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Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 23 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
Seis personas salieron de la ladera situada al otro lado de la entrada del valle. Cuatro llevaban armaduras negras de excelente calidad, muy superiores a las reglamentarias de la patrulla de montaña. Las armaduras de hierro de los otros dos eran mucho más corrientes y estaban bastante desgastadas; por su aspecto, debían de ser lugareños. Uno lanzó un silbido y, al instante, tres aves rapaces muy robustas salieron corriendo de la espesura. Tenían el plumaje pardo amarillento erizado y unas patas gruesas que les permitían correr a gran velocidad. Qin Ming las reconoció: eran criaturas mutadas criadas en la cresta del Gallo Dorado. Además, el día anterior había visto precisamente a tres de aquellos hombres atravesar el bosque a lomos de esas gallinas corredoras. —Hermano, no te desenvuelves nada mal. Quedarte solo en la entrada del valle para matar serpientes de sangre exige valor y determinación —dijo uno de los jóvenes de armadura refinada. Qin Ming no le hizo caso. Aquel hombre todavía no había bajado el arco de gran tensión que sostenía; apenas un momento antes, había intentado matarlo con una flecha de hierro. —Disculpa lo de antes. Me dejé llevar y quise poner a prueba tu habilidad. Reconozco que me excedí. Qin Ming miró al joven del arco. —¿Tú mismo te crees lo que estás diciendo? —Vaya, por tu voz no debes de tener muchos años. Haber alcanzado el segundo renacimiento tan joven... Tienes un porvenir sin límites. Sorprendido, el joven examinó el rostro que Qin Ming ocultaba bajo una tela negra. Sabía muy bien que un muchacho capaz de lograr semejante cosa en una región tan remota tenía que poseer un talento extraordinario. El joven guardó su gran arco negro. Consideraba que el muchacho que tenía delante era alguien de valía. —Hermano, admito que antes actué de manera imprudente. Lo que ocurre es que mi hermano mayor resultó herido en las montañas y necesita urgentemente recursos espirituales para reponer el cuerpo. La preocupación me hizo perder la cabeza y, llevado por la urgencia, te ataqué. Qin Ming no se dejó conmover. ¿Sentirse apremiado justificaba intentar matar a cualquiera de un flechazo? Era una explicación vacía. La verdad no era otra que su naturaleza fría y despiadada: la vida o la muerte de los demás le traía sin cuidado. Metió rápidamente en la bolsa de piel las serpientes de sangre que había en el suelo. —Puesto que ha sido un malentendido, ¿puedo marcharme? —No tengas prisa, hermano. Quizá podamos hacernos amigos. Puede que no lo sepas, pero venimos de la Ciudad del Resplandor Escarlata... Su intención de atraerlo a su lado era evidente. Qin Ming no dijo nada y observó al grupo en silencio. El hombre al que el joven había llamado hermano mayor parecía encontrarse realmente mal: tenía el rostro de un tono oscuro y azulado. Algo se agitó en su interior. Aquel ligero oscurecimiento de la piel le resultaba familiar. Cuando él había caído en la grieta del suelo, había tenido un aspecto parecido y había enfermado de gravedad. El joven sonrió. —Hermano, mira: el malentendido ya está aclarado y nosotros de verdad necesitamos recursos espirituales. Pero no vamos a pedirte por nada las serpientes de sangre que has cazado. Quisiera invitarte a unirte a nosotros; más adelante, sin duda recibirás una compensación. A Qin Ming le entraron ganas de cruzarle la cara de una bofetada. ¿Pretendía que entregara sus recursos espirituales y que, además, se pusiera a su servicio? Al ver que no recibía una respuesta entusiasta, el joven rozó, como por casualidad, la empuñadura de su arma con la mano derecha. Los demás también se movieron para dispersarse. Qin Ming habló al advertirlo: —Esto no es la Ciudad del Resplandor Escarlata y no hay nadie más mirando. No hace falta que hables con tanta hipocresía. Solo te pregunto una cosa: si el malentendido está aclarado, ¿puedo marcharme? El rostro del joven se enfrió. Sus palabras, en efecto, se volvieron mucho más breves. —¡Te doy una oportunidad y la desprecias! Qin Ming se quitó las dos capas de armadura para aligerar peso, pues temía que le restaran velocidad. Después se echó la bolsa de piel a la espalda y la sujetó rápidamente. Echó un vistazo al largo sable que llevaba en la mano. La hoja había quedado mellada al matar a las serpientes de sangre, y las puntas de varias lanzas de hierro también estaban dañadas. Aquello daba una idea de la dureza de sus escamas rojas. Con expresión indiferente, unos desenvainaron los espadones que llevaban a la espalda y otros empuñaron sus arcos largos. Ahora que se habían quitado la máscara, se disponían a atacar. Solo permaneció inmóvil el hombre del rostro oscuro y azulado. Miró hacia la espesura, a lo lejos. —Así que no has huido de inmediato porque estás esperando a que regrese la otra serpiente de sangre. ¿Quieres que ataque a todos sin distinguir y te ayude indirectamente contra nosotros? Muy bien, admito que necesito mucho esas serpientes. No dejaré que escape al valle. En ese momento, un destello escarlata apareció entre los árboles. La gran serpiente roja como el fuego había regresado. No había continuado la persecución indefinidamente: con aquel frío glacial, si pasaba demasiado tiempo fuera, sus movimientos se volverían lentos. Al ver que había descubierto su intención, Qin Ming dejó de disimular y arrojó a toda velocidad las lanzas de hierro que sostenía. Los hombres cercanos, que ya estaban en guardia, buscaron refugio tras los árboles o se prepararon para desviarlas con sus armas. Pero descubrieron que no iban dirigidas contra ellos. Con tres golpes sordos, las lanzas penetraron en los cuerpos de las gallinas corredoras y levantaron grandes salpicaduras de sangre. Justo entonces, la serpiente de sangre llegó a las inmediaciones. Al ver que un grupo le cerraba el paso, irguió la parte delantera del cuerpo y atacó sin el menor temor. —Ustedes encárguense del muchacho. Yo mataré a esta serpiente. Cuantos más recursos espirituales, mejor —dijo el hombre del rostro oscuro y azulado. —Hermano mayor, ¿tu cuerpo aguantará? —preguntó el joven que había llevado la voz cantante, preocupado por su estado. El otro desenvainó una espada larga. —Entré por voluntad propia en un nodo especial para explorarlo; no resulté herido por accidente. Todavía puedo soportar este grado de esfuerzo. Al ver que la serpiente de sangre había llegado y comenzaba a atacar casi enloquecida, Qin Ming no vaciló más: dio media vuelta y huyó por la ruta prevista. Los demás, por supuesto, actuaron. El joven que antes le había disparado a traición volvió a tensar el arco contra él. Qin Ming esquivaba entre la espesura, usando los grandes árboles como protección. Y, una vez que ambos bandos corrieron a toda velocidad, al joven le resultó difícil seguir sacando flechas de hierro del carcaj y dispararlas sin aminorar el paso. El hombre del rostro oscuro y azulado era verdaderamente fuerte. Espada larga en mano, contuvo a la serpiente de sangre; los resplandores de sus tajos abrieron varias heridas en su cuerpo en un instante. Los que habían salido tras Qin Ming se tranquilizaron al volver la cabeza y presenciar aquello. Qin Ming giraba a izquierda y derecha entre los árboles, avanzando a toda prisa en la oscuridad por el camino que había explorado de antemano. Ya había comprendido que aquel grupo no sería fácil de manejar. Entre sus perseguidores había dos renacidos por segunda vez. Uno corría muy deprisa y estaba cada vez más cerca. Qin Ming poseía fuerza de sobra, pero, al fin y al cabo, todavía no era un verdadero renacido por segunda vez y su velocidad seguía siendo algo insuficiente. El joven que no había dejado de hablar antes también era un renacido por segunda vez. Había quedado un poco rezagado porque se había detenido a dispararle varias flechas a traición. Al llegar a una zona de árboles apretados y ramas que obstruían el paso, Qin Ming la examinó con atención y se lanzó por el único tramo despejado. Como era de esperar, los que iban detrás tampoco se pusieron a cortar las ramas que estorbaban: siguieron persiguiéndolo por el mismo camino. —¡Aaah...! De pronto, el renacido por segunda vez que iba en cabeza soltó un alarido y cayó en la nieve, retorcido de dolor, con el rostro desencajado. Una lanza de hierro oculta bajo la nieve le había atravesado el pie derecho. La sangre manaba y la afilada punta, teñida de rojo, sobresalía por completo del empeine. Era una visión espantosa. Qin Ming solo había querido cubrirse ante cualquier eventualidad y prepararse para lo peor: había enterrado de antemano tres lanzas de hierro en aquella zona de ramas que cerraban el paso. No había imaginado que acabaría necesitándolas de verdad. Naturalmente, el único tramo transitable era el que él mismo había despejado, rompiendo las ramas que lo obstruían. Aun así, clavar las lanzas verticales bajo la nieve no garantizaba que el enemigo cayera en la trampa; también hacía falta suerte. Aquel hombre había esquivado sin saberlo las dos primeras y solo había pisado la tercera. Corriendo con todas sus fuerzas, el desenlace no podía ser más terrible: el pie derecho le había quedado inutilizado por completo. A los que venían detrás se les contrajeron las pupilas al verlo. Por un instante, sintieron como si a ellos también les atravesara el pie derecho un dolor atroz, seguido de un estremecimiento al pensar en lo cerca que habían estado de sufrir lo mismo. El joven que antes había llevado la voz cantante puso mala cara y apretó los dientes. —¡No corran por cualquier parte! ¡Sigan sus huellas! También él era despiadado. Sin ocuparse del compañero herido, continuó la persecución con un espadón en la mano y fue acortando la distancia gracias a su mayor velocidad. Hacía tiempo que había advertido que su adversario corría claramente menos que él. Por eso había concluido que, aunque también fuera un renacido por segunda vez, era más débil que ellos. «Al fin y al cabo, es un renacido de un rincón remoto. Sin técnicas secretas de meditación ni el Arte de la Intención y la Energía, por mucho que haya alcanzado el segundo renacimiento, su potencial tampoco llegará muy lejos». Eso pensaba, y en ello se apoyaban su confianza y su decisión de seguir persiguiéndolo. Qin Ming sabía que tarde o temprano lo alcanzarían. Puesto que era así, más valía tomar la iniciativa. Empezó a reducir el paso deliberadamente, con la intención de eliminar primero a uno de los que representaban una amenaza. —¿Por qué no sigues huyendo? Desgraciado, te doy una oportunidad y la desprecias. Solo te pedía unas cuantas serpientes de sangre. ¿No era mejor que perder la vida? —dijo el joven, acercándose con el rostro helado. El otro hombre de la Ciudad del Resplandor Escarlata y los dos de la cresta del Gallo Dorado solo habían pasado por el primer renacimiento. Eran más lentos que él, habían quedado atrás y todavía no habían llegado. Qin Ming no respondió. Se lanzó al ataque con el martillo de oro negro de mango largo. Tenía que resolverlo deprisa. A quien más temía era al hombre que se había quedado solo para combatir a la serpiente de sangre: aunque su cuerpo tuviera algún problema, seguía siendo el más peligroso. La nieve acumulada entre los árboles estalló. Qin Ming atacó con todas sus fuerzas y el primer golpe del martillo de oro negro dejó al joven aturdido. Sintió que la mano derecha con la que sostenía la espada se le entumecía. ¿Cómo podía tener tanta fuerza aquel muchacho más lento, cuya condición física tras el segundo renacimiento debería ser claramente inferior a la suya? Con la concentración llevada al extremo, Qin Ming no se reservó nada. Aunque el martillo de oro negro de mango largo era pesado, al blandirlo parecía entretejer relámpagos negros bajo la noche. El joven era fuerte y, a todas luces, no resultaba un enemigo fácil. Superaba con mucho a Fu Entao. Tras salir mal parado del primer choque, se apresuró a contraatacar. Sin embargo, descubrió con alarma que el muchacho de aquella región apartada distaba de ser el luchador torpe que había imaginado. Dominaba claramente un método de combate formidable. Hacía girar aquel pesado martillo con una destreza casi florida; su manejo era asombroso y cada golpe rasgaba la oscuridad desde un ángulo increíble. Todos eran movimientos letales de gran eficacia. Entonces comprendió algo: lo estaba manejando según una técnica de sable. «¡Este tipo es muy bueno! ¡Tengo que alcanzar cuanto antes el segundo renacimiento!», pensó Qin Ming. Y, de pronto, el martillo de oro negro se le escapó de la mano. Sonó un golpe seco. El joven sintió que el mundo giraba y se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras la nariz empezaba a chorrearle. En el instante siguiente al choque entre sus armas, a su adversario se le había «resbalado» la mano. A tan corta distancia, el pesado martillo le golpeó la barbilla y le destrozó el hueso en el acto. Soportó aquel dolor atroz, procurando mantenerse consciente, y descargó el espadón hacia delante. Ahora no podía retroceder bajo ningún concepto: no debía darle ocasión de recoger el martillo de oro negro. Era evidente que el golpe lo había dejado mareado y aturdido; ya no tenía la mente tan despejada. Cuando comprendió que algo iba mal, ya era demasiado tarde. Qin Ming desenvainó el largo sable que llevaba encima, desvió su espadón y, con otro tajo, le cortó el brazo derecho que lo empuñaba. Después lo derribó de una patada. Qin Ming recogió del suelo el martillo de oro negro de mango largo. Sin decir nada, se abalanzó sobre él y le reventó la cabeza de un martillazo. Luego tomó su arma y fue rápidamente al encuentro de los otros tres. ... El hombre del rostro oscuro y azulado mató a la serpiente de sangre sin que se produjera sorpresa alguna. No era mera arrogancia: de verdad poseía una fuerza extraordinaria. Liu Huaishan y los pocos patrulleros de montaña supervivientes habían dado media vuelta para regresar al ataque. Tras correr sin descanso, volvieron a las afueras del valle. Él calculaba que la serpiente había consumido muchas fuerzas y que, en medio del hielo y la nieve, aunque no quedara entumecida de frío, sus movimientos podían haberse vuelto lentos. Por eso había regresado tras ella. Y, justo al llegar a las afueras del valle, presenció cómo aquel hombre la mataba. El lugar quedó sumido de inmediato en el silencio. Liu Huaishan y los demás no esperaban encontrar a otras personas allí, y mucho menos que hubieran logrado su objetivo. Por lo que veían, su fuerza resultaba aterradora. El hombre arrojó al suelo la serpiente de sangre y, mirando al grupo que tenía enfrente, avanzó hacia ellos con la espada en la mano. Había entrado en aquella región en secreto y no quería que se supiera de su presencia, pues tenía adversarios por allí. Ahora que no se encontraba en buenas condiciones, le importaba todavía más mantener el secreto. Por ello, su intención asesina crecía con intensidad. —¡Amigo, no tenemos malas intenciones! ¡Nos marchamos ahora mismo! ¡La serpiente de sangre es tuya! —gritó rápidamente Liu Huaishan, mientras hacía retroceder a los suyos a toda prisa. Sentía que aquel hombre era demasiado peligroso. Si se enzarzaban en un combate a muerte, los que perecerían serían ellos. Aquel adversario podía abrirse paso entre todos y matarlos sin ayuda de nadie. Los patrulleros de montaña eran hombres de mediana edad y amplia experiencia. Ya habían tensado los arcos con las flechas encajadas y apuntaban al frente para cubrirse, al tiempo que aceleraban la retirada. El hombre sintió de pronto una opresión en el pecho. Explorar aquel nodo especial había terminado por dañar su cuerpo y ahora se encontraba muy mal. Al final, inspiró profundamente, asintió y dejó que se marcharan. Necesitó descansar un rato antes de que remitiera aquella sensación desagradable. Después se puso en marcha de inmediato y salió tras Qin Ming, en la dirección por la que había huido. Aunque caían copos del cielo, la nieve todavía no podía cubrir las huellas de inmediato. Avanzó a toda velocidad siguiéndolas y, poco después, oyó gritos de dolor. No hubo incertidumbre alguna en el desenlace: Qin Ming mató a los dos renacidos de la cresta del Gallo Dorado y al más débil de los hombres de la Ciudad del Resplandor Escarlata. Tomó sus armas, dio media vuelta y regresó corriendo hasta encontrarse otra vez con el renacido por segunda vez al que una lanza de hierro había atravesado el pie derecho. Cuando apareció el hombre del rostro oscuro y azulado, encontró a Qin Ming de espaldas, interrogando a su compañero. Al instante, la sangre se le aceleró por todo el cuerpo y lo invadió una furia incontenible. Solo veía a uno de los suyos sometido a un interrogatorio forzoso. ¿Dónde estaban los demás? ¿Y su primo? ¿Acaso los habían matado a todos? —¡Habla de una vez! ¿Tienes o no una versión avanzada del Arte de la Intención y la Energía? —preguntaba Qin Ming, acuclillado, mientras sujetaba con una sola mano al hombre gravemente herido. El hombre quería decir algo, pero no podía abrir la boca: ya había recibido un martillazo en ella. ¡En realidad, su adversario no quería dejarlo hablar! Incapaz de abrir la boca, vio aparecer al más fuerte de los suyos y acercarse en silencio. Sus pupilas se contrajeron y pareció querer decir algo. Como respuesta, recibió otro martillazo con un golpe seco. Se le nubló la vista y estuvo a punto de perder el conocimiento. El hombre del rostro oscuro y azulado vio que su compañero tenía la parte superior del cuerpo cubierta de sangre y la inferior enterrada en la nieve. Su estado era espantoso. Sin vacilar más, aceleró bruscamente y se lanzó hacia él. Entonces soltó un gemido ahogado y cayó en la nieve. Esta vez no había pisado una lanza de hierro, sino el espadón de su primo. Poco antes, Qin Ming había preparado cuidadosamente el lugar. Parecía haber sufrido el embate de una gran batalla: había ramas rotas esparcidas por todas partes y solo quedaban unos pocos espacios despejados. Y, naturalmente, en aquellos tramos que había dejado libres a propósito estaban enterradas las lanzas de hierro, los espadones, los sables largos y las demás armas. Por lo visto, había obtenido el mejor resultado posible. Con un golpe seco, Qin Ming acabó de un martillazo con el hombre de antes. Después se volvió serenamente hacia el otro, a quien el espadón había atravesado el empeine. El hombre del rostro oscuro y azulado se llamaba Wang Nianzhu y gozaba de cierta fama incluso en la Ciudad del Resplandor Escarlata. Tras el primer renacimiento había podido levantar un caldero de doscientos ochenta y cinco kilos, lo que ya lo convertía en alguien bastante fuerte. Después del segundo renacimiento, sus dos brazos rozaban los seiscientos kilos de fuerza. Con unas capacidades tan extraordinarias, ¿cómo no iba a sentir un odio inmenso al verse atrapado allí? Sobre todo cuando el muchacho enmascarado que tenía delante, a quien había considerado un simple mozo de aldea, había conseguido infligirle semejante herida. Qin Ming retrocedió y, sin más, le apuntó con el arco y las flechas de su primo. —¡Aaah...! Con la planta del pie atravesada, Wang Nianzhu tenía dificultades para moverse. Por mucha fuerza que poseyera y aunque pudiera saltar soportando el dolor, ya no era capaz de mantener su estado habitual. No resistió mucho antes de recibir un flechazo. Poco después, Qin Ming se acercó y, con el martillo de oro negro de mango largo, le reventó la cabeza a Wang Nianzhu, gravemente herido y agonizante. —Así que he conseguido otra serpiente de sangre. ¡Gracias por el regalo! Qin Ming metió la segunda gran serpiente en la bolsa de piel. La cosecha de aquel día había sido verdaderamente enorme.
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Estás leyendo el capítulo 23 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 25 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.