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Leer Noche roja (Novela) Capítulo 2 online gratis en español

La distancia entre ellos comenzó a crecer. No porque la pelea hubiera terminado. Detrás de las casas en llamas, algo estaba creciendo. An Yo apenas podía mirar a los dos seres. Había otra cosa. El fuego se elevaba. Primero como una columna. Después empezó a girar. Cada vuelta levantaba más aire. El polvo comenzó a moverse. Luego la ceniza. Después pequeños trozos de madera. Tejas. Ramas. Pedazos de puertas. Una silla salió despedida de una casa. Giró una vez. Dos. Y desapareció dentro de aquella masa. An Yo se quedó mirándola. No sabía qué era. Solo sabía que no debía acercarse. —Buelita... —¡No te detengas! La anciana tiró de su mano. An Yo volvió a correr. El suelo estaba cubierto de ceniza. Cada respiración le raspaba la garganta. Intentó respirar por la boca. Fue peor. El humo entró directamente. Tosió. —¡No respires tanto! —¡No puedo! —¡Sigue! Corrieron. Una ráfaga golpeó sus espaldas. Después otra. La ropa de An Yo comenzó a pegarse a su cuerpo. Su cabello le golpeaba la cara. Las cenizas también. Una le entró en el ojo. —¡Aaah! Se lo frotó. —¡No te lo frotes! Ya lo había hecho. El ojo comenzó a llorarle. Intentó abrirlo. Solo veía manchas. Su abuela volvió a agarrarlo del brazo. —¡An Yo! Él no respondió. —¡AN YO! —¡Sí! —¡No me sueltes! —¡No te voy a soltar! El aire volvió a cambiar. Ahora les golpeaba de frente. An Yo casi cayó. Su abuela lo sostuvo. —¡Agáchate! Una rama pasó sobre ellos. FSSSH. Desapareció entre el humo. Después pasó otra. Y otra. El viento ya no parecía viento. Era un ruido continuo. WOOOOOOOOOOO... An Yo abrió la boca. No escuchó su propia voz. —¡BUELITA! Nada. Su abuela dijo algo. An Yo vio sus labios moverse, pero no entendió una palabra. El ruido era demasiado fuerte. Siguieron. An Yo apretó la mano de la anciana. Las piernas empezaron a dolerle. Los pies le ardían. La garganta también. Tenía la cara cubierta de ceniza. No sabía cuánto habían avanzado. No sabía cuánto faltaba. Detrás de ellos, aquella cosa de fuego seguía creciendo. Los árboles se doblaban. Las ramas crujían. Algunas se quebraban y salían disparadas. Las llamas de las casas se inclinaban hacia ella. Entre el humo volvió a ver a los dos seres. El ciego flotaba. El espectro seguía en el suelo. Frente a aquella masa, parecían pequeños. El espectro gritó algo. An Yo no escuchó. El ciego respondió. Tampoco. Bajó la cabeza. Siguió corriendo. El viento aumentó. An Yo sintió que los dedos de su abuela se movían dentro de los suyos. Ya no apretaban igual. —Buelita... No hubo respuesta. An Yo cerró más la mano. Una ráfaga golpeó el camino. Mucho más fuerte que las anteriores. La anciana perdió el equilibrio. —¡Buelita! Cayó de rodillas. An Yo se arrodilló junto a ella. —¡Levántate! La mujer intentó hacerlo. El viento volvió. Su ropa se levantó. Sus pies comenzaron a deslizarse. An Yo la agarró con las dos manos. —¡No! Ella gritó algo. Él no pudo escucharla. Sus dedos comenzaron a separarse. An Yo clavó los pies en el suelo. Tiró. Las rodillas le golpearon la tierra. Sus uñas se hundieron en el barro. —¡BUELITA! Por un instante consiguió detenerla. Solo por un instante. An Yo comenzó a deslizarse también. Los dedos se separaron. Primero uno. Después otro. An Yo consiguió agarrar solamente dos. Luego uno. Después ninguno. La anciana fue arrastrada. An Yo corrió detrás de ella. —¡BUELITA! Una nube de ceniza pasó entre ambos. An Yo dejó de verla. Corrió hacia donde había desaparecido. Nada. Humo. Ramas. Piedras. Trozos de madera. —Buelita... Nadie respondió. Algo cayó cerca. An Yo dio un salto. Miró hacia la oscuridad. Entonces recordó. Su padre. No mires atrás. Escóndete primero. Corre. An Yo corrió. No supo cuánto tiempo. Las piernas dejaron de sentirse como piernas. Tropezó. Cayó. Se levantó. Volvió a correr. El calor fue desapareciendo poco a poco. Después el rugido. Primero quedó lejos. Luego apenas pudo escucharlo. An Yo siguió avanzando. No sabía hacia dónde. No sabía dónde estaba. No sabía cuánto tiempo había pasado. Solo caminaba. Hasta que las piernas volvieron a fallarle. Cayó de rodillas. Respiró. Una vez. Dos. Tres. El pecho le dolía. Tenía la garganta seca. Intentó levantarse. No pudo. Se quedó allí. Entonces escuchó voces. Muy lejos. —¡Empujen! An Yo levantó la cabeza. Esperó. —¡Otra vez! Se puso de pie. Caminó. Primero despacio. Luego un poco más rápido. Entre los árboles apareció una carreta. Varias personas intentaban sacarla del barro. Una rueda estaba completamente hundida. Dos hombres empujaban desde atrás. Otro tiraba de los caballos. —¡Empujen! An Yo llegó hasta ellos. Uno de los hombres lo vio. —¿Eh? An Yo no dijo nada. Puso las manos contra la parte trasera de la carreta. —¡Tú también! An Yo empujó. —¡Ahora! La rueda se movió. —¡Otra vez! Empujó con todas sus fuerzas. La carreta avanzó unos centímetros. —¡Una más! An Yo volvió a empujar. La rueda salió del barro. La carreta avanzó de golpe. An Yo cayó sentado. —Por fin... Uno de los hombres respiró profundamente. Entonces miró al niño. Se quedó callado. An Yo estaba cubierto de ceniza. Tenía sangre seca en la ropa. Las rodillas heridas. La cara sucia. Un ojo rojo. —¿Vienes solo? An Yo no respondió. El hombre miró alrededor. No había nadie. —¿Dónde está tu familia? An Yo bajó la mirada. Nada. El hombre esperó unos segundos. Después suspiró. —Sube. An Yo no se movió. —Vamos. Le tendió la mano. An Yo la tomó. El hombre lo ayudó a subir. Había más refugiados dentro. Algunos estaban heridos. Otros abrazaban niños. Una mujer tenía un brazo vendado. Un anciano dormía apoyado contra un saco. Nadie hizo demasiadas preguntas. La carreta volvió a moverse. An Yo se sentó en una esquina. Las horas pasaron. Las ruedas golpeaban las piedras. El cuerpo de An Yo saltaba con cada desnivel. Pero apenas reaccionaba. Miraba las tablas del suelo. No hablaba. No preguntaba. Una mujer lo observó durante un rato. —¿Cómo te llamas? An Yo tardó en responder. —An Yo. —¿Tienes familia? An Yo abrió la boca. Mi mamá. Mi papá. Mi buelita. Las palabras no salieron. Cerró la boca. Volvió a mirar el suelo. La mujer no insistió. La carreta siguió avanzando. A veces An Yo cerraba los ojos. Los abría inmediatamente cuando escuchaba algo. Una rama. Una piedra. Una voz. Su cuerpo se movía antes de que pudiera pensarlo. Pasaron horas. La oscuridad comenzó a cambiar. El cielo se volvió gris. Después apareció una línea clara detrás de los árboles. —Ya está amaneciendo. An Yo no respondió. La carreta continuó. Finalmente aparecieron unas murallas. Piedra. Madera. Torres. Antorchas. Una puerta enorme. —Piedra Clara. An Yo levantó un poco la cabeza. Frente a la entrada había una fila enorme. Carretas. Familias. Niños. Ancianos. Heridos. Animales. Personas cargando sacos. Personas cargando a otras personas. Algunos habían llegado caminando. Otros apenas podían mantenerse en pie. La carreta avanzó unos metros. Después tuvo que detenerse. La fila no se movía. An Yo siguió mirando las tablas. Entonces escuchó una discusión. —¡Te dije que no! —¡Es mío! —¡No entrará! —¡Es un burro! —¡No me importa qué sea! An Yo levantó la cabeza. Un hombre discutía con un guardia. A su lado había un burro. —¡Llevo tres días con él! —¡Y no entrará! —¡Es mío! —¡Los animales no están entrando! —¡¿Entonces dónde lo dejo?! —Afuera. —¡¿Y qué se supone que haga?! —No es mi problema. El hombre apretó los dientes. —¡Es el único animal que me queda! Un anciano entre los refugiados habló. —Déjalo. El hombre se volvió. —¿Qué? —Hace tres días, en una granja al sur, un burro devoró a dos niños. La fila quedó quieta. —¿Qué estás diciendo? —Lo que escuchaste. El anciano miró al animal. —Después empezó a reírse. Algunos refugiados comenzaron a murmurar. —Es un mal presagio. —Octubre Negro... —Todavía falta. —Ya se acerca. El anciano negó lentamente con la cabeza. —Los animales están actuando raro. Una mujer abrazó a su hijo. —Mi perro lleva dos noches mirando la puerta. Otro hombre habló: —Los caballos de mi vecino dejaron de comer. —Las gallinas tampoco duermen. —Mi ganado lleva días golpeando los establos. El guardia levantó una mano. —¡Ya basta! Entonces se escucharon pasos. Muchos. La gente miró hacia el camino. Un grupo de hombres apareció. Venían cubiertos de barro. Uno tenía sangre en la ropa. Otro llevaba una herida en el brazo. Entre todos arrastraban algo. Parecía un burro. Parecía. An Yo lo observó. Era demasiado alto. Tenía pelo oscuro y sucio. Orejas largas. La cabeza se parecía a la de un burro. Pero las patas... No eran patas. Eran brazos. Manos largas. Dedos negros. Garras. La criatura arrastraba las manos por el suelo mientras los hombres tiraban de una cuerda alrededor de su cuello. —¡No lo suelten! —¡Agárrenlo bien! El supuesto burro levantó la cabeza. Miró a la multitud. Sonrió. —Hiiiiii... El sonido comenzó como un rebuzno. Terminó como una carcajada. —Ja... Una mujer retrocedió. —¿Qué es eso? Uno de los hombres respondió: —Lo encontramos cerca de la granja. El guardia palideció. —¿La granja del sur? El hombre asintió. —Sí. La criatura volvió a reír. —Hiiii... ja... ja... ja... Un niño comenzó a llorar. El supuesto burro giró la cabeza hacia él. Uno de los hombres tiró de la cuerda. —¡No mires! Demasiado tarde. La criatura sonrió. —Niño... Un guardia levantó la lanza. —¡Al suelo! La criatura se lanzó. Los hombres que sostenían la cuerda fueron arrastrados varios metros. Uno perdió el equilibrio. La criatura abrió la boca. Sus dientes se cerraron sobre su brazo. —¡AAAAH! Los demás tiraron de la cuerda. La criatura lo soltó. Un guardia atacó. La lanza golpeó su costado. La criatura respondió con una de sus manos. El golpe alcanzó a un anciano. El cuerpo salió despedido. Golpeó una carreta. Quedó inmóvil. Nadie se movió. El supuesto burro volvió a reír. —Ja... Los arqueros de la muralla reaccionaron. —¡FUEGO! Las flechas cayeron. Una. Cinco. Diez. Más. Atravesaron el cuerpo de la criatura. Una entró por el cuello. Otra por un ojo. Varias se hundieron en el torso. Los guardias avanzaron con las lanzas. Una atravesó su abdomen. Otra el hombro. Otra el pecho. La criatura cayó. Intentó levantarse. —Hiii... Una última lanza atravesó su garganta. El cuerpo cayó al suelo. No volvió a moverse. Nadie se acercó durante unos segundos. Finalmente, un guardia clavó la punta de su lanza en el cadáver. Nada. —Está muerto. El silencio volvió. Un anciano observó el cuerpo. —Les dije que este año el Octubre Negro será el peor en años. Nadie respondió. —En los años anteriores encontramos muchos cuerpos. Señaló el cadáver. —Pero nunca algo así. Los refugiados comenzaron a murmurar. —Si salen ahora, quizá lleguen al próximo asentamiento antes de la noche. Algunos lo miraron. —¿Salir? —Sí. —¿Y después? —Seguir avanzando. El anciano señaló hacia el camino. —En dos semanas. Una pausa. —Tal vez un mes. —¿Hasta una ciudad? —Hasta una ciudad. La gente comenzó a moverse. Algunos recogieron sus pertenencias. Otros prepararon sus carros. Una familia se levantó. Después otra. Los hombres de la carreta donde había llegado An Yo también comenzaron a prepararse. —Vamos. An Yo no respondió. El hombre que lo había ayudado a subir lo miró. —Niño. An Yo seguía mirando al anciano. Había algo raro. El hombre hablaba de salvarlos. Pero no parecía preocupado. Miraba a los que se marchaban. Uno. Después otro. Como si los estuviera contando. An Yo recordó a su padre. Mira. No sabía qué estaba viendo. Solo que algo no encajaba. El hombre de la carreta volvió a hablar. —¿Vienes? An Yo negó con la cabeza. —¿No? Silencio. El hombre se encogió de hombros. —Entonces quédate. Subió a la carreta. Los caballos comenzaron a moverse. Una carreta. Luego otra. Después otra. Las familias fueron abandonando Piedra Clara. El anciano permaneció junto a la entrada. No intentó detenerlos. Solo los observó. Cuando una carreta desaparecía por el camino, miraba la siguiente. Cuando otra se alejaba, hacía lo mismo. An Yo seguía sentado. Finalmente, el anciano se volvió hacia los guardias. —Cierren la puerta. Las enormes hojas comenzaron a moverse. La madera crujió. Los refugiados que quedaban dentro observaron cómo la entrada se cerraba. An Yo no apartó la mirada del anciano. La puerta terminó de cerrarse. Afuera, las carretas siguieron avanzando. Adentro, el pueblo quedó mucho más vacío. An Yo permaneció sentado. Sin casa. Sin padre. Sin madre. Sin buelita. Solo. Miró la puerta cerrada. Después bajó la cabeza. TAC. TAC. TAC. Alguien caminó detrás de él. An Yo no se giró. No hacía falta. Ya sabía que no debía mirar.
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Estás leyendo el capítulo 2 de Noche roja (Novela), un novela. > Un niño analfabeto no entiende de guerras de cultivadores ni de monstruos antiguos. Para él, el horror es simplemente un olor a carne quemada, una puerta abierta con juguetes abandonados y una voz en la oscuridad que… Este capítulo tiene publicado el 28 de septiembre de 2026. Noche roja (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.