Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 7 online gratis en español
🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
Fuera de la aldea reinaba una oscuridad que apenas permitía distinguir el paisaje. A esas horas, muy pocos salían.
—¿Tío Yang?
Qin Ming no se había alejado mucho cuando descubrió a un hombre de complexión robusta.
Yang Yongqing se sorprendió.
—Pequeño Qin, todavía no ha llegado la noche tenue. ¿Sales tan temprano?
—Quería probar suerte en el campo, a ver si encuentro alguna bestia de montaña muerta de frío —respondió Qin Ming.
Yang Yongqing sonrió.
—Hemos pensado lo mismo. Acabo de dar una vuelta por las afueras de la montaña, pero, por desgracia, no encontré nada.
Qin Ming se quedó atónito. Aquel hombre de mediana edad y rostro cubierto por una espesa barba ya estaba de regreso. ¡Sí que había madrugado!
—¿Cómo va a ser lo mismo, tío Yang? ¿No estarías siguiendo el rastro de alguna presa rara y valiosa, dotada de cierta inteligencia?
Sabía que Yang Yongqing era muy capaz: uno de los escasos renacidos de la aldea de los Dos Árboles.
Apenas habían intercambiado unas palabras cuando vieron moverse una sombra a lo lejos.
—Un patrullero de montaña —murmuró Yang Yongqing.
En aquella era sin sol, las tierras salvajes resultaban especialmente peligrosas. Hacían falta personas de gran capacidad que recorrieran las montañas y vigilaran las amenazas.
Apareció un hombre con armadura de cuero. Era bastante alto, llevaba arco y flechas a la espalda y empuñaba una lanza de hierro. Con el largo cabello suelto, todo su ser rebosaba una fuerza salvaje.
—Hermano Shao —lo saludó Yang Yongqing por iniciativa propia.
Shao Chengfeng asintió. Rondaba los cuarenta años y tenía una mirada sumamente penetrante. Se detuvo cerca de ellos.
—Sale contigo siendo tan joven… ¿No será Er Bingzi?
—Er Bingzi es de la aldea vecina… —explicó Yang Yongqing.
—Vuestra aldea de los Dos Árboles no da la talla. En las últimas décadas no ha aparecido ni un renacido en la edad dorada —dijo Shao Chengfeng sin contemplaciones.
A Yang Yongqing aquello le parecía normal. En toda la región, apenas unos pocos podían renacer a los quince o dieciséis años. El talento no se podía forzar.
—Nadie habría imaginado hace unos años que Er Bingzi llegaría tan lejos. He oído que, después de reponer las carencias de su cuerpo, su condición física ha vuelto a mejorar —comentó.
Shao Chengfeng asintió.
—Desde luego, no es nada corriente. Lo que no sé es si podrá compararse con los más destacados de aquella ciudad luminosa de allá lejos.
—Difícil. Cada tierra cría a su propia gente —dijo Yang Yongqing, con cierta emoción.
Había visto la prosperidad de la ciudad y conocía el esplendor que proporcionaban los libros de fortalecimiento de alto nivel.
—Así es —admitió Shao Chengfeng, aceptando aquella realidad—. He oído que allí han surgido dos jóvenes extraordinarios, un muchacho y una muchacha, que superan a los renacidos de la edad dorada de todos los años anteriores. Han deslumbrado a toda la región.
—Es, sin duda, una tierra que engendra talentos excepcionales.
Yang Yongqing sentía admiración, pero no envidia. Aquellas personas estaban demasiado lejos de ellos; no había comparación posible.
Qin Ming escuchó atentamente toda la conversación, sin intervenir.
Tras aquella breve parada, Shao Chengfeng desapareció en la noche.
Nadie sabía qué clase de seres habitaban en las profundidades de las oscuras cordilleras ni cuántas poblaciones peligrosas se ocultaban allí. Por eso hacían falta patrulleros de montaña que vigilaran las zonas exteriores y dieran la alarma.
—Los patrulleros de montaña son todos muy capaces. ¿Tienen que adentrarse en las montañas cada día? —preguntó Qin Ming.
—Algunos se toman su deber muy en serio —respondió Yang Yongqing.
Qin Ming se quedó desconcertado. ¿Significaba eso que otros no se lo tomaban en serio en absoluto? No habría imaginado que aquel hombre corpulento y barbudo respondería de una forma tan velada.
—La situación en la montaña es muy extraña últimamente. Hay demasiado peligro. Calculo que pronto los de arriba organizarán una «operación de barrido de montaña», y seguramente vendrán también descendientes de grandes familias. Pequeño Qin, tienes que esforzarte y procurar renacer en la edad dorada.
Yang Yongqing le dio unas palmadas en el hombro.
—Si alguna joven de familia noble que venga hasta aquí se fija en ti, quizá puedas cambiar tu destino.
Se separaron, y Yang Yongqing regresó a la aldea.
Qin Ming fue asimilando aquellas noticias mientras se dirigía al campo.
Avanzaba a gran velocidad por la nieve que le llegaba al pecho, como si surcara las olas. Los copos salpicaban a ambos lados de su camino.
Para entonces, la oscuridad ya no era tan densa. Había llegado la noche tenue, y los bosques de la montaña se vislumbraban entre las sombras.
Qin Ming se detuvo a las afueras de la montaña y extremó la vigilancia. Nadie sabía qué peligros acechaban en los lugares que no alcanzaba a distinguir.
Le rugió el estómago. Su cuerpo volvía a reclamar alimento. Antes, al encontrarse con conocidos por el camino, había logrado contenerlo a la fuerza, pero ahora ya no podía.
El ácido le subía por el estómago. Miró el bosque oscuro, aferró con fuerza su horquilla de caza y se internó en él de un salto.
Pasó de largo el territorio de las ardillas mutantes y cruzó la colina, adentrándose más que la vez anterior.
Apenas penetró un poco en el bosque, encontró numerosos rastros: huesos de animales hechos pedazos y enormes huellas de pezuñas. Al menos no tenía que preocuparse por la dificultad de caminar sobre una capa demasiado gruesa de nieve; muchos animales ya habían abierto pequeños senderos con sus pisadas.
Le llegó un gemido, como el llanto de una mujer. En un bosque salvaje como aquel, resultaba muy extraño.
Qin Ming aceleró de golpe y buscó el origen del sonido entre las montañas. Pronto estuvo cerca.
Desde la negrura del bosque lo miraban varios pares de ojos verdes. Entre las sombras se distinguían más de una docena de criaturas.
A quien ignorara la verdad, aquel llanto quizá lo habría asustado. Para alguien habituado a recorrer el campo, en cambio, podía representar una oportunidad.
Qin Ming irrumpió allí con la horquilla de caza en la mano. Enseguida resonó un batir de alas: más de una docena de criaturas se lanzaron velozmente al cielo nocturno, espantadas por su llegada.
Eran aves nocturnas carnívoras, de dos chi de longitud, que vivían en bandadas. Su voz parecía un llanto espectral. Cazaban toda clase de animales pequeños y, en ocasiones, también atacaban a los humanos.
Qin Ming llegó en un instante y lamentó su mala suerte. En el suelo solo quedaban un montón de huesos ensangrentados y unos pedazos de piel desgarrada y manchada de sangre. Se habían comido entero un ciervo de agua.
Había fracasado en su intento de arrebatarles la comida. Se dio la vuelta y se marchó, atento a un posible ataque de aquellas aves nocturnas carnívoras.
En un claro de árboles dispersos encontró manchas de sangre y huellas de zarpas más grandes que la boca de un enorme cuenco. Debía de ser el lugar donde había comido una gran fiera.
Los restos, calculó, se los habrían llevado otros animales carnívoros.
Tal como había dicho Lu Ze, incluso las zonas exteriores del bosque se habían vuelto peligrosas. Bastaba imaginar cómo serían las profundidades de la cordillera.
Sin bajar la guardia, Qin Ming abandonó aquel lugar ensangrentado.
Poco después descubrió numerosas huellas de pezuñas en la nieve. Se animó al instante y las siguió.
Más de veinte siluetas oscuras se alzaban ante él en la noche. Todas eran grandes y, reunidas, imponían bastante.
—¡Ciervos de cuernos afilados!
El rostro de Qin Ming se iluminó de alegría.
Antes, rara vez aparecían manadas de ciervos por aquella zona.
Descolgó el arco y las flechas y apuntó a un gran macho.
No eran ciervos dóciles. Los machos adultos tenían seis cuernos repartidos entre los lados y la parte delantera de la cabeza. Todos eran planos y afilados como seis cuchillos de acero. Si embestían a alguien, sin duda le abrirían heridas mortales.
Incluso algunas fieras no se atrevían a atacarlos de frente y los sorprendían por detrás. Cualquier persona que cayera en medio de una manada así tendría un final miserable.
Qin Ming tensó el duro arco hasta darle la forma de una luna llena. Con un silbido, la flecha de hierro salió veloz como un relámpago y se clavó en el pulmón del macho.
Los ciervos de cuernos afilados siempre habían sido feroces y se atrevían a enfrentarse a toda clase de depredadores. Tras recibir el flechazo, aquel gran macho no huyó: cargó de inmediato en dirección a Qin Ming.
Después de un breve sobresalto, la manada lo siguió a la carrera. La nieve saltaba por los aires y el denso golpeteo de las pezuñas hacía temblar levemente aquel tramo del bosque.
Qin Ming no se alteró. Volvió a tensar el arco y acertó de nuevo con precisión. La flecha de hierro llevaba tanta fuerza que se hundió por completo e hizo tambalear varias veces al gran macho.
Guardó el arco y las flechas y trepó con calma a un árbol de tronco muy grueso, refugiándose a varios metros del suelo.
En un bosque tan denso, una vez subido a un árbol era difícil apuntar a las presas: muchas ramas bloqueaban la línea de tiro.
Tras correr un trecho, el gran macho empezó a trastabillar. Ya no pudo resistir y cayó pesadamente sobre la nieve.
La manada se asustó. Todos se detuvieron y luego se alejaron con un estruendo de cascos.
Qin Ming esperó un momento. Como no apareció ninguna bestia de montaña peligrosa, saltó del árbol y se acercó con la horquilla de caza.
Aquel ciervo de cuernos afilados, de pelaje pardo negruzco, era extraordinariamente robusto. Pesaba nada menos que setecientos jin y ni siquiera había adelgazado durante el invierno.
Qin Ming estaba muy satisfecho con semejante captura.
El bosque era peligroso y no convenía demorarse. Arrastró el ciervo de cuernos afilados y emprendió de inmediato el regreso por el mismo camino.
Comprobó las ventajas del «renacimiento». Con su fuerza enormemente acrecentada, podía arrastrar una presa tan pesada a toda velocidad por la nieve sin sentir cansancio.
En aquellas tierras crecían muchas clases de árboles, como alerces y píceas, que a menudo alcanzaban decenas de metros de altura y se alzaban hacia la noche.
El viento de la montaña fue arreciando. Levantaba granos de nieve que le golpeaban el rostro y le hacían daño.
En medio del silbido del viento helado, a Qin Ming se le erizó la piel: dos enormes zarpas peludas se habían posado sobre sus hombros desde atrás.
Al mismo tiempo sintió a su espalda un aliento caliente que le rozó el vello de la nuca. Comprendió que debía de ser una boca inmensa, ya muy cerca, dispuesta a destrozarle la parte posterior del cuello de un mordisco.
Encogió los hombros, se agachó y rodó hacia un lado sobre la nieve sin perder un instante.
Aun así, sangró. Las enormes zarpas que le apretaban los hombros tenían una fuerza tremenda. Como afilados ganchos de hierro, desgarraron su ropa acolchada y le hirieron ambos hombros.
La nieve estalló de golpe. Una aterradora sombra negra había permanecido oculta en una hondonada nevada. Alta y robusta, se incorporó de un salto y se abalanzó tras él.
Qin Ming reaccionó con rapidez. Se deslizó por el suelo como una serpiente y logró zafarse por muy poco.
La feroz sombra volvió a lanzarse al ataque. Sus enormes zarpas afiladas podían arrancarle a una persona toda la cara. Abrió además las fauces y dejó al descubierto unos dientes puntiagudos que brillaban con un fulgor helado.
Qin Ming no tuvo tiempo de ponerse en pie, pero no perdió la calma. Extendió ambas manos y aferró con violencia las dos extremidades delanteras, inmovilizándolas con firmeza.
Aquellas zarpas espantosas estaban tan cerca de su rostro que casi lo rozaban, pero no conseguían descender.
Solo cuando quedaron frente a frente pudo ver por fin el aspecto de aquella criatura.
Tenía una enorme cabeza de asno, unas fauces anchas y una larga crin negra detrás del cuello. Su cuerpo era el de un lobo de montaña. Con extrema ferocidad, intentó morderle la garganta.
La situación era peligrosísima. El aliento que salía de aquellas grandes fauces rojizas ya le golpeaba la cara, cargado de un intenso hedor a sangre.
Qin Ming mantuvo la serenidad ante el peligro. Sujetó con todas sus fuerzas las extremidades delanteras y opuso las propias zarpas del animal a su boca repleta de dientes, haciendo que se estorbara a sí mismo.
Mientras forcejeaba, había encogido el cuerpo y recogido las piernas para acumular fuerza. De pronto las estiró y le propinó una brutal patada en el vientre.
Qin Ming estaba experimentando el renacimiento y su fuerza era asombrosa. De una sola patada hizo volcar a aquella bestia de montaña de varios cientos de jin, que dio varias vueltas por el suelo.
—¡Un lobo de cabeza de asno!
Fijó los ojos en la fiera negra que tenía delante.
También lo llamaban el bribón de la montaña. Tenía cabeza de asno y cuerpo de lobo de montaña, pero era mucho más poderoso que un lobo de montaña. Un ejemplar normal pesaba como mínimo ciento ochenta jin; aquel había mutado claramente y alcanzaba los cuatrocientos.
¡Una persona corriente que se topara con él estaba condenada a morir!
Sus extremidades eran muy largas y podía caminar erguido. Algunos ancianos de la zona habían presenciado la extraña escena de un bribón de la montaña que caminaba con una presa al hombro.
La criatura mutante que tenía delante era cruel y astuta. En el mismo instante en que se levantó, hundió en la nieve la horquilla de caza que tenía cerca y la mantuvo aplastada.
Qin Ming se quedó sin palabras. Realmente poseía cierta inteligencia: sabía que debía separarlo de su arma.
Los ojos del lobo de cabeza de asno rezumaban ferocidad. Su espesa crin se erizó y de pronto se alzó sobre las patas traseras, ganando una buena altura. Rugió allí, con una presencia imponente.
Qin Ming no se amedrentó en lo más mínimo. Sacó el cuchillo corto que llevaba a la espalda y avanzó hacia él. Se hallaba en plena transformación del renacimiento; si lo enfrentaba de cara, consideraba que podría matarlo incluso con las manos desnudas.
El lobo de cabeza de asno se movió, trayendo consigo una ráfaga de hedor a sangre y levantando la nieve del suelo. Dejó escapar un rugido sordo que hizo caer los copos acumulados en las ramas.
El cuchillo corto de Qin Ming chocó con sus enormes zarpas y emitió un claro tintineo vibrante.
Erguido, con los ojos inyectados en sangre, el lobo de cabeza de asno trató de abrazarlo para despedazarlo a mordiscos.
Qin Ming se movió como un rayo. El resplandor del cuchillo relampagueó; la boca del animal empezó a sangrar y sus colmillos quedaron cortados.
Lo siguió de inmediato. Su pierna derecha barrió el aire como un látigo de hierro y se estrelló con fuerza contra el cuerpo de la bestia. Entre crujidos de huesos, esta soltó un alarido desgarrador.
Qin Ming se arrojó sobre ella y aplastó contra la nieve al lobo de cabeza de asno de cuatrocientos jin. Descargó sobre él una sucesión de puñetazos.
Con un chasquido, le rompió el cuello. La cabeza quedó torcida a un lado, y el animal dejó de moverse.
Era una criatura mutante y su lustroso pelaje negro tenía un gran valor. Había logrado conservarlo bastante intacto.
Cualquier testigo se habría horrorizado: aquel lobo de cabeza de asno mutante, de una ferocidad extraordinaria, había muerto bajo los puños de Qin Ming.
Poco después, Qin Ming encontró en su cuerpo una punta de flecha de hierro que había quedado incrustada.
Pudo confirmar que debía de ser la criatura mutante que lo había atacado en el camino la vez anterior, cuando había ido a saquear el nido de las ardillas rojas.
Entonces estaba demasiado lejos y no había podido verla con claridad, pero sí la había alcanzado con una flecha.
Qin Ming se palpó los hombros. Las heridas no eran profundas y pronto dejaron de sangrar. En realidad, había pasado por un peligro extremo. Si hubiera reaccionado un instante más tarde, no solo le habrían desgarrado los hombros: también le habrían destrozado la nuca de un mordisco.
Había gastado bastantes fuerzas. Su vientre retumbaba sin cesar como un tambor, y el hambre le producía una angustiosa debilidad. Le habría encantado asar allí mismo una pata de ciervo y darse un festín.
Sin embargo, encender fuego en la noche equivalía a levantar un faro entre la niebla, una luz que señalaba el camino. Revelaría su posición a todas las criaturas del bosque. Era demasiado peligroso.
Qin Ming miró el lobo de cabeza de asno que tenía a los pies y el ciervo de cuernos afilados que yacía no muy lejos. Luego observó la colina de delante. Cruzarla con aquellos dos enormes animales sería una verdadera molestia.
Decidió «aligerar la carga».
El ciervo de cuernos afilados y el lobo de cabeza de asno acababan de morir y sus cuerpos seguían calientes. En cuanto les abrió la piel con el cuchillo corto, brotó la sangre y tiñó de rojo la nieve.
Aunque era un muchacho de facciones delicadas y limpias, tenía una gran capacidad para sobrevivir en la naturaleza, pues siempre había vivido por sus propios medios.
Manejando el cuchillo con rapidez, extrajo las vísceras de ambas presas de forma sencilla y eficaz. Las enterró de inmediato en la nieve para ocultar el olor a sangre.
—Espero que no haya criaturas peligrosas cerca.
Qin Ming consideró que no habría mayor problema: al fin y al cabo, ya se encontraba en la zona exterior del bosque.
Sin embargo, apenas llegó a media ladera, oyó un enorme estrépito a lo lejos.
No era un ruido corriente. Muchas aves del bosque se lanzaron al cielo nocturno, espantadas, y numerosas bestias de montaña huyeron a toda velocidad.
«¿El olor a sangre ha atraído a una bestia gigantesca?»
Qin Ming frunció profundamente el ceño y miró hacia el bosque denso de la distancia.
El estrépito se fue acercando, acompañado de rugidos. La nieve del suelo saltaba revuelta y, de tanto en tanto, se oía quebrarse alguna rama.
Pronto vio una mole enorme, alta y robusta como un vehículo blindado. Era de una ferocidad extrema y derribaba cuanto obstáculo encontraba a su paso.
Estaba herida y tenía el cuerpo manchado de sangre. Debía de ser una bestia gigantesca que había perdido una lucha y huido hasta aquella zona. No venía por Qin Ming.
Él aspiró una bocanada de aire frío. ¡Era un jabalí de dimensiones aterradoras, que pesaba como mínimo mil quinientos jin!
Un jabalí de seiscientos jin ya podía reinar entre los suyos, y aquel superaba con mucho a sus congéneres. Estaba cubierto de cerdas gruesas y duras como agujas de acero, y sus colmillos blancos como la nieve eran más largos que el antebrazo de un adulto. Tenía un aspecto feroz en extremo.
Qin Ming no pudo evitar preguntárselo: si hasta un rey jabalí tan formidable había sido derrotado, ¿qué criatura lo estaba persiguiendo para matarlo?
Había supuesto que aquella mole pasaría al pie de la colina y seguiría de largo. Pero su hocico se contrajo al olfatear, y de pronto empezó a cargar cuesta arriba.
Tras resultar herido, estaba sumamente sensible. El olor a sangre del bosque lo había estimulado.
Qin Ming comprendió que se encontraba en un grave apuro. No solo porque aquella bestia gigantesca era extremadamente peligrosa, sino también porque la misteriosa criatura que la perseguía podía seguirla hasta allí.
Vagamente, ya alcanzaba a oír movimientos en el bosque denso de la distancia.
El ruido del viento fue debilitándose hasta desaparecer poco a poco.
El rey jabalí, semejante a una pequeña montaña, irrumpió allí con una violencia brutal. Sus pisadas hacían volar la nieve y embestía todo a su paso. Las ramas que se interponían en su camino quedaban partidas y esparcidas por doquier; incluso algunos árboles secos se quebraban por el tronco.
El semblante de Qin Ming cambió levemente. Trepó a un árbol cuyo tronco requería varios hombres para rodearlo entre todos. Desde lo alto, se preparó para disparar con el arco a los ojos, el corazón y otros puntos vitales cuando la bestia se acercara.
El enorme rey jabalí se aproximó con las cerdas negras, gruesas y duras, erizadas por todo el cuerpo. Cuando levantó la cabeza, su rostro quedó claramente a la vista: ¡estaba cubierto por una capa de escamas negras! Despedían un frío brillo metálico que le daba un aspecto aún más feroz y aterrador.
Qin Ming frunció el ceño. Aquel gigantesco y opresivo rey jabalí ya lo había tomado definitivamente como blanco. Colocó una flecha de hierro en la cuerda y apuntó hacia abajo.
De pronto percibió que algo no iba bien. El bosque había enmudecido en un instante. Todas las aves y rapaces que acababan de alzarse al cielo nocturno habían desaparecido. Las bestias de montaña que huían parecían haberse esfumado también. Aquel inmenso bosque había quedado súbitamente sin el menor sonido. Era algo muy anormal.
Al mismo tiempo, vio elevarse una masa de luz desde una cima lejana. Al principio era suave, pero pronto se volvió esplendorosa y siguió ascendiendo poco a poco.
En aquel instante, el irascible rey jabalí ni siquiera se atrevió a emitir un sonido. Retrocedió en silencio, temeroso de quebrar alguna rama. Cauteloso como un gatito, se ocultó en una zona oscura de vegetación espesa. Por último, se agazapó en una hondonada y se cubrió de nieve.
En la era de la noche eterna, el cielo debía estar vacío, sumido en una oscuridad perpetua.
Pero, en aquel momento, la masa de luz brillaba cada vez más en el cielo nocturno, como una luna clara suspendida en lo alto.
Qin Ming sintió una profunda conmoción, porque sabía que, en realidad, aquello era un insecto.

Continúa leyendo
Noche sin límites (Novela)
Capítulo 8
Noche sin límites (Novela) Capítulo 7
Estás leyendo el capítulo 7 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 23 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.