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Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 27 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
Xu Yueping preguntó: —Pequeño Qin, ¿quieres ir a echar un vistazo? —¿Han ido Cao Long, Wei Zhirou, Mu Qing y los demás? —preguntó Qin Ming. Aunque sentía curiosidad por los seres más poderosos de las montañas, al sopesar las cosas prefería ser prudente y anteponer la seguridad. —Ya pasaron por la entrada de nuestra aldea de camino hacia allí —respondió Xu Yueping—. Tienen permiso de los altos mandos; les dijeron que bastaba con no acercarse demasiado. —¡Entonces, qué esperamos! ¡Vamos! —El viejo Liu se animó de inmediato y fue el primero en pronunciarse. Qin Ming tampoco se opuso. Si Cao Long, Wei Zhirou y los demás habían ido, no había motivos para preocuparse en exceso. Poco después se pusieron en marcha y no tardaron en llegar a las afueras de las montañas. Ya se habían congregado numerosos renacidos. Las siluetas se apiñaban por toda la zona, y todos estiraban el cuello, deseosos de ver aparecer a los altos mandos de la Ciudad del Resplandor Escarlata. Qin Ming contempló al asno en silencio. Se parecía mucho al que había cazado en las montañas unos días atrás. ¿No sería algún descendiente suyo? Una comadreja de pelaje completamente blanco estaba sentada con las patas cruzadas sobre el lomo del asno, semejante a un monje eminente que hubiera alcanzado la iluminación. No emitía sonido alguno y mostraba una serenidad extraordinaria. Sus ojos, capaces de desentrañar los asuntos del mundo, eran insondablemente profundos. Qin Ming se concentró en visualizar la quietud y el vacío, ocultando su vitalidad. Mediante «Atenuar la luz, fundirse con el polvo», se integró con naturalidad entre la multitud. —¡Ya viene! —susurró alguien. En la noche, en el extremo de la tierra cubierta de nieve, apareció una figura que fue acercándose hasta distinguirse con claridad. —¿Será uno de los altos mandos de nuestra Ciudad del Resplandor Escarlata? —Ni siquiera los nobles podían conservar la calma. Todos miraban a lo lejos mientras comentaban en voz baja. Pero enseguida volvió a hacerse el silencio, pues quien llegaba también era un ser anómalo. Se acercaba con un elegante paso felino, sin prisa ni pausa, hasta situarse al frente del terreno montañoso. ¡Era nada menos que un gato atigrado! Medía unos un metro de largo y pesaría decenas de kilos. En lugar de apoyarse en las cuatro patas, había llegado caminando erguido. Qin Ming no supo qué decir. Los altos mandos de aquellos seres anómalos tampoco parecían tan extraordinarios: eran criaturas que podían verse en la vida cotidiana. Además, los gatos atigrados y las comadrejas eran enemigos naturales. ¿Acabarían peleándose los dos en las montañas? Muchos tuvieron la misma idea, pero nadie se atrevió a decirlo. Todos guardaban un silencio tenso. —Yo creía que los seres anómalos más poderosos serían como el insecto lunar… —masculló confusamente el viejo Liu. Llevaba varias décadas viviendo junto a las montañas y había oído innumerables leyendas: señores de la montaña de un poder aterrador, aves de renombre que se mantenían invictas desde hacía doscientos años… Cada relato era más prodigioso que el anterior, pero ninguno de aquellos seres había aparecido. —No estarán… ¿a punto de pelearse entre ellos? —Alguien advirtió que algo no iba bien. El gran gato atigrado de andar elegante y la vieja comadreja del lomo del asno se encaraban con evidente hostilidad, como si fueran a enzarzarse de un momento a otro. El gran gato atigrado permanecía inmóvil sobre la nieve. Llevaba a la espalda una espada larga de color escarlata, casi tan alta como él estando erguido. La hoja había salido sola de su vaina diecisiete centímetros, y de ella brotaba un resplandor escarlata que se derramaba en todas direcciones. Parecía que el legendario arrebol del atardecer hubiera aparecido para teñir de rojo la nieve de los alrededores. La comadreja blanca como la nieve también abandonó su quietud. Saltó del lomo del asno, le dio unas palmaditas y lo mandó a esperar más lejos. La vieja comadreja se quedó de pie. Sus extremidades superiores no diferían de los brazos humanos. Mantenía una «mano» a la espalda, mientras en la otra, delante del cuerpo, llevaba enroscado un rosario de cuentas. Con su pelaje blanco como la nieve, alzó la cabeza hacia el cielo. Su aire era sereno, ajeno al mundo. Deslizó lentamente las cuentas entre los dedos y de ellas emanó una tenue niebla blanca que contuvo el resplandor escarlata de enfrente. La multitud estaba desconcertada. ¿De verdad aquellas dos criaturas no pertenecían al mismo bando? ¡Se estaban enfrentando! —Uno de los dos debe de ser humano. Solo que, por la senda que eligió, su cuerpo fue perdiendo la forma humana —dijo alguien en voz baja. Aquellas palabras agitaron los ánimos de los presentes. Esas sendas estaban demasiado lejos de su alcance. De hecho, ni siquiera podían distinguir cuál era el humano y cuál el ser superior de las montañas. Había mucha gente, incluidos numerosos patrulleros de montaña que habían acudido al enterarse. Aunque vigilaban aquellas cordilleras interminables, no pasaban de la periferia y jamás tenían ocasión de ver a los seres anómalos más poderosos. También ellos habían venido a ampliar sus horizontes. De la Ciudad del Resplandor Escarlata habían llegado asimismo muchos renacidos, jóvenes y ancianos. Algunos pertenecían a la nobleza; otros, a organizaciones muy poderosas. Hasta donde alcanzaba la vista se extendía una densa masa de gente. También habían acudido a observar los renacidos más atrevidos de las aldeas y los pueblos cercanos. En el bosque espeso de enfrente apareció igualmente una multitud de criaturas, aún más numerosa que la humana. Todas pertenecían a especies extrañas y resultaban especialmente intimidantes en la penumbra de la arboleda. Unas eran rojas como el fuego; otras estaban envueltas en una bruma violeta. El estrépito de sus voces superaba con mucho los murmullos del exterior. —¡Tengan cuidado! ¡Puede que los de enfrente intenten provocar algo! —advirtió Cao Long. Sus tres metros de altura estaban cubiertos por una armadura reluciente, y ya empuñaba con fuerza una gran lanza de afilada punta. —¿No se supone que esta es la última negociación? ¿Acaso van a ponerse a pelear? —preguntó alguien, desconcertado. Mu Qing, cuyo cuerpo estaba enteramente cubierto por una capa negra, dijo: —Nosotros no provocaremos a nadie. Pero, si esos seres anómalos se atreven a cruzar el límite, ataquen sin reparos. Los altos mandos responderán por nosotros. Al mismo tiempo, los expertos de las demás organizaciones y grandes familias de la Ciudad del Resplandor Escarlata, así como los de los patrulleros de montaña, también transmitían mensajes: si las cosas se torcían, podían combatir sin reservas. —Hace mucho que no veía un despliegue semejante. ¿Va a empezar ya? Recuerdo que el último barrido de montaña a gran escala fue hace treinta años —dijo el viejo Liu, algo excitado, mientras aferraba con la mano derecha su gran machete de grueso lomo. Él, Qin Ming y los demás habían llegado bastante tarde y se encontraban en la retaguardia. En comparación con otras posiciones, la suya debía de ser más segura. Aun así, Qin Ming no se atrevió a confiarse. Puesto que los suyos parecían haberse puesto de acuerdo y habían dado semejantes indicaciones, también él se preparó, empuñando su martillo de oro violáceo de mango largo. La aparición de una figura alta y fornida sofocó toda agitación. Tanto los seres anómalos del bosque como los renacidos de la nieve enmudecieron. Nadie había visto cómo había llegado. De pronto estaba allí, en medio de aquella tensa confrontación. Mediría unos diez metros de altura y su corpulencia resultaba abrumadora. Vestía una armadura de aspecto antiguo y sostenía con una sola mano una larga lanza negra. Lo rodeaba un aura de poder invisible que intimidaba a los seres anómalos de montañas y barrancos, y ponía la piel de gallina a los renacidos que estaban sobre la nieve. Por fortuna, aquella presión invisible se disipó enseguida. De lo contrario, habría acabado por impedirles respirar. El hombre tenía unos rasgos marcados, de contornos bien definidos, y aparentaba cuarenta y tantos años. Su enorme corpulencia hacía pensar de inmediato en la senda del Dios del Espíritu Gigante. —Debe de ser algún gran personaje de nuestra Ciudad del Resplandor Escarlata. Pero ¿por qué no lo hemos visto nunca? —preguntó alguien, extrañado. Incluso Cao Long, Wei Zhirou y los demás miembros de las ramas principales de la nobleza intercambiaban preguntas. Tampoco ellos lo habían visto antes. En cualquier caso, era un humano de lo más genuino. No podía ser un ser anómalo. El hombre de la lanza de guerra negra tenía el cabello negro al viento y el rostro lleno de firmeza. Se situó junto a la vieja comadreja blanca como la nieve y, a su lado, hizo frente al gato atigrado que llevaba a la espalda la espada larga escarlata. Con su llegada, la espada que había salido sola de la vaina y teñía los alrededores como un arrebol comenzó a emitir leves vibraciones, como si advirtiera de la fuerza y el peligro de aquel recién llegado. Un viejo patrullero de montaña dijo: —Ahora la situación está clara. Ese hombre fornido de diez metros es un experto invitado por nuestra Ciudad del Resplandor Escarlata. Por lo tanto, la comadre… ejem, el venerable Huang, también tiene que ser de los nuestros. Como eligió otra senda, su verdadero cuerpo adquirió una forma distinta. Los presentes asintieron instintivamente. Era evidente que el gato atigrado de la espada escarlata procedía de las profundidades de las montañas. En el centro, el gigante de diez metros estaba junto a la comadreja de apenas treinta centímetros, que seguía pasando las cuentas de su rosario. El contraste era tan enorme que muchos querían comentarlo, pero no se atrevían a abrir la boca y no les quedaba más remedio que callar. —Hermano Wei, Wei Mo, hace veinte años que no nos vemos. Has recorrido montañas profundas y grandes humedales, y has cultivado en las inmediaciones de tierras vedadas. ¿Cómo te ha ido? —De pronto sonó una voz apacible. Nadie había alcanzado a ver lo sucedido cuando otra figura apareció sobre la nieve. También era un hombre humano. Aparentaba poco más de cuarenta años, vestía de blanco y tenía un porte refinado y un rostro apuesto. Bastaba con que permaneciera de pie, sin esfuerzo alguno, para que pareciera fundirse con el color de la nieve. Se había situado al lado del gato atigrado de la espada escarlata y miraba al hombre de diez metros que tenía enfrente. Esta vez, muchos de los presentes quedaron completamente desorientados. Se miraban boquiabiertos, incapaces de entender de qué lado estaban los altos mandos de la Ciudad del Resplandor Escarlata y sus aliados. El gigante llamado Wei Mo asintió. Su armadura de oro rojizo oscurecido dejó escapar un repiqueteo metálico cuando dijo: —En efecto, han pasado veinte años. Ling Xu, tú también empiezas a mostrar la edad. Nadie lo entendía. ¿Por qué decía Wei Mo que aquel hombre de blanco mostraba señales de vejez? ¿No estaba en la plenitud de la vida? Al parecer, quienes habían alcanzado aquel nivel se regían por otros criterios. Al mismo tiempo, algunos de los que venían de la Ciudad del Resplandor Escarlata exclamaron, sorprendidos: —¡Ling Xu…! ¡Es el señor de la ciudad! Qin Ming, el viejo Liu y los demás también habían quedado atónitos varias veces, pero ahora por fin comprendían de qué lado estaban los seres superiores de las montañas y de cuál los altos mandos de la Ciudad del Resplandor Escarlata. En aquel breve intervalo, muchos habían tenido que rectificar varias veces su interpretación de lo que veían. Ling Xu, el refinado hombre de mediana edad vestido de blanco, asintió. —¿Quién puede librarse de envejecer? Nadie es capaz de resistirse al paso de los años, ni siquiera ese pequeño puñado de seres supremos, los más misteriosos de todos. Después miró a Wei Mo y preguntó: —Elegiste adentrarte en la niebla nocturna, vagar por los límites de las interminables tierras vedadas… ¿Ya no piensas volver? —No. Wei Mo no dijo nada más. —Es comprensible —asintió Ling Xu. Muchos adoptaron una expresión grave. Unos pocos ancianos habían oído el nombre de Wei Mo y sabían lo extraordinariamente poderoso que había sido en su día. Antes, su cuerpo era mucho más alto y corpulento que ahora. ¿Habría iniciado una transformación de un nivel superior? —¿Por qué está del lado de los seres anómalos de las profundidades de la cordillera? —Un muchacho de la Ciudad del Resplandor Escarlata no pudo contenerse y preguntó en voz baja al anciano que tenía al lado. El anciano respondió en un susurro: —Cuando no encontró una senda y perdió toda esperanza, se internó en la noche inmensa e interminable. Por eso, entre las montañas profundas y los grandes humedales, en la oscuridad sin límites, algunos seres superiores y algunas criaturas anómalas misteriosas no son necesariamente monstruos. ¡En otro tiempo fueron humanos! Al oírlo, Qin Ming también quedó sumido en sus pensamientos. —Sentémonos a hablar —dijo Ling Xu, señor de la Ciudad del Resplandor Escarlata, con un gesto de invitación. Las cuatro criaturas, cada una con una forma muy distinta, se sentaron sobre la nieve y dieron comienzo a la última negociación. Sin embargo, los espectadores descubrieron que no podían oír sus voces. Era una conversación secreta entre los altos mandos. Evidentemente, no les permitirían escucharla. Que pudieran observar tranquilamente desde lejos ya era una oportunidad de conocer mundo. A simple vista se advertía que la reunión no era apacible. Allí se elevaban resplandores escarlatas y giraba la niebla blanca. La ropa, las armaduras y el pelaje de las cuatro criaturas se agitaban con violencia, como si entre ellas actuara un campo de fuerzas aterrador. Incluso vieron al gran gato atigrado desenvainar su espada. La luz escarlata se derramó por todas partes con un fulgor deslumbrante, como si un sol rojo estuviera a punto de alzarse desde el suelo. La vieja comadreja de pelaje completamente blanco parecía muy enfadada y ya no podía conservar su anterior serenidad. Con una mano seguía pasando las cuentas del rosario; con la otra dio una suave palmada en la nieve para expresar su descontento. Al instante, todos se llenaron de espanto: ¡habían sentido un terremoto! Grandes cantidades de nieve saltaron del suelo y se elevaron por el aire. Muchos vieron con toda claridad que solo había dado una suave palmada, sin intención de atacar de verdad. Aun así, aquello agravó la tensión de la escena. Los distintos seres anómalos del bosque comenzaron a rugir en respuesta, y en las montañas aparecieron varios seres superiores de un poder aterrador. Unos los observaban con frialdad desde las cumbres; otros batían las alas y se elevaban para contemplarlos desde el cielo. Entre ellos destacaba un insecto, tan resplandeciente que iluminaba varias cumbres cercanas. Además, se había acercado al borde de las montañas. —¡El insecto lunar! —exclamaron muchos. Pero fuera de las montañas, frente a él, también apareció un ser poderoso en la noche. Una gran ave de color verde azulado, recorrida por espléndidos destellos, llevaba sobre el lomo a una figura de vaporosa vestidura de plumas. Desde lo alto, aquella persona contemplaba al insecto lunar con un aire etéreo, enteramente ajeno al mundo. En un instante contuvo la aterradora presencia que el insecto lunar estaba expandiendo. Al mirar a la figura que cabalgaba la gran ave de color verde azulado, Qin Ming sintió un dolor en la cabeza. No se debía a aquella persona, sino a su amplia vestidura de plumas. Fue como un rayo que hubiera descendido hasta lo más hondo de su ser, desgarrando el velo de polvo que cubría su subconsciente. En un instante vio algunas imágenes y supo lo que había sucedido en aquel sangriento episodio del año en que cumplió catorce.
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Noche sin límites (Novela) Capítulo 27

Estás leyendo el capítulo 27 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 25 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.