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Leer Noche roja (Novela) Capítulo 3 online gratis en español

La lluvia seguía cayendo sobre Piedra Clara. O Piedra Blanca, como también la llamaban algunos. Habían pasado horas desde que las últimas carretas abandonaron el asentamiento, pero el ruido de las ruedas todavía parecía permanecer en las calles. Quedaban pocos. Demasiado pocos. She Wei se encontraba frente a ellos, apoyado en su bastón. Un guardia sostenía un paraguas sobre su cabeza. El anciano observó a los habitantes durante unos segundos. —Ya está hecho. El guardia asintió. —Todavía pueden venir más —dijo She Wei—. Hay gente que sigue huyendo de las aldeas cercanas. Miró hacia el camino. —Pero dudo que muchos de los que salieron logren llegar a la siguiente población. Nadie respondió. —Y mucho menos hasta Fengcheng. Un hombre entre la multitud preguntó: —Entonces, ¿qué hacemos? She Wei tardó en responder. —Esperar. La palabra cayó con más peso del que debería. —Mañana comienza Octubre Oscuro. Algunos bajaron la mirada. —Y este año... algo viene. La lluvia golpeaba los tejados. —No sé qué será. Un espectro. Una calamidad. Una secta. Alguna bestia que haya bajado de las montañas. No importa. She Wei apretó el bastón. —Las ciudades tampoco son necesariamente seguras. Si algo decide quedarse alrededor de Fengcheng durante todo el mes, allí habrá mucha más gente para alimentar su atención. An Yo escuchaba desde atrás. No conocía esas palabras. Pero reconocía el miedo. Eso sí lo conocía. —Por eso es mejor que seamos pocos —continuó She Wei—. Menos personas significan menos ruido. Menos luces. Menos cosas que puedan llamar la atención. Un niño comenzó a llorar. Su madre le cubrió la boca. —No salgan de noche. She Wei levantó un dedo. —Y no enciendan lámparas. Un silencio incómodo. —Recen si quieren. A Shenlu. A Mauyti. A cualquier dios que conozcan. Tosió. Esta vez fue una tos profunda. She Wei giró ligeramente la cabeza y escupió dentro de un pañuelo. Cuando lo retiró de su boca, había sangre. Lo dobló. Nadie comentó nada. —He vivido más de ciento veinte años —dijo—. Y todavía espero morir de viejo. Miró las casas. —Solo quiero pasar un año más. Volvió a toser. —Si los informes sobre el hombre ciego y el espectro son ciertos, quizá venga una compañía de cazadores. Querrán saber si lo ocurrido en Qingshui provocó algún desequilibrio. An Yo no sabía qué significaba eso. Qingshui. El hombre ciego. El espectro. Todo aquello pertenecía a un mundo que todavía no podía comprender. Pero había una cosa que sí entendía. Los adultos estaban asustados. Y cuando los adultos tenían miedo, era mejor mirar antes de moverse. She Wei levantó el bastón. —Si ustedes pierden la fe... Miró a todos. —Morirán. Después comenzó a caminar. El guardia lo siguió con el paraguas. An Yo permaneció quieto. Su padre había dicho: Primero observa. An Yo necesitaba un lugar donde dormir. Había demasiada gente en las calles y cada vez quedaban más casas vacías. No sabía cuánto tiempo permanecería allí. Así que buscó una. No escogió la primera que encontró. Caminó por calles secundarias. Observó puertas. Ventanas. Patios. Salidas. Esperó frente a una casa durante un largo rato. No escuchó voces. Nadie entró. Nadie salió. La puerta estaba mal cerrada. An Yo la empujó. La madera crujió. Se quedó inmóvil. Esperó. Nada. Entró. No sabía exactamente qué estaba buscando. Solo quería cosas útiles. Encontró ropa vieja. Una manta. Una cuerda. Un poco de grano. Una piedra para afilar. Un cuchillo de cocina bastante gastado. Y, después de revisar varios cajones, encontró una moneda de cobre. La sostuvo frente a sus ojos. La guardó. También tomó el cuchillo. No necesitaba mucho más. Había otras cosas, pero no sabía para qué servían. Y había aprendido que hacer demasiado ruido podía ser peor que tener hambre. Cerró el cajón. Se sentó. Escuchó. Una gotera. Lluvia. Una carreta a lo lejos. Un caballo. Una puerta. Nada más. La casa parecía segura. Por ahora. Aquella noche durmió sobre la manta. O intentó hacerlo. Cada vez que cerraba los ojos veía a su padre. La caída. La sangre. La voz de su madre. El fuego. Después veía cenizas. Abría los ojos. La habitación estaba oscura. Volvía a cerrarlos. Ahora veía una mano. La mano de su buelita. Sus dedos intentando sujetarlo. Después nada. An Yo despertó varias veces durante la noche. En una de ellas tomó el cuchillo. Esperó. No había nadie. Finalmente, el cansancio pudo más. La lluvia continuó hasta la mañana. An Yo despertó con frío. Se frotó los dientes con un poco de sal. Después salió al patio. Se quitó la camisa. Sabía que no debía permanecer con la ropa mojada sobre el cuerpo. Dejó que el agua le recorriera la cabeza. El frío le hizo cerrar los ojos. Durante unos segundos no pensó en nada. No había fuego. No había gritos. No había casas derrumbándose. Solo lluvia. Cuando terminó, regresó a la casa. Se puso una camisa vieja que había encontrado. Era demasiado grande. Le llegaba casi hasta los tobillos. Las sandalias también le quedaban grandes. No le importó. Guardó el cuchillo y la cuerda. Después salió. Tenía hambre. Piedra Clara estaba extrañamente silenciosa. No completamente. Todavía había caballos. Carretas. Puertas. Personas. Pero todo parecía ocurrir con menos fuerza. Los adultos hablaban bajo. Algunos aseguraban ventanas. Otros trasladaban sacos. Los guardias vigilaban los caminos con más frecuencia. Los animales estaban inquietos. Un perro permanecía escondido debajo de una carreta. An Yo caminó entre las casas. Buscaba comida. También buscaba cualquier cosa que pudiera comprar con su única moneda. Encontró un puesto cubierto por una lona. El olor del caldo llegó antes de que pudiera verlo. Carne. Cebolla. Hierbas. Grasa. Masa caliente. El vendedor le sirvió una porción. —Una de cobre. An Yo entregó la moneda. Comió rápido. No dejó nada. Cuando terminó, se quedó mirando el recipiente vacío. Ya no tenía dinero. Pero tampoco tenía hambre. Eso era suficiente. Entonces alguien gritó: —¡Encontraron otro! Las personas comenzaron a reunirse. An Yo se acercó. No demasiado. Observó desde atrás. Había un cuerpo sobre una carreta. Un hombre. Cubierto de barro. Las botas estaban gastadas. Parecía haber caminado durante mucho tiempo. —No es de aquí. —Viene de fuera. —Otro más... —Quizá salió del pueblo. —¿Qué le pasó? Nadie respondió. Un perro que estaba cerca retrocedió. Después se metió debajo de una casa. No ladró. Ni siquiera gruñó. An Yo miró al perro. Luego al cuerpo. Después a la gente. Recordó a su padre. Primero observa. No necesitaba saber qué había matado a aquel hombre. Necesitaba saber qué debía evitar. She Wei apareció poco después. Caminaba despacio. Un guardia sostenía nuevamente un paraguas sobre él. El anciano vio a An Yo. Se detuvo. —Eres inteligente para tu edad, muchacho. An Yo levantó la mirada. She Wei lo observó durante unos segundos. —No sientas lástima por otros si quieres sobrevivir. An Yo permaneció callado. She Wei siguió caminando. Después tosió. Sacó el pañuelo. Otra pequeña mancha roja. An Yo la vio. El anciano guardó el pañuelo y desapareció calle abajo. An Yo siguió caminando. Entonces vio a una mujer. Estaba en un callejón. An Yo se detuvo. No porque hubiera hecho algo. Sino porque no pertenecía allí. Su ropa estaba demasiado limpia. Su cabello estaba perfectamente arreglado. Y había un olor dulce. Muy dulce. An Yo permaneció en la calle. Un guardia pasó frente al callejón. La mujer estaba allí. El guardia no la miró. Continuó caminando. An Yo siguió con los ojos al hombre. Después volvió a mirar a la mujer. Ella sonreía. Y caminó hacia él. An Yo no retrocedió. Pero algo dentro de su cuerpo le dijo que no se acercara. La lluvia seguía cayendo. Entonces dejó de sonar. An Yo parpadeó. Podía ver las gotas. Podía ver cómo golpeaban el suelo. Pero no escuchaba ninguna. La mujer continuó caminando. Sus pies tocaban el barro. Pero no levantaban agua. No había salpicaduras. Ni una. An Yo miró sus pies. Después sus manos. Después sus ojos. La mujer se sentó junto a él. —Hola, pequeña. An Yo sintió un escalofrío. Su voz salió más suave. Más delicada. —Hola, señorita. La mujer sonrió. —¿Por qué estás sola? An Yo no respondió. —Es peligroso estar fuera de casa. Silencio. La mujer inclinó la cabeza. —Aunque tú pareces acostumbrada. An Yo la miró. Ella levantó una mano. Le apartó un mechón de cabello. —Duermes en lugares oscuros. An Yo se quedó inmóvil. —No enciendes lámparas. El corazón le golpeó más fuerte. La mujer sonrió. —Siempre me pareció extraño. An Yo no dijo nada. La mujer continuó: —Cuando yo era pequeña, tenía miedo de la oscuridad. Una pausa. —Tú no. Lo miró directamente. —Tú duermes ahí como si no hubiera nada que temer. An Yo sintió frío a pesar del calor que desprendía su cuerpo. Ella no había preguntado. No había adivinado. Lo sabía. La mujer había visto dónde dormía. Había visto su casa. Había visto que no encendía lámparas. Tal vez lo había visto dormir. Tal vez lo había visto antes de aquella mañana. An Yo no sabía desde cuándo. Y no quería saberlo. La mujer sonrió. —Eres muy valiente. Lo abrazó. An Yo permaneció rígido. No sabía qué hacer. La mujer acercó el rostro. —Yo tenía miedo de la oscuridad cuando era pequeña. Su voz sonaba casi cariñosa. —Pero tú sabes vivir dentro de ella. Lo besó en la frente. An Yo cerró los ojos por reflejo. Cuando volvió a abrirlos, ella seguía allí. —Podrás esconderte mejor. La mujer pasó un dedo por su frente. —Mucho mejor. An Yo la observó. —Y podrás ver. No entendió. Ella sonrió. —Ver sin que te vean. El corazón de An Yo volvió a acelerarse. La mujer lo observó durante unos segundos. Después su expresión cambió. No era tristeza exactamente. Era algo parecido. —Qué triste que no seas un niño. An Yo no se movió. —Si lo fueras... La mujer bajó ligeramente la mirada. —Te habría llevado conmigo. An Yo sintió que algo se cerraba dentro de su pecho. Ella volvió a sonreír. —Eres una niña muy bonita. Le acarició la cabeza. —Cuídate. Se levantó. An Yo la siguió con la mirada. La mujer dio un paso. Después otro. Y la lluvia volvió a sonar. An Yo parpadeó. El callejón estaba vacío. No había nadie. No había huellas. No había charcos alterados. No había pasos alejándose. Solo lluvia. An Yo permaneció sentado. No corrió. No gritó. Durante unos segundos ni siquiera respiró correctamente. Después levantó lentamente una mano. Se tocó la frente. No había ninguna marca. Nada. Solo una sensación extraña bajo la piel. Miró el callejón. Luego la calle. El guardia continuaba caminando. No había visto nada. Nadie parecía haber visto nada. An Yo bajó la mano. Recordó a su padre. Si algo te hace sentir que te está mirando... No busques qué es. Escóndete primero. An Yo miró la oscuridad del callejón. Y comprendió algo que todavía no podía explicar. La mujer no había empezado a observarlo cuando se sentó junto a él. Ya lo estaba observando antes. Mucho antes. Y, por alguna razón que An Yo desconocía, había decidido dejarlo vivir.
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Noche roja (Novela) Capítulo 3

Estás leyendo el capítulo 3 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 28 de septiembre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.