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Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 6 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
El corazón de Qin Ming se agitó. Aquella «serie de movimientos» que le habían dicho que no podría dominar… ¿acaso ahora había alcanzado la armonía y logrado ejecutarla por completo? Había regresado de las tierras salvajes, y en su interior parecía arder una llama. Hasta el frío invierno se había vuelto cálido. La fuerza que crecía por todo su cuerpo no era una ilusión: con un golpe de la punta del pie, levantó del suelo el rodillo de piedra del patio. Dio un salto y sintió que permanecía largo rato suspendido en el aire, lo suficiente para arrancar un puñado de nieve del alero. Cuando exhaló, un chorro de aire blanco salió disparado como una larga lanza envuelta en abundante bruma, con un sonoro silbido al surcar el aire. Qin Ming realizó movimientos intensos mientras respiraba con el abdomen. Su figura se desplazó de un lado a otro, levantando la nieve del suelo hasta media altura y haciendo que en el patio volviera a caer una espesa nevada de grandes copos. Cada movimiento suyo arrastraba consigo todos los huesos de su cuerpo. Lanzó un golpe horizontal con el brazo y dispersó de inmediato todos los copos que danzaban ante él. La vitalidad de su carne había aumentado enormemente. Todo su cuerpo ardía, y unos trazos plateados se entretejían entre sus poros, arrastrando abundante sudor, como si estuvieran purificando su organismo. Qin Ming se sentía extraordinariamente bien. Una débil capa de luz plateada lo envolvía de pies a cabeza. Incluso durante el «renacimiento», semejante manifestación era poco frecuente. Se ejercitó durante mucho tiempo y consumió una enorme cantidad de energía. Solo se detuvo cuando sintió un verdadero cansancio. El renacimiento era un proceso. Qin Ming consideraba que su cuerpo estaba transformándose y que su deseo se haría realidad en los próximos días. No entró en casa. Se sentó tranquilamente en el patio y dejó que la nieve que había levantado cayera sobre él. No temía la acometida del frío: sentía una agradable calidez por todo el cuerpo. Era algo completamente distinto de antes. Cuando apenas se había recuperado de la enfermedad, sentía frío incluso sobre el lecho de ladrillo calentado, envuelto en una gruesa colcha de algodón. Qin Ming cerró los ojos, visualizó su propio cuerpo y reprodujo en su mente aquellos movimientos de gran dificultad que acababa de ejecutar, ejercitando así la fuerza de su conciencia. Las ondulaciones plateadas que acababan de desvanecerse aparecieron de nuevo. Su respiración, guiada por sus pensamientos, se reajustaba sin cesar, hasta volverse extraordinariamente compleja y difícil de seguir. Los pensamientos nacían del espíritu, y el aliento se movía con la intención. Gracias a ello, los destellos que recorrían su piel se intensificaron un poco. El patio quedó en silencio. La nieve cubrió a Qin Ming. Tras mucho tiempo, dejó de pensar y de aferrarse a cualquier idea; vació por completo su mente. Solo cuando la luz plateada de su cuerpo desapareció del todo abrió lentamente los ojos. Sintió los cambios que se producían en su interior y tuvo la certeza de que allí estaba gestándose una vigorosa fuerza de renacimiento. Qin Ming alzó sin dificultad la piedra de molino del patio, que pesaba más de doscientos jin, y luego volvió a depositarla con suavidad. «Lo más probable es que el renacimiento se complete en dos días». Ahora tenía una idea bastante clara. En ese momento, como era de esperar, sintió hambre. Un hambre intensísima. Qin Ming preparó una olla de sopa de hongos. Tomó nueces, almendras y castañas como plato principal, y azufaifas y frutos de espino como acompañamiento. Comió con verdadero placer. Una vez que hubo descansado lo suficiente, comenzó otra ronda de ejercicios. Quería acelerar el proceso del «renacimiento». Se movía como un arco que soltaba su cuerda, estallaba como el trueno y arrastraba consigo la nieve de todo el patio. La vitalidad de su carne no dejaba de aumentar. Así, cuando se cansaba, descansaba un rato; cuando tenía hambre, se daba un festín de frutos secos, y cuando recuperaba las fuerzas, volvía a ejercitarse. Desde la noche tenue hasta la noche profunda, una exuberante vitalidad bulló en él sin cesar. Antes de acostarse, se aseó con agua fría que contenía fragmentos de hielo, sin sentir frío alguno. Su cuerpo esbelto no tenía ni una pizca de grasa sobrante; sus músculos eran firmes y sus líneas, armoniosas. De su cabello negro y húmedo caían gotas de agua. Bajo el resplandor encendido de la piedra solar, su piel brillaba y transmitía una clara sensación de fuerza. Durmió apaciblemente, sin soñar, sumido en el sueño más profundo. Como su renacimiento se estaba acelerando, su cuerpo permaneció lleno de una vitalidad fresca y renovada. Al día siguiente, el apetito de Qin Ming aumentó enormemente. Ya había pasado a comer siete veces al día. La causa principal era el enorme consumo que exigía aquella transformación adquirida, semejante a volver a gestarse en el vientre materno. Hasta la comida más sabrosa acababa por empalagar después de tantas comidas seguidas. Además, todo eran alimentos secos, y tenía que acompañarlos con agua caliente. —Qué lástima que queden tan pocos hongos. Ya ni siquiera puedo preparar una sopa fresca —se lamentó Qin Ming. Lo que le hizo fruncir el ceño fue que sus reservas de comida empezaban a escasear. A ese ritmo, solo alcanzarían para un día más. —¿Acaso soy un pozo sin fondo? Más de media bolsa de piel de alimentos secos y solo me alcanza para tres días —murmuró. No podía interrumpir aquella «serie de movimientos» que favorecía el renacimiento. En reposo era como una montaña; en movimiento, como un águila que surcaba el cielo. La luz plateada que brotaba de sus poros se volvía cada vez más intensa. Percibía con claridad que su condición física mejoraba. No era algo que sucediera de golpe, sino una transformación gradual. Qin Ming se acercó a un lado del pequeño patio e intentó levantar juntas las dos piedras de molino, la superior y la inferior. Hizo fuerza de repente y, para su sorpresa, consiguió separarlas del suelo. Justo entonces, Lu Ze abrió la puerta del patio y entró. Se quedó boquiabierto. —Pequeño Qin, tú… —Su rostro reflejaba asombro. El día anterior aún se había lamentado por él, creyendo que perdería la oportunidad de renacer durante la edad dorada, y hoy se encontraba con aquella escena. En el patio vecino, separado por un muro, Liang Wanqing oyó el ruido y también se acercó. Cuando supo lo que había ocurrido, quedó aturdida. —Igual que Er Bingzi, el de la aldea vecina: apenas ha renacido y ya puede levantar más de cuatrocientos jin —dijo Lu Ze, sinceramente feliz por Qin Ming. —Renacer durante la edad dorada… El pequeño Qin de verdad lo ha conseguido —dijo Liang Wanqing. En todos aquellos años, era el primero de la aldea de los Dos Árboles en lograrlo. —¡Tío, eres increíble! —Wenrui también llegó corriendo. Lo miró alzando la cabeza, con sus grandes ojos brillantes y el rostro lleno de admiración. —Siento que los cambios del renacimiento todavía continúan —dijo Qin Ming. Ya se había dado cuenta de que el proceso duraría más de lo que había calculado al principio. Aún estaba lejos de terminar. Liang Wanqing lo miró con sorpresa. —En nuestra región, incluso cuando alguien renace durante la edad dorada, una vez que se estabiliza, el límite es levantar un trípode de quinientos jin. ¿Será que el pequeño Qin va a alcanzarlo? —Dicen que en aquella ciudad luminosa de la lejanía hay jóvenes capaces de levantar trípodes de seiscientos jin —dijo Lu Ze. Tenía muchas ganas de saber hasta dónde llegaría Qin Ming cuando concluyera la transformación de su renacimiento. De pronto se oyó alboroto en la calle. Liang Wanqing salió y regresó poco después. —La abuela Zhou está muy mal. Qin Ming la había visto en el camino el día anterior. Al recordar su cuerpo frágil y su rostro sin color, comprendió que, en efecto, su estado no era nada bueno. —¿Qué le ha pasado? —preguntó Lu Ze. Liang Wanqing suspiró. —Al parecer, últimamente comía demasiado poco. Y como su salud ya era mala, terminó por enfermar. Qin Ming y Lu Ze salieron a la calle y se enteraron de los detalles. El hijo de la abuela Zhou había salido de la aldea hacía un tiempo. No había traído comida y, en cambio, había regresado con heridas bastante graves: tenía roto el hueso del brazo derecho. Aquel invierno, todas las familias pasaban escasez. Al ver herido al sostén de su hogar, la abuela Zhou vivía consumida por la preocupación. Todos los días apartaba a escondidas la comida que le correspondía, tomando apenas un poco para engañar al estómago. Ya se había reunido mucha gente en el patio de los Zhou. Cuando Qin Ming y Lu Ze entraron en la casa, encontraron a la abuela Zhou inmóvil. Tenía el rostro amarillento como la cera y ya no respiraba. Dos niños lloraban arrodillados junto a ella, llamando a su abuela a gritos. Antes de morir, la abuela Zhou les había dicho dónde había comida. Había escondido algunos tubérculos de tierra y panes al vapor, fríos y duros, en una cesta de bambú bajo el hielo y la nieve. De los frutos secos que Qin Ming le había regalado, no había querido comer ni uno solo. Solo aquel día su familia descubrió que había estado racionando lo que comía y procurando guardar toda la comida que pudiera. Temía que su hijo, Zhou Changyu, gravemente herido, ya no pudiera traer más alimentos. Temía que su nieto y su nieta pasaran hambre. Antes que eso, prefería comer menos, o no comer en absoluto. Cuando supo la verdad, a Zhou Changyu se le partió el corazón. Aquel hombre de casi treinta años tenía el rostro bañado en lágrimas. Se abofeteaba con fuerza, diciendo que era un inútil, un mal hijo, por no haberse dado cuenta antes. Su esposa también estaba arrodillada allí y lloraba desconsoladamente. Muchos de los presentes suspiraban. En un año como aquel, toda la región sufría la calamidad. A todos les faltaban ropa y comida; nadie lo tenía fácil. Qin Ming sintió una opresión en el pecho. Dos días antes, cuando había visto a la abuela Zhou con el rostro pálido, ella aún había sacado con manos temblorosas unos trozos secos de tubérculo de tierra, empeñada en ponérselos en la mano. Ahora no hacía falta pensarlo para saber que aquello era parte de la ración que guardaba a escondidas cada día. Una anciana tan buena había muerto así, sin más. Qin Ming permaneció en silencio durante mucho tiempo. Cuando terminó la noche tenue, la gente del patio fue marchándose poco a poco. Qin Ming regresó con una bolsa de tela que contenía cinco jin de frutos secos. Se la entregó a Zhou Changyu y le pidió que se cuidara en su duelo. —¡Hermano Qin! —Con los ojos enrojecidos, Zhou Changyu quiso rechazarla. Sabía muy bien lo difícil que era encontrar comida en el exterior en aquellos momentos. Qin Ming se la puso en las manos y le indicó que la aceptara. Después dio media vuelta y se marchó. Ya era muy tarde, pero aún se oían los llantos en casa de los Zhou. Sentado en su patio a oscuras, Qin Ming pensó que los demás al menos tenían familiares que lloraran por ellos. ¿Y él? Aquellos rostros poco nítidos que guardaba en el corazón se volvían cada vez más borrosos. Temía que un día los olvidara por completo y no le quedara ni un solo recuerdo. En aquella gélida noche de invierno, alzó la mirada hacia un cielo nocturno en el que nada se veía. Permaneció ensimismado largo rato, embargado por una soledad imposible de expresar. En su corazón había unas luces difusas y unas siluetas desvaídas. Quería acercarse para verlas con claridad, pero nunca conseguía alcanzar aquellos recuerdos de infancia que hacía tanto habían perdido el color. De pronto lo alcanzó un aura que estremecía el corazón, opresiva hasta lo insoportable. El cuerpo de Qin Ming se tensó al instante. En aquel cielo tan oscuro que uno no podía verse la mano ante los ojos, aparecieron dos faroles dorados, misteriosos y aterradores. Entonces, en la tranquila noche de invierno se desató un vendaval. Toda la nieve del suelo se levantó con violencia, y los tejados temblaron tan intensamente que parecían a punto de salir arrancados. En el cielo nocturno, negro como un abismo, aquel par de faroles dorados cruzó las alturas acompañado por vientos cortantes. La presión que desprendía era tan aterradora que casi impedía respirar. Las pupilas de Qin Ming se contrajeron. Supuso que debía de tratarse de un ser superior, de un tamaño inconcebible. Batía las alas como una nube oscura que cubriera el firmamento y pasaba sobre la aldea de los Dos Árboles. Los faroles dorados eran sus ojos. A medida que se alejaba, el vendaval que se había levantado de repente perdió fuerza con rapidez y terminó por disiparse. La aldea se agitó. Muchos salieron de sus casas y comenzaron a comentarlo. Los ancianos de más edad habían vivido sucesos parecidos. Aunque todos tenían el semblante grave, dijeron a los más jóvenes que no se alarmaran: seguramente era un ser superior que estaba de viaje y no hacía más que pasar por allí. Qin Ming regresó de la calle y permaneció sentado largo rato en el patio, contemplando el manto infinito de la noche. La oscuridad cubría el cielo y la tierra y cortaba los caminos hacia lugares lejanos, volviendo aquel mundo aún más misterioso. Algo se agitó en su corazón. Deseaba salir, recorrer aquella vasta tierra y ver cuanto hubiera en ella. Por fin se levantó con decisión y practicó, una tras otra, las series de movimientos específicos que mejor recordaba de su infancia. Por mucho que uno anhelara algo, necesitaba fuerza para conseguirlo. Poco a poco, una vigorosa fuerza de renacimiento brotó de su cuerpo, y una tenue bruma luminosa se extendió por su piel. Mucho después sintió un hambre como nunca antes había conocido. Los cambios del renacimiento no se habían detenido; incluso parecían haberse intensificado. Qin Ming comió un montón de alimentos secos con agua caliente y ni aun así quedó satisfecho. Cuando le vinieron a la mente la ardilla mutada y las cabras negras de la casa de Yang Yongqing, junto a la entrada de la aldea, no pudo evitar tragar saliva. Tenía unas ganas terribles de comer carne. Bastaba con pensar en ello para que le pareciera percibir su intenso aroma. Comprendió que su cuerpo le estaba enviando una señal: necesitaba alimentos que lo fortalecieran. Solo después de comer otro montón de frutos secos empezó a desvanecerse lentamente aquella ansia fuera de lo común. «Parece que, en cuanto llegue la noche tenue, tendré que volver a las montañas». Debía responder a la llamada de su cuerpo y asegurarse de que nada entorpeciera su renacimiento. De hecho, después de regalar cinco jin de alimentos secos a la familia Zhou, tampoco le quedaban ya muchas provisiones. Tras una noche sin sueños, Qin Ming despertó muy temprano. Aunque tenía mucha hambre, se sentía lleno de energía. Tenía la impresión de que, después de todos aquellos cambios continuos, ya debía de ser capaz de levantar un trípode de más de quinientos jin. «Lo más importante es que el renacimiento aún continúa». Incluso él estaba lleno de expectación. ¿Hasta dónde llegaría al final? Empezó a desentumecer los músculos y los huesos. A continuación, Qin Ming desplegó su espina de dragón. Primero arqueó el tronco hacia delante y después se echó violentamente hacia atrás, hasta que toda su columna formó, en sentido inverso, un exagerado arco de media luna. Las articulaciones crujieron una tras otra de abajo arriba, y su carne tembló con violencia. Desde el cóccix comenzó a surgir energía yang, que ascendió a lo largo de la espina de dragón hasta llegar a la cabeza. Un hormigueo recorrió todo el cuerpo de Qin Ming, como si lo atravesara una corriente eléctrica. Todos sus poros se abrieron, y una agradable calidez lo envolvió, cubierto por la energía yang. Al mismo tiempo, una capa de luz plateada se extendió sobre su piel, más definida que nunca. ¡Sin duda, aquello impulsaba de forma notable el proceso del renacimiento! La noche tenue aún no había llegado del todo cuando Qin Ming ya se encontraba fuera de la aldea. Los distintos frutos secos ya no podían satisfacer sus necesidades; su apetito parecía insaciable. En cuanto imaginó carneros de roca, ciervos nocturnos y faisanes de plumas negras asándose sobre una hoguera, crepitando y dejando caer gotas de grasa sobre las brasas, ya no pudo contenerse. Se le hacía agua la boca. Sus pies volaban: habría querido internarse de inmediato en los densos bosques de las tierras salvajes.
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Noche sin límites (Novela) Capítulo 6

Estás leyendo el capítulo 6 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 23 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.