arrow_back

Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 8 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
En esta era, la oscuridad de la noche envolvía el cielo y la tierra. Las criaturas luminosas eran escasas. La aparición de una casi siempre significaba que era temible, letal, y que convenía alejarse cuanto antes de la zona donde se encontraba. Nadie sabía cuántos seres peligrosos acechaban en la inmensidad de las tierras salvajes. Atreverse a exponerse en un entorno plagado de peligros y emitir luz sin el menor reparo era, sin duda, una muestra de confianza. Con toda probabilidad, poseía una fuerza extraordinaria. Qin Ming se deslizó en silencio hasta el pie del árbol y se ocultó entre las sombras del bosque espeso, incapaz de calmarse. Aquella no era una criatura luminosa corriente: había iluminado ese sector del cielo nocturno. En una época sin sol, luna ni estrellas, semejante maravilla había surgido entre el cielo y la tierra sumidos en tinieblas. «¡Un insecto lunar!». Había oído hablar de ellos. Los ancianos solían contar a las generaciones más jóvenes que, en una antigüedad muy remota, habían existido el sol y la luna. Al ver la confusión en los ojos de los niños, recurrían al insecto lunar como ejemplo. «Si algún día alcanzan a divisar por casualidad un insecto lunar, sabrán qué aspecto tenía la luna». Cuando aparecía un insecto lunar, nadie necesitaba identificarlo: bastaba con verlo, pues era único en el cielo nocturno. Al principio, cuando aquella masa luminosa se elevaba lentamente, su resplandor era más suave. Qin Ming no sabía si se debía a una idea preconcebida, pero le había parecido distinguir vagamente la silueta borrosa de un insecto. Ahora brillaba con tal intensidad que resultaba imposible reconocer en ella forma alguna de insecto. Los haces de luz se entrelazaban como un disco espléndido, como si lo coronara una diadema divina, y alumbraban el cielo nocturno. La cigarra de breve vida no conoce la primavera ni el otoño. Por lo general, eran muy pocos los insectos capaces de sobrevivir al invierno y llegar al año siguiente. Según los ancianos, el insecto lunar había emigrado a aquella región hacía más de cincuenta años. Habitaba en las profundidades de la majestuosa cordillera y rara vez se mostraba en sus zonas exteriores. De acuerdo con las costumbres locales, hacía tiempo que lo habían registrado como un «insecto de renombre», uno que llevaba cincuenta años manteniéndose firme en las montañas. Había razones para creer que su verdadera fuerza quizá no fuera inferior a la de las bestias prodigiosas y los señores de la montaña que llevaban aún más tiempo en el mundo. Qin Ming quedó ensimismado. ¿Así era la luna en aquella remota antigüedad? Parecía que una lámpara de los palacios celestiales pendiera en lo alto de la noche, fulgurante, derramando una luz pura sobre los bosques negros y cubriendo las oscuras serranías. En un instante, la región quedó teñida de un tenue color plateado. Era completamente distinto de cuanto había visto hasta entonces. La espesa negrura de las montañas había sido disipada por completo. El cielo y la tierra parecían haberse transformado. Al contemplar aquel hermoso paisaje, Qin Ming no pudo evitar añorar la antigüedad en que existían el sol y la luna. ¿Cómo habría sido aquel mundo? Sabía que el insecto lunar solo iluminaba las dos montañas bajas de las inmediaciones y estaba muy lejos de igualar a la verdadera luna. A fin de cuentas, según los relatos, su fulgor alcanzaba diez mil li de distancia y su imagen dominaba la vastedad del cielo: aquella sí era una gran luz de verdad. En ese momento, todo permanecía en absoluto silencio. Tanto el rey de los jabalíes como la misteriosa criatura que lo perseguía, así como las demás aves y bestias, se mantenían ocultos y quietos. De pronto, una estela luminosa surcó el firmamento. El insecto lunar se alejó, y la región perdió rápidamente su esplendor. Los bosques de montaña volvieron a hundirse en unas tinieblas sin límites. Qin Ming sintió un vacío en el corazón. Luego lo invadió un intenso anhelo: ¿cuándo podría ir y venir con la misma libertad que el insecto lunar, sin que la noche eterna le ocultara el camino? No podía demorarse en esos pensamientos. Aprovechando que las fieras aún estaban intimidadas y no se atrevían a salir a sus anchas, se puso en marcha. Arrastró al ciervo de cuernos afilados y al lobo de cabeza de asno por encima de la montaña baja y se alejó a toda prisa. En las profundidades de las montañas resonó un aullido desgarrador, que se interrumpió de golpe. Parecía que una poderosa criatura había muerto en el lugar hacia el que se había lanzado el insecto lunar. El bosque permaneció en silencio. Ni las bestias anómalas de fuerza extraordinaria ni las «aves de renombre» que habían experimentado múltiples mutaciones estaban dispuestas a emitir sonido alguno. La aldea de los Dos Árboles apareció a la vista. Qin Ming regresó sin contratiempos con sus presas. Al acercarse a la entrada de la aldea, volvió la mirada. A su espalda se extendía una inmensidad salvaje, negra y sin límites. Los deslumbrantes paisajes de poco antes aún afloraban en su mente. Se sintió un poco aturdido. La luna de antaño había alumbrado el regreso de las nubes multicolores; ¿dónde se encontraba ahora? —¡Grrr! El ruido de su estómago y una intensa sensación de hambre lo devolvieron a la realidad. Se quedó sin palabras ante sí mismo. ¿Para qué pensar en tantas cosas inalcanzables? Lo que necesitaba ahora era resolver el problema de la comida y el abrigo. Con semejante frío, solo unos pocos niños se perseguían a la entrada de la aldea, reacios a quedarse en sus casas. —Hermano Qin, fuiste a las montañas... ¿y cazaste un ciervo de cuernos afilados tú solo? —Un muchachito flaco abrió los ojos de par en par, asombrado. Los niños, con las caritas enrojecidas por el frío, se acercaron juntos. Al ver al lobo negro de cabeza de asno, que pesaba varios cientos de jin, se llevaron un buen susto. Miraban las dos presas y no podían evitar tragar saliva a escondidas. —Vengan todos a mi casa dentro de un rato a comer carne —les dijo Qin Ming, sonriendo. Como una ráfaga de viento, arrastró las dos presas hasta su casa. Después de contenerse durante todo el camino, casi le daban ganas de probar la vida de quien come carne cruda y bebe sangre. Enseguida puso agua a calentar y llamó a Lu Ze y Liang Wanqing para que lo ayudaran. —Pequeño Qin, ¿estás herido? —Liang Wanqing era observadora y vio de inmediato las manchas de sangre de su hombro. —Es una herida leve. No es nada —respondió Qin Ming, negando con la cabeza. Lu Ze lo examinó. Al comprobar que la herida no era profunda y ya había formado una costra, se tranquilizó. Muy pronto, un aroma intenso se extendió por el pequeño patio. En la olla de hierro hervían grandes trozos de carne, mientras una pata de ciervo se asaba sobre el fuego, goteando grasa sin cesar. El vientre de Qin Ming retumbaba como un trueno. Incapaz de esperar más, cortó una loncha fina de la pata con un cuchillo pequeño y, sin importarle que quemara, se la metió directamente en la boca. —¡Ya está hecha y sabe muy bien! Wenrui, hoy tu tío cumplió tu deseo, ¿verdad? Wenrui probó un bocado. Sus ojos se curvaron como lunas crecientes, embelesado, y asintió una y otra vez como un pollito picoteando arroz. —¡Qué rico! Ya ni recuerdo cuánto hace que no como carne. ¡Tío, eres el mejor! Qin Ming invitó a Lu Ze y Liang Wanqing a comer primero. Ya terminarían de preparar la carne restante después. Wenhui, que apenas pasaba de los dos años, todavía no podía masticar la pata de ciervo asada y solo podía comer carne cocida y machacada hasta hacerla puré. Hizo un puchero, agraviado, y los miró con tal anhelo que todos se echaron a reír. Qin Ming atravesaba un momento crucial de su renacimiento. Su cuerpo le había enviado varias veces señales intensas, reclamando carne con desesperación. Ahora devoraba la comida y por fin encontraba satisfacción. En ese momento, varios niños asomaron la cabeza por la entrada del patio. Tenían las caritas sucias y, al aspirar el aroma de la carne, sus ojos brillaban de deseo. Sin embargo, les daba vergüenza entrar. Qin Ming les hizo señas de inmediato. —¿No les dije en la entrada de la aldea que vinieran? Vamos, entren todos y comamos juntos. —Gracias, hermano Qin. —Tío, qué bueno eres... Cada uno lo llamaba de una manera distinta. Entraron tímidamente en el patio y pronto estuvieron comiendo con los carrillos hinchados como pequeños hámsteres, exclamando entre bocados lo deliciosa que estaba la comida. —Despacio, que todavía queda mucha —dijo Liang Wanqing. Temiendo que se atragantaran, les sirvió un poco de caldo de carne. Qin Ming sentía que su carne y su sangre estallaban de júbilo. Era como si una lluvia benéfica empapara una tierra azotada por la sequía: innumerables brotes rompían el suelo, todo nacía de nuevo y surgía una vitalidad infinita. Percibía con claridad cómo crecían sus tendones, cómo sus articulaciones crujían de tanto en tanto. Además, veía y oía con mayor agudeza, y su vigor se volvía extraordinario. Una nueva gestación materna adquirida después del nacimiento: ¡su cuerpo estaba renaciendo de verdad! Lu Ze y Liang Wanqing ya habían dejado los cuencos y los palillos, pero Qin Ming seguía devorando grandes bocados de carne. Su apetito parecía un pozo sin fondo. Aquella manera de comer resultaba algo aterradora. Además, el sudor no dejaba de brotar de su cuerpo y se elevaba en forma de vaho blanco. —¡Su cuerpo está renaciendo y experimenta cambios violentos! —Lu Ze estaba muy sorprendido. No había imaginado que el proceso iniciado el día anterior pudiera continuar hasta ahora sin terminar; más aún, seguía acelerándose. ¿Hasta qué nivel llegaría? Los niños ya no podían comer más. Tenían los vientres redondos y una expresión de inmensa satisfacción en las caritas. Qin Ming advirtió que allí no terminaban de sentirse a sus anchas y les dijo con una sonrisa: —¿Ya comieron todos hasta quedar satisfechos? Entonces vayan a jugar. Muy pronto se difundió la noticia de que había cazado un ciervo de cuernos afilados y un bribón de la montaña. Los aldeanos estaban asombrados. En aquellos momentos, el exterior era sumamente peligroso y muchos ya no se atrevían a entrar en las montañas. Sin embargo, él había conseguido semejante botín. Sobre todo, la ferocidad del lobo mutado de cabeza de asno era bien conocida: una persona corriente que se topara con él difícilmente saldría con vida. Qin Ming apenas pasaba de los dieciséis años. ¿Cómo había podido enfrentarse a una fiera de varios cientos de jin? —¿Acaso ha renacido en la edad dorada? En poco tiempo, su pequeño patio se llenó de gente que le preguntaba por la situación en las montañas. Si ya eran seguras, también ellos pensaban ir de caza. —Mamá, tengo hambre —murmuró una niña con la ropa llena de remiendos. En aquel invierno de escasez, la carne asada del patio olía con especial intensidad. Algunos niños se escondían detrás de los adultos y la miraban con anhelo. Qin Ming conocía bien el sabor del hambre. Al contemplar aquellas caritas enrojecidas por el frío y sus expresiones lastimeras, se apresuró a llamarlos con un gesto. —Vengan todos a comer juntos. Los niños no se sentaron de inmediato. Antes miraron a sus padres, sencillos y algo cohibidos. Qin Ming continuó: —Tíos, a ustedes no los invitaré a comer aquí. Después cortaremos cinco jin de carne para que cada familia se los lleve a casa. —Pequeño Qin, no podemos aceptar... —Está decidido —dijo Qin Ming. En toda la aldea no había más que unas decenas de familias. Alcanzaba de sobra para repartirles una parte. —¡Qué buen muchacho es el pequeño Qin! Después tenemos que buscarle entre todos una esposa bonita. Ya va teniendo edad. —Eso no corre prisa —repuso Qin Ming, agitando las manos apresuradamente. El patio se llenó de risas y conversaciones. Los más felices eran los niños, sentados en corro, comiendo hasta dejar sus caritas relucientes de grasa. ... —Pequeño Qin, dile la verdad a tu tío: ¿has renacido? Yang Yongqing había llegado. Se habían cruzado antes de que comenzara la noche tenue. Apenas había pasado un rato desde que se separaron, y el muchacho ya era capaz de matar a un lobo mutado de cabeza de asno. La noticia le había dado un buen sobresalto. Qin Ming asintió con una sonrisa. —¿No dijo el tío Yang que iba a venir una joven de noble cuna y que debía esforzarme por mejorar y causar una buena impresión? A eso se sumó el peligro que pasé en las montañas. Todo me alteró tanto que el cuerpo empezó a calentarse sin parar y, de repente, renací. —Tú, muchacho, no eres tan sencillo como aparentas —dijo Yang Yongqing, señalándolo entre risas. Los presentes sabían muy bien que todo se debía a la extraordinaria condición física de Qin Ming y a los profundos cimientos que había acumulado. —¡Renacer en la edad dorada! ¡Es la primera vez en varias décadas que ocurre algo así en nuestra aldea de los Dos Árboles! —exclamó el viejo Liu, que vivía en la entrada de la aldea. Todos sabían lo que aquello significaba. Incluso en el conjunto de la región resultaba deslumbrante, y su futuro estaba lleno de posibilidades ilimitadas. En aquel frío extremo, capaz de convertir el aliento en cristales de hielo, el cuerpo de Qin Ming parecía un horno. Estaba cada vez más caliente, expulsaba grandes cantidades de sudor y se hallaba empapado. El vaho blanco casi lo envolvía por completo. —¡Su carne y su sangre tienen una vitalidad tan intensa! Es mucho más violento de lo que fue en mi caso... —Hasta la espesa barba de Yang Yongqing temblaba por la conmoción. Lo comprendía muy bien. Qin Ming renacía a un ritmo acelerado de pies a cabeza, por dentro y por fuera. Primero era como el otoño y el invierno, que barren las hojas marchitas; luego, como la primavera y el verano, que hacen brotar ramas y retoños. La sustancia pegajosa que cubría su piel era el resultado de cortar las hojas amarillentas y expulsar lo viejo y turbio. En su interior, en cambio, todo rebosaba vitalidad. Su sangre brillaba. Era como si hubiera regresado al vientre materno, donde gestaba una pujante fuerza de renacimiento que volvía a abrir los límites de su cuerpo. Qin Ming sintió que lo vencía el sueño. Después de comer y beber hasta saciarse, parecía a punto de sumirse en una peculiar «hibernación». Apenas podía mantener los ojos abiertos. Le pidió a Lu Ze que repartiera la carne entre las familias y él, obedeciendo al instinto de su cuerpo, se dispuso a entrar en la casa para dormir profundamente. —Hoy entierran a la abuela Zhou. Ve en mi lugar y lleva un poco más de carne a la familia Zhou. Resistiendo a duras penas la somnolencia, Qin Ming se lavó el cuerpo con agua helada y después se tendió en el lecho de ladrillo calentado. Los demás, aunque asombrados por lo que veían, no alcanzaban a comprenderlo tan profundamente. Yang Yongqing, que había visto mucho mundo, descubrió que Qin Ming parecía envuelto en una blanca bruma inmortal. Además, los vigorosos latidos de su corazón resonaban como golpes de tambor. ¡Aquello lo estremeció hasta lo más hondo! Lo más importante era que aún se encontraba en pleno «renacimiento», muy lejos de haber terminado. ¿Acaso, después de renacer esta vez, Qin Ming tendría una remota posibilidad de acercarse a aquellos jóvenes tan célebres de la luminosa ciudad lejana? Muy pronto, Yang Yongqing volvió a negar con la cabeza. Por excelente que fuera su constitución innata, ¿cómo iba a igualar los recursos acumulados por otros a lo largo de tres generaciones? Y eso sin contar con que ellos ya eran extraordinarios por sí mismos. En cuanto al muchacho y la muchacha que últimamente habían deslumbrado a aquella ciudad, superando a los renacidos en la edad dorada de todos los años anteriores, consideró que ni siquiera hacía falta pensar en ellos. No eran una comparación apropiada.
Noche sin límites (Novela)

Continúa leyendo

Noche sin límites (Novela)

Capítulo 9

Siguiente Capítulo ›

Noche sin límites (Novela) Capítulo 8

Estás leyendo el capítulo 8 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 23 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.