Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 12 online gratis en español
La mañana después del banquete llegó más rápido de lo que quería.
Hino se despertó en una cama demasiado suave, en una habitación demasiado amplia, con el aroma lejano de pan recién horneado filtrándose por la ventana.
Tras el desayuno, el duque Loramir lo mandó llamar a un salón más pequeño, menos formal que el comedor de la noche anterior.
Allí estaban el propio duque, la duquesa Elena y Sebastian.
Loramir no rodeó el asunto.
—Hino —empezó—. Ayer hablamos un poco, pero quería hacerlo de forma más clara.
Por lo que hiciste por mi hija y por Sebastian, considero que cualquier “gracias” se queda corta.
Dejó sobre la mesa un pequeño cofre de madera oscura.
Al abrirlo, el brillo del oro casi le dolió a la vista.
—Esta es la recompensa que quiero ofrecerte —continuó el duque—:
* Mil monedas de oro.
* Una propiedad dentro del ducado, registrada a tu nombre.
* Y exención de impuestos para ti y tu familia durante treinta años.
Sebastian añadió, con tono moderado:
—Para que se haga una idea, joven Hino… una familia de cuatro personas puede vivir de forma modesta pero estable alrededor de un año con una sola moneda de oro.
Mil monedas.
Y una propiedad.
Y treinta años sin impuestos.
Era demasiado.
“Esto… es absurdo,” pensó Hino. “Es como si hubieran puesto todos los premios posibles en una sola lista.”
Una parte de él se llenó de alivio.
Otra, de desconfianza automática.
En su otra vida, una oferta así siempre llevaba letras pequeñas.
Loramir, como si leyera parte de su duda, añadió:
—No hay condiciones ocultas.
No te estoy comprando.
Te estoy agradeciendo.
Luego, con voz más suave:
—Lo que te propondré ahora son opciones, no órdenes.
Lo miró a los ojos.
—Primera opción: llevarte de vuelta a tu pueblo —dijo—.
Personalmente.
Con escolta.
Dejando la propiedad y el oro a tu nombre aquí, para cuando decidas qué hacer.
—Segunda opción: traer a tu madre y a tus hermanas a vivir al ducado —continuó—.
Ofrecerles un hogar seguro aquí, cerca de ti.
Si después desean volver a Harunose, nadie se los impedirá.
Guardó silencio unos segundos.
—En ambos casos, la recompensa es tuya —concluyó—.
Lo único que te pido es que lo pienses con calma.
Hino bajó la mirada.
Quería decir “sí” de inmediato a todo, pero algo lo frenó.
—Me gustaría… hablar con mi madre primero —respondió—.
No quiero tomar una decisión así sin que ella sepa nada.
El duque asintió.
—Es razonable —dijo—.
En ese caso, haremos lo siguiente: te acompañaré hasta tu pueblo, con escolta suficiente.
Les explicaré que eres el salvador de mi hija, que has sido invitado al ducado y que hay una recompensa.
Si después de hablar con tu familia deciden venir, los traeremos a todos sanos y salvos.
No era una promesa vacía.
En la forma en que lo dijo, se notaba que estaba acostumbrado a cumplir su palabra.
Hino aceptó esa propuesta.
Comenzaron los preparativos para el viaje.
Mientras los guardias ajustaban monturas, revisaban rutas y los sirvientes organizaban provisiones, Erian llegó al ducado.
Lo recibieron en un salón aparte.
El duque y Sebastian lo pusieron al corriente antes de dejarlo hablar con Hino: le contaron del ataque, de la muerte del padre, del rescate de Aradia, del combate contra los bandidos, y de cómo Hino había usado magia y habilidades que no encajaban del todo en ningún manual.
Erian, como siempre, escuchó sin muchos gestos.
Solo dijo:
—Entiendo.
Mientras tanto, Hino, acompañado de una de las sirvientas, decidió hacer un poco de “turismo” dentro de la mansión y sus alrededores.
Terminaron en uno de los campos de flores.
Allí estaban las dos hijas del duque: Aradia, concentrada en hacer una corona de flores, y Lyss, correteando sin mucho éxito tras una mariposa.
Al escuchar ruiditos de pasos, ambas se giraron.
Aradia sonrió, amplia.
Tomando los lados de su vestido lleno de volantes, se acercó con rapidez.
Lyss la siguió, intentando imitar la elegancia… con resultados cuestionables.
Las dos hicieron una reverencia.
La de Aradia fue impecable.
La de Lyss también habría sido impecable… si no se hubiera tropezado a medio camino.
Hino reaccionó por instinto.
Avanzó un paso y la atrapó antes de que cayera de bruces.
La niña abrió los ojos grandes.
Lo primero que escuchó fue:
—¿Lyss? ¿Estás bien?
Se sonrojó como tomate.
Lo miró, fija, y balbuceó:
—U-un príncipe…
La palabra se le escapó sin filtro.
Se enderezó enseguida, nerviosa, y bajó la cabeza.
—Perdón… por mi torpeza… —murmuró, casi sin voz.
Aradia fingió toser.
—Ahem.
Quería recuperar la atención.
Hino se dio cuenta y sonrió, un poco apenado.
—Lo siento —dijo—. Me distraje.
Aradia preguntó, con una mezcla de curiosidad y protocolo:
—¿Qué lo trae por aquí, joven Hino?
Él hizo una mueca leve.
—Por favor… llámame solo Hino —respondió—.
Aún no me acostumbro a que me digan “joven Hino”.
Aradia rio suavemente.
—Entonces, en ese caso, tú también puedes llamarme solo Aradia —dijo—.
Sin “señorita” ni nada.
Se miraron un segundo, ambos algo avergonzados, y asintieron a la vez.
Lyss observaba la escena con ojos brillantes.
Detrás, las sirvientas se estaban divirtiendo.
—¿Lo ves? —susurró una a otra—.
Ya empiezan a hablarse sin formalidades. Esto promete.
—Shhh —respondió la otra—. No arruines el momento. Además, la pequeña Lyss casi se nos desmaya ahí mismo.
—Yo digo que en unos años el ducado tendrá problemas… pero de exceso de pretendientes —añadió una tercera, conteniendo la risa.
Entre flores, risas nerviosas y cuchicheos, una voz familiar cortó el ambiente.
—Hino.
Era Erian.
Él se giró al instante.
Sin pensarlo, corrió hacia el semielfo.
Quiso sonreír.
Quiso bromear.
Quiso decir “mira, sigo vivo”.
En lugar de eso, cuando estuvo cerca, el cuerpo le falló un poco.
Erian se agachó hasta estar a su altura y lo abrazó, no fuerte, pero sí firme.
—Lo sé —dijo, en voz baja—.
Sé todo lo que pasó.
Hino se quedó quieto.
“El elfo que casi no tiene expresiones… me está abrazando,” pensó.
Eso lo sorprendió más que muchas cosas de los últimos días.
El nudo en la garganta regresó, pero esta vez no se rompió del todo.
Erian se separó.
—Debemos hablar —dijo.
Lo llevaron a un salón más privado, donde ya estaban el duque y Sebastian.
La conversación fue directa.
—Hino —empezó Erian—. Tu situación no es normal.
Tu afinidad, tu cantidad de maná, la forma en que desarrollas habilidades…
Si no entrenas y entiendes lo que tienes, será tan peligroso para ti como para los demás.
Loramir asintió.
—Por eso le pedí a Erian que no solo te evaluara… sino que, si estaba dispuesto, se convirtiera en tu maestro —dijo—.
Al menos por un tiempo.
—No puedo prometer quedarme para siempre —añadió Erian—.
Pero sí puedo ayudarte a entender tus límites, a controlar mejor el uso de tus habilidades, a evitar que tu propio poder te rompa desde dentro.
Hablaban de entrenamiento.
De práctica con magia, con espada, con control de maná, de cómo usar habilidades sin depender siempre del “sistema”.
Hino escuchaba.
Parte de él se sentía motivada.
Otra, abrumada.
Mientras discutían planes, un mensajero entró al salón, se arrodilló con una rodilla en el suelo y bajó la cabeza.
—Mis más sinceras disculpas por la interrupción, mi señor duque —dijo—.
Esto es urgente.
Loramir hizo un gesto.
—Habla.
—Ha llegado un mensaje de su majestad, el rey Altharion Asterion —informó el mensajero—.
Desea verlo a usted y a su familia en la capital.
Hubo una pausa.
El mensajero añadió, mirando de reojo a Hino:
—También solicita la presencia del jovencito que salvó a la señorita Aradia.
El corazón de Hino dio un salto.
—¿Q-qué…? —se le escapó—. ¿El rey… quiere verme?
Un nudo de nerviosismo se le instaló en el estómago.
Loramir cerró los ojos un segundo, luego los abrió con decisión.
—Las cosas han cambiado, Hino —dijo—.
No podemos ignorar una orden directa del rey.
Se acercó un poco más.
—Haremos esto —continuó—: mandaremos a traer a tu madre y a tus hermanas al ducado con escolta de confianza.
Llegarán a salvo.
No les diremos de inmediato lo de tu padre; yo mismo les explicaré primero que eres el salvador de mi hija y que hemos pedido su presencia para hablar de la recompensa y del futuro.
Tendrás la oportunidad de contarles la verdad… cuando puedas, no cuando el mundo te obligue.
Hino bajó la mirada.
No le gustaba la idea de retrasar la verdad.
Pero tampoco quería que su madre llegara a una audiencia real con la noticia cayéndole como piedra.
—Una invitación del rey tiene prioridad sobre todo —añadió el duque—.
No podemos negarnos.
Pero tampoco vamos a dejar a tu familia sin protección.
Erian intervino, tranquilo:
—Iremos juntos —dijo—.
Al menos hasta que esto se aclare.
No pienso dejarte solo en una sala llena de nobles curiosos y ministros con agendas propias.
Hino dejó escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
No era el camino que habría elegido.
Pero en un mundo donde los planes de cardenales y duquesas, las decisiones de reyes y las conspiraciones de príncipes se entrelazaban…
un niño cazador de Harunose estaba a punto de entrar al corazón del reino.
Y, le gustara o no, el tablero acababa de hacerle un hueco junto al trono.
– La casa que se quedó esperando…
El sol ya se había escondido detrás de las colinas cuando las luces empezaron a encenderse en Harunose.
En una casita de madera cerca del borde del bosque, una olla hervía sobre el fuego.
Haruka, la madre de Hino, removía el guiso con movimientos mecánicos.
Llevaba el delantal puesto desde hacía horas, aunque ya no quedara mucho que cocinar.
Mira estaba sentada a la mesa, con el mentón apoyado en las manos.
—Mamá… —preguntó, por tercera vez ese día—.
¿Crees que papá y Hino regresen mañana?
Haruka sonrió.
Una sonrisa pequeña, entrenada.
—Claro que sí —respondió—.
Tu padre dijo que solo irían un tiempo a la ciudad y luego volverían con buenas noticias, ¿recuerdas?
—Ya pasaron muchos “mañanas”… —murmuró Lila, desde el taburete cerca de la ventana.
Estaba mirando hacia el camino, como si esperara ver aparecer de pronto la silueta de dos figuras conocidas.
Akari, la amiga pegada a la familia desde siempre, jugaba distraída con una ramita, dibujando círculos en la tierra del piso.
—Tal vez se quedaron más tiempo por trabajo —intentó decir—. En Vaelkis hay muchas cosas que hacer, ¿no?
Mira se giró hacia ella.
—¿Y si les pasó algo? —soltó, con una mezcla de miedo y rabia—.
¡Hino me prometió que me traería algo rico de la ciudad!
Ni siquiera ha enviado mensaje…
Akari bajó la mirada.
—Seguro está bien —dijo—. Hino siempre se las arregla.
Haruka apagó el fuego.
Se secó las manos en el delantal y se volvió hacia las tres, sonriendo otra vez.
Por dentro, el estómago se le encogía.
Por fuera, era la madre que no podía permitirse derrumbarse.
—Ya les dije —repitió, con voz suave—: en la ciudad las cosas tardan.
Los comerciantes dicen que a veces se quedan semanas arreglando papeles.
Y tu padre es precavido.
Si vio algo raro en el camino, seguro se detuvo en algún pueblo para evitar peligros.
“Por favor, que al menos eso sea verdad,” pensó.
Lila se levantó y se acercó al fuego.
—Si se enfría, ya no sabrá rico —dijo—.
Hino se queja cuando el guiso está frío.
Haruka sintió el pinchazo.
—Pues lo calentaremos otra vez cuando llegue —respondió—.
Esta casa ha calentado cosas peores.
Akari la miró, entre admiración y preocupación.
Sabía que Haruka estaba preocupada.
Lo veía en esos momentos en que se quedaba mirando la ventana un poco más de lo normal.
En la forma en que se levantaba a mitad de la noche a atizar el fuego, aunque no hiciera frío.
Pero frente a las niñas, siempre sonreía.
—Mañana iré al templo a preguntar por noticias —dijo Haruka—.
A veces los viajeros dejan informes de las caravanas.
Mira asintió, aunque no se veía muy convencida.
—¿Crees que Hino esté comiendo bien? —preguntó Lila—.
Siempre se olvida de comer cuando se concentra.
Haruka rio un poco.
—Si tu padre está con él, seguro no lo deja saltarse ni una comida —respondió.
Akari apretó los puños sobre las rodillas.
—Cuando regresen… —dijo—, Hino me debe un paseo a la colina grande.
Y debe contarme todo.
No pienso dejarlo dormir hasta que me lo cuente todo.
—Te va a tocar turnarte —bromeó Mira—. Nosotras también queremos escuchar.
La charla siguió así un rato, temas pequeños cubriendo un miedo grande.
Hasta que el cielo se volvió completamente oscuro.
Haruka se acercó a la ventana.
La noche estaba quieta.
Demasiado.
Suspiró despacio, sin hacer ruido.
“Daigo… Hino… ¿dónde están?”, pensó.
Cerró los ojos un segundo, como si pudiera sentirlos a través del bosque.
No sintió nada.
Se obligó a sonreír otra vez antes de girarse hacia las niñas.
—Vamos —dijo—.
Si no duermen, cuando regresen los van a ver con cara de mapache de tantas ojeras.
Hubo quejas, pero obedecieron.
Akari se quedó un poco más, ayudando a recoger.
—¿Está segura…? —preguntó en voz baja, cuando las hermanas ya estaban en la otra habitación—.
De que todo está bien.
Haruka se quedó mirando la mesa vacía.
—No —respondió, casi susurrando—.
Pero tengo que actuar como si lo estuviera.
Si no, ellas se rompen.
Y ahora mismo no me puedo permitir romperme yo.
Akari apretó los labios.
—Volverán —dijo, intentando convencerse tanto como a ella—.
Hino no es tan fácil de matar.
Haruka soltó una risita triste.
—Eso espero —murmuró.
Fue justo entonces cuando se escuchó ruido afuera.
No el ruido normal de pasos de vecinos.
El sonido de ruedas de carro… varias.
Y de cascos de caballos.
Y de metal chocando levemente: armaduras.
Akari se tensó.
—¿Oíste eso?
Haruka sintió cómo el corazón se le aceleraba.
Se asomó por la ventana.
Vio luces acercándose por el camino estrecho que llevaba a la casa.
Faroles.
Siluetas en armaduras que brillaban con el fuego.
Carrozas con el emblema de una casa noble en los laterales.
Demasiado lujoso para Harunose.
Demasiado fuera de lugar para esa casita en la orilla del bosque.
—¿Mamá? —preguntó Lila, asomando la cabeza desde la puerta del cuarto—.
¿Qué pasa?
Haruka tragó saliva.
No sabía si aquello era buena noticia… o la peor posible.
Las ruedas se detuvieron frente a la casa.
Se escuchó el sonido de alguien bajando de un caballo, pasos firmes acercándose a la puerta.
Haruka apretó el paño de cocina entre las manos.
—Quédense adentro —dijo, con voz temblorosamente firme—.
No salgan hasta que yo lo diga.
Caminó hacia la puerta.
Cuando estiró la mano hacia la manija, el corazón le golpeaba tan fuerte que casi podía oírlo.
Respiró hondo una vez.
Y abrió.
Un caballero con armadura resplandeciente se alzó frente a ella.
El metal pulido reflejaba el fuego de los faroles.
Llevaba el emblema del ducado de Valdester grabado en el pecho.
En lugar de imponerse, se inclinó profundamente ante Haruka.
Ella se quedó paralizada.
—¿Q-qué está pasando? —preguntó en voz alta, sin poder contener la mezcla de miedo y esperanza.
El caballero levantó la vista, serio pero respetuoso.
—Señora Haruka de Harunose —dijo—.
Venimos en nombre del duque Loramir Valdester.
Hizo una breve pausa.
—Necesitamos que nos acompañe usted y sus hijas —continuó—.
Se debe a su hijo.
El mundo pareció detenerse un segundo.
Haruka sintió que las piernas le fallaban, pero se sostuvo del marco de la puerta.
—¿Mi… hijo…? —alcanzó a decir—. ¿Está…?
—Está bien —respondió el caballero con firmeza—.
Vivo, a salvo y bajo la protección del ducado.
Pero deben ir todos.
Les ruego que preparen su equipaje.
Partiremos en cuanto estén listas.
Las niñas, desde el interior, solo alcanzaron a escuchar:
“Se debe a su hijo.
Está bien.
Debemos ir todos.”
Y en esa mezcla de palabras, miedo y alivio, la noche en Harunose dejó de ser una espera silenciosa…
Para convertirse en el primer paso hacia un mundo que ninguna de ellas imaginaba
Camino al centro del tablero
El paisaje frente a la ventana del carruaje parecía pintado.
Campos de trigo interminables se mecían como un mar dorado bajo el viento, salpicados de árboles solitarios y pequeños molinos a lo lejos.
Nada que ver con los bosques cerrados y los modestos claros alrededor de Harunose.
Hino apoyó la frente en el cristal pulido.
El carruaje era claramente digno de un duque.
La carrocería, de madera oscura reforzada con filigranas metálicas, llevaba el emblema de la casa Valdester grabado en las puertas.
Por dentro, asientos amplios tapizados en cuero suave, cojines extra, cortinajes gruesos para aislar el ruido, lámparas mágicas incrustadas en las paredes que daban una luz cálida sin humo.
Hasta el balanceo estaba amortiguado; casi no se sentían los baches.
Y aun así, por muy cómodo que fuera, en su estómago solo había un hueco.
“¿Qué va a decir el rey…?”, pensaba.
“Con toda la tensión política, seguro cualquier ‘niño raro’ es visto como pieza útil.
¿Me reclutarán para la guerra?
El duque ya ha movilizado escolta extra hacia la capital, y sé que el reino está reforzando fronteras, aunque lo manejen todo en secreto.”
Dentro del carruaje iban Erian, Hino, Sebastian, la duquesa Elena, Aradia y Lyss.
Y sobraba espacio.
Hino recordó, con cierta nostalgia, los viajes con su padre: carruajes que crujían por todos lados, bancos duros, techo bajo, paradas incómodas.
Risas nerviosas para disimular los miedos cuando el bosque sonaba demasiado cerca.
En este viaje también hubo problemas.
Un pequeño grupo de kobolds emboscó la carretera.
Más adelante, un par de orcos errantes se cruzaron en el camino.
La guardia del duque reaccionó antes de que Hino siquiera se planteara abrir la puerta.
Formación cerrada, órdenes claras del comandante, ataques precisos.
En cuestión de minutos, el peligro se había convertido en cuerpos inmóviles a un lado del camino.
Nadie se agachó a recoger piedras de maná.
Preferían la eficiencia y seguir avanzando antes que perder tiempo por unas cuantas monedas.
Hino, mirando por una rendija de la cortina, alcanzó a ver el leve brillo verdoso y azulado en los pechos de los monstruos.
“Qué desperdicio…” pensó.
El sistema aprovechó.
—\[ESCANEO EN CURSO\]: Analizando habilidades de combate de escolta ducal.
Fijó su atención en el comandante de la escolta y algunos de los soldados mejor coordinados.
—\[COPIA DE PARÁMETROS\]:
Objetivos:
* Comandante de escolta (clase aproximada: Caballero veterano).
* Tres soldados de élite seleccionados.
—Capacidades físicas y de combate: por encima de la media.
—\[CREANDO ARCHIVO INTERNO\]:
Archivo “Guerreros de Clase Alta” generado.
Se han tomado las mejores estadísticas combinadas y patrones de combate como referencia.
Parámetros promedio descartados.
Hino abrió un poco los ojos.
“Increíble…”, pensó.
“Ni siquiera he llamado el status y ya estás trabajando solo.
A este paso, mis estadísticas deben haberse movido un poco.
A propósito… hace rato que no las reviso…”
Antes de que pudiera hacerlo, el sistema lanzó otra advertencia.
—\[ALERTA\]: Mirada curiosa fijada en ti desde hace varios minutos.
Hino no necesitaba que se lo dijeran.
Sentía a Aradia mirándolo desde hace rato.
El duque Loramir iba concentrado hablando con Sebastian de rutas, tiempos y del protocolo para la audiencia con el rey.
La duquesa jugaba con Lyss, haciéndole cosquillas con una flor, arrancándole risitas.
Aradia no tenía a nadie más frente a ella.
—Entonces… —dijo de pronto, aprovechando un silencio—.
Hino, ¿cómo fue realmente lo de los bandidos?
Sebastian cuenta las cosas muy serias.
Quiero saber qué sentiste tú.
¿No te asustaste?
¿Quién te enseñó a usar la daga?
¿Y Vaelkis es muy diferente al ducado?
¿Y…?
Las preguntas salían una tras otra.
Hino pensó con resignación:
“Definitivamente, este va a ser un viaje largo…”
Respondió como pudo:
Que sí tuvo miedo.
Que entrenó con su padre y algunos aventureros.
Que muchas cosas “salieron solas”.
Y que Vaelkis era caótica y ruidosa, pero interesante.
No habló del sistema.
Ni de copia de estadísticas.
Ni de afinidad absoluta.
—
Mientras el carruaje avanzaba hacia la capital, en el castillo del rey Altharion Asterion los pasillos estaban lejos de la calma.
Un mensajero corría casi a toda velocidad, esquivando sirvientes y guardias, cruzando salones, subiendo escaleras.
Tenía la respiración agitada cuando por fin llegó a la sala de consejos.
Dentro, alrededor de una larga mesa cubierta de mapas, estaban:
* El propio rey Altharion, de pie, señalando puntos en la frontera norte y sur.
* El general del ejército real, Kael Dravenson, un hombre alto, de músculos marcados, barba corta, varias cicatrices visibles y otras escondidas bajo la armadura, con la mirada de quien ha comandado demasiadas batallas y sigue dispuesto a liderar una más.
* El ministro de magia y líder de la Orden Sin Nombre, un mago de mediana edad con túnica sobria, sin adornos innecesarios, pero con un aura de poder contenido.
* Algunos nobles de alto rango con armaduras ceremoniales, discutiendo sobre logística y líneas de suministro.
El mensajero entró, se arrodilló y bajó la cabeza.
—Su majestad… —dijo, jadeando—.
Lamento interrumpir, pero traigo informes urgentes.
Altharion hizo un gesto para que hablara.
El mensajero respiró hondo.
—El cardenal Seraphil y la condesa Elianor de Valgrind han empezado a mover tropas de manera indirecta —informó—.
Usando templos menores y casas vasallas, han enviado mensajes “en nombre de la fe y la seguridad del reino” ordenando desplazamientos hacia la frontera norte.
Algunos comandantes han obedecido, creyendo que cuentan con el respaldo del cuarto príncipe.
El rey entornó los ojos.
No estaba sorprendido.
“Llevan tres años tensando la cuerda,” pensó.
“Instigando pequeñas escaramuzas, manipulando sermones, empujando a nobles jóvenes.
Sabía que llegaría el momento en que ya no podrían limitarse a la sombra.”
El general Kael apretó el puño.
—Ya di la orden de que ninguna unidad pueda abandonar su puesto sin un sello directo del Palacio —dijo—.
Pero si están usando rutas informales…
El ministro de magia intervino, con calma.
—Nuestros observadores en templos ya han detectado discrepancias en los mensajes —añadió—.
Podemos rastrear qué órdenes han salido bajo la influencia de Seraphil.
No podrá decir luego que fue “malentendido”.
Altharion asintió.
—Eso es lo que quería —dijo—.
Mientras sus movimientos queden registrados como “no autorizados”, el Ministerio de Justicia podrá actuar cuando llegue el momento.
En su mente, la estrategia estaba clara:
“Si intervenía demasiado pronto, habrían gritado persecución religiosa, abuso del trono, tiranía.
Dejándolos avanzar lo justo, se exponen solos.
Cuando provoquen el incidente con Dvarn, cada paso previo estará documentado.”
El mensajero dudó un instante.
—Hay… otro asunto, majestad —agregó—.
Del ducado de Valdester.
Eso sí hizo que el rey bajara la vista de los mapas.
—Habla —ordenó.
—Su alteza el duque Loramir ha enviado aviso —dijo el mensajero—.
Él y su familia han llegado a la capital para audiencia, como solicitó.
Le acompaña el niño que salvó a la señorita Aradia del ataque de bandidos.
El rey guardó silencio un segundo.
“Loramir… ya está aquí,” pensó.
“Y con él, el niño.”
Luego habló en voz alta:
—Arreglen todo para recibir al duque y al salvador de mi sobrina —ordenó—.
En cuanto estén listos, tráiganlos directamente a la sala del trono.
Los nobles hicieron reverencias.
El general Kael se inclinó.
El ministro de magia guardó sus notas, evaluando qué tipo de magia detectar en el chico del que tanto se hablaba.
Cuando todos empezaron a moverse, Altharion se quedó un momento mirando el mapa.
“Seraphil y Elianor creen que empujarán al reino a su guerra inevitable,” pensó.
“Yo quiero paz… pero no paz de cobardes.
Y ahora, en medio de todo, aparece un niño que derrota bandidos y sobrevive a lo que otros no.”
Sonrió apenas, algo entre ironía y esperanza.
“Veremos qué clase de pieza eres, Hino de Harunose,” se dijo.
“Antes de que la guerra te reclame como suyo.”
—
Más tarde, las enormes puertas de la sala del trono se abrieron.
El sonido de las bisagras resonó en el gran salón.
Entró el duque Loramir Valdester, con paso firme.
A su lado, la duquesa Elena.
Detrás, Aradia y Lyss, tomadas de la mano.
Sebastian, unos pasos más atrás.
Y, ligeramente retrasado, Hino.
La sala estaba llena.
Nobles de distintas casas, con sus colores y emblemas.
Caballeros con armaduras que relucían bajo la luz mágica.
Magos de la Orden Sin Nombre, silenciosos en sus túnicas.
Algunos elfos y representantes de otras razas invitados como observadores.
Muchas miradas se clavaron en el grupo.
Y, en particular, en el niño.
“¿Ese es?”
“¿El que dicen que venció a nueve bandidos?”
“Demasiado pequeño…”
Hino sentía el peso de cada mirada, de cada susurro apenas contenido.
Caminaron por la alfombra central hasta llegar al pie de los escalones del trono.
Loramir se arrodilló, inclinando la cabeza.
La familia hizo una reverencia.
Hino, tardando medio segundo en reaccionar, se arrodilló también.
—Pueden levantar la mirada —dijo una voz firme.
Hino obedeció.
Y lo vio.
En el trono central, sobre una plataforma elevada, estaba el rey Altharion Asterion.
Cabello blanco recogido hacia atrás, corona que descansaba con naturalidad, capa de pelaje de bestia mágica sobre los hombros, ojos grises que parecían medirlo todo sin prisas.
No era un anciano frágil ni un joven impulsivo.
Era la imagen exacta de un rey que llevaba años equilibrando paz, presión y conspiraciones.
Lo observó unos segundos en silencio.
Luego, con voz clara que llenó el salón sin necesidad de alzarse demasiado, dijo:
—Bienvenidos a la capital del reino de Asterion.
Capítulo 26 – El lago, la corona y una voz que se enciende
Desde dentro del carruaje, el tiempo se sentía raro.
Entre las preguntas de Aradia, las risas de Lyss y el murmullo suave de la duquesa, Hino apenas tenía espacio para sus propios pensamientos.
—¿Y el ciervo de maná era muy grande?
—¿Te dolió mucho cuando te desmayaste en la tienda de Erian?
—¿Es verdad que los goblins huelen tan mal como dicen?
—¿Qué vas a hacer cuando todo esto acabe?
Aradia lo bombardeaba sin malicia.
Solo curiosidad.
Hino respondía lo mejor que podía.
No podía ignorar a la hija del duque.
Sería de mala educación.
Y, en el fondo, tampoco le molestaba hablar con alguien de su edad que no lo mirara solo como “un sujeto raro”.
Aun así, empezaba a sentirse un poco abrumado.
“Si sigue así hasta la capital, voy a necesitar otra poción de Stamina solo para conversar,” pensó.
Fue entonces cuando escuchó el grito de uno de los caballeros de la escolta.
—¡Se ve la capital del reino!
Hino se asomó por la ventana.
Se quedó sin palabras.
La ciudad se extendía a lo lejos, construida alrededor de un lago inmenso de agua clara que reflejaba el cielo como un espejo.
Alrededor, campos verdes, caminos bien trazados, pequeños pueblos satélite.
En el centro del lago, conectado por grandes puentes de piedra, se alzaba una montaña blanca, pulida y trabajada…
Y sobre ella, un castillo gigantesco, de piedra clara, torres altas, murallas escalonadas.
Un nido de luz en medio del agua.
“Es… asombroso…” pensó.
Sebastian, que notó su expresión, sonrió.
—Esta es la capital del reino de Asterion —dijo—.
Fue erigida sobre la Montaña Sagrada del Lago Estelar.
Según las crónicas, aquí fue donde el primer rey, Asterion I, dirigió la última batalla contra los grandes señores demonio que asolaban estas tierras.
Hino siguió mirando, absorbiendo cada detalle.
El carruaje avanzaba por una calzada elevada que bordeaba el lago.
Vio barcas pequeñas, edificios de piedra bien conservados, banderas con el emblema real ondeando en puntos estratégicos.
Sebastian continuó, con tono calmado, casi de maestro.
—Dicen que, antes de convertirse en reino, esto era solo un conjunto de aldeas aterradas —explicó—.
Los demonios descendían de las montañas del norte, los reinos humanos desconfiaban unos de otros, y cada especie luchaba sola.
El primer Asterion no era noble de nacimiento; era un simple comandante que se cansó de ver cómo moría gente que no sabía ni por qué luchaba.
Hino lo escuchaba, atento.
—Cuando los demonios lanzaron su mayor ofensiva —siguió Sebastian—, muchos reinos discutían si debían huir, rendirse, o negociar.
Asterion reunió a quien quiso escucharlo: humanos, elfos, enanos, algunas tribus de hombres–bestia…
Les dijo que, si no peleaban juntos, ninguno viviría para discutir fronteras después.
Señaló el castillo a lo lejos.
—Fue aquí donde sellaron los primeros pactos —dijo—.
La montaña, que era un lugar de culto antiguo, se convirtió en bastión.
Las aguas del Lago Estelar fueron usadas para bendecir armas y sanar a los heridos.
La batalla duró días.
Cuentan que el cielo se tiñó de rojo y violeta, y que los demonios finalmente fueron rechazados a costa de mucha sangre.
Hizo una breve pausa.
—Después de aquello, los mismos que desconfiaban de Asterion le pidieron que se convirtiera en rey —añadió—.
Él aceptó, pero con una condición: que el reino llevara su nombre no para glorificarlo, sino para recordar que una sola voluntad puede unir a muchos… o arrastrarlos al desastre.
Sonrió, apenas.
—Hay rumores de que se avergonzaba un poco de que el reino llevara su nombre —dijo, con una risita discreta—.
Pero la historia rara vez pregunta a los modestos.
Hino miraba el castillo con otros ojos ahora.
“Un lugar donde se unieron razas distintas para pelear juntos…”
Pensó en la visión de su sueño: campos rojos, banderas mezcladas, desesperación.
Se le revolvió algo en el pecho.
“¿Será este reino el que se unifique otra vez en esa guerra… o el que caiga primero?”, se preguntó.
El carruaje cruzó uno de los grandes puentes.
Guardias en armaduras pulidas revisaban la entrada, pero al ver el estandarte de Valdester, solo ofrecieron una reverencia y abrieron paso.
Las calles de la capital eran una mezcla de orden y vida:
Puestos de comida, tenderos gritando ofertas, niños corriendo, aventureros entrando y saliendo de un gremio cercano, templos, talleres, casas elegantes.
Todo girando alrededor del lago y la montaña.
Para alguien que venía de Harunose, era otro mundo.
—
Más tarde, ya en el interior del castillo, el impacto fue otro.
Pasillos anchos, pisos de mármol, tapices con escenas de batallas antiguas, vitrales que dejaban entrar la luz teñida de colores.
Mientras avanzaban hacia la sala del trono, Hino sentía que cada paso lo alejaba más de “solo un hijo de cazador” y lo empujaba hacia… algo que no había pedido.
Las puertas gigantes se abrieron.
La escena se partía en dos, como si fueran dos historias que se tocaban al fin:
En un lado de esa “película mental”, el rey Altharion se sentaba en su trono, después de ordenar cómo manejar los movimientos del cardenal Seraphil y la condesa Elianor, pensando en Dvarn, en la guerra que se avecinaba y en la necesidad de pruebas claras para juzgar a los traidores sin romper el reino.
En el otro, Hino caminaba sobre una alfombra roja, con el duque y su familia delante, Sebastian detrás, y docenas de ojos de nobles, guerreros, magos y elfos clavados en él.
Las voces del pasado reciente se solapaban:
“Debemos mandar tropas al sur.”
“No voy a dejar que, con la excusa de la fe, arrastren al reino a una guerra que ellos han provocado.”
“Un niño salvó a mi sobrina.”
“Traigan al duque y al salvador de Aradia. Quiero verlos con mis propios ojos.”
Hino sintió la garganta seca.
—Tranquilo —susurró Erian detrás, lo bastante bajo para que solo él lo oyera—.
Respira.
No dejes que su mirada te decida.
Llegaron al pie del trono.
Loramir se arrodilló.
La duquesa e hijas hicieron una reverencia profunda.
Hino tardó un segundo, pero imitó el gesto, apoyando una rodilla en el suelo y bajando la cabeza.
—Pueden levantar la mirada —dijo el rey.
Hino obedeció.
El rey Altharion Asterion lo miraba desde lo alto del trono:
Cabello blanco, ojos grises que parecían atravesar capas, corona sencilla pero imposible de ignorar, capa de pelaje de bestia mágica que caía sobre los escalones.
La voz del rey llenó el salón.
—Bienvenidos a la capital del reino de Asterion.
En ese instante, algo se encendió dentro de Hino.
—\[HABILIDAD “ORÁCULO” ACTIVADA\].
Condición: presencia de figura clave de destino.
Un latigazo recorre su cabeza.
Durante un pestañeo, el salón desaparece.
Hino ya no ve al rey frente a él, sino…
Un pasillo del mismo castillo.
La misma capa de pelaje.
La misma corona, vista desde atrás.
El rey Altharion camina, escoltado solo por unas pocas personas.
Su postura no es de guerra, sino de confianza: está con alguien cercano.
Una silueta se acerca desde un lado.
Una mano.
Un destello de metal.
La hoja entra por la espalda del rey, entre las costillas, directo al corazón.
El cuerpo de Altharion se tensa, luego empieza a caer.
La mano que sostiene el arma tiembla un segundo.
No por arrepentimiento… sino por el peso del acto.
Hino intenta ver el rostro del traidor.
Solo alcanza a notar una cosa:
es alguien cercano.
Muy cercano.
Alguien en quien el rey confiaba lo suficiente como para darle la espalda.
La visión se rompe.
—\[ADVERTENCIA\]: Carga de información por Oráculo excede el umbral seguro.
Compresión y bloqueo parcial de detalles activados.
Hino vuelve al salón del trono.
Está arrodillado.
El rey sigue ahí, vivo, mirándolo.
Nadie parece haber notado nada.
El corazón le golpea tan fuerte que cree que todos pueden oírlo.
Entiende solo una cosa, clara como el agua del Lago Estelar:
Si esa visión es del futuro…
el rey va a ser asesinado.
Y la forma en que ocurrió deja claro que no será en el campo de batalla, ni por un enemigo declarado.
Será desde dentro.
Desde cerca.
Desde la confianza.
Antes de poder pensarlo mejor, las palabras se le escapan de la boca.
—¡El rey va a morir! —dice, en voz alta.
El murmullo en la sala se corta en seco.
Nobles, caballeros, magos, elfos, todos giran la cabeza hacia él.
El general Kael frunce el ceño.
El ministro de magia entrecierra los ojos.
El cardenal Seraphil y la condesa Elianor (presentes entre los nobles) lo miran con una mezcla de sorpresa e interés.
El duque Loramir se tensa.
La duquesa aprieta las manos de sus hijas.
El rey Altharion, todavía sentado en el trono, fija la vista en Hino.
No con ira.
No con miedo.
Con algo mucho más peligroso: atención absoluta.

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Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)
Capítulo 13
Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 12
Estás leyendo el capítulo 12 de Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela), un novela. PRIVILEGIO SIN LÍMITE Murió salvando a un desconocido. Nadie fue a verlo al hospital. Su jefe lo despidió por mensaje. Cuando volvió a casa, alguien ya se había llevado sus cosas. Así terminó su vida: sin testigos, sin… Este capítulo tiene publicado el 28 de febrero de 2026. Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) tiene 26 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.