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Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 2 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
Qin Ming se puso en cuclillas y sacó del estanque una piedra luminosa, más lustrosa que el coral rojo, que irradiaba destellos en todas direcciones. Las piedras solares que utilizaba cada familia procedían del manantial de fuego. Una vez apagadas, podían devolverse allí y, transcurrido cierto tiempo, recuperaban su estado original. El estanque estaba lleno de una luz de rojo encendido. Aunque brillaba como la lava, su temperatura era muy inferior a la de la superficie del cuerpo humano. En el estanque ondulaban los reflejos y danzaban fulgores de fuego. Aquello no era fuego verdadero ni agua de manantial, sino una sustancia muy especial. Ahora ya no existía el día y la noche perduraba; solo se distinguía entre noche tenue y noche profunda. En una época semejante, los manantiales de fuego eran de extraordinaria importancia. Tanto el trigo plateado, un cereal mutado, como los cultivos corrientes, entre ellos los tubérculos de tierra, necesitaban el riego del manantial de fuego para crecer. Además, las personas también sufrían malestar si pasaban años sin ver un manantial de fuego. Podía decirse que constituía el fundamento del que dependía su supervivencia. Incluso en aquel mundo sin día se distinguían cuatro estaciones. La primavera y el verano eran el período de actividad del manantial de fuego. Brotaba a borbotones, en cantidad suficiente para abastecer los cultivos. El invierno era su período de agotamiento. En la aldea de los Dos Árboles, por ejemplo, aunque el estanque seguía resplandeciendo, solo servía para revitalizar las piedras solares destinadas al alumbrado. En términos generales, en aquella era sin día, los seres humanos vivían «siguiendo el fuego». Tan llamativos en medio de la noche, los manantiales de fuego atraían, naturalmente, las miradas de toda clase de criaturas ocultas en la oscuridad. Por fortuna, cada cual tenía su territorio y, la mayor parte del tiempo, era posible mantener cierto equilibrio. La escasez de alimentos de la aldea de los Dos Árboles se debía principalmente al ataque de unas aves extrañas durante la cosecha. Cuando sus picos rozaban las espigas, parecían hoces al segarlas: de un solo bocado dejaban desnudos varios grupos de tallos. También habían sufrido una plaga de hormigas y ciertos problemas causados por personas, entre otros factores, de modo que aquel invierno estaban al borde de morir de hambre. Era noche tenue. La oscuridad resultaba relativamente menos densa y, de vez en cuando, en la lejanía se alzaba un «resplandor terrestre», que permitía entrever el contorno borroso del bosque tupido. Pero cuando llegaba la noche profunda, no se veía absolutamente nada. Todo quedaba sumido en el silencio y las tinieblas se volvían aterradoras. Qin Ming se preguntaba cuándo podría salir y remediar aquella grave falta de comida. Miró hacia el exterior de la aldea. Estaba muy oscuro y no alcanzaba a distinguir el paisaje lejano. La nieve acumulada ya sobrepasaba la altura del pecho de una persona; las condiciones de supervivencia eran sumamente adversas. Allí, a la entrada de la aldea, el manantial de fuego iluminaba una extensión de terreno. El viento helado pasaba sobre el estanque de fuego, de un zhang y seis chi de lado, haciendo centellear su superficie. En su interior, el árbol negro y el blanco se estremecían y dejaban caer con un susurro la nieve acumulada, que brillaba en mil destellos entre los fulgores rojizos. Las hojas de ambos árboles tenían cierta textura de jade y no temían al frío intenso. Sin embargo, aparte de ahuyentar los mosquitos y otros insectos en verano, no eran de gran utilidad. Qin Ming sintió la nieve helada que caía de las ramas sobre su cuello y volvió en sí. En cualquier caso, aún tenía que recuperarse un poco más: afuera era muy peligroso. Regresó por donde había venido. En las casas parpadeaban las luces, mientras que el exterior de la aldea, a sus espaldas, era una oscuridad absoluta, donde todo se había marchitado, como una bestia gigantesca dispuesta a devorarlo todo. De pie en el patio, Qin Ming se ejercitó mediante una serie de movimientos específicos, ejecutados con gran destreza y fluidez. Llevaba años haciéndolos y casi se habían convertido en un instinto. Solo se detuvo mucho después, cuando el sudor le perló la frente y sintió calor por todo el cuerpo. Entró en la habitación y sacó una diminuta botellita de cristal, de apenas la longitud de un pulgar. Estaba finamente tallada y era transparente y delicada; contenía un líquido azul con cristales de hielo. La observó con sumo cuidado a la luz rojiza que desprendía la piedra solar. En el pequeño frasco había dos caracteres grabados: esencia mineral. El azul del líquido era embriagador. Al agitarlo suavemente, una neblina azul se desplazaba por el interior del frasco, dándole un aire de ensueño. Qin Ming contuvo el impulso y no abrió la botellita. Apenas acababa de recuperarse de una enfermedad grave y utilizar aquel líquido azul le haría más mal que bien. Lo había conseguido por casualidad en una zona peligrosa de las montañas. Antes de eso, solo había oído hablar de la «esencia mineral»; nunca había tenido acceso a una sustancia tan preciada. Si se utilizaba después de poner el cuerpo en su mejor estado, podía mejorar la constitución física y vigorizar el espíritu. Tras escapar de las montañas había caído gravemente enfermo, por lo que aún no había tenido oportunidad de probarla. —Quizá pueda usarla dentro de unos días —murmuró Qin Ming, mientras guardaba la botellita de cristal, de esmerada factura. Sopló una ráfaga de viento helado y cayeron algunos copos dispersos. Qin Ming vivía solo. El patio silencioso resultaba desolado, incluso un poco abandonado. Ya se había acostumbrado. Con el paso del tiempo, la oscuridad se fue espesando. La noche tenue estaba por terminar. Llegó Lu Ze, acompañado de un niño de unos cinco años. Aunque iba muy bien abrigado, el frío le había enrojecido el rostro. —Wenrui ha crecido un poco más —comentó Qin Ming, midiendo la estatura del niño con la mano. —Tío, ¿ya te sentís mejor? —preguntó Lu Wenrui, alzando la cabeza con preocupación. Tenía los ojos grandes y límpidos, y estaba en esa edad de inocencia adorable. Qin Ming respondió con una sonrisa: —Ya estoy bien. Dentro de unos días, tu tío te traerá ese «gorrión parlante» que tanto querés. —¿Un gorrión parlante que puede conversar con las personas? ¿De verdad? ¡Qué bueno! —Al oírlo, el pequeño Wenrui se llenó de alegría y sus ojos se iluminaron. —Últimamente hay algo raro ahí afuera —intervino Lu Ze. Le entregó a Qin Ming la caja con comida y le dijo que no se apresurara a salir. Aunque el arroz de roca era relativamente basto y duro, a Qin Ming se le hizo agua la boca. Con solo dos comidas al día, tenía verdadera hambre. Entre el arroz cocido había incluso unas cuantas azufaifas rojas, especialmente suaves y delicadas, dulces y fragantes. Qin Ming advirtió que el pequeño Wenrui las miraba fijamente y tragaba saliva. Le remordió la conciencia. Se agachó y le preguntó: —Wenrui, decile a tu tío, ¿te quedaste con hambre? Lu Ze negó con la cabeza. —Qué va. Seguro que es porque vio las azufaifas. Qin Ming apartó de inmediato las azufaifas rojas para dárselas al niño, tan lindo como sencillo. Lu Ze lo detuvo. —Tu cuñada las puso especialmente para que recuperes el qi y la sangre. No se las des a él. En ese momento llegó también Liang Wanqing. Miró a Wenrui y le dijo: —Tu tío Qin está débil. Ahora no tenemos carne ni remedios reconstituyentes; no seas goloso. No era una mujer de mal corazón. Antes había creído que Qin Ming moriría igual que los otros tres aldeanos y que socorrerlo no serviría de nada; por eso había discutido con su marido. Ahora que lo veía mejorar y dejar atrás aquel estado de sopor, Liang Wanqing quería ayudarlo, aun sabiendo que a su propia familia apenas le quedaban provisiones. El pequeño Wenrui asintió obedientemente y, parpadeando con sus grandes ojos, dijo: —Tío, comé. Así te vas a curar pronto. Yo ya no tengo hambre. ¿Cómo iba Qin Ming a poder comer? Insistió en darle las azufaifas al pequeño Wenrui, mientras una profunda amargura le oprimía el corazón. Tenía que internarse pronto en el bosque tupido. Estaba muy agradecido con el matrimonio, pero no se entretuvo en palabras de cortesía; se limitó a preguntarles por la situación actual en el exterior. Liang Wanqing se sentó a conversar un rato y luego regresó a casa, pues tenía otro niño de poco más de dos años al que debía cuidar. —Últimamente han aparecido criaturas enormes en el bosque tupido. Ya hubo muertos y heridos... —Lu Ze le explicó que ahora no podía actuar solo: afuera era muy peligroso. Qin Ming asintió y escuchó con atención. No se sabía si era porque las ventiscas dificultaban que las bestias de las montañas encontraran alimento o por algún otro motivo, pero había mucha agitación en el exterior. Sobre todo en la zona donde Qin Ming había contraído la extraña enfermedad: unos ojos más brillantes que las piedras solares habían rasgado la oscuridad de las montañas, sumiendo al instante al bosque tupido en un silencio absoluto. Al oír aquello, Qin Ming recordó inevitablemente la peligrosa experiencia de un mes atrás. Aquel día, en el bosque montañoso sumido en la más absoluta negrura, el suelo había cedido de repente bajo sus pies y los de sus tres acompañantes, y los cuatro habían caído en una grieta. El subsuelo era sumamente extraño. Tras la oscuridad más profunda apareció una luz cegadora, que les lastimó los ojos y les hizo derramar lágrimas sin cesar. Lo que más lo inquietó fue que su corazón comenzó a latir por encima de sus límites, como un tambor golpeado con violencia. El sonido, potente y vigoroso, llegó a oírse fuera de su pecho. Todavía ahora, al recordar aquello, sentía un miedo persistente. En aquel instante no podía moverse. La sangre le circulaba por todo el cuerpo a una velocidad creciente y, entre la confusión, creyó oír el estruendo de una cascada. Qin Ming pensó que iba a morir, que el corazón le estallaría. Poco después, la luz en lo profundo de la grieta perdió intensidad. Vio un hilo plateado tras otro, semejantes a hebras de seda de gusano y, a la vez, a una telaraña. Se entretejían de tal modo que trastornaban la conciencia y hacían perder el sentido del espacio. Qin Ming se había sentido aturdido, con la cabeza a punto de estallar, mientras que sus acompañantes perdieron el conocimiento. Solo cuando la luz plateada desapareció de golpe y todo quedó completamente a oscuras, los latidos de Qin Ming recuperaron poco a poco su ritmo normal y pudo moverse de nuevo. Sacó a sus tres acompañantes de la grieta, uno tras otro, y tuvo que esperar mucho tiempo hasta que despertaron. Durante aquel proceso, Qin Ming también había descubierto varios cadáveres cerca de la grieta. Por sus ropas, no parecían gente corriente, y debían de llevar poco tiempo muertos. Atendiendo al sencillo principio de no desperdiciar nada, los había revisado rápidamente. Fue entonces cuando encontró la botellita de cristal con el líquido azul. Qin Ming no le había hablado del frasco a Lu Ze. Era evidente que aquellos muertos tenían algún trasfondo importante, y temía provocar problemas. Las montañas estaban llenas de fieras; suponía que no quedaría nada allí y que todos los rastros acabarían borrados. Durante el regreso a la aldea, Qin Ming y los demás habían comenzado a sentirse mal. Caminaban a los tumbos y su conciencia se había ido sumiendo en el sopor. Sus tres acompañantes murieron el mismo día en que regresaron, con el cuerpo ennegrecido de pies a cabeza. Solo Qin Ming había resistido durante un mes hasta recuperarse. Después de comer aquel arroz basto, Qin Ming conversó largo rato con Lu Ze. Wenrui, muy juicioso, escuchaba en silencio a un lado. Más tarde, el ambiente se distendió. Qin Ming miró al niño, algo tímido, y le dijo: —Wenrui, cuando tu tío se cure, vas a poder comer todas las azufaifas y avellanas que quieras. —¿Va a haber carnita? Yo... hace mucho que no como —preguntó el pequeño Wenrui en voz baja. No pudo evitar tragar saliva otra vez, como si recordara su sabor de antes; en su carita enrojecida se dibujó una expresión llena de esperanza. —¡Claro que sí! —Qin Ming le acarició la cabeza con ternura. La oscuridad se espesaba. Lu Ze se levantó y se llevó a Wenrui. Dentro de la habitación, los fulgores que desprendía la piedra solar en la palangana de cobre comenzaron a debilitarse. Qin Ming permaneció sentado en silencio, con los ojos cerrados. Modeló en su mente su propia figura y la hizo ejecutar aquellos movimientos específicos, ejercitando la fuerza de la conciencia, hasta que finalmente dejó la mente en blanco. En el instante en que abrió los ojos, creyó entrever un débil destello plateado que desapareció de inmediato. —¿Fue una ilusión? —Qin Ming se quedó perplejo. Aunque solo lo había visto de refilón, creía no haberse equivocado. De la superficie de su cuerpo se habían disipado unas tenues ondulaciones plateadas, fugaces como un relámpago. Llevaba muchos años practicando aquella peculiar forma de ejercitarse sin haber obtenido jamás ninguna «señal». ¡Y justo hoy había ocurrido algo fuera de lo común! Qin Ming descubrió que una fina capa de sudor le cubría el cuerpo, como si hubiera realizado un ejercicio intenso. Sin embargo, se sentía lleno de vigor. Salió al patio, con los ojos resplandecientes, y ejecutó físicamente una serie tras otra de aquellos movimientos específicos. Se entregó por completo a la práctica y pronto comenzó a entrar en calor. Una pujante vitalidad se expandía dentro de él, como una lluvia suave cayendo sobre un desierto castigado por una larga sequía. Mucho tiempo después, Qin Ming estaba empapado en sudor y de su cabeza se elevaba una neblina blanca. Sentía un bienestar extraordinario en todo el cuerpo, como si los últimos vestigios de la enfermedad hubieran sido expulsados con aquel sudor abundante. Cuando sintió cansancio y detuvo aquel ejercicio especial, vio claramente una luz plateada extremadamente débil que afloraba sobre su piel y se disipaba enseguida. —De verdad ha cambiado algo. —Esta vez lo había visto con claridad. Qin Ming sintió una profunda satisfacción. Además, un calor real fluía por su interior y nutría lentamente todo su cuerpo; su esencia, su energía y su espíritu se fortalecían cada vez más. Tras descansar un poco, quiso seguir practicando aquellos movimientos, pero le rugió el estómago. Sentía hambre, aunque ya había cenado hacía tiempo. Qin Ming se detuvo de inmediato y no se atrevió a seguir gastando fuerzas. No tendría cara para ir otra vez a pedirle comida a Lu Ze. Estaba mojado de pies a cabeza y la ropa se le había empapado por completo de sudor, así que puso agua a calentar para asearse. Qin Ming miró el rostro de rasgos delicados que se reflejaba en la palangana. Ya no estaba pálido, sino que había recuperado el color. —Estoy casi recuperado. Mañana temprano me pondré en marcha —se dijo. No quería molestar a los demás ni convertirse en una carga. Ahora que podía moverse, deseaba resolver cuanto antes el problema de la comida y salir de aquella situación. Qin Ming llevó la piedra solar apagada al manantial de fuego. Para el camino de vuelta solo tomó un pequeño fragmento que le alumbrara los pasos. Las luces de las casas se fueron apagando una tras otra, hasta que toda la aldea se fundió con la oscuridad. En la fría noche de invierno se levantó un vendaval. El viento arremolinó la nieve del exterior en una vasta blancura; gran parte cayó dentro de la aldea y sepultó numerosos patios. —¡Qué hambre! —Todavía no era hora de dormir y Qin Ming ya no lo soportaba. Sentía el estómago en llamas. Ni siquiera necesitaba un manjar: si tuviera delante un roedor de tierra, se lo comería. Por desgracia, en tiempos como aquellos, hasta las madrigueras de los ratones de la aldea habían quedado desiertas. Qin Ming intentó convencerse de dormir temprano, pero el hambre lo agitaba tanto que no lograba conciliar el sueño. Se obligó a desviar la atención y pensar en personas y cosas hermosas, por ejemplo, aquellos pocos rostros borrosos que guardaba en el corazón. Después volvió a pensar en su peculiar forma de ejercitarse. Realmente había cambiado algo: por fin empezaba a dar «señales» e incluso había hecho aflorar por un instante unas ondulaciones plateadas muy tenues sobre su piel. Aquello lo llenaba de expectación. ¿Qué otros cambios se producirían a partir de ahora? Sus pensamientos siguieron divagando y acabó imaginando las bayas dulces y jugosas que yacían bajo el hielo y la nieve del bosque tupido, y una pierna de cordero asándose junto a una hoguera, dorada y reluciente de grasa. —¡Me pasé de la raya! ¡Cómo voy a pensar en eso! —Se pellizcó de inmediato. Decidió partir en cuanto llegara la noche tenue. Todo era para cumplir cuanto antes el deseo del pequeño Wenrui... Y entonces no pudo evitar tragar saliva. Entre el anhelo y las fantasías de comida, Qin Ming finalmente se quedó dormido poco a poco.
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Estás leyendo el capítulo 2 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 23 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.