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Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 1 online gratis en español
🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
> Aquel día, el sol se puso y nunca volvió a salir…
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Noche eterna. El cielo y la tierra estaban sumidos en una oscuridad absoluta, como si un abismo insondable estuviera a punto de devorarlo todo.
La luz del día había quedado muy atrás, convertida en leyenda.
Sobre la vasta tierra helada, el viento cortaba como una cuchilla. La nieve caía con violencia y se había acumulado hasta alcanzar la altura de medio cuerpo.
La aldea de los Dos Árboles estaba medio sepultada bajo la nieve.
Solo había unas cuarenta o cincuenta familias. Parecía un pueblo olvidado por el tiempo; en la noche, de sus casas apenas se distinguían los contornos borrosos.
Entre los aullidos del vendaval, muchos tejados temblaban ligeramente, como si fueran a salir arrancados de un momento a otro.
Qin Ming estaba muy débil. El hambre lo había despertado y el estómago no dejaba de rugirle. En aquella noche gélida, pensar en cualquier alimento bastaba para hacerlo tragar saliva.
No hacía falta imaginar carne humeante ni frutas deliciosas: con solo pensar en un trozo de pan al vapor, frío y duro, un dulzor le inundaba la boca y se le hacía agua.
El frío lo congelaba todo. Tanto dentro como fuera de la casa, la oscuridad era tan densa que resultaba asfixiante.
Qin Ming se envolvió con fuerza en la vieja colcha. Ni el calor del lecho de ladrillo calentado lograba protegerlo del frío exterior. Al respirar, sentía como si esquirlas de hielo le rasparan los pulmones, provocándole un leve dolor punzante.
Se obligó a dejar de pensar en comida; de lo contrario, el ácido amenazaba con subirle del estómago hasta la boca.
Cuando logró calmarse un poco, advirtió de pronto que tenía la mente muy despejada. Ya no sentía aquel embotamiento de antes. ¿Acaso la «extraña enfermedad» estaba por abandonarlo?
Aunque padecía hambre y frío, aquella señal de mejoría tras una enfermedad tan prolongada le devolvió el brillo a los ojos. Esperó la llegada de la «noche tenue».
El tiempo pasó. El viento fue amainando y los grandes copos que antes volaban de lado, arrastrados por las ráfagas, se convirtieron poco a poco en una nevada ligera y dispersa.
Se oyeron movimientos en el patio contiguo, seguidos de una conversación. Eran Lu Ze y Liang Wanqing, un matrimonio joven.
—¿Adónde vas? ¿Otra vez a llevarle comida a Qin Ming? —La voz de Liang Wanqing fue elevándose.
—Ha estado muy enfermo. Solo tiene dieciséis o diecisiete años y vive completamente solo. Da lástima —respondió Lu Ze en voz baja.
—¿No sabes que en casa tampoco nos queda mucha comida? ¡Si seguimos así, nuestros dos hijos van a pasar hambre! —exclamó Liang Wanqing, alterada.
—La tormenta ha terminado. Ya encontraremos una solución —dijo Lu Ze, contemplando la negrura del mundo.
…
Al oír la discusión del matrimonio, Qin Ming se sintió muy mal. Ya no quería aceptar la ayuda de Lu Ze: en tiempos como aquellos, ninguna familia lo tenía fácil.
Se levantó del lecho de ladrillo calentado. Incluso después de ponerse la ropa acolchada de algodón, seguía teniendo frío, así que buscó en el armario un viejo abrigo de piel y se envolvió en él. En la habitación a oscuras, no dejaba de caminar y frotarse las manos.
Tras aquella grave enfermedad, su cuerpo alto y esbelto había adelgazado. El cabello negro que le caía más allá de los hombros había perdido parte de su lustre, y su rostro de facciones delicadas estaba algo pálido. Sin embargo, sus ojos límpidos brillaban llenos de vida. Aunque aún tenía aspecto enfermizo, había en él una firmeza tenaz.
Un mes atrás, había logrado escapar de las montañas a duras penas. Para entonces, las manos y los pies ya se le habían ennegrecido un poco, y desde aquel día había permanecido gravemente enfermo.
Los demás que lo habían acompañado murieron el mismo día de su regreso.
Muchos creían que Qin Ming tampoco sobreviviría a aquella «extraña enfermedad».
Pero había resistido hasta entonces y, además, estaba mejorando de manera evidente.
Solo pensar en las cosas desconocidas y peligrosas de las montañas aún le hacía estremecer el corazón.
La oscuridad del exterior cambió. Era como si la tinta, al caer en un poco de agua limpia, se hubiera diluido. Llegaba la «noche tenue»: lo que ahora se consideraba el «día».
Por supuesto, apenas era un poco mejor que la «noche profunda». El mundo seguía envuelto en sombras, y no se distinguía con claridad nada que estuviera demasiado lejos.
La puerta del patio se abrió. Era Lu Ze. De cuerpo robusto y vigoroso, apartó la nieve hacia los lados con una pala de hierro y despejó rápidamente un sendero hasta la entrada de la casa.
Qin Ming abrió la puerta, bloqueada por la nieve, y lo saludó:
—Hermano Lu.
Lu Ze llevaba una bolsa de tela que despedía luz. La inclinó sobre una pila de piedra situada en la nieve y dejó caer un montón de piedras de un rojo resplandeciente. Chocaron con un tintineo nítido y su luz rasgó las tinieblas.
Eran «piedras solares». Su nombre mismo encerraba una hermosa esperanza de las gentes de aquella época. Ahora iluminaban el patio.
Lu Ze se sorprendió.
—Pequeño Qin, parece que tienes mucho mejor ánimo.
Qin Ming lo invitó a entrar y le contó la verdad: ya no sentía la cabeza embotada y creía que, esta vez, realmente iba a recuperarse.
Lu Ze comentó que se aferraba con fuerza a la vida. No era poca cosa sobrevivir después de contraer aquella «extraña enfermedad» de las montañas. Luego vació las piedras luminosas que quedaban en la bolsa en una pila de cobre dentro de la casa. Enseguida, toda la habitación se llenó de luz.
Las piedras solares se obtenían del «manantial de fuego». Aunque estaban envueltas en resplandores semejantes a llamas, su temperatura era muy inferior a la del cuerpo humano. Se apagaban solas después de varios shichen y había que devolverlas al «manantial de fuego» para que recuperaran su fulgor.
—Toma. —Lu Ze le tendió una caja de comida.
Qin Ming llevaba un mes gravemente enfermo. Sus provisiones se habían agotado hacía días y había subsistido gracias a Lu Ze. Pero, tras escuchar poco antes la discusión y comprender que aquella familia tampoco estaba en buena situación, se sentía culpable.
—Come antes de que se enfríe —lo apremió Lu Ze.
Era un hombre sincero que sabía devolver los favores. En una ocasión se había perdido en un bosque denso, sumido en una oscuridad sin fin, y Qin Ming había gritado su nombre una y otra vez hasta guiarlo de regreso.
Al ver los panes al vapor de harina oscura, todavía humeantes, Qin Ming apenas pudo contener las ganas de tragar saliva.
—¿Qué hacés ahí parado? Todavía no te recuperaste. Si pasás hambre, no vas a sanar. ¿Ahora vas a tratarme como a un extraño? —Lu Ze le puso la caja directamente en las manos.
—¡Hermano Lu!
Al final, Qin Ming dejó de lado los reparos y arrancó un pedazo de pan. Era áspero al tacto, pero lo devoró con avidez y le supo delicioso.
—Llámame si necesitas algo.
Lu Ze se dio la vuelta y se marchó.
Una vez aplacada el hambre, Qin Ming se sintió todavía más animado. Los distintos malestares de su cuerpo estaban desapareciendo. Ya no le cabía duda: aquella enfermedad persistente estaba por abandonarlo.
Quiso salir a tomar aire y caminar un poco. Abrió la puerta del patio y salió a la calle. Hacía un frío extraordinario y, con cada respiración, una nube de vaho blanco le salía de la nariz y la boca.
Durante la noche tenue, el «día» de aquella época, el resplandor rojizo de las piedras solares brillaba en cada casa, y también las calles recibían una luz débil.
—Qin Ming, ¿ya estás bien? —preguntó alguien al verlo.
—Pequeño Qin, déjame mirarte.
La abuela Zhou, de la calle del norte, lo sujetó y lo examinó de un lado y del otro. Su semblante era mucho mejor que la última vez que lo había visto.
Qin Ming los saludó con una sonrisa y les dijo que, en efecto, estaba a punto de recuperarse.
Las pocas personas reunidas en el cruce lo miraron incrédulas. ¿De verdad era posible curarse después de contraer la «extraña enfermedad»?
—Pequeño Qin, aunque estés mejor, no te apresures a salir de la aldea. Ahora es muy peligroso afuera —le advirtió la abuela Zhou, mirando la negrura que se extendía más allá del pueblo, como si el mundo estuviera bañado en tinta.
Los demás vecinos también mostraban rostros preocupados. Eran malos tiempos y la falta de comida se había vuelto un problema grave. Si las cosas seguían así, habría gente que moriría de hambre.
Qin Ming advirtió que la abuela Zhou, antes tan afable y bondadosa, ahora tenía el rostro exangüe. Estaba tan delgada y frágil que una ráfaga de viento parecía capaz de derribarla.
Cuando los otros se marcharon, la abuela Zhou sacó con cuidado del bolsillo unos trozos de tubérculo seco y se los puso en la mano.
Qin Ming se los devolvió enseguida. A su edad, y con el hambre marcada en el rostro, ¿cómo iba él a aceptar la comida de la que dependía para subsistir?
Cada familia había despejado el tramo de calle cercano a su casa, aunque no por completo. Todavía quedaba nieve que crujía bajo los pies. Qin Ming siguió adelante, exhalando nubes de vaho blanco.
Al acercarse a la entrada de la aldea, se detuvo.
Delante de un patio bastante grande había una pequeña explanada destinada a trabajar el grano. Allí, una cabra negra cuya altura llegaba al hombro de un adulto arrastraba una muela de piedra, triturando una variedad mutada de trigo cuyos granos parecían pequeñas motas de plata.
No todos carecían de alimentos. Era evidente que a aquella familia de la entrada de la aldea no le iba mal.
Qin Ming clavó los ojos en la cabra negra. Ahora que incluso comer lo suficiente y mantenerse abrigado era un problema, llevaba, naturalmente, mucho tiempo sin probar carne. ¡Cuánto la deseaba!
La cabra negra era enorme, de cuernos gruesos y aspecto algo feroz. Al sentir la mirada de Qin Ming, pareció asustarse: la cola que llevaba erguida se le cayó de inmediato.
—Pequeño Qin, ¿ya te recuperaste? Quien sobrevive a una gran calamidad seguramente encontrará buena fortuna después.
Un hombre de mediana edad, fornido y de barba tupida, estaba junto a la puerta del patio. Creyendo que Qin Ming miraba el cereal mutado que había bajo la muela —el trigo plateado—, añadió:
—Somos muchos en casa y consumimos todo muy rápido. Estas son nuestras últimas provisiones.
—Tío Yang, es admirable que puedas cuidar de una familia tan grande en tiempos como estos —respondió Qin Ming con una sonrisa.
Por supuesto, no se creía que al otro solo le quedara una bolsa de trigo plateado.
Tras saludar a Yang Yongqing, continuó hasta la entrada de la aldea.
El «manantial de fuego» estaba justo delante e iluminaba con intensidad los alrededores.
Lo habían rodeado con piedras apiladas, formando un estanque cuadrado de un zhang y seis chi de lado. El murete de piedra no llegaba a las rodillas y el interior estaba lleno de un resplandor rojo como el fuego.
En aquella temporada de tormentas de nieve, el manantial de fuego estaba casi agotado. Ya no brotaba a borbotones, pero aún lo envolvían fulgores semejantes a llamas.
En el estanque crecían dos árboles, de los que la aldea de los Dos Árboles tomaba su nombre. Uno tenía hojas negras como la tinta; el otro, blancas como la nieve. Ninguno las perdía durante el frío invierno.

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Noche sin límites (Novela) Capítulo 1
Estás leyendo el capítulo 1 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 22 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.