Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 17 online gratis en español
🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
—Solo has renacido una vez…
Fu Entao recibió un golpe demoledor. Hacía muchos años que había experimentado su segundo renacimiento y contaba con una sólida acumulación de experiencia y poder; aun así, lo había derrotado un muchacho que acababa de renacer.
Apoyándose con una mano en el sable largo, tiró con fuerza de la lanza de hierro que le atravesaba el muslo. Brotó abundante sangre y su cuerpo, ya exhausto, se tambaleó.
A Shao Chengfeng le faltaba un brazo y una lanza de hierro le atravesaba el abdomen, clavándolo al suelo. Forcejeó para arrancársela, pero, cuando vio que Qin Ming volvía la cabeza hacia él, dejó caer impotente el único brazo que le quedaba.
—Toda una patrulla de montaña… aniquilada por un solo hombre.
Shao Chengfeng sabía que no escaparía de la muerte. Su adversario no podía dejar testigos vivos bajo ninguna circunstancia.
—Solo ha renacido una vez. ¿Cómo puede ser tan fuerte? —murmuró Feng Yi'an, limpiándose la espuma sanguinolenta de la boca.
Qin Ming habló:
—Díganme algo que me interese.
—¡Ni lo sueñes! —replicó Fu Entao con dureza.
Comprendía que no le esperaba nada bueno y que agachar la cabeza no cambiaría su destino.
Feng Yi'an y Shao Chengfeng, por su parte, tampoco parecían dispuestos a hablar.
En su vida cotidiana eran despiadados como chacales, hombres de extrema crueldad. Si humillarse y suplicar les hubiera permitido sobrevivir, no habrían tenido reparos en postrarse para pedir clemencia. Pero sabían que era imposible: la muerte era ineludible.
—Háblame del bosque de Bambú Sangriento.
Qin Ming se acercó a Shao Chengfeng.
Este no dijo una palabra. Contemplaba el cielo nocturno con la mirada vacía. Ya había empezado a repasar su pasado, pues sabía muy bien que su vida estaba a punto de terminar.
—¿No vas a hablar?
Sin perder tiempo en más palabras, Qin Ming dejó caer el machete. Con un golpe sordo, le separó la cabeza del cuerpo.
Shao Chengfeng murió con los ojos muy abiertos, incapaz de aceptar su final. Su adversario había actuado con absoluta decisión: lo había decapitado sin más.
Qin Ming había venido a acabar con aquellos miembros de la patrulla de montaña. Torturarlos no le interesaba. Si se obstinaban en callar y no podía sacarles nada, bastaba con matarlos.
Quería comprobar si, ante una situación sin salida entre la vida y la muerte, los otros dos cedían y soltaban la lengua.
El rostro de Fu Entao se contrajo un par de veces, pero su mirada se volvió aún más feroz. Apretó el sable largo, movió los pies despacio y, para sorpresa de Qin Ming, se preparó para atacar de nuevo.
Aquel renacido por segunda vez, que llevaba años haciendo su voluntad en la región, no se amedrentaba ante la muerte. Al fin y al cabo, era un hombre implacable, curtido en combates a muerte en lo profundo de las montañas.
Al otro lado, Feng Yi'an yacía boca abajo. La lanza de hierro que le había entrado por la espalda lo mantenía inmovilizado. Incapaz de incorporarse, apenas se estremeció.
Entre el viento y la nieve desatados, Fu Entao se abalanzó como una fiera con forma humana. Reunió todas sus fuerzas e imprimió a su sable los destellos más feroces de los que era capaz, jugándoselo todo en un último ataque.
Tras el violento choque, jadeaba con la boca abierta, agotado hasta el extremo. Después de luchar tanto, sus fuerzas de verdad se habían consumido. El muchacho, en cambio, seguía rebosante de vigor, con su esencia, energía y espíritu en plenitud.
¡Chas!
En el siguiente intercambio, un tajo le cercenó el brazo derecho. El sable largo cayó con él al suelo. Fu Entao palideció y retrocedió dando tumbos.
Como antes la lanza también le había atravesado una pierna, las graves heridas le hicieron perder el equilibrio. Hincó una rodilla en la nieve y respiró con grandes jadeos. El largo cabello, rizado de forma natural, se le pegaba húmedo a la cabeza. Su rostro expresaba impotencia y desesperación.
—¿Tienes algo que decir? —preguntó Qin Ming.
—Dame una muerte rápida con mi propio sable largo.
La frente de Fu Entao estaba cubierta de sudor frío. Con la mano izquierda temblorosa se apretaba el muñón, pero la sangre ya le había teñido medio cuerpo y había dejado la nieve de un rojo intenso.
—¿Qué te hace pensar que voy a concederte ese deseo?
Qin Ming avanzó con el machete.
—¿Quieres… humillarme?
Fu Entao forcejeó por ponerse de pie.
—¿Y tú lo mereces?
Qin Ming pasó junto a él en una embestida. El machete le cruzó el cuello; una cabeza con el rostro crispado de impotencia salió despedida y el cadáver se desplomó.
Feng Yi'an, pálido como un muerto, seguía tendido allí. Intentó levantarse, pero la lanza de hierro clavada en su cuerpo apenas se estremeció: no conseguía arrancarla de la tierra helada.
Se sintió profundamente humillado. Su adversario ya estaba ante él y le pisaba la cabeza.
—¿Hay algo que quieras decirme? —preguntó Qin Ming, mirándolo desde arriba.
Feng Yi'an apretó los puños, pero enseguida los aflojó, impotente. Respiraba con dificultad.
—¿Quieres encontrar criaturas dotadas de esencia espiritual? No te lo diré.
Qin Ming aumentó un poco la presión del pie. Del cráneo de Feng Yi'an salió un leve crujido: parte del hueso se había agrietado. El dolor atroz le retorció el rostro.
Sin vacilar, Qin Ming descargó el cuchillo y también lo decapitó, poniendo fin a la vida de aquel hombre de espesa barba.
Para averiguar dónde estaba el bosque de Bambú Sangriento, le bastaría con preguntárselo al viejo Liu cuando volviera. De joven había albergado grandes aspiraciones y a menudo se adentraba en las montañas con los miembros de la antigua patrulla de montaña; conocía muy bien la distribución de los manantiales de fuego.
En la montaña solo quedó el silbido del viento. Ya no se oía el estrépito de los sables y las lanzas al chocar. Aquel grupo de patrulleros de montaña había sido aniquilado: Qin Ming había acabado con todos él solo.
—He matado a tanta gente… y ni siquiera me ha temblado la mano —murmuró.
Qin Ming permaneció inmóvil, reflexionando. Quizá se debía a que no los había considerado sus semejantes, sino monstruos de montaña que perjudicaban a los aldeanos.
Empezó a limpiar el campo de batalla. Con los cadáveres bastaba arrojarlos al pie de la montaña y darles una «sepultura en los estómagos»: por el bosque rondaban toda clase de fieras, que no dejarían ni los huesos.
La austeridad y el ahorro ya se habían convertido en una costumbre para Qin Ming. Registró a Fu Entao, a Feng Yi'an y a los demás. A la luz del manantial de fuego aparecieron en sus manos unos objetos relucientes: plata nocturna.
Eran monedas con un poder adquisitivo muy superior al de las monedas de cobre, que podían verse en las transacciones de los mercaderes del pueblo.
Las monedas eran redondas y tenían un agujero circular en el centro, símbolo de la ausencia del sol. De ahí su nombre: plata nocturna.
Después, Qin Ming encontró algo todavía más valioso: oro diurno.
De un dorado resplandeciente, aquellas monedas formaban círculos completos, semejantes al sol desaparecido, y encarnaban un hermoso anhelo de la gente.
Los patrulleros de montaña no llevaban mucho oro diurno cuando se adentraban en las montañas. Entre todos solo sumaban once monedas, pero para una persona corriente aquello ya era una fortuna.
No era la primera vez que Qin Ming «encontraba» oro diurno. Antes de contraer la extraña enfermedad, había visto varios cadáveres cerca de la grieta del suelo en la que había caído. No solo había descubierto oro diurno, sino también un frasco de esencia mineral muy valiosa.
El oro diurno circulaba poco en el pueblo de la Enredadera Plateada, por eso nunca lo había gastado: habría llamado demasiado la atención.
Tampoco había tocado aún aquel pequeño frasco de cristal, de cuidada factura y delicados grabados, pues, tras recuperarse de su enfermedad, había logrado el renacimiento por sí mismo.
Además, sabía poco sobre la esencia mineral. Necesitaba informarse bien para no utilizarla a la ligera y desperdiciar su verdadero valor.
Y, sobre todo, lo que acababa de suceder no tardaría en salir a la luz. Lo mejor era mantener un perfil discreto bajo la identidad de alguien que solo había renacido una vez.
«Solo he renacido una vez y no tengo fuerza suficiente para enfrentarme a la patrulla de montaña. Cuando esta “tormenta” haya tenido tiempo de desarrollarse, no habrá problema si entonces experimento el segundo renacimiento».
Qin Ming continuó buscando botín por la montaña.
—Armaduras excelentes, sables largos de acero refinado cien veces… ¡Qué buenas piezas!
Suspiró para sus adentros, lamentando no poder llevárselas, mientras acariciaba aquellas armas y armaduras. Pensaba enterrarlas después por separado en distintos puntos del bosque y desenterrarlas cuando las necesitara para explorar el bosque de Bambú Sangriento.
Así de sencillo y sin pretensiones era: registró a todos de pies a cabeza y ni siquiera dejó pasar al mastín dorado. Lo levantó, deseando cortarle un buen pedazo de carne y entrar en una de las cabañas para darse un festín de estofado de perro.
Había salido a medianoche, había aguardado en el bosque hasta que se disipara la niebla nocturna y luego había combatido con los miembros de la patrulla de montaña hasta aquel momento. El gasto de energía había sido enorme y hacía rato que tenía hambre.
Pero suspiró y renunció a la idea. Arrojó al mastín sobre la nieve. Por prudencia, no podía demorarse allí: debía limpiar el campo de batalla cuanto antes.
Qin Ming entró en una cabaña y descubrió un interior acogedor y confortable. Gruesas alfombras de piel cubrían el suelo; sobre la mesa había cuencos y palillos de plata, y los cuchillos para cortar la carne asada eran finos y hermosos.
Bastaba abrir cualquiera de las tinajas de licor alineadas allí para que se derramara un aroma intenso. A simple vista se notaba que era mucho mejor que aquel licor añejo y ardiente de Xu Yueping, cuya tinaja ya habían vaciado hacía tiempo.
La búsqueda en aquel lugar no le reportó gran cosa. En cambio, entre los restos de la cabaña derrumbada durante el combate encontró un manual de sable. Sus viejas páginas de cuero estaban gastadas y tenían las esquinas enrolladas.
Era evidente que alguien lo consultaba y estudiaba con frecuencia. Incluso había notas y anotaciones apretadas por todas partes, escritas por distintas manos, que le daban un marcado aire antiguo.
Al hojearlo, Qin Ming reconoció posturas de sable que ya había visto. La técnica de Fu Entao no era más que una parte de lo recogido en el manual. Más adelante se mencionaba la «luz celestial» y se describían aspectos todavía más profundos.
No siguió leyendo. Lo cerró enseguida y se lo guardó. Aquel viejo libro de cuero valía más que todas las monedas de oro diurno.
Una vez registrado a fondo el lugar, sobre la superficie del cuerpo de Qin Ming aparecieron ondulaciones de destellos dorados. Bajo sus puñetazos y patadas, las cabañas que quedaban estallaron una tras otra.
El viento soplaba con fuerza. Enseguida levantó los fragmentos de madera, los arremolinó en el aire y se los llevó montaña abajo.
A ratos también arrancaba la nieve del suelo, mezclándola con los enormes copos que caían del cielo. Resultaría difícil que quedara algún rastro allí.
—Qué lástima de machete.
Qin Ming examinó el filo, cubierto de mellas. Aunque estaba hecho de hierro refinado, al fin y al cabo no podía compararse con las armas de la patrulla de montaña.
—Todavía puede servir.
Encontró la piedra de afilar del lugar, rebajó rápidamente las partes melladas y volvió a sacarle filo. La hoja quedó un poco más estrecha que antes.
Qin Ming bajó todos los cadáveres de la montaña y los arrojó al bosque. Vio con sus propios ojos cómo aparecían varias fieras y se los llevaban enseguida.
En cuanto a los cuatro hombres a los que había interceptado y matado antes en el camino, cuando volvió a buscarlos descubrió que no quedaba ni una esquirla de hueso.
Qin Ming apartó la pesada roca y sacó su fardo del hueco en la nieve. Se quitó la ropa exterior y la armadura, hechas jirones y manchadas de sangre, y se puso la ropa limpia que solía llevar.
Quemó lo que debía quemar y enterró lo que debía enterrar. También dejó ocultos en la montaña el oro diurno y el manual de sable. Poco después, desapareció entre la espesura.
Qin Ming regresó discretamente, arrastrando una presa. Nadie sabía que aquel muchacho afable, que parecía el mismo de siempre, acababa de librar una lucha sangrienta a muerte.
Calentó una olla de agua y, por una vez, en lugar de lavarse con agua fría se dio un reconfortante baño caliente. Su cuerpo alto y proporcionado tenía un brillo cristalino, con líneas musculares armoniosas. Se lavó con todo cuidado para que no le quedara ningún olor extraño del combate sangriento.
Poco después apareció en casa de Lu Ze.
—Tío, ¿qué carne es esa? —preguntó Wenrui, acercándose.
Qin Ming llevaba un gran trozo de carne fresca. Sonrió.
—Una delicia. Ya lo dice el refrán: en el cielo, carne de dragón; en la tierra, carne de asno. Hoy tu tío ha cazado un asno salvaje.
Lo cierto era que no se le iba de la cabeza el estofado de perro en olla de cobre. Le había dado mucha pena no probar aquel mastín dorado, así que ahora pensaba compensarse con un estofado de asno en olla de cobre.
Pronto se oyeron risas alegres en la casa.
—¡Tío, la carne de asno está buenísima!
Ante la humeante olla de cobre, Lu Ze, todavía herido, habló:
—Pequeño Qin, ya has asentado cimientos innatos dorados. Deberías pensar seriamente en tu segundo renacimiento.
Qin Ming asintió.
—No te preocupes, hermano Lu. Sé lo que tengo que hacer.
Después de comer volvió a casa, pensando cómo consultar al viejo Liu sin despertar sospechas. Quería averiguar bien lo del bosque de Bambú Sangriento.
Si podía adelantar su segundo renacimiento, desde luego no deseaba demorarse. Quería visitar cuanto antes aquel misterioso bosque de Bambú Sangriento.

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Noche sin límites (Novela) Capítulo 17
Estás leyendo el capítulo 17 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 24 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.