Leer Noche roja (Novela) Capítulo 6 online gratis en español
Esa noche, An Yo durmió feliz.
Fue el único que se quedó en la cubierta.
A los demás parecía molestarles el frío.
A él no.
El aire nocturno era fresco y limpio.
Las tres lunas estaban arriba.
Y las estrellas...
Eran demasiadas.
An Yo se quedó mirándolas durante mucho tiempo.
La oscuridad lo rodeaba.
Pero no le daba miedo.
Por alguna razón, aquella oscuridad se sentía diferente.
No era la oscuridad de un callejón.
No era la oscuridad de una casa vacía.
No era la oscuridad que escondía algo.
Era simplemente...
grande.
An Yo cerró los ojos.
Pensó en las criaturas que había visto.
Pensó en la Manta de la Noche.
Pensó en el Devorador de Mareas.
Pensó en el hombre que había hablado de kilómetros.
Y entonces pensó en algo que nunca había hecho.
Volar.
Si esas criaturas podían hacerlo...
él también podía.
En su imaginación, se levantó.
Sus pies dejaron de tocar la cubierta.
Subió.
Un kilómetro.
Luego diez.
Volvió a subir.
Diez kilómetros más.
Y otros diez.
An Yo no conocía un número mayor.
Tampoco sabía realmente cuánto era un kilómetro.
Así que siguió subiendo.
Más.
Más.
Hasta que un manto blanco lo envolvió.
Las nubes.
An Yo atravesó aquella enorme masa blanca.
Y entonces apareció un lugar todavía más extraño.
Agua.
Mucha agua.
No.
Era demasiado grande para ser un río.
An Yo cayó dentro.
Nadó.
Nadó durante mucho tiempo.
Hasta que algo apareció frente a él.
El Devorador de Mareas.
Era tan grande que ocupaba todo lo que podía ver.
An Yo no huyó.
Levantó una mano.
Una luz apareció alrededor de sus dedos.
Y cortó.
¡FSSSH!
El ataque atravesó una de las enormes estructuras de la criatura.
El Devorador rugió.
El agua se levantó.
An Yo volvió a atacar.
Una vez.
Otra.
Otra.
La criatura respondió.
An Yo esquivó.
Voló.
Cayó al agua.
Volvió a salir.
Y siguió peleando.
Por alguna razón, no tenía miedo.
Porque en aquel sueño podía hacer cualquier cosa.
Hasta que...
sintió calor en la cara.
An Yo frunció el ceño.
La luz del sueño se hizo más fuerte.
Cada vez más fuerte.
Hasta que ya no pudo ver nada.
Abrió los ojos.
Estaba despierto.
An Yo parpadeó.
Se quitó de encima la enorme manta que lo cubría.
Había ruido.
Mucho ruido.
Pasos.
Risas.
Voces.
Personas hablando por toda la cubierta.
—Parece que nuestra región no se vio afectada, ¿no?
Era una voz masculina.
—La región de Xuanbei está demasiado afectada.
—¿Demasiado?
—A algún general espectral se le habrá ocurrido la grandiosa idea de atacar la capital.
—Deja de decir mentiras.
—¿Mentiras? Es verdad. Lo juro. El encargado de pilotar el barco estaba hablando de eso.
—En esta región solo hay espectros débiles.
—Quizá a los fuertes les aburrió salir.
—Tienes un punto.
An Yo permaneció acostado unos segundos.
Todavía estaba medio dormido.
No entendía casi nada de lo que decían.
General.
Capital.
Región.
Eran palabras que había escuchado antes, pero que todavía no significaban demasiado para él.
Finalmente se incorporó.
El cielo estaba despejado.
Ya no había nubes encima del barco.
An Yo miró hacia arriba.
Las estrellas habían desaparecido con la llegada del día.
Entonces vio al hombre del libro.
Estaba cerca de la entrada.
Al verlo despierto, sonrió.
—Hola, pequeño An Yo. ¿Cómo dormiste?
An Yo se quedó sentado.
—Bien.
El hombre miró la manta.
Luego miró el lugar donde había dormido.
—No sabía que ibas a dormir afuera.
Hizo una pequeña pausa.
—No te habría dejado hacerlo si lo hubiera sabido.
An Yo no respondió.
El hombre señaló hacia el interior.
—Ve a bañarte.
An Yo se levantó.
—Después empezaremos a estudiar.
Eso hizo que An Yo lo mirara.
Estudiar.
La palabra le resultaba extraña.
Pero recordó el libro.
Los dibujos.
La Manta de la Noche.
El Devorador de Mareas.
Y caminó detrás de él.
—También conseguí ropa nueva para ti.
El hombre abrió una pequeña bolsa.
Sacó una camisa sencilla de tela grisácea.
Era demasiado grande para An Yo.
Las mangas le cubrían casi por completo las manos.
También había unos pantalones oscuros, sujetos con una cuerda en la cintura, y una chaqueta corta de tela gruesa.
No eran prendas bonitas.
Pero estaban limpias.
Y eran suyas.
—No son de tu talla, obviamente —dijo el hombre—. Pero son mejores que lo que llevabas.
An Yo tocó la tela.
Era suave.
Mucho más que su ropa vieja.
El hombre lo llevó hasta un pequeño baño de la nave.
Dejó las prendas dobladas junto a la bañera.
Después sacó una pequeña ramita.
La puso en la mano de An Yo.
El niño la miró.
Era delgada y flexible.
Tenía la corteza verde pálida y un extremo ligeramente deshilachado.
An Yo levantó la mirada.
—¿Para los dientes?
El hombre asintió.
—Sí.
—¿Qué es?
—Una ramita de menta de nieve.
An Yo volvió a mirarla.
—¿Menta?
—La masticas un poco.
El hombre señaló sus dientes.
—Después la frotas contra ellos.
An Yo asintió.
El hombre salió y cerró la puerta.
An Yo se quitó la ropa.
Entró en la bañera.
El agua estaba helada.
—¡Ah!
Su cuerpo se tensó.
Apretó los dientes.
Pero terminó entrando.
Se sumergió hasta el cuello.
Después cerró los ojos.
Por un instante volvió a imaginar el agua de su sueño.
Un río.
No.
Algo mucho más grande.
An Yo comenzó a mover los brazos bajo el agua.
Nadó lentamente.
Luego un poco más rápido.
Imaginó que estaba nuevamente allí arriba.
En aquel enorme lugar lleno de agua.
Y que el Devorador de Mareas podía aparecer en cualquier momento.
Pero esta vez no tenía miedo.
Solo estaba nadando.
Cuando terminó de bañarse, salió.
Se secó como pudo.
Tomó la ropa nueva.
La camisa le quedaba grande.
Los pantalones también.
Tuvo que apretar bastante la cuerda para que no se le cayeran.
Las mangas seguían cubriéndole parte de las manos.
An Yo se miró.
No era su ropa.
Pero estaba limpia.
Y era mejor que nada.
Tomó la ramita de menta de nieve.
La llevó hasta su boca.
Y comenzó a aprender.
El hombre lo llevó hasta una mesa.
Había varios libros encima.
An Yo se sentó frente a ellos.
El hombre tomó una hoja limpia.
—Hoy voy a explicarte algunas cosas.
An Yo miró los libros.
—¿De las bestias?
—También.
Pero antes de abrirlos, el hombre dibujó a una persona.
—Quiero que entiendas algo primero.
An Yo se acercó.
—¿Qué?
—El cultivo.
An Yo inclinó la cabeza.
—¿Qué es?
El hombre dibujó pequeñas líneas alrededor de la persona.
—Cultivarse significa aprender a usar el qi.
Dibujó las líneas entrando en el cuerpo.
—El qi es una energía que existe en el mundo y también dentro de los seres vivos.
—¿Y qué hace?
—Puede utilizarse para fortalecer el cuerpo y hacer muchas otras cosas.
Dibujó las líneas recorriendo brazos y piernas.
—Cuando una persona cultiva, aprende poco a poco a tomar esa energía, moverla, guardarla y utilizarla mejor.
An Yo observó el dibujo.
—¿Entonces el cultivo hace más fuerte?
—Sí.
An Yo pensó unos segundos.
—¿Y absorber un núcleo?
El hombre dibujó un pequeño círculo.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque absorber un núcleo no es lo mismo que cultivarse.
Dibujó una gran cantidad de líneas entrando en el cuerpo.
—Un núcleo puede darte una gran cantidad de energía.
An Yo abrió los ojos.
—¿Mucha?
—Mucha.
El hombre señaló a la persona.
—Pero si no sabes cultivarte bien, absorber un núcleo puede darte una ventaja mucho menor de la que imaginas.
—¿Aunque sea un núcleo muy bueno?
—Aunque sea extraordinario.
An Yo frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque tener mucha energía no significa saber utilizarla.
Dibujó un río.
—Imagina que te entrego toda esta agua.
Después dibujó un vaso pequeño.
—Pero solo tienes este vaso.
An Yo lo miró.
—Se derrama.
—Exactamente.
An Yo se quedó pensando.
—Entonces...
—El cultivo te enseña a utilizar mejor lo que tienes.
—Ahora entiendo.
El hombre pasó de página.
—Y absorber un núcleo puede hacer más que darte energía.
Levantó un dedo.
—Puede darte energía.
Otro.
—Puede cambiar tu cuerpo.
Otro.
—Puede darte características de la criatura.
Y otro.
—Y puede darte afinidades.
An Yo lo miró.
—¿Afinidades?
—Eso te lo explicaré después.
El hombre tomó otra hoja.
—Ahora imagina que absorbes uno de los muchos núcleos que tiene una criatura.
Dibujó una enorme criatura marina.
—Una Leviathan Invernal del Abismo Helado.
An Yo observó el dibujo.
—¿El Abismo Helado es todo hielo?
—No.
El hombre negó.
—El nombre puede engañar.
Dibujó diferentes lugares.
—Hay zonas congeladas.
Después árboles.
—Bosques.
Luego una montaña con fuego.
—Volcanes.
Después grandes extensiones de agua.
—Y muchas otras zonas.
An Yo miró el dibujo.
—¿Todo eso está abajo?
—Hay partes que sí.
El hombre señaló la oscuridad.
—El Abismo Helado es enorme. Baja y baja durante miles de kilómetros.
—¿Hasta dónde llega?
—No lo sabemos.
An Yo abrió los ojos.
—¿Nadie llegó al fondo?
—Nadie que sepamos.
—¿Ni una vez?
—Un hombre aseguró haber llegado más lejos que cualquier otro.
El hombre hizo una marca.
—Cien mil kilómetros.
An Yo se quedó inmóvil.
—¿Cien mil?
—Eso dijo.
—¿Y qué encontró?
El hombre dejó el lápiz.
—Oscuridad.
—¿Nada más?
—Dijo que algo lo estaba mirando.
An Yo dejó de sonreír.
—¿Qué cosa?
—No lo sabía.
—¿Y siguió bajando?
—No.
—¿Por qué?
—Huyó.
An Yo miró el dibujo oscuro.
El hombre continuó.
—El océano es demasiado grande. Todavía no conocemos todo lo que existe allí abajo.
Después señaló nuevamente a la Leviathan.
—Ahora imagina que absorbes uno de sus núcleos.
An Yo esperó.
—No solo cambiarías por dentro.
Señaló su cabeza.
—Tu cabello podría cambiar.
Luego sus ojos.
—Tus ojos.
Después sus dientes.
—Tus dientes.
Y finalmente su cuerpo.
—Incluso tu altura.
An Yo levantó la cabeza.
—¿La altura?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Hay personas que después de absorber núcleos extremadamente poderosos han cambiado tanto que han terminado midiendo decenas de metros.
An Yo abrió los ojos.
—¿Decenas?
—Sí.
—¿Ochenta metros?
El hombre lo miró.
—También puede ocurrir.
—¿Por qué?
—Porque el cuerpo necesita adaptarse.
Dibujó un cuerpo pequeño y luego uno enorme.
—Si recibe una cantidad de energía que antes no podía soportar, puede cambiar para poder soportarla.
An Yo miró la figura de ochenta metros.
—Entonces...
—Eso es solamente lo que puedes ver.
An Yo volvió a mirarlo.
—¿Hay más?
—Mucho más.
El hombre dibujó un pequeño reloj.
—Tu ciclo del sueño puede cambiar.
An Yo inclinó la cabeza.
—¿Qué es un ciclo?
El hombre pensó un instante.
—Es la forma en que tu cuerpo repite ciertas cosas.
Señaló el reloj.
—Por ejemplo, duermes, despiertas, vuelves a tener sueño después de un tiempo y vuelves a dormir.
—Ah.
—Eso forma parte de tu ciclo de sueño.
An Yo asintió.
—¿Y qué pasa con él?
—Puede desequilibrarse.
—¿Cómo?
—Podrías empezar a tener muchísimo sueño.
Dibujó unos ojos cerrados.
—O podrías dormir mucho más de lo normal.
—¿Y también puede pasar al revés?
—Sí.
Dibujó unos ojos abiertos.
—Podrías necesitar dormir muy poco.
An Yo hizo una pausa.
Miró el reloj.
Después al hombre.
—¿Y ya?
El hombre soltó una pequeña risa.
—No.
Señaló el cuerpo.
—Tu temperatura también puede cambiar.
—¿Mucho?
—Demasiado.
Dibujó copos de nieve alrededor de la persona.
—Tu cuerpo podría volverse muy frío.
An Yo acercó la cara al dibujo.
—¿Y qué pasa?
—Que podrías dejar escarcha donde duermes.
—¿Qué es la escarcha?
El hombre dibujó pequeños cristales sobre una superficie.
—Una capa muy fina de hielo que aparece cuando hace suficiente frío.
—¿Como hielo pequeño?
—Más o menos.
Dibujó un suelo cubierto de cristales.
—Son pequeños cristales de hielo pegados a una superficie.
An Yo señaló el dibujo.
—¿Y cuando dices que congelarías todo?
—Que las cosas a tu alrededor podrían enfriarse tanto que parte del agua se convertiría en hielo.
Dibujó un recipiente con agua.
Después lo cubrió de pequeños cristales.
—El agua líquida se endurecería.
—¿Y eso pasaría cuando durmiera?
—Podría.
—¿Sin querer?
—Sin querer.
An Yo miró la hoja durante unos segundos.
—Eso sería incómodo.
El hombre soltó una pequeña risa.
—Bastante.
Dibujó otra figura.
—Y ese es solamente uno de los muchos problemas que puede provocar un núcleo.
—¿Qué más?
—Tu hambre podría aumentar.
An Yo levantó la mirada.
—¿Mucho?
—Muchísimo.
—¿Por qué?
—Porque un cuerpo más grande o un cuerpo que utiliza más energía necesita más alimento para mantenerse.
—Entonces tendría que comer más.
—Sí.
—¿Mucho más?
—Dependiendo del cambio, sí.
El hombre dibujó nuevamente el reloj.
—Y en ciertos meses podrías tener un sueño terrible.
Después tachó el reloj y dibujó unos ojos abiertos.
—Mientras que en otros podrías ser incapaz de dormir.
An Yo se quedó pensando.
—Entonces un núcleo puede cambiar casi todo.
—Puede hacerlo.
—¿Aunque solamente absorba uno?
—Aunque solamente absorbas uno.
El hombre cerró un momento el libro.
—Por eso no debes pensar que absorber núcleos es simplemente hacerse más fuerte.
An Yo asintió lentamente.
—Puede cambiarte.
—Exactamente.
El hombre lo observó unos segundos.
Luego volvió a abrir el libro.
—Ahora sí.
Pasó varias páginas.
—Las afinidades.
An Yo se acercó.
—¿Qué son?
—Hay muchos tipos.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
—¿Muchos?
—Muchísimos.
El hombre levantó las manos.
—Ni siquiera conozco todas.
An Yo pareció decepcionado.
—¿Entonces tú no sabes todo?
—Claro que no.
Sonrió.
—Un experto en este tema podría explicarte muchísimo más que yo.
—¿Tú qué sabes?
—Las básicas.
Tomó el lápiz.
—Por ejemplo, las elementales.
Dibujó una gota.
—Agua.
Una corriente de aire.
—Viento.
Un rayo.
—Rayo.
Una roca.
—Tierra.
Después una montaña en llamas.
—Magma.
—¿Hay más?
—Sí. Muchas más.
—¿Como cuáles?
—Fuego, hielo, arena, metal...
Siguió dibujando.
—Pero no existe una lista pequeña con todas las afinidades del mundo.
An Yo asintió.
—Entiendo.
—También están las de curación.
Dibujó una mano y unas líneas cerrando una herida.
—Estas son muy valoradas.
—¿Porque pueden curar?
—Sí.
—¿Mucho?
—Algunas pueden hacer cosas extraordinarias.
Dibujó una persona sin un brazo.
Después dibujó nuevamente el brazo.
—Por ejemplo, una afinidad de luz celestial podría ayudar a hacer crecer una extremidad perdida.
An Yo abrió los ojos.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Entonces cualquiera que tenga esa afinidad puede hacerlo?
—No.
El hombre negó.
—Depende de cuánto sepa cultivarla, de cuánto qi tenga y de la gravedad de la herida.
—¿Y consume mucho?
—Muchísimo.
—¿Cuánto?
—A veces tanto que una sola curación puede dejar completamente agotada a una persona.
An Yo observó el dibujo.
—¿Qué es el qi?
El hombre sonrió.
—Te lo mencioné cuando te expliqué el cultivo, ¿recuerdas?
—Sí.
An Yo parecía concentrado.
—Pero quiero saber qué es exactamente.
El hombre dejó el lápiz.
—El qi es una energía que existe en el mundo y también puede estar dentro de los seres vivos.
Dibujó pequeñas líneas alrededor de una persona.
—Tu cuerpo puede tomarlo, guardarlo y moverlo.
Después señaló su propio pecho.
—Cuando cultivas, aprendes a controlar esa energía cada vez mejor.
An Yo asintió.
—Entonces el qi es energía.
—Sí.
—¿Como la energía de un núcleo?
—Se parecen.
El hombre señaló el núcleo dibujado.
—Un núcleo guarda una gran cantidad de energía.
Después señaló las líneas alrededor de la persona.
—El qi también está en el ambiente y en los seres vivos.
—¿Y se puede usar para curar?
—Entre muchas otras cosas.
El hombre volvió al libro.
—Hay afinidades de transformación.
Dibujó una mano humana convirtiéndose en una garra.
—Pueden cambiar el cuerpo o permitir transformaciones.
Después dibujó una figura rodeada de fuego.
—Algunas permiten transformar partes del cuerpo.
Otra figura.
—O cambiar temporalmente la forma.
An Yo miraba cada dibujo.
—¿Y las otras?
—Las espaciales.
El hombre hizo un cuadrado.
—Estas son más complicadas.
Dentro del cuadrado dibujó otro.
—Pueden afectar el espacio.
An Yo señaló el dibujo.
—¿Cómo?
—Por ejemplo, hacer que algo esté más cerca o más lejos de lo que parece.
Dibujó dos puntos y los unió.
—Algunas pueden abrir espacios, crear lugares especiales o mover cosas de una posición a otra.
—¿Y eso es todo?
—No.
Dibujó un reloj.
—También existen afinidades capaces de afectar el tiempo.
An Yo se quedó inmóvil.
—¿El tiempo?
—Sí.
—¿Pueden detenerlo?
—Algunas pueden afectarlo de maneras que parecen imposibles.
El hombre dibujó una piedra cayendo.
—Y también está la gravedad.
An Yo miró el dibujo.
—¿Qué hace?
—Hace que las cosas caigan hacia otras cosas.
—¿Como una piedra?
—Sí.
—¿Y una afinidad puede cambiar eso?
—Algunas pueden.
—¿Puede hacer que algo pese más?
—Sí.
—¿O menos?
—También.
El hombre dejó el lápiz.
—Y existen otras categorías.
—¿Cuáles?
—Hay afinidades relacionadas con el alma, con los sentidos, con la vida, con la muerte, con la mente, con la sangre, con los sonidos...
An Yo levantó la cabeza.
—¿Sonido?
—Sí.
—¿Como una canción?
—Puede ser.
—¿Y burbujas?
El hombre sonrió.
—También.
An Yo recordó al enorme Velmiros.
—Velmiros tenía una de esas.
—Sí.
—¿La de burbujas?
—Y otras.
An Yo recordó la tormenta.
—Era peligrosa.
—Muchísimo.
El hombre cerró el libro.
—Pero recuerda algo.
An Yo lo miró.
—No soy experto en esto.
—¿No?
—No.
Se señaló el pecho.
—Yo estudié otras cosas.
—¿Qué cosas?
—Ecología.
An Yo frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
El hombre parpadeó.
—¿Ecología?
—Sí.
—Y también dijiste ciencia.
El hombre sonrió.
—Ah.
Se acomodó en el asiento.
—Entonces supongo que tendremos que empezar por ahí.
El hombre tomó otra hoja.
Dibujó un árbol.
—La ciencia es, en palabras sencillas, aprender cómo funciona el mundo.
An Yo miró el dibujo.
—¿Cómo funciona?
—Sí.
Dibujó una piedra cayendo.
—Por qué una piedra cae.
Luego dibujó una llama.
—Por qué el fuego calienta.
Dibujó una nube.
—Por qué llueve.
Después dibujó una persona.
—Cómo funciona nuestro cuerpo.
An Yo observaba cada dibujo.
—¿Y cómo lo saben?
—Observando.
El hombre señaló sus propios ojos.
—Miras algo.
Dibujó una pequeña marca.
—Lo vuelves a mirar.
Otra marca.
—Lo comparas con lo que viste antes.
Otra.
—Y haces preguntas.
—¿Como yo?
—Exactamente como tú.
An Yo sonrió un poco.
—Entonces preguntar es ciencia.
—Preguntar es el comienzo.
El hombre levantó un dedo.
—Pero después tienes que intentar descubrir la respuesta.
—¿Cómo?
—Observando, probando y aprendiendo de lo que ocurre.
Dibujó dos plantas.
—Si plantas dos semillas y una crece más rápido, puedes preguntarte por qué.
Señaló una.
—Quizá recibió más agua.
Después la otra.
—Quizá recibió más luz.
—¿Y si no sabes?
—Lo averiguas.
An Yo miró las dos plantas.
—¿La ciencia es aprender cosas?
—Sí.
Pensó un momento.
—Pero también es aprender por qué ocurren esas cosas.
An Yo asintió lentamente.
—Entonces...
Señaló el árbol.
—¿Qué es la ecología?
El hombre dibujó varios animales alrededor del árbol.
—La ecología estudia cómo viven los seres vivos y cómo se relacionan entre ellos y con el lugar donde viven.
An Yo miró los dibujos.
—¿Cómo se relacionan?
—Por ejemplo...
Dibujó una planta.
—Una planta necesita agua, luz y nutrientes para crecer.
Después dibujó un conejo.
—Un animal puede alimentarse de esa planta.
Después dibujó un lobo.
—Y otro animal puede alimentarse del primero.
An Yo siguió las líneas.
—Entonces están juntos.
—Sí.
—¿Aunque no sean amigos?
El hombre soltó una pequeña risa.
—No necesitan ser amigos.
Dibujó un río.
—El agua también forma parte de todo esto.
Después árboles.
—Los árboles.
Animales.
—Los animales.
Hongos.
—Los hongos.
Y pequeños puntos.
—Incluso criaturas tan pequeñas que no puedes verlas fácilmente.
An Yo se acercó.
—¿Todo eso está conectado?
—De alguna manera.
El hombre hizo muchas líneas entre los dibujos.
—Si desaparecen los peces de un río, los animales que comen esos peces pueden tener menos alimento.
Dibujó varios peces tachados.
—Si desaparecen demasiadas plantas, otros animales pueden quedarse sin comida.
Tachó varias plantas.
—Y si cambia el agua...
Dibujó el río nuevamente.
—Todo lo que depende de ella puede cambiar.
An Yo observó las líneas.
—Entonces la ecología estudia todo eso.
—Exactamente.
—¿También estudia las bestias?
—Claro.
El hombre señaló el dibujo de una criatura.
—Dónde viven.
Dibujó un bosque.
—Qué comen.
Dibujó peces.
—Qué animales las cazan.
Dibujó unas garras sobre otra criatura.
—Cómo se reproducen.
Dibujó una criatura pequeña junto a otra.
—Cómo cambian cuando el lugar donde viven cambia.
An Yo pensó en Lumbre.
—¿Como cuando cae algo del cielo?
El hombre lo miró.
—Sí.
—Entonces si cae un núcleo...
—Puede cambiar muchas cosas.
—¿Y si aparece una bestia?
—También.
El hombre dibujó una criatura enorme.
—Imagina que una bestia gigantesca aparece en un bosque.
Después dibujó árboles doblados.
—Puede destruir árboles simplemente caminando.
Dibujó animales huyendo.
—Los animales pequeños pueden escapar.
Dibujó otro grupo de animales.
—Los depredadores pueden seguirlos.
Dibujó un río.
—Puede contaminar o cambiar un río.
Dibujó plantas nuevas.
—Y todo eso puede cambiar qué criaturas viven allí.
An Yo miró la hoja.
—Entonces una sola bestia puede cambiar un lugar.
—Sí.
—Aunque no quiera hacerlo.
—Exactamente.
El hombre dejó el lápiz.
—Por eso me interesa la ecología.
An Yo levantó la mirada.
—¿Porque estudias las bestias?
—Las bestias, las plantas, los lugares donde viven y todo lo que ocurre entre ellos.
An Yo permaneció callado unos segundos.
—Quiero aprender.
El hombre sonrió.
—Lo harás.
An Yo miró por la ventana.
El cielo se extendía frente al barco.
Durante unos segundos ninguno habló.
El barco avanzaba con un zumbido suave bajo los pies.
An Yo volvió a mirar al hombre.
—Oye.
—¿Sí?
—¿Qué es el océano?
El hombre se quedó quieto.
Después sonrió.
—Eso es bastante más sencillo.
Dibujó una enorme extensión de agua.
—Un océano es una cantidad gigantesca de agua salada que cubre una parte enorme del mundo.
An Yo señaló el dibujo.
—¿Gigantesca cuánto?
—Tan grande que una persona puede viajar durante muchísimo tiempo sobre ella y seguir sin ver el final.
—¿No tiene borde?
—Tiene costas.
Dibujó tierra a ambos lados.
—Pero son tan grandes que algunas personas pueden pasar meses viajando por un océano.
An Yo abrió los ojos.
—¿Meses?
—Sí.
—¿Y debajo?
El hombre oscureció el dibujo.
—Hay una enorme cantidad de cosas.
—¿Como qué?
—Montañas.
Dibujó unas bajo el agua.
—Bosques.
Después plantas.
—Criaturas.
Después una sombra enorme.
—Y lugares que todavía no conocemos.
An Yo recordó el Abismo Helado.
—¿Como el Abismo Helado?
—Sí.
—¿El océano es siempre así?
—No.
El hombre negó.
—Algunos océanos tienen zonas tranquilas. Otros tienen tormentas, corrientes, criaturas enormes, islas...
An Yo miró el dibujo.
—¿Y el mar?
El hombre lo miró.
—Son lo mismo.
An Yo parpadeó.
—¿Lo mismo?
—En esencia, sí.
—¿Entonces por qué tienen nombres diferentes?
—Porque las personas usan palabras diferentes según el lugar o la forma en que hablan de él.
An Yo volvió a mirar el dibujo.
—Quiero conocerlo.
El hombre sonrió.
—Algún día quizá puedas.
—¿Tú lo conoces?
—He visto una parte.
—¿Es grande?
El hombre soltó una pequeña risa.
—No tienes idea.
An Yo se quedó mirando el dibujo.
—Quiero verlo.
—Entonces tendrás que aprender mucho.
—¿Por qué?
—Porque si quieres viajar lejos, necesitarás saber contar, medir, leer mapas...
An Yo se enderezó.
—¿Mapas?
—Sí.
El hombre tomó una hoja limpia.
—Pero empecemos por algo más sencillo.
Escribió un número.
1.000
—Ya conoces los números pequeños.
An Yo asintió.
—Ahora aprenderás a contar mucho más.
Escribió:
1.000
2.000
3.000
4.000...
An Yo observó.
—¿Hasta dónde?
—Hasta diez mil.
Escribió:
10.000
—¿Y después?
El hombre continuó.
—Después aprenderás a reconocer estos.
Escribió:
20.000
30.000
40.000...
—Y así hasta cien mil.
An Yo siguió el movimiento de la mano.
Después:
100.000
—Y desde aquí hasta un millón.
Escribió:
200.000
300.000
400.000...
An Yo lo miró.
—¿Los números siguen?
—Sí.
Escribió:
1.000.000
—Después de un millón puedes seguir contando.
—¿Cuánto?
—Todo lo que puedas imaginar.
An Yo abrió los ojos.
—¿Nunca terminan?
—Puedes seguir aumentando el número.
Dibujó una pequeña escalera.
—Diez.
Otro escalón.
—Cien.
Otro.
—Mil.
Otro.
—Diez mil.
Otro.
—Cien mil.
Otro.
—Un millón.
—¿Y después?
—Diez millones.
—¿Después?
—Cien millones.
—¿Después?
—Mil millones.
An Yo se quedó mirando la escalera.
—¿Y sigue?
—Sigue.
—¿Siempre?
—Mientras exista algo que contar.
An Yo parecía fascinado.
El hombre señaló la escalera.
—Las matemáticas funcionan así en muchas cosas.
—¿Como los números?
—Sí.
—¿Qué son las matemáticas?
El hombre pensó un momento.
—Son una manera de trabajar con cantidades, formas, medidas y relaciones.
An Yo frunció el ceño.
El hombre lo simplificó.
—Sirven para saber cuánto hay, cuánto falta, cuánto mide algo, cuánto pesa y muchas otras cosas.
—Ah.
An Yo tomó el lápiz.
—¿Y puedo intentarlo?
El hombre le pasó una hoja.
—Claro.
Primero le enseñó a escribir los números.
Después le pidió que copiara algunos.
An Yo escribió:
1.000
Luego:
2.000
Después:
10.000
Se equivocó una vez.
Borró.
Lo volvió a escribir.
El hombre continuó.
Le mostró cómo los números cambiaban cuando aumentaba una cantidad.
Después comenzó con algo más sencillo.
—Ahora vamos a sumar.
Dibujó:
2 + 3
—¿Cuánto es?
An Yo contó con los dedos.
—Cinco.
—Correcto.
Luego:
4 + 5
—Nueve.
Otra.
7 + 2
—Nueve.
El hombre aumentó lentamente los números.
An Yo cometió algunos errores.
Cada vez que ocurría, el hombre no le daba la respuesta inmediatamente.
Le hacía volver a contar.
Y An Yo lo hacía.
Después de un rato, comenzó a equivocarse menos.
An Yo apoyó el lápiz por un momento y se frotó los ojos.
El hombre lo miró.
—¿Cansado?
—No.
An Yo volvió a tomar el lápiz.
El hombre sonrió ligeramente.
—Bien. Pero si no entiendes algo, me lo dices.
—Sí.
—Ahora restar.
Dibujó:
5 - 2
—Tres.
Después:
9 - 4
—Cinco.
Y luego:
12 - 5
An Yo contó.
—Siete.
—Bien.
El hombre continuó.
Después llegó la multiplicación.
—Esto es juntar la misma cantidad varias veces.
Dibujó:
3 × 2
—Es como tener tres grupos de dos.
Dibujó tres grupos.
—Dos, cuatro, seis.
An Yo lo miró.
—Seis.
—Exactamente.
Después:
4 × 3
An Yo pensó.
—Doce.
El hombre asintió.
—Bien.
Los ejercicios fueron aumentando poco a poco.
An Yo preguntaba cuando no entendía.
Cuando entendía, continuaba.
No aprendía todo de inmediato.
Pero cada explicación quedaba un poco más clara que la anterior.
En algún momento, An Yo levantó la mirada hacia la ventana.
La luz había cambiado.
—¿Ya es tarde?
El hombre miró hacia afuera.
—Un poco.
An Yo volvió a mirar la hoja.
—Todavía puedo seguir.
—Lo sé.
El hombre recogió la hoja.
—Pero ahora leeremos.
Tomó un libro sencillo.
Le señaló un carácter.
—Este.
An Yo lo observó.
El hombre pronunció la palabra.
An Yo repitió.
Después señaló otra.
Volvió a pronunciarla.
An Yo la repitió.
Una palabra.
Luego dos.
Después una frase muy corta.
An Yo tardaba en reconocer algunos caracteres.
Otros comenzaban a resultarle familiares.
El hombre los repetía.
An Yo los volvía a mirar.
A veces confundía dos que se parecían.
El hombre los escribía juntos.
—Mira la diferencia.
An Yo acercaba el rostro.
—Este tiene esta parte.
Señaló el carácter.
—Y este tiene esta otra.
An Yo asentía.
Volvía a intentarlo.
Y así continuaron.
Sin que ninguno de los dos se diera cuenta, la luz del exterior comenzó a desaparecer.
El cielo pasó de azul a oscuro.
Las luces del barco fueron encendiéndose una por una.
Una lámpara.
Después otra.
El hombre seguía explicando.
An Yo seguía escuchando.
—Esta palabra significa...
An Yo no respondió.
El hombre levantó la mirada.
El niño seguía sentado frente a los libros.
Pero sus ojos estaban cerrados.
Tenía la cabeza inclinada sobre la mesa.
El lápiz todavía descansaba entre sus dedos.
Se había quedado dormido.
El hombre permaneció en silencio.
Miró las hojas llenas de números.
Después los libros.
Y finalmente al niño.
No lo despertó.
Tomó una manta y se acercó.
La colocó cuidadosamente sobre sus hombros.
Después tomó una almohada y la puso debajo de su cabeza para que no quedara apoyada directamente sobre la madera.
An Yo apenas se movió.
El hombre recogió los lápices.
Apagó una de las lámparas.
Luego otra.
Y salió de la habitación.
La puerta se cerró suavemente.
Tac.
An Yo siguió durmiendo.
Afuera, el barco continuó avanzando hacia Fengcheng.

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Noche roja (Novela)
Capítulo 7
Noche roja (Novela) Capítulo 6
Estás leyendo el capítulo 6 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 29 de septiembre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.