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Leer Noche roja (Novela) Capítulo 7 online gratis en español

An Yo soñaba con números. Había demasiados. Cientos. Miles. Los veía escritos en todas partes. En las paredes. En el suelo. En el cielo. Se multiplicaban cada vez que intentaba contarlos. Uno. Dos. Diez. Cien. Mil. Después los números crecían tanto que ya no sabía qué significaban. Intentaba seguirlos con los ojos. Pero siempre aparecían más. Entonces todo se volvió oscuro. An Yo sintió agua alrededor de su cuerpo. Como cuando se había bañado. Pero no era igual. Aquella agua no tenía el sonido tranquilo del recipiente llenándose. No había paredes. No había suelo. No había luz. Solo agua. Y oscuridad. Una oscuridad tan profunda que An Yo ni siquiera podía ver sus propias manos. Sintió frío. Mucho frío. El agua le envolvía el cuerpo y parecía meterse hasta los huesos. An Yo se quedó quieto. Algo estaba allí. No sabía qué. Pero lo sentía. Lo estaban mirando. Levantó la cabeza. Al principio no vio nada. Después aparecieron dos puntos en la oscuridad. Dos ojos. Enormes. Tan grandes que An Yo parecía una migaja de pan flotando delante de ellos. Los ojos no parpadearon. Solo lo observaron. An Yo intentó alejarse. Movió los brazos. Pataleó. Quiso nadar como lo hacía en los ríos. Pero no avanzó. Su cuerpo se hundió. Intentó volver a subir. Nada. El agua era demasiado fría. Los ojos comenzaron a acercarse. An Yo agitó los brazos con desesperación. No podía gritar. O quizá sí gritaba. Pero el agua se tragaba el sonido. Los ojos estaban cada vez más cerca. Más grandes. Más oscuros. An Yo sintió que algo enorme se movía detrás de ellos. Entonces— Abrió los ojos. Respiró de golpe. Estaba sobre una cama. La habitación seguía oscura. An Yo permaneció quieto durante unos segundos. Escuchó. Nada. Solo el movimiento lejano del barco. El crujido de la madera. El agua golpeando contra el casco. Se tocó el pecho. Su corazón latía rápido. Miró hacia la ventana. Todavía no había amanecido completamente. An Yo se sentó. No quería volver a dormir. Buscó con la mano su palito de menta de nieve. Lo encontró cerca de la almohada. Lo tomó. Se levantó. El baño estaba igual que el día anterior. An Yo entró lentamente. Se acercó al recipiente con agua. Esta vez no se metió inmediatamente. Se quedó mirándolo. Mucho tiempo. Se inclinó. Miró la superficie. Era tranquila. Podía ver su reflejo deformado. Se acercó todavía más. No había ojos. Solo su propia cara. An Yo retrocedió un poco. Después levantó un pie. Lo metió primero. Esperó. Nada. Movió los dedos. El agua estaba fría. Pero no era como la del sueño. Entonces metió el otro pie. Poco a poco entró. Se lavó el cuerpo. Se mojó el cabello. Mientras lo hacía, volvió a pensar en el agua. En cómo se movía. En cómo podía empujar un cuerpo. En cómo el agua de los ríos siempre encontraba un camino. An Yo levantó una mano. Imaginó que podía hacer que el agua subiera. Primero un poco. Después mucho. Una columna enorme. Después imaginó un tornado. Pero no de agua. De fuego. Un tornado tan grande como el que había visto durante la destrucción de Qingshui. Recordó al ciego. El bastón. Las llamas. La tierra levantándose. An Yo cerró los ojos. Imaginó que podía hacerlo. Mover el agua. Mover el fuego. Levantar la tierra. Crear algo enorme con sus propias manos. La imagen desapareció cuando abrió los ojos. Solo había agua frente a él. Y sus dedos pequeños. An Yo terminó de bañarse. Salió. Tomó la menta de nieve y comenzó a morderla. La masticó varias veces. Luego la restregó contra sus dientes, tal como le habían enseñado. El sabor frío llenó su boca. Se vistió. La ropa seguía quedándole grande. El pantalón necesitaba que ajustara bien el cordón. La camisa le cubría parte de las manos. An Yo se acomodó la chaqueta. Después salió a buscar al hombre del libro. No estaba en la habitación. Tampoco en el pasillo. An Yo caminó un poco más. Miró en otra sala. Nada. Siguió caminando. Entonces escuchó una voz. —¡Eres un irresponsable! ¿Lo sabes? An Yo se detuvo. La voz venía de una habitación cerrada. Había otra persona allí. Un hombre estaba gritando. An Yo se acercó. No abrió la puerta. Solo apoyó un oído contra ella. —¡A duras penas puedes pagar la academia privada de tu hija! An Yo frunció un poco el ceño. No sabía qué era una academia privada. Pero entendía que costaba dinero. —¡Y ella es una malagradecida contigo! ¡Y tu esposa ociosa solo gasta tu dinero! Silencio. Después la voz volvió a elevarse. —¡Trabajas todos los días! ¡Nunca estás en tu hogar! ¡Sales durante meses para poder darle una buena educación a tu hija, porque tú nunca la tuviste! An Yo permaneció inmóvil. La voz parecía enojada de verdad. —¡Y a duras penas logras mantenerte vivo! ¡Aceptas las misiones más peligrosas para que ellas puedan vivir cómodamente! Hubo un golpe dentro de la habitación. No supo contra qué. —¡¿Y deseas adoptar a un niño?! An Yo abrió un poco más los ojos. —¡¿Es en serio?! La siguiente frase salió casi como un rugido. —¡No entiendes que no puedes sostener a dos personas y quieres adoptar a un huérfano! An Yo bajó lentamente la mirada. Huérfano. Esa palabra sí la conocía. La había escuchado antes. Demasiadas veces. —¡Eres un irresponsable que no piensas en ti mismo! Hubo un silencio. Entonces habló otra voz. Una voz que An Yo reconoció inmediatamente. —Es un niño muy inteligente. An Yo levantó la cabeza. Era el hombre del libro. —Simplemente tenemos historias similares. El otro hombre respondió inmediatamente. —¡Eso no importa! An Yo siguió escuchando. —Solo piensas en trabajar. Tu mujer ni te respeta y tu hija te trata peor que a un desconocido. An Yo no entendía por qué aquella conversación tenía que ver con él. Pero siguió escuchando. —¿Cómo tratarán a ese niño? Silencio. —Deja que llegue a Fengcheng y sobreviva. An Yo dejó de respirar durante un instante. —Olvídate de él. Sus dedos se cerraron lentamente alrededor del borde de su camisa. —Pasa los últimos dos días enseñándole lo que puedas y luego déjalo ir. Dos días. An Yo miró el suelo. —Sabes que después de Octubre Negro probablemente inicie la megaexpedición a las zonas negras. El hombre hizo una pausa. —¿Y si mueres? No hubo respuesta. —Igual el niño quedará solo. An Yo se separó un poco de la puerta. Quería irse. Pero no se movió. —No intentes cambiar el destino de alguien. La voz del hombre ya no sonaba tan furiosa. Sonaba cansada. —Deja que sobreviva. An Yo tragó saliva. —Y que conozca el mundo. Hubo otro silencio. —Si sobrevive, podrás verlo cuando sea grande. Y estoy seguro de que ese joven te agradecerá mucho más que lo dejes ver el mundo. An Yo bajó la cabeza. No escuchó nada más. Se alejó de la puerta. No corrió. Caminó. Regresó a la sala donde había estado estudiando el día anterior. Se sentó. El barco se movía suavemente debajo de él. An Yo miró hacia la ventana. Fengcheng. La palabra volvió a aparecer en su cabeza. Cuando lleguemos a Fengcheng estaré solo. Lo pensó otra vez. Entonces recordó todo lo que el hombre le había enseñado. Los números. Las palabras. El qi. Las bestias. Los océanos. La ciencia. La ecología. An Yo miró sus libros. ¿Por eso me enseña tanto? No encontró una respuesta. No sabía qué hacer con aquella pregunta. Así que tomó otro libro. Era el libro de bestias. No podía leerlo todavía. Pero podía mirar los dibujos. Lo abrió. La primera página mostraba una criatura enorme. Tenía cuatro patas. Una cabeza alargada. Y dientes demasiado grandes. An Yo acercó el rostro. Pasó la página. Había una criatura que parecía una serpiente, pero tenía alas. Otra tenía un cuerpo cubierto de placas. Otra parecía un pez gigantesco con varios ojos. An Yo pasó otra página. Y otra. Algunas bestias eran tan grandes que el dibujo necesitaba varias páginas para mostrar todo el cuerpo. An Yo las miraba en silencio. Sus ojos recorrían cada detalle. Las garras. Los dientes. Las alas. Las colas. Las formas extrañas de sus cuerpos. Por un momento olvidó la conversación. Olvidó los números. Olvidó la puerta. Solo existían las bestias del libro. Eran increíbles. An Yo pasó otra página. Y se quedó mirando. No sabía leer sus nombres. Pero quería saberlos. Afuera, detrás de los cristales, el mundo seguía avanzando. Y en algún lugar delante de ellos estaba Fengcheng. Cada vez más cerca. La puerta se abrió despacio. An Yo levantó la cabeza. Era el hombre del libro. Llevaba una bandeja entre las manos. —Te estuve buscando —dijo mientras entraba—. No te encontré en la habitación. Cerró la puerta con el pie. Entonces miró al niño de arriba abajo. Su expresión cambió ligeramente. —Hasta te bañaste. Sonrió. An Yo bajó la mirada hacia su ropa. —Sé que no te gusta la carne —continuó el hombre—, así que te traje otra cosa. Colocó la bandeja sobre la mesa. —En este barco hay algunos compañeros míos a los que tampoco les gusta la carne. Otros son de razas cuyos cuerpos simplemente no pueden procesarla. An Yo se acercó. No sabía qué esperaba encontrar. La comida ocupaba un plato bastante grande. Había varias cosas encima. Unas hojas verdes estaban acomodadas a un lado, algunas enteras y otras cortadas en tiras muy finas. Eran de distintos tamaños. Unas eran largas y delgadas; otras tenían bordes redondeados. También había pequeños trozos de algo amarillo, otros de color rojo y varias piezas blancas que parecían haber sido cocinadas hasta quedar blandas. En el centro había una especie de pasta espesa, de color marrón claro, rodeada por pequeñas semillas tostadas. An Yo no reconocía casi nada. Había visto plantas antes. Pero las que crecían alrededor de Qingshui eran distintas. Muchas de aquellas cosas ni siquiera se parecían a las plantas que conocía. Se inclinó un poco. Olió. No había sangre. No había grasa. No había ese olor pesado de la carne cocida. Había algo dulce. Algo ligeramente ácido. Y un aroma cálido que no sabía identificar. —No tienes que saber qué es cada cosa —dijo el hombre al verlo mirar—. Solo pruébalo. An Yo tomó un pequeño trozo amarillo con los dedos. Lo observó. Luego se lo llevó a la boca. Masticó. Se quedó quieto. No era duro. Tampoco tenía fibras que se quedaran entre los dientes. Tenía un sabor suave, ligeramente dulce. An Yo volvió a mirar el plato. Tomó otro pedazo. Después una hoja. La mordió. Esta era crujiente. El sonido fue pequeño. Crac. An Yo siguió comiendo. No tenía que esforzarse para tragar. No había huesos. No había tendones. No había grasa pegándose a la lengua. Comió un poco más rápido. El hombre no dijo nada. Solo lo observó con una sonrisa discreta. An Yo probó la pasta del centro. Esta vez tuvo que detenerse. Era tibia. Suave. Tenía un sabor que no conocía, pero le recordaba vagamente a las comidas que había probado en casa cuando todavía había comida suficiente. No era igual. Pero había algo parecido. Siguió comiendo. Cuando terminó, miró el plato vacío durante unos segundos. No había dejado casi nada. El hombre recogió la bandeja. —¿Estaba buena? An Yo asintió. —Sí. —Me alegra. El hombre dejó la bandeja a un lado. Después tomó uno de los libros que estaban sobre la mesa. —Ahora sí. Se sentó frente a él. —Vamos a continuar. An Yo se acomodó. El hombre abrió el libro. Pasó algunas páginas. —Antes de empezar... Levantó la vista. —No te he dicho mi nombre. An Yo negó con la cabeza. —No. —Hay una razón. Se señaló una pequeña placa metálica que llevaba en la ropa. —Quiero que aprendas a leer. An Yo miró la placa. Había símbolos grabados en ella. Para él solo eran formas. —Y quiero que puedas leer mi nombre tú mismo. An Yo volvió a mirar los símbolos. —¿Mi nombre está ahí? —No. El mío. El hombre sonrió. —Cuando aprendas a leerlo, sabrás cómo me llamo. An Yo permaneció mirando la placa. Aquello le pareció extraño. Pero también interesante. —Te voy a enseñar un método bastante rápido. El hombre colocó una hoja limpia delante de él. —No vamos a memorizar cientos de símbolos de golpe. Tomó el lápiz. Escribió uno. —Primero aprenderás los sonidos. Después escribió otro debajo. —Luego aprenderás a reconocer las formas. Escribió varios más. —Y después empezaremos a juntarlos. Señaló el primero. —Este sonido. An Yo lo repitió. —Este. Volvió a señalarlo. An Yo volvió a repetirlo. El hombre escribió una segunda forma. —Ahora estos dos juntos. Los pronunció lentamente. An Yo los imitó. —Otra vez. An Yo repitió. —Bien. El hombre escribió una palabra sencilla. —Esto ya significa algo. An Yo la miró. —¿Qué significa? —Casa. An Yo se quedó observándola. La palabra era corta. El hombre la señaló otra vez. —Casa. An Yo repitió: —Casa. El hombre sonrió. —Exactamente. Durante un rato solo se escucharon las hojas. Una palabra. Otra. Un sonido. Después otro. An Yo se equivocó varias veces. A veces confundía dos símbolos parecidos. El hombre no se molestaba. Cuando ocurría, simplemente borraba. —Mira la diferencia. Volvía a escribirlos. —No intentes recordarlos solo por la forma. Escucha el sonido. An Yo lo intentaba. Una y otra vez. Hasta que algunas formas dejaron de parecer dibujos. Empezaron a tener significado. Eso hizo que quisiera seguir. Y entonces comenzaron las preguntas. —¿Qué es una secta? El hombre dejó el lápiz. —Una secta es una organización de cultivadores. An Yo esperó. —No es una religión, aunque algunas sectas pueden tener creencias espirituales. Una secta es una organización. Tiene reglas, jerarquías, maestros, discípulos, territorios y responsabilidades. —¿Y todos son buenos? El hombre soltó una pequeña risa. —No. Negó con la cabeza. —Algunas son buenas. Otras son peligrosas. Algunas protegen pueblos. Otras cobran por hacerlo. Algunas buscan conocimiento. Otras quieren poder. Hizo una pausa. —Pero ninguna es gratis. An Yo frunció el ceño. —¿Gratis? —Si entras en una secta, adquieres obligaciones. Tienes que respetar sus reglas y responder ante sus superiores. An Yo asintió lentamente. —¿Y un clan? —Un clan es diferente. El hombre apoyó los brazos sobre la mesa. —Un clan se parece más a una familia. No necesariamente todos tienen la misma sangre. Algunos aceptan personas de fuera. —¿Y si quiero irme? El hombre lo miró durante un instante. —Depende del clan. Luego habló con mayor seriedad. —Pero existen clanes donde, una vez aceptado, abandonar la organización está prohibido. An Yo guardó silencio. —Si naciste dentro de uno de esos clanes, tampoco puedes simplemente decidir marcharte. Y si entras voluntariamente, esperan lealtad absoluta. —¿Qué pasa si traicionas al clan? El hombre no respondió inmediatamente. —En algunos, te perdonan. Hizo una pausa. —En otros, te matan. An Yo bajó los ojos hacia el libro. —¿Y un gremio? La expresión del hombre cambió ligeramente. —Un gremio es más parecido a un lugar de trabajo organizado. —¿Como Lanza Eclipse? —Exactamente. El hombre asintió. —Los gremios reúnen personas con habilidades similares o complementarias. Pueden aceptar contratos, realizar expediciones, transportar mercancías, investigar lugares, recolectar materiales o hacer muchos otros trabajos. —¿Y puedo irme? —Normalmente sí. —¿Sin que me maten? —Si no tienes deudas y cumples tus contratos, normalmente nadie tiene razones para matarte. An Yo pareció considerar aquello. —Entonces... Levantó la cabeza. —¿La Lanza Eclipse es el mejor gremio? El hombre soltó una risa. —No. An Yo parpadeó. —De hecho, somos uno de los gremios más pequeños entre los dedicados a las expediciones. An Yo miró hacia la puerta. Después volvió a mirarlo. —Entonces... ¿todos los gremios no son de cazadores? —No. El hombre comenzó a contar con los dedos. —Hay gremios de médicos. De cazadores. De inventores. De ingenieros. De minería. De recolectores. De tasadores. También existen grupos dedicados a la recolección y captura de bestias. An Yo levantó una mano. —¿Qué es un ingeniero? —Alguien que utiliza conocimientos técnicos para construir, diseñar o mantener cosas. —¿Como qué? —Puentes. Máquinas. Sistemas de agua. Edificios. Barcos. Algunas armas. Herramientas. Estructuras enormes. An Yo abrió un poco los ojos. —¿Una persona puede construir todo eso? —Una sola persona, normalmente no. El hombre sonrió. —Un ingeniero trabaja con otras personas. Algunos calculan. Otros diseñan. Otros supervisan la construcción. Hay muchas especialidades. An Yo volvió a pensar. —Entonces un gremio puede tener muchas cosas. —Sí. —¿Y también puede tener médicos y cazadores? —Puede. —Pero hay gremios que solo hacen una cosa. —Exactamente. El hombre volvió a tomar el lápiz. —Algunos prefieren especializarse. Otros reúnen muchas profesiones bajo la misma organización. An Yo permaneció en silencio unos segundos. Entonces preguntó: —¿Qué es una ciudad? El hombre dejó el lápiz nuevamente. —Una ciudad es un asentamiento mucho más grande que un pueblo. Buscó una palabra adecuada. —Tiene muchas viviendas, mercados, talleres, almacenes, hospitales, lugares de entrenamiento y edificios administrativos. Puede tener miles, millones o incluso muchísimas más personas. An Yo intentó imaginarlo. Miles ya le parecían demasiados. —¿Y una capital? —Una capital es una ciudad que sirve como centro principal de un territorio. —¿Por qué? —Porque allí se encuentran algunas de las autoridades más importantes. Dependiendo del reino, puede estar el gobernante, los principales funcionarios, grandes organizaciones y centros militares o comerciales. An Yo recordó algo. —Escuché hablar de Ciudad Égida. El hombre asintió. —Ciudad Égida. Su mirada se dirigió hacia la ventana. —También la llaman la Ciudad Devoradora del Sol. An Yo esperó. —Es enorme. Sus murallas miden alrededor de cuatrocientos kilómetros en algunas estimaciones, y ciertas zonas pueden extenderse todavía más. An Yo abrió mucho los ojos. Cuatrocientos. Recordó los números que había aprendido. Era un número demasiado grande. —Es una de las principales sedes de los cazadores y alberga cientos de miles de clanes y organizaciones de distintos tipos. El hombre señaló hacia el cielo. —Sus murallas son tan grandes que, desde ciertos puntos, llegan hasta las nubes. An Yo intentó imaginar una pared que llegara tan alto. No pudo. —También crían bestias dentro de la ciudad. —¿Bestias? —Sí. Algunas son utilizadas para transporte, agricultura, producción, investigación o incluso como animales de compañía. —¿Dentro? —Dentro. An Yo volvió a mirar la ventana. —Tiene algunos de los mejores herreros del reino. Los gremios más importantes tienen sedes allí. Hay mercados enormes. Hizo una pausa. —Y viven millones de personas. An Yo empezó a contar mentalmente. Uno. Diez. Cien. Mil. Diez mil. Se quedó atascado. El hombre lo notó. —No intentes calcularlo todavía. An Yo dejó de contar. —¿Y la Ciudad Capital? —La Ciudad Capital es todavía más grande. El hombre sonrió un poco. —Es la ciudad más importante del reino. An Yo esperó. —Es una ciudad muy antigua. Tiene más de dos mil millones de habitantes. An Yo se quedó completamente quieto. Dos mil millones. Ni siquiera sabía cómo imaginar ese número. —¿Cuánto mide? —No lo sabemos con exactitud. —¿No? —Es demasiado grande y demasiado antigua. Además, continúa expandiéndose. El hombre hizo un pequeño gesto con la mano. —Podrías caminar durante semanas dentro de sus territorios urbanos y todavía no haber recorrido toda la ciudad. An Yo abrió la boca. No dijo nada. El hombre sonrió al ver su expresión. —Es hermosa. Le describió avenidas tan anchas que podían cruzarse caravanas enteras sin detener el tráfico. Torres de piedra y metal que atravesaban las nubes. Puentes suspendidos entre edificios. Mercados donde se vendían plantas, armas, comida, núcleos de bestias, objetos extraños y materiales que An Yo ni siquiera podía imaginar. Había barrios enteros dedicados a diferentes oficios. Distritos donde podían vivir cientos de miles de personas. Canales de agua limpia. Jardines. Templos. Academias. Grandes plazas. Y murallas tan antiguas que nadie recordaba quién había colocado las primeras piedras. An Yo escuchaba sin interrumpir. La ciudad que imaginaba ya no parecía una ciudad. Parecía otro mundo. El hombre volvió a sentarse frente a él. —Hay algo más que quiero enseñarte. Sacó una pequeña moneda de cobre. La colocó sobre la mesa. An Yo la reconoció inmediatamente. —¿Conoces las monedas de cobre? —Sí. El hombre sacó otra moneda. Esta vez era de color plateado. —¿Y las de plata? An Yo negó con la cabeza. El hombre la dejó junto a la de cobre. —Una moneda de plata equivale a cien monedas de cobre. An Yo miró las dos. Cien. Ya conocía ese número. Pero nunca había visto tantas monedas juntas. —En algunos pueblos, una moneda de plata ya representa bastante dinero para una familia. An Yo permaneció mirando la moneda. —Muchos campesinos apenas llegan a conocerlas. An Yo levantó la mirada. El hombre metió la mano en uno de sus bolsillos. Sacó una moneda dorada. La colocó sobre la mesa. An Yo abrió un poco los ojos. —Esta es de oro. An Yo la observó sin tocarla. —Una moneda de oro equivale a mil de plata. El niño hizo la cuenta lentamente. Mil. Luego recordó que cada moneda de plata valía cien de cobre. Sus labios se movieron. —Cien mil... —Exactamente. El hombre sonrió. —Cien mil monedas de cobre. An Yo miró la moneda dorada. —¿Tienes muchas? El hombre soltó una pequeña risa. —No. La tomó entre dos dedos. —Esta es la única que tengo. An Yo levantó la cabeza. —¿Una? —Una. La hizo girar sobre la mesa. —En un mes bueno puedo llegar a ganar una moneda de oro. An Yo volvió a mirar la moneda. El hombre la dejó detenerse. —Pero no todos los meses son buenos. Guardó silencio un momento. —Y para una persona pobre, una moneda de oro puede ser una fortuna. An Yo no apartaba los ojos de ella. El hombre volvió a guardar la moneda. —Después del oro existen otras denominaciones. —¿Cuáles? —Platino. An Yo esperó. —Mil monedas de oro equivalen a una de platino. El hombre negó ligeramente con la cabeza. —Nunca he visto una. An Yo parpadeó. —¿Nunca? —Nunca. —¿Y después? —Después está la moneda celestial. Hizo una pausa. —Mil monedas de platino equivalen a una celestial. An Yo intentó imaginarlo. No pudo. —Esa tampoco la he visto. —Ni yo. El hombre continuó con calma. —Después existen denominaciones todavía mayores: la divina y la primordial. An Yo lo miró. —¿Las ha visto? El hombre soltó una pequeña risa. —No. Negó con la cabeza. —Nunca he visto ninguna de esas monedas. An Yo permaneció callado. Para él, la moneda de oro ya parecía algo enorme. El hombre recogió las monedas. —Las denominaciones grandes se utilizan principalmente en transacciones de cantidades enormes: recursos de cultivo, tesoros, materiales extremadamente raros, grandes contratos o negocios entre organizaciones poderosas. Guardó las monedas de cobre y plata. —La de cobre sí la vas a encontrar todos los días. —La plata también existe, pero para muchas familias humildes ya representa bastante dinero. An Yo asintió lentamente. —Y el oro... El hombre miró el bolsillo donde había guardado la moneda. —El oro ya es otra cosa. Hizo una pausa. —Para alguien con poco dinero, puede cambiarle la vida. An Yo volvió a mirar el lugar donde había desaparecido la moneda. El hombre tomó nuevamente el libro. —Pero recuerda algo. An Yo levantó la cabeza. —Que una moneda tenga una denominación mayor no significa que puedas comprar lo mismo en todas partes. —Los precios cambian según la región. —Lo que cuesta poco en un lugar puede costar mucho en otro. —Y algunas cosas ni siquiera se compran con dinero. A veces se intercambian materiales, núcleos, tesoros, favores o contratos. An Yo asintió lentamente. El hombre pasó la página. —Ahora volvamos a estudiar. Lectura. Escritura. Palabras sencillas. An Yo comenzó a reconocer algunas sin ayuda. El hombre corregía su mano cuando sujetaba mal el lápiz. Le mostraba cómo separar las palabras. Cómo repetir un símbolo hasta que dejara de parecer extraño. Pero cada cierto tiempo... el hombre miraba hacia la ventana. Hacia el horizonte. Solo durante unos segundos. Después regresaba al libro. An Yo no preguntó. Siguió escribiendo. Hasta que el hombre cerró el libro. —Hay algo que también deberías saber. An Yo levantó la cabeza. —Cuando tengas alrededor de quince años, si tienes mucha suerte, podrías despertar una afinidad. —¿A los quince? —Es lo más común. Hizo una pausa. —Puede ocurrir antes. Pero es poco frecuente. —¿Y si no despierto ninguna? —Puede pasar. El hombre lo dijo con tranquilidad. —No tener una afinidad puede hacer algunas cosas más difíciles, pero no significa que estés condenado a ser débil. An Yo lo miró atentamente. —Con un núcleo espiritual podrías obtener una o varias afinidades. Algunas personas llegan a tener muchas. —¿Y una afinidad da poder? —Puede darlo. El hombre levantó un dedo. —Pero no es la única forma. —El cultivo es otra. Levantó otro. —Los pactos con bestias espirituales. Otro. —Algunas técnicas. Otro. —Entrenar el cuerpo. Otro. —Dominar un arma. —Y existen muchos caminos. An Yo escuchaba cada palabra. —También están el cultivo ortodoxo y el cultivo demoniaco. An Yo frunció el ceño. —¿El demoniaco es malo? —No necesariamente. El hombre negó con la cabeza. —Es una clasificación amplia. Algunos métodos reciben esa denominación por su naturaleza, no porque la persona que los utilice sea malvada. —¿Entonces hay cultivadores demoniacos buenos? —Sí. —¿Y malos? —Muchísimos. An Yo esperó. —También existen cultivadores ortodoxos buenos. —¿Y malos? —También. El hombre suspiró. —Algunos son personas desagradables. Hay quienes se creen superiores simplemente por pertenecer a una secta ortodoxa. —Pero no todos. —No. El hombre sonrió. —Nunca debes decidir cómo es una persona solo por el camino que eligió. An Yo asintió. —Existe otro camino —continuó—. La modificación corporal. —¿Qué es eso? —Cambiar el cuerpo deliberadamente. El hombre hizo un gesto hacia el libro de bestias. —Algunos se implantan partes de bestias. Otros beben su sangre o comen su carne. Algunos utilizan métodos todavía más extremos. An Yo hizo una mueca. —¿Y eso funciona? —Puede funcionar. Su tono cambió. —Pero es peligroso. —El cuerpo puede cambiar demasiado. Puede deformarse. Puede mutar. Y algunas personas pierden el control de sí mismas. An Yo permaneció en silencio. —No ocurre siempre —aclaró el hombre—. Pero existe ese riesgo. —¿Se vuelven locos? —Algunos pueden perder la razón. An Yo miró sus manos. El hombre continuó: —Por eso algunos consideran esos caminos demoniacos y otros no. Depende de la organización y de sus propias reglas. An Yo levantó nuevamente la mirada. —¿Todos usan el mismo qi? —No. El hombre sonrió. —El qi puede tener naturalezas muy diferentes. —Una vez conocí a un hombre que vivía en los cielos y se alimentaba de la energía de las tormentas y otros fenómenos. An Yo se quedó mirando. —¿Como una bestia? —Exactamente. —¿Las bestias hacen eso? —Muchas. El hombre tomó otro libro. —Existen numerosas especies conocidas como cazatormentas. —¿Cazatormentas? —Es un término que usamos para muchas especies diferentes que se alimentan de la energía de tornados, huracanes, ciclones o tormentas. An Yo frunció el ceño. —¿Qué es un huracán? El hombre apoyó un dedo sobre la página. —Un huracán es una tormenta enorme que gira alrededor de una zona central. Hizo un pequeño círculo con la mano. —Tiene vientos extremadamente fuertes y puede desplazarse durante grandes distancias. Puede levantar objetos, destruir edificios, provocar inundaciones y cambiar completamente un lugar. An Yo abrió los ojos. —¿Y un ciclón? —La palabra puede utilizarse para describir sistemas de tormentas que giran de esa manera. Dependiendo de la región, usamos distintos nombres. An Yo permaneció pensativo. —Entonces... Miró hacia la ventana. —¿Las bestias comen las tormentas? —Algunas absorben parte de su energía. El hombre sonrió. —No literalmente como tú comerías un pan. An Yo asintió. —Hay una criatura que me gustaría ver alguna vez. Pasó algunas páginas. —Es una especie muy particular. Encontró una ilustración. —Se llama Valsax, la Plaga. An Yo se acercó. La imagen era demasiado pequeña para mostrarla completa. —Son criaturas enormes. Los ejemplares conocidos superan los ochenta kilómetros. An Yo se quedó mirando. Ochenta kilómetros. El hombre continuó. —Y son extremadamente pacíficos. —¿Pacíficos? —Sí. —Vagan por el mundo buscando lugares donde haya muchas muertes, enfermedades o grandes brotes de plagas. An Yo miró la imagen con mayor atención. —Cuando un Valsax llega a una zona así, todo empieza a cambiar. —¿Cómo? —Primero aparece un olor horrible. An Yo arrugó la nariz. —Muy fuerte. —Pero después las enfermedades comienzan a desaparecer. An Yo parpadeó. —¿Las cura? —No sabemos exactamente cómo funciona en todos los casos. Pero se ha observado repetidamente. El hombre pasó la página. —Y a pesar de su tamaño, suelen evitar lastimar a otras criaturas. —¿Incluso humanos? —Incluso humanos. Señaló una anotación al margen. —Hay registros de Valsax que cambiaron completamente su trayectoria porque había una sola persona en su camino. An Yo miró al hombre. —¿Por una persona? —Por una sola. —¿Y si lo atacan? El hombre cerró un poco el libro. —Entonces todo cambia. Su voz se volvió seria. —Un Valsax puede convertirse en una calamidad. —¿Por qué? —Porque si resulta herido o se siente amenazado, puede liberar y transportar agentes de enfermedades a través de enormes distancias. —¿Cuánto? —Cientos de kilómetros en determinadas circunstancias. An Yo guardó silencio. —Miles de enfermedades pueden propagarse. El niño volvió a mirar la ilustración. —Por eso algunos lo llaman la Calamidad de la Plaga. An Yo tardó unos segundos en preguntar: —¿Hay otras criaturas pacíficas? El hombre sonrió. —Miles. —¿Muchas? —Muchísimas. Pasó varias páginas. —Y no confundas pacífico con débil. —Hay criaturas pacíficas capaces de destruir otras criaturas enormes. Siguió hojeando. —Mira. Se detuvo. La ilustración era antigua. Poco detallada. Mostraba una criatura de aspecto extraño. Parecía estar hecha de piedra. Su cuerpo estaba fragmentado en varias secciones, como si algunas partes flotaran ligeramente separadas de las demás. Debajo había una anotación. Saalrah. An Yo acercó el rostro. —¿Qué hace? —Vive a más de cinco mil kilómetros del suelo. An Yo levantó lentamente la cabeza. —¿Cinco mil? —Sí. El hombre señaló la imagen. —El mayor ejemplar registrado alcanzó aproximadamente un kilómetro y doscientos metros. An Yo recorrió la ilustración con los ojos. —Se les conoce como las Bestias del Castillo. —¿Por qué? —Porque algunos transportan estructuras enteras. An Yo parpadeó. —¿Castillos? —Castillos. El hombre pasó otra página. Había una ilustración de varios edificios apoyados sobre el enorme lomo de una criatura. —Algunos cargan castillos llenos de tesoros. Otros han sido observados arrastrando varios edificios enormes al mismo tiempo. An Yo se quedó mirando. —¿Los humanos los usan? —No exactamente. —Pero algunos Saalrah han ayudado a humanos. —¿Cómo? —Hay registros de algunos que permitieron que personas se refugiaran sobre ellos durante viajes. An Yo volvió a mirar la imagen. —Son pacíficos. —Sí. —¿Y alegres? —Eso dicen algunos observadores. El hombre sonrió. —La última vez que se registró uno fue hace unos ciento veinte años. An Yo volvió a mirar las piedras que formaban su cuerpo. —Pero si son pacíficos... —Eso no significa que sean inofensivos. El hombre señaló la ilustración. —Un Saalrah puede atacar a otra criatura si esta intenta dañarlo. —¿Es fuerte? —Mucho. Pasó el dedo por una anotación. —Se han registrado casos en los que han destruido el cerebro o múltiples órganos de criaturas de hasta mil kilómetros o más. An Yo abrió los ojos. —¿Una criatura de mil kilómetros? —Sí. —¿Y un Saalrah la puede matar? —Si esa criatura nunca ha enfrentado antes a un Saalrah, puede encontrarse con una sorpresa desagradable. Cerró el libro. —Por eso quiero que recuerdes algo. An Yo lo miró. —Si alguna vez encuentras una criatura que no conoces, no la ataques. —¿Aunque parezca débil? —Aunque parezca débil. —¿Y si es grande? —Tampoco. —¿Y si es pequeña? —Tampoco. An Yo se quedó pensando. El hombre lo miró directamente. —Espera a que muestre hostilidad. Observa primero. —¿Y si se acerca? —Retrocede. —¿Y si sigue? —Busca otra ruta. —¿Y si me ataca? —Entonces defiéndete. An Yo asintió. Después de unos segundos, hizo otra pregunta. —Señor... —¿Sí? —¿Usted tiene una afinidad? El hombre sonrió. —Sí. —¿Cuál? —Tierra. An Yo pareció sorprendido. —¿Tierra? —Sí. —¿Es rara? —No. El hombre negó con la cabeza. —Es bastante común. An Yo bajó la mirada. Parecía estar pensando que, si era común, quizá no era importante. El hombre lo notó. —Pero escucha. Se inclinó un poco hacia él. —Que una afinidad sea común no significa que sea inútil. Tomó un poco de tierra imaginaria entre los dedos. —Un maestro de la tierra puede levantar murallas. An Yo lo observó. —Puede ayudar a construir casas. Hizo otro gesto. —Puede abrir caminos, reforzar estructuras, excavar y modificar terrenos. —Y otras afinidades también pueden tener usos que no parecen importantes al principio. An Yo volvió a mirar el libro. —Por eso las ciudades pueden reconstruirse tan rápido. —En parte. El hombre asintió. —Hay cultivadores especializados en construcción, reparación y transformación del terreno. Otros trabajan con metal, madera, agua, fuego y muchas otras afinidades. An Yo permaneció callado. El hombre lo observó durante unos segundos. Después sonrió. —¿Quieres que te cuente una historia? An Yo levantó la cabeza. —¿De qué? El hombre apoyó una mano sobre el libro. —De una afinidad que todos consideraban inútil. Hizo una pausa. —Tan inútil que nadie tenía fe en ella. An Yo se inclinó hacia delante. El hombre sonrió. —Pero eso te lo contaré después. El hombre permaneció unos segundos en silencio. Miró el libro cerrado que tenía delante. Después apoyó los brazos sobre la mesa. —En algún momento llegué a escuchar una historia sobre un joven. An Yo levantó la cabeza. —Si no estoy mal, había sido expulsado de su casa. El hombre frunció ligeramente el ceño. —O quizá se marchó por su cuenta. No recuerdo todos los detalles. Sonrió. —Era en otro reino. Tampoco recuerdo el nombre. An Yo esperó. —Su afinidad era considerada inútil por muchas personas. —¿Cuál? —Todavía no llego a eso. El hombre sonrió. —Para un clan, una secta o incluso un gremio que valore la destrucción y el daño por encima de la inteligencia, una afinidad como la suya podía parecer completamente inútil. Hizo una pausa. —Pero el verdadero problema era que consumía una cantidad absurda de qi. An Yo abrió un poco los ojos. —¿Mucho? —Muchísimo. El hombre negó con la cabeza. —Al principio apenas podía utilizarla. Gastaba casi todo su qi para producir efectos que otros consideraban pequeños. An Yo permaneció atento. —Y nadie sabía cómo utilizarla correctamente. —¿Qué afinidad tenía? El hombre sonrió. —Engaño. An Yo parpadeó. —¿Engaño? —Sí. —¿Qué hace? —Engaña la percepción. El hombre hizo un pequeño gesto con los dedos. —Puede utilizarse para crear ilusiones. Hacer que alguien vea algo que no existe. Escuche algo que nunca ocurrió. Incluso perciba un lugar diferente al que realmente está viendo. An Yo miró alrededor de la habitación. —¿Como magia? —Algo parecido. El hombre soltó una pequeña risa. —Pero no era fácil. —Una ilusión sencilla ya podía consumir cantidades enormes de qi. —¿Y él podía hacerlas? —Con el tiempo. El hombre miró hacia la ventana. —No sé exactamente cómo lo consiguió. —¿Qué consiguió? —Perfeccionó su afinidad. Hizo una pausa. —Hasta tal punto que llegó a crear ilusiones tan realistas que quienes estaban dentro no podían distinguirlas de la realidad. An Yo abrió los ojos. —¿De verdad? —Eso cuentan. El hombre sonrió. —Aunque no sé si todo es cierto. —Ni yo mismo lo creo completamente. An Yo frunció el ceño. —¿Entonces por qué me lo cuenta? —Porque hay demasiados testimonios. El hombre apoyó un dedo sobre la mesa. —Y porque lo que hizo después está registrado en varios lugares. Guardó silencio unos segundos. —El reino donde vivía aquel joven tenía un problema. Uno bastante serio. —Una secta. —La llamaban la Secta del Dios de la Estrella. An Yo esperó. —¿Qué dios? El hombre levantó una mano. —Ah. Se rio suavemente. —Soy humano, An Yo. No recuerdo todo. Pensó durante unos segundos. —No recuerdo el nombre del dios. Después sonrió. —Y tampoco estoy seguro de que eso importe. An Yo lo miró. —¿Por qué? —Porque en este mundo decir que algo no existe puede ser peligroso. Hizo una pausa. —Hay demasiadas cosas que creemos imposibles hasta que aparecen delante de nosotros. —Decir que un dios no existe... Se encogió de hombros. —Es como escupir al cielo y esperar que no te caiga en la cara si tienes mala suerte. An Yo permaneció en silencio. —El problema era que nadie sabía con certeza si aquel dios existía. —Pero la secta decía que sí. —Y utilizaba su nombre. El hombre se inclinó ligeramente hacia delante. —La secta había comenzado de una manera extraña. Reclutaban personas por la fuerza. Les decían que debían unirse. Que su dios los castigaría si se negaban. Si un pueblo rechazaba sus exigencias... —¿Qué hacían? —Lo quemaban. An Yo quedó inmóvil. —En nombre de su dios. El hombre continuó. —Lo mismo ocurrió con algunas sectas y clanes que se negaron a obedecer. —Con el tiempo comenzaron a controlar territorios enteros. —Después ciudades. —Y mientras más poder obtenían, más personas se unían. —No porque quisieran. —Porque tenían miedo. An Yo bajó la mirada. —Había gente completamente adoctrinada. —¿Qué es adoctrinada? El hombre se quedó pensando un momento. —Es cuando alguien recibe ideas y creencias de manera constante, hasta el punto de aceptarlas sin cuestionarlas. —Puede ocurrir mediante miedo, castigos, recompensas, aislamiento o repitiendo una misma idea una y otra vez. An Yo asintió lentamente. —Entonces creían que la secta tenía razón. —Muchos sí. —Y algunos defendían a la secta incluso cuando hacía cosas terribles. —Exactamente. El hombre suspiró. —Eso hacía que luchar contra ellos fuera mucho más complicado. —Si atacabas una sede... —Podías matar personas que realmente creían estar protegiendo algo sagrado. —Había niños. —Ancianos. —Familias enteras. —Gente que jamás había cometido ningún crimen. An Yo permaneció callado. —Por eso ocurrió algo extraño. El hombre levantó un dedo. —Secta tras secta comenzó a unirse contra ellos. —Incluso organizaciones que normalmente se odiaban. —Algunas sectas demoniacas extremadamente radicales hicieron alianzas con sectas ortodoxas que llevaban generaciones matándose entre sí. An Yo abrió un poco los ojos. —¿Se ayudaron? —Sí. —¿Aunque se odiaban? —Porque había problemas que podían ser más importantes que su propio odio. El hombre hizo una pausa. —Pero aun así no podían atacar libremente. —La secta tenía demasiados creyentes. —Y muchos estaban dispuestos a morir por ella. An Yo permaneció mirando el libro. —¿Y qué es una doctrina? El hombre sonrió. —Una doctrina es un conjunto de ideas y principios que una persona, organización o grupo considera verdaderos y utiliza como guía. —Puede explicar cómo creen que debe vivir una persona, qué consideran correcto o incorrecto y cómo debería comportarse alguien que pertenece al grupo. An Yo asintió. —Entonces esa secta tenía una doctrina. —Sí. El hombre volvió a acomodarse. —Y aquella doctrina era una de las razones por las que había tanta gente dispuesta a defenderla. Hizo una pausa. —El joven sintió curiosidad. An Yo levantó la mirada. —¿Por qué? —Quería saber cómo funcionaba realmente aquella secta. —No solo lo que decían. —Lo que hacían. —Tenían iglesias. An Yo frunció el ceño. —¿Iglesias? —Edificios donde se reunían los creyentes. —Allí les pedían dinero, comida, materiales y otros recursos. —Decían que aquellos sacrificios harían feliz a su dios. —Y la gente entregaba lo que tenía. El hombre bajó la voz. —El joven comenzó a investigar. —Pasó días estudiando. —Observó las ceremonias. —Escuchó las conversaciones. —Leyó documentos. —Estudió a los líderes. —Y cuanto más investigaba... Se detuvo. —Más extraño le parecía todo. An Yo esperó. —Porque llegó a pensar que quizá aquel dios sí existía. El niño abrió los ojos. —¿De verdad? —Quizá. El hombre levantó un dedo. —Recuerda eso. —Quizá. —No sabemos si existía. —Tampoco sabemos si era realmente aquel dios. —Pero el joven comenzó a sospechar que la secta había encontrado algo real... Hizo una pausa. —Y simplemente lo estaba utilizando. An Yo permaneció inmóvil. —Elegían a los más talentosos. —Los separaban de los débiles. —Les daban mejores recursos. —Mejores métodos. —Más comida. —Más educación. —Y despreciaban a quienes consideraban inferiores. El hombre apretó ligeramente los labios. —El joven pensó que aquello no tenía nada que ver con lo que decían predicar. An Yo esperó. —Entonces llegó el día en que decidió atacar una de sus iglesias. —Había una reunión. El hombre hablaba más despacio ahora. —Estaban reunidos cientos de creyentes. —Los líderes hablaban desde una plataforma. —Pedían dinero. —Pedían alimentos. —Pedían materiales. —Decían que todo aquello debía entregarse para honrar al dios. —Y las personas daban. —Algunos entregaban monedas. —Otros comida. —Otros objetos. —Algunos incluso daban cosas que necesitaban para sobrevivir. An Yo frunció el ceño. —¿Y nadie decía nada? —Muchos tenían miedo. —Otros realmente creían. —Y algunos simplemente habían aprendido a obedecer. El hombre pasó una página que no estaba leyendo. —Entonces ocurrió. —Sin aviso. —Sin explosión. —Sin luz. —Todo se volvió negro. An Yo permaneció completamente quieto. —Negro. —No oscuridad. —No una habitación sin luz. —Negro absoluto. —Un negro tan profundo que parecía tragarse el espacio. El hombre miró a An Yo. —Uno de los hombres que estaba allí había nacido ciego. —Nunca había visto nada. —Ni una mano. —Ni un árbol. —Ni el rostro de su madre. An Yo guardó silencio. —Y ese hombre contó lo ocurrido después. El hombre bajó la voz. —Dijo que, por primera vez en su vida... Hizo una pausa. —vio. An Yo abrió lentamente los ojos. —La oscuridad desapareció. —Y en su lugar apareció un desierto. —Arena roja. —Ruinas por todas partes. —Torres quebradas. —Piedras ennegrecidas. —Restos de edificios medio enterrados. —Y entonces aparecieron los cuerpos. An Yo dejó de moverse. —Cientos. —Algunos estaban mutilados. —Otros habían sido abiertos desde el abdomen. —Había extremidades enterradas en la arena. —Mandíbulas humanas colgaban de estructuras de piedra. —Había cuerpos quemados hasta quedar negros. —Algunos todavía parecían moverse. El hombre hizo una pausa. —Pero no estaban vivos. —Era una ilusión. An Yo lo miró. —¿Seguro? El hombre sonrió ligeramente. —Eso es lo extraño. —Según los testimonios, nadie podía distinguirla. —El olor también estaba allí. —Podredumbre. —Sangre. —Carne quemada. —Un olor tan fuerte que algunos comenzaron a vomitar. —El aire parecía quemar los pulmones. An Yo tragó saliva. —Entonces apareció alguien. El hombre levantó lentamente la mirada. —Una figura enorme. —Vestida con algo que parecía una túnica blanca. —Su rostro era difícil de describir. —Y sus ojos... Hizo una pausa. —Lloraban sangre. An Yo no apartó la mirada. —La figura habló. Su voz bajó todavía más. —Y todos escucharon lo mismo. —“Ustedes son mis hijos.” —“Y yo velo por su bienestar.” —“¿Por qué creen en falsos profetas que utilizan mi nombre, modifican mis palabras y se aprovechan de quienes creen en mí?” —“Hombres que no creen en mis milagros.” —“Hombres que blasfeman contra mi palabra.” —“Hombres que eligen a unos por considerarlos superiores y desprecian a otros, cuando yo los creé iguales.” —“Siguen a hombres que se enriquecen con su dinero.” —“Y justifican actos atroces utilizando mi nombre.” El hombre hizo una pausa. —El ciego dijo que comenzó a llorar. —No por miedo. —Porque estaba viendo. —Por primera vez. —Y lo que veía era horrible. An Yo permaneció inmóvil. —Dijo que vio personas quemándose dentro de charcos de lava. —Otros estaban suspendidos de enormes árboles muertos mientras criaturas deformes arrancaban lentamente partes de sus cuerpos. —Había personas atrapadas dentro de jaulas demasiado pequeñas para poder sentarse. —Algunas criaturas caminaban entre los cadáveres y se alimentaban de ellos. —Había hombres enterrados hasta el cuello mientras insectos enormes cubrían sus rostros. —Y había personas que parecían estar vivas dentro de cuerpos que ya se estaban pudriendo. An Yo hizo una pequeña mueca. El hombre continuó. —El ciego dijo que el cielo estaba lleno de cosas que nunca había imaginado. —Criaturas con demasiadas patas. —Serpientes enormes arrastrándose entre las ruinas. —Alas negras cubriendo el sol. —Y miles de ojos observándolos desde lugares donde no debería haber nada. El hombre respiró lentamente. —Mientras todo aquello ocurría... —El dios seguía llorando sangre. —Y su voz no parecía venir de un solo lugar. —La escuchaban dentro de sus cabezas. —En el pecho. —En los huesos. —Algunos decían que podían sentirla vibrando dentro de ellos. Entonces la figura levantó una mano. Señaló a los líderes de aquella iglesia. —“Hijos míos.” —“Si no quieren mi perdón...” —“Purguen a esos hombres.” —“Y vivirán en mi hogar.” —“Comerán junto a mí.” —“Allí no existirá el hambre.” —“Y el oro no será más que un mineral.” An Yo permaneció en silencio. Entonces el hombre continuó. —Uno de los hombres señalados comenzó a gritar. —“¡Esto es una ilusión!” —“¡No le crean!” —“¡Este no es nuestro dios!” —Estaba desesperado. —Buscaba al responsable. —Miraba entre la multitud. —Intentaba descubrir quién estaba creando aquello. —Entonces algunas personas comenzaron a dudar. El hombre hizo una pausa. —Y el paisaje cambió. An Yo levantó la cabeza. —La arena desapareció. —Las ruinas desaparecieron. —Los cadáveres desaparecieron. —La lava desapareció. —Y apareció un campo. Verde. Inmenso. Tan verde que, según el ciego, parecía imposible. Había árboles enormes cargados de frutas. Frutas rojas. Doradas. Azules. Algunas brillaban suavemente. El aire estaba limpio. El viento era tibio. Había ríos transparentes. Flores por todas partes. Animales hermosos caminando entre los árboles. Ciervos con astas doradas. Aves de plumas luminosas. Pequeñas criaturas que parecían hechas de luz. Y entonces... —¿Qué? El hombre sonrió. —El cielo se abrió. An Yo contuvo la respiración. —De las nubes descendieron dragones dorados. —No uno. —Cientos. —Sus cuerpos atravesaban el cielo como ríos de oro. —Sus escamas reflejaban una luz que parecía salir del propio firmamento. —Y alrededor de las personas comenzaron a volar mariposas. —Cientos. —Miles. —De todos los colores. —Se posaban sobre sus hombros. —Sobre sus cabezas. —Sobre sus manos. —Algunas incluso rodeaban sus cuerpos como si los abrazaran. An Yo sonrió sin darse cuenta. —El ciego dijo que dejó de llorar. —Porque el cielo era demasiado hermoso. —Y entonces el dios volvió a hablar. —“Yo amo a todos por igual.” —“Excepto a aquel que utiliza mi nombre para hacer el mal.” —“A aquel que desprecia a su prójimo.” —Después señaló nuevamente a los líderes. —“Purguen a quienes utilizan mi nombre para dañarlos.” El hombre bajó la voz. —Y la multitud se lanzó contra ellos. —Los hombres intentaron escapar. —Intentaron explicar que todo era una ilusión. —Pero ya nadie los escuchaba. —La multitud los derribó. —Los golpeó. —Los arrastró. —Y los mató. An Yo no dijo nada. El hombre permaneció en silencio unos segundos. —Después ocurrió algo todavía más extraño. —El ciego dijo que un hombre que había perdido las piernas... Hizo una pausa. —caminó. An Yo levantó la cabeza. —Otro que había nacido ciego... —vio. —Un hombre que no podía hablar... —habló. —Los enfermos dejaron de sentir dolor. —Los hambrientos dejaron de sentir hambre. —Y la comida... El hombre sonrió. —Decían que era la mejor que habían probado en toda su vida. —Los campos parecían no tener fin. —El agua era limpia. —El aire era perfecto. —Algunos hombres comenzaron a llorar. —No porque estuvieran tristes. —Porque no querían irse. An Yo imaginó aquel lugar. —¿Y cuánto tiempo estuvieron allí? —Eso es lo más extraño. El hombre lo miró. —Para ellos pasaron años. —Algunos decían que habían pasado décadas. —Otros juraban que habían vivido allí durante cientos de años. —Nadie envejecía. —Nadie moría. —Y el dios les enseñó. —Les enseñó a cultivar. —A luchar. —A ayudarse. —A construir. —A vivir juntos. An Yo escuchaba sin moverse. —Y según el ciego... El hombre sonrió. —El dios se acercó a él. —Le dijo: —“Yo no te concedí la vista para que no tuvieras que ver las atrocidades de este mundo.” An Yo tragó saliva. —A un hombre sordo le dijo: —“Yo no te concedí el oído para que no escucharas los horrores del mundo ni las palabras de quienes te desprecian.” —A un hombre mudo le dijo: —“Yo no te concedí el habla para probar si podías sobrevivir a mi prueba.” —Y a cada persona le dio una explicación. —No para decirles que sus defectos eran buenos. —Sino para decirles que su existencia no era un error. An Yo bajó lentamente la mirada. El hombre continuó. —Cuando terminó, les pidió algo. —Que enseñaran a otros. —Que ayudaran a los necesitados. —Que hicieran la paz. —Que no utilizaran su nombre para hacer daño. —Y que castigaran únicamente a quienes utilizaran su nombre para cometer atrocidades. El hombre se quedó callado. —Entonces señaló a un joven. An Yo levantó la cabeza. —El mismo joven de la afinidad de Engaño. —Y dijo: —“Él será mi profeta.” —“Ayudará al necesitado.” —“Dirá la verdad.” —“Algún día volveré a verlos, hijos míos.” —“No importan sus pecados.” —“Nadie es perfecto.” El hombre sonrió ligeramente. —Y después añadió algo extraño. —“Ni siquiera yo puedo serlo.” An Yo permaneció pensativo. —Entonces... —Todo terminó. —Para quienes estaban dentro habían pasado cientos de años. —Pero fuera... El hombre levantó un dedo. —Apenas habían pasado unos minutos. An Yo abrió los ojos. —¿Minutos? —Eso cuentan. —Cuando la ilusión terminó, todos estaban exactamente donde habían estado. —La iglesia seguía allí. —Los líderes seguían muertos. —Y el joven seguía frente a ellos. An Yo lo miró. —¿Y qué hizo? —Saquear la iglesia. —Se llevó todo. —El dinero. —Los alimentos. —Los materiales. —Los objetos valiosos. —Y después lo repartió. —A los pobres. —A los enfermos. —A quienes habían perdido sus hogares. —Transformó la iglesia en un refugio. —Un techo para quien tenía frío. —Un lugar donde dormir para quien no tenía hogar. —Y no terminó allí. El hombre apoyó una mano sobre el libro. —El método de cultivo que había utilizado... —Lo había robado de nobles. —Los conocimientos de combate también. —Los conocimientos sobre medicina. —Sobre agricultura. —Sobre construcción. —Sobre otras cosas. —Y comenzó a enseñarlos a personas pobres que jamás habrían tenido acceso a ellos. An Yo abrió los ojos. —¿Él sabía luchar? El hombre soltó una risa. —Muy poco. —De hecho, era pésimo. —¿Entonces cómo pudo vencerlos? —No los venció con fuerza. —Los venció utilizando lo único que sabía hacer mejor que ellos. An Yo miró al hombre. —Engaño. —Exactamente. —Repitió el mismo método en otras sedes. —Estudió sus ceremonias. —Conoció sus discursos. —Observó a sus líderes. —Y utilizó sus propias creencias contra ellos. —Cada vez perfeccionaba más sus ilusiones. —A veces mostraba a los líderes como realmente eran. —Otras veces les hacía creer que habían recibido señales de su propio dios. —Y mientras más investigaba... —más descubría sobre la organización. An Yo escuchaba atentamente. —Al final, aquella secta comenzó a desmoronarse. —No porque apareciera alguien más fuerte. —Sino porque las personas comenzaron a cuestionarla. —El joven enseñó a los pobres. —Ayudó a quienes habían sido abandonados. —Predicó igualdad. —Y utilizó la propia doctrina de la secta para destruirla. An Yo permaneció callado. El hombre se recostó ligeramente en la silla. —Ahora dime. An Yo levantó la cabeza. —¿De qué sirvió que otros fueran mucho más fuertes que él? El niño no respondió. —Cualquier cultivador con un nivel decente podría haberlo matado. —Pero de poco sirve ser fuerte... El hombre sonrió. —si eres incapaz de pensar. An Yo permaneció mirando el libro. —Aquel hombre no necesitó ser el más fuerte. —Solo necesitó encontrar una manera de utilizar lo que tenía. Hizo una pausa. —Por eso quiero que recuerdes algo. El hombre lo miró directamente. —Si algún día despiertas una afinidad y alguien te dice que es inútil... —no significa necesariamente que lo sea. —Quizá simplemente no la está mirando de la misma manera que otra persona. An Yo asintió lentamente. El hombre cerró el libro. —Ya es tarde. An Yo miró hacia la ventana. La luz había disminuido. —Mañana te contaré otra historia, An Yo. El hombre se levantó. An Yo también. El hombre lo acompañó hasta la habitación donde lo había dejado la noche anterior. Abrió la puerta. An Yo entró. Antes de que se acostara, el hombre le acarició suavemente la cabeza. —Buenas noches, An Yo. El niño levantó la mirada. —Mañana te enseñaré todo lo que pueda. Sonrió. —Quiero que aprendas mucho, pequeñín. An Yo asintió. El hombre salió. La puerta se cerró despacio. An Yo se metió bajo la manta. Durante un rato permaneció despierto. Pensó en la iglesia. En el desierto. En los cadáveres. Después pensó en el campo. Los árboles. Las frutas brillantes. Las mariposas. Y los dragones dorados descendiendo desde el cielo. Cerró los ojos. Esa noche soñó con un cielo que no parecía tener fin. Era azul. Pero no como el cielo que había visto desde el barco. Era un azul profundo y limpio. Sin humo. Sin ceniza. Sin fuego. Debajo había un campo verde que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La hierba se movía suavemente con el viento. Había árboles enormes. Sus ramas estaban cubiertas de frutos. Algunos eran rojos. Otros dorados. Otros tenían una luz suave dentro, como si una pequeña llama estuviera atrapada bajo la piel. An Yo caminó descalzo. La hierba estaba fría entre sus dedos. No había barro. No había piedras. No había sangre. Escuchó agua. Un río atravesaba el campo. Era tan transparente que podía ver los peces nadando bajo la superficie. An Yo se acercó. Se arrodilló. Metió una mano. El agua estaba tibia. Entonces una sombra pasó sobre él. An Yo levantó la cabeza. Uno. Después otro. Después diez. El cielo comenzó a llenarse de dragones. Eran dorados. Sus cuerpos parecían hechos de metal bajo la luz del sol. Sus alas eran enormes. Cada movimiento levantaba corrientes de aire que hacían bailar los árboles. An Yo los observó. Uno de ellos descendió. Pasó sobre su cabeza. Tan cerca que pudo escuchar el sonido profundo de sus alas. An Yo no sintió miedo. El dragón continuó descendiendo hasta tocar el campo. Luego bajó la cabeza. Lo miró. An Yo levantó lentamente una mano. No llegó a tocarlo. Una mariposa se posó sobre sus dedos. Después otra. Y otra. Sus alas tenían colores que An Yo nunca había visto. Azul. Rojo. Verde. Dorado. Violeta. Algunas parecían tener pequeñas estrellas dentro. An Yo sonrió. Miró nuevamente al cielo. Los dragones seguían descendiendo. El campo continuaba extendiéndose. Y por primera vez desde Qingshui... An Yo no buscó un lugar donde esconderse.
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Estás leyendo el capítulo 7 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 29 de septiembre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.