arrow_back

Leer Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 11 online gratis en español

Dormitaba al ritmo del galope. La espalda me dolía; no estaba acostumbrado a pasar tantas horas sobre un caballo. Cada bache del camino me recordaba que, aunque mis números fueran de aventurero, mi cuerpo seguía siendo el de un niño. Estaba a punto de quedarme dormido de verdad cuando la voz alegre de Sebastian me sacó del limbo. —Ya hemos llegado —dijo—. Puedo ver la frontera del ducado. Ya casi estamos en casa. “Casa”, para él. Para mí, sonó como “lugar seguro… por ahora”. Sentí alivio. Y al mismo tiempo, nervios. No sabía qué me esperaba ahí. Todo era incierto: mi futuro, la guerra, el sistema, el que quedaba de mi familia… yo mismo. Cabalgaron un rato más. El paisaje cambió. Primero campos bien cuidados. Luego, casas más cercanas, caminos mejor trazados. Hasta que, finalmente, alcanzamos algo que no llegaba a ciudad grande, pero superaba con mucho a un pueblo: Calles limpias. Gente con ropa bien hecha, de telas de calidad. Puestos de comida en las esquinas, vendedores ofreciendo pan, guisos, frutas. Talleres de armaduras, tiendas de ropa, herrerías. Sebastian señaló con cierto orgullo. —Joven Hino —anunció—, este es el Ducado de Valdester. Bienvenido. Me quedé boquiabierto. —Esto… —pensé— es muchísimo mejor que mi pueblo natal. Y mejor organizado que la ciudad donde vive Erian. Entre los edificios, reconocí un emblema y un letrero grande de madera, con un símbolo familiar: Un gremio de aventureros. Lo miré con atención. “Nota mental: tengo que investigar este lugar más adelante.” Entre la sorpresa por ver tanta “civilización” después de bosque, sangre y barro, me golpeó una nostalgia rara: las calles ordenadas, los puestos de comida, el murmullo de gente… me recordaban un poco a ciertos rincones de mi vida pasada. Un rugido enorme interrumpió el momento. No fue monstruo. Fue mi estómago. Sebastian se rio. —No se preocupe, joven Hino —dijo—. En unos minutos más le espera un banquete digno de un héroe. Sonreí, avergonzado. —S-sí —respondí. Más temprano que tarde, nos detuvimos frente a una enorme mansión. Guardias con armaduras relucientes flanqueaban la entrada. Los jardines alrededor eran vastos, llenos de flores de colores que parecían no terminar, sin importar hacia dónde miraras. Bajé del caballo con la ayuda de Sebastian, aún mirando todo con la boca entreabierta. Entonces escuché una voz potente a lo lejos: —¡Aradia! Un hombre de barba bien cuidada, porte imponente pero mirada cercana, corría hacia nosotros desde la entrada. La niña bajó del caballo con ayuda y, al ver al hombre, rompió a llorar de nuevo, esta vez de pura felicidad. —¡Padre! Se abrazaron con fuerza. —Gracias a los dioses que estás a salvo —decía el duque—. Me preocupé muchísimo al recibir la carta de Sebastian hace unas horas. Había emoción en su voz, real, sin teatralidad. Entre abrazos, lágrimas y respiraciones temblorosas, el reencuentro llenó el espacio. Yo me quedé un poco atrás, sin saber bien dónde ponerme. La mirada del duque, eventualmente, se posó en mí. No era severa. No era cálida tampoco. Era neutral, seria, analítica. Podía apostar a que estaba comparando lo que veía conmigo con lo que Sebastian le había escrito. —¿Es él? —preguntó, sin apartar los ojos de mí. —Sí, señor —respondió Sebastian, sin dudar—. Es el jovencito del que le hablé en la carta. El duque apartó amablemente a su hija a un lado, con cuidado. Luego se acercó a mí. Su mirada penetrante me hizo tensar los hombros. No sabía si debía ponerme en guardia, hacer una reverencia o salir corriendo. Antes de que decidiera, él lo hizo por mí. Se agachó. Inclinó profundamente la cabeza ante mí. El murmullo fue instantáneo entre los sirvientes y guardias presentes. —¿El duque…? —No puede ser… —¿Está inclinando la cabeza ante un niño…? El duque ignoró todos esos murmullos. —Jovencito —dijo, sin levantar la cabeza—. Estoy profundamente agradecido por lo que hiciste. Aún no entiendo cómo ni por qué, pero de algo estoy seguro: mi hija y Sebastian han regresado con vida gracias a ti. Se enderezó. —Sé que debes estar cansado y hambriento —continuó—. Hemos preparado una habitación para que puedas bañarte y reposar un momento antes de la cena. Por favor, siéntete cómodo. No te preocupes por la etiqueta; entiendo perfectamente tu situación, así que no hay necesidad de formalidades excesivas. Se volvió y señaló a tres mujeres jóvenes con uniforme impecable de sirvientas. —Te dejaré a estas tres sirvientas para que te atiendan lo mejor posible —dijo—. Luego levantó la mano, firme, la palma abierta, con autoridad total. —Este niño se llama Hino —proclamó—, y es el héroe que salvó a mi hija. Trátenlo en consecuencia. Démosle nuestra más alta hospitalidad. Por dentro pensé: “Esto no es lo que esperaba de alguien de la nobleza…” En los mangas y novelas de mi otra vida, los nobles eran tiranos, gente que buscaba poder, que conseguía lo que quería por cualquier medio, sin escrúpulos. Ladrones con modales. Pero aquí… no. Este lugar, al menos hasta ahora, era distinto. Las tres sirvientas se presentaron una por una, diciendo sus nombres con una reverencia sincronizada. Eran jóvenes, quizá alrededor de los veinticinco años, con vestidos con volantes, mandiles blancos impecables, el cabello recogido con cuidado. —Por aquí, joven Hino —dijo una de ellas, con una sonrisa amable. Me guiaron a través de pasillos limpios, decorados con cuadros y tapices, hasta una habitación enorme. Dentro, una cama amplia, un armario con ropa ya preparada, una pequeña mesa con jarra de agua y fruta. Y, a un lado, una puerta que daba a un baño. Cuando la abrieron, casi me caigo. Era un baño gigantesco, con una tina que, para mí, equivalía a una pequeña piscina, llena de agua caliente humeante solo para mí. En mi otra vida, eso era lujo cinco estrellas. No podía creerlo. —Puede dejar aquí su ropa —dijo una de las sirvientas—. Le hemos preparado un cambio de ropa limpia. Cuando termine, tocaremos a la puerta para guiarlo al comedor. Me quedé mirando la tina. No tardé mucho en desvestirme, lavarme primero con agua y jabón, y luego entrar al agua caliente. En cuanto me sumergí, sentí como si todo el cansancio se derritiera. No solo el físico. También algo del peso mental se aligeró. El sistema analizó, por supuesto. —\[ANÁLISIS\]: Agua del baño contiene agua de manantial combinada con agua bendita. Propiedades: relajante, ligera recuperación física, estabilización de estrés mental leve. —Recomendación: el usuario debe replicar este lugar a toda costa. Sonreí amargamente. —Al parecer, te gustó este sitio —murmuré. El calor me fue adormeciendo. Sin darme cuenta, empezaba a quedarme dormido dentro del agua. Un toque en el hombro me despertó de golpe. Abrí los ojos. Una de las sirvientas estaba a mi lado, de espaldas a mí, solo con la mano extendida hacia mi hombro, el rostro girado hacia un lado, claramente avergonzada pero firme. —Joven amo —dijo, con tono respetuoso pero serio—. No debería quedarse dormido en el agua. Puede ser peligroso. Reaccioné de forma brusca, saliendo del agua como un resorte… y recordando tarde que estaba desnudo. Me cubrí con la toalla pequeña a toda prisa, la cara ardiendo. “Sé que soy un niño,” pensé, “pero aun así… ¡esta belleza me está viendo casi desnudo, qué vergüenza!” Ella también estaba ligeramente sonrojada. —Solo vine a avisarle que la cena estará lista pronto —dijo—. Puede cambiarse en la habitación de al lado y luego lo guiaremos al comedor. Asentí con la cara más roja que un tomate. —S-sí… en seguida termino aquí —alcancé a decir—. Por favor… espere afuera. Me muero de vergüenza… Ella inclinó la cabeza, todavía mirando hacia otro lado, y salió, cerrando la puerta con suavidad. El vapor llenó el silencio. Y mientras me secaba y me ponía la ropa limpia, una sola idea se repetía en mi cabeza: “Esto es demasiado… Un baño caliente, una cama blanda, un duque agradecido, un banquete. Y, aun así, la guerra se acerca, mi padre ya no está, y no sé cuánto durará este respiro.” Pero al menos, por esa noche, podía permitirme sentir el agua caliente, el olor del jabón, la suavidad de la ropa limpia… Y pretender, aunque fuera por un rato, que era solo un niño invitado a cenar, no un error del sistema con afinidad absoluta y cuentas pendientes con el mundo. Me cambié con calma en la habitación. La ropa que habían preparado para mí era simple pero de buena calidad: camisa limpia, pantalones cómodos, un chaleco ligero. Mientras abotonaba, algunas lágrimas cayeron al suelo sin que me diera cuenta al principio. Pequeños destellos sobre la madera. Me vinieron a la mente momentos con mi padre: Su risa al ver mis resultados en el templo. Sus manos guiando las mías en la empuñadura de la espada de madera. Su voz diciendo “no quiero perderte” en la cocina de nuestra casa. Y luego, la imagen de la espada saliendo por su espalda. El “corre” que leí en sus labios. Imaginé el rostro de mi madre al saberlo. Las caras de mis hermanas esperando en la puerta. Akari preguntando por qué tardábamos tanto. Sentí que el pecho se me cerraba. —No sé… cómo se los voy a decir —murmuré. La puerta se entreabrió un poco. Una de las tres sirvientas, la de cabello castaño recogido en una trenza, me vio de perfil. Notó las lágrimas. Antes de que pudiera reaccionar, se acercó y me abrazó suavemente por detrás, rodeándome con los brazos sin apretar demasiado. Me quedé rígido. —Lamento la imprudencia… —dijo, con voz suave—. Aquí en la mansión todos estamos al tanto de la pérdida que tuvo… y de lo que hizo por Sebastian y la señorita Aradia. Permítame agradecerle personalmente. Se separó apenas, lo suficiente para mirarme de lado. —Y aunque no me conozca —continuó—, permítame ser un hombro en el cual apoyarse, si lo desea. Usted es un jovencito muy valiente. Yo también perdí a mis padres en una situación similar, así que lo entiendo completamente. Si necesita hablar, con mucho gusto lo escucharé. Sacó un pañuelo blanco y, con cuidado, me secó las lágrimas de las mejillas. —Venga —añadió, con una sonrisa cálida—. La cena ya está lista, y lo están esperando. Por un momento, pensé solo una cosa: “Es… hermosísima.” No solo por su rostro, sino por la mezcla de belleza y amabilidad que deslumbraba a alguien como yo, que no estaba acostumbrado a tanta atención. Enderecé la espalda. —E-está bien —dije—. Gracias. Salí de la habitación, escoltado por las tres sirvientas. Caminamos por pasillos amplios, llenos de cuadros, tapices y armaduras expuestas que parecían valiosísimas. Cada vez que nos cruzábamos con alguien —guardias, personal de limpieza, otros sirvientes— se detenían y hacían una ligera reverencia a mi paso. Me incomodaba. “Entiendo que estén agradecidos,” pensé, “pero esto es demasiado…” Una de las sirvientas anunció: —Hemos llegado. Golpeó suavemente la puerta. Desde dentro, una voz clara dijo: —Adelante. Las puertas se abrieron de par en par. El salón era enorme. Sirvientas y mayordomos se movían alrededor de la mesa principal colocando platos, copas y bandejas con una coordinación tan precisa que parecía un baile. Sebastian estaba a un lado. Al verme, se inclinó ligeramente. —Adelante, joven Hino —dijo—. Lo llevaré a su asiento. En la mesa ya estaban el duque Loramir y Aradia. Había dos figuras más. Una mujer de belleza madura, rubia, de ojos verdes increíbles, con un porte que llenaba el espacio sin esfuerzo. Brillaba, en todos los sentidos. Debía ser la duquesa, esposa de Loramir, y madre de Aradia. Y a su lado, en una silla elevada con cojines, una niña aún más pequeña que Aradia; quizá cinco años, con el mismo color de ojos que su madre y un intento de peinado serio que no lograba ocultar su aire infantil. Cuando entré, todos se levantaron. El duque habló primero. —Hino —dijo—. Permíteme presentarnos formalmente. Soy Loramir Valdester, duque de estas tierras. Ella es mi esposa, Elena Valdester. Ya conoces a mi hija mayor, Aradia. Y esta pequeña es mi hija menor, Lyss. Cada uno inclinó ligeramente la cabeza al decir su nombre. Yo hice una reverencia torpe. —Siéntate, por favor —añadió el duque—. No hay necesidad de más formalidad esta noche. Me guiaron a una silla cerca de Aradia. No había terminado de acomodarme cuando vi la mesa. Era… demasiado. Platos con carnes asadas, fuentes de verduras salteadas, panes de diversos tipos, salchichas doradas, quesos, sopas humeantes, frutas cortadas, cosas que no sabía ni nombrar. “Esto podría alimentar a Harunose entero,” pensé. El duque habló con naturalidad: —Come lo que quieras. Sin restricciones. Considera esta mesa tuya esta noche. Al principio, tomé trozos pequeños, cortando con cuidado, masticando despacio. El hambre, sin embargo, no entendía de modales. Cuando el duque soltó una risa gentil y dijo: —Tranquilo, hay mucho más de donde vino eso. Come con calma, pero come todo lo que quieras — algo se soltó. —G-gracias —dije. Después de eso, la comida se volvió el centro de mi mundo por un rato. Todo estaba delicioso. Sabores que nunca había probado, texturas nuevas. Por momentos me olvidaba de dónde estaba, de quién me miraba, de toda la etiqueta. Solo comía. De vez en cuando, un pensamiento se colaba: “Ojalá papá hubiera podido probar un poco de esto…” Y otro, después: “Más tarde preguntaré si puedo llevar algo para mamá y mis hermanas. Espero que no haya problema.” Cuando por fin me sentí satisfecho, los sirvientes retiraron los platos con la misma coordinación impecable con la que los habían traído. Después, trajeron té en tazas finas con bordes dorados, tan pulidas que me daba miedo tocarlas. El duque esperó a que todos tuvieran su taza. Luego habló. —Bien, Hino —dijo, con voz amable pero seria—. Sé que debes estar cansado, pero me gustaría hablar de lo que sucedió… y de tus orígenes. Quisiera que me contaras todo lo que puedas, para entender mejor. Bebió un sorbo de té. —Sebastian y Aradia ya me lo han contado con detalle —continuó—. Pero aun así, cuesta creerlo. El sistema, silencioso hasta entonces, reaccionó. —\[ANÁLISIS DE ENTORNO\]: Personas presentes: * Loramir Valdester (duque). * Elena Valdester (duquesa). * Aradia Valdester (hija mayor). * Lyss Valdester (hija menor). * Sebastian (mayordomo en jefe). Evaluación de fiabilidad: 90%. No se detectan malas intenciones hacia el usuario. Registro de comportamiento previo: nobleza íntegra, valores alineados con justicia y protección. Recomendación: se puede hablar con relativa libertad sobre eventos y circunstancias generales. No se recomienda revelar la totalidad de las habilidades del usuario ni la verdadera naturaleza del sistema. Tomé aire. Les conté. No todo, pero sí lo suficiente: * Mi vida en Harunose como hijo de un cazador. * La visita al templo y los resultados extraños del pergamino. * La decisión de ir a Vaelkis a ver a un amigo de mi padre, un semielfo llamado Erian, para evaluar mis habilidades. * El viaje, el ataque de goblins, el ciervo de maná, y cómo perdimos el carruaje. * La medición en la tienda de Erian sin entrar en detalles numéricos exactos, solo diciendo que “algo salió muy fuera de lo normal” y que me desmayé por una sobrecarga mágica. * La decisión de volver a casa. * El ataque de los bandidos, la muerte de mi padre, mi huida. * La lucha contra los goblins. * El encuentro con Aradia y Sebastian, y cómo terminé con ellos. Omití el nivel. Omití el valor exacto de mi MP. Omití la copia de estadísticas, el oráculo, el privilegio sin límite y el verdadero alcance del sistema. Solo dije, con honestidad: —Ni siquiera yo entiendo del todo lo que puedo hacer. Por eso mi padre quiso buscar a Erian, para que alguien con más conocimiento nos guiara. El duque escuchó sin interrumpir. La duquesa mantenía la mano sobre la de Aradia. Lyss me miraba con ojos enormes, como si estuviera oyendo un cuento. Cuando terminé, hubo un momento de silencio. Loramir asintió lentamente. —Ahora comprendo por qué buscaron a Erian —dijo—. Este niño está fuera de lo normal. Hubo una breve pausa. Sus pensamientos se reflejaron un momento en su mirada: “Fuera de lo normal. Peligroso para quienes solo ven números y poder. Pero también, una oportunidad de hacer las cosas bien.” Luego habló en voz alta de nuevo. —No te preocupes —dijo—. Sabemos que estás fuera de lo normal… Pero eso no es un problema por sí mismo. Se inclinó hacia adelante. —Te ayudaremos a controlar esa magia, en la medida de lo posible —añadió—. Ese elfo, Erian, es buen amigo de nuestra familia. Lo conocemos desde hace muchísimas generaciones. Estoy seguro de que te va a ayudar. De hecho, viene en camino. No debería tardar mucho en llegar. Probablemente estará aquí mañana por la mañana. Sonrió levemente. —Esperémoslo —dijo—. Y hablemos con él hasta entonces. Tomó otro sorbo de té. —Mientras tanto —continuó—, dime… ¿qué te gustaría ser, Hino? No hablo de títulos ni rangos. Hablo de lo que quieres para tu vida. Miré mi taza. La respuesta no fue épica. No dije “mago de corte”, ni “héroe”, ni “aventurero legendario”. Solo dije la verdad. —Quisiera… ver a mi madre y a mis hermanas —respondí—. Deben de estar muy preocupadas. Y todavía no sé cómo les voy a decir lo que pasó con papá. La voz se me quebró un poco al final. Hubo otro silencio, distinto al de antes. La duquesa Elena dejó la taza, se levantó, rodeó la mesa y puso una mano suave sobre mi hombro. —Entonces —dijo—, empecemos por eso. El duque asintió. —La guerra puede esperar unos días —añadió—. Pero una familia que no sabe qué ha sido de los suyos… eso duele más que cualquier discurso. Y por primera vez desde que salí de Harunose, sentí que no solo estaba cayendo de un evento a otro. Había gente dispuesta a ayudarme a elegir qué hacer con todo lo que se venía encima. Capitulo Extra….. El rey que miraba más lejos En otro lugar, muy lejos del ducado de Valdester, un pasillo blanco parecía no tener fin. Columnas enormes, de mármol pulido, se extendían a ambos lados como si sostuvieran el cielo. Las antorchas encantadas arrojaban una luz suave, sin humo, que hacía brillar los tapices con el emblema de Asterion: un dragón alado rodeando una corona. Los pasos de un hombre resonaban con ritmo firme. No eran pasos jóvenes, pero tampoco vacilantes. Era el rey. Cabello largo y blanco recogido hacia atrás, una corona espléndida descansando con naturalidad sobre su cabeza. Sobre los hombros, una capa hecha con el pelaje de una bestia mágica tan poderosa que la mayoría de los hombres solo la habían visto en libros. Su postura era recta, majestuosa, sin necesidad de exagerarla. Mientras se dirigía a la sala del trono, un subordinado se apresuró por el pasillo, se arrodilló en el suelo y bajó la cabeza en una reverencia de máximo respeto. El rey ni siquiera se detuvo. —Habla —ordenó, sin dureza, pero con autoridad absoluta. El subordinado tragó saliva. —Majestad… —empezó—. El cardenal Seraphil y la condesa Elianor de Valgrind han comenzado a mover sus piezas. Informes recientes confirman que sus contactos han activado tropas en la frontera norte, bajo pretextos “defensivos”. Las misivas del cuarto príncipe también muestran un incremento en maniobras no autorizadas. El rey caminó unos pasos más antes de detenerse. Los ojos, de un gris penetrante, se entornaron apenas. —Así que… por fin lo consideran “la hora” —murmuró—. Su voz, cuando habló más fuerte, no sonó sorprendida. —No dejaremos que esos traidores de la paz hagan de las suyas —dijo—. Pon el plan en marcha. Comienza a desplegar tropas en las fronteras… pero según el esquema que ya discutimos, no el que ellos esperan. El subordinado asintió. —Sí, majestad. El rey reanudó la marcha. Por dentro, sus pensamientos iban más rápido que sus pasos: “Hacen tres años que los observo. El cardenal fanatizando a la gente desde los púlpitos. La condesa comprando armas, cerrando contratos, inflando egos de nobles jóvenes. El cuarto príncipe, demasiado impaciente para mi gusto, creyendo que puede ‘salvar el reino’ a su manera.” Podría haber aplastado la conspiración antes de que creciera. Tenía poder, influencia, lealtades. Pero la corrupción y la ambición, sin pruebas claras, se filtraban como humo. Si actuaba demasiado pronto, habrían gritado “abuso de poder”, “persecución religiosa”, “tirano contra la nobleza”. Necesitaba atraparlos con las manos en la masa. Así que cerró los ojos a propósito en ciertos momentos… para poder abrirlos de verdad ahora. “Instigaron escaramuzas, empujaron a reinos vecinos, jugaron con el miedo de la gente,” pensó el rey. “Dejé que el hilo se extendiera para ver hasta dónde llegaban. Ahora lo tenemos: mensajes, órdenes selladas, reuniones secretas, pagos mal disimulados.” El ministerio de justicia estaba preparado. Solo faltaba que dieran un paso más. El rey habló, sin mirar al subordinado: —Cuando empiecen los movimientos oficiales, quiero informes duplicados enviados directamente al Ministerio de Justicia. Nada pasa solo por manos del cardenal ni por las oficinas de la condesa. Quiero que cada orden de movilización quede registrada conforme a la ley. El subordinado asintió con más fuerza. —Se hará como ordena, majestad. El rey preguntó: —¿Algo más? Hubo una pausa. —Sí, majestad —respondió el subordinado, con cautela—. Esto viene del ducado de Valdester. El nombre hizo que el rey girara ligeramente la cabeza. —Continúa. —Al parecer… la hija del duque Loramir sufrió un atentado mientras regresaba de la capital real —informó—. Su escolta fue atacada por bandidos. Los informes dicen que casi todos los guardias cayeron. Sin embargo, tanto la señorita Aradia como el mayordomo regresaron con vida. El rey apretó la mandíbula. —¿Y cómo lo lograron? —preguntó. —Según el mensaje de Loramir —dijo el subordinado—, un niño de origen desconocido los salvó. Los detalles son… difíciles de creer. Hablan de que enfrentó y derrotó a un grupo completo de bandidos casi él solo, usando habilidades que nadie en el ducado reconoce. Tomó aire. —Necesitamos más información, majestad. El rey se detuvo frente a una de las columnas. “Así que atentaron contra la hija de mi hermano…” pensó. Loramir no solo era un duque. Era su hermano menor. Muchos lo olvidaban porque el rey rara vez hablaba de su familia en público. Pero la sangre era sangre. —Esto es imperdonable —dijo en voz baja, luego más fuerte—. Necesito hablar con él. Se volvió, mirando al subordinado. —Tráiganlo de inmediato a la capital —ordenó—. Y también a su salvador. Quiero verlo con mis propios ojos. El subordinado se inclinó hasta tocar el suelo con la frente. —Como ordene, majestad. El rey reanudó el camino hacia la sala del trono. Por dentro, una chispa de curiosidad se encendía en medio de los planes de guerra. “Un niño salvó a mi sobrina Aradia,” pensó. “En tiempos así, los dioses no suelen mandar señales sin motivo.” Sonrió apenas, algo entre ironía y esperanza. “Habrá que recompensarlo —se dijo—. Y habrá que hacerlo antes de que la guerra lo convierta en moneda de cambio.” Cuando entró a la sala del trono, ya lo esperaban. En el centro, el asiento de piedra y oro, simple pero imponente. A los lados, estandartes del reino. De pie, frente al trono, estaban dos figuras. El cardenal Seraphil. La condesa Elianor de Valgrind. El rey caminó sin apuro y se sentó. Los dos inclinaron la cabeza con respeto. —Así que son ustedes dos —dijo el rey, clavando la mirada primero en uno, luego en otra—. Bien. ¿Qué desean? El cardenal fue el primero en hablar. —Su majestad —empezó, con voz grave y llena de “preocupación”—. Debemos mandar las tropas al sur. El rey no reaccionó de inmediato. Seraphil continuó: —Cada vez hay más conflictos con los demonios y reinos menores en esa dirección —dijo—. Nos están recriminando que hemos instigado escaramuzas y revueltas en sus territorios. Alguien está jugando en nuestra contra, sembrando caos en el sur. Es imperdonable. Si no mostramos fuerza, pensarán que Asterion es débil. El rey lo escuchaba, inmóvil. Sabía perfectamente que, en realidad, Seraphil y Elianor querían mandar más tropas al sur para debilitar las defensas del norte, donde planeaban provocar el incidente con Dvarn y abrir la puerta a la gran guerra. La condesa dio un paso adelante, respaldando las palabras del cardenal. —Su majestad —dijo Elianor, con una inclinación elegante—. Por supuesto, en previsión de cualquier conflicto, mi casa puede proveer armas para su ejército: espadas, lanzas, armaduras reforzadas, todo bajo los mejores estándares. Con un contrato adecuado, Asterion no tendrá que temer a nadie. El rey los dejó hablar. Pensaba: “Quieren que lleve mis fuerzas al sur, que aleje mi atención de las fronteras que realmente han estado calentando. Quieren vender armas al reino para enriquecerse, mientras provocan un conflicto al norte desde las sombras. Y luego, cuando la guerra estalle, dirán que solo obraron por fe y seguridad.” En lugar de responder de inmediato, el rey cambió de tema… con precisión calculada. —Me llegan informes de que el pequeño reino de Dvarn está inquieto —dijo—. Hablan de caravanas atacadas cerca de su frontera norte, de templos menores saqueados con símbolos demoníacos, de rumores sobre cascos de Asterion vistos en tierra ajena. Seraphil fingió indignación. —Calumnias —replicó—. Alguien intenta manchar el nombre del reino. El rey lo miró fijamente. —Sea calumnia o no —respondió—, enviar todas nuestras fuerzas al sur mientras el norte se llena de rumores sería de necios. Al menos, de necios que no leen bien el mapa. El silencio pesó un segundo. La condesa, siempre rápida, sonrió con cortesía. —Nadie sugiere “todas” las fuerzas, su majestad —dijo—. Solo un despliegue sólido para mostrar determinación. Las tropas del norte pueden mantenerse en alerta sin retirarse. El rey apoyó el codo en el apoyabrazos del trono, el mentón sobre la mano. —He sido al tanto de movimientos “no oficiales” en varias divisiones —dijo—. Maniobras que no han pasado por la firma de mi canciller ni por los registros de mi ministro de guerra. La próxima vez que una unidad se mueva sin autorización, su comandante será juzgado por el Ministerio de Justicia según la ley. Seraphil y Elianor intercambiaron una mirada mínima. El rey prosiguió: —Si hay alguien jugando en nuestra contra —repitió sus palabras—, lo identificaremos. Pero no voy a permitir que, con la excusa de “mostrar fuerza”, convirtamos al reino en el agresor que dicen que somos. Se inclinó un poco hacia adelante. —Por el momento —dijo—, se enviarán refuerzos limitados al sur, con mandos que yo elija personalmente. Ninguna orden de movilización saldrá del templo ni de casas nobles sin pasar por mi despacho y por el Ministerio de Justicia. Quien lo haga… se enfrentará a juicio. Sea soldado, sacerdote o condesa. Había hierro en sus palabras. Seraphil apretó discretamente el bastón que llevaba. —Por supuesto, su majestad —dijo—. Solo buscamos el bienestar del reino. El rey sonrió apenas, sin humor. —Lo sé —respondió—. Precisamente por eso estoy aquí: para asegurarme de que “el bienestar del reino” no se confunda con “el bienestar de ciertos bolsillos” o “de ciertas doctrinas”. Se recostó un poco en el trono. —Pueden retirarse —añadió—. Tengo otros asuntos que atender. La condesa hizo una reverencia elegante. —Como dese, su majestad —dijo. El cardenal inclinó la cabeza, el rostro compuesto. Salieron de la sala con paso medido. Cuando la puerta se cerró, el rey dejó escapar un suspiro. —Siguen jugando —pensó—. Pero la mesa está menos desequilibrada de lo que creen. El ministerio ya tiene pruebas. Cuando el primer golpe se dé en el norte, no seré yo quien cargue con toda la culpa. Miró el trono vacío a su lado, reservado para la reina ausente, y luego el espacio donde un día se sentaría el heredero. “Antes de que la guerra estalle por completo,” se dijo, “quiero haber visto con mis propios ojos al niño que salvó a Aradia. Quiero saber qué clase de pieza ha decidido el destino colocar en mi tablero.” Y mientras el rey calculaba su siguiente movimiento, en el ducado de Valdester, Hino, sin saberlo, se preparaba para dormir en una cama demasiado suave, en una noche demasiado tranquila… Justo antes de que las decisiones de reyes, duques, cardenales y condes empezaran a chocar de verdad con la vida de un niño que solo quería volver a casa.
Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)

Continúa leyendo

Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela)

Capítulo 12

Siguiente Capítulo ›

Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) Capítulo 11

Estás leyendo el capítulo 11 de Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela), un novela. PRIVILEGIO SIN LÍMITE Murió salvando a un desconocido. Nadie fue a verlo al hospital. Su jefe lo despidió por mensaje. Cuando volvió a casa, alguien ya se había llevado sus cosas. Así terminó su vida: sin testigos, sin… Este capítulo tiene publicado el 25 de febrero de 2026. Privilegio Sin Límite: Reencarné Como La Anomalía Del Sistema (Novela) tiene 26 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.