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Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 9 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
La noche tenue estaba a punto de terminar cuando Qin Ming despertó. La piedra solar del recipiente de cobre desprendía una suave luz de fuego y en la casa reinaba el silencio. Tenía una sed insoportable; sentía que la garganta le ardía. Solo después de beber varios grandes cuencos de agua helada soltó un largo suspiro. Pronto advirtió algo extraño: la ropa que llevaba pegada al cuerpo le apretaba un poco; ya no le quedaba bien. Al comprender lo que podía haber ocurrido, se acercó al marco de la puerta para medirse y confirmó que había crecido un poco. Qin Ming permaneció ensimismado. Solo había dormido una vez, pero lo sucedido superaba todo lo imaginable: en tan poco tiempo, su cuerpo había generado una intensa fuerza de renacimiento y sus cimientos innatos se habían desarrollado de nuevo. Estiró los brazos y las piernas. Le parecía tener fuerzas inagotables. Al salir al patio, levantó sin dificultad las dos piedras del molino. Después probó a sostenerlas con una sola mano. Aunque las sentía muy pesadas, pudo mantenerlas en alto durante un breve rato. Hasta él mismo se sorprendió. ¡Ahora podía sostener, aunque con esfuerzo, cuatrocientos jin con una sola mano! ¿No significaba eso que ya no era inferior a aquellos jóvenes tan famosos de la luminosa ciudad lejana? Se quitó la ropa que le había quedado pequeña y descubrió que la costra de sangre del hombro se había desprendido sin dejar siquiera cicatriz. Aquella también era una manifestación del renacimiento. A continuación se puso a preparar la cena. Hirvió una olla de caldo de carne y asó unas costillas de lobo hasta que desprendieron un aroma intenso y apetitoso. Alimentarse de criaturas mutadas bastaba para satisfacer las necesidades del «renacimiento» de su cuerpo. Comió grandes bocados de carne y bebió cuencos enteros de caldo. Su cuerpo ya ardía antes, pero ahora sudaba a mares. Una corriente cálida bullía en su interior y se extendía por todo su organismo. Aunque el renacimiento había entrado en su fase final, aún no había concluido. Quería aprovechar el impulso para estimular al máximo la vitalidad de su cuerpo y acelerar aquel proceso. Su condición física mejoraba de forma vertiginosa. Los movimientos de gran dificultad de antaño podía ejecutarlos ahora a voluntad, con soltura y sin esfuerzo. Era como si en su interior ardiera una llamarada a punto de atravesarle la piel e iluminar el exterior. Al final aparecieron grupos de «puntos dorados» sobre su piel. Acto seguido, «brotaron de la tierra»: de ellos surgieron finísimos destellos dorados que, aunque diminutos, podían distinguirse vagamente. Aquello era extraordinario. Nunca le había ocurrido antes. Los «filamentos dorados» asomaban de entre su carne y su sangre, arrastrando leves rastros de sangre. A primera vista resultaba alarmante, pero en realidad no dañaban su cuerpo. Qin Ming sintió incluso cierto alivio. La energía de su organismo se volvía cada vez más pura, rebosante de vigor y vitalidad. El proceso parecía una «depuración». Enseguida comprendió que estaba experimentando un renacimiento pleno, eliminando hasta el último resto de sustancias nocivas. Los poros que tenía parecían no bastar. Los «filamentos dorados» emergían en pequeños haces, salían de su cuerpo mezclados con hebras de sangre y arrastraban las viejas impurezas. Los finos resplandores dorados surgían sin cesar, densamente agrupados. Parecían agujas de oro que se movían y respondían unas a otras, entrelazándose sobre la piel de Qin Ming como si cosieran una vestidura. Era un espectáculo singular. Sumados a la tenue niebla blanca que envolvía su cuerpo, le conferían un aire casi inmortal. No conocía el cansancio, pero consumía una enorme cantidad de energía. Cuando sentía hambre, comía costillas de lobo; tras descansar brevemente, volvía a estimular la vitalidad de su cuerpo. De vez en cuando también estudiaba la «Introducción a la Técnica de Meditación de la Noche Oscura» de Lu Ze. Durante toda la noche, Qin Ming expulsó enormes cantidades de sudor. Su metabolismo era extraordinariamente intenso. Sentía un hormigueo por todo el cuerpo, como si en él brotaran ramas y retoños. Rebosaba vida y desprendía el aliento del nacimiento de todas las cosas. Cuando lo invadió una somnolencia irresistible, interrumpió sus movimientos. Comprendió que estaba a punto de entrar en la «hibernación» de la última fase. Se enjuagó rápidamente y se tendió en el lecho de ladrillo calentado. Apenas podía mantener los párpados abiertos. Entre brumas vio que de su piel surgía una tenue luz plateada. Vio también numerosos filamentos dorados que brotaban como agujas de oro que arrastraran hilos, «tejiendo» entre la niebla de luz blanco plateada. Aunque estaba muy somnoliento, Qin Ming no dejaba de asombrarse. Los hilos dorados se entrecruzaban y dividían el resplandor plateado en pequeñas secciones, formando una apretada trama de cuadrados subdivididos en cuatro. Vista en conjunto, parecía que su cuerpo estaba envuelto en una «vestidura de jade con hilos de oro». Permaneció un tanto absorto, dejando que sus pensamientos vagaran en muchas direcciones. Cuando los emperadores de la antigüedad recibían sepultura, los envolvían en vestiduras de perlas y estuches de jade unidos por hilos de oro. En ellos depositaban su anhelo de longevidad, una búsqueda que ni siquiera abandonaban al morir. ¿Era tan especial aquel «método poco ortodoxo» que había memorizado de niño? Durante la transformación del renacimiento, una capa de niebla de luz blanca y pura fluía de forma natural sobre él, enlazada por hilos dorados, como si de verdad vistiera una vestidura de jade con hilos de oro. ¿Acaso los emperadores antiguos habían oído ciertos rumores y por eso habían ordenado fabricar aquellas vestiduras? Sacudió la cabeza, convencido de que estaba pensando demasiado. Después ya no pudo resistir y cayó en el más profundo de los sueños. Al llegar la noche tenue, Qin Ming despertó con una sensación de tirantez por todo el cuerpo. No tardó en comprender lo sucedido: durante la noche había sudado mucho, y las agujas doradas que arrastraban hilos también habían sacado finos rastros de sangre. Al secarse sobre su piel, aquellas «viejas impurezas» habían formado una delgada envoltura, como un capullo. El agua de la tinaja era un bloque entero de hielo. Lo rompió en pedazos y calentó una olla de agua. Después de asearse, se puso ropa holgada y limpia, y al instante se sintió despejado y renovado. Su temperatura corporal había descendido de forma evidente. Aquello también significaba que el «renacimiento» casi había terminado. Qin Ming salió al patio y levantó otra vez las dos piedras del molino. Esta vez le resultó bastante más fácil; podía sostenerlas con una sola mano durante mucho tiempo. Después añadió encima la pesa de piedra de más de cien jin. —¡Qué pesado! Sentía que la carga le hundía la mano y le exigía bastante esfuerzo. Las dos toscas piedras del molino, sumadas a la pesa de piedra para ejercitar los brazos, pesaban más de quinientos jin. Aun así, podía sostenerlas con una sola mano. Lu Ze le había contado que en la luminosa ciudad lejana había jóvenes capaces de cargar un trípode de seiscientos jin. Con la mirada límpida, Qin Ming esbozó una sonrisa radiante. ¡Sus dos brazos reunían una fuerza de mil jin! En cuanto a las ciudades misteriosas y desconocidas que se alzaban todavía más lejos, en los confines de la tierra, no sabía cuán poderosos serían los renacidos de la edad dorada que vivían en ellas. Qin Ming tomó medio ciervo de cuernos afilados, una pata trasera del lobo de cabeza de asno y parte de sus costillas, y fue al patio de al lado. —Pequeño Qin, esto… ¡es demasiado! —Hermano Lu, cuñada, yo solo no puedo comer tanto. De todos modos volveré a las montañas; es mejor variar un poco la comida —dijo Qin Ming. Si Lu Ze no hubiera cuidado de él durante aquel tiempo, quizá habría muerto de hambre. —Tío, ¡qué bueno sos! Si no fuera por vos, dentro de unos días pasaríamos hambre. Wenrui estaba encantado, pues había oído decir a sus padres que las provisiones de la casa estaban a punto de agotarse. Qin Ming le acarició la cabeza. —Mientras esté tu tío, ¿cómo voy a dejar que pases hambre? La ardilla mutada saltaba de un lado a otro dentro de su jaula. Era la única indignada y le chillaba a Qin Ming. Aquella pequeña criatura de montaña, dotada de inteligencia, era muy rencorosa. —Pequeño Qin… Había llegado el jefe de la aldea, Xu Yueping. Vestía una chaqueta de piel y aparentaba cuarenta y tantos años. Tenía el rostro algo cuadrado, cejas espesas, ojos vivos y penetrantes, y un cuerpo fuerte y robusto. —Tío Xu —lo saludó Qin Ming. El hombre soltó una risa franca. —Sabía que no me decepcionarías, muchacho. Al dar este paso, has dejado tu primera huella de oro. Deseaba saber cuánto había mejorado la condición física de Qin Ming tras renacer en la edad dorada. —Pequeño Qin, has crecido un poco. ¿Ya terminó tu renacimiento? —preguntó Lu Ze. Qin Ming estaba a punto de responder cuando, de pronto, percibió una ráfaga violenta que se le venía encima. La mano derecha de Xu Yueping, afilada como un cuchillo, se abatió sin previo aviso hacia su cuello. Todo ocurrió con demasiada brusquedad. A tan corta distancia, era casi imposible prevenir o esquivar el ataque. Pero Qin Ming lo evitó y contraatacó con precisión. Con un golpe seco, atrapó la muñeca del hombre. —Tu velocidad de reacción supera con mucho la de los demás renacidos —exclamó Xu Yueping, admirado. Había atacado por sorpresa desde tan cerca que incluso a las fieras de montaña más alertas les habría resultado difícil esquivarlo. Liang Wanqing soltó una exclamación. Solo después comprendió que estaba comprobando las capacidades que Qin Ming había adquirido tras el renacimiento. La muñeca de Xu Yueping estaba firmemente apresada. ¡Ni siquiera conseguía moverla un ápice! —La fuerza que has adquirido con el renacimiento… Su expresión se llenó de sorpresa. Lu Ze y Liang Wanqing aguardaban expectantes. Esperaban que la condición física de Qin Ming hubiera dado un gran salto y experimentado una transformación cualitativa. Porque aquello afectaba a toda la vida de una persona: era una oportunidad capaz de cambiar su destino. Qin Ming lo soltó. Los párpados de Xu Yueping se estremecieron violentamente. Era el renacido más fuerte de la aldea de los Dos Árboles y ya había advertido que el joven que tenía delante aún no había empleado toda su fuerza. Habló con solemnidad: —Calculo que tu fuerza debe de acercarse a los seiscientos jin. Liang Wanqing se quedó boquiabierta. Había que saber que, en aquella región, cargar un trípode de quinientos jin ya era el límite de un renacido. Lu Ze estaba muy emocionado. —Eso… incluso si fueras a aquella ciudad lejana, no serías inferior a nadie. —¡Mi tío es el más fuerte! —gritó Wenrui, aplaudiendo con sus manitas. —Xu, han llegado los de la patrulla de montaña. Yang Yongqing apareció justo a tiempo para oír aquellas palabras y sintió una profunda conmoción. Comprendió que Qin Ming había superado el límite de los renacidos de la región. La llegada de un patrullero de montaña no podía ser un asunto sencillo. Xu Yueping y Yang Yongqing se marcharon de inmediato. El tiempo que lleva beber una taza de té después, alguien fue a buscar a Qin Ming para pedirle que acudiera a casa del jefe de la aldea. Se sintió algo desconcertado. ¿Por qué lo llamaban a él? —Todos los renacidos deben asistir para escuchar lo que la patrulla de montaña tiene que contarnos sobre la situación en las montañas —le explicó el recién llegado. La casa de Xu Yueping estaba animada. Contando a Qin Ming, en la aldea había siete renacidos, y todos habían acudido. Ni siquiera faltaba el viejo Liu, que ya superaba los setenta años. La piedra solar iluminaba la habitación con claridad. El ambiente era cordial. El hombre enviado por la patrulla de montaña se llamaba Feng Yi'an y estaba explicando lo que ocurría en las montañas. —Hace un tiempo, el campo magnético de las montañas se alteró. Si uno se interna demasiado, es fácil perderse. También han ocurrido bastantes cosas extrañas: algunos manantiales de fuego donde habitaban criaturas peligrosas casi se han extinguido, mientras que en las profundidades de la niebla nocturna han nacido manantiales de fuego de alto nivel. Feng Yi'an llevaba una barba tupida y tenía un aire rudo y desenvuelto. Vació de un trago el té de su taza. Qin Ming comprendió por fin por qué las montañas habían estado tan agitadas últimamente y por qué algunas criaturas colosales habían aparecido en las zonas exteriores del bosque. Los cambios en las montañas habían afectado los nidos y guaridas de ciertas aves extraordinarias y bestias singulares. Sus movimientos habían provocado la huida de otras criaturas. —¿Empeorará la situación? ¿Qué haremos si salen especies de alto nivel? —preguntó alguien. —Pueden estar tranquilos. Personas de alto rango entrarán en las montañas a conversar con esas criaturas misteriosas para que la región recupere la calma cuanto antes. Feng Yi'an explicó que, aunque las negociaciones fracasaran, habría grandes figuras que contendrían a las criaturas más poderosas de las montañas. —Por si acaso, los miembros de la patrulla de montaña se mantienen listos para combatir día y noche. Y todos los renacidos de las aldeas y poblaciones que rodean las montañas también deben prepararse. Feng Yi'an explicó que la gran red tendida por los superiores estaba destinada sobre todo a detener a las criaturas de mayor poder. Tal vez algunos «pececillos» lograran colarse entre sus mallas. Al oírlo, todos adoptaron expresiones graves. ¡Los renacidos tendrían que luchar si resultaba necesario! Feng Yi'an sonrió. —No hace falta ponerse nerviosos. No es tan grave como imaginan. Además, si estalla una gran batalla, aquella luminosa ciudad lejana enviará a jóvenes de familias nobles para que adquieran experiencia. Todos son de élite y nos ayudarán a despejar las montañas. Los presentes soltaron un suspiro de alivio. —Hermano Feng, después de patrullar las montañas durante la noche profunda, viniste temprano a traernos noticias. Realmente te has esforzado por nosotros —dijo Xu Yueping. Feng Yi'an agitó la mano. —¿Qué decís, hermano Xu? No es más que nuestro deber. Quédense tranquilos: si salen fieras o monstruos de las montañas, tendrán que pasar por encima de los cadáveres de nosotros, los patrulleros de montaña. De lo contrario, jamás les harán daño a quienes viven fuera de ellas. Xu Yueping llevó personalmente una gran bandeja de hierro con un carnero de roca entero asado, cuyo aroma llenó el aire, para agasajar a Feng Yi'an. Detuvo a varios que pretendían levantarse e irse. —No se vaya nadie. Quédense a tomar unas copas con el hermano Feng. El ambiente de la habitación se animó al instante. —Les digo que no hace falta preocuparse. Esta vez no solo vendrá en persona el señor de la ciudad que gobierna esta región. Según se dice, también han invitado a un experto de tierras lejanas. No habrá problemas; ante todo se están previniendo contra los insectos lunares y la posible aparición de un impredecible señor de la montaña. Después de unas copas de licor, Feng Yi'an reveló bastantes noticias. Sorprendido, Qin Ming escuchaba con atención. No estaba acostumbrado al añejo licor de sabor ardiente que servían en la mesa. Quiso tomar un sorbo de té, pero volvió a dejar la taza: además del té amargo, dentro había hormigas secas del tamaño de la yema del pulgar. Aquella infusión tenía una composición compleja. Xu Yueping sonrió. —Pequeño Qin, un hombre tiene que aprender a beber. Además, estas hormigas negras son un gran tónico. ¡Son algo realmente bueno! Feng Yi'an volvió la cabeza hacia él. —Este joven parece muy tierno y no me resulta conocido. —Tío Feng, llámame pequeño Qin. Xu Yueping lo presentó: —Es Qin Ming. Tiene poco más de dieciséis años y acaba de completar su renacimiento. Es el joven más prometedor de nuestra región. Espero que pueda ir a la lejana Ciudad del Resplandor Escarlata para viajar y aprender. —Una buena semilla. Transformarse en la edad dorada… ¡qué cimientos tan envidiables! —dijo Feng Yi'an con profunda emoción. Los demás también lo elogiaron, llenos de envidia. Sabían muy bien lo inmenso que era el potencial de quienes poseían aquellos cimientos dorados. Los presentes brindaron una y otra vez. En medio del animado ambiente de la mesa, Feng Yi'an relató algunos sucesos insólitos de las montañas. —¿Alguna vez vieron unos campos misteriosos en lo más profundo de las montañas? Todos sus cultivos son dorados. Ni la niebla espesa puede ocultarlos: su deslumbrante luz de oro atraviesa el oscuro cielo nocturno… ¿De quién será, en realidad, esa comida?
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Estás leyendo el capítulo 9 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 23 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.