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Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 26 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
Qin Ming reparó en lo mal vestido que iba de pequeño, pero enseguida aquel cuadernillo le atrajo la atención. Era un antiguo volumen muy delgado y, al abrirlo, descubrió que sus páginas eran de seda. La cubierta de piel animal debía de haberse añadido después para encuadernarlo. Oscura, áspera y resistente, protegía las verdaderas escrituras de la erosión del tiempo. La primera página contenía aquellos «métodos sin escuela» que Qin Ming conocía a la perfección. Se oyó un murmullo que leía las apretadas líneas. Después, la mano encallecida pasó a la segunda página. La letra seguía siendo diminuta y daba continuidad a la anterior, pero parte del texto y de los dibujos eran nuevos. Aquello captó de inmediato la atención de Qin Ming, que se apresuró a memorizarlo. Quizá ni siquiera necesitara hacerlo. Eran recuerdos desvaídos de su infancia. Mientras atravesaba el segundo renacimiento, su condición física mejoraba enormemente y su conciencia también se fortalecía, barriendo el polvo del tiempo para permitirle contemplar de nuevo el pasado y recordar lo que ya había visto en aquel manuscrito de seda. Entre el sueño y la vigilia, Qin Ming quiso pasar a la tercera página, pero no lo consiguió. Aquella mano grande no la abrió por él. Entonces examinó con detenimiento el manuscrito de seda protegido por la resistente piel animal. Curtido por los años, hacía tiempo que había perdido su lustre original. Ligeramente amarillento, poseía una belleza marcada por las vicisitudes del tiempo y desprendía el peso de la historia acumulada. En efecto, era muy delgado: calculó que solo tendría entre diez y veinte páginas. Qin Ming intentó varias veces pasar la hoja, pero nunca logró abrir la tercera página. Dejó de insistir y, a través de las imágenes fragmentarias del pasado, observó con atención a su yo infantil, aquella figurita vestida con ropa vieja y raída. Aunque seguía en ese estado de semivigilia, se sintió conmovido. Así que de pequeño había vivido en una gran pobreza. La ropita, ya descolorida, tenía algunos remiendos y los puños estaban gastados. Al bajar la mirada, descubrió que hasta los zapatitos estaban agujereados. Suspiró al pensar en los años posteriores. Tampoco su adolescencia había sido fácil: había padecido sabañones, pasado hambre y sufrido heridas que lo habían dejado cubierto de sangre. Dos años atrás había llegado errante a las afueras del pueblo de la Enredadera Plateada, donde cayó enfermo y alguien lo llevó a la aldea de los Dos Árboles. —El año en que cumplí catorce… —Qin Ming se llevó la mano a la cabeza. Cerca de la nuca había tenido una herida por la que había perdido mucha sangre. Advirtió que ya estaba despierto. No se estaba tocando la cabeza dentro del sueño: sus dedos se deslizaron entre el cabello negro hasta rozar el lugar que en otro tiempo había estado ensangrentado. Ya no quedaba ninguna cicatriz. Debía de haber desaparecido durante el primer renacimiento. —Mi infancia y mis catorce años… Dos momentos especiales, recuerdos separados por un abismo. Esos pocos rostros desvaídos aparecen a menudo en mis sueños. Precisamente a los catorce años había llevado una vida errante y sufrido tantas penurias. Por eso ahora era algo más maduro que los de su edad. Qin Ming miró hacia fuera. La oscuridad más densa empezaba a retirarse. Salió al patio, inspiró profundamente el aire helado y repasó una vez más sus recuerdos de infancia. Había retenido con toda claridad el contenido de las dos primeras páginas del manuscrito de seda. Entonces ejecutó los movimientos que nunca antes había practicado, así como los métodos para regular la respiración y el espíritu, y se dedicó a estudiarlos con detenimiento. Solo se detuvo mucho después. Su cuerpo seguía abrasador, pero ya no emitía luz y tenía un aspecto más normal. «Aquella mano grande y áspera…». Qin Ming recordó el puño tan gastado de su manga y los callos que la cubrían. Todo indicaba que su dueño había compartido la misma vida humilde que él de niño, en unas condiciones muy inferiores a las que tenía ahora. En realidad, aquella «mano grande» solo le parecía tan grande desde la perspectiva de su yo infantil; era una mano que transmitía fuerza y seguridad. Cuánto deseaba ver su pequeña mano enlazada con aquella otra, para aliviar el pesar de tantos años sin poder ver a su familia. «El segundo renacimiento aún no ha terminado. Esta noche seguiré comiendo serpiente de sangre, que contiene sustancias de esencia espiritual. Cuando mejore mi condición física, también se fortalecerá el poder de mi mente. Quizá pueda volver a ver el pasado en los sueños de mi subconsciente y recuperar más recuerdos desvaídos de la infancia». La idea lo llenó de ánimo y de una energía inagotable. Tomó un disco de molino de piedra, lo sopesó con la mano y ¡le pareció bastante ligero! Calculó que ahora podía cargar un peso de setecientos cincuenta kilos. Llegó la noche tenue. Qin Ming se lavó el cuerpo ardiente. Ese día no pensaba ir a cazar a la montaña: se quedaría en casa para estudiar las escrituras del manuscrito de seda que acababa de recuperar. «¿Por qué dijo que no se puede dominar?». Esperaba descubrir la razón en sueños cuando llegara la noche profunda. Era evidente que el manuscrito de seda tenía un origen extraordinario. Alguien lo había conservado con gran esmero, temeroso de que sufriera daños. El viento y la nieve habían cesado, y con ello la oscuridad se había atenuado un poco. Aquello era un «día despejado» en una era sin sol. Qin Ming se sumergió en el estudio del manuscrito de seda. Aunque solo había visto dos páginas, estaban repletas de diminutas letras y dibujos. Más de la mitad de la segunda página era completamente nueva para él. Necesitaba meditar cuidadosamente sobre aquellos recuerdos recuperados y practicar hasta comprenderlo todo a fondo. «Es muy sutil. Lástima que no pueda compararlo con técnicas de meditación de nivel intermedio o con el Arte de la Intención y la Energía de nivel avanzado. No sé cuál es su categoría exacta». En aquel lugar remoto, Qin Ming carecía de métodos de renacimiento. Aparte del manuscrito de seda, solo había leído la bastante difundida Introducción a la Técnica de Meditación de la Noche Oscura. El manuscrito de seda mencionaba la «luz celestial», pero apenas de pasada. No explicaba cómo desarrollar la «fuerza de luz celestial», y mucho menos contenía la tan venerada «fuerza del Tathagata». Qin Ming frunció el ceño. El manuscrito de seda era, sin duda, extraordinario, pero ¿por qué no explicaba con detalle algo tan importante como la luz celestial? Leyó con cuidado y practicó una y otra vez en el patio, hasta llegar a algunas conjeturas. El manuscrito de seda trataba de transmitir el máximo contenido con el mínimo de palabras. Si seguía practicándolo, la luz celestial nacería de forma natural en la carne de su cuerpo y fortalecería su esencia, energía y espíritu. Sin embargo, en efecto, no decía cómo desarrollar la fuerza de luz celestial. «¿El manuscrito de seda parece centrarse en elevar el nivel de la vida, sin ofrecer medios concretos para proteger la propia senda?». Aquella conjetura lo dejó un tanto desconcertado. Después del mediodía, en las horas más luminosas de la noche tenue, Qin Ming se frotó las sienes. Medio día de estudio le había fatigado un poco la mente, pero creía haber comprendido por completo el contenido nuevo del manuscrito de seda. Cuando volvió a practicar, sus movimientos fueron fluidos, sin trabas, y se fundieron con el entorno. Tenía la mirada concentrada y límpida, el cabello flotaba al viento y todo él desprendía una naturalidad libre de artificios. Lo más importante era que las corrientes cálidas de su interior habían aumentado de golpe. Las ondulaciones plateadas que aparecían sobre su piel se habían condensado un poco, como si empezaran a transformarse en «lodo de plata». El manuscrito de seda no describía qué nivel se alcanzaría ni qué manifestaciones aparecerían, así que Qin Ming no tenía forma de juzgar cuánto había progresado. Se detuvo a descansar. Incluso quieto, su porte y su espíritu parecían más naturales, lo que le confería cierto aire distinguido. —¡Pequeño Qin, sal! Vamos a la montaña a contemplar las ruinas —lo llamó Xu Yueping. En un principio, Qin Ming había planeado quedarse en casa asimilando el manuscrito de seda, pero, puesto que ya lo había estudiado a fondo, también podía salir. —¿Qué ruinas? —preguntó. —La base de la patrulla de montaña —respondió Xu Yueping con una sonrisa—. Vamos a ver qué huellas dejó allí aquel sabio dios de la montaña… Eh, no, mejor dicho, aquel monstruo de montaña. Luego bajó la voz: —Y a ver si dejó algo bueno. No se trataba de un capricho repentino. Los jefes de varias aldeas se habían reunido y, tras acordar en secreto que dejarían de plantar luna negra, habían decidido ir juntos a echar un vistazo a aquella base. —¡Vamos! —Qin Ming asintió. Últimamente, incluso los renacidos de las distintas aldeas tenían que ir en grupos de varios para atreverse a internarse un poco en la montaña. De lo contrario, el bosque resultaba demasiado peligroso. No todos se atrevían a recorrer aquellas montañas solos, como Qin Ming. A fin de cuentas, todo dependía de la fuerza de cada uno. —¡Aquí hay un montón de buen vino! —Qin Ming llamó a Xu Yueping. Conocía muy bien aquella base; aún podía ver ante sus ojos los destellos de los sables en aquella noche nevada. Xu Yueping y Yang Yongqing acudieron corriendo, encantados. Eso de contemplar las ruinas no era más que una forma de decir que iban a ver si quedaba algo aprovechable. Los hombres de las aldeas también eran de gustos sencillos y sin pretensiones. El viejo Liu sonrió hasta que su rostro arrugado pareció florecer. De pronto, las piernas dejaron de flaquearle: dio un salto de más de un metro y setenta centímetros y llegó en un suspiro. —¿Qué te parece, abuelo Liu? —dijo Qin Ming, sonriendo—. Ayer mismo dije que te regalaría diez tinajas de buen vino, y hoy encontramos todo esto. Repartámoslo entre nosotros y llevémoslo cuanto antes. —¡Bien, bien, bien! —repitió el viejo Liu. Se moría de ganas de romper el sello de barro y probar el vino. —Venir a profanar la tumba de la patrulla de montaña… ¿Por qué será que me hace sentir tan bien? Je, je. —Xu Yueping no podía dejar de reír. Como era natural, los renacidos de las otras aldeas se enteraron. Al final, la aldea de los Dos Árboles se llevó más de treinta tinajas, y las demás se repartieron el resto, algo menos de la mitad. Aunque Qin Ming lo había descubierto, no convenía acapararlo todo y dar motivos para que alguien buscara problemas después. En realidad, los investigadores de la patrulla de montaña ya habían pasado por allí y habían visto el buen vino. Pero tenían asuntos importantes que atender y no les interesaba aquella bebida, así que lo habían dejado. Cuando la noticia se difundió ese mismo día, acudió más gente. Personas de todos lados visitaron la base de la patrulla de montaña para «saquear su tumba». —¿Es muy probable que este hombre haya matado a todos los miembros de la patrulla de montaña? —Qin Ming se sorprendió al ver un retrato después de regresar de la montaña. Era precisamente el hombre de rostro azul negruzco. Había que reconocer que la imagen que lo mostraba blandiendo una espada para matar a la serpiente de sangre tenía mucho brío. Alguien del pueblo de la Enredadera Plateada había distribuido una pila de retratos y advertido a todas las aldeas que permanecieran atentas y comunicaran de inmediato cualquier hallazgo. La patrulla de montaña no era una organización débil. Quien ocupaba su puesto más alto era una figura importante de la Ciudad del Resplandor Escarlata. —Se llama Wang Nianzhu. Tiene un porte tan gallardo… Quién iba a pensar que fuera esa clase de persona. —Qin Ming no había imaginado que, después de matarlo, volvería a ver su retrato y conocería su nombre. «Al menos no has muerto en el anonimato. En todos los pueblos están colocando tu retrato. Por un tiempo, tu nombre se ha hecho conocido en toda esta comarca, aunque sea tan remota». Qin Ming lo miró unas cuantas veces y se marchó. Alguien a quien ya le había destrozado la cabeza no merecía más atención. «Aunque espero que la patrulla de montaña averigüe de qué familia era y a qué organización pertenecía». Después pensó en la cresta del Gallo Dorado y en la secta de los Tres Ojos. También convenía estar pendiente de ellas. Durante la noche profunda, Qin Ming comió carne de serpiente de sangre y los efectos del alimento medicinal no tardaron en manifestarse. Una vez más, todo su cuerpo ardió y empezó a emitir luz. Todo ocurrió de forma muy parecida a la vez anterior. Al final se quedó dormido, vestido con su «vestidura de jade con hilos de oro». Qin Ming volvió a ver a su yo infantil. Aunque vivía en la pobreza y llevaba la ropita y los zapatos hechos jirones, parecía poseer una gran perseverancia. Allí estaba, practicando una y otra vez el método de renacimiento del manuscrito de seda. —Si tiene un origen tan extraordinario, ¿por qué no se puede dominar? —El pequeño era obstinado y resuelto; se negaba a rendirse. —Hubo una vez alguien excepcional que practicó el método del manuscrito de seda y terminó muriendo por ello. Y eso que era uno de sus creadores. —Aquella mano grande acarició la cubierta de piel animal del manuscrito de seda. —¿Eh? —El pequeño Qin Ming, todavía muy inocente, no entendía nada. —Hay sendas demasiado gloriosas, y otras cuyo porvenir es incierto. Unos cuantos viejos no se resignaron y se pusieron a investigar juntos, con la intención de crear algo comparable a aquellas sendas espléndidas. La teoría era muy buena. Pero, al final, cuando abandonaron sus logros anteriores para practicar este método, unos murieron, otros resultaron heridos y otros, ya con poca vida por delante, partieron hacia los confines de la tierra sumida en la oscuridad. Si ni siquiera ellos pudieron dominarlo, ¿cómo iban a lograrlo quienes vinieran después? —La voz quedaba resonando en murmullos. —Si no se puede dominar, ¿por qué lo conservaron? —preguntó el niño. —Arrancaron lo que no podía practicarse y quedó menos de la mitad. Pero, incluso para iniciarse en esa parte, hace falta la ayuda de alguien que ya haya practicado este método. Así que basta con que le eches un vistazo a este manuscrito de seda. —¿Y la parte que arrancaron, la mayor parte? —El pequeño Qin Ming seguía sin querer rendirse. Era el único método de cierta calidad al que podía acceder. —La quemaron. El pequeño Qin Ming guardó silencio. Parecía apenado mientras bajaba la cabeza hacia sus zapatitos, por cuyos agujeros asomaban los dedos de los pies. Cuando llegó la noche tenue, Qin Ming despertó. Suspiró suavemente. Había creído obtener unas escrituras celestiales, pero parecía que se había hecho demasiadas ilusiones. En adelante tendría que prestar más atención a otras versiones de nivel avanzado del Arte de la Intención y la Energía. Sin embargo, también se quedó pensativo. Nadie lo había ayudado, y aun así había logrado dominar las dos primeras páginas del manuscrito de seda. «¿Y de qué sirve haberlas dominado? Las páginas posteriores del manuscrito de seda ardieron. Además, ni sus creadores pudieron lograrlo. Lo comprobaron en carne propia y hasta murieron practicándolo. Después de tantos años, seguramente los demás tampoco sigan en este mundo». Qin Ming se levantó, salió al patio y percibió los cambios de su cuerpo. Gracias a la ayuda de las sustancias de esencia espiritual, aquel segundo renacimiento había sido rápido y violento. Ya lo había completado. Sintió que ahora incluso un solo brazo tenía una fuerza de quinientos kilos. … Dos días después llegaron noticias de Cao Long, Wei Zhirou y Mu Qing: los altos mandos mantendrían una última negociación con las criaturas anómalas más poderosas de las montañas. El lugar sería la entrada exterior de la cordillera. Ya había bastantes personas esperando allí. Un asno se acercó tranquilamente, pisando la nieve. —¿Será la montura de alguna figura importante de la Ciudad del Resplandor Escarlata? A medida que se aproximaba, la gente descubrió que su lomo no estaba vacío. Había una criatura sentada sobre él con las piernas cruzadas, pero no era humana: era una comadreja de cuerpo enteramente blanco, inmóvil como un viejo monje sumido en meditación. La primera criatura en aparecer ya era tan extraña que muchos no se atrevieron a abrir la boca.
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Noche sin límites (Novela) Capítulo 26

Estás leyendo el capítulo 26 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 25 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.