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Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 3 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
Con la llegada de la noche tenue, la calma se quebró. Todas las familias se afanaban en ir al manantial de fuego a recoger piedras solares. Qin Ming estaba listo para partir en cualquier momento. Llevaba una horquilla de caza, un cuchillo corto, arco y flechas: iba armado hasta los dientes. Ya había comido las tortas de harina que Lu Ze le había llevado, pero no le había contado que pensaba salir, por miedo a que intentara disuadirlo. Qin Ming no pretendía exponerse al peligro. Su plan era probar suerte en una zona relativamente segura. Tras pensarlo largo y tendido, había recordado una fugaz aparición que había visto en el bosque durante el otoño. A juzgar por las costumbres de aquella criatura, debía de tener su refugio cerca. «Ojalá siga ahí y me dé una buena sorpresa». Poco a poco, el exterior recuperó la calma. Ya nadie salía a buscar piedras solares. Qin Ming se puso en marcha. Por el camino se cruzó con dos aldeanos, a los que saludó con una sonrisa, y se alejó con rapidez antes de que tuvieran tiempo de reaccionar. Pasó junto al lugar donde se encontraba el manantial de fuego y se adentró en el mundo oscuro. Las condiciones fuera de la aldea eran sumamente duras. Qin Ming avanzaba entre la nieve acumulada, que lo cubría hasta el pecho y ocultaba la mayor parte de su cuerpo. Hacía un frío extraordinario. El vaho de su respiración se congelaba sobre las cejas y las puntas del cabello. Incluso durante la noche tenue, el mundo permanecía bastante oscuro y no se distinguía el paisaje lejano. Con la horquilla de caza en la mano, Qin Ming se abría paso a duras penas. Cada tramo le costaba un gran esfuerzo. Finalmente, después de recorrer unos cuatro li, se acercó a su destino. Ante él se extendía una masa negra: los árboles de un bosque tupido. Aunque todavía lo separaba cierta distancia, ya distinguía su silueta. El objetivo de Qin Ming era la franja exterior del bosque de montaña. No pensaba internarse demasiado. Entró en la espesura hundiéndose a cada paso de manera desigual. Salvo unas pocas especies, la mayoría de los árboles habían perdido todas las hojas y sus ramas estaban cubiertas de nieve. Qin Ming se detuvo e intentó recordar con precisión el recorrido de aquella criatura cuando la había visto. Había descubierto un hueco en un árbol de esa zona; quizá fuera uno de sus refugios. «Era más grande que los de su especie. Seguramente había mutado. Si encuentro su refugio principal, debería conseguir un buen botín». Tras una breve pausa, Qin Ming siguió avanzando. El bosque estaba sumido en la oscuridad. De vez en cuando, el súbito grito de algún ave extraña volvía aún más lúgubre aquel paraje deshabitado. De pronto, Qin Ming se puso rígido. Había percibido un tenue olor a podredumbre, apenas perceptible. Aquello no era normal. Sujetó la horquilla de caza con ambas manos y escrutó los alrededores, listo para enfrentarse a lo que apareciera. ¡De repente, lanzó una estocada hacia lo alto con la afilada horquilla de acero! Había oído un silbido anormal en el aire y localizado el origen del olor. Al mismo tiempo, alzó la cabeza y vio de qué se trataba. Una sombra colgaba boca abajo de una rama situada a más de diez metros de altura. Tenía el rostro cadavérico de un anciano y se precipitaba ferozmente hacia la cabeza de Qin Ming. La aparición repentina de semejante escena en aquel bosque sin vida resultaba realmente aterradora. Por fortuna, Qin Ming tenía buenos reflejos y había detectado a tiempo que algo andaba mal. La horquilla de acero que empuñaba salió veloz al encuentro de la criatura suspendida en el aire. Un chillido agudo resonó por el bosque e hizo estremecer a cualquiera que pudiera oírlo. La criatura no siguió lanzándose de frente: cuando aún la separaban varios metros de él, se deslizó hacia un lado. Se levantó una ráfaga helada. El animal desplegó sus poderosas alas y ascendió al cielo nocturno entre los claros del bosque. Tras describir un breve círculo, se alejó hasta desaparecer. Aunque no lo había visto con demasiada claridad, Qin Ming logró identificarlo. Era un buitre de rostro humano, un ave rapaz carroñera de cuerpo semejante al de un águila gris negruzca. Salvo por el pico, toda su cara era indistinguible del rostro arrugado y cadavérico de un anciano. Por lo general, no pesaba más de cuarenta jin. En circunstancias normales no atacaba por iniciativa propia a un adulto vivo; solo comía cadáveres. ¿Se comportaba de manera tan anormal porque en aquella época resultaba difícil encontrar alimento? Qin Ming permaneció alerta, extremando las precauciones. Esperó largo rato, pero el ave no volvió a aparecer. Ya estaba cerca de su destino y no iba a darse por vencido allí. Tras descansar un poco, reanudó la marcha. «Debe de ser aquí». En aquella zona predominaban los pinos de Mongolia, los árboles de hoja ancha y los abedules blancos. Qin Ming confirmó que no se había equivocado de lugar al descubrir el hueco que había visto tiempo atrás. Aunque el bosque estaba oscuro, a unos pocos metros de distancia pudo distinguir con claridad que los bordes del hueco estaban limpios. No era una buena señal. Si la criatura se hubiera refugiado dentro, con un frío tan intenso el vapor de su respiración habría formado algo de escarcha en la entrada. Habría mentido de haber dicho que no estaba decepcionado. Qin Ming frunció levemente el ceño. ¿Acaso aquella criatura no vivía en esa zona? Respiró hondo y se dispuso a registrar con cuidado los alrededores. Sostenía con firmeza la horquilla de caza en la mano derecha y apretaba el cuchillo corto en la izquierda. No bajaba la guardia en ningún momento: nadie podía prever los peligros de aquel mundo exterior. Qin Ming avanzó despacio, explorando y buscando sin hacer ruido. Al cabo de medio ke, vio en la nieve las huellas de algún animal. ¡Había esperanzas! De repente, un inmenso resplandor multicolor brotó de las montañas frente a él e iluminó el bosque en un instante. Qin Ming se sobresaltó y, de inmediato, redobló la vigilancia. Aprovechó la luz para inspeccionar con atención los alrededores, por si había alguna gran fiera al acecho. A la vez, recorrió rápidamente con la mirada los árboles cercanos en busca de algún hueco sospechoso. La intensa luminosidad no tardó en desvanecerse y el mundo volvió a quedar teñido de negro. Era el «resplandor terrestre», que surgía de vez en cuando al elevarse las emanaciones de los manantiales de fuego situados en las profundidades del subsuelo. Por lo general era más frecuente cuando el tiempo se volvía cálido, sobre todo en verano. A veces, el resplandor terrestre persistía durante uno o dos días y provocaba fenómenos en el cielo; incluso podía atraer grandes masas de nubes de lluvia. Entonces, las densas cortinas de gotas se mezclaban con brumas luminosas y el mundo se volvía espléndido, de una belleza deslumbrante. Para quienes vivían sin conocer la luz del día, aquel era el paisaje más hermoso que existía. El bosque volvió a sumirse en la penumbra. Qin Ming esbozó una sonrisa radiante y sincera: acababa de descubrir otro hueco en un árbol, adornado con flores de escarcha. Avanzó lentamente por la nieve. El leve sonido de sus pasos quedó ahogado por el viento helado, que empezaba a arreciar. Con sumo sigilo, llegó ante un árbol cuyo tronco tenía el grosor de un cubo. Miró el hueco, situado a cierta altura del suelo, y alzó la horquilla de caza: apenas alcanzaba a acercarla a la entrada. Qin Ming dejó la horquilla y saltó de golpe, saliendo de la nieve. Se abrazó al tronco y trepó con fuerza; con un movimiento ágil y veloz, llegó directamente hasta el hueco. Blandió el cuchillo corto con la mano derecha y golpeó el borde de la entrada, produciendo un ruido sordo. Al mismo tiempo, una criatura que estaba a punto de salir se replegó a toda prisa, esquivando por muy poco el filo. Qin Ming no había esperado conseguirlo: ¡de verdad había atrapado a aquella criatura dentro del hueco! Era una alegría inesperada. Según sus cálculos, encontrar su refugio principal y llevarse todas sus reservas de comida ya habría sido un éxito y le habría proporcionado una buena cosecha. En el interior del árbol no cesaban los movimientos, acompañados de chillidos apremiantes. La entrada era pequeña y apenas podía introducir la mano. Qin Ming descargó varios tajos. Aquel tramo del tronco llevaba mucho tiempo seco, de modo que bastaron unos golpes para ensanchar el hueco. Sacó rápidamente una bolsa de piel, se la puso a modo de guante y empezó a capturar al animal sin más preparativos. Del oscuro hueco brotaron chillidos de pánico. Qin Ming introdujo todo el brazo y sintió una sucesión de golpes desordenados. Por fortuna, la bolsa de piel era bastante gruesa; de lo contrario, sin duda habría recibido algún mordisco. Atrapó a su presa con una mano y la sacó de un tirón. Extrajo una piedra solar del pecho y alumbró el fondo del hueco. Al instante, su rostro se iluminó de alegría: había nueces silvestres, castañas, azufaifas y otros alimentos secos, ¡todo un depósito repleto! Ese era su verdadero objetivo. Pasar hambre era un tormento. Aquellos frutos secos bastarían para llenarle el estómago; eran una provisión capaz de salvarle la vida, y sus ojos límpidos se encendieron de entusiasmo. Volvió la cabeza para mirar al pequeño animal que sujetaba. Bajo la luz de la piedra solar, su pelaje rojo como el fuego parecía más terso y suave que el satén. Era una ardilla roja. Un ejemplar normal no superaba un jin de peso, pero aquella pesaba más de dos jin: era evidente que había mutado. Estaba mordisqueando la bolsa de piel que cubría la mano de Qin Ming. Quería escapar, pero no lo conseguía. Su lustroso pelaje rojo despedía un brillo cristalino. Sin duda, valía una buena suma. Qin Ming sacó un alambre y la ató con destreza, apretándolo bien, antes de colgarla del árbol. Después llegó el placer de recoger el botín. Sacó puñado tras puñado de frutos secos de todas clases y la bolsa de piel, antes desinflada, no tardó en abultarse. Al final la sopesó: pesaba más de ocho jin. A su lado, la ardilla roja mutada colgaba boca abajo. Tenía los ojos, semejantes a gemas negras, abiertos de par en par y no dejaba de chillar, como si estuviera furiosa. Qin Ming tuvo la impresión de que lo estaba insultando. —Con lo que pesas, ¿cómo te iban a alcanzar poco más de ocho jin de comida para pasar el invierno? —Qin Ming la colgó de la horquilla de caza y, con la piedra solar en la mano, comenzó a buscar en los alrededores. Cada invierno se acumulaba una gruesa capa de nieve. Por lo general, aquellas criaturas mutadas no enterraban sus alimentos, pues luego ni ellas mismas serían capaces de encontrarlos. Y, en efecto, Qin Ming descubrió cerca un segundo hueco, seguido de un tercero. Sumando el primero que había encontrado, aquel sin escarcha en la entrada, ¡los cuatro contenían «reservas de comida»! Partió un montón de nueces silvestres y luego comió un puñado de castañas. ¡Qué sabrosas! Después frotó unas azufaifas con nieve para limpiarlas y se comió cinco seguidas. La boca se le llenó de dulzura. Qin Ming ya no tenía hambre. Su rostro de facciones delicadas rebosaba alegría. Aquellos frutos eran deliciosos y, más importante aún, podían sacarlo del apuro en que se encontraba. Se decía que una liebre astuta tenía tres madrigueras, pero aquella ardilla roja de pelaje luminoso tenía nada menos que cuatro refugios, en los que almacenaba más de treinta jin de comida. ¡Era digna de una criatura mutada! Qin Ming llenó bastante más de la mitad de la bolsa de piel. —Chii, chii… —Al principio, la ardilla roja mutada forcejeaba violentamente y chillaba sin parar. Pero cuando vio que habían descubierto y vaciado sus cuatro refugios, se quedó rígida de repente y dejó de moverse. Sorprendido, Qin Ming la sacudió un poco. ¿Se había muerto? Había oído hacía tiempo que las fieras mutadas de las montañas tenían una constitución muy superior a la de los demás ejemplares de su especie y eran sumamente listas, aunque también muy temperamentales. No había imaginado que una pudiera morirse de rabia. —Justo a tiempo. El pequeño Wenrui dijo que quería comer carne. Podemos preparar una olla de caldo —murmuró. No esperaba poder cumplir tan pronto el deseo de aquel niño. En la aldea de los Dos Árboles, algunos vecinos conversaban sobre lo sucedido. Alguien mencionó que Qin Ming había salido al mundo exterior armado hasta los dientes. ¡Por su aspecto, parecía que se proponía cazar alguna gran fiera! Lu Ze también recibió la noticia y frunció profundamente el ceño. ¿Cómo se le ocurría a aquel muchacho aventurarse solo fuera de la aldea? ¿No se le habría ocurrido ir a cazar osos? … Qin Ming se encontraba en una elevación y descubrió que ya estaba muy cerca de la cima. Era un monte bajo, situado en la franja más exterior del bosque. Por desgracia, pese a buscar durante largo rato, no encontró ningún otro refugio de ardillas. Llegó a la cumbre y contempló el paisaje. Los árboles formaban una masa negra y las vastas cadenas montañosas se alzaban ante él, aunque solo podía distinguir parte de sus vagas siluetas oscuras. En realidad, en las profundidades de las montañas había zonas muy luminosas, pero estaban ocultas por la inmensa niebla nocturna y solo dejaban escapar un tenue resplandor difuso. Qin Ming sabía que allí lo aguardaban lo desconocido, el misterio y el peligro. No era un territorio en el que pudiera adentrarse.
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Estás leyendo el capítulo 3 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 23 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.