Leer Noche roja (Novela) Capítulo 8 online gratis en español
An Yo estaba soñando.
Había un campo enorme.
No sabía cuánto medía.
Solo sabía que era demasiado grande.
Había árboles por todas partes.
Árboles altos.
Árboles pequeños.
Árboles con flores.
Y árboles llenos de frutas.
An Yo corría entre ellos sin que nadie lo persiguiera.
Eso ya era extraño.
No había barro.
No había casas.
No había humo.
Solo hierba bajo sus pies y un cielo tan grande que le costaba encontrar dónde terminaba.
Entonces vio las manzanas.
Había manzanas rojas.
Verdes.
Amarillas.
Incluso algunas tenían la piel casi blanca.
An Yo tomó una.
La mordió.
Dulce.
Tomó otra.
Ácida.
La siguiente sabía diferente.
La comió.
Después otra.
Y otra.
Algunas eran suaves.
Otras crujían al morderlas.
Una era tan dulce que An Yo se quedó quieto unos segundos.
—Esta.
La miró.
—Esta es la mejor.
Entonces encontró otra.
—No.
La mordió.
—Esta también.
Siguió comiendo hasta que ya no supo cuántas había probado.
Cuando despertó, todavía tenía la sensación del sabor en la boca.
Abrió los ojos.
Miró el techo.
Parpadeó.
—...
Se incorporó.
Recordó las manzanas.
Sonrió.
Después recordó algo más.
El baño.
Se levantó tan rápido que casi tropezó con la manta.
—¡Ah!
Se sostuvo de la pared.
Esperó.
No se cayó.
Miró la manta como si ella hubiera tenido la culpa.
Después salió corriendo.
Encontró su ramita de menta de nieve.
La tomó.
—Esta primero.
Se la llevó a la boca y comenzó a masticarla mientras caminaba.
Ni siquiera terminó de acomodarse la ropa.
Entró al baño.
El agua estaba allí.
An Yo se quitó la ropa.
Entonces vio algo que no había visto el día anterior.
Sobre una parte de la pared había una superficie lisa.
Parecía agua.
Pero no se movía.
An Yo se acercó.
La tocó.
Nada.
Volvió a tocarla.
—¿...Agua?
Se inclinó.
Su rostro apareció.
An Yo retrocedió.
—¡Ah!
Miró hacia atrás.
No había nadie.
Volvió a mirar.
El niño de la superficie también lo miraba.
Abrió la boca.
El otro niño abrió la boca.
An Yo hizo una cara extraña.
El otro también.
Se quedó observándolo.
Levantó una ceja.
La figura hizo lo mismo.
An Yo entrecerró los ojos.
También.
Entonces levantó la ramita de menta.
La figura hizo exactamente lo mismo.
An Yo bajó lentamente la mano.
—Tú me copias.
No obtuvo respuesta.
Le dio un pequeño golpe con el dedo.
La superficie no reaccionó.
An Yo acercó la cara.
—¿Estás ahí?
Nada.
Golpeó otra vez.
—¿Vives ahí?
Nada.
An Yo miró hacia los lados.
—Maestro...
No hubo respuesta.
—¡Maestro!
Escuchó pasos.
—¿Qué ocurre?
El hombre apareció en la entrada.
An Yo señaló la pared.
—¿Por qué hay agua que no es agua?
El maestro siguió el dedo.
Después miró a An Yo.
—Eso es un espejo.
—¿Espejo?
—Sí.
—¿Es agua?
—No.
An Yo volvió a tocarlo.
—Parece.
—Porque refleja la luz.
—¿La luz hace eso?
—La luz llega hasta ti, rebota en tu cuerpo y entra en tus ojos.
An Yo volvió a mirar la superficie.
—Entonces...
Levantó una mano.
—¿Hay otro yo ahí?
El maestro sonrió.
—No.
—Pero está ahí.
—Es tu reflejo.
—¿Es otro yo?
—No.
An Yo permaneció pensativo.
Miró su reflejo.
Luego miró al maestro.
Después volvió a mirar el espejo.
—¿Y si él sale?
El maestro soltó una pequeña risa.
—Entonces tendremos un problema bastante grande.
An Yo sonrió.
—¿Puede salir?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Nunca?
—Nunca.
An Yo se acercó todavía más.
—¿Y si rompe el espejo?
—Seguirías sin salir tú de ahí.
An Yo frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Precisamente.
El niño se quedó unos segundos pensando en aquella respuesta.
Después hizo otra cara frente al espejo.
El maestro negó con la cabeza.
—Báñate.
—Sí.
An Yo se metió al agua.
Pero antes de hacerlo volvió a mirar el espejo.
—No te escapes.
—No se va a escapar.
—Lo estoy vigilando.
—Muy bien.
El maestro comenzó a retirarse.
An Yo lo llamó.
—Maestro.
—¿Sí?
—¿Tú también tienes otro tú?
El hombre se volvió.
—Todos lo tienen.
An Yo sonrió.
—Entonces hay muchos.
—Demasiados.
El maestro salió.
An Yo volvió a mirar el espejo.
—Muchos...
Se quedó pensando.
Luego comenzó a bañarse.
Cuando terminó, An Yo se vistió tan rápido como pudo.
La ropa seguía quedándole enorme.
Los pantalones se arrastraban.
La camisa parecía hecha para alguien mucho mayor.
Pero ya no le molestaba.
Encontró al maestro.
Lo tomó de la mano.
—Ven.
—¿Adónde?
—A estudiar.
El hombre levantó las cejas.
—¿Ahora eres tú quien me lleva?
An Yo siguió caminando.
—Sí.
—Qué terrible.
An Yo se detuvo.
Lo miró.
El maestro tenía una pequeña sonrisa.
—Era una broma.
—Entonces camina.
—Sí, señor.
Llegaron al cuarto donde estudiaban.
El maestro abrió la puerta.
—Espera aquí.
An Yo se sentó.
—¿Adónde vas?
—A buscar algo.
—¿Qué?
—Ya lo verás.
—¿Es comida?
El maestro lo miró.
—Tal vez.
An Yo se quedó pensando.
—Entonces voy contigo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si vienes, dejará de ser una sorpresa.
An Yo hizo una mueca.
—No me gustan las sorpresas.
—Hace cinco minutos estabas hablando con tu reflejo.
—Eso fue diferente.
—Claro.
El maestro salió.
An Yo esperó.
Un minuto.
Luego otro.
Miró la puerta.
Se levantó.
Dio dos pasos.
Volvió a sentarse.
—...
La puerta se abrió.
El maestro regresó cargando algo enorme.
An Yo abrió los ojos.
Era un postre.
Y era casi más grande que su cabeza.
El niño se levantó de inmediato.
—¿Eso es para mí?
—No.
An Yo bajó lentamente la mirada.
—Entiendo.
El maestro dejó el plato sobre la mesa.
—Es para los dos.
An Yo volvió a mirar el postre.
—Entonces sí es para mí.
—Una parte.
—¿Grande?
—Ya veremos.
An Yo se sentó.
No apartó los ojos del plato.
El maestro tomó un cuchillo.
—Antes de comerlo, te explicaré cómo se prepara.
An Yo lo miró.
Después miró el postre.
—¿Tengo que aprender eso?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque algún día puedes encontrarte solo. Y si tienes comida, pero no sabes prepararla, puedes desperdiciarla.
An Yo pareció aceptar aquella explicación.
—Está bien.
El maestro comenzó a señalar los ingredientes.
Harina.
Semillas.
Frutas.
Azúcar.
Agua.
Calor.
Algunas preparaciones necesitaban fuego.
Otras podían hacerse con frío.
También había personas que utilizaban afinidades para controlar mejor la temperatura.
Agua.
Fuego.
Hielo.
Tierra.
Incluso viento.
An Yo levantó un dedo.
—¿La tierra sirve para cocinar?
—Puede servir.
—¿Cómo?
—Calentando recipientes, controlando hornos, manteniendo estructuras...
An Yo señaló otro ingrediente.
—¿Y el viento?
—Puede avivar un fuego.
—¿Y el rayo?
El maestro lo miró.
—Si quieres matar la comida, seguramente.
An Yo soltó una carcajada.
—¡Entonces no!
—No necesariamente. Pero no es la herramienta más cómoda.
—¿Y el hielo?
—Puede conservar alimentos.
—¿Y el agua?
—Sin agua tendrás problemas para preparar casi cualquier cosa.
An Yo asintió con mucha seriedad.
—Entonces el agua es importante.
—Mucho.
An Yo miró el postre.
—¿Ya?
—Todavía no.
—¿Ahora?
—No.
—¿Ahora sí?
—An Yo.
El niño sonrió.
—Solo preguntaba.
El maestro suspiró.
—Ahora.
An Yo tomó el primer pedazo.
Lo acercó a la boca.
Probó.
Se quedó inmóvil.
Sus ojos se abrieron.
Masticó lentamente.
Dulce.
Muy dulce.
Pero no era solamente azúcar.
Había fruta.
Una crema suave.
Algo crujiente.
Y una parte fría que desaparecía sobre la lengua.
An Yo volvió a morder.
Esta vez más grande.
El maestro lo observó.
—¿Qué?
An Yo negó con la cabeza.
Siguió comiendo.
—¿Está malo?
An Yo negó otra vez.
—Entonces dime algo.
El niño tragó.
Buscó una palabra.
No encontró ninguna que pareciera suficiente.
Miró el plato.
—Muy bueno.
El maestro sonrió.
—Eso pensé.
An Yo tomó otro pedazo.
—Quiero aprender a hacerlo.
—Primero aprende a leer.
—Después.
—Y a sumar.
—También.
—Y a hablar correctamente.
An Yo se quedó mirando.
—Yo hablo.
—Sí.
—Entonces ya está.
El maestro se rio.
—No exactamente.
An Yo siguió comiendo.
—Entonces enséñame.
Después del postre llegó el estudio.
El maestro limpió la mesa y sacó varias hojas.
—Hoy vamos a repasar.
An Yo se acomodó.
—¿Todo?
—Un poco de todo.
Primero números.
Después escritura.
Luego pronunciación.
An Yo ya podía reconocer muchas palabras sencillas, aunque todavía se equivocaba.
A veces confundía caracteres.
Otras recordaba una palabra, pero no sabía escribirla.
El maestro señalaba.
—Otra vez.
An Yo borraba.
Volvía a intentarlo.
—¿Así?
—La última parte está mal.
—¿Cuál?
El maestro señaló.
An Yo acercó la cara.
—Pero se parece.
—Sí.
—Entonces debería servir.
—No.
An Yo suspiró.
—Los adultos hacen demasiadas reglas.
—Eso también es cierto.
An Yo levantó la mirada.
—¿Entonces puedo escribirlo así?
—No.
—Pero dijiste que hacen demasiadas reglas.
—Que sean demasiadas no significa que puedas romperlas todas.
An Yo hizo una pequeña mueca.
—Qué conveniente.
El maestro lo miró.
—¿Quién te enseñó esa palabra?
An Yo pensó.
—Tú.
—Entonces ya me arrepiento.
An Yo sonrió.
Continuaron.
También practicaron la forma de hablar.
El maestro comenzó a corregir palabras que An Yo había aprendido en Qingshui.
—¿Cómo llamabas a tu abuela?
An Yo respondió sin pensar.
—Buelita.
El maestro levantó la mirada.
—¿Buelita?
—Sí.
—Está bien.
An Yo esperó.
—¿Entonces?
—Es una forma de hablar rural.
—¿Es mala?
—No.
—¿Entonces por qué preguntaste?
—Porque quiero que entiendas algo.
El maestro dejó el lápiz.
—En algunas regiones nadie prestará atención. Pero en ciertas ciudades, algunas personas pueden asociar esa forma de hablar con alguien pobre o sin educación.
An Yo frunció el ceño.
—¿Por decir buelita?
—Por muchas cosas. Las palabras. El acento. La manera de formar las frases.
—¿Y si hablo diferente?
—Puede cambiar cómo te perciben.
An Yo se quedó pensativo.
—¿Entonces tengo que hablar como ellos?
—No necesariamente.
El maestro se recostó un poco.
—Si llegas a una ciudad y quieres pasar desapercibido, primero escucha.
An Yo levantó la cabeza.
—¿Y después?
—Aprende cómo hablan.
—¿Copiar?
—No exactamente.
—¿Cuál es la diferencia?
—Copiar es repetir sin entender. Aprender es saber cuándo una palabra encaja y cuándo no.
An Yo pensó unos segundos.
—Entonces escucho primero.
—Exactamente.
An Yo sonrió.
—Eso sí lo sé hacer.
—Lo sé.
Después repasaron el alfabeto.
Completo.
An Yo ya podía reconocerlo.
No perfectamente.
Pero podía hacerlo.
El maestro le hizo escribir palabras.
Después frases.
Luego pequeñas cuentas.
Sumas.
Restas.
Multiplicaciones sencillas.
An Yo se equivocó varias veces.
—No.
Borró.
Volvió a intentarlo.
—Otra vez.
Lo hizo.
Esta vez salió bien.
El maestro golpeó la mesa con un dedo.
—Bien.
An Yo levantó el rostro.
—¿Viste?
—Sí.
—Soy muy bueno.
—No te emociones demasiado.
—¿Por qué?
—Porque mañana puedo darte algo más difícil.
An Yo perdió un poco la sonrisa.
—¿Más difícil que eso?
—Mucho más.
—Entonces hoy soy bueno.
El maestro soltó una risa.
—Eso sí puedo aceptarlo.
Más tarde, el maestro sacó un dibujo de un cuerpo humano.
—Ahora veremos algo diferente.
An Yo se acercó.
—¿Qué es?
—Tu cuerpo.
An Yo miró el dibujo.
—Pero no estoy ahí.
—Es un dibujo de cómo eres por dentro.
El maestro señaló el cráneo.
—Esto protege el cerebro.
Después señaló los huesos.
—Los huesos sostienen el cuerpo.
Los músculos permiten moverlo.
La piel protege lo que hay debajo.
La sangre transporta cosas por todo el cuerpo.
El corazón la impulsa.
Los pulmones toman aire.
El estómago recibe la comida.
El cuerpo la descompone y aprovecha lo que necesita.
An Yo tocó su propio pecho.
—¿Mi corazón está ahí?
—Sí.
Se tocó otra vez.
—¿Y se mueve?
—Todo el tiempo.
An Yo se quedó quieto.
—¿Incluso cuando duermo?
—Incluso cuando duermes.
El niño abrió los ojos.
—Entonces nunca descansa.
—No.
An Yo pareció impresionado.
—Trabaja más que yo.
—Eso no es difícil.
An Yo lo miró.
El maestro sonrió.
Después señaló nuevamente el dibujo.
—Los pulmones también trabajan mientras duermes.
—¿Y si dejo de respirar?
—Morirías.
An Yo dejó de tocarse el pecho.
El maestro continuó con naturalidad.
—Por eso el cuerpo tiene muchas funciones que ocurren sin que tengas que pensar en ellas.
An Yo miró sus manos.
—¿Y puedo controlar alguna?
—Muchas.
—¿El corazón?
—No directamente.
—¿Los dedos?
—Sí.
An Yo movió los dedos.
—Estos sí.
El maestro asintió.
An Yo volvió al dibujo.
—¿Todos los animales tienen lo mismo?
—No.
Los ojos del niño se iluminaron.
—¿No?
—No exactamente.
—¿Por qué?
—Porque viven de maneras diferentes.
El maestro dibujó unas patas.
—Una criatura que corre mucho necesita músculos, huesos y articulaciones adaptados para correr.
Dibujó unas aletas.
—Una criatura que vive en el agua necesita una estructura que le permita desplazarse allí.
Dibujó unas alas.
—Una criatura que vuela necesita otra.
An Yo se acercó todavía más.
—¿Y las que viven debajo de la tierra?
—También tienen adaptaciones.
—¿Y las montañas?
—Sí.
—¿Y el cielo?
—También.
—¿Y el océano?
—Por supuesto.
An Yo levantó una mano.
—¿Y una criatura que vive dentro de un volcán?
El maestro se quedó pensando.
—Depende de qué clase de criatura sea.
—Entonces sí existen.
—Eso tampoco lo dije.
An Yo sonrió.
—Pero podría.
—Podría.
El niño pareció satisfecho con aquella respuesta.
Volvió a mirar el dibujo.
—¿Por qué unas tienen tantas patas?
—Porque puede ayudarles a desplazarse por determinados terrenos.
—¿Y por qué algunas tienen tantas bocas?
—Para comer.
—¿Todas?
—No necesariamente.
—¿Y una boca grande?
—Puede permitirle comer presas grandes.
—¿Y una pequeña?
—Puede alimentarse de cosas pequeñas.
An Yo guardó silencio.
Después señaló los dientes.
—¿Estos dicen qué come?
El maestro lo miró.
—Pueden darte pistas.
—¿Y las patas?
—También.
—¿La piel?
—También.
—¿Los ojos?
—Sí.
—¿Las orejas?
—Sí.
An Yo comenzó a señalar cada parte del dibujo.
—Entonces puedes mirar un animal y saber cosas.
—Puedes descubrir algunas cosas.
—No todas.
—No todas.
—Como tú con los espectros.
El maestro sonrió.
—Exactamente.
An Yo siguió mirando.
—¿Y si tiene mucho pelo?
—Puede necesitar conservar calor.
—¿Y si no tiene?
—Puede vivir en un lugar caliente o tener otra manera de conservarlo.
—¿Y si tiene muchísimo?
—Podría vivir en un ambiente muy frío.
An Yo pensó en la criatura del libro que le habían mostrado días atrás.
—¿Y si vive en hielo?
—Entonces necesitará soportarlo.
—¿Cómo?
—Con pelo, grasa, piel, sangre, metabolismo o incluso afinidades adaptadas al frío.
An Yo levantó la cabeza.
—¿El cuerpo cambia por el lugar?
—Puede cambiar con muchas generaciones. También puede haber criaturas que ya nacen preparadas para un ambiente determinado.
An Yo se quedó mirando sus propias manos.
—¿Y si una criatura se muda?
—Puede migrar.
—¿Por qué?
—Por comida. Temperatura. Reproducción. Depredadores. Agua. Cambios en el ambiente.
—¿Y si el lugar cambia mucho?
—Entonces la criatura tendrá que adaptarse, desplazarse o desaparecer.
An Yo permaneció callado.
—¿Desaparecer?
—Morir.
El niño miró nuevamente el dibujo.
No dijo nada durante unos segundos.
Después preguntó:
—¿Y si encuentra otro lugar?
El maestro sonrió.
—Entonces puede sobrevivir allí.
An Yo asintió lentamente.
El maestro pasó después a los hábitats.
Le habló de bosques.
Desiertos.
Pantanos.
Montañas.
Océanos.
Regiones subterráneas.
Y enormes zonas del cielo.
No todo lugar era igual.
Incluso dos desiertos podían ser completamente diferentes.
Uno podía tener grandes reservas de agua bajo la arena.
Otro podía tener tormentas permanentes.
Uno podía estar lleno de plantas resistentes.
Otro podía ser casi imposible de atravesar.
—Entonces un animal del desierto no tiene que ser igual a otro del desierto.
—Exactamente.
—Aunque los dos tengan arena.
—Aunque tengan arena.
An Yo pareció contento con aquello.
El maestro señaló el mapa.
—En Vhark ocurre mucho.
—¿Por el calor?
—Por el calor, el agua, la arena, el alimento y las criaturas que viven allí.
—¿Son más grandes?
—Algunas.
—¿Más feas?
El maestro soltó una carcajada.
—Eso depende de quién las mire.
An Yo lo pensó.
—Yo creo que serían feas.
—Nunca has visto un desierto.
—No.
—Entonces no puedes saberlo.
—Puedo imaginarlo.
—Imaginar no es ver.
An Yo hizo una pequeña mueca.
—Entonces descríbelo.
El maestro tomó una hoja.
Comenzó a dibujar.
Arena.
Dunas.
Montañas lejanas.
Una ciudad.
Una criatura larga desplazándose entre las dunas.
—Vhark es enorme y gran parte de su territorio es árido. Hay zonas donde el agua es tan importante que una ciudad entera puede depender de una ruta comercial.
—¿No hay ríos?
—Sí los hay.
—Entonces no está vacío.
—Exactamente.
El maestro dejó el lápiz.
—Ese es un error que comete mucha gente. Un lugar puede parecer vacío y estar lleno de vida.
An Yo volvió a mirar el dibujo.
—¿Dónde se esconden?
—Debajo de la arena. Dentro de cuevas. En oasis. Bajo rocas. Algunas salen de noche.
An Yo levantó la mirada.
—¿Como los animales que no quieren el calor?
—Como algunos de ellos.
—Quiero ver un desierto.
El maestro sonrió.
—Algún día.
Después llegó una lección que el maestro consideró especialmente importante.
—Cuando llegues a una ciudad, no confíes en cualquiera.
An Yo asintió.
—Ya sé.
—No.
—Sí sé.
—Sabes esconderte. Eso no es lo mismo.
An Yo hizo una mueca.
—Me dijiste que observar era importante.
—Lo es.
El maestro apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Pero observar no sirve de mucho si después haces exactamente lo que alguien quiere que hagas.
An Yo permaneció callado.
—Las ciudades tienen personas buenas y malas. Hay lugares hermosos y lugares terribles. Hay personas que ayudan a los niños y otras que se aprovechan de ellos.
An Yo bajó la mirada.
—Si llegas sin dinero, sin familia y sin alguien que responda por ti, alguien con suficiente poder podría intentar quedarse contigo.
El niño recordó las cadenas que había descrito el maestro.
—¿Como una cosa?
—Como una posesión.
An Yo apretó los dedos.
—No quiero.
—Por eso no debes llamar la atención.
El maestro señaló sus ropas.
—No presumas.
Luego sus manos.
—No enseñes todo lo que sabes.
Después sus ojos.
—Observa.
An Yo levantó la mirada.
—Primero observar.
—Eso.
El maestro se recostó.
—Y si algo te parece demasiado bueno, demasiado fácil o demasiado extraño...
An Yo terminó la frase.
—Me alejo.
—Muy bien.
—¿Y si no puedo?
—Entonces buscas una salida.
—¿Y si tampoco?
—Improvisas.
An Yo lo miró.
—Eso no parece un buen plan.
—Porque normalmente no lo es.
El niño sonrió.
El maestro también.
También hablaron de sustancias.
El maestro dibujó una planta.
—Hay cosas que pueden cambiar cómo funciona tu cuerpo.
—¿Como qué?
—Algunas curan.
Otras duermen.
Otras quitan dolor.
Algunas pueden matar.
Y otras alteran los sentidos.
An Yo observó la planta.
—¿Como cuál?
—Existe una llamada Beso de Ángel.
An Yo sonrió.
—Tiene un nombre bonito.
—No te dejes engañar por el nombre.
—¿Qué hace?
—Puede provocar alucinaciones.
—¿Qué es eso?
—Puedes ver, escuchar o sentir cosas que no están ocurriendo realmente.
An Yo dejó de sonreír.
—¿Como soñar?
—Parecido. Pero estando despierto.
—¿Y si veo un monstruo?
—Podrías correr de algo que no existe.
—¿Y si veo comida?
—Podrías intentar comer algo que no es comida.
An Yo hizo una cara de preocupación.
—Eso sí es malo.
—Mucho.
El maestro siguió explicando que había sustancias capaces de provocar sueño, confusión, pérdida de coordinación, cambios extremos de comportamiento, dependencia o daños permanentes.
—Nunca tomes algo que no conozcas.
—¿Ni si dicen que es medicina?
—Ni siquiera entonces.
—¿Y si es un médico?
—Primero asegúrate de que realmente sea un médico.
An Yo asintió lentamente.
—Primero observar.
—Veo que esa frase va a perseguirme durante años.
An Yo soltó una pequeña risa.
Llegó la hora de comer.
El maestro había preparado otra comida.
An Yo miró el plato.
—¿También está rica?
—Eso espero.
An Yo probó.
Estaba caliente.
Había verduras, arroz, una salsa espesa y pequeñas piezas de carne.
An Yo comió.
—Está buena.
—Gracias.
Siguió comiendo.
—Hazla otra vez.
—Eso no depende solamente de mí.
—¿Por qué?
—Porque algún día quizá no tenga los ingredientes.
An Yo levantó la mirada.
—Entonces consigue más.
El maestro soltó una carcajada.
—Ahí está la solución.
An Yo siguió comiendo.
—Sí.
Después de comer, el maestro retiró los platos.
Volvió con varios mapas.
—Ahora quiero hablarte de algunos reinos.
An Yo se acercó.
—¿Danyue?
—Danyue primero.
Señaló el mapa.
—Este es el reino donde estás ahora.
Luego señaló otro territorio.
—Aquí está Xetian.
—¿Es grande?
—Mucho.
—¿Más que Danyue?
—Sí.
—¿Mucho?
—Mucho.
Señaló la capital.
—Shenluo.
Después otro territorio.
—Yunbei.
—¿También es grande?
—Sí.
—¿Cómo se llama su capital?
—Baiyuan.
An Yo repitió lentamente.
—Baiyuan.
—Bien.
—¿Hace frío?
—Yunbei es conocido como un reino invernal. Muchas regiones son frías y nevadas.
—¿Todas?
—No.
An Yo sonrió.
—Entonces no todo es nieve.
—Correcto.
El maestro señaló una región más distante.
—Y más lejos está Vhark.
An Yo recordó inmediatamente las cadenas.
—El reino de los esclavos.
El maestro hizo una pausa.
—Sí.
—¿Hay muchos?
—Millones. Quizá incluso miles de millones si contamos todos sus territorios.
An Yo abrió los ojos.
—¿Tantos?
—Es una sociedad construida alrededor de la esclavitud.
El niño miró el mapa durante unos segundos.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
El maestro señaló algunas ciudades.
—Damar. Dakar. Y otras.
—¿De noche?
—Apagan las luces.
An Yo recordó la historia.
—Por las criaturas.
—Por las criaturas y los espectros.
—¿Y los barcos de arena?
—Tampoco suelen viajar de noche.
—¿Porque pueden atacarlos?
—Sí.
—¿Las criaturas de Vhark son diferentes?
—Muchas.
—¿Por qué?
—Porque el ambiente cambia.
El maestro señaló el desierto.
—Calor. Falta de agua. Arena. Alimento. Depredadores. Todo eso obliga a las criaturas a adaptarse.
—¿Pueden cambiar sus afinidades?
—Una especie puede desarrollar características diferentes según la región. Incluso criaturas parecidas pueden terminar teniendo afinidades, pieles o habilidades distintas.
An Yo miró el desierto.
—Entonces si una criatura no puede vivir ahí...
—Muere.
—O se va.
El maestro sonrió.
—Exactamente.
An Yo señaló el mapa.
—¿Qué es una calamidad?
El maestro dejó el lápiz.
—No significa necesariamente algo malo.
—Pero todos tienen miedo cuando hablan de ellas.
—Porque una calamidad puede ser peligrosa.
—¿Y si no quiere hacer daño?
—Puede seguir siéndolo.
An Yo esperó.
—Una persona extremadamente poderosa puede ser considerada una calamidad.
—¿Una persona?
—Sí.
—¿Una bestia?
—También.
—¿Un espectro?
—También.
—¿Una tormenta?
—Si alcanza una escala suficiente, sí.
An Yo frunció el ceño.
—¿Cómo puede una tormenta ser una calamidad?
—Si destruye ciudades, cambia el clima de una región, provoca inundaciones o mata a miles, deja de ser simplemente “lluvia fuerte”.
El maestro señaló el mapa.
—También existen terremotos, erupciones volcánicas, huracanes, enfermedades...
—Entonces una calamidad puede ser algo que ni siquiera piensa.
—Exactamente.
An Yo se quedó mirando el dibujo.
—Entonces no tiene que ser mala.
—No.
—Puede ser tranquila.
—Puede.
El maestro recordó un ejemplo.
—Valsax, la Plaga.
An Yo reconoció el nombre.
—La de más de ochenta kilómetros.
—Algunos ejemplares alcanzan tamaños enormes.
—¿Mata gente?
—Normalmente no busca hacerlo.
—Entonces es buena.
—No exactamente.
—¿Por qué?
—Porque si alguien la amenaza o la hiere, puede liberar enfermedades capaces de extenderse cientos de kilómetros.
An Yo dejó de sonreír.
—Entonces es mejor no molestarla.
—Esa sería una conclusión bastante sensata.
—Como no molestar a un perro.
—Hay perros que deberías molestar todavía menos.
An Yo sonrió.
El maestro habló después de los espectros.
—Los de Piedra Blanca eran débiles.
An Yo recordó aquella noche.
—No parecían débiles.
—Porque tú estabas allí.
An Yo bajó la mirada.
El maestro continuó.
—Los cazadores suelen perseguir espectros. Sus núcleos espirituales pueden utilizarse.
Los ojos de An Yo se iluminaron.
—¿Tienen núcleos?
—Sí.
—¿Todos?
—No sé si todos.
—¿Son grandes?
—Depende del espectro.
—¿Tienen afinidades?
—Algunos.
—¿Pueden hablar?
—Algunos.
An Yo se quedó pensando.
—¿Puedes enseñarme uno?
El maestro negó.
—No tengo ninguno.
—¿Nunca?
—No.
—Pensé que sabías de todo.
El maestro soltó una carcajada.
—Ese es un problema que tienes tú, no yo.
An Yo sonrió.
—Entonces no sabes todo.
—Ni cerca.
El maestro explicó después que algunas calamidades muy poderosas podían aparecer acompañadas de enormes cantidades de espectros.
—Hace unos quince años, Shenluo fue asediada durante casi tres semanas.
An Yo abrió los ojos.
—¿Por espectros?
—En parte.
—¿Qué pasó?
—El líder de una secta demoníaca atacó la ciudad.
—¿Solo?
—La Corte del Abismo tenía seguidores.
—Entonces no estaba solo.
—No.
El maestro sonrió ligeramente.
—Pero el líder luchó personalmente contra varios maestros poderosos.
—¿Y ganó?
—Sobrevivió.
An Yo frunció el ceño.
—Eso no responde.
—Porque no hay una respuesta sencilla.
—Entonces...
An Yo pensó.
—¿Nadie ganó?
—Digamos que ambos lados perdieron cosas.
Eso pareció satisfacerlo.
El maestro continuó.
La Corte del Abismo había atacado Shenluo después de que la Secta del Cielo Dorado atacara ciudades de la Corte del Abismo y matara civiles y miembros.
—Entonces los dos eran malos.
—No necesariamente.
An Yo hizo una mueca.
—Otra vez.
—Otra vez.
—¿Una secta demoníaca puede ser buena?
—Puede proteger civiles.
—¿Y una ortodoxa puede ser mala?
—Puede matar inocentes.
An Yo recordó al hombre ciego.
—Entonces no importa lo que digan.
El maestro lo miró.
—Importa lo que hagan.
An Yo asintió.
—Eso es más fácil.
—No siempre.
El maestro siguió hablando de los cielos.
Del sol blanco.
De eclipses de sangre.
Del sol negro.
De las lunas negras.
De señales que los ancianos observaban para intentar predecir determinados años.
—Algunas calamidades aparecen cada diez, veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años.
—¿Siempre?
—No.
—Entonces no se puede saber.
—Se pueden hacer estimaciones.
An Yo miró las lunas dibujadas.
—¿Qué significan diez lunas?
El maestro se quedó mirando el dibujo.
—No recuerdo.
An Yo levantó la cabeza.
—¿Tú tampoco?
—No puedo recordar cada cosa que he aprendido.
—Entonces yo lo voy a descubrir.
El maestro sonrió.
—Cuando seas mayor.
—Y te lo diré.
—Si nos volvemos a encontrar.
An Yo dejó de sonreír.
—Nos vamos a volver a encontrar.
El maestro lo miró durante unos segundos.
Después sonrió.
—Eso espero.
—Hay una clasificación que surgió alrededor de un hombre —dijo el maestro.
An Yo se acomodó.
—¿Cuál?
—Calamidad económica.
—¿Una calamidad que rompe cosas?
—No exactamente.
El maestro señaló unas monedas dibujadas.
—Una que puede desordenar una economía.
An Yo no entendió.
—¿Robando dinero?
—Al contrario.
Le habló de Marea Negra.
Un hombre cuya verdadera fuerza y naturaleza estaban rodeadas de rumores.
Algunos decían que fingía ser ciego.
Otros aseguraban que era un cazador de espectros.
Había participado en una expedición marítima desde Yinshui, el principal puerto de Xetian.
—¿Puerto?
—Una ciudad construida alrededor de actividades marítimas: barcos, comercio, pesca, transporte y expediciones.
—Entonces Yinshui es una ciudad de barcos.
—Entre otras cosas.
El barco de la expedición medía alrededor de ciento veinte kilómetros.
An Yo abrió la boca.
—Eso no parece un barco.
—Lo es.
—¿Cómo entra en el agua?
El maestro sonrió.
—Esa es una buena pregunta.
—¿Y cómo no se hunde?
—Porque está construido para no hundirse.
An Yo lo miró.
—Eso tampoco explica mucho.
—Algún día te explicaré cómo funcionan algunos barcos.
—Bien.
La expedición tenía como objetivo detener una migración enorme de criaturas marinas que podía alcanzar Yinshui, la costa de Yunbei y Haiyuan.
Habían encontrado criaturas colosales.
Una de ellas era Zhaluo.
Una bestia gigantesca, domesticada y utilizada como montura.
Sobre su enorme cuerpo había una ciudad entera.
Sus construcciones, caminos y habitantes viajaban sobre ella mientras la bestia avanzaba por el mar.
An Yo abrió mucho los ojos.
—¿Una ciudad encima de una bestia?
—Sí.
—¿Y la bestia no se cae?
—No.
—¿Y la ciudad?
—Tampoco.
—Entonces es como una ciudad que camina.
—En cierto sentido.
An Yo se quedó mirando el dibujo.
—Quiero verla.
—Yo también quisiera volver a verla.
Después apareció el Devorador del Mar.
Era un enorme barco espectral.
Las historias decían que podía medir entre quinientos y mil kilómetros.
An Yo se quedó inmóvil.
—Eso es demasiado.
—Sí.
—¿De verdad?
—No lo sé.
—¿Entonces por qué me lo cuentas?
—Porque es una historia interesante.
An Yo aceptó aquella explicación.
El Devorador del Mar no era una bestia marina.
Era un mega barco espectral.
Su aparición estaba relacionada con cantidades enormes de espectros y con expediciones marítimas que podían terminar en desastre.
Marea Negra se dirigió hacia él.
El Sepulcro Negro, otro barco espectral, tenía unos ciento ochenta kilómetros y transportaba millones de espectros.
Según los relatos, Marea Negra transformó su cuerpo en una masa oscura cubierta de bocas y ojos.
Comenzó a devorar espectros.
Luego energía espectral.
Su sombra creció.
El Sepulcro Negro huyó.
Marea Negra continuó hacia el Devorador del Mar.
Después ambos desaparecieron.
Nadie sabía exactamente qué ocurrió.
Mucho después, Marea Negra volvió a aparecer sobre el mar.
—Entonces sobrevivió.
—Eso parece.
—¿Y el Devorador del Mar?
—Siguió siendo un misterio.
An Yo asintió.
No había nada más que pudiera preguntar.
Después Marea Negra comenzó a destruir barcos espectrales.
Finalmente llegó a Yinshui durante un festival.
Se presentó como una sombra.
Y gritó:
—¡Qué bonitas fiestas! ¡Que viva Yinshui!
Después lanzó millones de monedas.
Cobre.
Plata.
Oro.
Platino.
Celestiales.
Quizá incluso denominaciones superiores.
An Yo abrió mucho los ojos.
—¿Las regaló?
—Sí.
—¿A todos?
—A cualquiera que pudiera tomarlas.
—Entonces todos fueron ricos.
El maestro negó con la cabeza.
—Durante un momento, muchos tuvieron más dinero.
—Es lo mismo.
—No.
Le explicó que si aparecía de repente una cantidad enorme de dinero mientras la cantidad de comida, herramientas, casas y servicios seguía siendo parecida, la gente podía gastar mucho más.
Los comerciantes subirían precios.
Algunos almacenarían mercancías.
Otros comprarían barato en una zona y venderían caro en otra.
Aparecerían robos.
Fraudes.
Acaparamiento.
Escasez temporal.
Personas intentando aprovecharse de quienes no entendieran lo que ocurría.
—Entonces el dinero vale menos.
—Puede perder poder de compra.
—¿Mucho?
—Depende de cuánto dinero entre y de cuánto aumente la producción.
An Yo frunció el ceño.
—¿Y después?
—Con el tiempo parte del dinero puede guardarse, invertirse, gastarse o cambiar de manos. Los negocios pueden aumentar la producción. Las mercancías pueden volver a circular. La situación puede estabilizarse.
—Entonces no destruyó todo para siempre.
—No necesariamente.
An Yo pensó un momento.
—Solo lo complicó.
—Eso ya es bastante.
Marea Negra desapareció.
Más tarde apareció en la Secta del Loto de Diamante Lunar.
Una secta neutral.
Su pabellón principal tenía varios kilómetros.
Contaba con millones de miembros.
Y sufría ataques de espectros varias veces al año.
—¿Por qué los atacaban tanto?
—Porque podían hacerlo.
—¿Y por qué no los destruían?
—Porque los espectros también podían pensar.
An Yo se quedó atento.
—A veces dejaban viva a la secta.
—¿Para qué?
—Para que creciera.
—¿Y después volvían?
—Sí.
—¿Para robarles?
—Exactamente.
An Yo sonrió.
—Eso es inteligente.
—Bastante.
Durante el mayor asedio, un hombre considerado inútil por la secta fue enviado al frente.
Era ciego.
Lo trataban como una carga.
Pero comenzó a devorar espectros.
Solo.
Luchó contra oleadas de millones.
También contra generales espectrales.
No logró matar a los generales.
Pero consiguió hacerlos retroceder mientras destruía enormes cantidades de su ejército.
Después desapareció.
—¿Murió?
—No lo sabemos.
An Yo miró la mesa.
—Quizá vuelva.
—Quizá.
El maestro lo observó unos segundos.
—Hay otra cosa que debes saber.
An Yo levantó la mirada.
—¿Qué?
—No todo lo que escuches sobre criaturas gigantes será verdad.
An Yo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque las personas exageran.
—¿Mucho?
—Muchísimo.
—¿Como el Devorador del Mar?
—También.
—¿Y Zhaluo?
—Zhaluo existe.
—¿La ciudad también?
—Sí.
An Yo sonrió.
—Entonces esa sí es verdad.
—Esa sí.
An Yo volvió a mirar los dibujos.
—Quiero ver muchas.
—Entonces aprende a reconocerlas.
—¿Cómo?
El maestro señaló el dibujo del cuerpo.
—Observando.
An Yo sonrió.
—Primero observar.
—Exactamente.
El maestro apoyó los mapas a un lado.
Parecía haber terminado con aquella parte.
Pero An Yo todavía estaba mirando uno de ellos.
—Maestro.
—¿Sí?
—¿Tú naciste aquí?
El hombre tardó un momento en responder.
—No.
An Yo levantó la cabeza.
—¿Entonces dónde?
—En Valzemoria.
—¿Es otro reino?
—Sí.
—¿Muy lejos?
—Mucho.
An Yo se acomodó mejor.
—Cuéntame.
El maestro sonrió.
—Eso estaba pensando hacer.
Le explicó que en Valzemoria no llamaban a aquello afinidades.
Allí utilizaban la palabra magia.
El qi recibía otros nombres.
Mana.
Energía.
Las palabras cambiaban según la región y la época.
—Entonces tú eres un mago.
—No exactamente.
—Pero usabas magia.
—Sí.
An Yo pareció satisfecho.
—Entonces eres un mago.
—Haz lo que quieras con esa información.
El maestro se recostó.
—Nací en una familia bastante conocida de una ciudad de Valzemoria.
—¿Eran ricos?
—Bastante.
—¿Cuántos hermanos tenías?
El maestro levantó varios dedos.
—Doscientos.
An Yo se quedó mirándolo.
—¿Doscientos?
—Doscientos.
—¿Todos vivían juntos?
—No todos al mismo tiempo.
—¿Y tú eras el último?
—El menor.
An Yo pensó unos segundos.
—Entonces debías ser importante.
El maestro sonrió sin alegría.
—Para algunos, sí.
Era miembro de la línea directa de su familia.
Pero sus hermanos no lo querían allí.
—¿Por qué?
—Dinero.
—¿Te vendieron?
El maestro permaneció callado unos segundos.
—Sí.
An Yo dejó de sonreír.
—¿Tus hermanos?
—Algunos de ellos.
—¿Por cuánto?
—No lo sé.
—¿Nunca preguntaste?
—Cuando eres un niño encadenado dentro de un barco, el precio deja de parecer lo más importante.
An Yo bajó la mirada.
El maestro continuó.
Tenía aproximadamente nueve años cuando ocurrió.
Lo habían sedado.
Cuando despertó, estaba encadenado en una nave enorme.
Había cientos de personas alrededor.
Después supo que aquel barco transportaba más de cincuenta millones de esclavos.
—¿Cincuenta millones?
—Más de cincuenta millones.
An Yo abrió los ojos.
—Eso es más que...
Se quedó pensando.
Todavía no sabía comparar bien una cantidad semejante.
—Muchísimos.
—Sí.
El viaje había durado alrededor de seis meses.
Durante ese tiempo, el niño que entonces era el maestro apenas sabía dónde estaba.
Escuchaba idiomas diferentes.
Gritos.
Órdenes.
Golpes.
Cadenas.
Personas llorando.
Algunas eran civiles.
Otras habían sido capturadas durante guerras.
También había nobles.
Ancianos de clanes.
Generales derrotados.
Miembros de familias caídas.
Personas abandonadas por sus propios parientes.
Y razas que los esclavistas consideraban exóticas.
—¿Todos eran esclavos?
—Todos los que iban encadenados.
—¿Incluso los fuertes?
—Algunos eran muchísimo más fuertes que sus captores.
—Entonces...
An Yo frunció el ceño.
—¿Cómo los atraparon?
El maestro señaló las cadenas que había dibujado.
—Con sellos, venenos, técnicas, artefactos y métodos que no necesitas conocer todavía.
An Yo miró las cadenas.
—¿Y dónde llegaron?
—A Vhark.
—El desierto.
—El desierto.
Cuando el barco llegó, el maestro todavía no comprendía el idioma.
No sabía leerlo.
No sabía escribirlo.
No sabía hablarlo.
Eso no cambió de repente.
Durante los primeros días apenas podía entender órdenes simples.
Lo único que podía utilizar inmediatamente eran los números y las operaciones que ya conocía de Valzemoria.
—¿Solo sumar?
—Principalmente.
—¿Eso te salvó?
—No exactamente.
El maestro sonrió.
—Pero ayudó.
Le hicieron demostrar que podía trabajar con números.
Sumó varias cantidades.
Eso bastó para que lo consideraran una mercancía útil.
Después fue enviado a Damar.
—¿La ciudad grande?
—Sí.
El maestro recordó el lugar.
Damar era enorme.
Mucho más grande de lo que An Yo podía imaginar.
Las personas cubrían sus cuerpos con prendas amplias y superpuestas para protegerse del sol y de la arena.
Algunas llevaban telas alrededor del cuello y la cabeza.
Otras cubrían parte del rostro.
Había túnicas largas, pantalones anchos, capas ligeras y calzado diseñado para caminar sobre terrenos abrasadores.
—¿Y había muchos esclavos?
—Demasiados.
Había filas interminables.
Mujeres.
Hombres.
Niños.
Ancianos.
Criaturas de formas que el joven maestro jamás había visto.
Había mujeres con rasgos de araña.
Bestias encerradas.
Huevos.
Mercancías.
Y una criatura de unos doscientos metros obligada a permanecer de rodillas mientras varios animales tiraban de ella para impedirle levantarse.
An Yo abrió los ojos.
—¿Doscientos metros?
—Sí.
—¿Y estaba encadenada?
—Sí.
—¿Cómo encadenas algo así?
—Con cadenas mucho más grandes.
An Yo permaneció en silencio.
El primer día observó el funcionamiento de la ciudad.
El segundo vio los barcos de arena.
Eran enormes.
Algunos parecían montañas desplazándose sobre el desierto.
Pero había algo que no entendía.
Cuando llegaba la noche, Damar cambiaba.
La gente comenzaba a gritar.
—¡APAGUEN TODAS LAS LUCES!
—¡NO PUEDEN QUEDAR LUCES PRENDIDAS!
—¡CIERREN CUALQUIER VENTANA!
—¡TAPEN LAS PUERTAS!
Una tras otra, las luces desaparecían.
Las calles quedaban completamente oscuras.
—¿Por qué?
—Al principio yo tampoco lo sabía.
Después lo descubrió.
Las criaturas del desierto eran mucho más activas durante la noche.
Y algunas eran atraídas por la luz.
Los espectros también podían acercarse.
Una sola lámpara visible desde lejos podía convertir una casa en un punto de interés.
—¿Incluso para los nobles?
—Incluso para ellos.
—¿Los podían matar por encender una lámpara?
—Sí.
An Yo miró el mapa.
—Entonces la oscuridad era para protegerlos.
—Entre otras cosas.
—Eso es raro.
—En Damar, muchas cosas parecían raras hasta que aprendías por qué existían.
Al tercer día ocurrió algo diferente.
El maestro estaba dentro de una prisión para esclavos.
Tenía cadenas alrededor de las manos, las piernas y el cuello.
Eran demasiado fuertes para romperlas con fuerza normal.
Pero entonces desaparecieron.
No se rompieron.
Se convirtieron en polvo.
Las puertas de las celdas también.
En miles de lugares de Damar ocurrió lo mismo.
An Yo se inclinó hacia delante.
—¿Quién lo hizo?
—Un hombre.
—¿Un cultivador?
—Sí.
—¿Cómo rompió las cadenas de él?
—¿Qué crees?
An Yo pensó.
—¿Las desintegró con su poder?
—No.
El maestro sonrió.
—Las arrancó con la boca.
An Yo parpadeó.
—¿Qué?
—Eso mismo pensé.
El hombre era un cultivador demoníaco con una capacidad de regeneración extraordinaria.
Había permanecido aislado durante mucho tiempo.
Y decidió utilizar su propio cuerpo.
Primero mordió una de sus manos.
No una vez.
Muchas.
Cada vez que se dañaba, su cuerpo se regeneraba.
Volvía a hacerlo.
Mordía.
Rasgaba.
Descansaba.
Volvía a intentarlo.
Hasta que consiguió liberarla.
Utilizó aquella mano para cortar la otra.
Después las piernas.
Y finalmente llegó a decapitarse.
Su cuerpo volvió a regenerarse.
Cuando por fin pudo moverse libremente, comenzó a liberar a los demás con su afinidad.
—Eso debió doler.
—Probablemente.
—Mucho.
—Muchísimo.
—¿Y no se rindió?
—No.
An Yo miró las manos del maestro.
—Entonces quería salir desde hace mucho, ¿no?
El maestro permaneció unos segundos en silencio.
—Sí.
La rebelión comenzó casi de inmediato.
Esclavos de todo tipo se liberaron.
Algunos huyeron.
Otros atacaron.
Otros buscaron a sus familias.
Algunos aprovecharon el caos para vengarse.
No todos tenían el mismo objetivo.
Damar comenzó a llenarse de gritos, explosiones y combates.
—¿Y los espectros?
—El ruido los atrajo.
También llegaron criaturas del desierto.
El caos se convirtió en un asedio.
Mientras tanto, miles de personas intentaban escapar.
Los barcos voladores comenzaron a despegar.
Uno.
Diez.
Cientos.
Miles.
Decenas de miles.
Finalmente fueron más de cien mil.
Muchos eran enormes.
Otros pequeños.
Algunos apenas podían transportar a unas cuantas personas.
Pero todos intentaban abandonar la ciudad.
—¿A dónde fueron?
—A todas partes.
Xetian.
Yunbei.
Valzemoria.
Otros reinos.
Otros territorios.
Otros lugares que ni siquiera conocía.
El maestro siguió al hombre que había roto las cadenas.
No regresó a Valzemoria.
Al menos no entonces.
—¿Y cómo aprendiste Danyue? —preguntó An Yo.
El maestro sonrió.
—Mal.
—¿Mal?
—Muy mal.
—¿Por qué?
—Porque al principio ni siquiera hablaba.
An Yo esperó.
—Después aprendí palabras.
Una.
Luego otra.
Aprendió nombres de alimentos.
Precios.
Órdenes.
Insultos.
Palabras que utilizaban los niños.
Palabras que utilizaban los ancianos.
Palabras para los objetos.
Palabras para las personas.
Después comenzó a formar frases.
Mucho más tarde aprendió a leer y escribir el idioma.
—¿Cuánto tardaste?
—Años.
An Yo miró sus hojas.
—Entonces yo aprendí rápido.
—Sí.
—Soy mejor que tú, ¿verdad, maestro?
—No empieces.
An Yo sonrió.
Habían pasado treinta y un años desde aquella huida.
El maestro había trabajado.
Había viajado.
Había aprendido.
Y había construido una vida.
Conoció a una mujer.
Se casó.
Tuvo una hija.
Ahora tenía diecinueve años.
—¿Nunca quisiste regresar?
El maestro miró hacia la ventana.
—Al principio sí.
—¿Y por qué no?
—Porque con el tiempo descubrí algo.
An Yo esperó.
—Cuando extrañas un lugar durante mucho tiempo, puedes empezar a recordar solamente lo que quieres recordar.
El niño frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Tu infancia puede parecer más bonita de lo que fue. Las personas pueden parecer mejores. Las calles más agradables. Los problemas más pequeños.
An Yo permaneció callado.
—Cuando tenía unos veinte años ya tenía una esposa y estaba esperando el nacimiento de mi hija.
El maestro sonrió.
—Para entonces Danyue ya era mi hogar.
—¿Y Valzemoria no?
—Sigue siendo el lugar donde nací.
Hizo una pausa.
—Pero no todo lugar donde naces tiene que seguir siendo tu hogar para siempre.
An Yo miró el mapa.
—Entonces te quedaste.
—Sí.
—¿Por tu hija?
—Por ella. Por mi esposa. Por el trabajo. Por las personas que conocí.
—¿Y por Valzemoria?
El maestro negó lentamente.
—No quería abandonar una vida real por una idea de mi infancia.
An Yo pareció pensar en ello.
—Entonces tu hogar cambió.
El maestro lo miró.
—Puede decirse así.
La luz del día comenzaba a desaparecer.
An Yo bostezó.
El maestro recogió las hojas.
—Ya es suficiente.
—Todavía puedo estudiar.
—Eso dices porque todavía estás despierto.
—Estoy despierto.
—Tus ojos dicen otra cosa.
An Yo se frotó la cara.
—Puedo.
El maestro sonrió.
—Mañana continuaremos.
—¿Qué me vas a enseñar?
—Cosas que aprendí durante mis trabajos.
An Yo levantó la cabeza.
—¿Son interesantes?
—Algunas sí y otras no.
—¿Muchísimo?
—Algunas muchísimo.
—¿Hay criaturas?
—Probablemente.
An Yo sonrió.
—Entonces mañana.
—Mañana.
El maestro se levantó.
An Yo lo siguió.
Antes de salir, vio una hoja sobre la mesa.
Había algo escrito.
Era el nombre del maestro.
An Yo reconocía algunos caracteres.
Los observó.
Uno.
Luego otro.
Intentó unirlos.
—Ma...
Se detuvo.
Volvió a mirar.
—Ma...
El maestro permaneció quieto.
No lo corrigió.
Solo esperó.
An Yo siguió moviendo los labios.
Todavía no podía leerlo completamente.
Pero había reconocido una parte.
Sonrió.
—Mañana lo leo.
—Mañana.
Salieron de la habitación.
An Yo caminó hacia su cama.
Después se volvió.
—Maestro.
—¿Sí?
—¿Todavía hay manzanas como las de mi sueño?
El hombre lo miró.
—Supongo.
—Quiero probarlas.
—Entonces tendrás que aprender muchas cosas antes.
An Yo se acostó.
—Aprenderé.
El maestro apagó la lámpara.
—Buenas noches, pequeñín.
—Buenas noches.
La puerta se cerró.
An Yo cerró los ojos.
Y volvió a ver el campo.
Verde.
Enorme.
Había árboles.
Ríos transparentes.
Animales extraños.
Criaturas pequeñas.
Criaturas gigantes.
Algunas caminaban.
Otras volaban.
Otras nadaban.
Había dragones dorados descendiendo del cielo.
Mariposas posándose sobre sus dedos.
Y manzanas.
Muchas.
An Yo tomó una.
La mordió.
Sonrió.
Pero esta vez no pensó solamente en comerla.
Pensó en el árbol.
En las hojas.
En las raíces.
En por qué algunas eran rojas y otras verdes.
En por qué unas crecían en árboles pequeños y otras en árboles enormes.
Pensó en los animales que había visto en los libros.
En las criaturas del frío.
En las del desierto.
En las que tenían alas.
En las que respiraban debajo del agua.
En las que podían vivir bajo tierra.
No sabía cómo se llamaba todo aquello.
Todavía no.
Pero quería verlo.
Quería tocarlo.
Quería saber dónde vivía.
Qué comía.
Qué lo hacía diferente.
Y por qué podía sobrevivir allí.
An Yo cerró los ojos dentro del sueño.
Por primera vez, aquel mundo enorme no parecía solamente un lugar lleno de cosas desconocidas.
Parecía un lugar lleno de preguntas.
Y tenía muchas ganas de encontrar las respuestas.

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Noche roja (Novela)
Capítulo 9
Noche roja (Novela) Capítulo 8
Estás leyendo el capítulo 8 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 29 de septiembre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.