Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 36 online gratis en español
🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
Qin Ming ya no siguió quitándole la corteza a la piedra. El entorno del bosque montañoso no le permitía actuar impulsivamente: si de pronto surgía de allí un rayo de luz, su vida correría peligro.
Tras reducirse un par de vueltas, la piedra apenas cabía en la manga de su túnica de piel, pero Qin Ming no la guardó allí.
Qin Ming se dirigió hacia la salida de las montañas y dejó la piedra en lo profundo del bosque.
Se dio cuenta de que alguien vigilaba el paso de salida. Las grandes organizaciones controlaban con celo todos los accesos debido a los recursos especiales que aparecían en los nodos.
Poco después volvió a ver a la mujer envuelta en una capa de pieles. Era alta y esbelta; estaba de pie en medio de la ventisca, con el cabello negro ondeando al viento. Aun así, seguía sin poder distinguirle el rostro.
—Así que de verdad salió ileso —dijo el cuervo, que también estaba allí y ya había descubierto a Qin Ming. Unas marcas cruzaron sus ojos violetas mientras lo observaba con detenimiento.
Qin Ming mantuvo la expresión serena, aunque por dentro sintió una leve inquietud. A lo largo del camino, innumerables ojos habían escrutado a quienes salían de las montañas. Si hubiera cargado la piedra consigo, habría dejado algo en evidencia.
El cuervo de ojos violetas describió círculos en el cielo; tanto deseaba entrar también en las montañas que casi no podía contenerse.
—Este lugar ya escapa a toda comprensión. ¿Cómo pudo aparecer un nodo de diez colores? ¡Y encima se fusionó con el lugar de la bruma de cinco colores! Se me hace agua el pico. Tendría que haber hecho venir a tu maestro en persona y sacado también al abuelo Cuervo del mundo de la niebla negra. ¡A ver quién se habría atrevido a detenernos!
La mujer de la capa negra dijo:
—No hagas ninguna locura. Ahora todos los seres superiores están fuera de sí. Esperemos el momento oportuno.
Qin Ming encontró a Mu Qing, Cao Long y los demás en las afueras de las montañas. Se dio cuenta de que aquellos descendientes directos de familias nobles eran sumamente cautelosos; ninguno actuaba precipitadamente.
—¿Dónde te metiste, muchacho? Ahora mismo las montañas son demasiado peligrosas —le preguntó Yang Yongqing, el jinete de la cabra negra.
—Perseguí a ese gorrión parlante, pero lo perdí de vista —respondió Qin Ming con una sonrisa.
Al oírlo, Cao Long le preguntó enseguida dónde lo había perdido. Aquel gorrión parlante lo había ofendido mucho y todavía no se le había pasado el enojo.
Ese día, el alboroto en las profundidades de las montañas fue descomunal. Hasta los aldeanos comunes de los alrededores contemplaban el espectáculo a lo lejos: jamás en su vida habían visto un resplandor tan espléndido como la luz del día.
La noche tenue estaba a punto de terminar y, aun así, en las montañas todavía no había un desenlace.
Qin Ming se tomó muy en serio su trabajo: después de consultar a sus empleadores, confirmó que no entrarían en las montañas y anunció:
—Tío Xu, abuelo Liu, ya es hora de volver.
—¿Ah? ¿Para qué volver tan temprano? —El viejo Liu todavía no se había cansado de mirar.
—Para comer. ¡Llevamos todo el día con hambre!
Wei Zhirou, Cao Long, Mu Qing y los demás no pudieron evitar mirarlo. Pensaron que aquel muchacho tenía un corazón verdaderamente puro y era muy sencillo: por más que en las montañas ocurriera algo tan extraordinario y todos los puntos cardinales estuvieran pendientes, nada podía distraerlo de volver a casa a llenar el estómago.
—Es cierto. Aunque nos quedáramos mirando tres días y tres noches más, no tendría nada que ver con nosotros. Vámonos, volvamos a comer —dijo el viejo Liu.
El jinete de la cabra negra, Yang Yongqing, y Xu Yueping también se marcharon con ellos. Aunque las montañas resplandecían con todos los colores, ese no era su mundo.
Por la noche, Qin Ming llegó a la entrada de la aldea y se sentó bajo los árboles gemelos, uno blanco y otro negro. Miró hacia las montañas, que brillaban como si fuera pleno día. Ninguno de sus colores radiantes se había apagado; el espectáculo era tan fresco y hermoso que despertaba el anhelo y las ganas de acercarse.
—Así que esta es la montaña Blanca y Negra. Desde que se derrumbó, hace quinientos años, nunca volvió a ofrecer el paisaje de antaño. Qué lástima.
Qin Ming se sorprendió al oír aquellas palabras de dos mujeres en la nieve.
Era de la zona y ni siquiera sabía que antaño llamaban así a la montaña Blanca y Negra. Cuando iba a las montañas, distinguía las distintas zonas con nombres como la Ladera Oriental o la Barranca Occidental. Sin embargo, las dos mujeres forasteras sabían más que él.
Las dos permanecían erguidas en medio de la ventisca, con las mangas y las vestiduras agitándose. Llevaban ropa muy ligera, aunque todavía faltaba mucho para el verano, cuando el manantial de fuego alcanzaba su temperatura más alta.
Al acercarse a la entrada de la aldea, observaron los árboles gemelos blanco y negro que crecían junto al manantial de fuego.
—Es curioso que en esta aldea haya dos árboles, uno blanco y otro negro. Supongo que las semillas que quedaron de la montaña Blanca y Negra germinaron —dijo la mujer que había hablado antes.
Vestía de blanco y destacaba aún más bajo la luz rojiza de la noche. La rodeaba una fina bruma blanca, pero aun así se le distinguía el rostro redondeado, casi infantil. No parecía tener más de quince o dieciséis años. Tenía las cejas arqueadas, los ojos grandes y brillantes, y era muy bonita.
Si Qin Ming hubiera sido ella, no habría elegido vestir de blanco. Al cazar en las montañas, una ropa tan llamativa no servía para sobrevivir.
Pronto advirtió que la muchacha de blanco seguía a la otra mujer y la trataba como a su superior.
Qin Ming notó algo extraño. La muchacha de blanco caminaba dos pasos detrás de la otra; ¿cómo era posible que él hubiera pasado por alto a la mujer que iba delante? Resultaba un tanto raro.
La mujer de adelante vestía de azul, con ropa sencilla y sin adornos. Permanecía inmóvil en medio de la ventisca, observando con atención los dos árboles viejos junto al manantial de fuego.
A su alrededor se arremolinaban densas nubes y bruma, que la volvían borrosa e impedían distinguirle el rostro. Tenía un aire etéreo, como una inmortal a punto de elevarse con el viento y regresar al cielo.
Qin Ming se levantó; no era conveniente que siguiera sentado junto al manantial de fuego. Saludó a las dos mujeres.
Ellas asintieron a modo de respuesta. Entonces la mujer de azul habló por primera vez:
—¿Cómo se llama esta aldea?
—Aldea de los Dos Árboles —respondió Qin Ming. Aprovechó para preguntarle—: ¿Qué historia tiene la antigua montaña Blanca y Negra?
La mujer de azul habló con voz suave y melodiosa:
—Una mitad del territorio era negra como la noche y la otra brillaba como pleno día. Una densa niebla las separaba por el medio. Antaño fue una tierra vedada, pero después se derrumbó.
—Muchacho, qué suerte tienes. Es raro que mi señorita haya hablado tanto contigo —dijo la muchacha de blanco. Parecía vivaz y, por la manera en que bromeaba con la mujer de azul, no daba la impresión de ser una simple sirvienta.
La mujer de azul no volvió a decir nada. Por último, echó una mirada profunda a los dos árboles gemelos blanco y negro, se dio vuelta y se marchó hacia las montañas. Sus pasos eran ligeros, pero su determinación parecía inquebrantable.
—¿Cómo se llaman, señoritas? —preguntó Qin Ming a sus espaldas.
La muchacha de blanco soltó una risita.
—Muchacho, no te hagas ilusiones. Pronto desapareceremos. Entre nosotros hay una distancia infinita, como de aquí al otro extremo del mar y las montañas.
—Solo preguntaba sus nombres. ¿Qué tan lejos es esa distancia infinita? ¿Acaso ustedes no suelen vivir entre la gente? —dijo Qin Ming.
La muchacha de blanco sonrió.
—Ay, qué muchacho tan sencillo y adorable. Por el camino que has elegido, tal vez tengas una mínima posibilidad cuando alcances la cima de la montaña: en alguna ocasión podrías llegar a vernos de lejos.
—Hablas de más y sin pensar —la reprendió la mujer de azul.
Qin Ming las vio alejarse y se quedó sin palabras. ¿Qué clase de personas eran esas? Por un instante, tuvo ganas de darle una paliza a la muchacha de blanco y preguntarle qué tonterías estaba diciendo.
—Vuelve y trae al roc dorado. Voy a entrar en las montañas —dijo la mujer de azul.
—¡Entendido! —La muchacha de blanco se volvió y tomó otro camino.
Las pupilas de Qin Ming se contrajeron. La muchacha de blanco se marchó a una velocidad increíble, casi absurda. Una bruma blanquecina fluía frente a ella y mantenía a raya la ventisca. Poco a poco la envolvió por completo y, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció en el horizonte.
Al día siguiente, Qin Ming cumplió con gran responsabilidad su tarea de guía. Mu Qing, Cao Long, Wei Zhirou y los demás por fin no pudieron contenerse y comenzaron a explorar las zonas exteriores de las montañas, donde estaban los nodos.
Antes de aquello, cuatro organizaciones habían conseguido recoger recursos misteriosos, aunque a costa de que algunos de sus miembros sufrieran una grave erosión por la niebla luminosa.
Todos los renacidos estaban inquietos y buscaban con cuidado. Por todas partes en las montañas se veían figuras que se aventuraban en los peligrosos espacios subterráneos de los nodos.
En cuanto a las profundidades de las montañas, seguían brillando como pleno día. Los altos mandos de las grandes organizaciones y aquellos seres anómalos superiores llevaban un día y una noche de lucha; tenían los ojos inyectados en sangre.
Habían llegado para capturar recursos misteriosos. Al principio, habían esperado pacientemente como pescadores con la caña en el agua; ahora, en cambio, era el pez quien los arrastraba.
Esos dos fenómenos extraordinarios se habían fusionado en uno y seguían desplazándose sin cesar. A veces se hundían bajo tierra durante mucho tiempo antes de volver a surgir, envueltos en una luz deslumbrante y una densa bruma.
Hasta el momento, nadie había logrado acercarse lo suficiente para ver con claridad qué eran.
Al final, todos se jugaron el todo por el todo. Soportaron la terrible erosión y se internaron desde los espacios de los nodos hacia el subsuelo, decididos a cortarles el paso en las venas espirituales de la tierra formadas por la luz celestial.
Incluso Ling Xu y la vieja comadreja, quienes habían montado aquella trampa, ya no tenían ganas de pescar. Al contrario, se habían convertido en el cebo: todos se lanzaron de cabeza a los nodos y entraron en el mundo subterráneo.
Tenían la sensación de que, tras la fusión de aquellos dos recursos misteriosos, quizá se había completado su transformación final y estaban a punto de salir a la luz. Debían intervenir con todas sus fuerzas.
La competencia se volvía cada vez más encarnizada. Algunos seres superiores murieron directamente bajo tierra y ya no pudieron regresar.
Cuando desaparecieron de la superficie, quienes estaban en las afueras de las montañas soltaron un largo suspiro de alivio.
—Viejo Wang, no te pases. ¡Este arbolito con esencia espiritual ya es mío! ¿También quieres arrebatármelo? —gritó a lo lejos un anciano cubierto de sangre que había escapado de un nodo. En la mano llevaba un arbolito de aproximadamente treinta centímetros de altura, envuelto en una niebla violeta.
—¡Deténganlo! ¡El viejo de la familia Cao encontró un árbol que prolonga la vida; puede regalarnos diez años más! —gritó el anciano de apellido Wang, que salió en su persecución.
—¡Séptimo tío, ven por aquí! ¡Quiero ver quién se atreve a detenerte! —bramó Cao Long. Montado sobre un toro gigantesco, rojo de pies a cabeza y más alto que un adulto, sostenía una gran lanza reluciente.
—¡Buen sobrino, rápido, trae gente y ayúdame a detenerlos!
Un anciano con la armadura negra hecha pedazos corrió hacia él. Mientras avanzaba, jadeando y resoplando, se comió de golpe el arbolito, sin dejar ni las raíces, que todavía tenían un poco de tierra pegada. Lo masticó todo y se lo tragó.
—¡Viejo Wang, ya me lo comí! ¿Qué piensas hacer ahora? —se rio el anciano de la familia Cao.
—¡Todos, ábranle el vientre! ¡El efecto medicinal todavía sigue ahí! —gritó el anciano de apellido Wang.
Seis o siete ancianos se acercaron. Sus miradas eran aterradoras. Para ellos, prolongar la vida valía más que cualquier recurso misterioso.
—¡Viejo Wang, eres malo de pies a cabeza! Con razón tu hijo menor, Wang Nianzhu, es un malhechor buscado por la justicia: tú tampoco eres mejor —dijo, muy alterado, el séptimo tío de Cao Long. Miró a los ancianos que se acercaban—. Si de verdad vienen a matarme, no me culpen por hacerles pasar un mal rato.
Miró al gran perro amarillo que montaba el viejo Liu y luego a la cabra negra de Yang Yongqing.
—Si me acorralan, ahora mismo le abro la panza a la cabra y me bebo su orina. Después podrán comerse este remedio para prolongar la vida.
El viejo Liu y los demás se quedaron estupefactos. ¡Qué tipo tan despiadado! Pero ¿por qué se quedaba mirando al gran perro amarillo?
A un lado, la cabra negra de Yang Yongqing se puso a orinar a chorros. Al parecer, ya había adquirido inteligencia y presentía que algo malo iba a ocurrir.
El gran perro amarillo que montaba el viejo Liu también reaccionó: hizo sus necesidades allí mismo.
—Yo… ¿por qué reaccionan así? —se enfureció el séptimo Cao.
—Está bien, viejo Cao. Si de verdad eres así de despiadado, nos daremos la vuelta y nos iremos. Nos quedaremos aquí mirando. ¿Te atreves a hacerlo?
—¡Basta! —Cao Long se lanzó a la carga. Azuzó al toro gigantesco y arremetió contra el anciano de apellido Wang con la gran lanza.
—Joven, sé que eres fuerte, pero… ¡Ah! —El sable largo del anciano de la familia Wang salió despedido; tenía la mano cubierta de sangre y él mismo salió volando hacia atrás.
—¡Buen sobrino! No sabía que ya eras tan poderoso. ¡No fuiste en vano a aquella ciudad gigantesca! —El séptimo Cao estaba asombrado y encantado.
Enseguida, los ancianos se retiraron.
Cao Long había derribado de un golpe a un veterano. Las distintas facciones recelaron y ninguno se atrevió a acercarse, así que el grupo quedó bastante seguro.
Durante ese tiempo, Qin Ming les preguntó a los miembros de las familias Mu, Cao y Wei qué recursos misteriosos existían y cuáles eran sus características.
Para la gente de la Ciudad del Resplandor Escarlata, todo eso ya era información pública. No había ningún secreto; bastaban unas pocas palabras para que Qin Ming, Xu Yueping y los demás aprendieran mucho.
—Es fácil recoger las plantas y los líquidos terrestres con esencia espiritual. Lo complicado son los recursos especiales envueltos en corteza de piedra: a menudo se pasan por alto y, si no tienes cuidado, puedes dejarlos escapar.
Qin Ming aprendió muchas cosas útiles y resolvió algunas de sus dudas.
A menos que un recurso especial brillara por sí mismo y resplandeciera sobre el cielo y la tierra, después de abrirlo se disipaba la poca luz celestial que contenía y volvía a la calma.
Qin Ming pensó que ya podía abrir la piedra que había encontrado. No parecía haber ningún problema.
Cuando la noche tenue estaba por terminar, se ocultó en un montón de nieve y le quitó la corteza a la piedra. Tal como esperaba, unos finos hilos de luz celestial se escaparon y penetraron en su cuerpo.
Bajo la corteza apareció un destello de luz blanca como el jade, cristalino y translúcido.
—¿Será hierro de jade blanco? —Solo había oído unas pocas palabras sobre el tema, pero sabía que era un material raro, y que las armas forjadas con él adquirían propiedades misteriosas.
Claro que, aunque el hierro de jade blanco era raro, tampoco valía una fortuna. Cada vez que la luz celestial descendía sobre la tierra, se podían recoger algunos materiales de calidad parecida.
Incluso en un mismo sitio podían aparecer varias piezas de hierro de jade blanco.
Volvió a enterrar la piedra, que solo había abierto por un lado. Una vez seguro de que no contenía una sustancia de esencia espiritual para consumir directamente, no tenía apuro: podía recuperarla más adelante.
Ya era de noche. Qin Ming había terminado hacía rato su tarea de guía y se preparaba para salir de las montañas.
¡Bum!
La tierra tembló y las montañas se sacudieron. A lo lejos brotó una cantidad inconmensurable de resplandor, aún más brillante que antes. El fulgor lastimaba la vista y hacía llorar a quienes lo miraban.
—¿Qué pasó? —Todos quedaron conmocionados.
En las profundidades de las montañas, surgió un recurso misterioso de cinco colores y diez luces. Alguien lo había arrebatado y emergió por una grieta del terreno.
Una mujer cruzó el bosque a toda velocidad, pero no podía ocultar su presencia. Aunque el recurso especial que había obtenido seguía envuelto en corteza de piedra, sus intensas fluctuaciones se propagaban en todas direcciones y continuaba emitiendo luz. Al parecer, tardaría un tiempo en apagarse del todo.
Mientras tanto, convocó a un gigantesco pájaro dorado, se subió de un salto y este se elevó con ella hacia el cielo, a punto de perderse en el horizonte.
Sin embargo, el insecto lunar, una criatura humanoide alada y una mujer alada montada sobre un pájaro azul —seis seres superiores en total— le cortaron el paso.
—¿Es ella? —Qin Ming se sorprendió. Era la misma mujer de azul que había visto la noche anterior en la entrada de la aldea. Parecía joven y, sin embargo, era tan poderosa que se atrevía a arrebatarles su presa a un grupo de seres superiores.
La mujer de azul fue contenida por los seis expertos, que la obligaron a regresar al bosque.
Qin Ming se dio vuelta para huir mientras desplegaba al máximo la técnica «Atenuar la luz, fundirse con el polvo», pues no estaba muy lejos de él.
—¡Fss! —Aún en el aire, la mujer de azul partió con las manos la piedra de aproximadamente treinta centímetros de largo que sostenía y sacó directamente de su interior el recurso misterioso.
La luz en sus manos se volvió aún más intensa: cinco colores y diez rayos se entretejieron en el vacío, rasgando la noche.
El objeto estaba envuelto por una capa exterior de niebla luminosa. Nadie sabía qué cosa resplandeciente contenía. La mujer la presionó contra el lunar rojo y cristalino de su entrecejo.
El brillante orbe de luz se hundió directamente en su cuerpo. Ella seguía de pie sobre el lomo del gran pájaro dorado; no cayó al bosque, sino que pasó volando rasante sobre el bosque a toda velocidad, rumbo a la distancia.
—¡A por ella! —Todos los expertos de las grandes organizaciones y los seres anómalos superiores se lanzaron en su persecución.
No se sabe cuánto tiempo pasó antes de que Qin Ming soltara el aliento y saliera del bosque denso. Avanzó en la oscuridad de la noche y encontró, una tras otra, las dos mitades de la piedra que habían sido separadas.
—¡¿Eh?! —Se quedó atónito. Después de sufrir la erosión y la purificación de la luz celestial en la grieta del terreno, y de adaptarse a ella, había adquirido una percepción especial. En la piedra que tenía en la mano izquierda parecía haber una fluctuación débil, apenas perceptible.

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Noche sin límites (Novela) Capítulo 36
Estás leyendo el capítulo 36 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 25 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.