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Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 4 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
Qin Ming apartó la mirada, se echó el saco de piel al hombro y emprendió el regreso por donde había venido. La cosecha de aquel día no había sido escasa y se sentía más que satisfecho. Con aquel saco lleno en más de la mitad, no pasaría hambre durante un tiempo. Bajo la nieve había depresiones y rocas, por lo que el camino resultaba muy difícil, pero Qin Ming estaba de buen humor. Ahora que disponía de comida suficiente, ya no tenía por qué preocuparse. Quizá lograra nuevos avances si practicaba aquellos movimientos específicos durante más tiempo. Al mismo tiempo, aguardaba con ilusión el comienzo de la primavera, la llegada de una estación rebosante de vitalidad. Aunque ahora todo estuviera cubierto de hielo y nieve, la hierba y los árboles ofrecieran un aspecto desolado y todos los seres se hubieran sumido en el silencio, aquello cambiaría. Una vez pasado el período de agotamiento, brotarían los manantiales de fuego de las zonas peligrosas de las montañas y el resplandor terrestre comenzaría a elevarse con frecuencia. La vegetación echaría ramas y brotes, y todo volvería a la vida. Sería un paisaje completamente distinto. Cuando estaba llegando al límite del bosque denso, Qin Ming se detuvo de golpe, arrojó el saco de piel y se volvió bruscamente, aferrando la horquilla de caza con ambas manos. En la oscuridad había aparecido un par de ojos escarlata. Resultaban aterradores y se aproximaban a gran velocidad. Se le erizó el vello. Aunque todavía estaba lejos, podía sentir que la criatura que lo seguía era grande y sumamente feroz. El viento helado le trajo su hedor sanguinolento. Clavó la horquilla en la nieve y descolgó rápidamente el arco y las flechas. La fuerza de sus brazos era asombrosa: tensó en un instante aquel arco rígido, que una persona corriente apenas habría podido utilizar, hasta darle la forma de una luna llena. La potente flecha de hierro salió disparada; hasta la vibración de la cuerda resonó con fuerza. A lo lejos, la criatura que se abalanzaba sobre él con un aura brutal se detuvo un instante. Al parecer, la flecha la había alcanzado. Con la atención concentrada al máximo, Qin Ming disparó sin cesar, haciendo gala de su extraordinaria destreza con el arco. Una tras otra, las letales flechas de hierro se hundieron en la noche. Entre los árboles resonó un gruñido sordo. Los ojos escarlata desaparecieron y, entre chasquidos de ramas secas, la criatura se ocultó detrás de los troncos. Qin Ming no se atrevió a bajar la guardia. Aunque aquella peligrosa criatura desconocida estaba herida, las lesiones no eran mortales. Oculta entre los árboles, resultaría todavía más peligrosa. Sin vacilar, recogió el saco de piel y la horquilla y salió corriendo del bosque hasta alcanzar la explanada nevada. No quería permanecer en aquel entorno oscuro, por temor a un ataque por sorpresa. Sospechaba que se trataba de una criatura mutada difícil de enfrentar. En el bosque se produjo un gran estrépito, acompañado por el ruido de fuertes impactos contra la nieve. Era evidente que la criatura lo perseguía con ferocidad. Qin Ming disparó sin dudar. Algunas flechas de hierro se clavaron con golpes sordos en troncos muy gruesos, haciendo que toda la nieve de sus ramas se desplomara de inmediato como una cascada blanca. La criatura se vio obligada a retroceder de nuevo y apagó todo sonido entre los árboles. Una fiera corriente habría huido asustada o, enfurecida por sus heridas, se habría lanzado contra él. Sin embargo, aquella criatura mutada seguía rondando a oscuras, esperando y buscando una oportunidad. Con el arco y las flechas apuntando al bosque, Qin Ming se mantuvo frente a aquella peligrosa criatura. La nieve del suelo se agitó. Una enorme sombra negra apareció y desapareció varias veces entre los árboles. Sus ojos escarlata eran de una frialdad siniestra y ejercían una presión especialmente opresiva en la noche. Al final, sin embargo, las flechas de Qin Ming, de una fuerza asombrosa, le cerraron el paso. La criatura lanzó un rugido bajo de frustración y desapareció en el bosque denso. Qin Ming tenía el semblante grave. Aunque la oscuridad reinaba entre los árboles, había logrado distinguir una silueta capaz de correr erguida. Ignoraba de qué clase de criatura mutada se trataba. Retrocedió poco a poco. No había movimiento en los alrededores, pero no bajó la guardia en ningún momento. Incluso cuando ya estaba a menos de un li del manantial de fuego de la entrada de la aldea, seguía alerta. Había precedentes sangrientos: algunos aldeanos ya se encontraban cerca de la entrada cuando, al relajarse, habían sido abatidos por criaturas desconocidas que los seguían desde la oscuridad y arrastrados sin un ruido. … Fuera de la aldea de los Dos Árboles, tres jóvenes temblaban de frío. Pateaban el suelo y se frotaban las manos, exhalando grandes bocanadas de vaho blanco, con las cejas cubiertas de cristales de hielo. Esperaban en la senda que Qin Ming había abierto en la nieve al internarse en la región oscura y conversaban en voz baja. —Con este frío, quedarse aquí es un suplicio. Si no queda otra, mejor volvamos. Yo creo que lo más probable es que muera ahí fuera y no traiga ninguna presa. —¿Qué apuro tenés? ¿Y si tiene tanta suerte como el viejo Li y encuentra una bestia de montaña muerta de frío en las afueras del bosque? Los tres se pasaban los días holgazaneando: les gustaba comer, pero no trabajar. No se atrevían a entrar en las zonas peligrosas de las montañas, aunque dentro de la aldea se hacían los bravucones y les encantaba comer y beber a costa ajena. Al enterarse de que Qin Ming había salido a cazar, habían urdido una mala jugada: esperarlo allí para arrebatarle el botín. —Ese Qin Ming es ágil y tiene muchísima fuerza. A ver si nos sale mal y termina dándonos una paliza. —¿De qué tenés miedo? Acaba de recuperarse de una enfermedad grave; seguro que está muy débil. Después le metemos el saco de piel en la cabeza. Eso sí, midan los golpes, no lo vayan a matar de verdad. Aunque querían hacer una fechoría, no tenían valor para matar. Solo pretendían atacarlo a traición y robarle a escondidas la presa que trajera. Qin Ming había permanecido alerta durante todo el camino, con los nervios en tensión. Su mirada era aguda y, a cierta distancia, ya distinguió tres sombras negras. Se agachó de inmediato. La nieve del suelo ya le llegaba casi hasta los hombros y, al hacerlo, desapareció por completo. Avanzó en silencio por la senda que había abierto antes y finalmente reconoció en aquellas sombras a tres holgazanes de la aldea. Qin Ming se detuvo en un punto adecuado, desde donde podía oír su conversación. Al cabo de un momento, su expresión se ensombreció. ¿Aquellos tres pretendían golpearlo a traición allí y robarle la presa? Aunque no había ido a cazar osos y solo había vaciado el escondrijo de una ardilla —algo que, si se divulgaba, no resultaría demasiado «glorioso»—, había atravesado dos peligros de muerte muy reales. Lo habían atacado primero un buitre de rostro humano y luego una criatura mutada desconocida. El menor descuido le habría costado la vida. ¿Y se atrevían a robarle la comida que había conseguido arriesgando el pellejo? No podía tolerar que le arrebataran así el botín. Hu Yong, Ma Yang y Wang Youping temblaban de frío. Entre los tres habían excavado una cavidad en la nieve para resguardarse del viento helado. También les serviría para preparar la emboscada, así que se acurrucaron dentro a esperar. Creían que Qin Ming se aventuraría a cazar en las profundidades del bosque y habían calculado mal la hora de su regreso. De lo contrario, no habrían conversado con tanta despreocupación. —Seamos prudentes. De ahora en más, ni un ruido —dijo Ma Yang. Hu Yong asintió. —Cuando lo ataquemos por la espalda, hay que hacerlo rápido, con precisión y sin piedad. ¡Muévanse con agilidad! Wang Youping se quejó: —Espero que vuelva vivo y con alguna presa. Que aparezca de una vez, así le damos unos cuantos golpes con las barras de hierro. Ya estoy por congelarme. De repente, el refugio de nieve se derrumbó con estrépito y los sepultó a los tres en un instante. Tomados por sorpresa, se les llenaron la boca y la nariz de nieve. Hu Yong fue el primero en reaccionar y salir. Sin embargo, antes de que pudiera recuperar el equilibrio, vio una planta de pie frente a sus ojos. Con un golpe seco, recibió una patada brutal en la cara. El dolor le retorció los rasgos. A continuación, una horquilla de caza le golpeó el hombro con violencia. Sintió que los huesos estaban a punto de quebrarse y, abrumado por el dolor, trastabilló y cayó al suelo. Ma Yang no tuvo mejor suerte. Apenas asomó la cabeza de la nieve, Qin Ming le dio una patada en la nariz. Aquel dolor intenso, mezclado con un escozor insoportable, lo hizo lanzar un alarido. Con lágrimas y mocos a raudales, cayó en la nieve y se revolcó sin parar. Al oír que algo iba mal, Wang Youping se hundió en la nieve, que tenía la profundidad de una persona, sin atreverse a salir. Pero de pronto sintió un dolor en la espalda: la afilada horquilla de acero le había atravesado la ropa y hecho sangrar. —No… No me mates. Le temblaban la voz y los labios. Para su vergüenza y humillación, también se había orinado en los pantalones. Tenía verdadero miedo de que lo atravesaran de lado a lado. Qin Ming no pretendía quitarle la vida. Guiándose por el tacto, solo le había perforado la piel, lo justo para hacerle brotar un poco de sangre. Lo hizo salir a punta de horquilla y luego le dio una patada que lo lanzó a tres metros de distancia, donde volvió a caer en un montón de nieve. —Qin… Ming. —Hermano Ming, somos de la misma aldea, nos cruzamos todos los días. ¡Tené piedad! Esta vez nos equivocamos. Cuando los tres reconocieron a su agresor y vieron la horquilla de acero que sostenía, apuntándolos con un destello helado, se acobardaron al instante. En realidad, llevaban cuchillos y garrotes, pero ante un Qin Ming tan feroz y rebosante de intención asesina, sintieron miedo desde el fondo del corazón. Sumado a sus heridas, aquello bastó para que no se atrevieran a oponer resistencia, como los cobardes que eran. Siempre abusaban de los débiles y temían a los fuertes. Cuando se topaban con alguien verdaderamente duro, ni siquiera se atrevían a buscar problemas. Aunque su conducta era detestable, Qin Ming no iba a matarlos por aquello. Una intensa «lección», en cambio, era inevitable. Les apoyó la horquilla contra el cuerpo y los obligó a agacharse obedientemente en el suelo. Después les propinó una paliza, ejercitando a fondo músculos y huesos. Al final, los tres tenían la nariz amoratada y la cara hinchada, y les salía espuma sanguinolenta de la boca. Aullaron de dolor durante un buen rato y solo los dejó marchar después de advertirles con severidad. Qin Ming consideraba que aquella clase de personas eran feroces por fuera y cobardes por dentro. Aunque quisieran convertirse en criminales despiadados, no tenían valor ni capacidad para ello. Una buena paliza bastaría para que aprendieran la lección. Entretanto, fuera del bosque donde Qin Ming se había enfrentado a la criatura mutada, un asno llegó tranquilamente desde la lejana llanura. Parecía conocer muy bien el camino y se disponía a internarse en las montañas. ¡Sobre su lomo iba una comadreja! Era blanca como la nieve, sin un solo pelo de otro color. En aquella era en la que el sol se había puesto para no volver a salir jamás, los seres de color blanco eran poco comunes. No era inquieta como los animalitos corrientes. Por el contrario, se mostraba sumamente serena, incluso podría decirse que «madura». Iba sentada con las patas cruzadas sobre el lomo del asno, montada al revés, mirando hacia el camino que dejaban atrás. No parecía un animal salvaje. Su porte se asemejaba más al de un ser humano ponderado. Con los ojos profundos, viajaba a lomos del asno sin prisa alguna. La criatura mutada que Qin Ming había obligado a retroceder se abalanzó de repente al ver acercarse al asno. Pero cuando descubrió la comadreja blanca como la nieve que viajaba sobre su lomo, se detuvo bruscamente, se volvió y se internó en el bosque. Se hundió de cabeza bajo la gruesa capa de nieve y su cuerpo tembló levemente. El asno no se asustó. Se limitó a dirigirle una mirada indiferente y, como un viejo caballo que conoce el camino, llevó a la silenciosa comadreja hacia las montañas. … El manantial de fuego ya estaba a la vista y los dos árboles, uno blanco y otro negro, se mecían. Qin Ming aceleró el paso y poco después llegó a la entrada de la aldea. Por fin se relajó del todo. —¡Qin Ming volvió! —exclamó alguien que estaba partiendo leña y lo vio justo al levantar la cabeza. Muy pronto se abrieron varias puertas de los patios que daban a la calle. La noticia de que Qin Ming había salido solo a correr riesgos ya se había difundido. Muchos se preguntaban si lograría regresar con vida y si habría conseguido algo. —Apenas llegó la noche tenue, salió completamente armado… La aldea de los Dos Árboles no era grande. Los vecinos que oyeron el movimiento fueron saliendo a lo largo del camino. Cada casa tenía su piedra solar, cuya luz proyectaba un resplandor rojizo que también iluminaba tenuemente la calle. Cuando vieron que de la horquilla de caza que Qin Ming llevaba al hombro colgaba una ardilla roja, todos guardaron un silencio absoluto. Aquello no se parecía en nada a lo que habían imaginado. Lu Ze se acercó a paso rápido. Al ver que Qin Ming estaba sano y salvo, soltó un suspiro de alivio y por fin se quitó un peso de encima. Como era un hombre franco, rompió el silencio: —Todos decían que habías ido a las montañas a cazar osos, pero al final… ¿atrapaste una ardilla? —También le saqueé la casa —respondió Qin Ming, sonriendo. La gente se fijó en el saco de piel que llevaba a la espalda y comprendió lo que contenía. A todos les brillaron los ojos de codicia. Después descubrieron que el pelaje rojo intenso de la ardilla emitía un resplandor tenue. Era claramente una criatura mutada y, sin duda, valía bastante. —No solo volviste sano y salvo; también conseguiste un buen botín —comentó el viejo Liu, que vivía junto a la entrada de la aldea. Algunos aldeanos aprovecharon para preguntarle si el exterior ya era seguro. Qin Ming relató con sinceridad lo que había vivido durante el trayecto. No se atrevía a darles una impresión equivocada a sus vecinos: aquello podía costar vidas. Al enterarse de que había peligrosas criaturas mutadas rondando por las afueras del bosque, a todos les cambió el semblante. Durante un tiempo, seguiría siendo imposible salir solos. Luego Qin Ming tampoco ocultó lo sucedido con Ma Yang, Hu Yong y Wang Youping. La conducta de los tres indignó a jóvenes y ancianos de la aldea. —¡Qué sinvergüenzas! No se atreven a entrar en las montañas, pero sí a atacar a traición a uno de sus vecinos. ¡Eso no es solo querer robarle el botín, sino también atentar contra su vida! Ma Yang, Hu Yong y Wang Youping acababan de aparecer en la entrada, cojeando y sosteniéndose unos a otros, cuando Lu Ze encabezó a un grupo que volvió a darles una paliza. —¡Hermano Lu, tío Yang, abuelo Liu, no nos peguen más! ¡Socorro! Los mocos ensangrentados se les congelaron en la cara mientras lanzaban gritos desgarradores. Sobre todo, habían desatado la ira de todos: ya había muchos que no los soportaban desde antes. Qin Ming le dio un gran puñado de frutos secos a cada niño de la calle, provocando una interminable algarabía de vítores. Después vio a la abuela Zhou, pálida y apoyada en la puerta de su patio. Se acercó a toda prisa y, sin darle ocasión de decir demasiado, le dejó algunas provisiones secas. … —¡Tío, sos increíble! ¡Las nueces silvestres están buenísimas y qué ricos son los piñones! En casa de Qin Ming, Wenrui no escatimaba elogios y estaba encantado. Había probado todos los tipos de frutos secos y su boquita no descansaba ni un instante. —Puré de azufaifas, rico, dulce. El pequeño Wenhui, que acababa de cumplir dos años, hablaba con la lengua trabada mientras comía un puré de azufaifas rojas cocidas al vapor, deshuesadas y machacadas. Incluso le plantó un sonoro beso a Qin Ming en la mejilla. A su lado, la ardilla roja que colgaba de la horquilla de caza recobró el conocimiento. Al abrir los ojos y ver a aquellas personas revolviendo todas sus «reservas», se sumió en la desesperación. —Se nota que es una criatura mutada. Qué trabajadora y capaz: había almacenado más de treinta jin de comida —elogió Liang Wanqing. La ardilla roja abrió los ojos de par en par, casi echando chispas. En ese momento, Lu Ze habló con seriedad: —Pequeño Qin, me parece que ya estás bastante recuperado. Es hora de que pienses seriamente en el «renacimiento».
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Estás leyendo el capítulo 4 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 23 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.