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Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 28 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
Qin Ming permaneció sereno, en silencio, sin moverse. Sin embargo, en su interior surgían fragmentos desvaídos del pasado. Al principio parecían cubiertos de polvo, envueltos en una espesa niebla negra; pero, de pronto, como un rayo que cayera sobre un mar de nubes, desgarraron las tinieblas, disiparon el polvo y le revelaron una imagen sangrienta tras otra. La noche era profunda, las llamas se alzaban hasta el cielo. Un muchacho ataviado con una vestidura de plumas flotaba con la gracia de un inmortal, pero a sus pies solo había cadáveres y sangre… Qin Ming se llevó una mano a la cabeza y su cuerpo tembló ligeramente. La «vestidura de plumas» había dejado una huella extraordinariamente profunda en su subconsciente. Ahora le provocaba una punzada de dolor y despertaba recuerdos antiguos, como si un soplo hubiera dispersado la arena y el polvo que le velaban el alma. Cerró los ojos, dominó con firmeza las emociones que lo agitaban y relajó rápidamente el cuerpo. Después abrió los ojos poco a poco. No era el momento ni el lugar: no podía mostrar demasiadas anomalías. Recurrió a «Atenuar la luz, fundirse con el polvo» para apagar su presencia y confundirse entre la multitud. Sus ojos recuperaron la claridad. El viento le agitaba el cabello mientras permanecía erguido, como si nada hubiera sucedido; sin embargo, en su mente empezaban a aflorar numerosas imágenes fragmentadas. Se serenó, se liberó de la prisión de sus propias emociones y examinó el pasado con frialdad, como un espectador ajeno que contemplara las escenas de sangre que él mismo había vivido. Noche. Un incendio que se elevaba hasta el cielo. Todo el bosque de la montaña ardía, y las furiosas llamas parecían a punto de devorar incluso el firmamento nocturno. En la aldea al pie de la montaña, el fuego también lo arrasaba todo y se propagaba por todas partes. Las casas se derrumbaban, las calles estaban llenas de cadáveres y la sangre corría por los callejones. Entre las llamas abrasadoras y los muros derruidos, un muchacho de cabello ondeante lucía una vestidura de plumas, grácil como un inmortal. Hasta las comisuras de sus ojos y el arco de sus cejas parecían irradiar luz. Su porte estaba por encima de lo mundano. Un tenue resplandor recorría su cuerpo. Sus zapatos y calcetines blancos no tenían una mota de polvo. Incluso entre aquellas ruinas, rodeado de fuego, seguía pareciendo ajeno al mundo de los mortales, por encima de sus asuntos. Qin Ming, de catorce años, yacía en el suelo. El olor acre a quemado y el polvo le llenaban la boca y la nariz. Los alaridos resonaban en sus oídos, y ante sus ojos solo había llamas implacables. Detrás de él, las vigas y los pilares de una casa, consumidos por el fuego, se partieron y cayeron con estrépito. Vio que muchas personas a las que conocía habían muerto. Toda la aldea se había convertido en un mar de fuego. El muchacho de la vestidura de plumas llevaba una vara de bambú de brillante color violeta. Cruzó los escombros y se acercó a Qin Ming. Aunque su porte era extraordinario y en sus ojos parecía fluir la luz de las estrellas, sus actos eran despiadados. Blandió la luminosa vara de bambú y descargó un golpe en la cabeza de Qin Ming. La sangre empezó a correr de inmediato. Qin Ming sintió que el cielo y la tierra giraban a su alrededor, y hasta el firmamento nocturno le pareció estar ardiendo. Tenía la ropa hecha jirones y ya había sufrido heridas. Aquel nuevo golpe, sumado al humo que lo ahogaba en medio del incendio, le provocó una tos violenta y le impidió levantarse. Después, el muchacho de la vestidura de plumas, sujetando la vara de bambú con su mano esbelta, descargó una sucesión de golpes sobre el cuerpo de Qin Ming. Se oyó el crujido de huesos al romperse. «Creía que solo había sufrido una herida grave en la cabeza. No imaginaba que, entre los recuerdos olvidados, también hubiera escenas como estas». Qin Ming lo murmuró en su interior. Mientras contemplaba aquellos sucesos del pasado, seguía sereno, como si observara la vida de otra persona. Por la aldea se movían numerosas figuras que remataban rápidamente a los heridos. Solo el muchacho de la vestidura de plumas permanecía en el mismo lugar, golpeando a Qin Ming únicamente con aquella vara de bambú de resplandor violeta. «Está claro que podría haberme destrozado la cabeza de un solo golpe, pero no lo hizo. ¿Qué odio sentía hacia mí para empeñarse en hacerme sufrir ese dolor una y otra vez?». Qin Ming grabó firmemente en su memoria el rostro del muchacho. Aunque era muy apuesto y tenía un aire límpido, ajeno a lo mundano, a la luz del incendio su crueldad quedaba igualmente al descubierto. «Me rompió el brazo y después ni siquiera lo supe. ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente aquel año, cuando tenía catorce?», se preguntó Qin Ming. «El pecho me dolía muchísimo. Seguramente me fracturó los huesos al hincarme la vara de bambú». Qin Ming observaba en silencio aquellas imágenes sangrientas entre las llamas. «¿Primero torturarme y después matarme?». Habían pasado más de dos años, pero al recordarlo aún podía sentir con claridad aquella impotencia y aquel dolor atroz. El muchacho de la vestidura de plumas parecía sentir un profundo asco. No llegó a tocarlo con su propio cuerpo: se limitó a descargar la vara de bambú y luego lo golpeó otras dos veces en la cabeza. Qin Ming oyó con toda claridad el crujido de los huesos. La sangre salpicó su cuello y también le resbaló por las mejillas. Ambos eran muchachos. Uno tenía una apostura semejante al jade, límpido y ajeno al mundo; el otro, con la ropa quemada y hecha jirones, el rostro cubierto de sangre, yacía postrado entre el polvo. El contraste era brutal. Al final, cuando la conciencia del Qin Ming de catorce años estaba a punto de desvanecerse, distinguió vagamente dos figuras que salieron de entre las ruinas, obligaron de un ataque al muchacho de la vestidura de plumas a retroceder, lo recogieron y se internaron a toda velocidad en la oscuridad. Durante el trayecto, sus ojos nublados alcanzaron a ver una ciudad inmensa que se extendía sobre la tierra, deslumbrante. —Ciudad de la Luna Poniente. Será mejor evitarla. Los dos hablaban en voz baja. No lo llevaron a la ciudad, sino que la rodearon a considerable distancia y se alejaron deprisa. Entre brumas, oyó un suspiro: —Tiene tres fracturas en el cráneo. Le han destrozado el cuero cabelludo y la carne. Es demasiado grave; probablemente no sobreviva. El brazo y el pecho… Finalmente, Qin Ming se sumió por completo en la oscuridad. Ahora permanecía inmóvil, experimentando en silencio aquella oscuridad sin límites. «Alguien me sacó de allí y me llevó hasta esta región apartada. Sufrí tres golpes graves en la cabeza que estuvieron a punto de destrozármela. No es extraño que olvidara tantas cosas y solo conservara los recuerdos de mi vagabundeo después de despertar». Comprendió que quizá había permanecido inconsciente más de tres meses, porque, cuando despertó, las fracturas del brazo y del pecho ya se habían curado. De no haber vuelto a ver hoy a alguien con una vestidura de plumas, seguiría sin recordar todo aquello. Solo conservaba la imagen del fuerte golpe en la cabeza y de la sangre salpicando entre las llamas. Aunque sentía cierta opresión en el corazón, no lo dominaba una ira desmedida. Lo sucedido ya había sucedido. ¿De qué le serviría entregarse al dolor, la furia o la violencia? Lo que necesitaba era resolver el problema de manera eficaz en el futuro: ¡encontrar a aquel muchacho de la vestidura de plumas y acabar con él! «Una vestidura de plumas y la gracia de un inmortal… No debe de tener un origen cualquiera. Entre aquel mar de fuego había bastantes expertos. Me temo que detrás de esto hay una organización muy poderosa». Qin Ming dejó escapar un leve suspiro. Después recuperó la calma. Incluso se puso a reflexionar desde el punto de vista del otro: si él hubiera sido aquel muchacho de la vestidura de plumas, no habría torturado así al adversario al que pretendía matar. Un martillazo, asunto resuelto y ninguna amenaza futura. «¡Ciudad de la Luna Poniente!». Sus ojos parecían querer atravesar el cielo nocturno mientras repetía en silencio el nombre de aquella ciudad. La aldea donde había ocurrido la tragedia no debía de estar demasiado lejos de ella. El viejo Liu estaba bastante exaltado y comentó en voz baja: —¡Qué poderosa! ¿De dónde ha salido esa mujer de la vestidura de plumas? No teme al insecto lunar y le planta cara, cerrándole el paso en el cielo nocturno. Los demás, sobre la nieve, compartían aquella impresión. Además, era la única mujer entre los poderosos que habían aparecido, por lo que todos sentían curiosidad por su identidad. Permanecía de pie sobre el lomo del gran pájaro de color verde azulado, suspendida en el aire y envuelta en un resplandor brumoso que la hacía sumamente misteriosa. Un anciano dijo: —Seguramente no lleguen a combatir. Por lo general, los expertos están para disuadir. Si de verdad se enfrentaran con todas sus fuerzas, ambos bandos romperían definitivamente sus relaciones y no pararían hasta que uno de ellos muriera. Pero apenas había terminado de hablar cuando, entre las montañas imponentes cubiertas por la tenue oscuridad de la noche, sobre un bosque agreste que parecía no tener fin, el insecto lunar emitió de pronto una luz cegadora. Como una sucesión de espléndidas flechas de trueno, salió disparada hacia la mujer de la vestidura de plumas, sobre el gran pájaro de color verde azulado, con intención de atravesarla. A muchos les cambió el semblante. ¡¿Acaso iba a estallar una gran batalla?! Solo los cuatro seres sentados sobre la nieve se mantuvieron serenos. Ninguno se levantó. En el cielo nocturno, la mujer alzó su mano blanca desde el lomo del gran pájaro. Atrajo el viento y la nieve y los transformó en innumerables gotas cristalinas de lluvia. En un instante, una cortina de agua se desplegó en el firmamento y detuvo las flechas luminosas del insecto lunar. Entre resonantes choques metálicos, todas las flechas quedaron bloqueadas y revelaron su verdadera forma: ¡eran insectos de un blanco plateado! Parecían fundidos en metal refinado y eran extraordinariamente duros. Cruzaban veloces la noche, intentando desgarrar la cortina de lluvia. La cortina se volvió cristalina. Cada gota se alargó sin cesar hasta transformarse en un hilo luminoso que cortaba la oscuridad. Finalmente, entre sordos chasquidos, los densos enjambres de insectos plateados fueron partidos o atravesados. Al final, numerosos insectos voladores de plata estallaron por sí solos, como ilusiones o burbujas de un sueño, y se desvanecieron en la nada. Solo dos insectos hechos de luz salieron indemnes y cayeron hacia las montañas. Entonces retumbó un estruendo, como si se hubiera producido un violento terremoto. Después se desencadenó un alud, y todo quedó envuelto en una inmensidad blanca. Los presentes observaron la escena sobrecogidos, sin atreverse a hacer comentarios a la ligera. El insecto lunar permaneció suspendido en lo alto, como una luna brillante sobre el bosque, y no volvió a atacar. La mujer del gran pájaro de color verde azulado también se quedó inmóvil, con los faldones de su vestidura ondeando al viento. Conservó la calma e incluso retrocedió cierta distancia por iniciativa propia. Era evidente que había sido un tanteo entre los altos mandos. Si uno de los bandos no hubiera estado a la altura, ni siquiera habría hecho falta celebrar aquella supuesta última negociación. Qin Ming contempló a lo lejos a la mujer de la vestidura de plumas sobre el pájaro. No creía que existiera semejante coincidencia: vestir una prenda como aquella no significaba necesariamente que estuviera relacionada con el muchacho. Aun así, no pudo evitar buscar a alguien a quien preguntarle. Se volvió hacia Mu Qing y dijo: —¿Llevar una vestidura de plumas indica un origen importante? Mu Qing, envuelto por completo en su túnica negra, le lanzó una mirada y respondió: —Son personas ajenas al mundo secular. Por lo general, gozan de una posición independiente, al margen de los asuntos mundanos. No sé cuál es el origen concreto de ella. Qin Ming asintió y no preguntó más. Delante, entre las cuatro figuras sentadas con las piernas cruzadas sobre la nieve, la tensión se había relajado. Incluso sonreían unas a otras. Aunque la multitud no podía oír su conversación, supuso que se estaba desarrollando bastante bien. Por supuesto, todos creían que aquello guardaba relación con el tanteo que acababan de intercambiar el insecto lunar y la mujer de la vestidura de plumas, que habría favorecido el buen curso de la negociación. Ling Xu tomó la palabra: —Los ayudaremos a expulsar a ese grupo de seres anómalos que ha emigrado hasta aquí. Tampoco somos codiciosos: si en esos nodos especiales aparecen recursos, solo queremos una parte. Nada más. Además, todos los seres anómalos que hayan ampliado su territorio últimamente deberán retirarse. La vieja comadreja de pelaje blanco como la nieve, sentada con las piernas cruzadas, hizo pasar entre los dedos de una mano las cuentas de una sarta y dijo: —¿Por qué tendríamos que darles una parte? ¿No tendría más sentido que nos aliáramos directamente con los seres superiores recién llegados para enfrentarnos a ustedes? Ling Xu, vestido de blanco, permanecía sentado con serenidad. —No hace falta que nos tanteemos. El tiempo de ambos es valioso. Solo tengo unas palabras sencillas que decir; escúchalas. Nosotros únicamente queremos los recursos especiales que quizá surjan en esos puntos. Pero esos seres superiores que acaban de llegar no solo quieren eso: también tienen la vista puesta en sus guaridas. Dicen que no tienen dónde quedarse por el momento, que solo están de paso y que se alojarán unos meses como huéspedes. ¿Se lo creen? —Bien. Aceptamos. —¡Eso es hablar con franqueza! Ambas partes se pusieron de pie. Habían acordado las líneas generales con absoluta decisión, sin alargar el asunto ni enredarse en rodeos. En cuanto a los detalles, otros se encargarían de discutirlos; ya no les concernían. —¿Ya han terminado de negociar? Al ver que los altos mandos se habían levantado, todos se quedaron atónitos. No habían imaginado que acabarían tan pronto. —Regresen y esperen. Estén preparados para entrar en las montañas en cualquier momento —dijo a los presentes el gato atigrado, volviéndose hacia ellos con una espada larga roja a la espalda. Los que habían venido de Ciudad del Resplandor Escarlata se llenaron de entusiasmo al instante. ¡Habían llegado a un acuerdo de verdad! Qin Ming vio volar un cuervo no muy lejos. Llamaba bastante la atención. Después, el ave se posó sobre una gran roca de tono azulado que sobresalía de la nieve. Allí también había una mujer envuelta en una capa de pieles. El cabello negro le ondeaba al viento y, para su sorpresa, miró un par de veces hacia donde él estaba. El cuervo habló: —¿Cómo es que la presencia de ese chico es aún más débil que la vez anterior? Aquí hay algo raro. Supongo que ha practicado algún método para ocultar su vitalidad. Seguro que hasta él considera que destaca demasiado. Ya te dije que no era un muchacho cualquiera. ¿A quién has encontrado que sea tan adecuado como para no volver a considerar a este? —La persona que he elegido es como un sol ardiente a punto de irrumpir entre las nubes negras. Pero no conviene que se exponga demasiado pronto, o podría despertar los celos del Cielo. Ya la he enviado lejos para prevenirlo. Tras decirlo, la mujer volvió a mirar hacia Qin Ming y añadió: —Más adelante enviaré a alguien a ponerlo a prueba, a ver si puede convertirse en uno de los candidatos de reserva.
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Noche sin límites (Novela) Capítulo 28

Estás leyendo el capítulo 28 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 25 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.