arrow_back

Leer Noche sin límites (Novela) Capítulo 12 online gratis en español

🏴 Grupo: DusterCrazy✍️ Traducción: DusterCrazy
En el gélido invierno, cuando el hielo y la nieve cubrían la tierra, un resplandor rojo brotaba del bosque. Mariposas danzaban por el cielo nocturno y una extensa lluvia de luz descendía sobre los árboles, con una belleza delicada que parecía ajena a este mundo. Aquella visión dejó atónitos a Qin Ming y Xu Yueping. Ambos se detuvieron a contemplarla. El viento helado rugía, sacudía con violencia las ramas de la espesura y levantaba grandes remolinos de nieve. Las «mariposas rojas» que bailaban a lo lejos también venían arrastradas por él. Xu Yueping observó la noche teñida de rojo hasta que por fin comprendió qué era aquello. —Una planta alterada está «en plena floración». Desprende una vigorosa fuerza de renacimiento. Unos pocos de los animales salvajes y las aves rapaces de los alrededores van a mutar. Mientras hablaba, las «mariposas» se acercaron. El viento de la montaña llevó unas cuantas hasta ellos y, al mirarlas con atención, vieron que eran pétalos luminosos. Qin Ming atrapó unos cuantos al vuelo. Su luz tiñó ligeramente de rojo sus dedos. Xu Yueping incluso se metió dos en la boca y se los comió sin más. Cuando una planta alterada alcanzaba la plena floración, tanto sus flores como sus frutos rebosaban de un intenso aliento de renacimiento, beneficioso para el cuerpo humano. —Son un poco dulces —comentó Qin Ming tras probar algunos. Lástima que tan pocos hubieran llegado hasta allí. En el bosque lejano, una multitud de pétalos parecía un resplandor escarlata en llamas que disipaba la oscuridad. Numerosas aves alzaban el vuelo hacia el cielo nocturno y perseguían aquellos pétalos encendidos. Desde el suelo del bosque llegaban gritos de simios y rugidos de tigres: muchas criaturas se disputaban el festín. Qin Ming ardía en deseos de ir hasta allí. Xu Yueping lo detuvo con un movimiento de cabeza. —Déjalo. Para cuando lleguemos, ya no quedará nada. Además, podríamos toparnos con aves de renombre peligrosas, monstruos de montaña y otras cosas. La «plena floración» de las plantas alteradas no dependía de las estaciones ni seguía pauta alguna, de modo que era muy difícil encontrarlas a propósito. Y, después de aquel esplendor, se marchitaban y morían definitivamente. Qin Ming suspiró. —No hace falta ir a las montañas remotas o a los grandes pantanos: hasta cerca de donde vivimos hay muchos misterios. Me gustaría atravesar esta espesa niebla nocturna y adentrarme en la inmensidad del mundo para verlo con mis propios ojos. Xu Yueping asintió. —Está bien que tengas aspiraciones. Así tendrás motivos para progresar. Si se te presenta la oportunidad, empieza por visitar la lejana Ciudad del Resplandor Escarlata. A su juicio, solo al llegar allí podría decirse que uno había vislumbrado un rincón del verdadero mundo. —Podrías ir a presentarte a los exámenes de ingreso —añadió. —¿Tú has estado allí, tío Xu? —preguntó Qin Ming, volviéndose hacia él. En las comisuras de los ojos de Xu Yueping ya se marcaban algunas arrugas. —Sí. Me dejó conmocionado. Poco a poco comprendí la realidad y, cuando puse mis ideas en orden, acepté que no era más que un hombre corriente. Hablaba con calma, sin el arrojo de la juventud. Solo quedaba el desgaste de un hombre de mediana edad. —Has vivido mucho y conocido muchas cosas, tío Xu —dijo Qin Ming, sin encontrar otra forma de consolarlo. Xu Yueping esbozó una sonrisa amarga. —¿Quién no ha tenido sueños de joven? Le quedaba otra cosa por decir, pero le pareció demasiado desalentadora, demasiado derrotista, y no quiso influir en Qin Ming. Se la guardó: al final, la realidad acababa por desgastar muchas cosas hasta no dejar nada. —Llevamos más de cinco kilómetros sin ver una sola presa —protestó Xu Yueping. Quería cazar algo en el campo y llevarlo al pueblo para cambiarlo por comida y bebida. —Seguramente la planta alterada las ha atraído a todas —dijo Qin Ming. En circunstancias normales, la gente corriente tenía que recorrer aquel tramo en compañía, pues en la oscuridad del campo podía aparecer cualquier clase de criatura. —¡Je! Al menos no vamos con las manos vacías. Después de internarse varias veces en la espesura, Xu Yueping logró abatir de un flechazo un ciervo de agua de unos veinte kilos. Ambos caminaban deprisa. Tras recorrer seis kilómetros y medio, divisaron el pueblo de la Enredadera Plateada. Bajo el manto de la noche, las luces lejanas brillaban difusas y los edificios se insinuaban entre las sombras, como una delicada pintura perfilada por años de sosiego. A partir de allí aumentó de forma notable el número de transeúntes. Unos salían de caza; otros entraban a vender productos de la montaña. También pasaban a toda velocidad carros cargados de mercancías y tirados por animales. Xu Yueping conocía bien el pueblo de la Enredadera Plateada y condujo a Qin Ming directamente hacia el interior. A ambos lados de la calle principal se alineaban numerosas tiendas, con faroles de un rojo vivo colgados bajo los aleros. La gente iba y venía en medio de una gran animación. Los establecimientos estaban repletos de artículos de toda clase: delicadas piezas de porcelana, espléndidas sedas, especias propias de las montañas y mucho más. Junto al camino vendían tortitas, wonton y otros tentadores bocados. Los aromas de los alimentos se mezclaban con los pregones y llenaban el ambiente de vida cotidiana. En comparación, a Qin Ming la aldea de los Dos Árboles le parecía desoladoramente tranquila. Xu Yueping preguntó por el precio del grano. Le dijeron que seguía por las nubes, pues la demanda superaba la oferta. Las grandes nevadas habían bloqueado los caminos y todavía resultaba muy difícil transportar alimentos desde lugares lejanos. El centro del pueblo de la Enredadera Plateada estaba inundado de luz. Allí se encontraba el manantial de fuego. Aunque atravesaba un período de agotamiento, en su estanque de veintisiete metros de lado seguían ondulando destellos entre brumas luminosas. Una vieja enredadera plateada, gruesa como un cubo, hundía sus raíces en el manantial de fuego, que brillaba como magma. De ella procedía el nombre del pueblo de la Enredadera Plateada. Su aspecto era extraordinario, pero seguía siendo una planta común y apenas absorbía una cantidad limitada de esencia espiritual del manantial de fuego. Qin Ming descubrió seres vivos en el estanque: unos moluscos bivalvos que relucían con un rojo cristalino, translúcidos como el jade. Cada vez que abrían o cerraban las conchas, un resplandor ígneo fluía entre ellas. —Son almejas de fuego. En un estanque tan grande solo crían unas decenas. Dicen que tienen un sabor incomparable y que contienen una gran cantidad de sustancias activas. A saber adónde acabarán llevándolas y quién se las comerá. Xu Yueping hablaba en voz baja. Las almejas de fuego necesitaban, como mínimo, un manantial de fuego de segundo nivel como el del pueblo; de lo contrario, la esencia espiritual no bastaba para sustentarlas. Los comercios más prósperos se encontraban cerca del manantial de fuego. Uno de ellos era una antigua armería muy concurrida. La vida en el exterior era dura y peligrosa, y todo el mundo quería contar con una buena arma. Empezaron a caer algunos copos dispersos. Xu Yueping llevó a Qin Ming a un bar cercano. De su entrada colgaban numerosas lámparas de cuidada factura que contenían piedras solares y proyectaban un espléndido fulgor. Cuanto más tarde era, más negocio hacían aquellos locales. Pero aún era temprano y apenas había nadie. —¿No seremos los primeros clientes? —preguntó Xu Yueping con una sonrisa. Un muchacho asintió cortésmente. Todavía estaba medio dormido y le disgustaba tener que atender a alguien tan temprano. —Avísale a tu jefe de que buscamos a Feng Yi'an —dijo Xu Yueping. La sonrisa de cortesía del joven se avivó de inmediato. —El jefe no está, pero ya había dejado instrucciones. Ahora mismo mandaré a buscar al señor Feng. —La carne de este ciervo de agua es tierna y fresca. ¿Bastará para cambiarla por un poco de buen vino? —preguntó Xu Yueping, proponiendo pagar con la presa. En otros tiempos, el bar se habría negado sin dudar. Pero con la actual escasez de alimentos, el joven camarero aceptó al instante. —El dueño se presenta como un «hombre de Xihuoluo» —le explicó Xu Yueping a Qin Ming—. Hace muchos años, su padre llegó desde el oeste a lomos de un ave extraña, como servidor de un experto al que seguía. Unos decían que aquel experto se había marchado a recorrer el mundo. Otros, que un «insecto lunar» lo había matado mientras exploraba un manantial de fuego de alto nivel en las profundidades de las montañas. Su seguidor se había establecido allí y había abierto el bar. —El señor Feng debería llegar hoy al mediodía —anunció el muchacho poco después, y se dispuso a llamar a alguien para que los atendiera. Xu Yueping agitó una mano. —Nada de canciones ni bailes. Basta con que nos traigan comida y buen vino. Hoy hemos venido a hablar de negocios. El bar estaba decorado con bastante gusto. Del techo colgaban lámparas de cristal de diversos colores, aunque las piedras solares que contenían eran muy pequeñas y creaban una iluminación tenue y difusa. Xu Yueping bajó la voz. —Todavía es temprano. Pequeño Qin, quédate aquí esperando. Yo iré a visitar a ese anciano señor. Qin Ming asintió. Sabía que pensaba probar suerte en casa del viejo noble y que de nada serviría intentar impedírselo. El silencio volvió al bar. Qin Ming dio un sorbo al vino ambarino de su vaso de cristal. Aunque no le quemó la garganta, seguía sin acostumbrarse a su sabor. El tiempo transcurría despacio. Contempló la nieve que caía al otro lado de la ventana y a las personas que iban y venían, disfrutando de una prosperidad y una animación que rara vez se veían en la aldea de los Dos Árboles. Xu Yueping regresó. Se sacudió unos pocos copos de la ropa, se frotó las manos y bebió varias copas seguidas. —La verdad es que este vino está mejor que el de mi casa. —¿Estás bien, tío Xu? —preguntó Qin Ming. —¿Qué iba a pasarme? Por cierto, me recibieron con mucha cortesía y amabilidad. Dijeron que llegado el momento te darían una oportunidad. —¿Ah? Qin Ming se sorprendió. No era lo que había imaginado: ¡ni siquiera lo habían rechazado! Le hizo algunas preguntas más y se quedó sin palabras. Quien había recibido cordialmente a Xu Yueping era el mayordomo. No había tenido ninguna posibilidad de ver al viejo noble. El mayordomo lucía una sonrisa afable que parecía más bien una muestra de buenos modales. Como últimamente habían acudido muchas personas a la casa, explicó que concertarían una fecha para que los jóvenes destacados comparecieran juntos ante el viejo noble. —Te estaba rechazando con delicadeza —dijo Qin Ming. Xu Yueping bebió otra copa. —Puedes levantar un caldero de trescientos kilos. Con un logro tan impresionante, pensé que te prestarían una atención especial. Qin Ming tomó la palabra: —Le hablaste de mis cimientos innatos y, aunque te sonreía, no mostró ninguna reacción especial. Eso debería decirlo todo. Tú mismo dijiste que vienen de muy lejos. Tal vez procedan de alguna ciudad espléndida; seguro que han visto mucho mundo. Xu Yueping recordó ciertos rumores: al parecer, la joven de aquella familia noble tenía un talento excepcional. Frunció el ceño. —Aquí ya se te considera alguien deslumbrante. ¿Ni siquiera eso basta para llamarles la atención? Aunque le costaba resignarse, el recibimiento cortés del mayordomo ya le había hecho presentir algo. Sin embargo, deseaba de veras ayudar a Qin Ming a aprovechar aquella oportunidad y, de paso, solucionar la coacción a la que los sometía la patrulla de montaña. La expresión de Qin Ming se volvió seria. —No le des más vueltas, tío Xu. No deberíamos acercarnos demasiado a unos nobles misteriosos que han venido de un lugar importante a este pueblo. Xu Yueping se puso en guardia al instante. ¿Quién sabía si se habían retirado allí a vivir en paz o para huir de alguna calamidad? Asintió con solemnidad. —Tienes razón. El mediodía era una de las horas en que la oscuridad se atenuaba. Se alcanzaban a distinguir vagamente las montañas que rodeaban el pueblo de la Enredadera Plateada. Feng Yi'an apareció con dos patrulleros de montaña. Entraron en el bar entre el viento y la nieve y dejaron pasar varias ráfagas de aire helado. —Hermano Xu, discúlpame. Te he hecho venir desde tan lejos y esperar tanto. Acabamos de regresar de patrullar la montaña —saludó Feng Yi'an con gran cordialidad. Al ver aquella apariencia de sinceridad, Qin Ming sintió una repugnancia inmensa. Deseó destrozarle la cara de un puñetazo a aquel barbudo. Xu Yueping ya le había contado que los miembros de aquella patrulla de montaña apenas cumplían con sus obligaciones. Solo solían aparecer juntos en las montañas a mediados y a finales de mes. Aunque el sol había desaparecido y ya no existían las espléndidas vistas de una luna brillante en lo alto y un cielo cuajado de estrellas, la gente seguía utilizando el antiguo calendario y hablando del comienzo y del final de cada mes. A menudo, algunos miembros de la patrulla de montaña pasaban el tiempo de bar en bar y de restaurante en restaurante por los distintos pueblos. Incluso mantenían amantes en casas aparte. Xu Yueping forzó una sonrisa. —Eres muy considerado, hermano Feng. Sabemos lo duro que es patrullar las montañas. Tampoco hemos esperado tanto. Feng Yi'an se volvió hacia Qin Ming. —El joven hermano Qin tiene un porte magnífico y un potencial ilimitado. Espero que algún día puedas incorporarte a nuestra patrulla de montaña. Le dio unas palmadas en el hombro en una muestra de cercanía. Luego llamó al camarero y pidió un reservado. Miró a los dos hombres que lo acompañaban. —El hermano Xu y yo hablaremos primero a solas. Acompañen al joven Qin y pidan algo de beber. De paso, vayan al restaurante de al lado y miren qué buenos platos tienen. Lo que quería, en realidad, era quitarse la máscara y hablar en privado con Xu Yueping. En efecto, nada más entrar en el reservado, su actitud cambió. —Viejo Xu, no sabes comportarte. Si te empeñas en tomártelo todo demasiado en serio, vivirás agotado y sufrirás mucho. No olvides que tienes mujer y familia. Si en la noche profunda unas cuantas fieras bajan de las montañas e irrumpen en tu casa, tampoco sería tan extraño, ¿verdad? Mientras hablaba, Feng Yi'an le daba suaves palmadas en la cara. Ya no mostraba aquella jovialidad. Sonreía con indiferencia y su mirada se enfriaba cada vez más. Era una amenaza descarada. —En cuanto vuelva, plantaré luna negra —respondió Xu Yueping. —Esta vez me has disgustado mucho. ¿Es que tengo que matar a unos cuantos en la montaña para que agaches la cabeza? ¡Encima he tenido que venir hasta aquí por ti! ¡Cuando se enteró el jefe de la patrulla, se puso de muy mal humor! Feng Yi'an aumentó la fuerza y volvió a golpearle la cara con la palma. Un ke después, Feng Yi'an fue el primero en salir del reservado de la segunda planta. Llevaba una sonrisa en el rostro. —Vámonos —le dijo Xu Yueping a Qin Ming. Feng Yi'an habló sonriendo: —El hermano Xu considera urgente lo de plantar luna negra y quiere volver cuanto antes. Si el joven Qin no tiene prisa, puede quedarse a tomar un par de copas. Qin Ming negó con la cabeza y rechazó la invitación con cortesía. —No, gracias. Prefiero irme con el tío Xu. Últimamente no es seguro andar por el campo; si vamos juntos, al menos podremos cuidarnos el uno al otro. Cuando ambos desaparecieron por la puerta del bar, uno de los hombres que acompañaban a Feng Yi'an preguntó: —¿Y qué si ese muchacho tiene cimientos innatos dorados? Está claro que es de la misma clase que Xu Yueping. ¿Para qué tratarlo con tanta cortesía? Feng Yi'an respondió: —Es cierto que aún está por ver hasta dónde llegará y que no es de los nuestros. Pero, al fin y al cabo, todavía no hemos roto con él. De momento conviene guardar las formas, salvo que estemos seguros de que vamos a matarlo de inmediato… —¡Tío Xu! Qin Ming descubrió unas marcas de dedos muy tenues en la mejilla izquierda de Xu Yueping y comprendió al instante que lo habían humillado en el reservado. Podía imaginar aquella humillación. Una llamarada de ira le ardió en el pecho. Respiró hondo y dijo: —Tío Xu, cometen una maldad tras otra. Creo que hasta el Cielo está harto y no tardará en llevárselos.
Noche sin límites (Novela)

Continúa leyendo

Noche sin límites (Novela)

Capítulo 13

Siguiente Capítulo ›

Noche sin límites (Novela) Capítulo 12

Estás leyendo el capítulo 12 de Noche sin límites (Novela), un novela. _Aquel día el sol se puso y nunca volvió a salir…_ Este capítulo tiene publicado el 23 de octubre de 2026, Traducido por el grupo DusterCrazy. Noche sin límites (Novela) tiene 40 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.