, empujando el reino hacia la guerra con historias de demonios, peligros, purificaciones necesarias.
Muertos, de repente, envenenados en sus propias habitaciones…
Si sus seguidores se enteraban antes de que hubiera un culpable claro, no los verían como políticos peligrosos que jugaban con fuego. No.
Los verían como mártires.
“Los mataron porque tenían razón.”
“El rey no quiso escuchar sus advertencias.”
“Los enemigos del reino temieron su influencia.”
Todo ese discurso podía tejerse en horas, no en días. Y cuando la gente cree que sus líderes murieron por haber sido demasiado firmes, no se calma; se enciende más.
La guerra que el rey aún intentaba frenar —o al menos controlar— ganaría un combustible nuevo: la indignación de los devotos de Seraphil, la furia de los hombres de Elianor en las forjas y las minas, la sed de venganza de jóvenes nobles a los que ambos llevaban años susurrando historias de gloria militar.
“Si esto se filtra mal, no importa lo que yo quiera”, debió pensar el rey. “El espíritu de guerra no llevará mi rostro, sino el de dos muertos. Y nadie escucha bien a un rey que parece frenar la ‘justicia’ por sus asesinos.”
“¿Quién demonios pudo haber sido…?”
La pregunta no era sólo quién mató a dos personas.
Era quién lo hizo sabiendo exactamente qué reacción política iba a provocar.
El rey respiró hondo.
—¿Quién más sabe de esto? —preguntó, sin rodeos.
El mensajero tragó saliva de nuevo.
—Yo los encontré, Su Majestad —dijo—. Avisé de inmediato al comandante de la guardia de palacio, y él me envió aquí. Hasta donde sé… solo los que estamos en esta sala lo sabemos. No puedo asegurar que nadie más los haya visto aún.
Altharion cerró los ojos un segundo. No fue cansancio. Fue decisión.
—Bien —dijo—. Que nadie más sepa de esto hasta que tengamos pistas claras o un culpable.
No era un “vamos a ocultarlo para siempre”.
Era un “si lo contamos ahora, ardemos todos sin saber quién encendió la mecha”.
Yo escuchaba todo, parado aún cerca del escritorio real, y no podía evitar sentirme como si estuviera metido en una película de intriga política, solo que con la desventaja de que aquí no había director ni guion asegurando que el protagonista saldría vivo.
Por dentro, una voz muy pequeña se preguntaba si aquello seguía siendo mi vida o si me había resbalado a otra historia por error.
—Tendremos que posponer esto, Erian —dijo el rey de repente, cerrando por completo el tema de mi evaluación.
Mi corazón dio un pequeño salto agradecido. No sabía qué era peor: que me preguntara qué significaba lo que acababan de ver, o que decidiera que no tenía tiempo para lidiar con “mi problema” ahora mismo.
—Hino, por favor… —añadió, sin terminar la frase.
No hacía falta. Se entendía: “sal de aquí, por ahora”.
Se volvió hacia el guardia-mensajero.
—Tú —ordenó, con la voz otra vez en modo rey a pleno—. Lleva a Hino, a Erian y a mi hermano con su familia a mis aposentos.
Hizo una pausa.
—¿Dónde están el primer y el segundo príncipe? ¿Y la princesa?
El guardia respondió sin titubear:
—Los príncipes se encuentran reforzando la moral y supervisando las defensas en la frontera norte, Su Majestad. La princesa está en sus aposentos.
—Bien… —murmuró el rey—. Lleven también a mi hija a mis aposentos, junto con ellos.
Se pasó una mano por la frente, como quien intenta ordenar prioridades en mitad de un terremoto.
—Más tarde me reuniré con todos —concluyó—. Primero, debemos resolver este asunto antes de que se salga de control.
El guardia asintió y se volvió hacia nosotros.
Salimos del despacho en silencio.
El cilindro de cristal se quedó sobre el escritorio, inerte, como si nada hubiera pasado.
El camino hacia los aposentos del rey fue corto, pero no por ello menos intimidante. Estaban protegidos por guardias y magos que, incluso sin usar habilidades, despedían la sensación de “si intentas algo, no vivirás para contarlo”.
Cuando entramos en la residencia privada de Altharion, el lugar olía menos a poder y más a vida: tapices más cálidos, muebles con marcas de uso, un par de juguetes olvidados en una esquina que hablaban de una infancia que aún intentaba sostenerse en medio de todo aquello.
No tardaron en llegar el duque Loramir y su familia.
Aradia fue la primera en cruzar la puerta. En cuanto me vio, corrió hacia mí y me abrazó sin pensar demasiado en protocolos.
—¿Estás bien? —preguntó, atropellada—. ¿Qué pasó? ¿Te regañó? ¿Te hizo algo?
La fuerza del abrazo casi me saca el aire.
Sonreí, aunque la sonrisa me salió torcida.
—Estoy bien —respondí—. Por ahora.
Era lo más honesto que podía decir.
Mira, Lyss y la duquesa entraron después, todos con esa mezcla de alivio y preocupación que aparece cuando te dicen “están a salvo, pero algo grave pasa en el palacio”.
Mientras intentaba encontrar palabras para tranquilizarlos sin mentir del todo, la puerta se abrió de nuevo.
Y entonces entró ella.
Por un segundo, pensé que mi sistema se había bugueado y había decidido mostrarme un render de alta calidad de algún personaje de novela visual.
Cabello largo, plateado, cayendo en ondas suaves por la espalda.
Un vestido blanco apenas teñido de tonos marfil, con bordados dorados finos que parecían atrapar la luz.
Ojos carmesí, profundos, que no tenían nada que ver con el rojo enfermizo de la sangre; más bien con el color concentrado de un atardecer demasiado intenso.
Si la palabra “belleza” tuviera que tomar una forma humana específica, probablemente pediría usarla a ella de referencia. Parecía de mi edad, quizás un par de años más: doce, trece como mucho. Pero había algo en la forma en que se movía, en su postura, que transmitía una seguridad que no se aprende en un pueblo cualquiera.

Aradia corrió hacia ella con una alegría que no le había visto desde que la salvé en el bosque.
—¡Lysandra! —exclamó, abrazándola.
La princesa —porque no había duda de que lo era— devolvió el abrazo con un movimiento suave, elegante, como si alguien hubiera pulido cada gesto suyo en una escuela de protocolo… pero sin quitarle del todo la calidez.
—Hola —dijo, con una sonrisa tranquila—. Hace tiempo sin vernos.
Su voz era clara, con un timbre que sonaba demasiado limpio para este palacio cargado de secretos.
Luego, sus ojos carmesí se clavaron en mí.
Y, contra todo pronóstico, me puse más nervioso que frente al rey.
—Tú debes ser Hino —dijo.
Sentí cómo el corazón me daba un salto raro, como si estuviera intentando hacer el truco de desaparecer y re aparecer en otro cuerpo.
—Es un placer conocerte —continuó—. He escuchado mucho sobre ti.
Su sonrisa se amplió apenas.
—Espero poder hablar contigo con más calma en el futuro.
Por un instante, mi cerebro decidió que era buen momento para dejar de coordinarse con mi lengua.
—U-un placer conocerla, princesa —logré balbucear—. Soy Hino. Cuando quiera… estaré encantado… de hablar con usted.
Me odié un poco.
Había sobrevivido a bandidos, goblins, visiones de muerte y evaluaciones mágicas absurdas… para tropezar con las palabras por culpa de una sonrisa y un par de ojos rojos demasiado bonitos.
La princesa soltó una risita suave, casi traviesa, y cambió de tema con naturalidad.
—Al parecer tendremos que quedarnos aquí un rato —dijo—. Algo grave ha pasado en el palacio.
“Grave” era una forma amable de decir “dos de las personas más influyentes del reino acaban de aparecer muertas en circunstancias sospechosas”.
El duque asintió, dejando escapar un chasquido de lengua que decía más que cualquier insulto.
—Es verdad —dijo—. Parece que hay un infiltrado… o un traidor.
La palabra “traidor” flotó un segundo en el aire, pesada.
La duquesa se acomodó el cabello con manos que temblaban un poco. Mira y Lyss, las hijas, se miraron entre sí; ninguna quería preguntar en voz alta lo que todas estaban pensando: “¿y si el objetivo no eran sólo ellos?”.
Erian, apoyado en una pared cercana, estaba ahí sin estarlo. Se notaba que había escuchado todo, pero su mirada seguía perdida en un punto del vacío, como si la proyección de hace unos minutos siguiera flotando delante de él.
Lo escuché murmurar, casi sin darse cuenta:
—Si lo que vimos era… entonces quizá…
No terminó la frase.
Fue justo entonces cuando el palacio tembló.
No fue metáfora.
Hubo una explosión.
El sonido llegó como un trueno seco, tan cerca que las ventanas vibraron. Luego, otra.
Una tercera, más lejana.
Las lámparas de man parpadearon un segundo antes de estabilizarse. Algunas de las chicas se llevaron la mano a la boca. Yo, por reflejo, ya estaba buscando mentalmente rutas de escape y puntos de cobertura.
Gritos empezaron a escucharse en los pasillos. No eran gritos de pánico desordenado; eran órdenes. Voces de mando llamando a escuadras, a posiciones. El ruido metálico de armaduras en movimiento llenó el fondo como una tormenta de acero.
—Protocolos de emergencia activados —susurró el sistema, por fin—. Prioridad de las fuerzas de palacio: asegurar al monarca y a la línea sucesoria directa.
Traducción:
* El rey y su familia, primero.
* Los demás, ya veremos.
No pasaron ni segundos antes de que la puerta se abriera otra vez, esta vez con más fuerza, y un grupo de guardias y dos magos de alto rango entraran.
—Por órdenes de Su Majestad —dijo uno de ellos—, mantendremos este lugar asegurado. El rey se trasladará aquí en cuanto el corredor sea seguro.
Los ojos de todos estaban llenos de preguntas, pero nadie se atrevió a hacerlas.
Yo miré a la princesa Lysandra, que había dejado de sonreír. Su mirada ya no era la de una niña fascinada por conocer a “el chico del que tanto había oído hablar”. Era la de alguien que había visto de cerca cómo los reinos se derrumban cuando las personas equivocadas mueren en el momento perfecto.
El rugido de una explosión más lejana resonó en la piedra.
Y allí estábamos:
Un rey que acababa de ver algo imposible en mi evaluación.
Dos figuras clave del bando belicista muertas por veneno.
Una corte al borde del pánico controlado.
Una princesa que decía haber oído mucho sobre mí.
Y yo, Hino de Harunose, atrapado en una habitación que, de repente, era el punto más seguro del palacio… y, al mismo tiempo, el mejor blanco para cualquiera que quisiera acabar con la línea real de un solo golpe.

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Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)
Capítulo 15
Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 14
Estás leyendo el capítulo 14 de Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela), un novela. PRIVILEGIO SIN LÍMITE Murió salvando a un desconocido. Nadie fue a verlo al hospital. Su jefe lo despidió por mensaje. Cuando volvió a casa, alguien ya se había llevado sus cosas. Así terminó su vida: sin testigos, sin… Este capítulo tiene publicado el 28 de febrero de 2026. Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) tiene 26 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.