Leer Noche roja (Novela) Capítulo 5 online gratis en español
La luz cayó como el sol de la mañana.
Todo se iluminó de golpe.
Las calles.
Las casas.
Los techos.
Los rostros.
Durante un instante, Piedra Blanca dejó de parecer un pueblo abandonado.
Entonces la gente comenzó a correr.
Salían de las casas.
Tropezaban.
Gritaban.
Algunos llevaban a sus hijos en brazos.
Otros apenas tenían tiempo de recoger sus cosas.
—¡Esperen!
—¡No se vayan sin nosotros!
—¡Aquí!
—¡Por favor!
Los gritos se mezclaron con los chillidos que llegaban desde la oscuridad.
An Yo no podía contarlos.
Eran demasiados.
Uno gritaba.
Otro respondía.
Después otro.
Algunos sonaban lejos.
Otros parecían estar justo detrás de él.
An Yo se llevó las dos manos a las orejas.
Quería que aquel ruido desapareciera.
No desapareció.
El suelo seguía temblando.
She Wei comenzó a avanzar.
Uno de los guardias caminaba junto a él.
El anciano lo miró.
—Tie Zhu.
El hombre giró la cabeza.
—¿No se te olvida algo?
Tie Zhu miró hacia atrás.
Después al barco.
—No, señor She Wei. Debemos abandonar el pueblo rápidamente.
She Wei permaneció en silencio unos segundos.
Luego miró hacia An Yo.
—Muévete rápido, muchacho.
An Yo bajó las manos.
Prestó atención.
El suelo vibraba bajo sus sandalias.
No era como cuando pasaba una carreta.
Era diferente.
Más fuerte.
Como si el viento estuviera golpeando la tierra.
An Yo miró alrededor.
Las ventanas temblaban.
Algunas puertas golpeaban contra las paredes.
Los guardias también se habían puesto tensos.
An Yo se levantó de golpe.
Y comenzó a caminar.
TAC.
TAC.
TAC.
Las personas seguían saliendo de las casas.
Algunas corrían hacia las literas.
Otras gritaban para que esperaran.
—¡Yo también quiero subir!
—¡Mi esposa está atrás!
—¡Esperen!
—¡No nos dejen!
Una mujer cayó al suelo.
Alguien la levantó.
Un hombre cargaba un saco sobre los hombros mientras corría.
An Yo llegó hasta una de las plataformas.
Era una especie de caja grande, suspendida en el aire.
No sabía cómo se llamaba.
Subió.
Miró alrededor.
Había otras personas dentro.
Algunas lloraban.
Otras miraban hacia arriba.
An Yo observó la plataforma.
Era bonita.
Limpia.
Mucho más limpia que cualquier cosa que hubiera visto en Piedra Blanca.
She Wei subió detrás de él.
Miró la plataforma durante unos segundos.
—Qué bonita litera, ¿no, Tie Zhu?
Tie Zhu lo miró.
—Sí, señor.
An Yo escuchó la palabra.
Litera.
Así se llamaba.
El sabor seguía en su boca.
No había desaparecido.
Algo se movió contra su lengua.
An Yo tragó saliva.
Aquello pareció bajar un poco.
Después volvió a subir.
Sintió algo en la garganta.
Se tapó la boca rápidamente.
Respiró por la nariz.
She Wei lo miró.
No dijo nada.
La plataforma comenzó a elevarse.
Al principio apenas lo notó.
Después el suelo empezó a alejarse.
Las casas se hicieron pequeñas.
Las personas también.
An Yo miró hacia abajo.
Había mucha gente.
Muchísima.
Más de los dedos que tenía en las manos y en los pies.
Siguió mirando.
Las calles parecían estrecharse.
Las personas parecían pequeñas.
Demasiado pequeñas.
An Yo sintió que el estómago se le apretaba.
Sus piernas se pusieron rígidas.
La plataforma seguía subiendo.
El suelo estaba cada vez más lejos.
An Yo retrocedió lentamente.
Se agarró del borde.
Sus dedos apretaron con fuerza.
Miró hacia abajo otra vez.
Mala idea.
Sintió un vacío extraño en el pecho.
Como si algo debajo de él estuviera tirando.
Su respiración se hizo corta.
Las manos comenzaron a sudarle.
No entendía por qué.
No quería caerse.
No quería mirar.
Se apartó del borde de inmediato.
Se sentó en el centro de la plataforma.
Miró sus sandalias.
Mucho mejor.
No volvió a mirar abajo.
La plataforma siguió subiendo.
An Yo comenzó a sentirse mal.
Al principio solo fue una sensación rara en el estómago.
Después se hizo más fuerte.
Pensó en la posibilidad de caer.
Solo imaginarlo hizo que el estómago se le revolviera.
Era peor que tener gusanos en la boca.
Mucho peor.
Todavía sentía aquel sabor.
Amargo.
Desagradable.
Como si algo podrido siguiera pegado a su lengua.
Tragó saliva.
No se fue.
An Yo levantó la mirada.
She Wei estaba cerca.
Por un instante creyó que el anciano lo estaba observando.
Pero no.
Era una mentira.
She Wei miraba de reojo a Tie Zhu.
An Yo tardó unos segundos en darse cuenta.
Entonces She Wei giró los ojos hacia él.
Lo miró directamente.
La mirada era distinta a la de antes.
Más profunda.
Más penetrante.
An Yo se quedó quieto.
¿Qué estaba pasando?
¿Había hecho algo malo?
No recordaba haber hecho nada.
Bajó un poco la cabeza.
El viento entraba con fuerza en la litera.
La ropa se movía.
El cabello de An Yo golpeaba contra su cara.
El sonido era constante.
Fuuuuush...
Fuuuuush...
La plataforma continuó ascendiendo.
Y entonces llegaron al barco.
An Yo levantó la cabeza.
Había dos hombres esperándolos.
Llevaban armaduras.
An Yo recordó a algunos cazadores que había visto en Qingshui.
Algunos usaban cosas viejas.
Planchas de metal.
Pedazos de cuero.
Incluso ollas viejas sujetas al cuerpo.
Aquellas armaduras no se parecían a eso.
Parecían caras.
Muy caras.
Una era negra.
La otra roja.
La negra cubría casi todo el cuerpo con placas oscuras, gruesas y superpuestas. Algunas partes sobresalían como pequeñas puntas. El hombro era grande y tenía una forma extraña, casi como si estuviera hecho para recibir golpes.
An Yo no sabía cómo se llamaban esas piezas.
Solo sabía que eran muchas.
Y que brillaban un poco cuando les daba la luz.
El hombre llevaba algo largo entre las manos.
Parecía un palo enorme.
En un extremo tenía una punta parecida a una flecha.
Pero era demasiado grande para ser una flecha.
An Yo pensó que debía ser una lanza.
El otro hombre llevaba una armadura roja.
Era todavía más grande.
Tenía placas gruesas sobre el pecho y los hombros, y algunas partes parecían hechas con formas que An Yo no había visto nunca.
Llevaba un martillo.
An Yo había visto los martillos de los herreros.
Aquel no tenía nada que ver.
Era enorme.
Demasiado grande.
An Yo miró al hombre de negro.
Después al de rojo.
El hombre de rojo parecía como si hubieran puesto tres hombres de negro uno encima de otro.
An Yo tuvo que levantar mucho la cabeza para verle la cara.
El hombre habló.
—Nombres y lugar de origen.
An Yo miró a She Wei.
El anciano fue el primero en responder.
—Me llamo She Wei. Yo creé Piedra Blanca y vivo aquí desde los quince años.
An Yo no sabía qué significaba exactamente eso de «creé».
Pero no preguntó.
—Me llamo Tie Tou. Vengo del caserío del Oso Negro.
—Me llamo Xiao Hu. Nací en Piedra Blanca.
—Me llamo Lao Quan. Nací en Piedra Blanca.
—Me llamo Er Guo. Nací en Piedra Blanca.
—Me llamo Bai Sheng. Nací en Piedra Blanca.
—Me llamo Hu Liang. Nací en Piedra Blanca.
—Me llamo Chen Wu. Nací en Piedra Blanca.
—Me llamo Gao Ren. Nací en Piedra Blanca.
—Me llamo Sun Tao. Nací en el caserío del Oso Negro.
Tie Zhu habló con tranquilidad.
—Me llamo Tie Zhu. Nací aquí, en Piedra Blanca.
She Wei lo miró de arriba abajo.
Después volvió a mirar su cara.
—¿Y tú, niña?
An Yo no alcanzó a responder.
—Es un niño —dijo She Wei.
An Yo apretó un poco los dedos.
—Me llamo An Yo.
Hizo una pausa.
—Vengo de Qingshui.
El hombre de armadura negra señaló hacia el interior.
—Suban al barco.
An Yo obedeció.
El barco era mucho más grande de lo que había imaginado.
Era de madera.
Mucha madera.
Pero estaba bien cuidada y pulida.
No había tablas rotas ni clavos torcidos como en las casas de Piedra Blanca.
Todo parecía firme.
Bonito.
Había personas por todas partes.
Algunas llevaban armaduras blancas.
Otras llevaban armaduras doradas.
También había armaduras de colores que An Yo nunca había visto.
Y armas extrañas.
Espadas demasiado largas.
Arcos enormes.
Cosas que parecían lanzas, pero tenían formas que no entendía.
Había gente con ropa muy buena.
Mucho mejor que la ropa de los campesinos.
Y también había más refugiados.
Algunos estaban sentados.
Otros lloraban.
Otros simplemente miraban alrededor sin decir nada.
An Yo se quedó observando.
Hasta que apareció un hombre con ropa limpia.
Demasiado limpia.
Tenía una pequeña bolsa colgada al costado y varias cosas sujetas al cinturón.
Miró a los refugiados.
Después hizo una mueca.
—Por favor, no se me acerquen.
Nadie se había acercado.
El hombre dio otro paso hacia atrás.
—No tienen permiso de ensuciarme ni tocarme.
Miró su propia ropa.
—Necesito saber por qué se liberó una cantidad de energía anómala en este punto.
Su voz sonaba rara.
Las palabras eran correctas.
Pero las decía de una forma que An Yo no había escuchado antes.
Como si estuviera acostumbrado a hablar de otra manera.
—¿Me confirman que fue aquí?
She Wei respondió.
—Fue en Qingshui. Dicen que un ciego y un espectro empezaron a pelear.
El hombre frunció el ceño.
—¿Y quién de aquí es de Qingshui?
An Yo levantó la mano.
El hombre lo miró.
—¿Ese niño?
She Wei asintió.
—Él.
—Acércate, muchacho.
An Yo comenzó a caminar.
Uno.
Dos.
Tres pasos.
Se detuvo a unos dos pasos del hombre.
El hombre retrocedió inmediatamente.
—No, no. Ahí está bien.
An Yo se quedó quieto.
El hombre se tapó la nariz.
—Por favor, no toques nada.
Miró las sandalias sucias de An Yo.
—Me vas a manchar de tierra.
Después volvió a taparse la nariz.
—O quién sabe qué clase de suciedad tengas encima.
An Yo bajó la mirada hacia sus propias manos.
Estaban sucias.
También sus piernas.
Y su ropa.
No sabía qué tenía de malo.
El hombre hizo otra mueca.
—Además, hueles apestoso.
Por un momento pareció que iba a vomitar.
An Yo giró la cabeza.
Miró a She Wei.
El anciano no lo estaba mirando.
Otra vez estaba mirando a Tie Zhu.
An Yo volvió la vista hacia el hombre.
—Cuéntame, joven.
El hombre se tapó la nariz con dos dedos.
—¿Es verdad lo que dicen de la pelea?
—Sí, señor.
—¿Y qué más pasó?
An Yo pensó.
Había muchas cosas.
Fuego.
Piedras.
Gente corriendo.
Su padre.
Su madre.
Su abuela.
No sabía por dónde empezar.
—Había fuego grande.
El hombre esperó.
—Dando vueltas hacia el cielo.
El hombre parpadeó.
—¿Un tornado de fuego?
An Yo negó con la cabeza.
—No, señor.
Pensó unos segundos.
—Era fuego grande dando vueltas.
El hombre cerró los ojos.
Respiró por la nariz.
Después habló lentamente.
—¿No te enseñaron a hablar bien?
An Yo no respondió.
—Hablas como un analfabeto.
An Yo no sabía qué significaba.
El hombre señaló hacia atrás.
—Eso que describes es un tornado.
An Yo asintió.
—Sí, señor.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
—Tie Zhu.
An Yo giró la cabeza.
She Wei estaba sonriendo.
No parecía una sonrisa amable.
—Yo te crié.
Tie Zhu se quedó inmóvil.
She Wei continuó:
—Cuéntame.
El anciano inclinó un poco la cabeza.
—¿Por qué no fuiste a buscar a tu esposa?
Tie Zhu abrió la boca.
No salió nada.
—Tú podrías morir por ella.
La sonrisa de She Wei no desapareció.
—¿No te hace falta, Tie Zhu?
—Pero es que...
—Tú no eres Tie Zhu.
Lo dijo despacio.
Muy despacio.
Y siguió sonriendo.
Tie Zhu dejó de respirar durante un instante.
An Yo, todavía confundido, dio un paso más.
Chocó contra el hombre.
—¡Ah!
El hombre bajó la mirada.
Su rostro se torció de inmediato.
—Los campesinos, además de tener un acento horrible, no saben comportarse.
An Yo lo miró unos segundos.
No entendió qué había hecho mal.
Tampoco le importó demasiado.
She Wei seguía mirando a Tie Zhu.
El anciano habló con tranquilidad.
—Creo que cualquier hombre que ame a su esposa y no supiera dónde está haría lo primero que pudiera para encontrarla.
Tie Zhu permaneció inmóvil.
—Yo, por ejemplo, me asomaría al borde del barco.
She Wei señaló hacia la abertura.
—Miraría hacia abajo.
Su sonrisa regresó.
—Intentaría verla.
Tie Zhu no respondió.
—Pero es curioso.
She Wei ladeó ligeramente la cabeza.
—Tú no lo haces.
Alrededor de ellos, algunos refugiados comenzaron a murmurar.
—¿Qué pasa?
—¿Quién es ese?
—¿Por qué tiene esa cara?
Un niño empezó a llorar.
Su madre lo apretó contra el pecho.
Tie Tou mantuvo la lanza levantada.
La punta estaba a pocos centímetros del pecho de Tie Zhu.
She Wei no apartó los ojos de él.
—¿Eres Tie Zhu?
Silencio.
—¿Te acuerdas de cuando los encontré a las afueras de Piedra Blanca?
Tie Zhu tragó saliva.
—Te recogí a ti y a Tie Tou.
La voz de She Wei se hizo más baja.
—¿Lo recuerdas?
Tie Zhu bajó lentamente la cabeza.
—Sí, señor.
Entonces Tie Tou atacó.
La lanza salió disparada.
—¡MUERE!
¡CLANG!
Tie Zhu se apartó.
La punta pasó junto a su pecho.
Un instante después, su cuerpo comenzó a cambiar.
No fue como ponerse otra ropa.
La carne se movió.
La piel pareció hundirse.
Sus hombros cambiaron de posición.
El rostro se deformó.
Los huesos parecieron desplazarse debajo de la piel.
An Yo dio un paso hacia atrás.
Alguien gritó.
—¡¿QUÉ DEMONIOS?!
La cara de Tie Zhu desapareció.
Durante un instante...
An Yo volvió a ver el rostro de She Wei.
El mismo.
La misma nariz.
Los mismos ojos.
La misma forma de la boca.
An Yo se quedó inmóvil.
¿Dos She Wei?
La criatura abrió la boca.
¡COF!
Tosió.
¡COF! ¡COF!
Algo blanco cayó sobre las tablas.
Una mucosidad espesa.
Blanca.
An Yo la reconoció.
Era la misma que había visto antes.
La que She Wei había escupido en el suelo.
El estómago de An Yo volvió a revolverse.
—¡ES UN ESPECTRO!
Alguien gritó desde atrás.
—¡ESPECTRO!
—¡ALÉJENSE!
—¡CIERREN ESA PUERTA!
—¡NO LO DEJEN ESCAPAR!
—¡PROTEJAN A LOS REFUGIADOS!
El barco entero pareció despertar.
Una mujer cayó al suelo.
Su hijo comenzó a llorar.
Varias personas intentaron correr al mismo tiempo.
¡CLANG! ¡CLANG! ¡CLANG!
Las armaduras chocaron.
Las armas fueron desenvainadas.
Alguien tropezó.
Otro hombre lo levantó de un tirón.
—¡Muévete!
An Yo retrocedió.
No podía apartar los ojos.
La cosa que había sido Tie Zhu seguía cambiando.
El cuerpo se estiró.
La piel perdió todo su color.
Se volvió blanca.
No blanca como la ropa.
Ni como la leche.
Era un blanco enfermizo.
Como algo que nunca había recibido sol.
Los brazos se alargaron.
Las manos se hicieron demasiado grandes.
Los dedos terminaron en uñas largas y oscuras.
El pecho se estrechó.
Las costillas comenzaron a marcarse bajo la piel.
Una por una.
Como ramas debajo de una tela.
El cuello creció.
La cabeza quedó demasiado alta.
An Yo tuvo que inclinar la cabeza para verla.
Era más alta que el hombre de armadura roja.
Mucho más.
Sus piernas eran largas y delgadas.
Parecían a punto de romperse.
Los brazos le llegaban casi hasta las rodillas.
La piel estaba tan pegada a los huesos que An Yo podía distinguir la forma de cada articulación.
No parecía una persona enferma.
Parecía algo que hubiera sido estirado hasta dejar de parecer humano.
El rostro era pequeño en comparación con el cuerpo.
Los ojos estaban hundidos.
Muy hundidos.
Dos manchas oscuras dentro de aquella cara blanca.
La boca se abrió.
Demasiado.
Un sonido salió de ella.
No era una palabra.
Era un chillido.
¡IIIIIIIIIIIIIIII!
An Yo se tapó los oídos.
Una mujer gritó:
—¡MÁTENLO!
—¡NO SE ACERQUEN!
—¡HAY REFUGIADOS!
—¡SÁQUENLOS DE AQUÍ!
Los cazadores se movieron.
Pero uno de ellos se quedó quieto.
Un hombre con armadura blanca.
No parecía tan grande como los otros.
Levantó una mano.
Nada más.
El aire cambió.
An Yo sintió primero el frío.
Después llegó el golpe.
¡FUUUUUUUUUUSH!
Una ráfaga de viento atravesó la cubierta.
Las ropas de todos se agitaron.
Los cabellos salieron disparados.
An Yo tuvo que cerrar los ojos.
Algo pasó junto a él.
¡SHRAAAK!
Cuando volvió a mirar...
La criatura estaba partida en dos.
Desde el hombro hasta la cintura.
Una mitad cayó hacia un lado.
La otra hacia el otro.
El cuerpo blanco se retorció.
Sus dedos arañaron las tablas.
¡KRAK!
La criatura lanzó un chillido agónico.
—¡IIIIIIIIIIII!
Otro.
Más fuerte.
—¡IIIIIIIIIIIIIIII!
Los refugiados gritaban.
Una mujer vomitó.
Un hombre se cubrió la boca.
Alguien comenzó a rezar.
—Por favor...
—Por favor...
—¡QUÍTENLO DE AQUÍ!
—¡¿QUÉ ERA ESO?!
—¡¿ESTABA ENTRE NOSOTROS?!
An Yo no podía moverse.
Miraba el cuerpo.
Después miraba a Tie Tou.
Después a She Wei.
El anciano seguía de pie.
No parecía sorprendido.
Eso fue lo que más asustó a An Yo.
She Wei ya sabía que aquella cosa estaba allí.
Quizá desde antes.
Quizá desde mucho antes.
Un hombre apareció corriendo desde la otra parte de la nave.
—¡¿No queda nadie más?!
Otro respondió:
—¡Así es!
—¡¿Todos abordaron?!
—¡Todos!
—¡Entonces muévanse!
Las órdenes comenzaron a cruzarse.
—¡Levanten las plataformas!
—¡Revisen los bordes!
—¡Que nadie se quede abajo!
—¡Cuenten a los refugiados!
—¡Médicos al frente!
El barco empezó a moverse.
Al principio fue apenas una vibración.
Después un tirón.
GRRRRRRRR...
La madera crujió bajo los pies.
An Yo no podía dejar de mirar hacia el lugar donde había caído la criatura.
Dos hombres llegaron con herramientas.
Uno llevaba una especie de gancho.
El otro, una tela gruesa.
No hablaban entre ellos.
Parecían acostumbrados.
Cubrieron una de las mitades.
La otra seguía moviéndose.
Un dedo se dobló.
Luego otro.
An Yo retrocedió.
—Todavía...
No terminó la frase.
Uno de los hombres clavó el gancho en la carne.
¡CHAK!
La criatura chilló.
—¡IIIIII!
Varias personas volvieron a gritar.
—¡SÁQUENLA!
—¡RÁPIDO!
—¡¿POR QUÉ SIGUE VIVA?!
Los hombres tiraron.
El cadáver se arrastró por las tablas.
Dejó una línea oscura detrás.
Rrrrsh... rrrrsh...
An Yo sintió otra vez aquel sabor en la boca.
Amargo.
Podrido.
Le dieron ganas de vomitar.
Los hombres llevaron las dos partes hasta el borde.
Uno empujó.
El cuerpo cayó.
Desapareció bajo la nave.
An Yo no quiso mirar hacia abajo.
No esta vez.
Se quedó mirando las tablas manchadas.
Había personas llorando.
Otras seguían rezando.
Un hombre tenía la cara blanca.
Una mujer abrazaba a sus dos hijos con tanta fuerza que los niños apenas podían moverse.
Los cazadores seguían observando alrededor.
Nadie parecía relajado.
El barco continuó avanzando.
Tie Tou fue quien rompió el silencio.
—Nosotros siempre vivimos en Piedra Blanca.
An Yo levantó un poco la cabeza.
Tie Tou todavía sostenía su lanza.
—Nuestros padres murieron en un incendio dentro de Piedra Blanca.
Miró el lugar donde habían arrojado el cuerpo de la criatura.
—Nunca salimos de aquí.
Su voz se volvió más seca.
—Ahí supe que él no era mi hermano.
An Yo escuchó sin comprender del todo.
Miró a Tie Tou.
Después miró a She Wei.
No sabía por qué aquel hombre que parecía Tie Zhu había vivido con ellos.
Tampoco sabía por qué había fingido ser alguien más.
Había demasiadas cosas que los adultos parecían saber y que él no.
No preguntó.
Entonces escuchó otras voces.
Una mujer con dos coletas y una armadura verde hablaba con un hombre de cabello negro y largo.
Estaban cerca de una de las barandas.
—Dicen que la Ciudad Égida y la Ciudad Capital están siendo asediadas.
—¿Por cuántos?
La mujer bajó la voz.
—Millones de espectros.
An Yo dejó de mirar a Tie Tou.
Ciudades.
No sabía qué era una ciudad.
¿Un pueblo muy grande?
¿Más grande que Piedra Blanca?
Entonces escuchó otra palabra.
Capital.
Tampoco sabía qué significaba.
Y luego:
Millones.
An Yo frunció el ceño.
Millones...
Debía ser un número.
Uno muy grande.
Quizá más allá de sus manos.
Mucho más.
—¿Millones de espectros? —repitió el hombre.
—Eso dicen.
An Yo miró alrededor.
Nadie parecía estar riéndose.
Entonces debía ser verdad.
O al menos eso creían ellos.
El viento golpeó la nave con más fuerza.
FUUUUUUUUUSH.
La madera crujió.
El barco siguió subiendo.
Cada vez más.
An Yo se sujetó de una baranda.
Esta vez no miró hacia abajo.
Miró hacia arriba.
Las nubes se acercaban.
Una capa blanca cubrió todo a su alrededor.
Por unos segundos solo existió el blanco.
Después la nave atravesó las nubes.
An Yo abrió los ojos.
El cielo estaba ahí.
De verdad.
Siempre había querido saber qué había encima de las nubes.
Su padre nunca había podido llevarlo.
Ahora estaba ahí.
Más arriba.
Mucho más arriba.
Y entonces las vio.
Tres lunas verdes.
Tres.
An Yo dejó de respirar durante un instante.
Eran enormes.
Redondas.
Brillaban sobre la oscuridad.
Alrededor había tantas estrellas que no podía contarlas.
Intentó hacerlo.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Después perdió la cuenta.
Había demasiadas.
Más que todos los dedos de sus manos y sus pies.
Muchísimas más.
Los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas.
No sabía por qué.
Simplemente lloró.
No era como cuando había llorado por su padre.
Ni como cuando había llorado por su madre.
Ni como cuando tenía miedo.
Era diferente.
Miró el cielo.
Y durante unos minutos no pensó en Piedra Blanca.
Ni en Qingshui.
Ni en el espectro.
Ni en los gusanos.
Ni en el sabor que todavía tenía en la boca.
Solo miró.
—¿A dónde nos llevan? —preguntó She Wei.
Un hombre respondió desde el otro extremo.
—Nos dirigimos a la ciudad Fengcheng.
An Yo volvió la cabeza.
Otra vez esa palabra.
Ciudad.
—Es la ciudad de esta región.
El hombre señaló hacia delante.
—La región de Fenglin.
An Yo volvió a mirar el cielo.
No sabía qué era una región.
Pero Fengcheng sonaba importante.
Entonces alguien gritó:
—¡Miren!
Varias personas levantaron la cabeza.
—¡Algo se mueve sobre el cielo!
An Yo miró hacia arriba.
Al principio no vio nada.
Después distinguió algo.
Brillaba.
No podía distinguir su forma.
Era demasiado grande.
Había puntos blancos sobre su cuerpo.
Parecían estrellas.
Pero se movían.
An Yo entrecerró los ojos.
La criatura estaba muy lejos.
Aun así...
Era enorme.
Tan grande como una montaña.
No.
Más grande que el barco.
Mucho más grande.
She Wei levantó la cabeza.
—¿Cuánto mide este barco?
Uno de los hombres respondió:
—El Gremio Lanza Eclipse es un gremio bastante pequeño. Solo tenemos un barco de exploración y rescate.
Hizo una pausa.
—Este mide un kilómetro.
An Yo seguía mirando la criatura.
—¿Un kilómetro?
—Sí.
—¿Y la criatura es más grande?
El hombre soltó una pequeña risa.
—Mucho más.
An Yo volvió a mirar.
Alrededor de aquella cosa había otras formas moviéndose.
Bestias.
Algunas tenían alas.
Otras parecían manchas pequeñas contra el cuerpo gigantesco.
Se desplazaban alrededor de ella.
Desde lejos parecían pequeñas estrellas que se movían.
An Yo abrió la boca.
—Mira...
El hombre que estaba a su lado notó su expresión.
—¿Te interesa?
An Yo asintió.
El hombre sacó un libro.
Era enorme.
Tuvo que sostenerlo con las dos manos.
Las páginas estaban llenas de dibujos.
—Podría ser una Manta de la Noche.
Pasó una página.
—O podría ser un Devoranubes.
Pasó otra.
—Pero no es común ver un Devoranubes con esos puntos.
Frunció el ceño.
—Quizá un Azil Morih.
An Yo no sabía qué significaba ninguna de esas palabras.
El hombre volvió a mirar el cielo.
—Aunque supongo que es una Manta de la Noche.
Buscó una página.
Había un dibujo enorme.
Una criatura extendida sobre las nubes.
An Yo se acercó.
—Miden unos sesenta kilómetros.
An Yo levantó la cabeza.
—¿Sesenta?
—Sí.
El hombre señaló el dibujo.
—No comen carne.
An Yo volvió a mirar a la criatura.
—¿No?
—Se alimentan de la energía de las nubes.
Pasó un dedo por una ilustración.
—De tormentas.
—¿Comen el viento?
El hombre sonrió.
—Algo parecido.
An Yo pensó en eso.
Una criatura que comía nubes.
—También pueden alimentarse de tornados.
Señaló otra imagen.
—O de eventos mucho más grandes.
An Yo recordó el fuego que había girado sobre Qingshui.
No dijo nada.
—Son pacíficas mientras no las ataques.
El hombre miró hacia arriba.
—Esa va con sus crías.
An Yo buscó las pequeñas luces que había visto alrededor.
—¿Son ellas?
—Probablemente.
An Yo volvió a mirar.
Pequeñas.
Muy pequeñas.
Pero si la grande medía sesenta kilómetros...
An Yo no podía imaginarlo.
—¿Qué es un kilómetro?
El hombre cerró el libro parcialmente.
—Mira.
Señaló la cubierta del barco.
—Imagina cien metros.
An Yo no respondió.
—Cien metros es una distancia bastante grande para una persona.
Señaló de un extremo al otro.
—Un kilómetro son diez distancias de cien metros.
An Yo intentó imaginarlo.
No pudo.
El hombre continuó:
—Si caminaras cien metros, todavía estarías bastante cerca del lugar donde empezaste.
An Yo miró alrededor.
—Pero diez veces...
—Diez veces.
An Yo movió los dedos lentamente.
Diez veces cien.
Ya le parecía enorme.
—Entonces sesenta kilómetros...
—Son sesenta veces eso.
An Yo volvió a mirar la Manta de la Noche.
Su cuerpo parecía extenderse hasta perderse entre las nubes.
El hombre cerró el libro.
—Pero no creas que la Manta de la Noche es de las criaturas más grandes.
An Yo lo miró.
—¿Hay más grandes?
—Muchísimas.
El hombre señaló hacia arriba.
—Aquí arriba, una criatura de sesenta kilómetros puede ser una presa pequeña para otras.
An Yo abrió todavía más los ojos.
—¿Pequeña?
—Sí.
El hombre volvió a abrir el libro.
—Ven.
Le mostró otra ilustración.
Esta vez el dibujo ocupaba casi toda la página.
Era algo que parecía una masa gigantesca extendida sobre un océano de nubes.
Tenía una cabeza enorme.
La boca parecía capaz de tragarse una casa.
Su cuerpo desaparecía detrás de las nubes.
—El Devorador de Mareas.
An Yo miró el dibujo.
—¿Puedes leer?
An Yo negó con la cabeza.
—No sé qué dice.
El hombre lo observó.
Después sonrió ligeramente.
—Quizá pueda enseñarte mientras dure el viaje.
An Yo levantó la mirada.
—¿A leer?
—Un poco.
El hombre señaló la imagen.
—Te explico.
Pasó una página.
—El Devorador de Mareas habita a más de diez mil kilómetros de altura.
An Yo parpadeó.
—¿Diez mil?
—Sí.
—¿Y dónde?
—En los inmensos mares de nubes.
An Yo frunció el ceño.
—¿Hay mares allá arriba?
—Sí.
El hombre señaló una ilustración.
—Hay tanta agua flotando entre las nubes que parece un océano.
An Yo intentó imaginarlo.
Agua.
Arriba.
Entre las nubes.
No tenía sentido.
—El mar parece infinito.
An Yo se quedó mirando el dibujo.
—Solo se han logrado cazar tres.
An Yo levantó la cabeza.
—¿Tres?
—Tres ejemplares confirmados.
El hombre pasó la página.
—Y eso es todo.
An Yo señaló una palabra.
—¿Qué es un hábitat?
—Es el lugar donde vive una criatura.
An Yo miró el dibujo.
—Entonces esto es su casa.
—Sí.
—Una casa muy grande.
El hombre soltó una breve risa.
—Demasiado grande para nosotros.
An Yo señaló el dibujo.
—¿Cuánto mide?
—Depende del ejemplar.
Pasó varias páginas.
—Los que conocemos miden más de dos mil kilómetros.
An Yo se quedó inmóvil.
—¿Cuánto es eso?
El hombre soltó una risita.
—Muy grande.
An Yo esperó.
—¿Más grande que sesenta?
—Muchísimo más.
—¿Más grande que este barco?
—Sí.
—¿Más grande que una montaña?
—Sí.
An Yo abrió la boca.
El hombre continuó:
—Regularmente caza humanos.
An Yo miró el dibujo otra vez.
—¿Se los come?
—No siempre.
El hombre señaló una pequeña embarcación dibujada cerca de la criatura.
—A veces destruye sus barcos.
An Yo miró la ilustración.
El Devorador de Mareas parecía imposible.
Su cuerpo era tan grande que el dibujo ni siquiera podía mostrarlo completo.
La cabeza sobresalía de un océano de nubes.
Tenía una boca ancha.
Demasiado ancha.
Y dos ojos pequeños comparados con el resto del cuerpo.
Su piel parecía estar cubierta de placas gruesas, como si llevara una armadura hecha por la naturaleza.
Alrededor de la mandíbula tenía unas estructuras largas que se movían con las nubes.
Parecían barbas.
O tentáculos.
An Yo no sabía.
Solo sabía que no quería estar cerca.
Aunque...
Su imaginación empezó a hacer algo que no había hecho en mucho tiempo.
Construyó una pelea.
En su cabeza, él estaba sobre una montaña.
No.
Sobre el barco.
No.
Eso era muy pequeño.
Estaba sobre una nube enorme.
Tenía un arma en las manos.
Una muy grande.
Más grande que la lanza de Tie Tou.
El Devorador de Mareas apareció frente a él.
Su cabeza era más grande que Piedra Blanca.
An Yo corrió.
La criatura abrió la boca.
¡GRAAAAAAAAH!
El viento salió disparado.
An Yo clavó los pies.
No se movió.
La criatura volvió a rugir.
An Yo saltó.
Subió.
Más.
Más.
Hasta llegar encima de su cabeza.
Entonces levantó su arma.
¡BOOOOM!
Golpeó.
La criatura rugió.
An Yo cayó.
Pero no murió.
Giró en el aire.
Volvió a saltar.
Golpeó otra vez.
¡BOOM!
La criatura agitó el cuerpo.
Las nubes explotaron alrededor.
An Yo gritó.
—¡NO!
Saltó todavía más alto.
El Devorador de Mareas abrió la boca.
An Yo corrió directamente hacia ella.
Un paso.
Otro.
Otro.
Y justo antes de entrar...
Saltó.
Clavó el arma.
¡CRAAAAACK!
La criatura rugió tan fuerte que las tres lunas parecieron temblar.
An Yo cayó sobre una nube.
Se levantó.
Tenía sangre en la cara.
Pero estaba sonriendo.
El Devorador de Mareas seguía vivo.
Entonces An Yo apretó el arma.
—Otra vez.
El monstruo abrió los ojos.
An Yo corrió.
—¡OTRA VEZ!
—¿An Yo?
La voz lo sacó de su imaginación.
An Yo parpadeó.
Seguía dentro del barco.
El hombre del libro lo miraba.
—¿Estás bien?
An Yo tardó unos segundos en responder.
Miró sus manos.
No había ningún arma.
No había montaña.
No había monstruo.
Solo el libro.
La madera.
El viento.
Y las estrellas.
An Yo sonrió un poco.
—Sí.
El hombre cerró el libro.
—Creo que deberías irte a bañar.
An Yo bajó la cabeza.
—¿Baño?
—Sí.
—Luego, mañana, te enseñaré a leer un poco.
El hombre miró hacia delante.
—Llegaremos a Fengcheng en uno o dos días, si el clima se mantiene así.
An Yo volvió a mirar el cielo.
Fengcheng.
Otra palabra que todavía no conocía.
Pero por primera vez desde que había salido de Qingshui...
no le importaba.
El hombre lo guio por uno de los pasillos.
Caminaron hasta una pequeña habitación.
Abrió la puerta.
—Aquí.
An Yo entró.
El hombre miró su ropa.
Luego sus brazos.
Después su cuerpo entero.
Le quitó la camisa.
An Yo no protestó.
El hombre se quedó callado unos segundos.
Era demasiado flaco.
Muchísimo.
Los huesos se marcaban bajo la piel.
Las costillas podían verse con claridad.
Los brazos parecían todavía más delgados junto a los de los cazadores que había visto.
El hombre frunció ligeramente el ceño.
No dijo nada.
Tomó la camisa.
—Voy a buscarte algo de tu talla.
Se quitó la bata blanca que llevaba encima.
La dejó doblada sobre una parte seca del baño.
—No salgas hasta que vuelva.
Cerró la puerta.
Tac.
An Yo se quedó solo.
Miró alrededor.
Había un recipiente grande con agua.
Un cuenco.
Una pequeña rejilla en el suelo.
No había río.
No había lluvia cayéndole encima.
No tenía que correr bajo el agua ni buscar un lugar donde bañarse.
Solo tenía que sacar agua con el cuenco.
An Yo lo hizo.
La dejó caer sobre su cabeza.
Shhhhhh...
El agua bajó por su cara.
Por el cuello.
Por el pecho.
Se llevó parte de la suciedad.
Volvió a llenar el cuenco.
Otra vez.
Shhhhhh...
An Yo cerró los ojos.
El agua estaba tibia.
No mucho.
Lo suficiente.
Su respiración se hizo más lenta.
Por unos minutos no pensó.
Ni en la casa.
Ni en su padre.
Ni en su madre.
Ni en su abuela.
Ni en el espectro.
Ni en Tie Zhu.
Ni en She Wei.
Solo estaba el agua.
El ruido suave al caer.
Shhhhhh...
An Yo se sentó.
Apoyó la espalda contra la pared.
Cerró los ojos.
Y volvió a ver al Devorador de Mareas.
Esta vez era todavía más grande.
Muchísimo más.
Y él también.
En su imaginación, claro.
Sonrió.
Levantó una espada que no existía.
El monstruo rugió.
An Yo corrió hacia él.
Y durante un rato...
no hubo Piedra Blanca.
No hubo muerte.
No hubo miedo.
Solo un niño peleando contra una criatura tan grande que ni siquiera sabía imaginar dónde terminaba.

Continúa leyendo
Noche roja (Novela)
Capítulo 6
Noche roja (Novela) Capítulo 5
Estás leyendo el capítulo 5 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 28 de septiembre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.