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Leer Noche roja (Novela) Capítulo 10 online gratis en español

La mañana para An Yo fue complicada. Bueno. Bastante complicada. Mientras dormía, algo cayó a su lado. ¡BOOOOM! El suelo tembló. An Yo dio un brinco dentro del saco. Abrió los ojos de golpe. Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que por un instante pensó que se le iba a salir del pecho. Respiró. Una vez. Dos. Tres. Demasiado rápido. Se incorporó y miró alrededor. No había fuego fuera del horno. No había nadie atacando. Solo estaba Bai Shen. El anciano permanecía de pie junto a un enorme bloque de metal. An Yo tardó unos segundos en entender qué había ocurrido. Era un yunque. Pero no era un yunque como los que había visto antes. Era enorme. Mucho más grande que él. Quizá cinco metros de largo. La superficie era gruesa, oscura y gastada por miles de golpes. An Yo lo miró desde el suelo. —Ve a lavarte los dientes. Bai Shen ni siquiera lo miró. Su voz era seca. Gruñona. —Y vuelve rápido a trabajar. An Yo todavía respiraba con fuerza. —¿Dónde está el baño? Bai Shen giró lentamente la cabeza. —Búscalo. Y volvió a trabajar. CLANG. An Yo se quedó mirándolo. —... No sabía si aquello era una broma. No parecía. Se levantó. Todavía tenía el cuerpo adolorido por haber dormido sobre un saco lleno de tela vieja. Caminó por la herrería. Había herramientas por todas partes. Tenazas. Martillos. Piedras. Cajas. Metales. Cubos. Sacos. Cadenas. Piezas que no sabía identificar. Después de varios minutos encontró una puerta. La abrió. No era el baño. Otra. Tampoco. Finalmente llegó a una zona más alejada. Encontró una puerta cerrada con varias cerraduras. Un bloque de madera atravesaba la entrada. Había cadenas alrededor. An Yo la observó. No sabía qué había detrás. Tampoco tenía interés en descubrirlo. Siguió buscando. Finalmente encontró el baño. Era pequeño. Había un recipiente con agua. Una pared de piedra. Un lugar para hacer sus necesidades. Nada más. No había cepillo. No había jabón. An Yo buscó. Nada. Miró sus dedos. Recordó la sal. Encontró un pequeño recipiente. Sal. Solo sal. Tomó un poco. Se la puso sobre los dedos. Comenzó a frotarse los dientes. Le ardieron las encías. Hizo una mueca. Pero continuó. Después tomó agua. Se enjuagó. Escupió. Volvió a hacerlo. Cuando terminó, respiró un poco más tranquilo. Entonces notó algo. El olor. La herrería. Ahora que estaba despierto podía percibirla de verdad. El aire olía a carbón. A hierro caliente. A piedra. A aceite. A humo. Había un olor metálico, seco, que parecía quedarse pegado dentro de la nariz. También había algo más. Calor. No era solamente el calor del fuego. Las paredes mismas parecían conservarlo. El suelo estaba tibio bajo sus pies. El aire vibraba ligeramente cerca del horno. Cada vez que Bai Shen abría la puerta del horno, una ráfaga de calor atravesaba la habitación. An Yo sintió que la piel de su rostro se tensaba. Y todavía no había empezado a trabajar. Salió corriendo. Cuando llegó a la zona principal, Bai Shen estaba preparando herramientas. Lo miró. —Pequeña mierda. An Yo se detuvo. —Ven. Señaló el horno. —Echa carbón ahí. An Yo se acercó. El horno estaba encendido. Las llamas se movían dentro. No parecían enormes. Pero el calor que salía era suficiente para hacerlo retroceder. Su cara comenzó a arder. Los ojos le lloraron. Miró el saco de carbón. Después el horno. Dudó. Bai Shen levantó la voz. —¡Te dije que lo echaras! An Yo agarró un poco. El carbón era negro. Dejó polvo en sus manos. Lo lanzó. El calor le golpeó la cara. Retrocedió. —Hazlo o no vas a comer. An Yo apretó los dientes. Volvió a acercarse. Tomó otro puñado. Lo lanzó. Después otro. Y otro. Cada vez que abría la pequeña puerta del horno, el calor le mordía los dedos. Una vez acercó demasiado la mano. —¡Ah! La retiró inmediatamente. Bai Shen ni siquiera se movió. —¿Te quemaste? An Yo miró sus dedos. La piel estaba roja. —Sí. —Entonces ya aprendiste. An Yo lo miró con odio. Bai Shen señaló el horno. —Otra vez. An Yo quiso protestar. No lo hizo. Siguió. Cuando terminó, Bai Shen le mostró una pala. —Observa. El anciano abrió el horno. El fuego rugió. FUUUUU... An Yo tuvo que apartarse. Bai Shen tomó una herramienta larga y movió el carbón. —El fuego no se mantiene solo. Lo removió. —Necesita combustible. Movió una palanca. El aire entró. Las llamas crecieron. FUUUUSH. An Yo abrió los ojos. Bai Shen volvió a mover la palanca. —Y aire. An Yo miraba. No entendía todo. Pero observaba. Bai Shen señaló el carbón. —Demasiado y ahogas el fuego. Después señaló la entrada de aire. —Demasiado aire y lo haces comportarse distinto. An Yo asintió lentamente. —Mañana lo haces tú. An Yo levantó la cabeza. —¿Yo? —¿Ves a alguien más? No. No había nadie. An Yo miró el horno. Por alguna razón, aquello le dio miedo. \--- Después vinieron los sacos. Bai Shen señaló una pila. —Cárgalos. An Yo tomó uno. No pudo levantarlo. Lo intentó nuevamente. El saco apenas se movió. —No puedo. —Sí puedes. —Pesa demasiado. —Entonces arrástralo. An Yo miró el suelo. Se agachó. Agarró la cuerda del saco. Tiró. El saco se movió unos centímetros. Rrrrsh. Volvió a tirar. Rrrrsh. Sus pies resbalaron. Cayó sentado. Bai Shen lo miró. —Levántate. An Yo se levantó. Volvió a tirar. Hasta llevarlo al otro lado. Después vino otro. Y otro. Carbón. Piedras. Hierro. Fragmentos de metal. Bloques de mineral. Todo era demasiado pesado. Sus brazos comenzaron a doler. Las manos se le llenaron de polvo. La garganta se le secó. En algún momento se dio cuenta de que tenía hambre. No era el hambre desesperada de los días anteriores. Pero seguía siendo hambre. Un vacío que comenzaba a crecer dentro del estómago. Siguió trabajando. Después de un rato ya no sabía cuánto tiempo había pasado. Finalmente reunió valor. —Señor Bai Shen... El anciano estaba golpeando una pieza. CLANG. CLANG. CLANG. —¿Cuándo comeremos? Bai Shen ni siquiera levantó la cabeza. —Tú no mereces comida. An Yo se quedó quieto. Miró al anciano. Su estómago volvió a rugir. Bai Shen siguió golpeando. CLANG. An Yo bajó la mirada. Viejo de mierda. No lo dijo. Solo lo pensó. \--- Más tarde Bai Shen comenzó a enseñarle a utilizar algunas herramientas. No le explicaba demasiado. Le mostraba. Después esperaba. An Yo tenía que imitarlo. Una tenaza. Un martillo pequeño. Una pala. Una escobilla. Una herramienta para separar escoria. Bai Shen le mostró cómo sujetar una pieza caliente. An Yo la tomó mal. La pieza se movió. —No así. Bai Shen le golpeó la muñeca con dos dedos. No fue fuerte. Pero An Yo entendió. —Aquí. Le acomodó la mano. —Si la sujetas ahí, se gira. An Yo observó. —Otra vez. Lo intentó. Esta vez funcionó. Bai Shen no dijo nada. Siguió trabajando. Después le mostró cómo limpiar una pieza después de sacarla del fuego. An Yo la sumergió demasiado rápido. SSSSSSSSSS... Una nube de vapor subió. Le golpeó la cara. An Yo tosió. Bai Shen frunció el ceño. —No metas todo de golpe. —¿Por qué? —Porque puede romperse. An Yo miró el metal. —¿Por el frío? —Por el cambio. —¿Qué cambio? Bai Shen lo miró. Por un instante pareció decidir si valía la pena explicarlo. —Caliente. Señaló el metal. —Frío. Señaló el agua. —Cambio rápido. Golpeó la pieza. —Puede dañarla. An Yo asintió. Otra cosa que debía recordar. No hacer las cosas demasiado rápido. \--- Al final del día, sus manos temblaban. No tenía fuerzas. Se sentó contra una pared. Miró sus dedos. Estaban negros. Había una pequeña ampolla en uno. Le dolía. Tenía los hombros rígidos. Las piernas le pesaban. Bai Shen seguía trabajando. An Yo lo observó. ¿Cómo podía seguir? El anciano parecía no cansarse. CLANG. CLANG. CLANG. An Yo cerró los ojos. Solo un momento. Cuando los abrió, Bai Shen estaba delante de él. —No duermas aquí. An Yo se levantó. —¿Por qué? —Porque todavía no terminaste. An Yo sintió que el corazón se le hundía. \--- Los días siguientes fueron parecidos. Muy parecidos. Bai Shen lo despertaba. Lo hacía trabajar. Lo regañaba. Le enseñaba. Volvía a regañarlo. An Yo se equivocaba. Bai Shen lo hacía repetir. A veces le daba un golpe seco en el hombro cuando hacía algo peligroso. Otras veces le golpeaba la cabeza con dos dedos. Nunca parecía hacerlo por rabia. Eso no hacía que doliera menos. An Yo empezó a odiarlo. Era un hombre miserable. Un viejo horrible. No le permitía salir de la herrería. No le explicaba por qué. No le contaba nada de su vida. Casi nunca hablaba con él si no era necesario. Y cuando lo hacía, normalmente era para decir: —Hazlo. —Otra vez. —Más rápido. —No así. —Mira. —No toques eso. —Limpia. —Carga. —Come. A veces An Yo pensaba que Bai Shen ni siquiera sabía hablar normalmente. \--- Una tarde Bai Shen salió. —No toques nada. An Yo asintió. —Y no abras la puerta. Volvió a señalar la entrada. —Si alguien entra y roba algo, la culpa será tuya. An Yo lo miró. —¿Y qué hago? Bai Shen lo miró fijamente. —Procura que nadie robe. Se puso el abrigo. —Y si alguien entra... Hizo una pausa. —Lo usaremos como abono para mis macetas. An Yo abrió ligeramente los ojos. Bai Shen salió. La puerta se cerró. An Yo permaneció en silencio. No sabía si hablaba en serio. Después miró las macetas. Había muchas. Demasiadas. No quiso comprobarlo. \--- Pasaron unos treinta minutos. La puerta volvió a abrirse. Bai Shen entró cargando cuatro cubos enormes. Cada uno era más grande que An Yo. Los dejó en el suelo. THUM. THUM. THUM. THUM. An Yo se acercó. Bai Shen apartó todas las herramientas de una mesa. No limpió nada. Simplemente las movió. Después volcó los cubos. La mesa se llenó de comida. Arroz. Verduras. Pan. Tubérculos. Frutas. Huevos. Pescado. Sopa espesa. Trozos de queso. Frutos secos. Y una cantidad enorme de agua. También había carne. An Yo la vio. Se quedó quieto un instante. No la tocó. Tomó arroz. Después un poco de pan. Luego una fruta. La carne permaneció donde estaba. Bai Shen lo observó. —¿No vas a comer eso? An Yo negó con la cabeza. Bai Shen no insistió. —Entonces déjala. An Yo siguió comiendo. Al principio despacio. Después más rápido. Tenía hambre. Comió arroz. Pan. Fruta. Verduras. Bebió agua. Volvió al arroz. Cuando terminó la sopa, tuvo que detenerse. Respiró. Su estómago estaba lleno. Bai Shen señaló la comida. —Sigue. An Yo negó. —No puedo. —Entonces ya terminaste. El niño se quedó sentado. Pesado. Cansado. Lleno. Bai Shen comenzó a guardar las sobras. An Yo lo miró. No dijo gracias. Todavía no. —¿Y mañana? Bai Shen siguió guardando la comida. —Mañana trabajas. An Yo suspiró. —¿Y comes? Bai Shen lo miró. —Si trabajas. \--- Pasaron más días. Después semanas. An Yo empezó a conocer la herrería. No porque Bai Shen se la hubiera explicado. Porque había tenido que recorrerla. Había aprendido dónde estaban las herramientas. Dónde guardaban el carbón. Dónde estaba el agua. Qué puertas no debía tocar. Qué horno era peligroso. Qué metal podía mover. Qué piezas eran demasiado pesadas. Y qué cosas no debía tocar jamás. También empezó a notar algo extraño. Cuando miraba una pieza durante suficiente tiempo... A veces veía cosas que antes no había visto. Una línea. Una irregularidad. Un punto donde el color cambiaba ligeramente. Una zona donde el metal parecía distinto. No sabía qué significaba. Simplemente lo veía. Un día Bai Shen dejó varias piezas frente a él. —Sepáralas. An Yo las observó. Una. Dos. Tres. Tomó una. —Esta no. Bai Shen levantó la mirada. —¿Por qué? An Yo frunció el ceño. —No sé. Bai Shen tomó la pieza. La golpeó. CRAC. Se partió. An Yo parpadeó. Bai Shen no dijo nada. Le dio otra. An Yo la observó. Algo en ella también le molestaba. —Esa tampoco. Bai Shen la revisó. No se partió. La puso sobre el yunque. La calentó. Después de trabajarla durante unos minutos, apareció una grieta. Bai Shen volvió a mirar al niño. An Yo no entendía por qué lo miraba así. —¿Qué? —Nada. Le dio otra pieza. —Continúa. \--- Con el tiempo, Bai Shen empezó a darle más responsabilidades. An Yo seguía siendo un niño. Pero ya sabía cargar materiales. Preparar carbón. Limpiar herramientas. Mantener ciertas temperaturas. Separar minerales. Y, sobre todo, observar. Bai Shen hablaba cada vez menos. An Yo tampoco preguntaba demasiado. Su relación era extraña. Vivían bajo el mismo techo. Trabajaban juntos todos los días. Pero podían pasar horas sin hablar. An Yo todavía pensaba: Cuando sea mayor me iré. No sabía adónde. Solo sabía que se iría. \--- Una tarde Bai Shen regresó con algo distinto. Papeles. Muchos. Los arrojó sobre la mesa. —Recógelos. An Yo obedeció. Tomó el primero. No era un dibujo. Era una persona. Una persona real. La imagen parecía haber sido capturada mediante una técnica de Qi. El rostro estaba inmóvil. Debajo había letras. An Yo ya podía leer algunas. —¿Qué es? —Personas desaparecidas. An Yo levantó la cabeza. Bai Shen sacó otra hoja. —Mira. SE BUSCA Recién nacido. Sin nombre registrado. Sexo: masculino. Encontrado por última vez en un asentamiento rural de Danyue. No se conoce su paradero. No se descarta secuestro. An Yo permaneció quieto. Bai Shen dejó otra. Una muchacha. Quince años. Desaparecida mientras regresaba del mercado. Otra. Un hombre de treinta y dos. Desaparecido después de aceptar trabajo como escolta. Otra. Una niña de ocho años. Vista por última vez cerca de una caravana. Otra. Una familia completa. Padre. Madre. Dos hijos. Ninguno encontrado. An Yo comenzó a mirar las caras. Había demasiadas. Bai Shen dejó un periódico sobre la mesa. —Lee. An Yo lo abrió. La primera imagen le hizo detenerse. Un cuerpo. O lo que quedaba de él. Había sido dividido en decenas de partes. Las piezas estaban colocadas cuidadosamente sobre el suelo formando una especie de rostro sonriente. An Yo sintió que el estómago se le cerraba. Pasó la página. Tres personas colgaban del techo de una cueva. Sus brazos estaban extendidos. Sus piernas separadas. Parecían pequeñas figuras con forma de estrella. Otra página. Una habitación completamente vacía. En el centro había zapatos infantiles alineados uno junto al otro. No había cuerpos. Solo zapatos. An Yo dejó de pasar páginas. Bai Shen habló. —Hay miles de desaparecidos. El niño miró los papeles. —¿Por qué me enseñas esto? Bai Shen no respondió inmediatamente. —Porque mientras estés en esta herrería... Miró las puertas. —Nada entrará. An Yo no entendió. Miró nuevamente los papeles. —¿Nada? —Nada. Bai Shen recogió el periódico. —Trabaja. Y volvió al horno. An Yo permaneció quieto durante unos segundos. No sabía por qué. Pero aquella noche durmió más cerca del horno. \--- Pasaron algunos días. Una noche Bai Shen salió nuevamente. Regresó con cinco cubos. Cuatro eran comida. El quinto era diferente. No olía a comida. An Yo lo supo antes de verlo. Bai Shen tomó los cuatro cubos. Los vació sobre la mesa. Después tomó el quinto. Estaba lleno de sangre. Solo sangre. Roja. Oscura. Todavía líquida. An Yo miró el cubo. —¿Qué es? Bai Shen no respondió. Se lo llevó. Pasaron unos minutos. Entonces An Yo escuchó algo. Clac. Una cadena. Otra. CLAC. Algo cayó. THUD. Una puerta se abrió. Después se cerró con fuerza. ¡BANG! An Yo permaneció inmóvil. No se acercó. No preguntó. Veinte minutos después Bai Shen salió. Parecía exactamente igual que antes. Guardó algunas cosas. Acomodó herramientas. Lavó una superficie. Después se sentó. Y comenzó a comer. An Yo lo observó. No dijo nada. \--- Los siguientes días fueron iguales. Trabajo. Carbón. Metal. Piedras. Humo. Calor. Regaños. Golpes secos cuando cometía errores peligrosos. Comida. Silencio. An Yo casi nunca hablaba con Bai Shen. Pero empezaba a conocer sus movimientos. Sabía cuándo estaba molesto. Sabía cuándo estaba concentrado. Sabía cuándo una pieza iba a salir mal incluso antes de que Bai Shen la golpeara. Y, poco a poco, Bai Shen también empezó a notar que el niño veía cosas que él no necesitaba explicarle. Nunca lo elogió. Simplemente comenzó a darle piezas más difíciles. \--- Llegó el 28 de Octubre Negro. An Yo había aprendido la fecha gracias a Khelron. Y también había aprendido algo más. Era su cumpleaños. Tenía cinco años. Ese día cumpliría seis. Esperó hasta encontrar un momento en que Bai Shen no estuviera golpeando el metal. Se acercó. —Hoy es mi cumpleaños. Bai Shen siguió trabajando. CLANG. An Yo esperó. —Hoy cumplo seis. Bai Shen dejó el martillo. Lo miró. —¿Qué quieres que haga? An Yo parpadeó. —No sé. —¿Te doy un premio? An Yo levantó ligeramente la cabeza. Bai Shen señaló el horno. —Ponte a trabajar. El niño permaneció en silencio. Después volvió hacia el carbón. Viejo de mierda. Tomó la pala. La metió en el carbón. Y comenzó a trabajar. Dos días después comenzó el mes veintinueve. Navidad Negra. An Yo estaba trabajando cuando escuchó algo afuera. Primero fue un sonido lejano. Después otro. Luego muchos. Salió un instante. Bai Shen lo vio. —¿Adónde vas? An Yo señaló el cielo. Había embarcaciones aéreas. Cientos. Algunas eran pequeñas. Otras eran enormes. Varias parecían tener kilómetros de longitud. Avanzaban lentamente sobre Fengcheng. Había luces. Velas. Formaciones. Algunas tenían estructuras tan grandes que parecían edificios suspendidos. An Yo abrió mucho los ojos. Recordó a Khelron. —Ahí debería ir mi maestro. Bai Shen se acercó. Miró el cielo. —Vuelve. An Yo no apartó los ojos. —Pero... —Vuelve. —Quiero verlo. —Lo verás cuando vuelvas. An Yo miró otra vez. Las embarcaciones continuaban alejándose. Una tras otra. Hacia las montañas. Hacia el lugar donde comenzaría la gran expedición. An Yo pensó en Khelron. En los libros. En las criaturas. En todo lo que todavía quería conocer. Entonces Bai Shen habló detrás de él. —An Yo. El niño se volvió. —Sí. —El horno. An Yo bajó la cabeza. —Sí, señor. Volvió a entrar. El calor lo recibió inmediatamente. FUUUUU... Bai Shen cerró la puerta. Afuera, cientos de embarcaciones atravesaban el cielo. Adentro, An Yo volvió a cargar carbón.
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Noche roja (Novela) Capítulo 10

Estás leyendo el capítulo 10 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 1 de octubre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.