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Leer Noche roja (Novela) Capítulo 4 online gratis en español

2 de Octubre Negro, año 1353 Esa noche, An Yo no pudo dormir. No había perros. Tampoco se escuchaban niños riendo, llorando o llamando a sus padres. Ni siquiera los grillos. Afuera seguía lloviendo, pero la lluvia parecía muy lejos. An Yo permaneció acostado sobre la manta, mirando la oscuridad. No pensaba en nada concreto. Solo estaba ahí. Quieto. Inerte. La mujer que había aparecido bajo la lluvia tampoco le daba miedo. Eso era extraño. Quizá porque ya no estaba. O quizá porque... Quizá nunca había estado realmente solo desde que llegó a Piedra Clara. El pensamiento apareció y desapareció. No volvió a buscarlo. Su padre, su madre y su buelita tampoco ocuparon su cabeza aquella noche. Seguían allí, en alguna parte de sus recuerdos. Pero cada vez parecían estar más lejos. An Yo cerró los ojos. El cansancio terminó por llevárselo. Cuando despertó, el cielo estaba cubierto. No escuchó las gotas. Ni el agua golpeando el suelo mojado. Ni pasos. Ni voces. El pueblo parecía haber olvidado cómo sonar. An Yo permaneció acostado unos segundos. Después se incorporó. Tomó un poco de sal y se la frotó en los dientes con los dedos. No tenía comida. Tampoco dinero. Recordó el cobre que había gastado el día anterior. Ya no quedaba nada. Se puso la camisa demasiado grande, se ajustó las sandalias y tomó el cuchillo. También llevó la cuerda. Antes de salir, miró la habitación vacía. No sabía qué esperaba encontrar. Nada. Salió. TAC. TAC. TAC. Las sandalias golpearon la madera húmeda. El pueblo estaba distinto. Las casas seguían en su sitio. Los caminos también. Pero faltaban cosas. An Yo pasó frente a una casa donde vivía un bebé. Siempre lo escuchaba. Llorando. Riéndose. Haciendo sonidos que él no entendía. A veces la madre salía con él en brazos. Aquella mañana, la puerta estaba abierta. Dentro seguían los juguetes. Un pequeño caballo de madera. Dos piezas de tela. Una pelota vieja. Una pequeña pieza de madera junto a la pared. Todo estaba en su sitio. Pero no había nadie. An Yo permaneció unos segundos frente a la entrada. Después siguió caminando. TAC. TAC. TAC. Más adelante encontró otra casa cerrada. Luego otra completamente vacía. La mujer que vendía verduras ya no estaba. Un hombre había cerrado su puesto. Algunas familias cargaban sacos y se marchaban durante el día. Otras habían colocado muebles contra las puertas. Los adultos hablaban cada vez más bajo. Y los niños... An Yo tardó un poco en darse cuenta. Había menos voces. Muchas menos. No sabía cuántas había antes. Pero recordaba haber escuchado más. Caminó durante horas. El hambre volvió. Todavía no dolía demasiado. Solo estaba allí. Una sensación vacía debajo de las costillas. Entonces vio un árbol. Un manzano. Crecía detrás de una casa, junto a una pared. Tenía hojas verdes. Y algunas manzanas. An Yo se acercó. Las miró durante un largo rato. Una era pequeña. Otra era grande. Una tenía una mordida de algún animal. An Yo tragó saliva. Quería una. Levantó una mano. No llegaba. Saltó una vez. Tampoco. Miró el árbol desde abajo. Entonces pensó en tener uno. Uno suyo. Podría plantar una semilla. Esperar. Y algún día tendría manzanas. Muchas. Podría plantar otra semilla. Y otra. Si crecían... Tendría dos árboles. Después cuatro. Después muchos. Y cuando tuviera hambre podría caminar hasta ellos y tomar una. Una. Después otra. No tendría que pedirle a nadie. No tendría que esperar a que alguien trajera comida. Las manzanas estarían allí. An Yo sonrió apenas. Se imaginó sentado debajo de uno de los árboles, sosteniendo una manzana entre las manos. Le daría una mordida. CRAC. Estaría dulce. Quizá guardaría algunas. Quizá plantaría también sus semillas. La sonrisa desapareció lentamente. Siguió caminando. Pero durante un buen rato pensó en los árboles. Al mediodía, Piedra Clara seguía perdiendo gente. No hubo una orden. Nadie anunció una evacuación. Simplemente comenzaron a marcharse. Una carreta salió por la puerta del pueblo. Después otra. Luego otra más. Algunas familias llevaban sacos. Otras animales. Una anciana caminaba con una bolsa atada a la espalda. Un hombre cerró su casa con llave y permaneció frente a la puerta durante varios segundos antes de irse. An Yo lo observó. El hombre se dio cuenta. —¿Qué miras? An Yo bajó la vista. —Nada. El hombre siguió caminando. An Yo esperó hasta que desapareció. Entonces miró nuevamente la casa. La cerradura era nueva. Pero una ventana había quedado abierta. Dentro podía verse una silla. Sobre ella había una camisa pequeña. An Yo continuó. TAC. TAC. TAC. Llegó hasta una pequeña plaza. Solo había tres puestos abiertos. Uno de verduras. Uno de telas. Y otro donde un anciano vendía herramientas usadas. Los tres estaban casi vacíos. An Yo se acercó al puesto de verduras. El vendedor lo miró. —No tengo mucho. An Yo señaló una fruta. —Dos cobres. An Yo bajó la mano. No tenía ninguno. El hombre observó su cara durante unos segundos. Después apartó la fruta. —Entonces nada. An Yo asintió. No discutió. Se alejó. Al cruzar la plaza encontró una cinta roja en el suelo. La recogió. Era pequeña. Probablemente había pertenecido al cabello de una niña. An Yo miró alrededor. No había nadie. La sostuvo entre los dedos durante unos segundos. Después la dejó donde estaba. Continuó caminando. Más tarde escuchó una risa. An Yo se detuvo. Por un instante pensó que era un niño. Giró la cabeza. La risa volvió a escucharse. Venía de una casa. La puerta estaba entreabierta. An Yo se acercó. La empujó lentamente. La risa cesó. Dentro no había nadie. Solo una pequeña caja de madera sobre una mesa. An Yo la observó. Esperó. Nada. Entonces: —Je... An Yo levantó la cabeza. La risa ya no venía de la casa. Venía de detrás. Se giró. La calle estaba vacía. An Yo no se movió. Esperó. No volvió a escucharla. Entonces recordó algo. No una frase completa. Una sensación. La misma que había sentido cuando la mujer se sentó junto a él bajo la lluvia. La sensación de estar siendo observado. An Yo miró las ventanas. Una. Dos. Tres. Todas cerradas. Entonces una cortina se movió. Muy despacio. No había viento. An Yo retrocedió. No corrió. Solo dio un paso. Luego otro. Y se marchó. TAC. TAC. TAC. Esta vez caminó más rápido. Por la tarde volvió a pasar frente a la casa del bebé. La puerta seguía abierta. Los juguetes seguían allí. Pero ahora había algo más. Una pequeña manta estaba doblada sobre el suelo. An Yo se quedó mirándola. La había visto muchas veces sobre aquel niño. Se acercó. La tocó. Todavía conservaba algo de calor. An Yo retiró la mano. Miró hacia el interior. —¿Hola? Nadie respondió. Esperó. Nada. Siguió caminando. Cada calle parecía tener menos gente que la anterior. Entonces vio a una mujer arrodillada junto a una pared. Lloraba. An Yo se acercó. La mujer levantó la cabeza. Tenía los ojos hinchados. —Ella se llevó a mi niño... An Yo se detuvo. —A mi pequeño Dai... La mujer respiró entrecortadamente. —Mi niño. An Yo no sabía quién era Dai. No sabía quién se lo había llevado. Pero aquella mirada le produjo una sensación desagradable. Culpa. Como cuando su madre lo miraba después de que hiciera algo malo. Pero él no había hecho nada. Aun así, bajó la cabeza. La mujer siguió llorando. An Yo apretó los dedos. Después continuó caminando. El día permaneció gris. No llovía. Tampoco aparecía el sol. El pueblo parecía cansado. Más adelante encontró a tres mujeres arrodilladas frente a una pequeña imagen de madera. Las tres tenían la cabeza inclinada. Una hablaba. Las otras repetían en voz baja. —Guíanos, señor, hacia la luz... —No permitas que la oscuridad nos cubra. An Yo las observó. No sabía por qué rezaban. Pero entendía sus voces. Tenían miedo. Siguió caminando. Entonces vio una manzana. Estaba en el suelo, junto a uno de los puestos cerrados. La recogió. La revisó. No parecía podrida. Le dio una mordida. CRAC. El sonido resonó en la plaza vacía. An Yo masticó lentamente. Era dulce. Le dio otra mordida. Durante unos momentos dejó de pensar en las casas vacías. En los niños. En la mujer que lloraba. En las mujeres rezando. Solo estaba la manzana. Cuando terminó, limpió el jugo de la boca con la manga. Y siguió caminando. Fue entonces cuando vio a She Wei. El anciano estaba solo. An Yo se detuvo. Eso era extraño. Siempre lo había visto acompañado. El día anterior había estado con sus guardias. Cuando hablaba con la gente del pueblo, había hombres cerca. Incluso cuando caminaba, rara vez estaba solo. Pero ahora no había nadie con él. Ni un guardia. Ni un ayudante. Nadie. She Wei avanzaba lentamente por una calle secundaria, apoyándose en su bastón. An Yo no se acercó. Lo observó desde cierta distancia. Entonces el anciano tosió. —Cof... Se detuvo. Volvió a toser. —Cof... cof... Se inclinó un poco hacia delante. Después escupió al suelo. An Yo miró. Era una mucosidad blanca y espesa. El anciano se limpió la boca con la manga. Volvió a enderezarse. Y siguió caminando. An Yo permaneció quieto. Miró aquello en el suelo. Luego al anciano. She Wei siguió avanzando. An Yo recordó algo. Siempre estaba acompañado. Siempre. Pero ahora estaba solo. Y estaba enfermo. O al menos eso parecía. An Yo no sabía qué tenía. No sabía si la tos era peligrosa. Pero tampoco le gustaba. Además... She Wei siempre lo miraba. Desde el día anterior. A veces An Yo levantaba la cabeza y encontraba los ojos del anciano sobre él. No era una mirada larga. Era peor. Parecía que estaba observándolo para recordar algo. An Yo no entendía qué. Su padre le había enseñado a mirar. Las manos. Los hombros. La respiración. La manera de caminar. An Yo miró a She Wei otra vez. El anciano se detuvo en una esquina. Por un instante pareció mirar hacia atrás. An Yo se escondió detrás de una pared. Esperó. She Wei continuó. An Yo salió lentamente. Ya no estaba allí. El niño permaneció unos segundos en el mismo sitio. Algo no encajaba. No sabía qué. Y no necesitaba saberlo todavía. Las horas pasaron. El cielo comenzó a oscurecer. An Yo pensó otra vez en el árbol. Uno pequeño. Podría verlo crecer. Cuando diera frutos, plantaría sus semillas. Después tendría otro. Y luego otros dos. Podría comer manzanas cuando quisiera. Quizá así sería feliz. La idea le gustó. Siguió caminando. Entonces volvió a verlo. She Wei. Esta vez estaba acompañado por diez guardias. El anciano caminaba en medio de ellos. An Yo disminuyó el paso. Era distinto al encuentro anterior. El anciano parecía más cansado. Uno de los guardias caminaba muy cerca de él. Otro miraba constantemente hacia las casas. She Wei tosió. —¡COF! ¡COF! ¡COF! Se cubrió la boca con el pañuelo. An Yo observó. Cuando She Wei apartó el pañuelo, había sangre. An Yo ladeó ligeramente la cabeza. La había visto. Sangre. No mucha. Pero estaba allí. She Wei dobló el pañuelo y lo guardó. An Yo intentó seguir caminando como si no hubiera visto nada. No pudo. Moco blanco. Ahora sangre. Y siempre acompañado. Excepto aquella vez. El anciano levantó la mirada. Sus ojos encontraron los de An Yo. Lo observó de arriba abajo. Una vez. Después otra. Se detuvo especialmente en sus ojos. An Yo sintió que lo estaban examinando. No sabía por qué. She Wei habló. —Muchacho. An Yo levantó la cabeza. —Quédate con nosotros. Una pausa. —No quedan más niños en el pueblo. An Yo no respondió. Miró alrededor. Las casas. Las ventanas. Las calles. Todo aquello que antes tenía voces. Ninguna. Por primera vez contó las voces que faltaban. No con números. Con sonidos. No quedaba ninguna voz infantil. An Yo caminó detrás del grupo. No porque confiara en She Wei. Simplemente no quería quedarse solo. La oscuridad llegó demasiado rápido. Todavía quedaba algo de luz en el cielo, pero las calles ya parecían negras. She Wei levantó la cabeza. Observó las nubes. Parecía cansado. —Viví bastante bien mis ciento veinte años. An Yo lo miró. No entendió por qué había dicho aquello. Continuaron caminando. Pasaron frente a la fuente del pueblo. Normalmente estaba llena de gente. Mujeres recogiendo agua. Ancianos hablando. Niños jugando. Animales bebiendo. Ahora no había nadie. Ni una cubeta. Ni un perro. Ni una voz. Los guardias caminaron más despacio. Uno miró hacia atrás. Otro apretó la lanza. An Yo también miró. No había nada. Entonces escuchó un sonido. Fssshhh... Metal contra piedra. An Yo giró la cabeza. No vio a nadie. Fssshhh... Otra vez. Más cerca. Fssshhh... El sonido parecía venir de la oscuridad. She Wei habló: —¿Vivieron una vida feliz? Los diez guardias se miraron. El anciano siguió caminando. —Siempre he creído que el mayor pecado es morir con arrepentimientos. Apoyó ambas manos sobre el bastón. —Espero que puedan perdonarse y no arrepentirse de nada. Uno de los guardias tragó saliva. —Viejo Wei... ¿por qué dices eso? She Wei se detuvo. Miró la calle delante de ellos. Después las casas. Finalmente, la oscuridad. —No creo que podamos salir del centro del pueblo. Fssshhh... El sonido volvió a escucharse. Pero ahora parecía venir de todas partes. An Yo sintió algo extraño en la garganta. Tosió. —Cof... Se cubrió la nariz con la camisa. Entonces llegó el olor. Primero, cebollas podridas. Después un trapo de cocina húmedo durante demasiado tiempo. Agua estancada. Huevos podridos. El olor le quemó la nariz. An Yo tuvo una arcada. Uno de los guardias se tapó la boca. Otro dio un paso atrás. Entonces apareció otro olor. Carne. Podrida. An Yo retrocedió. Después llegó otro olor. Carne quemada. Se quedó quieto. No era el olor de los animales que su padre cazaba. Lo conocía. Lo había sentido una sola vez. El ladrón. El fuego. La carne humana quemándose. Su cuerpo recordó antes que su cabeza. No mires. Uno de los guardias vomitó. Otro cayó de rodillas. She Wei soltó una pequeña risa cansada. —Mi olfato dejó de servir hace cuarenta años. Tosió. Se cubrió la boca con el pañuelo. —Y aun así siento cómo atraviesa mi nariz y quema. An Yo bajó lentamente la camisa. No quería mirar. Pero entonces escuchó algo. Shhhh... Algo húmedo arrastrándose sobre piedra. Los guardias levantaron sus armas. She Wei alzó una mano. Todos se detuvieron. Dos ojos aparecieron en la oscuridad. Amarillos. Muy amarillos. Estrechos. Como los de un zorro. Brillaban desde algún lugar de la calle. An Yo los observó. Al principio creyó que la criatura era enorme. Más alta que los guardias. Después su silueta comenzó a elevarse. Como si varios cuerpos estuvieran apilándose unos sobre otros. Un guardia levantó la espada. —¿Qué...? Algo salió disparado desde la oscuridad. Un brazo. Golpeó el suelo frente a ellos. Los guardias retrocedieron. El brazo estaba hinchado y cubierto de manchas extrañas. Pequeñas cosas blancas se movían sobre la carne descompuesta. Uno de los hombres vomitó. Después otro. El olor se volvió insoportable. An Yo miró el brazo. Después miró el suyo. Era apenas un poco más grande. Pensó: ¿Es de otro niño? No terminó de pensarlo. Varias voces hablaron al mismo tiempo. —Coman. Una. Dos. Cinco. No podía saber cuántas. Parecían salir de todas partes. Entonces comenzaron los sonidos. Crac. Crac. CRAC. Los huesos se quebraron. El cuerpo se dobló. La espalda se contrajo. Los brazos desaparecieron dentro de sí misma. La enorme figura comenzó a hacerse pequeña. Cada vez más. Hasta quedar aproximadamente a la altura de An Yo. La oscuridad se movió. Y salió una niña. Pequeña. Delgada. Con el cabello desordenado. Parecía aterrada. —Señor... Su voz temblaba. —¿Dónde está mi mamá? An Yo se quedó inmóvil. She Wei abrió mucho los ojos. —Li Mei... La niña levantó la cabeza. —Señor... estoy asustada. Corrió hacia uno de los guardias. Lo abrazó. —Señor, ¿usted me ayudará a buscar a mi mamita? El hombre quedó rígido. Li Mei apretó sus piernas. —Extraño a mi mamá... Lloró. —Hay algo en la oscuridad... Señaló detrás de ella. —Me está siguiendo. El guardia miró a sus compañeros. Después a She Wei. Después a An Yo. Ninguno se acercó. La niña siguió llorando. —Me llamo Li Mei. An Yo la reconoció. La había visto el día anterior. Había desaparecido esa misma noche. Tenía siete años. Entonces una voz profunda salió de la oscuridad. —Señor... Todos se quedaron quietos. —¿Por qué, si le ofrecí algo de comer, no comió? Li Mei levantó lentamente la cabeza. Su rostro comenzó a deformarse. La boca se abrió. Demasiado. La mandíbula se separó en dos. No había carne roja. No había sangre. Solo oscuridad. Un espacio negro que ocupaba casi todo el rostro. Al fondo había un pequeño brillo dorado. Un agujero. Entonces aparecieron los dientes. Una fila. Otra. Otra. Demasiados. La criatura volvió a hablar. Esta vez eran varias voces. —Señor... —¿Por qué no está comiendo? El guardia gritó. La criatura sonrió. An Yo bajó la mirada. El brazo seguía en el suelo. Los pequeños gusanos continuaban moviéndose. Una mano de la criatura se cerró alrededor de su brazo. An Yo sintió la humedad. Algo pequeño se deslizó sobre su piel. Tuvo una arcada. La criatura habló: —Si no comen... Pausa. —Ustedes serán mi comida. An Yo miró el brazo. Pensó en la manzana. La manzana dulce. El árbol. El hambre. Cerró los ojos. Intentó recordar el sabor. Dulce. Como la manzana. Tomó aire. Y mordió. La carne era dura. Sus dientes tuvieron que hundirse con fuerza. Algo se movió dentro de su boca. An Yo comenzó a llorar. El sabor cambió. Ya no era la manzana que había imaginado. Su cuerpo reaccionó antes que su cabeza. Quiso escupir. Quiso vomitar. Apretó los dientes. Masticó. Una vez. Otra. Sintió algo moverse contra su lengua. Las lágrimas le llenaron los ojos. Tragó. Volvió a masticar. Volvió a tragar. Hasta que ya no quedó nada en su boca. Entonces vomitó. Cayó de rodillas. Se cubrió la boca. Su cuerpo temblaba. Parte de lo que había expulsado volvió a subirle por la garganta. An Yo cerró los ojos. Y tragó otra vez. No porque quisiera. Porque necesitaba seguir vivo. La criatura dejó de hablar. La boca volvió lentamente a su forma normal. Miró a An Yo. Su sonrisa se hizo enorme. —¿En serio te la comiste? Una pequeña carcajada. —Ni yo me comería eso. Se inclinó. —Jejejeje... Hizo una mueca. —Qué asco. An Yo levantó la cabeza. Tenía lágrimas en los ojos. No sabía si lloraba por miedo, por el sabor o por el asco. Probablemente por todo. Entonces aparecieron más ojos. Uno. Dos. Cinco. Diez. Demasiados. Amarillos. Blancos. Rojos. Algunos estaban lejos. Otros parecían estar a pocos pasos. An Yo podía sentir algo delante de él. Pero ya no podía verlo. La oscuridad se volvió más profunda. Los guardias desaparecieron. She Wei desapareció. La fuente desapareció. Las casas desaparecieron. Solo quedaron los ojos. Las respiraciones. Las uñas arrastrándose sobre piedra. Algo caminando con demasiadas piernas. Algo riendo. Algo llorando. Y entonces una voz dijo su nombre. —An Yo... El niño quedó inmóvil. No sabía quién lo había llamado. Fssshhh... Fssshhh... El sonido del metal volvió a escucharse. Pero esta vez parecía venir desde dentro de la oscuridad. No de una casa. No de una calle. De todas partes. An Yo apretó el cuchillo. No podía ver nada. Entonces... La luz cayó del cielo. No apareció poco a poco. Cayó. Una columna blanca atravesó las nubes. La oscuridad retrocedió. Las criaturas chillaron. SKRIIIIIIIIIIIIIIIIII— An Yo se cubrió los ojos. Los guardias hicieron lo mismo. El suelo tembló. BOOOOOOM. Una voz descendió desde el cielo. Firme. Amplificada. —Aquí el Gremio Lanza Eclipse. La voz recorrió todo Piedra Clara. —Estamos investigando un enfrentamiento que provocó movimientos anormales de bestias hacia esta zona. An Yo levantó lentamente la cabeza. Algo enorme cubría el cielo. Primero vio una sombra. Después una superficie iluminada. Luego comprendió que no estaba mirando una montaña. Era un barco. Un barco volador. Y era más grande que todo el pueblo. Mucho más. An Yo no alcanzaba a ver dónde terminaba. La luz hacía que las casas parecieran pequeñas. Abandonadas. Como si aquel objeto perteneciera a otro lugar. Entonces la voz volvió a escucharse. —Activen protocolo anti-espectros. Algo se abrió en la parte inferior del barco. Decenas de luces descendieron. No eran estrellas. Eran plataformas. Literas. Grandes estructuras suspendidas que bajaban lentamente hacia las calles. Vacías. Preparadas. La voz continuó: —Atención a los habitantes de Piedra Clara. —Todo aquel que quiera salir del pueblo deberá subir a las literas. An Yo permaneció quieto. Miró hacia arriba. Después miró el brazo que todavía sostenía. Lo soltó. Cayó al suelo. Los pequeños gusanos continuaron moviéndose. An Yo volvió a mirar el cielo. No sabía quiénes eran esas personas. No sabía adónde lo llevarían. No sabía si aquello era bueno. Pero quedarse en Piedra Clara tampoco lo era. She Wei observó las plataformas descendiendo. Su rostro no mostraba alivio. Solo cansancio. —Así que finalmente vinieron... An Yo miró al anciano. She Wei permaneció contemplando el cielo. Por primera vez desde que An Yo lo conocía, parecía verdaderamente viejo. An Yo dio un paso. TAC. Luego otro. TAC. Y caminó hacia la luz.
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Estás leyendo el capítulo 4 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 28 de septiembre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.