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Leer Noche roja (Novela) Capítulo 9 online gratis en español

El sueño en el que comía pasteles como si fuera un cerdo terminó de repente. An Yo abrió los ojos. Pero no estaba en el barco. Estaba sentado sobre las piernas de la mujer del callejón de Piedra Blanca. Ella acariciaba lentamente su cabello. Sus dedos lo peinaban con paciencia, separando algunos mechones mientras el viento movía las hojas de los árboles que los rodeaban. —¿Te gustará mi bendición, pequeño? An Yo permaneció inmóvil. La mujer sonrió. —Fuiste muy inteligente al engañarme. Le acomodó el cabello detrás de la oreja. —¿Quién pensaría que una niña pequeña podría engañarme y ser un niño? An Yo no entendía del todo. Miró alrededor. Estaban frente a una enorme residencia. Era mucho más grande que cualquier casa que hubiera visto. Cientos de árboles rodeaban el lugar. Sus hojas eran doradas. Algunas caían lentamente, flotando en el aire antes de tocar el suelo. El viento era fresco. Olía a montaña. A los montes de Qingshui. Por alguna razón, aquel olor le resultaba familiar. También se escuchaban risas. Muchas. Niños corrían entre enormes campos de trigo. Algunos jugaban. Otros perseguían pequeños animales. Había niños de diferentes edades. La escena parecía tranquila. Demasiado tranquila. La mujer continuó peinándolo. —¿En serio creíste que no sabría dónde estabas? An Yo no respondió. Ella sonrió. —Pequeño An Yo... Su voz se volvió más suave. —¿No quieres ser uno de mis hijos? An Yo levantó la mirada. —Yo perdí a todos mis hijos. La mujer bajó los ojos. —Por eso, a veces, traigo más niños a mis dominios y los crío. Sus dedos continuaron recorriendo el cabello de An Yo. —Sé que quieres ver el mundo. An Yo permaneció callado. —Y la bendición que te di no se manifestará rápidamente. La mujer pasó una mano por su cabeza. —Crecerá contigo. Hizo una pausa. —Cambiará tu cuerpo. An Yo frunció ligeramente el ceño. —Es una bendición que pocos tienen. La mujer sonrió. —O pocos obtienen. El viento movió las hojas doradas. —La Percepción Celestial. An Yo escuchó el nombre. —Tendrás que aprender a utilizarla. Su tono cambió ligeramente. —O podrías morir. An Yo la miró. La mujer acarició nuevamente su cabello. —Y cuando seas grande... Sus ojos parecieron oscurecerse. —Las sombras te abrazarán con fuerza. An Yo no sabía qué significaba. Pero la forma en que lo dijo hizo que sintiera algo extraño en el pecho. La mujer volvió a sonreír. —Pequeño An Yo... Le dio un pequeño golpecito en la cabeza. —Algún día iré a verte. Se inclinó hacia él. —Y tendrás que recibirme como una reina. Una pausa. —A cambio de la bendición que te di. Le besó la frente. —Adiós, pequeño An Yo. Todo desapareció. An Yo despertó. Se incorporó de golpe. Respiró profundamente. Miró alrededor. El techo. Las paredes. La habitación del barco. Se quedó sentado durante unos segundos. Pensó que solo había sido una pesadilla. Pero... Se sentía demasiado agradable para serlo. An Yo se levantó. Fue a bañarse. Tomó la pequeña ramita de nieve. Ya casi se había terminado. La llevó consigo al baño. Entró. Miró primero su reflejo en el espejo. Después miró el agua. Por un momento recordó aquel otro día en que había pensado que el reflejo podía escapar. No dijo nada. Se sumergió. El agua estaba fría. An Yo se bañó rápidamente. Después se secó y se vistió. Durante todo el proceso estuvo pensativo. Aunque no sabía exactamente qué estaba pensando. Solo sentía que algo había cambiado. Fue a buscar a su maestro. No lo encontró. No tenía hambre. Después de aquel sueño no quería comer. Así que regresó a la sala de estudio. Abrió un libro. Y comenzó a estudiar por sí mismo. Apenas había salido el sol. An Yo miró por la ventana. No sabía qué hora era. Pero debía ser muy temprano. Recordó algo que su padre le había enseñado. Leer el sol. Su padre no sabía decir la hora con exactitud. Pero podía calcularla observando dónde estaba el sol. La luna era más difícil. An Yo miró nuevamente hacia arriba. Observó la posición del sol. —Deben ser las siete de la mañana. Abrió su libro. Continuó leyendo. Después estudió matemáticas. Pasó el tiempo. Volvió a mirar por la ventana. El sol ya estaba mucho más alto. An Yo calculó nuevamente. —Deben ser las diez. Todavía no estaba en el centro del cielo. Así que todavía no era mediodía. An Yo apoyó una mano sobre el libro. Entonces miró hacia afuera. Desde aquella altura, el mundo parecía distinto. No había caminos que pudiera recorrer con los pies. No había casas pequeñas como las de Qingshui. Desde el cielo, las montañas parecían enormes manchas verdes y grises. Los bosques se extendían durante kilómetros. Algunos tenían tonos verdes profundos. Otros parecían amarillos bajo la luz del sol. Había ríos serpenteando entre las montañas. Parecían cintas plateadas. En algunos lugares se veían pequeños asentamientos. Desde allí arriba apenas parecían grupos de puntos. Más lejos había montañas cubiertas de niebla. Sus cumbres atravesaban las nubes. Algunas nubes se encontraban por debajo del barco. Otras flotaban a la misma altura. Y más allá... Había más montañas. Más bosques. Más tierras. An Yo no podía ver dónde terminaba aquel paisaje. Era demasiado grande. No se parecía a nada que hubiera visto en Qingshui. Por primera vez comprendió algo sin que nadie tuviera que explicárselo. El mundo no terminaba donde terminaba su vista. La puerta se abrió. Su maestro entró cargando una bandeja. —Buenos días. An Yo levantó la cabeza. —Maestro. Sobre la bandeja había arroz caliente, verduras salteadas, un poco de carne cortada en trozos pequeños y una salsa espesa de color oscuro. También había un cuenco con sopa. El vapor subía lentamente. Y, separado de todo lo demás, había un pequeño postre. Una masa suave cubierta con una crema ligera. Encima había trozos de manzana. An Yo lo miró. Sus ojos se iluminaron. —Eso es para ti. An Yo tomó el postre. Probó un poco. La masa era suave. La manzana estaba dulce. Había una pequeña cantidad de crema y algo crujiente que no reconoció. An Yo volvió a probar. Después otra vez. —Muy bueno. Su maestro sonrió. —Me alegra. An Yo terminó de comer. Después miró al hombre. —Maestro. —¿Sí? —¿Qué cosas pueden bendecirte? El hombre se quedó pensativo. —Depende mucho, ¿sabes? Se sentó frente a él. —Déjame recordar. Miró hacia el techo. —Mmmm... Después negó con la cabeza. —No. Antes de hablar de eso... Miró a An Yo. —¿Quieres hablar primero de cómo nace un niño bendecido o maldito? An Yo asintió. —El nacimiento de un niño puede tener varias influencias. El maestro tomó un pedazo de papel. —El ambiente donde nace. Escribió. —El bioma. Otro trazo. —El mes. Otro. —Lo que ocurra durante su nacimiento. Y finalmente: —La energía que absorba. An Yo miraba el papel. —A tu edad, además, el cuerpo es muy influenciable por las energías. Señaló su propio pecho. —Absorbes muy poco de forma consciente, pero el cuerpo puede recibir pequeñas cantidades del ambiente sin que tú quieras. An Yo levantó la mano. —¿Qué es un bioma, maestro? —Un bioma es una región enorme donde existen condiciones ambientales parecidas. Tomó el papel. —Por ejemplo, un desierto. Dibujó una línea. —Tiene poca agua, mucho terreno seco y especies adaptadas a esas condiciones. Luego dibujó árboles. —Un bosque tiene mucha más vegetación, humedad y otro tipo de criaturas. Después unas montañas. —Las montañas tienen temperaturas, alturas y condiciones diferentes. Miró a An Yo. —Cada bioma puede tener su propia vida. —Entonces... An Yo pensó. —¿Un niño que nace en un desierto puede ser diferente de uno que nace en un bosque? —Puede. El maestro asintió. —Aunque eso no significa que el lugar determine completamente lo que será. An Yo volvió a mirar el dibujo. —¿Y alguien puede bendecirte cuando ya eres grande? —Sí. El maestro suspiró. —Hay una lista tan larga y absurda que podría pasarme días explicándola. Sonrió. —Y no son tan fáciles de conseguir. —¿Por qué? —Porque una bendición puede terminar convirtiéndose en una maldición. An Yo dejó de mover el lápiz. —¿Cómo? —La inmortalidad, por ejemplo. El maestro hizo una pausa. —Eso pertenece más a los mitos. An Yo escuchó. —Pero imagina que alguien deja de envejecer. —¿No sería bueno? —Depende del tipo de inmortalidad. El maestro lo miró. —Podrías quedar atado a este plano. Obligado a vivir durante siglos. Observando cómo las personas aparecen y desaparecen. An Yo permaneció callado. —Al principio todo sería nuevo. El maestro bajó la mirada. —Después de miles de años... Una pequeña pausa. —Podrías cansarte de actuar. —¿Y luego? —Luego quizá ya ni siquiera quieras observar. Miró por la ventana. —Nada te sorprendería. An Yo pensó durante unos segundos. —¿Y una bestia superior puede bendecirte? —Sí. El maestro levantó un dedo. —¿Recuerdas que te hablé de los Saalrah? —Sí. —Existen mitos que dicen que algunos bendicen niños. An Yo abrió un poco los ojos. —¿De verdad? —Son mitos. Hizo énfasis en la palabra. —Pero las bestias superiores también pueden hacerlo. —¿Incluso a adultos? —Incluso a adultos. El maestro tomó otro papel. —Hace tiempo escuché la historia de un joven que sobrevivió a un eclipse de sangre. An Yo dejó de comer. —¿Cómo? —Luchó durante varios días en completa oscuridad. —¿Sin parar? —Sin parar. —¿Contra qué? —Contra las aberraciones que aparecen durante esos fenómenos. An Yo frunció el ceño. —¿Entonces nunca pasan? —No. El maestro negó con la cabeza. —No es que nunca pasen. —Entonces... —Son irregulares. Señaló el mapa que tenían sobre la mesa. —Ocurren en determinadas regiones. —¿Y qué pasa con esas regiones? El maestro guardó silencio durante unos segundos. —Quedan aisladas del resto del mundo. An Yo lo miró. —¿Por cuánto tiempo? —Nadie lo sabe con certeza. —¿Y las personas? —Algunas mueren. Una pausa. —Otras desaparecen. An Yo bajó la mirada. —Después está el Sol Blanco. —¿Qué hace? —No se sabe. El maestro negó. —Algunos creen que es una consecuencia del eclipse de sangre. —¿Y si alguien sobrevive a los dos? El maestro sonrió ligeramente. —Hay historias que dicen que reciben bendiciones. An Yo volvió a mirar el papel. —¿Quién más puede bendecir? —Un inmortal. —¿Y alguien más? —Hay otras maneras. El maestro se encogió de hombros. —La verdad, desconozco mucho del tema. Pasaron horas estudiando. Buscaron información en libros. Compararon historias. Revisaron registros antiguos. Algunos hablaban de nacimientos bajo fenómenos extraños. Otros mencionaban niños que sobrevivieron a calamidades. También encontraron relatos sobre bestias superiores, inmortales y criaturas que podían alterar el cuerpo de otras especies. No todos coincidían. Algunos relatos se contradecían entre sí. El maestro se lo explicó. —Un libro puede estar equivocado. —¿Entonces cómo sabes cuál dice la verdad? —No siempre puedes saberlo. An Yo lo miró. —¿Entonces? —Comparas. El hombre colocó tres libros uno al lado del otro. —Buscas coincidencias. Luego señaló otro. —Y también buscas quién escribió cada cosa. An Yo pasó los dedos por las páginas. —¿Y si todos están equivocados? —Entonces todavía no sabes la respuesta. An Yo se quedó pensando. —Eso es molesto. Su maestro soltó una pequeña carcajada. —Sí. Continuaron estudiando. Hasta que llegó la hora de almorzar. Comieron juntos. Arroz. Verduras. Sopa. Carne. Y el resto del postre de manzana. An Yo estaba sentado junto a la ventana. En algún momento miró hacia afuera. —Maestro. —¿Sí? —Son las cuatro de la tarde. El hombre dejó los palillos. —¿Cómo lo sabes, An Yo? —Por el sol. An Yo señaló hacia la ventana. —Está allí. Movió el dedo. —A esta hora estaba más alto. Luego señaló otro punto. —Ahora está más hacia allá. El maestro miró hacia afuera. Después revisó su reloj. Se quedó quieto. —Es cierto. An Yo sonrió. —Enséñame. —¿Qué? —Yo también quiero saber. An Yo se levantó. Se acercó a la ventana. —Mira. Señaló el cielo. —Cuando está más arriba... Movió el dedo. —Es más temprano. —Eso no está del todo bien. An Yo lo miró. —¿No? —El movimiento depende de la estación y de dónde estés. El maestro se acercó. —Pero para saber aproximadamente la hora, tu método puede servir. An Yo volvió a mirar. —Entonces puedo aprenderlo mejor. —Sí. —¿Y la luna? —Eso es bastante más complicado. An Yo suspiró. —La luna es difícil. Su maestro sonrió. El estudio continuó. Después de un rato, An Yo preguntó: —Maestro. —¿Sí? —¿Todos los demonios son iguales? —No. El hombre cerró uno de los libros. —Te daré dos ejemplos, ¿de acuerdo? An Yo asintió. —Sí, maestro. —Existen demonios que se alimentan del terror. —¿Viven de eso? —Sí. —¿Entonces matan a las personas? —No necesariamente. El maestro levantó un dedo. —Algunos buscan que la persona sienta miedo porque eso es lo que consumen. —¿Entonces no son tan peligrosos? —No todos. —Ah. —Muchos otros se alimentan de lo que diferentes razas sienten cuando están muriendo. An Yo dejó de jugar con el lápiz. —¿Del miedo? —Del miedo. Del dolor. De la desesperación. El maestro hizo una pausa. —Pero existen muchos tipos. —¿Como cuáles? —Súcubos e íncubos, por ejemplo. An Yo ladeó la cabeza. —¿Qué comen? —Emociones. —¿Cuáles? —Placer. Tristeza. Estrés. Miedo. Alegría. El maestro se encogió de hombros. —Depende de la especie. —¿Pueden cambiar? —Sí. —¿Cómo? —Algunos pueden cambiar su apariencia. —¿Y su voz? —También. An Yo abrió un poco los ojos. —Entonces pueden parecer otra persona. —Algunos sí. El maestro volvió a abrir el libro. —Existen miles de espectros y razas capaces de hacer cosas similares. —¿Miles? —Como mínimo. —¿Y los vampiros? El maestro sonrió. —Los vampiros son extraños, ¿sabes, An Yo? —¿Por qué? —Su sociedad está muy basada en las apariencias. —¿Como nosotros? —Parecida. El maestro señaló su ropa. —Quién es más atractivo. Después señaló sus manos. —Quién es más fuerte. Luego su propia ropa. —Quién viste mejor. An Yo lo pensó. —Eso también pasa aquí. —Exactamente. El maestro se acomodó en la silla. —Algunos mitos dicen que los vampiros vienen del subsuelo. —¿Qué es el subsuelo? —Todo lo que existe debajo de la superficie del mundo. An Yo frunció el ceño. —¿Como una cueva? —Mucho más que una cueva. El maestro tomó un papel nuevo. —Imagina que el suelo bajo tus pies continúa bajando. Dibujó una línea. —Y continúa. Otra. —Y continúa. Otra. —Durante miles de kilómetros. An Yo abrió los ojos. —¿Tanto? —El subsuelo es enorme. —¿Es otro mundo? —Algunos lo consideran así. El maestro dejó el lápiz. —Existen ciudades subterráneas. —¿Ciudades? —Sí. —¿Debajo de nosotros? —Algunas están mucho más abajo. An Yo se acercó. —¿Y cómo ven? —Algunos no pueden. —¿Todos son ciegos? —No. El maestro negó. —Muchos ven perfectamente. —¿Cómo? —No lo sabemos. An Yo se quedó pensando. —¿Qué hay allí? —Mundos enteros. —¿Mundos? —Hay relatos sobre regiones subterráneas tan grandes que tienen sus propios cielos. An Yo lo miró. —¿Cielos debajo del suelo? —Eso dicen los relatos. El maestro continuó. —Algunos hablan de piedras que brillan como soles. —¿Soles debajo? —Según los manuscritos. An Yo escuchaba fascinado. —También existen criaturas de escala titánica. —¿Más grandes que el Devorador de Mareas? —Algunas historias dicen que sí. —¿Y personas? —Hay razas caníbales. —¿Caníbales? —Sí. El maestro hizo una pausa. —Y muchas criaturas son ciegas. —¿Todas? —No. —¿Entonces algunas ven? —Muchas. An Yo bajó la mirada. —Ese lugar da miedo. —Probablemente. El maestro respiró lentamente. —Los primeros vampiros, según los manuscritos más antiguos, eran murciélagos enormes. An Yo volvió a levantar la cabeza. —¿Murciélagos? —Sí. —¿Grandes? —Muy grandes. —¿Cuánto? —Algunos relatos hablan de doce mil kilómetros. An Yo se quedó completamente quieto. —Eso es... No encontró la palabra. —Muy grande —terminó diciendo. El maestro sonrió. —Extremadamente grande. —¿Y eran inteligentes? —A pesar de ser murciélagos, no eran tontos. El maestro pasó una página. —Los manuscritos antiguos encontrados en ciudades subterráneas de Xetian hablan de ellos. —¿Qué les pasó? —Con el paso de millones de años cambiaron. —¿Cómo? —Su apariencia. —¿Su tamaño? —También. —¿Y su comportamiento? El maestro asintió. —También. Su voz se volvió más seria. —Se volvieron siniestros. An Yo lo miró. —¿Mataban mucha gente? —Sí. Pero el maestro continuó: —Aunque había algo peor. —¿Qué? —La oscuridad. An Yo esperó. —Una oscuridad absoluta. El maestro habló lentamente. —Había vampiros capaces de permanecer dentro de ella sin que nadie pudiera encontrarlos. —¿Ni con una gran percepción? —Ni siquiera con una percepción inmensa. An Yo se quedó pensando. —¿Cuánto medían? —Los primeros relatos hablan de muchos kilómetros. Pasó una página. —Después cientos de metros. Otra. —Luego decenas. Y finalmente: —Llegaron a medir alrededor de dos metros. An Yo miró la ilustración. —¿Y aterrorizaban ciudades? —Sí. —¿Cómo? —Apagaban toda la luz. El maestro cerró el libro lentamente. —Y después jugaban. An Yo frunció el ceño. —¿Jugaban? —Durante semanas. El maestro lo miró. —A veces meses. —¿A qué? —Se llevaban personas. An Yo dejó de respirar durante un segundo. —Las hacían desaparecer. El maestro bajó la voz. —O simplemente se burlaban de otras razas. An Yo miró el dibujo del vampiro. —¿Todos eran así? —Quizá no. El maestro negó. —No todos nacieron iguales. Pensó unos segundos. —He escuchado que algunos vampiros de Yunbei tienen pelaje en ciertas partes sensibles de su cuerpo. An Yo parpadeó. —¿Pelaje? —Sí. —¿Por qué? —Porque todo evoluciona. An Yo lo pensó. —¿Durante cuánto tiempo? —A veces millones de años. —Si sobrevivo millones de años... An Yo levantó la cabeza. —¿Puedo mutar, maestro? —Sí. El hombre sonrió. —Pero depende de las condiciones. —¿Como cuáles? —Dónde vives. —¿Por ejemplo? An Yo se emocionó. —¿Si voy a vivir al desierto de Vhark? El tono de su voz cambió. —Exactamente. Pero entonces la expresión del maestro cambió. La sonrisa desapareció. An Yo lo notó. El hombre lo miró directamente. —An Yo. —¿Sí? —Sé que escuchaste la conversación con mi jefe. An Yo permaneció callado. El maestro suspiró. —Te hablé de las ciudades subterráneas por una razón. Se levantó. —La siguiente exploración quizá sea durante Navidad Negra. An Yo abrió los ojos. —¿Van a ir? —Sí. El hombre caminó hasta la ventana. —Tardaremos meses en llegar a la zona. An Yo lo siguió. —Es una cordillera. —¿Qué tiene? —Cada Lumbre cae un meteoro allí. An Yo parpadeó. —¿Cada Lumbre? —Siempre. —¿Y qué ocurre? —El impacto abre una abertura de varios kilómetros. —¿Y abajo? El maestro negó con la cabeza. —No se ha encontrado el fondo. An Yo se quedó mirando. —¿Nunca? —Nunca. —¿Y qué hay dentro? —Restos de civilizaciones. El maestro volvió a mirarlo. —Ciudades antiguas. Estructuras. Objetos. Restos que nadie ha logrado explicar completamente. An Yo sintió que su curiosidad aumentaba. —¿Van solos? —No. El maestro negó. —Será una megaexpedición de millones. —¿Cuántos? —Gremios. Clanes. Sectas. Hizo una pausa. —De Yunbei, Xetian y Danyue. An Yo abrió la boca. —¿Todos? —Muchos. —¿Y dónde empieza? —En la megaciudad de cazadores de Xetian. An Yo recordó el nombre. —¿Raishu? El maestro sonrió. —Exactamente. An Yo volvió a asentir. —Pero nosotros saldremos desde Ciudad Égida. —Sí. —¿Con quién? —Con varios gremios, clanes y sectas. Señaló el mapa. —Nos reuniremos todos en el mismo punto. An Yo siguió la línea con los ojos. —En la cordillera. —Así es. An Yo asintió. —Entiendo. Hubo unos segundos de silencio. —Entonces... An Yo levantó la mirada. —Cuando vuelva, ¿me contará qué vio? El maestro sonrió. —Voy a escribir. —¿Mucho? —Muchísimo. —¿Y me lo dará? —Sí. El hombre levantó una mano. —También pediré que alguien con una técnica de retrato tome imágenes de todo lo importante. An Yo sonrió. —¿Para mí? —Para ti. An Yo parecía genuinamente emocionado. Pasaron unos minutos en silencio. An Yo miraba por la ventana. Después preguntó: —Maestro. —¿Sí? —¿A usted cómo le gustaría morir? El hombre lo miró. —Qué pregunta tan fea, An Yo. An Yo no respondió. —A mí no me gustaría morir. El maestro bajó la mirada. —Tengo a mi hija. Hizo una pausa. —A mi esposa. Después miró a An Yo. —Y ahora cuido a un niño curioso. An Yo sonrió ligeramente. —Te contaré una historia. El maestro volvió a mirar por la ventana. —En Xetian, Yunbei y Danyue hay algo que compartimos. —¿Qué? —Bueno... Pensó. —Varias cosas. Se acercó al mapa. —Una de ellas es la Gran Muralla Antimigratoria. An Yo levantó la cabeza. —¿Una muralla? —Cubre miles de kilómetros. El maestro extendió la mano sobre el mapa. —Y no es una sola. —¿Cuántas? —Siete. —¿Siete? —Una detrás de otra. An Yo miró sorprendido. —Y cuanto más atraviesa una amenaza... El maestro hizo una pausa. —Peor es lo que hay al otro lado. —¿Quién está allí? —Depende de la época. El hombre señaló una sección. —Una de ellas es conocida como la Punta de Lanza. —¿Por qué? —Porque es la que recibe la mayoría de los impactos. —¿Es diferente? —La muralla normalmente es recta. Deslizó el dedo. —Pero en la Punta de Lanza se expande muchos kilómetros hacia el frente. —¿Quién la dirige? El maestro sonrió ligeramente. —El frente del comandante Pailong. —¿Comandante Pailong? —También conocido como el General Celestial Comandante Pailong. An Yo escuchó. —Hace décadas, Danyue no habría sobrevivido sin aquel hombre. El maestro permaneció unos segundos en silencio. —Danyue, Xetian y Yunbei alguna vez formaron parte de un mismo imperio. An Yo levantó la mirada. —¿Los tres? —Sí. —¿Y qué pasó? —Varios clanes y sectas lograron sellar a la familia imperial y a otras casas en lugares olvidados. —Después comenzó una disputa por territorio entre Yunbei y Xetian. El maestro respiró. —Ambos acordaron tomar Danyue y repartirla. —¿Y lo hicieron? —Lo intentaron. Miró hacia la ventana. —Pero todos terminaron echándose atrás. —¿Por qué? —La guerra ya había costado demasiadas vidas. An Yo permaneció callado. —Nadie creía que pudiera ganarse. El maestro cerró los ojos durante unos segundos. —Entonces un solo hombre salió a hacerle frente a millones. An Yo lo miró. —El comandante Pailong. —Sí. El maestro bajó la voz. —Aquel hombre había perdido a su hijo. —¿Su hijo? —Su mayor orgullo. Hubo un silencio largo. —Un día le entregaron el cuerpo de su hijo. An Yo dejó de moverse. —Estaba completamente mutilado. El maestro sacó una hoja de papel. —Y junto al cuerpo había una carta. La abrió. —Decía: > «Qué hijo tan honorable. > > Se lo entregamos al General Pailong porque nos pareció conmovedor que, a pesar de ser solamente un niño de doce años, no quisiera revelar información sobre su padre. > > Lo quemamos vivo y lo curamos. > > Lo ahogamos y lo revivimos. > > Dejamos que algunas criaturas lo devoraran. > > Luego lo bañamos en el ácido del estómago de una bestia. > > Lo lanzamos a la lava de un volcán. > > Destruimos sus meridianos. > > Robamos su vitalidad. > > Incluso dejamos que se pudriera vivo y lo curamos. > > Los gusanos lo devoraron hasta los huesos. > > Y aun así... > > no habló. > > Qué joven tan bien criado, General Pailong. > > JAJAJA». An Yo permaneció completamente quieto. El maestro dobló lentamente el papel. —Pailong era conocido por tener un carácter demasiado fuerte. Miró nuevamente por la ventana. —Pero también era un hombre honorable. —Fue uno de los pocos que continuaron defendiendo Danyue. An Yo preguntó: —¿Y ganó? —Se enfrentó durante días contra algunos de los mayores maestros y cultivadores de Xetian y Yunbei. El maestro dejó escapar el aire lentamente. —Me gustaría morir como él murió. An Yo lo miró. —¿Cómo murió? El maestro sonrió. —No te lo voy a contar. —¿Por qué? —Cuando vuelva de mi viaje te lo contaré. An Yo frunció el ceño. —¿Entiendes? —Sí, maestro. El hombre sonrió. —Bien. Entonces señaló hacia la ventana. —Mira. An Yo se acercó. Lo que vio hizo que se olvidara de la conversación. Había luces. Miles. No. Más. Tantas que no podía contarlas. Se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Y entonces apareció algo inmenso frente a ellos. Una ciudad. Fengcheng. Desde el cielo parecía no tener fin. Sus murallas se extendían durante cientos de kilómetros. Torres enormes sobresalían entre los edificios. Había avenidas tan anchas que parecían ríos de piedra. Miles de luces flotaban sobre ellas. Algunas provenían de lámparas. Otras de técnicas espirituales. Otras de criaturas luminosas. Había edificios que parecían montañas. Puentes suspendidos entre torres. Plazas enormes. Mercados que todavía brillaban a aquella hora. Caravanas de bestias atravesando las calles. Barcos voladores descendiendo hacia distintos sectores. Otros elevándose nuevamente. El cielo alrededor de Fengcheng estaba lleno de movimiento. Criaturas voladoras cruzaban entre las nubes. Algunas eran pequeñas. Otras tenían tamaños que An Yo no podía comprender. La ciudad se extendía hacia todas partes. No parecía una ciudad. Parecía un mundo. An Yo abrió ligeramente la boca. No dijo nada. Había visto Ciudad Égida en dibujos. Había escuchado hablar de la Ciudad Capital. Pero esto era diferente. Fengcheng estaba frente a él. Real. Enorme. Llena de personas. Llena de luces. Llena de cosas que nunca había visto. El barco comenzó a descender. An Yo se agarró de la baranda. Las luces se acercaron. Los edificios crecieron. Las calles aparecieron con claridad. Finalmente, el barco entró en una zona destinada a las embarcaciones voladoras. Había cientos. Algunas eran pequeñas. Otras tenían el tamaño de edificios. Varias estaban cargando mercancías. Otras recibían pasajeros. El barco se estabilizó. Una rampa comenzó a descender. —Ya llegamos —dijo el maestro. An Yo no respondió. Solo miraba. Los pasajeros comenzaron a bajar. An Yo siguió a su maestro. Sus pies tocaron la rampa. Después el suelo. Fengcheng. An Yo levantó la cabeza. Por todas partes había personas. Humanos. Bestias humanoides. Criaturas de diferentes tamaños. Comerciantes. Cultivadores. Cazadores. Personas con armaduras. Personas cargando armas. Otros llevaban túnicas. Algunos tenían cuerpos enormes. Otros parecían frágiles. Había carros tirados por bestias. Bestias de carga que caminaban lentamente mientras llevaban enormes paquetes. Algunas tenían seis patas. Otras cuatro. Una tenía cuernos enormes y arrastraba un carro lleno de cajas. An Yo tuvo que apartarse para que pasara. —¡Muévete! El comerciante gritó. An Yo retrocedió. —Perdón. El hombre siguió de largo. Había vendedores por todas partes. —¡Frutas de las montañas! —¡Carne de bestia de tercer grado! —¡Medicinas! —¡Armas! —¡Núcleos espirituales! —¡Telas de Yunbei! —¡Mapas de las regiones occidentales! —¡Comida caliente! Los olores se mezclaban. Carne asada. Hierbas. Metal caliente. Aceite. Pan. Frutas. Humo. Perfume. Sudor. Tierra mojada. An Yo giraba la cabeza constantemente. No sabía dónde mirar. Una criatura enorme pasó frente a él. Después otra. Una mujer con una armadura roja discutía con un comerciante. Un hombre cargaba tres espadas. Un niño de aproximadamente su edad corría detrás de una criatura pequeña. Dos cultivadores flotaron sobre la calle durante unos segundos antes de aterrizar más adelante. An Yo los siguió con la mirada. —Maestro... —¿Sí? —¿Todos viven aquí? —No. Su maestro sonrió. —Pero muchos pasan por aquí. Caminaron. Durante casi dos horas atravesaron avenidas, calles secundarias y mercados. An Yo estaba agotado. Pero no quería detenerse. Cada pocos pasos aparecía algo nuevo. Un herrero golpeando metal. ¡CLANG! Una mujer vendiendo pequeñas criaturas dentro de jaulas. Un anciano gritando precios. Un grupo de cazadores cargando armas cubiertas de sangre seca. Una familia empujando un carro. Una bestia gigantesca dormida junto a una plaza. Personas negociando. Discutiendo. Riéndose. Gritando. Cantando. Fengcheng nunca parecía quedarse quieta. Finalmente llegaron a una calle mucho más tranquila. Había una vieja herrería. Su estructura parecía mucho más antigua que los edificios que la rodeaban. La puerta estaba cubierta de polvo. El maestro levantó la mano. Golpeó. ¡BOOM! El polvo cayó del techo. An Yo miró hacia arriba. Toc. Toc. El maestro golpeó nuevamente. La puerta se abrió. Un anciano apareció. Tenía orejas puntiagudas. Una barba extremadamente larga. La piel completamente negra. Varias líneas rojas recorrían su rostro y parte de su cuello. Sus ojos eran amarillos. Y era enorme. Medía unos veinte metros. Tenía varios brazos. El anciano miró al maestro. —Viejo Bai Shen. El maestro sonrió. —Te dejaré a este niño. El anciano frunció el ceño. —Pero... —Cuídalo. —Yo... —Me debes un favor muy grande, Bai Shen. El anciano guardó silencio. Miró a An Yo. Después volvió a mirar al maestro. —Entra, muchacho. An Yo obedeció. Pero antes de entrar se detuvo. Había una placa en la ropa del maestro. La había visto durante los últimos días. Su maestro se la había mostrado varias veces. An Yo la miró. Movió los labios. —Khel... Respiró. —Khel... Volvió a intentarlo. —¿Khelron? El maestro sonrió. —Sí, querido An Yo. An Yo levantó la cabeza. —¿Lo logré? —Lo lograste. El hombre señaló la placa. —Mi apellido es Nostram. An Yo leyó nuevamente. —Nostram. —Sí. Khelron sonrió. Parecía genuinamente feliz. —Apenas vuelva te traeré cientos de libros. An Yo abrió mucho los ojos. —¿Cientos? —Cientos. An Yo corrió y lo abrazó. Khelron se sorprendió. Después sonrió y lo abrazó también. —Cuídate, pequeño. —Usted también, maestro. El maestro se separó. An Yo lo observó alejarse. Khelron se quedó junto a la puerta. El maestro desapareció poco a poco entre la oscuridad de los callejones de Fengcheng. An Yo continuó mirándolo hasta que dejó de verlo. —Entra, muchacho. La voz seca de Bai Shen lo hizo volver la cabeza. An Yo entró. El interior olía a metal, carbón y humo. Había herramientas por todas partes. Una enorme mesa. Piezas de metal. Cadenas. Martillos. Y un horno que todavía desprendía calor. Bai Shen lo miró. —Te llamas An Yo, ¿verdad? —Sí. —Yo me llamo Bai Shen. El anciano señaló un rincón. Había un saco colocado junto al horno. —Esa será tu cama. An Yo miró el saco. Después al horno. —Mañana te despertaré. Bai Shen cruzó los brazos. —Trabajarás. An Yo asintió. —Sí. —Duérmete. El anciano se dio la vuelta. Entró en una habitación. Dentro solo había un enorme yunque. Cerró la puerta. Clac. An Yo se quedó solo. Miró el saco. Se acostó. El calor del horno llegaba hasta él. Aquel día había visto demasiadas cosas. La bendición. El sueño. El sol. El mundo desde el cielo. La historia del subsuelo. Los vampiros. La expedición. La Gran Muralla. El General Pailong. Fengcheng. Khelron. Y ahora aquella herrería. Sus ojos comenzaron a cerrarse. El ruido del horno se volvió lejano. Fuuuu... An Yo se durmió. Soñó que caminaba. No sabía dónde estaba. El suelo era negro. No había casas. No había árboles. No había cielo. Solo oscuridad. An Yo avanzó. Un paso. Otro. Otro. Entonces escuchó algo detrás de él. Toc. Se detuvo. Nada. Siguió caminando. Toc. Esta vez más cerca. An Yo se giró. No había nadie. Miró hacia adelante. Y entonces vio una pequeña luz. Corrió hacia ella. La luz creció. Se convirtió en una puerta. An Yo la abrió. Al otro lado había un bosque. Pero no era un bosque normal. Los árboles eran enormes. Sus troncos se perdían entre las nubes. Las raíces atravesaban montañas. Había criaturas caminando entre ellas. Algunas eran pequeñas. Otras eran tan grandes que An Yo no podía verles la cabeza. Más lejos había ciudades. Debajo de ellas había otras ciudades. Y debajo de esas... otras. An Yo miró hacia arriba. El cielo estaba lleno de luces. Luego miró hacia abajo. También había luces. Como si el mundo entero tuviera otros mundos escondidos debajo. An Yo dio un paso. Entonces escuchó una voz. Muy lejos. —Pequeño An Yo... Se quedó inmóvil. No sabía de dónde venía. —Pequeño An Yo... La voz parecía venir de todas partes. An Yo levantó la cabeza. Una sombra enorme apareció sobre el cielo. No podía distinguir su forma. Solo sus ojos. Dos ojos blancos. La sombra se acercó. An Yo retrocedió. Y entonces despertó. El horno seguía ardiendo. Fuuuu... An Yo abrió los ojos en la oscuridad. No sabía qué había soñado. Solo sabía que algo había estado mirándolo.
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Noche roja (Novela) Capítulo 9

Estás leyendo el capítulo 9 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 29 de septiembre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.